Buenas, Soy Emilio Calatayud Y Voy Hablarles De… — Emilio Calatayud / Hi, I’m Emilio Calatayud And I’ll Talk About … by Emilio Calatayud (spanish book edition)

Sin duda muy didáctica esta obra del juez de Granada, escrito en 2015, sigue muy vigente, a través de la muerte de su mujer Azucena de cáncer, nos adentra en este mundo del menor. Muy interesante, sobre todo si tienes hijos entrando en la adolescencia, te enseña a mirar la vapuleada ley del menor desde el punto de vista de un juez que entiende y ama su trabajo. Está cargado de sentido común. Es duro leer sabiendo que son casos reales pero deja un poso de esperanza. Como él dice, no es un manual de instrucciones, pero pone negro sobre blanco lo que en ocasiones queremos obviar.
Tenemos miedo a no superar nuestras dificultades. Tenemos pánico a fracasar. Pero hay una cosa que tenemos que aprender y enseñar: el fracaso es un medio de aprendizaje, es un paso hacia el éxito. Antes o después, todos comprendemos que la vida no es sencilla, pero cualquier vivencia, positiva o negativa, construye en su medida nuestra experiencia. Todas y cada una de ellas nos ayudan a valorar no sólo lo que es un problema, sino también lo que es la felicidad. Y ahí está el término al que queremos llegar: experiencia.

Si de mí dependiera, el botellón ya estaría prohibido. No debe permitirse el consumo de alcohol en la vía pública. Para eso están los bares. Pero es que, como comentaba antes, los Ayuntamientos están facultados para designar lugares públicos para hacer botellón: insisto, es un disparate.
Aquí sólo hay dos salidas: establecer los mecanismos de control necesarios para vigilar que los menores no beban en los llamados «botellódromos» o suprimirlos. Yo apuesto por la segunda opción.
Todo esto es política, incluso alta política, me atrevería a decir, y por ello debería debatirse en las campañas electorales, pero no interesa.
La adolescencia es una etapa de la vida esencialmente paradójica: todo es maravilloso y, a la vez, un asco. Ser un quinceañero ya es bastante complicado. No se lo pongamos más difícil.
En este hipotético Pacto por el Menor deberían tener algo que decir los menores, por supuesto, pero también los padres, los profesores, los jueces, los fiscales, los trabajadores sociales, los pediatras… y hasta los periodistas. Lo que no se puede hacer es estar dando bandazos cada dos por tres o pidiendo reformas cuando ocurre un hecho grave. Pongamos unas reglas del juego claras y, sobre todo, fijas.
Los chicos nos lo agradecerán.

Lo cierto es que, al final, la Justicia acabó con las cláusulas suelo de las hipotecas y la Tierra siguió girando como si tal cosa.
Nunca he sido corporativista, pero he de reconocer que los jueces han interpretado, e interpretan, un papel muy importante en la crisis. Con sus decisiones y sentencias han ayudado a equilibrar los esfuerzos y han contribuido a poner coto a injusticias sangrantes: caso de los desahucios en los que se ven involucrados niños, que no son pocos.
La crisis nos ha cambiado a todos, a los grandes y a los pequeños. La peor parte se la han llevado los millones de españoles que han tenido la desgracia de perder su trabajo. Pero los que tenemos la suerte de conservarlo, también somos diferentes. Miramos lo que gastamos mucho más que antes. Y recurrimos a los establecimientos que reparan y arreglan lo que antaño tirábamos a la basura. Reciclamos.

La educación empieza desde el mismo momento en que la criatura llega al mundo. Desde que nacen los niños están constantemente sometiendo a pruebas a sus padres. Y son pruebas de poder. Aunque los veamos tan pequeños, lo que ellos tienen en sus cabecitas es: «A ver si te puedo». Suena inquietante, pero así es como funcionan sus todavía tiernos (aunque duros) cerebros.
Cuando un bebé llora para que lo saques de la cuna y lo metas en tu cama, ya te está probando. Y como empieces a ceder ahí, amable lector, mal vas. Hay que aprender a decir que «no» desde el principio. Es necesario acostumbrar a los niños al «no», a la frustración, a la firmeza. Si no, se aprovechan. Porque saben que los padres siempre están pendientes de ellos.
El grueso de la tarea de educar corresponde, como es natural, a los padres. Más de una vez me han preguntado si llevar a un niño a un colegio de pago es garantía de que será un hombre de provecho. Pues no. Hay padres más o menos hábiles o directamente desastrosos —siempre lo digo: «Bastante bien salen algunos chavales con los padres que tienen»—; lo que no existen son los padres de pago. Lo cual no significa que estemos solos en la complicada labor de civilizar e instruir a nuestros herederos. El Estado es nuestro aliado, que para eso lo alimentamos con los impuestos. Pero a veces nos falla. Me explico: por un lado, el legislador responsabiliza a los padres de los actos de sus hijos, y me parece bien, pero por otro les quita autoridad.
El fenómeno de los llamados «ninis», esos jóvenes que ni estudian ni trabajan ni nada de nada. Pero aquí no podemos mirar hacia otro lado. La culpa de que haya ninis es de los padres. La culpa es nuestra: tuya y mía, querido lector. Si los hijos se convierten en sanguijuelas que pretenden vivir sin pegar un palo al agua.

Hay que preocuparse cuando el chaval empieza a hacer lo que le da la gana y convierte la vida familiar en un infierno: no va a la escuela, no respeta ningún horario, se escapa de casa… Los menores maltratadores suelen ser vagos e impacientes: quieren todo y lo quieren ya. Sus padres pueden ser muy permisivos —son incapaces de poner límites— o sobreprotectores. Incluso pueden alternar ambas conductas, lo que acaba por desquiciar totalmente a los chicos.
En esos casos, lo primero que se debe hacer es ponerse en manos de profesionales, porque ya es una evidencia que existen fallos serios. Los padres tienen que intentar ir a terapia psicológica con el chico o acudir a un equipo de mediación.
En mi opinión, el origen de este pernicioso problema es que a los menores se les habla de derechos y no de obligaciones. Y los menores tienen la obligación legal de obedecer y respetar a sus padres. Pero esto último no se lo hemos transmitido a nuestros hijos. Por el complejo de joven democracia, nos fuimos de un extremo al otro y ahora estamos pagando las consecuencias. Pasamos del padre autoritario al padre colega. Y yo no soy el amigo de mis hijos, porque los dejaría huérfanos: soy su padre. A veces eso implica decir que no. Y hay que hacerlo. Debemos poner límites.

Además de herramientas para cometer delitos, las nuevas tecnologías son también la «cocaína» o la «heroína» de nuestro tiempo. El teléfono móvil ya es una droga. Y el ordenador también. Hay chavales que están totalmente enganchados. Y no es extraño: es algo que fomentamos en la propia familia.
Siempre lo digo: cuando llega el tiempo de hacer regalos, los móviles de última generación son para los niños. Y los móviles antiguos, los que dejan por ahí tirados los chiquillos, son para el padre o la madre. Somos así de tontos.
Lo mismo ocurre con internet. El niño tiene un ordenador particular en su cuarto y, claro, ahí no te metas. Pues hay que saber que eso puede acabar en una adicción que no es una broma. De hecho, ya está pasando. A los juzgados nos llegan chicos que están todo el día y toda la noche colgados del ordenador.

VIEJO DECÁLOGO
1.   Desde su más tierna infancia, dé a su hijo todo lo que le pida. Así crecerá convencido de que el mundo le pertenece.
2.   No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
3.   Cuando diga palabrotas, celébrelo con unas sonoras risotadas. Esto le animará a hacer cosas todavía más graciosas.
4.   Nunca le regañe ni le diga que ha obrado mal. No le reprima. Podría crearle un complejo de culpabilidad.
5.   Recoja todo lo que deje tirado por ahí. Así se acostumbrará a cargar las responsabilidades sobre los demás.
6.   Déjele ver y leer todo lo que caiga en sus manos. Esfuércese para que los platos, cubiertos y vasos que utiliza su hijo estén esterilizados, pero no se preocupe porque su mente se llene de basura.
7.   Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño. De esta forma, conseguirá que no le afecte demasiado una ruptura familiar, quizá provocada por su propia conducta.
8.   Sea generoso. Que su chico tenga siempre todo el dinero que pida. No vaya a sospechar que para conseguirlo es necesario trabajar.
9.   Satisfaga todos sus deseos, apetitos y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle graves frustraciones.
10. Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga el chaval con sus profesores y con sus vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que quieren fastidiarle.

La Policía Nacional y la Local y la Guardia Civil sorprenden a un menor que acaba de cometer una fechoría y lo primero que suelta el presunto es: «No puedes tocarme porque soy menor». No es verdad. Claro que pueden tocarte. Y reducirte si te resistes. Y colocarte unos grilletes en las muñecas. Tienes tus derechos, es cierto, pero entre ellos no está el de «no tocarte». Es así.
La ley contempla incluso la posibilidad de que la detención de un menor se prolongue durante 72 horas, igual que ocurre con los peores criminales adultos. Y el juez puede decretar el internamiento cautelar —es como la prisión preventiva o provisional que se aplica a los mayores— del infractor durante seis meses, prorrogables a tres más.
Sí podemos tocarte, chaval. Pero siempre dentro de un orden. España es un país democrático y las arbitrariedades están —o deberían estar— proscritas. Y, como es natural, más en el caso de los menores.
La ley dice que un chaval de entre catorce y quince años puede ser condenado a permanecer en un correccional hasta cinco años (seis, cuando se trate de un asesinato terrorista, por ejemplo). Es decir, que un niño de catorce años que cometa dos homicidios —o dos violaciones— puede estar encerrado durante una década.
Y si el infractor tiene entre dieciséis y diecisiete años, el internamiento puede llegar a los ocho años (diez para los casos de terrorismo). O sea, que un adolescente que matase a dos personas no disfrutaría de la libertad hasta pasados dieciséis años.
Cuando cumpla los veintiuno, y en función de su evolución, puede ir a prisión. Estará en un módulo especial, vale, pero en la cárcel.
El único consuelo es que no tendrían antecedentes penales.
Ah, y en el centro de internamiento pueden cachearte, emplear la fuerza si te resistes… Pueden tocarte.
El artículo 155 Código Civil, que establece claramente que los hijos deben obedecer a sus padres mientras permanezcan bajo su potestad y respetarlos siempre y «contribuir equitativamente, según sus posibilidades, al levantamiento de las cargas de la familia mientras convivan con ella».
Pero es que ese texto legal también señala el camino para desheredar a los retoños díscolos…

Ahora que tanto demandamos un pacto por la educación, por el empleo, ¡qué acertado el juez Calatayud con su llamamiento de emergencia nacional para un gran pacto por el menor! Madres, profesores y jueces iríamos de la mano en esta noble causa. Aplicar bien la ley, actualizar el catálogo a los nuevos peligros, poner el foco en esa arma de doble filo que es internet y que debería venir con otro manual de instrucciones.

Undoubtedly very didactic this work of the judge of Granada, written in 2015, remains very current, through the death of his wife Azucena de cáncer, takes us into this world of the child. Very interesting, especially if you have children entering adolescence, teaches you to look at the battered child’s law from the point of view of a judge who understands and loves his work. It’s loaded with common sense. It is hard to read knowing that they are real cases but leaves a residue of hope. As he says, it is not an instruction manual, but it puts black on white what we sometimes want to ignore.
We are afraid not to overcome our difficulties. We are afraid to fail. But there is one thing we have to learn and teach: failure is a means of learning, it is a step towards success. Sooner or later, we all understand that life is not simple, but any experience, positive or negative, builds our experience in its measure. Each and every one of them helps us to value not only what is a problem, but also what happiness is. And there is the term we want to reach: experience.

If it were up to me, the bottle would be banned. The consumption of alcohol on public roads should not be allowed. That’s what bars are for. But it is that, as I commented before, the Town halls are authorized to designate public places to make botellón: I insist, it is a nonsense.
Here there are only two ways out: to establish the necessary control mechanisms to ensure that minors do not drink in the so-called “botellódromos” or to suppress them. I bet on the second option.
All this is politics, even high politics, I would dare say, and for that reason it should be debated in the electoral campaigns, but it does not matter.
Adolescence is a stage of life essentially paradoxical: everything is wonderful and, at the same time, disgusting. Being a teenager is already quite complicated. Let’s not make it harder.
In this hypothetical Pact for the Child should have something to say the minors, of course, but also parents, teachers, judges, prosecutors, social workers, pediatricians … and even journalists. What you can not do is be lurching every few minutes or asking for reforms when a serious event occurs. Let’s put some rules of the game clear and, above all, fixed.
The guys will thank us.

The truth is that, in the end, the Justice ended with the clauses floor of the mortgages and the Earth continued rotating as if such a thing.
I have never been a corporatist, but I must admit that judges have interpreted, and interpreted, a very important role in the crisis. With their decisions and judgments they have helped to balance the efforts and have helped to put an end to bleeding injustices: the case of evictions in which children are involved, which are not few.
The crisis has changed us all, the big ones and the small ones. The worst part has been taken by the millions of Spaniards who have had the misfortune of losing their jobs. But those of us who are lucky enough to keep it, we are also different. We look at what we spend much more than before. And we resort to establishments that repair and fix what we used to throw away. We recycle

Education begins from the moment when the creature comes into the world. Since birth, children are constantly testing their parents. And they are proofs of power. Although we see them so small, what they have in their heads is: “Let’s see if I can.” It sounds disturbing, but that’s how their still tender (though tough) brains work.
When a baby cries for you to take it out of the crib and put it in your bed, he is already testing you. And as you start to give in there, kind reader, you’re wrong. You have to learn to say “no” from the beginning. It is necessary to accustom children to “no”, to frustration, to firmness. If not, take advantage. Because they know that parents are always aware of them.
The bulk of the task of education corresponds, of course, to the parents. More than once I have been asked if taking a child to a paying school is a guarantee that he will be a good man. Well, no. There are more or less capable or directly disastrous parents – I always say it: “Pretty well some kids come out with their parents” -; what do not exist are the parents of payment. Which does not mean that we are alone in the complicated task of civilizing and instructing our heirs. The State is our ally, for that we feed it with taxes. But sometimes it fails us. Let me explain: on the one hand, the legislator blames the parents for the acts of their children, and it seems good, but on the other hand it takes away their authority.
The phenomenon of the so-called “ninis”, those young people who neither study nor work or anything at all. But here we can not look the other way. The fault that there is ninis is from the parents. The fault is ours: yours and mine, dear reader. If the children become leeches who pretend to live without sticking a stick in the water.

You have to worry when the kid starts doing what he wants and turns family life into hell: he does not go to school, he does not respect any schedule, he runs away from home … Minor abusers tend to be lazy and impatient : they want everything and they want it already. His parents can be very permissive – they are unable to set limits – or overprotective. They can even alternate both behaviors, which ends up totally unsettling the boys.
In those cases, the first thing to do is to put yourself in the hands of professionals, because it is already evident that there are serious failures. The parents have to try to go to psychological therapy with the boy or go to a mediation team.
In my opinion, the origin of this pernicious problem is that minors are spoken of rights and not obligations. And minors have a legal obligation to obey and respect their parents. But we have not passed this on to our children. For the young democracy complex, we went from one extreme to the other and now we are paying the consequences. We passed from the authoritarian father to the father colleague. And I am not the friend of my children, because I would leave them orphans: I am their father. Sometimes that means saying no. And you have to do it. We must set limits.

In addition to tools to commit crimes, new technologies are also the “cocaine” or “heroin” of our time. The mobile phone is already a drug. And the computer too. There are kids who are totally hooked. And it is not strange: it is something that we foster in our own family.
I always say it: when the time comes to make gifts, the next-generation mobiles are for children. And the old mobiles, the ones left by the children lying around, are for the father or the mother. We are that foolish.
The same happens with the internet. The child has a private computer in his room and, of course, do not get involved. Well you have to know that this can end in an addiction that is not a joke. In fact, it’s already happening. The courts reach us guys who are all day and all night hanging on the computer.

OLD DECALOGUE
1. From your earliest childhood, give your child everything he asks. That way he will grow convinced that the world belongs to him.
2. Do not worry about your ethical or spiritual education. Wait until you reach the age of majority so that you can decide freely.
3. When you say curse words, celebrate it with some loud laughter. This will encourage you to do even more funny things.
4. Never scold or tell you that you have done wrong. Do not repress him. It could create a guilt complex.
5. Collect everything you leave lying around. That way he will get used to burdening others.
6. Let him see and read everything that falls into his hands. Strive so that the plates, cutlery and glasses your child uses are sterilized, but do not worry because your mind is filled with garbage.
7. He often quarrels with his spouse in the presence of the child. In this way, you will not get too affected by a family break, perhaps caused by your own behavior.
8. Be generous. Let your boy always have all the money he asks for. Do not suspect that to achieve it, it is necessary to work.
9. Satisfy all your desires, appetites and pleasures. Sacrifice and austerity could cause serious frustrations.
10. Do your part in any conflict that the kid has with his teachers and with his neighbors. Think that all of them have prejudices against their son and that they want to annoy him.

The National and Local Police and the Civil Guard surprise a minor who has just committed an offense and the first thing the presumptive releases is: “You can not touch me because I am a minor”. Is not true. Of course they can touch you. And reduce if you resist. And put some shackles on your wrists. You have your rights, it is true, but among them is not the one of “not touching” you. It is like that.
The law even contemplates the possibility that the detention of a minor is prolonged for 72 hours, as it happens with the worst adult criminals. And the judge can decree the internment precautionary – it is like the preventive or provisional prison that is applied to the majors – of the offender during six months, extendable to three more.
Yes, we can touch you, kid. But always within an order. Spain is a democratic country and arbitrariness is – or should be – proscribed. And, naturally, more in the case of minors.
The law says that a kid between fourteen and fifteen years old can be sentenced to stay in a correctional facility for up to five years (six, in the case of a terrorist murder, for example). That is, a fourteen-year-old boy who commits two homicides – or two rapes – may be locked up for a decade.
And if the offender is between sixteen and seventeen years of age, detention can reach eight years (ten for terrorism cases). In other words, a teenager who killed two people would not enjoy freedom until after sixteen years.
When he turns twenty-one, and depending on his evolution, he can go to prison. It will be in a special module, okay, but in jail.
The only consolation is that they would not have a criminal record.
Oh, and in the detention center they can cache you, use force if you resist … They can touch you.
Article 155 Civil Code, which clearly states that children must obey their parents while they remain under their power and always respect them and “contribute equally, according to their possibilities, to the lifting of family burdens while living with her.”
But it is that this legal text also points the way to disinherit unruly offspring …

Now that we both demand a pact for education, for employment, how right judge Calatayud with his national emergency call for a grand pact for the child! Mothers, teachers and judges would go hand in hand in this noble cause. Apply the law well, update the catalog to new dangers, put the focus on that double-edged sword that is internet and that should come with another instruction manual.

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