Mata A Tus Ídolos — Luc Sante / Kill All Your Darlings: Pieces 1990-2005 by Luc Sante

“Mata a tus ídolos” es el consejo de Faulkner para aspirantes a escritor y la cita que Luc Sante eligió para titular su deslumbrante colección de ensayos del período 1990-2005 sobre temas que van desde el fumar o la desaparición del Nueva York bohemio de yonquerío y alquileres baratos a los Mekons, Victor Hugo, Rimbaud, Mapplethorpe, sus paisanos Tintin y Magritte, o los orígenes del blues.
Sante puede argumentar convincentemente –en contra de todas las teorías comúnmente aceptadas- que el blues fue inventado por una persona concreta en un momento concreto. O que la estética del fotógrafo Walker Evans se basa en ver el presente como futuro pasado. O analizar los significados de los diferentes modos de sostener un cigarrillo (pulgar-índice vs. corazón-índice). O rastrear el cambio de significados de la palabra “funk” desde una flatulencia en un concierto de Buddy Bolden en el Back o’ Town de Nueva Orleans en 1902 hasta el hip-hop más contemporáneo. O proponer- a partir de su infernal experiencia laboral en una fábrica de objetos de plástico- una nueva forma de distribución salarial en la que los mineros del carbón viajarían en jet privado a sus trabajos. O persuadir al lector de que Hergé – más que su Rembrandt, Leonardo o Cezanne- es el Euclides del cómic.
Sea cual sea el tema, Sante tiene una visión original que aportar y este es su gran cierto.

Este es un libro maravilloso. Literalmente. Es decir, está lleno de maravillas. En su no tan infrecuente mejor, en sus ensayos sobre jazz y blues, Luc Sante recuerda a este lector de Edmund Wilson. Como Wilson, Sante es perseguido y forense. Sin presumir, te dice cosas que no sabías y te pone agradecido en su deuda. Y en su versión más casual (por ejemplo, su artículo sobre Rudolph Giuliani), Luc Sante es un placer leer.
“Mata a tus ídolos” es una colección de piezas de Luc Sante originalmente publicadas, aunque muchas en forma algo diferente, en revistas o periódicos (como The New York Review of Books o The Village Voice) entre 1990 y 2005. Las piezas individuales, 25 en todo, tratar con la ciudad de Nueva York y sus alrededores o con figuras o eventos significativos (y, en algunos casos, no tan significativos) en la música, literatura y letras de las bellezas estadounidenses, las artes visuales o la cultura pop ampliamente interpretadas.
Pero leer 25 piezas dispares, sin hilos o temas de unificación reales, no fue tan fácil navegar como lo había anticipado. Solo podía leer dos o tres a la vez, durante varias semanas. Y, desafortunadamente, las piezas menos interesantes (al menos para mí) fueron las de la ciudad de Nueva York al comienzo del libro. Pero el interés intrínseco se recuperó después de las primeras 110 páginas, con los puntos altos, en mi opinión, siendo las piezas de Bob Dylan, Buddy Bolden, el origen / invención de los azules, Hegre y los libros de Tintín, Walker Evans, dos de Los libros de Michael American de fotografías americanas, y Robert Mapplethorpe.
Sante es un observador entusiasta y, a menudo, un comentarista perspicaz con respecto a la cultura popular y de “pensamiento medio”, así como a los puntos débiles y detritos de la vida estadounidense. Escribe bien y con voz distintiva. (Un ejemplo: “Todo tipo de especímenes completamente desacreditados: el noble vaquero, el ama de casa contenta, el pasado edénico de una pequeña ciudad – continúan tambaleándose en la imaginación colectiva debido a su eficacia probada como analgésicos tópicos para los dolores de cabeza basados ​​en la realidad. “) Esta colección ilustra que casi cualquiera de sus piezas vale la pena leer, aunque será el lector excepcional el que verdaderamente esté interesado en todo lo que Sante escribe. De todos modos, es probable que estas piezas se lean mejor tal como se publicaron, una a la vez.
Felicitaciones al editor por un enlace sólido pero fácil de leer y una disposición muy legible. Por cierto, si se está preguntando por el título, la única explicación que proporciona Sante es que “Maten a todos sus seres queridos” fue “un consejo de escritor atribuido a William Faulkner”.

La economía va mal, pero el dinero no muestra señales de perder su magnetismo. Nueva York no es ni la Wonder City ni una ruina medio deshabitada, pero sí es una ciudad vulnerable, superpoblada, ansiosa, medio ingenua, demasiado humana y sacudida por un cataclismo que nadie podía haber previsto. Ya no vivo allí y me cuesta volver y pasear por las calles, demasiado embrujadas por los fantasmas de mi propia historia. No nací en Nueva York, y puede que no vuelva a vivir allí nunca más, pero solo pensar en ella me produce melancolía; me cambió para siempre y mi imaginación está esposada a la ciudad, llevo su marca del mismo modo en que tú llevas una cicatriz. Pase lo que pase, me guste o no, Nueva York está destinada a ser mi hogar para siempre.

El Palladium estaba situado en una manzana que constituía un microcosmos en sí misma, limitada en un extremo por una tienda de rosquillas 24 horas, cuya clientela parecía formada mayoritariamente por travestis, y en el otro por un asador barato, que servía casquería quemada a los indigentes. En medio, había diversos locales: un burdel decoroso poblado de mujeres voluminosas, de aspecto maternal, procedentes de países del sur; un gimnasio de importancia histórica para el arte del boxeo; una enorme sala de billares frecuentada por hombres mayores que llevaban cuchillos en los calcetines, y las ruinas (ya entonces eran ruinas) de lo que había sido durante décadas uno de los restaurantes más de moda de la ciudad, en decadencia desde que la cordialidad cayó en desgracia, reducido ya por aquel entonces a un horror de bichos correteando a sus anchas y escayola caída. El Palladium surgió imponente entre todos ellos, como un faro en la noche.
Al excavar entre las capas del Palladium, nos quedamos pasmados ante la masa de cuerpos apretados, tan densa que resultaba casi imposible distinguir la decoración o la arquitectura.

Sería imposible encontrar un símbolo más representativo del mandato de Rudolph Giuliani como alcalde de Nueva York que su política en contra de los peatones imprudentes. La práctica de cruzar con el semáforo en rojo o por un lugar inapropiado es probablemente la forma más común de incumplir la ley, sobre todo ahora que tirar basura en la calle está muy pasado de moda y prácticamente nadie escupe ya en las aceras. Las leyes que prohíben cruzar de forma imprudente se entienden en todo el mundo como un símbolo de la actitud paternal de la ciudad hacia sus infantiles habitantes. En diversas ciudades del mundo son un medio barato y sencillo para que la policía local cumpla con su cuota diaria de multas. Sin embargo, Nueva York podría ser la capital de este comportamiento, e incluso podría llamarse la Ciudad de los Peatones Imprudentes. Es todo lo contrario a esas ciudades alemanas en las que los turistas se quedan asombrados al ver a multitud de peatones esperando plácidamente a que el semáforo cambie de color, incluso si no se ve tráfico en varios kilómetros a la redonda. Cruzar con imprudencia es un derecho de nacimiento de los neoyorquinos, un símbolo pequeño pero imprescindible de su independencia y autosuficiencia. Los neoyorquinos pueden cruzar en cualquier lugar y en cualquier momento si lo necesitan, y si les aplastan aceptarán que habrá sido por su maldita culpa. Después de todo, es su ciudad, no una que los burócratas o la policía les hayan prestado por su buen comportamiento.
Por lo tanto, el hecho de que, como alcalde, Giuliani decidiera que sus policías persiguieran de forma agresiva a los imprudentes fue como arrojar el guante, un anuncio de que pretendía rehacer la ciudad a su propia imagen y para su propio placer.
La aplicación de los estatutos contra los peatones imprudentes se justificaba vagamente con la teoría de las «ventanas rotas», un entramado neoliberal muy en boga según el cual el número de infracciones menores observadas en un barrio (grafitis, mendicidad, colarse en el metro) era proporcional a la cantidad de crímenes importantes, asesinatos, violaciones y asaltos a mano armada.
Es una ciudad de franquicias y casuchas de millones de dólares, de servicios públicos mínimos e impuestos de favoritismo, de un Times Square corporativo y un Harlem blanqueado. Hay menos diálogo e intercambio entre clases que nunca y la poca vida, vigor y color que le queda a la ciudad tiene mucho que ver con la incapacidad de Giuliani para acabar por completo con las leyes de control del alquiler. En una o dos generaciones, la ciudad que él ha dejado podría intercambiarse con Phoenix o Atlanta, excepto por sus singularidades geográficas. Sin embargo, hay que decir que los trenes ya han dejado de circular con puntualidad.

Nueva Jersey, un estado más bien pequeño con una forma insistente y casi tipográfica (un signo &), ha sufrido durante tres siglos una mezcla de buena y mala suerte por ser la conjunción neutral entre la ciudad de Nueva York y Filadelfia. Si fuera un país, sería una especie de Bélgica, arrollada constantemente por ejércitos que avanzan o se retiran de un centro de poder al otro. En vez de eso, se convirtió en una colonia interna, utilizada como huerto, terreno fabril, almacén, vertedero y, al final, como habitación de invitados para las grandes ciudades colindantes. Su mote, «el estado jardín», es una bonita forma de admitir su servil condición. De todas formas, ya no puede crecer más en beneficio del mercado; la agroindustria seguramente cuenta con campos de monocultivo más grandes en Texas. Las únicas dos regiones rurales importantes que quedan en el estado son la zona de los Apalaches en el extremo noroeste y los indescriptibles pinares del sur, ambos salvados de la subdivisión por lo inhóspito de su topografía. El resto es, casi todo, zona residencial.
Hay ciudades, la mayoría de ellas ahogadas, agraviadas, medio ruinosas, que plasman la idea de ciudad en el sentido de densidad demográfica, pero no en cuanto a poder, prosperidad o incluso placeres carnales. Muchas llegaron a esta situación cuando cayó la industria en la segunda mitad del siglo pasado; antes, fueron comunidades austeras y sin glamour de auténticos luchadores. Newark, Jersey City, Elizabeth, Bayonne, Paterson, Camden, Trenton.
Cuando optas por las últimas innovaciones tecnológicas, el coche más grande, el aparato portátil más pequeño o el sistema de cine en casa más completo, no por una necesidad en concreto sino porque quieres lo mejor, te has convertido en uno más de Nueva Jersey, incluso aunque jamás hayas puesto un pie en ese estado. No es que Nueva Jersey sea necesariamente pionera en cualquiera de estas formas de vida o de gestionar los negocios (California tiene mucho por lo que responder), sino que ningún estado lo ejemplifica mejor ni lo sigue tan al pie de la letra. Nueva Jersey, un viejo estado con muchos caminos históricos fascinantes y un considerable fondo de tradiciones populares y leyendas, es la imagen del futuro, asumiendo que el futuro tenga asignado un valor de unos quince minutos.

No hace mucho, el mundo entero fumaba. Ninguna estancia quedaba del todo amueblada hasta que se colocaba un cenicero y todo acto cotidiano se medía en cigarrillos. El médico fumaba en la consulta. El cocinero fumaba en la cocina del restaurante. La madre fumaba mientras mecía a su bebé. El mecánico fumaba en el taller salpicado de aceite. El atleta fumaba en la banda. El profesor fumaba en clase. El paciente fumaba en el solárium del hospital. El presentador de televisión fumaba en directo. El comprador fumaba en los pasillos de alimentación del supermercado. Fumábamos en la parte trasera del avión, en el palco del cine, entre platos en cenas formales, en discotecas abarrotadas mientras girábamos, en ascensores a pesar de los carteles y en el metro a altas horas de la noche. Fumábamos en la oficina y en la playa, en la sala de espera y en la peluquería, en la galería de arte y en el estadio.
Fumábamos en la cama, justo antes de dormirnos y nada más despertarnos, después de hacer el amor y, a veces, durante. A menudo fumábamos sin ser conscientes de ello.
Si sujetas el cigarrillo de la manera que antes se llamaba «a la americana», entre el índice y el corazón de la mano derecha. Se ha convertido en un gesto tan universal como los Marlboro, pero hubo un tiempo en el que los cigarrillos se sujetaban entre el pulgar y el índice en casi todo el mundo. Tu estilo se asoció en un principio a los actores estadounidenses quienes, por supuesto, le dieron un caché inmenso, y todo el mundo en Split, Macao o Portbou quería ser como Tom Mix o cualquiera de ellos. Si nos paramos a pensarlo, la versión pulgar-índice es en realidad la manera más obvia e intuitiva, aunque los estadounidenses la consideraban amanerada.
Fumar pasó de ser universal a estar prohibido a una velocidad asombrosa. Primero, era necesario salir al balcón en algunos hogares en los años 80. Por lo visto, la mayoría de estadounidenses que fumaban en 1990 lo habían dejado en 1995. California fue el primer lugar del mundo donde se prohibió fumar en bares, en 1998. Cabría esperar que los bares fueran el último reducto, una especie de cárcel, pero ahora muchas cárceles también prohíben fumar, lo que parece un claro ejemplo de castigo cruel innecesario.

Si la Navidad saca al niño que llevamos dentro, el Año Nuevo saca al idiota. Hoy en día, la sobriedad está de moda, así que habrá menos personas que se despierten este 1 de enero medio desnudos en una extraña habitación de hotel, con un dolor cegador sobre los ojos y una canción escurridiza en los labios, pero esto no significa que un mayor número de gente se despertará libre de arrepentimientos. En todo el mundo, para pringados de toda clase el año 1993 pasará a mejor vida con la impresión de quedar libres de sus deudas para siempre y, como mínimo, demostrarán su despreocupación gastando chorros de dinero en turbias distracciones.
En Nueva York, la meca de los idiotas adictos al derroche, es apropiado ilustrar los disparates con cifras: a medianoche hay medio millón de personas en Times Square, acompañadas por unos cinco mil policías, que se traducen en unos trescientos mil dólares por las horas extras, dejando como resultado 45 toneladas de residuos, varias decenas de arrestos y el mismo número de heridos. En la parte alta de la ciudad, la gente de bien soltará 300 o 400 dólares por cabeza a cambio de siete platos y un pianista, mientras que, en la parte baja, el contingente más joven gastará una cuarta parte de esa cantidad por una nueva lección de darwinismo social en una discoteca atestada de exhibicionistas provocadores.

El siglo XX es frenético. Se pueden unir los puntos entre el jazz de Nueva Orleáns, la bohemia del Greenwich Village, el Renacimiento de Harlem y los exiliados del París de los años 20 y escuchar después el riff repetido en un nuevo tono tras la Segunda Guerra Mundial, gracias al bebop y la generación beat. Pero al margen de la historia hay criminales, dibujos animados (¿hubo alguna vez un hipster más perfecto que Bugs Bunny, al menos antes de que se convirtiera en cómplice?), cine negro, engaños, drogas. Los judíos son un caso especial, ya que entienden ambos lados de la dicotomía racial y juegan las dos bazas, mientras que ambos lados los excluyen. Las mujeres también representan un caso especial, más hips que cualquiera a menos que sean relegadas a la procreación y a vaciar orinales.
La publicidad también fue un componente principal del modernismo; en el siglo xx, toda clase de artistas, incluso los comunistas, disfrutaban intentando aprovechar y replicar el impacto icónico de los anuncios. También es cierto que la publicidad ha bebido constantemente del arte de vanguardia (la publicidad necesita lo hip mucho más que lo hip a la publicidad), y que vender las ventajas del producto dejando que este se ocupe de sí mismo es una receta para comercializar el hipness (un precepto que se remonta, al menos, a las creaciones de Edward Bernays, el sobrino de Freud, para la industria del tabaco en los años 20).
La cuestión es que, si eres cómplice de empresas cuya principal razón de existir es enriquecer aún más a gente que ya es mucho más rica que tú, eres su sirviente.
«Funk» ha descendido de las alturas. Se ha devaluado con el «Too Funky» de George Michael, y el «Funky New Year» de Eagles y el «Funky Funky Xmas» de New Kids on the Block, por no hablar de la memoria persistente de Grand Funk Railroad. Pero la palabra no se ha abandonado. Sigue siendo demasiado valiosa. Aparece en el hip hop estrictamente como un marcador de posición (el «Machine Gun Funk» de Notorious B.I.G., el «Short but Funky» de Too Short, el «Funky Ride» de OutKast, etc.), y parece encontrarse por encima de las modas. La palabra aún da sus frutos. Su licencia se renueva. Pronto llegará el día en el que sea inmediatamente necesaria de nuevo, cuando todos sus sustitutos pierdan lustre y den risa, cuando «ghetto» se desarrolle de nuevo y «real» se vuelva irremediablemente falso, cuando adquiera un matiz nunca imaginado, temporalmente indetectable para el oído blanco de clase media. Espera un desarrollo posterior del proceso puesto en marcha en los escenarios destartalados de algunas hermandades de Nueva Orleáns en 1902, aproximadamente.

Aunque el término «blues» llegó a aplicarse a cualquier lamento en tono menor (en los años 20 y 30 casi a cualquier tipo de canción), las auténticas canciones blues son las que se ajustan a esta estructura. Mientras que los sentimientos, la progresión de los acordes y los estilos vocales e instrumentales que llegaron a diferenciar al blues se encontraban en la cultura musical negra del sur, la forma en sí misma es demasiado específica como para no haber tenido un origen muy particular. Todo lo que sabemos de este origen es el resultado de un proceso de eliminación. En primer lugar, los coleccionistas de música folk que peinaron el país en el último cuarto del siglo XIX no reunieron ninguna obra que encajara con el patrón del blues hasta después de 1900.
La descripción más temprana publicada de lo que parece ser blues data de 1903, de un artículo en The Journal of American Folk-Lore, del arqueólogo de Harvard Charles Peabody, quien transcribió muchas de las canciones cantadas por los trabajadores que contrató para una excavación en Coahoma County, Misisipi, en 1901. Mientras tanto, el folclorista Howard Odum publicó recopilaciones con las letras de canciones entonadas en el campo por campesinos negros en Georgia y Misisipi entre 1905 y 1908, y entre ellas se incluyen bastantes que podrían clasificarse como blues.
A menudo se describe el blues como si hubiera evolucionado de forma natural desde los field hollers (lamentos del campo) y, más allá de eso, desde los cantos griot, pero en realidad constituyó un vuelco repentino y radical en la música afroamericana.
El blues no surgió como reacción ni como sonido espontáneo ni como un grito de angustia en la noche, y tampoco surgió de la gran masa de gente como un suspiro colectivo. Fue una decisión deliberada a la que se llegó gracias a un artista en particular a través de un proceso de experimentación, utilizando los materiales que tenía a mano de fuentes diversas. Algunos otros lo siguieron y lo ampliaron para que englobara sentimientos como angustia y también rebeldía, humor, deseo, crueldad, desengaño, sobrecogimiento, sarcasmo, rabia, remordimientos, desconcierto, malicia, delirio e incluso triunfo. Creció para convertirse en la expresión de un pueblo, pero no antes de haber llegado a ser tan diverso y complicado como ese pueblo. También alcanza más allá de lo monocromático de su nombre.

La obra de Robert Mapplethorpe es difícil de ver, que no es lo mismo que decir que es difícil de mirar. Sin duda, no es difícil de considerar. En los seis años y medio que han pasado desde la muerte de Mapplethorpe por sida a los 42 años, ha recibido mucha más difusión y publicidad que durante su vida. Pero esa publicidad es una de las principales razones por las que su obra ahora resulta difícil de ver. Un enredado follaje de contexto añadido, de titulares, eslóganes, editoriales, juicios legales, morales y políticos se ha alzado para obstruir la visión. Durante su vida, las fotografías de Mapplethorpe fueron juzgadas, para bien o para mal, por sus propios méritos. Desde su muerte (o, más en concreto, desde unos cuatro meses después de su muerte, cuando una serie de eventos envolvieron su obra en un halo de controversia y publicidad), sus fotografías se han convertido en símbolos o síntomas, incluso para sus admiradores.
Mapplethorpe fue a la tumba como un fotógrafo estimado, famoso en el mundo del arte, aunque no mucho fuera de él, ligera aunque no incómodamente conocido por sus representaciones de prácticas sadomasoquistas.
La obra de Mapplethorpe rechaza la piedad, desdeña el análisis, se burla del entendimiento, exige una estima silenciosa, que en parte merece. La nube de controversia que ahora planea sobre su obra oscurece sus debilidades y sus puntos fuertes por igual. Al final, el frente pasará y, en el claro resultante, sus fotografías tal vez adquieran otro significado, como artefactos de la complicada y fascinante época en la que se hicieron; desde luego, un destino más noble que acabar como mero objeto decorativo, que es otra posibilidad. Aparte de los retratos de Patti Smith, las fotografías que tienen más posibilidades de seguir disfrutando de prestigio son las que provocaron más alboroto: las más oscuras y difíciles de las fotografías de sexo. No es casualidad que esas dos excepciones le hayan proporcionado sus obras más potentes.
Ahora mismo, las fotografías de sexo parecen haber construido una pared insuperable frente a la cultura mainstream. Algunas de ellas no serán asimilables.
Lo que quede después de que se desinfle el factor impacto de las fotos más oscuras de Mapplethorpe es lo que realmente constituye su arte.

Rimbaud en carne y hueso era un mocoso estirado con un quejido crispante, que se burlaba de quien se encontrara en la sala y que sabía que nadie podría replicarle o pegarle sin desprestigiarse, que llegaba a tu casa y se comía todo lo que encontrara en el frigorífico antes de desaparecer bruscamente y que solo volvería si tenías algo que quería. Probablemente te enamorarías de él y lo tolerarías durante largo tiempo. Mucho más allá de carecer de su genio, jamás podría haber sido nada parecido a él. De adolescente, era un manojo de dudas, sobre todo falta de confianza en mí mismo, y no he cambiado mucho hoy en día. Soy más grande, más lento y más viejo que Rimbaud, aunque técnicamente soy un siglo más joven. Al haberle sobrevivido, me siento como uno de esos compañeros del profeta, esos amigos de los fallecidos jóvenes y brillantes que pasarán el resto de su vida revendiendo sus anécdotas y testificando en documentales. «Recuerdo a Rimbaud, todas esas noches de borrachera», diré mirando melancólicamente fuera de cámara. Y me daré cuenta en silencio, no sin rencor, de que ahora, finalmente, puedo domarlo.

Otros libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/03/28/bajos-fondos-una-mitologia-de-nueva-york-luc-sante-low-life-lures-and-snares-of-old-new-york-by-luc-sante/

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“Kill all your darlings” is Faulkner’s advice to aspiring writers and the appointment that Luc Sante chose to headline his dazzling collection of essays from 1990-2005 on topics ranging from smoking or the demise of bohemian New York to yonquerío and cheap rentals to the Mekons, Victor Hugo, Rimbaud, Mapplethorpe, his countrymen Tintin and Magritte, or the origins of the blues.
Sante can argue convincingly-against all commonly accepted theories-that blues was invented by a particular person at a particular time. Or that the aesthetics of the photographer Walker Evans is based on seeing the present as a future past. Or analyze the meanings of the different ways of holding a cigarette (thumb-index vs. heart-index). Or trace the change of meanings of the word “funk” from a flatulence in a Buddy Bolden concert in the Back or ‘Town of New Orleans in 1902 to the most contemporary hip-hop. Or propose -from his infernal work experience in a plastic objects factory- a new form of wage distribution in which coal miners would travel by private jet to their jobs. Or persuade the reader that Hergé – more than his Rembrandt, Leonardo or Cezanne – is the Euclid of the comic.
Whatever the subject, Sante has an original vision to contribute and this is his great truth.

This is a wonderful book. Literally. That is, it is full of wonders. At his not infrequent best — in his essays on jazz and the blues — Luc Sante reminds this reader of Edmund Wilson. Like Wilson, Sante is dogged and forensic. Without showing off, he tells you things you didn’t know and puts you gratefully in his debt. And at his most casual (for instance, his piece on Rudolph Giuliani), Luc Sante is a joy to read.
KILL ALL YOUR DARLINGS is a collection of Luc Sante pieces originally published, although many in somewhat different form, in journals or newspapers (such as The New York Review of Books or The Village Voice) between 1990 and 2005. The individual pieces, 25 in all, deal with New York City and its environs or with significant (and, in several cases, not-so-significant) figures or events in American music, literature and belles-lettres, the visual arts, or pop culture broadly construed.
But reading 25 disparate pieces, with no real unifying threads or themes, was not quite as smooth sailing as I had anticipated. I could only read two or three at a time, over several weeks. And, unfortunately, the least interesting pieces (at least to me) were the ones on New York City at the beginning of the book. But the intrinsic interest picked up after the first 110 pages, with the high points, to my mind, being the pieces on Bob Dylan, Buddy Bolden, the origin/invention of the blues, Hegre and the Tintin books, Walker Evans, two of Michael Lesy’s books of American photographs, and Robert Mapplethorpe.
Sante is a keen observer and often insightful commentator regarding popular and “middlebrow” culture as well as the underbelly and detritus of American life. He writes well and with a distinctive voice. (An example: “All kinds of thoroughly debunked specimens — the noble cowboy, the contented housewife, the edenic small-town past — continue to stagger along in the collective imagination because of their proven effectiveness as topical analgesics for reality-based headaches.”) This collection illustrates that almost any of his pieces are worth reading, although it will be the rare reader indeed who truly is interested in everything that Sante writes about. All the same, these pieces probably are best read as they were published — one at a time.
Kudos to the publisher for a sturdy yet reader-friendly binding and a very readable lay-out. By the way, if you are wondering about the title, the only explanation Sante provides is that “Kill all your darlings” was “writerly advice attributed to William Faulkner”.

The economy is going badly, but money shows no signs of losing its magnetism. New York is neither the Wonder City nor a half-uninhabited ruin, but it is a vulnerable city, overpopulated, anxious, half naive, too human and shaken by a cataclysm that no one could have foreseen. I no longer live there and it is hard for me to go back and walk the streets, too haunted by the ghosts of my own history. I was not born in New York, and I may never live there again, but just thinking about it makes me melancholy; It changed me forever and my imagination is handcuffed to the city, I wear its brand in the same way you wear a scar. No matter what happens, whether I like it or not, New York is destined to be my home forever.

The Palladium was located on a block that constituted a microcosm in itself, bounded at one end by a 24-hour donut shop, whose clientele seemed to be formed mostly by transvestites, and on the other by a cheap steakhouse, which served as a burned-out meatloaf. destitute. In the middle, there were different places: a decent brothel populated by voluminous women, of a maternal aspect, coming from southern countries; a gym of historical importance for the art of boxing; a huge billiard room frequented by older men who wore knives in their socks, and the ruins (which were then ruins) of what had been for decades one of the most fashionable restaurants in the city, in decline since cordiality fell in disgrace, already reduced at that time to a horror of bugs running around at ease and fallen plaster. The Palladium emerged imposing among all of them, like a beacon in the night.
When digging between the layers of the Palladium, we were amazed by the mass of tight bodies, so dense that it was almost impossible to distinguish the decoration or architecture.

It would be impossible to find a more representative symbol of Rudolph Giuliani’s mandate as mayor of New York than his policy against reckless pedestrians. The practice of crossing with the traffic light in red or an inappropriate place is probably the most common way to break the law, especially now that throwing garbage on the street is very old fashioned and virtually no one spits on the sidewalks. The laws that forbid reckless crossing are understood throughout the world as a symbol of the paternal attitude of the city towards its infant inhabitants. In various cities of the world they are a cheap and simple means for local police to meet their daily quota of fines. However, New York could be the capital of this behavior, and could even be called the City of Reckless Pedestrians. It’s the opposite of those German cities where tourists are amazed to see a crowd of pedestrians waiting placidly for the traffic light to change color, even if you do not see traffic for miles around. Crossing with imprudence is a birthright for New Yorkers, a small but essential symbol of their independence and self-sufficiency. New Yorkers can cross anywhere and anytime if they need it, and if they are crushed they will accept that it was their damned fault. After all, it is their city, not one that the bureaucrats or the police have lent to them for their good behavior.
Therefore, the fact that, as mayor, Giuliani decided that his cops aggressively persecuted the imprudent was like throwing down the gauntlet, an announcement that he intended to remake the city in his own image and for his own pleasure.
The application of statutes against reckless pedestrians was vaguely justified by the theory of “broken windows”, a neoliberal network very much in vogue according to which the number of minor infractions observed in a neighborhood (graffiti, begging, sneaking into the subway) it was proportional to the amount of important crimes, murders, rapes and armed robberies.
It is a city of franchises and huts of millions of dollars, of minimum public services and taxes of favoritism, of a corporate Times Square and a bleached Harlem. There is less dialogue and exchange between classes than ever and the little life, vigor and color that is left to the city has a lot to do with Giuliani’s inability to completely eliminate the rent control laws. In one or two generations, the city he has left could be exchanged with Phoenix or Atlanta, except for its geographical singularities. However, it must be said that the trains have stopped circulating punctually.

New Jersey, a rather small state with an insistent and almost typographic form (an ampersand), has suffered for three centuries a mixture of good and bad luck for being the neutral conjunction between New York City and Philadelphia. If it were a country, it would be a kind of Belgium, constantly wound up by armies advancing or retreating from one center of power to the other. Instead, it became an internal colony, used as an orchard, factory land, warehouse, landfill and, at the end, as a guest room for the surrounding large cities. His nickname, “the garden state,” is a nice way to admit his servile condition. In any case, it can no longer grow for the benefit of the market; Agribusiness probably has the largest monoculture fields in Texas. The only two important rural regions left in the state are the Appalachian area in the extreme northwest and the indescribable southern pine forests, both saved from the subdivision by the inhospitable topography. The rest is, almost everything, residential area.
There are cities, most of them drowned, aggrieved, half ruinous, which reflect the idea of ​​a city in the sense of demographic density, but not in terms of power, prosperity or even carnal pleasures. Many came to this situation when the industry fell in the second half of the last century; before, they were austere and unglamorous communities of real fighters. Newark, Jersey City, Elizabeth, Bayonne, Paterson, Camden, Trenton.
When you opt for the latest technological innovations, the largest car, the smallest portable device or the most complete home theater system, not because of a specific need but because you want the best, you have become one of New Jersey, even if you have never set foot in that state. It is not that New Jersey is necessarily a pioneer in any of these ways of life or managing business (California has much to answer), but that no state exemplifies it better or follows it so literally. New Jersey, an old state with many fascinating historical roads and a considerable background of popular traditions and legends, is the image of the future, assuming that the future has a value of about fifteen minutes.

Not long ago, the whole world smoked. No room was fully furnished until an ashtray was placed and every day act was measured in cigarettes. The doctor smoked in the office. The cook smoked in the kitchen of the restaurant. The mother smoked while rocking her baby. The mechanic smoked in the workshop splashed with oil. The athlete smoked in the band. The teacher smoked in class. The patient smoked in the solarium of the hospital. The television host smoked live. The buyer smoked in the food aisles of the supermarket. We smoked in the back of the plane, in the theater box, between plates at formal dinners, in crowded discos while we turned, in elevators despite the posters and in the subway at late hours of the night. We smoked in the office and on the beach, in the waiting room and in the hairdressing salon, in the art gallery and in the stadium.
We smoked in bed, just before falling asleep and nothing else to wake up, after making love and, sometimes, during. We often smoked without being aware of it.
If you hold the cigarette in the manner that was once called “American”, between the index and the heart of the right hand. It has become as universal a gesture as the Marlboro, but there was a time when cigarettes were held between the thumb and forefinger in almost everyone. Your style was initially associated with American actors who, of course, gave it a huge cachet, and everyone in Split, Macao or Portbou wanted to be like Tom Mix or any of them. If we stop to think about it, the thumb-index version is actually the most obvious and intuitive way, although the Americans considered it mannered.
Smoking went from being universal to being banned at an amazing speed. First, it was necessary to go to the balcony in some homes in the 80s. Apparently, the majority of Americans who smoked in 1990 had left in 1995. California was the first place in the world where bars were banned in 1998. It would be expected that the bars were the last redoubt, a kind of prison, but now many prisons also prohibit smoking, which seems a clear example of unnecessary cruel punishment.

If Christmas brings out the child we carry inside, the New Year brings the idiot out. Nowadays, sobriety is fashionable, so there will be fewer people who wake up this January 1, half naked in a strange hotel room, with a blinding pain over the eyes and a slippery song on the lips, but this does not mean that a greater number of people will wake up free of regrets. All over the world, for all sorts of prizes the year 1993 will pass to a better life with the impression of being free of their debts forever and, at least, they will demonstrate their carelessness by spending jets of money in murky distractions.
In New York, the mecca of idiots addicted to waste, it is appropriate to illustrate the nonsense with figures: at midnight there are half a million people in Times Square, accompanied by some five thousand policemen, which translates into about three hundred thousand dollars per hour extras, leaving as a result 45 tons of waste, several dozens of arrests and the same number of injured. In the upper part of the city, good people will loose 300 or 400 dollars per head in exchange for seven courses and a pianist, while, in the lower part, the younger contingent will spend a quarter of that amount for a new one. lesson of social Darwinism in a discotheque crowded with provocative exhibitionists.

The twentieth century is frantic. The points can be united between the jazz of New Orleans, the bohemian of the Greenwich Village, the Renaissance of Harlem and the exiles of the Paris of the 20s and then listen to the riff repeated in a new tone after the Second World War, thanks to the bebop and the beat generation. But aside from history there are criminals, cartoons (was there ever a more perfect hipster than Bugs Bunny, at least before he became an accomplice?), Black movies, cheating, drugs. Jews are a special case, since they understand both sides of the racial dichotomy and play the two tricks, while both sides exclude them. Women also represent a special case, more hips than anyone unless they are relegated to procreation and emptying urinals.
Advertising was also a main component of modernism; In the twentieth century, all kinds of artists, including communists, enjoyed trying to take advantage of and replicate the iconic impact of the ads. It is also true that advertising has constantly drank avant-garde art (advertising needs to be much more hip than advertising), and that selling the advantages of the product, letting it take care of itself is a recipe for marketing hipness (a precept that goes back, at least, to the creations of Edward Bernays, Freud’s nephew, for the tobacco industry in the 1920s).
The point is that, if you are an accomplice of companies whose main reason for existing is to enrich even more people who are already much richer than you, you are their servant.
«Funk» has descended from the heights. It has been devalued with the “Too Funky” by George Michael, and the “Funky New Year” by Eagles and the “Funky Funky Xmas” by New Kids on the Block, not to mention the persistent memory of Grand Funk Railroad. But the word has not been abandoned. It’s still too valuable. It appears in hip hop strictly as a placeholder (Notorious BIG’s “Machine Gun Funk”, Too Short’s “Short but Funky”, OutKast’s “Funky Ride”, etc.), and it seems to be above fashions. The word still bears fruit. Your license is renewed. Soon the day will come when it is immediately necessary again, when all its substitutes lose luster and laugh, when “ghetto” develops again and “real” becomes irremediably false, when it acquires a nuance never imagined, temporarily undetectable for the middle class white ear. He expects a further development of the process set in motion in the ramshackle scenarios of some New Orleans fraternities in 1902, approximately.

Although the term “blues” came to be applied to any minor lament (in the 20s and 30s almost any type of song), the real blues songs are those that fit this structure. While the feelings, the progression of the chords and the vocal and instrumental styles that came to differentiate the blues were in the black musical culture of the south, the form itself is too specific to have not had a very particular origin. Everything we know about this origin is the result of a process of elimination. In the first place, folk music collectors who combed the country in the last quarter of the 19th century did not gather any work that fit the blues pattern until after 1900.
The earliest published description of what appears to be blues dates from 1903, from an article in The Journal of American Folk-Lore, by Harvard archaeologist Charles Peabody, who transcribed many of the songs sung by the workers he hired for an excavation in Coahoma County, Mississippi, in 1901. Meanwhile, folklorist Howard Odum published compilations with the lyrics of songs sung in the field by black peasants in Georgia and Mississippi between 1905 and 1908, and among them are enough that could be classified as blues.
The blues are often described as having evolved naturally from the field hollers and, beyond that, from the griot chants, but in reality it was a sudden and radical shift in African-American music.
The blues did not emerge as a reaction nor as a spontaneous sound nor as a cry of anguish in the night, nor did it emerge from the great mass of people as a collective sigh. It was a deliberate decision that was reached thanks to a particular artist through an experimentation process, using the materials he had at hand from various sources. Some others followed and expanded it to encompass feelings such as anguish and rebellion, humor, desire, cruelty, disappointment, awe, sarcasm, anger, remorse, bewilderment, malice, delirium and even triumph. It grew to become the expression of a people, but not before it had become as diverse and complicated as that people. It also reaches beyond the monochromatic of its name.

The work of Robert Mapplethorpe is hard to see, which is not the same as saying it is hard to look at. Without a doubt, it is not difficult to consider. In the six and a half years that have passed since the death of Mapplethorpe for AIDS at age 42, it has received much more publicity and publicity than during his life. But that publicity is one of the main reasons why his work is now difficult to see. A tangled foliage of added context, headlines, slogans, editorials, legal, moral and political judgments has been raised to obstruct the vision. During his life, Mapplethorpe’s photographs were judged, for better or for worse, on their own merits. Since his death (or, more specifically, since about four months after his death, when a series of events wrapped his work in a halo of controversy and publicity), his photographs have become symbols or symptoms, even to his admirers .
Mapplethorpe went to the grave as an esteemed photographer, famous in the art world, though not much outside of it, slight though not uncomfortably known for his depictions of sadomasochistic practices.
The work of Mapplethorpe rejects piety, disdains analysis, mocks the understanding, demands a silent esteem, which in part deserves. The cloud of controversy that now hovers over his work obscures his weaknesses and strengths equally. In the end, the front will pass and, in the resulting clear, your photographs may acquire another meaning, as artifacts of the complicated and fascinating era in which they were made; Of course, a nobler destiny than finishing as a mere decorative object, which is another possibility. Apart from the portraits of Patti Smith, the photographs that are most likely to continue enjoying prestige are those that caused the most uproar: the darkest and most difficult of the sex photographs. It is no coincidence that these two exceptions have given him his most powerful works.
Right now, sex photographs seem to have built an insurmountable wall against the mainstream culture. Some of them will not be assimilable.
What remains after the impact factor of the darkest photos of Mapplethorpe is deflated is what really constitutes his art.

Rimbaud in the flesh was a stretched brat with a twitching moan, who mocked whoever was in the room and who knew that no one could replicate or beat him without being discredited, who came to your house and ate everything in the room. Refrigerator before disappearing abruptly and I would only return if you had something you wanted. You would probably fall in love with him and tolerate him for a long time. Far beyond lacking his genius, it could never have been anything like him. As a teenager, I was a bunch of doubts, especially lack of confidence in myself, and I have not changed much today. I am bigger, slower and older than Rimbaud, although technically I am a younger century. Having survived, I feel like one of those companions of the prophet, those friends of the young and brilliant deceased who will spend the rest of their lives reselling their anecdotes and testifying in documentaries. “I remember Rimbaud, all those drunken nights,” I’ll say, looking melancholy off camera. And I will realize in silence, not without rancor, that now, finally, I can tame it.

Books of the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/03/28/bajos-fondos-una-mitologia-de-nueva-york-luc-sante-low-life-lures-and-snares-of-old-new-york-by-luc-sante/

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