En Defensa De La Ilustración: Por La Razón, La Ciencia, El Humanismo Y El Progreso — Steven Pinker / Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress by Steven Pinker

3FD14507-919C-4B1B-B418-354485662E85
Este es un libro de historia del mundo moderno basado en los datos disponibles. El Sr. Pinker explora los principales aspectos de la historia, como la salud, la riqueza, la paz, el medio ambiente, etc. Se presentan más de una docena de áreas. En lugar de secuenciar personajes y eventos históricos, cada aspecto se presenta uno por uno y en la medida en que los datos históricos y actuales están disponibles. Los gráficos y tablas comprensibles muestran los cambios que se han producido a lo largo del tiempo. Su narrativa perspicaz presenta una gran información de fondo sobre cada área y sus teorías sobre cómo y por qué de cada una. El resultado es una historia cautivadora y convincente de progreso y mejora.
También es un libro sobre la esperanza. En cada área también se exploran las brechas entre lo que es y lo que podría ser. En la mayoría de los casos, se presentan enfoques lógicos que podrían continuar mejorando y resolver muchos problemas serios y controvertidos. El uso de datos para desarrollar la información elimina el sesgo y establece una base firme de credibilidad.
La hipótesis del Sr. Pinker es que los principios de la Ilustración son la causa básica de los logros observados hasta la fecha. Esta causalidad no es completamente obvia para mí y es un área para futuros estudios. Por ahora, este libro es una buena noticia y un homenaje a la humanidad. Si se ha sentido deprimido y cínico acerca de cómo lo estamos haciendo, este libro levantará su ánimo y le brindará una esperanza renovada. Si está comprometido con la extrema derecha o la izquierda, el activismo o negación ambiental radical o el extremismo religioso, puede omitir las partes que ofenden y aún así obtener un impulso.
Una mente abierta y un buen diccionario son todo lo que se requiere. Este libro es una excelente referencia a la que puede volver mientras navega por el ciclo continuo de noticias.
El libro consta de tres partes. La primera parte es una descripción muy breve de la Ilustración. No hay mucho aquí. La carne del libro es un gran número de capítulos sobre diferentes temas que muestran que el mundo está progresando y continúa progresando y que el progreso es muy, muy significativo. Si bien esta es la parte carnosa y poderosa de este libro que prueba la afirmación de Pinker, a mí me arrastró un poco. Lo entiendo, si no lo prueba una y otra vez sobre muchos temas diferentes que la gente va a decir bien, ignoró X, Y o Z. Proporciona gráficos para una fácil visualización del progreso, pero en la mayoría de los temas incluye una extensa discusión de El tema. Para esta parte del libro, Steven Pinker merece un enorme crédito. Le daría una calificación de 10 estrellas si pudiera a pesar del hecho de que no fue particularmente agradable para mí arar a través. La parte final son tres capítulos sobre la razón, la ciencia y el humanismo. Esta sección fue muy inspiradora para mí y muestra por qué Steven Pinker es un pensador y escritor tan exitoso. ¡Me encantó!
En general, este es un logro magnífico y Pinker critica a sus críticos con evidencia y evidencia poderosa que es muy difícil de disputar. Es por eso que la mayoría de las críticas de una estrella simplemente dicen que Pinker apesta y eso es todo sin ninguna refutación sustancial de lo que realmente afirma. Muy recomendable.

Esta es una historia sobre impresionantes y vastas mejoras en la condición humana iniciadas por ideales de iluminación de la razón, la ciencia y el humanismo en el siglo XIX.
Los sesgos cognitivos han hecho que los pensadores a lo largo de la historia crean que vivían en una era de declive a pesar de las espectaculares mejoras en curso: reducciones vertiginosas en muertes por la guerra, homicidios, mortalidad infantil, enfermedades infecciosas, hambruna, aumento de la esperanza de vida, acceso al agua potable limpia, libertad política , y prácticamente todo tipo de confort de criatura que puedas imaginar.
En Occidente, la esperanza de vida se disparó de 35 a 80 años. La mortalidad infantil se desplomó del 30% a una fracción del porcentaje. Las tasas de mortalidad en el parto se redujeron 300 veces. Cinco * mil millones * de vidas se han salvado gracias a mejoras en la salud, como el saneamiento, las vacunas y los antibióticos. Solo la viruela mató a 300 millones de personas en el siglo XX y ahora está erradicada. La proporción global de personas que viven en la pobreza extrema ha disminuido del 90% al 10%. Las tasas de muertes por accidentes de tráfico disminuyeron en veinticuatro veces desde 1921. Y se han producido enormes disminuciones en las muertes por incendios, ahogamientos, caídas, accidentes laborales, desastres naturales e incluso huelgas de iluminación. Las personas trabajan menos horas, han pagado vacaciones, pasan menos horas en las tareas domésticas, tienen más horas de ocio y disfrutan de lujos más allá de los sueños más salvajes de los reyes de antaño, como el aire acondicionado, la comunicación instantánea en todo el mundo, los viajes aéreos y las bombillas. Aunque el mundo en desarrollo se ha quedado rezagado respecto a Occidente, también han comenzado recientemente a hacer muchos de los mismos avances.
Estos increíbles progresos te harán apreciar el tiempo que vivimos y creo que vale la pena entender cómo llegamos aquí y cómo podemos continuar en este camino. Estas mejoras no se producen automáticamente y no se garantiza que continuarán para siempre. Se producen a través de los esfuerzos de los humanos para aplicar su ingenio al mejoramiento de la humanidad. Algunas filosofías crean progreso mientras otras lo destruyen. Los argumentos de Pinker de que los ideales de iluminación son el motor del progreso se presentan de manera clara y persuasiva en un estilo que es accesible a cualquier lector educado.
Los críticos señalan que a pesar de todas estas mejoras (¡y más!), Tenemos un precio terrible que pagar en forma de degradación ambiental, terrorismo, desigualdad, guerra nuclear y otras amenazas. Él aborda cada una de estas preocupaciones y pone en reposo las visiones más pesimistas y alarmistas de esas amenazas, mientras reconoce que el mundo no es un lugar perfecto. A medida que se resuelven los problemas, surgen nuevos problemas que pueden resolverse a su vez. La respuesta es no romper la máquina y volver a los ideales de pre-iluminación.
Pero siempre existe el canto de sirena de filosofías regresivas que atraen a nuestros cerebros humanos primarios: nacionalismo, tribalismo y conceptos de un choque de civilizaciones en las que grupos o clases étnicas se enfrentan entre sí en una competencia de suma cero. Si la idea generalizada de que nuestra sociedad está en decadencia no se disipa, las personas pueden razonar que no tienen nada que perder al apoyar a una teocracia o un hombre fuerte para liderar por la fuerza de la personalidad, quien promete regresarnos a una edad de oro mítica que nunca existió. El caso de la iluminación debe hacerse una y otra vez. Vale la pena hacer un balance de nuestro progreso y cómo llegamos aquí como vanguardia contra las ideologías regresivas.

Con la magnífica obra de Steven Pinker, “En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso”, de nuevo es posible acceder a un nivel de conocimiento que de no mediar la grandeza y generosidad del hombre de ciencia que la ha dado a la luz no sería imaginable.
El contenido de su gran trabajo viene avalado por una tercera parte de la extensión de la obra en páginas y páginas de bibliografías y notas explicativas que, es de suponer, llevarían más de una década el ser comprobadas, algo que, a todas luces, resulta innecesario ya que el experto es el autor y todas y cada una de las llamadas de atención están imbricadas en el meollo del texto de manera más que clara y razonable.
La lectura de su anterior y estupenda obra, “Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones”, constituyó un baño de realismo y la constatación de que las “compuertas” del saber se habían abierto definitivamente para todo aquél que deseara estar bien informado, universitario o lego, e hizo de su trabajo una soberbia exposición de datos, cifras y estudios que, francamente, deja sin aliento ni argumentos para rebatirlo.
Steven Pinker tiene bien sujetas sus propias opiniones personales y hace, de nuevo, con su creación una aportación grandiosa, capitalmente más, disfrutemos de ella, pertenecemos al S.XXI.
En el tercer milenio, el científico cognitivo e intelectual Steven Pinker nos insta a ver con otra perspectiva los titulares alarmistas y las profecías de la perdición que juegan con nuestros prejuicios psicológicos. En cambio, haciendo uso de datos empíricos, muestra que la vida, la salud, la prosperidad, la seguridad, la paz, el conocimiento y la felicidad van en aumento, no solo en Occidente, sino en todo el mundo. Este progreso no es el resultado de alguna fuerza cósmica. Es un regalo de la Ilustración: la convicción de que la razón y la ciencia pueden mejorar el florecimiento humano.
La evaluación de la situación actual del mundo es falsa. Y no solo es un poco falsa, sino completamente falsa —como decir que la Tierra es plana—, falsa a más no poder. Pero este libro no trata del cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos y sus consejeros.
Sobre las ideas que propiciaron el terreno para su elección (Donald Trump) hay un amplio consenso entre intelectuales y legos, tanto de izquierdas como de derechas. Esas ideas incluyen el pesimismo sobre el rumbo que está tomando el mundo, el cinismo sobre el valor de las instituciones de la modernidad y la incapacidad de concebir un propósito superior en nada que no sea la religión.

El lema de la Ilustración, proclamaba Kant, es: «¡Atrévete a saber!», y su demanda fundamental es la libertad de pensamiento y de expresión. «Una época no puede establecer un pacto que evite que las épocas subsiguientes amplíen sus ideas, acrecienten sus conocimientos y purguen sus errores. Eso supondría un crimen contra la naturaleza humana, cuyo auténtico destino reside precisamente en semejante progreso.
Qué es la Ilustración? No existe una respuesta oficial, porque la era designada por el ensayo de Kant nunca fue demarcada mediante ceremonias inaugurales ni de clausura como las Olimpíadas, ni se estipularon sus principios en un juramento ni en un credo. La Ilustración suele ubicarse convencionalmente en los dos últimos tercios del siglo XVIII, aunque dimanó de la revolución científica y la Era de la Razón del siglo XVII y se desarrolló hasta llegar al apogeo del liberalismo clásico de la primera mitad del siglo XIX. Provocados por los desafíos a la sabiduría convencional de la ciencia y la exploración, conscientes del derramamiento de sangre de las recientes guerras de religión e instigados por la fácil circulación de ideas y de personas, los pensadores de la Ilustración buscaban una nueva comprensión de la condición humana. La era fue una cornucopia de ideas, algunas de ellas contradictorias, pero conectadas por cuatro temas: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso.
El más importante de ellos es la razón. La razón es innegociable.
Para los pensadores ilustrados, la huida de la ignorancia y la superstición mostraban cuán equivocada podía estar nuestra sabiduría convencional, y hasta qué punto los métodos de la ciencia (el escepticismo, el falibilismo, el debate abierto y la comprobación empírica) constituyen un paradigma de cómo lograr el conocimiento fiable.
Ese conocimiento incluye una cierta comprensión de nosotros mismos. La necesidad de una «ciencia del hombre» era un tema que unía a pensadores ilustrados que discrepaban acerca de otros muchos asuntos, incluidos Montesquieu, Hume, Smith, Kant, Nicolas de Condorcet, Denis Diderot…
La idea de una naturaleza humana universal nos lleva a un tercer tema: el humanismo. Los pensadores de la Era de la Razón y la Ilustración veían una necesidad apremiante de dotar a la moral de una fundamentación secular, pues estaban atormentados por la memoria histórica de siglos de matanzas religiosas: las Cruzadas, la Inquisición, las cazas de brujas o las guerras de religión europeas. Pusieron los cimientos de lo que hoy llamamos humanismo, que privilegia el bienestar de hombres, mujeres y niños individuales por encima de la gloria de la tribu, la raza, la nación o la religión. Son los individuos, no los grupos, los que son «sintientes»: los que sienten placer y dolor, satisfacción y angustia.
En la Ilustración encontramos asimismo el primer análisis racional de la prosperidad. Su punto de partida no era cómo se distribuye la riqueza, sino la cuestión previa de cómo llega a existir esta.

¿Qué relevancia tiene la entropía para los asuntos humanos? La vida y la felicidad dependen de una fracción infinitesimal de disposiciones ordenadas de materia entre un número astronómico de posibilidades. Nuestros cuerpos son ensamblajes improbables de moléculas y mantienen ese orden con la ayuda de otras improbabilidades: las escasas sustancias que pueden nutrirnos, y los escasos materiales en las escasas formas que pueden vestirnos, protegernos y mover las cosas a nuestro gusto. La mayor parte de las disposiciones de la materia que se encuentran en la Tierra carecen de utilidad para nosotros, de suerte que, cuando las cosas cambian sin que un agente humano dirija el cambio, es probable que cambien para peor. La Ley de la Entropía es ampliamente reconocida en la vida cotidiana en dichos como: «Todo se desmorona.
La evolución nos ha dejado con otra carga: nuestras facultades cognitivas, emocionales y morales están adaptadas a la supervivencia individual y a la reproducción en un entorno arcaico, no a la prosperidad universal en un ambiente moderno. Para apreciar esta carga, no es preciso creer que seamos hombres de las cavernas fuera de tiempo, solo que la evolución, con su límite de velocidad medido en generaciones, no fue capaz de adaptar nuestro cerebro a la tecnología y las instituciones modernas. Los humanos actuales dependemos de facultades cognitivas que funcionaban suficientemente bien en las sociedades tradicionales, pero que hoy vemos plagadas de errores.
Las personas son por naturaleza analfabetas e incompetentes en el cálculo; cuantifican el mundo contando «uno, dos, muchos» y con burdas estimaciones.
Entienden las cosas físicas como dotadas de esencias ocultas que obedecen las leyes de la magia simpática o el vudú más que de la física y la biología: los objetos pueden surcar el tiempo y el espacio para afectar a cosas que se les asemejan o que habían estado en contacto con ellos en el pasado.
Pero no somos todo maldad. La cognición humana posee dos características que le confieren los medios para trascender sus limitaciones. La primera es la abstracción. Las personas pueden apropiarse de su concepto de un objeto en un lugar y usarlo para conceptualizar una entidad en una circunstancia, como cuando captamos el patrón de un pensamiento como «El ciervo corrió desde el estanque hasta la colina» y lo aplicamos a «El niño pasó de estar enfermo a estar sano».
La segunda escalera de mano de la cognición es su capacidad combinatoria y recursiva. La mente puede albergar una variedad extraordinaria de ideas ensamblando en proposiciones conceptos básicos tales como «cosa», «lugar», «camino», «actor», «causa» y «objetivo». Y puede albergar no solo proposiciones, sino proposiciones sobre las proposiciones, y proposiciones sobre las proposiciones sobre las proposiciones. Los cuerpos contienen humores; la enfermedad es un desequilibrio en los humores que contienen los cuerpos; yo ya no creo en la teoría de que la enfermedad es un desequilibrio en los humores que contienen los cuerpos.

El humanismo ilustrado no goza de especial popularidad. La idea de que el bien supremo radica en usar el conocimiento para fomentar el bienestar humano deja fría a la gente. ¿Explicaciones profundas del universo, el planeta, la vida y el cerebro? ¡A menos que recurran a la magia, no las queremos! ¿Salvar las vidas de miles de millones de personas, erradicar enfermedades, alimentar a los hambrientos? ¡Menudo aburrimiento! ¿Personas que extienden su compasión a toda la especie humana? No nos basta: ¡queremos que las leyes del universo se preocupen de nosotros! ¿Longevidad, salud, entendimiento, belleza, libertad, amor? ¡La vida tiene que consistir en algo más!
Pero la idea del progreso es la que más se atraganta. Incluso quienes piensan que es una buena idea en teoría emplear el conocimiento en aras del bienestar insisten en que esto nunca funcionará en la práctica.
La mayoría de la gente está de acuerdo en que la vida es mejor que la muerte. La salud es mejor que la enfermedad. El sustento es mejor que el hambre. La abundancia es mejor que la pobreza. La paz es mejor que la guerra. La seguridad es mejor que el peligro. La libertad es mejor que la tiranía. La igualdad de derechos es mejor que la intolerancia y la discriminación. La alfabetización es mejor que el analfabetismo. El conocimiento es mejor que la ignorancia. La inteligencia es mejor que la torpeza. La felicidad es mejor que el sufrimiento. Las oportunidades de disfrutar de la familia, los amigos, la cultura y la naturaleza son mejores que el trabajo penoso y la monotonía.
Todas estas cosas pueden medirse. Si han aumentado a lo largo del tiempo, eso es el progreso.
Por supuesto, no todo el mundo estará de acuerdo en la lista exacta. Se trata de valores declaradamente humanistas y dejan fuera las virtudes religiosas, románticas y aristocráticas como la salvación, la gracia, la sacralidad, el heroísmo, el honor, la gloria y la autenticidad. Pero la mayoría convendría en que es un punto de partida necesario.

Hoy vivimos en el País de la Cucaña y nuestro problema no es la escasez, sino el exceso de calorías. Como observaba el cómico Chris Rock: «Esta es la primera sociedad de la historia en la que los pobres están gordos». Con la ingratitud habitual del primer mundo, los críticos sociales modernos claman contra la epidemia de obesidad con un grado de indignación que podría ser apropiado para una hambruna (cuando no despotrican de quienes se mofan de los obesos o claman contra la delgadez de las modelos o los trastornos alimentarios). Aunque la obesidad es, sin duda, un problema de salud pública, para los estándares de la historia es bueno tener este problema.
¿Y qué ocurre con el resto del mundo? El hambre que muchos occidentales asocian con África y Asia no es en modo alguno un fenómeno moderno. La India y China siempre han sido vulnerables a la hambruna, porque millones de personas subsistían a base de arroz regado por las erráticas lluvias monzónicas o mediante frágiles sistemas de irrigación, que tenía que ser transportado atravesando grandes distancias.
Afortunadamente, a partir de la década de 1990 los prerrequisitos para la abundancia se están cumpliendo en más lugares del mundo. Una vez desvelados los secretos para cultivar alimentos en abundancia y una vez que se dispone de las infraestructuras necesarias para su distribución, la disminución del hambre depende de la disminución de la pobreza, la guerra y la autocracia.
¿Qué está haciendo bien el mundo? Como sucede con la mayoría de las formas de progreso, muchas de las cosas buenas suceden al mismo tiempo y se refuerzan mutuamente, por lo que resulta difícil identificar la primera ficha del dominó. Las explicaciones cínicas, como que el enriquecimiento es un dividendo especial de un aumento repentino en el precio del petróleo y de otras mercancías, o que las estadísticas están infladas por el auge de la populosa China.
Quienes condenan a las modernas sociedades capitalistas por su insensibilidad hacia los pobres probablemente ignoran lo poco que las sociedades precapitalistas del pasado invertían en el alivio de la pobreza. No es solo que tuvieran menos que gastar en términos absolutos, sino que gastaban una proporción menor de su riqueza. Una proporción mucho menor: desde el Renacimiento hasta el siglo XX, los países europeos gastaban un promedio del 1,5% de su PIB en ayuda a los pobres, educación y otras transferencias sociales. En muchos países y períodos, no invertían nada en absoluto.
La desigualdad no es lo mismo que la pobreza y no constituye una dimensión fundamental del florecimiento y la prosperidad humana. En las comparaciones del bienestar entre países, de hecho, se revela menos importante que la riqueza global. El incremento de la desigualdad no es necesariamente malo: a medida que las sociedades escapan de la pobreza universal, están destinadas a ser más desiguales, y el aumento de la desigualdad puede repetirse cuando una sociedad descubre nuevas fuentes de riqueza. Tampoco es siempre buena la reducción de la desigualdad: los niveladores más efectivos de las disparidades económicas son las epidemias, las guerras masivas, las revoluciones violentas y el colapso del Estado.
A pesar de todo, la tendencia a largo plazo en la historia a partir de la Ilustración es el aumento de la fortuna de todo el mundo. Además de generar grandes cantidades de riqueza, las sociedades modernas han dedicado una proporción creciente de dicha riqueza a beneficiar a quienes viven en peores condiciones.
A medida que la globalización y la tecnología han sacado de la pobreza a miles de millones de personas y han creado una clase media global, ha ido disminuyendo la desigualdad internacional y mundial, al mismo que enriquecen a las élites cuyo impacto analítico, creativo o financiero tiene un alcance global.

No podemos ser complacientemente optimistas respecto del cambio climático, pero sí condicionalmente optimistas. Tenemos ciertas formas factibles de prevenir los daños y disponemos de los medios para descubrir más. Los problemas son solubles, lo cual no significa que vayan a resolverse por sí solos, sino que podemos solucionarlos «si» mantenemos las fuerzas benevolentes de la modernidad que nos han permitido resolver problemas hasta ahora, entre las que se incluyen la prosperidad social, los mercados sabiamente regulados, la gobernanza internacional y las inversiones en ciencia y tecnología.

Puede que la guerra no sea sino otro de los obstáculos que una especie ilustrada aprende a superar, al igual que la peste, el hambre y la pobreza. Aunque la conquista pueda antojarse tentadora a corto plazo, a la postre resulta preferible averiguar cómo conseguir lo que necesitas sin los costes del conflicto destructivo y los peligros inherentes de vivir con la espada, a saber, que si tú supones una amenaza para otros, les habrás dado un incentivo para destruirte primero. A la larga, un mundo en el que todas las partes se abstienen de la guerra es mejor para todos. Las invenciones tales como el comercio, la democracia, el desarrollo económico, las fuerzas de mantenimiento de la paz y el derecho y las normas internacionales son herramientas que ayudan a construir dicho mundo.
Aunque el terrorismo plantea un peligro minúsculo en comparación con otros riesgos, crea un pánico y una histeria enormes porque esa es su finalidad. El terrorismo moderno es un subproducto del alcance inmenso de los medios de comunicación actuales. Un grupo o un individuo pretende captar una porción de la atención mundial mediante un sistema garantizado: la matanza de gente inocente, especialmente en circunstancias en las que los lectores y los espectadores de las noticias pueden imaginarse a sí mismos. Los medios de comunicación muerden el anzuelo y hacen una profusa cobertura de los baños de sangre. La heurística de disponibilidad empieza a surtir efecto y la gente empieza a ser presa de un temor que no guarda relación con el grado de peligro real.
A la larga, los movimientos terroristas se desvanecen a medida que su violencia a pequeña escala no alcanza sus objetivos estratégicos, por más que cause sufrimiento y temor local. Sucedió con los movimientos anarquistas de principios del siglo XX (tras muchos atentados y asesinatos), sucedió con los grupos marxistas y secesionistas de la segunda mitad del siglo XX y sucederá casi con toda seguridad con el ISIS en el siglo XXI. Puede que nunca logremos erradicar por completo el terrorismo, que en todo caso causa ya pocas víctimas, pero podemos recordar que el terror que provoca el terrorismo no es un signo de lo peligrosa que se ha vuelto nuestra sociedad, sino de lo segura que esta ha llegado a ser.

La combinación de la tecnología de internet y la colaboración masiva de millares de voluntarios ha llevado a un acceso asombroso a las grandes obras de la humanidad. No cabe la más mínima duda de cuál ha sido la época más importante para la cultura; la respuesta es el hoy hasta que este sea superado por el mañana. Y la respuesta no depende de comparaciones individuales de la calidad de las obras actuales y las del pasado (que no estamos en condiciones de hacer, del mismo modo que muchas de las grandes obras del pasado no fueron apreciadas en su tiempo). Todo esto deriva de nuestra creatividad incesante y nuestra memoria cultural fantásticamente acumulativa.
Mejor aún, el patrocinio cultural mundial se encuentra hoy disponible no solo para los ricos y los bien ubicados, sino para cualquiera que esté conectado a la vasta red del conocimiento, lo cual significa la mayor parte de la humanidad y pronto «toda» la humanidad.
La felicidad tiene dos caras: una cara experiencial o emocional y una cara evaluativa o cognitiva. El componente experiencial consiste en un equilibrio entre las emociones positivas como el júbilo, la alegría, el orgullo y el placer, y las emociones negativas como la preocupación, la ira y la tristeza. Los científicos pueden tomar muestras de estas experiencias en tiempo real haciendo que los individuos lleven un localizador que suene en momentos aleatorios haciéndoles indicar cómo se sienten. La medida última de la felicidad consistiría en una suma integral o ponderada a lo largo de la vida de cómo se sienten las personas y durante cuánto tiempo se sienten así. Aunque el muestreo de experiencias es la manera más directa de evaluar el bienestar subjetivo, resulta laborioso y caro, y no existen buenos conjuntos de datos que comparen a personas de diferentes países.
Por supuesto, la felicidad depende de muchos más factores que la renta. Esto es cierto no solo para los individuos, que difieren en sus historias vitales y en sus temperamentos innatos, sino también entre las naciones, como constatamos en la dispersión de puntos alrededor de la línea gris del gráfico. Las naciones son más felices cuando sus habitantes gozan de mejor salud (manteniendo constantes los ingresos) y, como he mencionado, son más felices cuando sus ciudadanos sienten que son libres para elegir lo que quieren hacer con sus vidas. La cultura y la geografía también influyen: fieles al estereotipo, los países latinoamericanos son más felices de lo que deberían ser a juzgar por su renta, y los antiguos países comunistas de Europa Oriental son menos felices.

El desafío a la hora de defender la modernidad consiste en que, cuando tenemos las narices pegadas a las noticias, el optimismo puede antojarse ingenuo o, según el nuevo cliché favorito de los comentaristas sobre las élites, «alejado de la realidad». Sin embargo, en un mundo ajeno a los mitos heroicos, la única clase de progreso que podemos tener es una clase que puede pasarnos desapercibida con facilidad mientras la estamos viviendo. Como señalara el filósofo Isaiah Berlin, el ideal de una sociedad perfectamente justa, igualitaria, libre, saludable y armoniosa, de la que las democracias liberales nunca están a la altura, es una fantasía peligrosa. Las personas no son clones, por lo que aquello que satisface a una frustrará a otra, y la única forma de que puedan acabar siendo iguales es tratándolas de manera desigual.
Por mucho tiempo que se requiera, no debemos permitir que la existencia de sesgos cognitivos y emocionales o los arrebatos de irracionalidad en la arena política nos disuadan del ideal ilustrado de buscar incesantemente la razón y la verdad. Si somos capaces de identificar en qué sentidos somos irracionales los humanos, debemos saber lo que es la racionalidad. Como «nosotros» no tenemos nada de especial, nuestros semejantes también han de tener alguna capacidad de racionalidad. Y, por la propia naturaleza de la racionalidad, los razonadores siempre pueden distanciarse, considerar sus propios defectos y razonar formas de ponerles remedio.

La ciencia no basta para traer el progreso. «Todo lo que no esté prohibido por las leyes de la naturaleza es alcanzable, dado el conocimiento adecuado», pero ahí radica el problema. «Todo» significa todo: vacunas y armas biológicas, vídeos a la carta y el Gran Hermano en la pantalla. Algo además de la ciencia garantizó que las vacunas se pusiesen al servicio de la erradicación de las enfermedades en tanto que se prohibían las armas biológicas.
El objetivo de maximizar la prosperidad y el florecimiento humanos —la vida, la salud, la felicidad, la libertad, el conocimiento, el amor, la riqueza de la experiencia— puede denominarse «humanismo». (A pesar de la raíz de la palabra, el humanismo no excluye el florecimiento de los animales, pero este libro se centra en el bienestar de la humanidad.) Es el humanismo el que identifica lo que deberíamos tratar de lograr con nuestro conocimiento. Ofrece el «deber ser» que complementar el «ser». Distingue el verdadero progreso del mero dominio.
Existe un movimiento creciente llamado humanismo, que promueve un fundamento no sobrenatural para el sentido y la ética: el bien sin Dios (good without God).
Si los principios fácticos de la religión ya no se pueden tomar en serio y sus principios éticos dependen enteramente de si pueden ser justificados por la moral laica, ¿qué sucede con sus pretensiones de conocimiento acerca de los grandes interrogantes de la existencia? Una tesis predilecta de los fecistas es que solo la religión puede responder a los anhelos más profundos del corazón humano. La ciencia nunca será suficiente para abordar las grandes cuestiones existenciales de la vida, la muerte, el amor, la soledad, la pérdida, el honor, la justicia cósmica y la esperanza metafísica.
El fascismo, que proviene de fascio, el término italiano que significa «grupo» o «haz», surgió de la noción romántica de que el individuo es un mito y de que la gente es inseparable de su cultura, su linaje y su patria. Los primeros intelectuales fascistas, incluidos Julius Evola (1898-1974) y Charles Maurras (1868-1952), han sido redescubiertos por los partidos neonazis en Europa y por Bannon y el movimiento de la derecha alternativa (alt-right) en Estados Unidos, todos los cuales reconocen la influencia de Nietzsche. El fascismo light actual, que desemboca en el populismo autoritario y el nacionalismo romántico, se justifica en ocasiones mediante una versión rudimentaria de la psicología evolucionista en la que la unidad de selección es el grupo, la evolución está impulsada por la supervivencia del grupo más apto en la competición con otros grupos y los humanos se han seleccionado para sacrificar sus intereses en aras de la supremacía de su grupo. (Esto contrasta con la psicología evolucionista dominante, en la que la unidad de selección es el gen.) De ello se sigue que nadie puede ser un cosmopolita, un ciudadano del mundo: ser humano significa ser parte de una nación. Una sociedad multiétnica y multicultural jamás puede funcionar, porque sus miembros se sentirán desarraigados y alienados, y su cultura se aplanará hasta su mínimo común denominador. Para una nación, la subordinación de sus intereses a los acuerdos internacionales supone la renuncia a su derecho de nacimiento a la grandeza, para convertirse en una majadera en la competición global de todos contra todos.

Una historia heroica no es un mito más. Los mitos son ficciones, pero esta historia es verdadera; verdadera hasta donde alcanza nuestro conocimiento, que es la única verdad que podemos tener. La creemos porque tenemos «razones» para creerla. Conforme avance nuestro conocimiento, podremos ver qué partes de la historia continúan siendo ciertas y cuáles se revelan falsas, como cualquiera de ellas podría ser o llegar a ser.
Y la historia no es patrimonio de ninguna tribu, sino de toda la humanidad, de toda criatura sintiente con el poder de la razón y el impulso de perseverar en su ser. Y es que solo se requieren las convicciones de que la vida es mejor que la muerte, la salud es mejor que la enfermedad, la abundancia es mejor que la penuria, la libertad es mejor que la coerción, la felicidad es mejor que el sufrimiento y el conocimiento es mejor que la superstición y la ignorancia.

4980687E-DD1F-423B-B7D7-96969C0BAB28

This is a history book of the modern world based upon available data. Mr. Pinker explores history’s major aspects such as health, wealth, peace, the environment, etc. Over a dozen areas are presented. Instead of sequencing historical characters and events, each aspect is presented one at a time and to the extant that historical and current data is available. Understandable graphs and charts show the changes that have occurred over time. His insightful narrative presents great background information about each area and his theories about the how and why of each. The result is a thought provoking and compelling story of progress and improvement.
It is also a book about hope. In each area the gaps between what is and what could be are also explored. In most cases logical approaches are presented that might continue improvements and solve many serious and controversial issues. The use of data to develop the information eliminates bias and establishes a firm foundation of credibility.
Mr. Pinker’s hypothesis is that the principles of enlightenment are the basic cause of the achievements seen to date. This causation is not fully obvious to me and is an area for future study. For now, this book is good news and a tribute to humanity. If you have become depressed and cynical about how we are doing, this book will lift your spirits and provide renewed hope. If you are wedded to extreme right or left politics, radical environmental activism or denial, or religious extremism, you can skip the parts that offend and still get a lift.
An open mind and a good dictionary are all that is required. This book makes a great reference to return to as you navigate through the continuous news cycle.
The book consists of three parts. The first part is a very short description of the Enlightenment. Not much here. The meat of the book is a large number of chapters on different topics that show the world is making progress and continues to make progress and that the progress is very, very significant. While this is the meaty and powerful part of this book that proves Pinker’s claim, to me it dragged a bit. I get it, if he doesn’t prove it over and over on many different topics people are going to say well he ignored X, Y, or Z. He provides charts for easy visualization of the progress but on most topics includes extensive discussion of the topic. For this part of the book, Steven Pinker deserves enormous credit. I would give it a 10 star rating if I could despite the fact it wasn’t particularly enjoyable for me to plow through. The final part is three chapters on reason, science and humanism. This section was very inspiring to me and shows why Steven Pinker is such a successful thinker and writer. I loved it!
Overall this is a magnificent achievement and Pinker slams his critics with evidence and powerful evidence that is very hard to dispute. Which is why most all of those one-star reviews just say basically Pinker sucks and that’s it without any substantive refutation of what he actually claims. Very highly recommended.

This is a story about breathtakingly vast improvements in the human condition that were kick started by enlightenment ideals of reason, science, and humanism in the 19th century.
Cognitive biases have made thinkers throughout history believe they were living in an era of decline despite the spectacular improvements ongoing: vertiginous reductions in war deaths, homicides, infant mortality, infectious disease, famine, increased life expectancy, access to clean drinking water, political freedom, and practically every type of creature comfort you can imagine.
In the West, life expectancy has shot up from 35 years to 80. Child mortality plummeted from 30% to a fraction of a percent. Rates of death in childbirth dropped 300 fold. Five *billion* lives have been saved by health improvements such as sanitation, vaccines, and antibiotics. Smallpox alone killed 300 million people in the 20th century and is now eradicated. The global proportion of people living in extreme poverty has dropped from 90% to 10%. Rates of traffic accident deaths fell twenty-four-fold since 1921. And there have been huge declines in deaths due to fire, drowning, falls, workplace accidents, natural disasters, and even lighting strikes. People work fewer hours, have paid vacations, spend fewer hours on housework, have more hours of leisure, and enjoy luxuries beyond the wildest dreams of the kings of yesteryear like air conditioning, instant communication around the world, air travel, and light bulbs. Though the developing world has lagged behind the West, they too have more recently started making many of the same advances.
This incredible progresses will make you appreciate the time we live in and I think it’s well worth understanding how we got here and how we can continue on this path. These improvements don’t happen automatically and they are not guaranteed to go on forever. They are brought about through the efforts of humans to apply their ingenuity to the betterment of humanity. Some philosophies create progress while others destroy it. Pinker’s arguments that enlightenment ideals are the engine of progress are laid out clearly and persuasively in a style that is accessible to any educated reader.
Critics point out that despite all these improvements (and more!), we have a terrible price to pay in the form of environmental degradation, terrorism, inequality, nuclear war, and other threats. He addresses each of these concerns and puts to rest the most pessimistic and alarmist visions of those threats while acknowledging the world is not a perfect place. As problems are solved, new problems emerge and they can be solved in their turn. The answer is not to smash the machine and return to pre-enlightenment ideals.
But there is always the siren song of regressive philosophies that appeal to our primal human brains: nationalism, tribalism, and concepts of a clash of civilizations in which ethnic groups or classes are pitted against each other in zero-sum competition. If the widespread notion that our society is in decline is not dispelled, people may reason they have nothing to lose by supporting a theocracy or a strongman to lead by force of personality who promises to take us back to a mythical golden age that never existed. The case for the enlightenment needs to be made time and again. It’s worth taking stock of our progress and how we got here as a vanguard against embracing regressive ideologies.

With the magnificent work of Steven Pinker, «Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress», it is again possible to access a level of knowledge that would not mediate the greatness and generosity of mankind. science that has given it to light would not be imaginable.
The content of his great work is supported by a third of the length of the work in pages and pages of bibliographies and explanatory notes that, presumably, would take more than a decade to be checked, something that, clearly, results unnecessary since the expert is the author and each and every one of the calls for attention are imbricated in the heart of the text in a way that is clear and reasonable.
The reading of his previous and wonderful work, «The angels that we carry inside. The decline of violence and its implications, «constituted a realism bath and the realization that the» floodgates «of knowledge had been opened definitively for anyone who wanted to be well informed, university or lay, and made his work a superb exposure of data, figures and studies that, frankly, leaves without breath or arguments to refute it.
Steven Pinker has well his own personal opinions and makes, again, with his creation a great contribution, capitally more, enjoy it, we belong to the S.XXI.
In the third millennium, the cognitive and intellectual scientist Steven Pinker urges us to see with another perspective the alarmist headlines and the prophecies of the perdition that play with our psychological prejudices. Instead, using empirical data, it shows that life, health, prosperity, security, peace, knowledge and happiness are increasing, not only in the West, but throughout the world. This progress is not the result of some cosmic force. It is a gift of the Enlightenment: the conviction that reason and science can improve human flourishing.
The evaluation of the current world situation is false. And not only is it a bit false, but completely false – like saying that the Earth is flat – false as it can not be. But this book is not about the forty-fifth president of the United States and its advisors.
On the ideas that propitiated the ground for his election (Donald Trump) there is a broad consensus among intellectuals and laymen, both left and right. These ideas include pessimism about the direction the world is taking, cynicism about the value of the institutions of modernity and the inability to conceive a higher purpose in anything other than religion.

The motto of the Enlightenment, proclaimed Kant, is: «Dare to know!», And its fundamental demand is freedom of thought and expression. «An epoch can not establish a pact that prevents subsequent periods from broadening their ideas, increasing their knowledge and purging their errors. That would be a crime against human nature, whose real destiny lies precisely in such progress.
«What is the Enlightenment?» There is no official answer, because the era designated by Kant’s essay was never demarcated by inaugural or closing ceremonies like the Olympics, nor were its principles stipulated in an oath or in a creed. The Enlightenment is usually located conventionally in the last two thirds of the eighteenth century, although it came from the scientific revolution and the Age of Reason of the seventeenth century and developed until the height of classical liberalism of the first half of the nineteenth century. Provoked by the challenges to the conventional wisdom of science and exploration, aware of the bloodshed of the recent wars of religion and instigated by the easy circulation of ideas and people, the thinkers of the Enlightenment sought a new understanding of the condition human The era was a cornucopia of ideas, some of them contradictory, but connected by four themes: reason, science, humanism and progress.
The most important of them is the reason. The reason is non-negotiable.
For the enlightened thinkers, the flight from ignorance and superstition showed how mistaken our conventional wisdom could be, and to what extent the methods of science (skepticism, fallibilism, open debate and empirical testing) constitute a paradigm of how to achieve reliable knowledge.
That knowledge includes a certain understanding of ourselves. The need for a «science of man» was a theme that united enlightened thinkers who disagreed about many other issues, including Montesquieu, Hume, Smith, Kant, Nicolas de Condorcet, Denis Diderot …
The idea of ​​a universal human nature leads us to a third theme: humanism. The thinkers of the Age of Reason and Enlightenment saw a pressing need to endow morality with a secular foundation, for they were tormented by the historical memory of centuries of religious massacres: the Crusades, the Inquisition, the witch hunts or the European religion wars. They laid the foundations of what we now call humanism, which privileges the well-being of individual men, women and children over the glory of the tribe, race, nation or religion. It is individuals, not groups, that are «sentient»: those who feel pleasure and pain, satisfaction and anguish.
In the Enlightenment we also find the first rational analysis of prosperity. His point of departure was not how wealth is distributed, but the previous question of how it came to exist.

What relevance does entropy have for human affairs? Life and happiness depend on an infinitesimal fraction of ordered dispositions of matter between an astronomical number of possibilities. Our bodies are improbable assemblages of molecules and maintain that order with the help of other improbabilities: the few substances that can nourish us, and the scarce materials in the few forms that can dress us, protect us and move things to our liking. Most of the dispositions of matter found on Earth are useless to us, so that when things change without a human agent directing the change, they are likely to change for the worse. The Law of Entropy is widely recognized in everyday life in such words as: «Everything falls apart.
Evolution has left us with another burden: our cognitive, emotional and moral faculties are adapted to individual survival and reproduction in an archaic environment, not to universal prosperity in a modern environment. To appreciate this burden, it is not necessary to believe that we are men of the caverns out of time, only that evolution, with its speed limit measured in generations, was not able to adapt our brain to technology and modern institutions. Today’s humans depend on cognitive faculties that worked well enough in traditional societies, but today we see them plagued with errors.
People are by nature illiterate and incompetent in calculation; they quantify the world by counting «one, two, many» and with crude estimates.
They understand physical things as endowed with occult essences that obey the laws of sympathetic magic or voodoo rather than of physics and biology: objects can cross time and space to affect things that resemble them or that had been in contact with them in the past.
But we are not all evil. Human cognition has two characteristics that give it the means to transcend its limitations. The first is the abstraction. People can appropriate their concept of an object in one place and use it to conceptualize an entity in a circumstance, such as when we capture the pattern of a thought such as «The deer ran from the pond to the hill» and apply it to «The child He went from being sick to being healthy. »
The second ladder of cognition is its combinatorial and recursive capacity. The mind can accommodate an extraordinary variety of ideas by assembling into propositions basic concepts such as «thing», «place», «road», «actor», «cause» and «objective». And it can house not only propositions, but propositions about propositions, and propositions about propositions about propositions. The bodies contain humors; the disease is an imbalance in the humours that the bodies contain; I no longer believe in the theory that disease is an imbalance in the humors that contain bodies.

Enlightened humanism is not particularly popular. The idea that the supreme good lies in using knowledge to promote human well-being leaves people cold. Deep explanations of the universe, the planet, life and the brain? Unless they resort to magic, we do not want them! Save the lives of billions of people, eradicate diseases, feed the hungry? What a bore! People who extend their compassion to the entire human species? It is not enough for us: we want the laws of the universe to worry about us! Longevity, health, understanding, beauty, freedom, love? Life has to consist of something else!
But the idea of ​​progress is the one that chokes the most. Even those who think that it is a good idea to theoretically use knowledge for the sake of well-being insist that this will never work in practice.
Most people agree that life is better than death. Health is better than disease. The sustenance is better than hunger. Abundance is better than poverty. Peace is better than war. Safety is better than danger. Freedom is better than tyranny. Equality of rights is better than intolerance and discrimination. Literacy is better than illiteracy. Knowledge is better than ignorance. Intelligence is better than clumsiness. Happiness is better than suffering. The opportunities to enjoy family, friends, culture and nature are better than hard work and monotony.
All these things can be measured. If they have increased over time, that is progress.
Of course, not everyone will agree on the exact list. These are avowedly humanist values ​​and leave out the religious, romantic and aristocratic virtues such as salvation, grace, sacredness, heroism, honor, glory and authenticity. But most would agree that it is a necessary starting point.

Today we live in the Country of the Cucaña and our problem is not the shortage, but the excess of calories. As the comedian Chris Rock observed: «This is the first society in history in which the poor are fat.» With the usual ingratitude of the first world, modern social critics cry out against the epidemic of obesity with a degree of outrage that could be appropriate for a famine (when they do not rant about those who scoff at the obese or clamor against the thinness of models or eating disorders). Although obesity is undoubtedly a public health problem, by the standards of history it is good to have this problem.
And what about the rest of the world? The hunger that many Westerners associate with Africa and Asia is by no means a modern phenomenon. India and China have always been vulnerable to famine, because millions of people subsisted on rice irrigated by erratic monsoon rains or by fragile irrigation systems, which had to be transported over long distances.
Fortunately, beginning in the 1990s, the prerequisites for abundance are being fulfilled in more places around the world. Once the secrets for growing food in abundance are revealed and once the necessary infrastructure for its distribution is available, the decrease in hunger depends on the reduction of poverty, war and autocracy.
What is the world doing well? As with most forms of progress, many of the good things happen at the same time and reinforce each other, making it difficult to identify the first domino chip. The cynical explanations, such as that enrichment is a special dividend of a sudden increase in the price of oil and other commodities, or that statistics are inflated by the rise of populous China.
Those who condemn modern capitalist societies for their insensitivity to the poor probably ignore how little pre-capitalist societies in the past invested in poverty alleviation. It is not only that they had less to spend in absolute terms, but that they spent a smaller proportion of their wealth. A much smaller proportion: from the Renaissance to the 20th century, European countries spent an average of 1.5% of their GDP on aid to the poor, education and other social transfers. In many countries and periods, they invested nothing at all.
Inequality is not the same as poverty and is not a fundamental dimension of human flourishing and prosperity. In comparisons of welfare between countries, in fact, it is less important than global wealth. The increase in inequality is not necessarily bad: as societies escape from universal poverty, they are destined to be more unequal, and the increase in inequality can be repeated when a society discovers new sources of wealth. Neither is the reduction of inequality always good: the most effective levelers of economic disparities are epidemics, mass wars, violent revolutions and the collapse of the State.
In spite of everything, the long-term tendency in the history from the Enlightenment is the increase of the fortune of the whole world. In addition to generating large amounts of wealth, modern societies have devoted an increasing proportion of that wealth to benefit those who live in worse conditions.
As globalization and technology have lifted billions of people out of poverty and created a global middle class, global and international inequality has been diminishing, as well as enriching elites whose analytical, creative or financial impact It has a global reach.

We can not be complacently optimistic about climate change, but conditionally optimistic. We have certain feasible ways to prevent damage and we have the means to discover more. The problems are soluble, which does not mean that they will solve themselves, but that we can solve them «if» we maintain the benevolent forces of modernity that have allowed us to solve problems up to now, including social prosperity, well-regulated markets, international governance and investments in science and technology.

War may be just another of the obstacles that an enlightened species learns to overcome, as well as plague, hunger and poverty. Although the conquest may seem tempting in the short term, it is ultimately preferable to find out how to get what you need without the costs of the destructive conflict and the inherent dangers of living with the sword, namely that if you pose a threat to others, they will you will have given an incentive to destroy you first. In the long run, a world in which all parties abstain from war is better for all. Inventions such as trade, democracy, economic development, peacekeeping forces and international law and standards are tools that help to build such a world.
Although terrorism poses a tiny danger compared to other risks, it creates a huge panic and hysteria because that is its purpose. Modern terrorism is a by-product of the immense reach of today’s media. A group or an individual seeks to capture a portion of the world’s attention through a guaranteed system: the killing of innocent people, especially in circumstances in which readers and news viewers can imagine themselves. The media bites the hook and makes profuse coverage of the bloodbaths. The heuristic of availability begins to take effect and people start to fall prey to a fear that is not related to the degree of real danger.
In the long run, terrorist movements vanish as their small-scale violence does not reach their strategic objectives, however much it causes local suffering and fear. It happened with the anarchist movements of the early twentieth century (after many attacks and murders), it happened with the Marxist and secessionist groups of the second half of the 20th century and will almost certainly happen with ISIS in the 21st century. We may never be able to completely eradicate terrorism, which in any case causes few victims, but we can remember that the terror caused by terrorism is not a sign of how dangerous our society has become, but of how safe it is become.

The combination of internet technology and the massive collaboration of thousands of volunteers has led to an amazing access to the great works of humanity. There is not the slightest doubt about what has been the most important time for culture; the answer is today until it is overcome by tomorrow. And the answer does not depend on individual comparisons of the quality of current works and those of the past (which we are not in a position to do, in the same way that many of the great works of the past were not appreciated in their time). All this is derived from our incessant creativity and our fantastically cumulative cultural memory.
Better yet, global cultural patronage is now available not only for the rich and the well-to-do, but for anyone connected to the vast network of knowledge, which means most of humanity and soon «all» humanity .
Happiness has two faces: an experiential or emotional face and an evaluative or cognitive face. The experiential component consists of a balance between positive emotions such as joy, joy, pride and pleasure, and negative emotions such as worry, anger and sadness. Scientists can take samples of these experiences in real time by having individuals carry a pager that sounds at random times, making them indicate how they feel. The ultimate measure of happiness would be an integral or weighted sum throughout life of how people feel and how long they feel that way. Although the sampling of experiences is the most direct way of assessing subjective well-being, it is laborious and expensive, and there are no good data sets that compare people from different countries.
Of course, happiness depends on many more factors than income. This is true not only for individuals, who differ in their vital histories and their innate temperaments, but also among nations, as we see in the scattering of points around the gray line of the graph. Nations are happier when their inhabitants enjoy better health (keeping income constant) and, as I mentioned, they are happier when their citizens feel they are free to choose what they want to do with their lives. Culture and geography also influence: true to the stereotype, Latin American countries are happier than they should be judging by their income, and the former Communist countries of Eastern Europe are less happy.

The challenge in defending modernity is that, when we have our noses stuck to the news, optimism may seem naive or, according to the new favorite cliche of commentators on the elites, «away from reality.» However, in a world alien to heroic myths, the only kind of progress we can have is a class that can easily go unnoticed while we are living it. As the philosopher Isaiah Berlin pointed out, the ideal of a perfectly just, egalitarian, free, healthy and harmonious society, of which liberal democracies are never up to par, is a dangerous fantasy. People are not clones, so that what satisfies one will frustrate another, and the only way they can end up being equal is to treat them unequally.
For as long as it is required, we must not allow the existence of cognitive and emotional biases or outbursts of irrationality in the political arena to dissuade us from the enlightened ideal of incessantly seeking reason and truth. If we are able to identify in what ways we humans are irrational, we must know what rationality is. As «we» we have nothing special, our fellows must also have some capacity for rationality. And, by the very nature of rationality, reasoners can always distance themselves, consider their own shortcomings and reason ways to remedy them.

Science is not enough to bring progress. «Everything that is not forbidden by the laws of nature is attainable, given adequate knowledge,» but that is where the problem lies. «Everything» means everything: vaccines and biological weapons, videos on demand and Big Brother on the screen. Something besides science guaranteed that the vaccines were put at the service of the eradication of diseases while biological weapons were prohibited.
The goal of maximizing human prosperity and flourishing-life, health, happiness, freedom, knowledge, love, the richness of experience-can be called «humanism.» (Despite the root of the word, humanism does not exclude the flowering of animals, but this book focuses on the welfare of humanity.) It is humanism that identifies what we should try to achieve with our knowledge. It offers the «should be» that complement the «being». Distinguish the true progress of the mere domain.
There is a growing movement called humanism, which promotes a non-supernatural foundation for meaning and ethics: good without God.
If the factual principles of religion can no longer be taken seriously and their ethical principles depend entirely on whether they can be justified by secular morality, what happens to their pretensions to knowledge about the great questions of existence? A favorite thesis of the fecistas is that only religion can respond to the deepest longings of the human heart. Science will never be enough to address the great existential questions of life, death, love, loneliness, loss, honor, cosmic justice and metaphysical hope.
Fascism, which comes from fascio, the Italian term meaning «group» or «beam», arose from the romantic notion that the individual is a myth and that people are inseparable from their culture, their lineage and their homeland. The first fascist intellectuals, including Julius Evola (1898-1974) and Charles Maurras (1868-1952), have been rediscovered by the neo-Nazi parties in Europe and by Bannon and the alternative right movement (alt-right) in the United States, all of whom recognize the influence of Nietzsche. Current fascism light, which leads to authoritarian populism and romantic nationalism, is sometimes justified by a rudimentary version of evolutionary psychology in which the unit of selection is the group, evolution is driven by the survival of the most fit group in competition with other groups and humans have been selected to sacrifice their interests for the sake of the supremacy of their group. (This contrasts with the dominant evolutionary psychology, in which the unit of selection is the gene.) It follows that no one can be a cosmopolitan, a citizen of the world: being human means being part of a nation. A multi-ethnic and multicultural society can never function, because its members will feel uprooted and alienated, and their culture will flatten to its lowest common denominator. For a nation, the subordination of its interests to international agreements supposes the renunciation of its right of birth to greatness, to become a fool in the global competition of all against all.

A heroic story is not a myth anymore. Myths are fictions, but this story is true; true as far as our knowledge reaches, which is the only truth we can have. We believe it because we have «reasons» to believe it. As our knowledge advances, we will be able to see which parts of the story continue to be true and which parts are revealed as false, as any of them could be or become.
And history is not the property of any tribe, but of all humanity, of all sentient creatures with the power of reason and the impulse to persevere in their being. And it is that only the convictions are required that life is better than death, health is better than disease, abundance is better than penury, freedom is better than coercion, happiness is better than suffering and Knowledge is better than superstition and ignorance.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.