Diccionario De Lugares Comunes Sobre Cataluña: Breviario De Tópicos, Recetas Fallidas E Ideas Que No funcionan Para Resolver La Crisis Catalana — Juan Claudio De Ramón / Dictionary of Common Places on Catalonia: Breviary of Topics, Failed Recipes and Ideas That Do not Work to Resolve the Catalonian Crisis by Juan Claudio De Ramón (spanish book edition)

He leído muchos libros sobre el tema que están e irán apareciendo en el blog, este destaca por ser un libro imprescindible para poder afrontar un debate contra independentistas. No solo te aporta conocimiento sobre la base de sus argumentos construidos sobre mitos y tergiversaciones de la realidad, también te ayuda a hilar mejor tus palabras.

La diversidad es riqueza. Pero solo cuando las diferencias se dan cita en la persona, como en un crisol se funden los metales o distintas hebras hacen un tapiz; la diversidad empobrece si se usa como pretexto para la segregación. Hay que construir puentes. Pero no en el mismo lugar y con los mismos defectos de construcción que propiciaron su derrumbe. No se puede judicalizar la política. En una democracia madura la política debe poder judicializarse: significa que vivimos en un Estado de derecho y no sujetos al arbitrio de nadie. El origen del conflicto es la sentencia del Estatut. El error fue querer encajar a martillazos un estatuto confederal en la Constitución. La sentencia no es causa, es pretexto. Podemos rescatar los artículos anulados. Bien anulados están: nada bueno había en ellos. Hay que dialogar. Pero respetando la ley.
Hasta hace tan sólo unos doce años, pocos catalanes, más o menos un 15 por ciento, se declaraban partidarios de la independencia; esta cifra se mantenía prácticamente inamovible desde la época de la Transición. Este porcentaje pertenecía a los irreductibles: nacionalistas en estado puro, aquellos cuya meta principal ha sido siempre separar Cataluña de España con el objetivo de que se constituya como Estado independiente, uno más en el concierto mundial de las naciones. Aquellos que piensan que, si no es así, los catalanes nunca serán libres.
¿Por qué se llegó a esta situación? ¿Por qué se pasó —en números redondos— de un 15 por ciento a un 45 por ciento de independentistas? Pues porque este diferencial de un 30 por ciento se dejó convencer por ciertos tópicos (falsos), recetas fáciles (y equivocadas) e ideas que no funcionan (ni nunca funcionarán porque su única base son las creencias).
Las soluciones no están en negociaciones políticas del Gobierno de España con el Gobierno de la Generalitat, que sólo representa a menos de la mitad de los catalanes, sino en convencer, mediante razones y argumentos basados en verdades históricas, jurídicas y económicas, a la mayor parte de este 30 por ciento de separatistas indecisos, de que España es un Estado muy sólido dentro de la Unión Europea y que Cataluña, al margen de España, quedaría arrinconada, empobrecida y sometida a una democracia nacionalista, es decir, sería, como ahora se llama a las dictaduras: una democracia iliberal.

La diversidad sólo enriquece a aquellos que se atreven a reunirla en su persona, como los metales se funden en un crisol o distintas hebras tejen un tapiz. La circunstancia de haber nacido en un lugar donde se cruzan culturas y lenguas, en cambio, no enriquecerá a quien se repliegue en una sola de las tradiciones que el azar del nacimiento le puso cerca y al alcance de la mano. La diversidad empobrece a quien la esgrime como un mero pretexto para el aislamiento y la segregación.
Cuando se dice que España es muy diversa, y que esa diversidad es fuente de riqueza, se está expresando más un ideal de vida que un dato de la realidad. Porque lo cierto, en la historia registrada, es lo contrario: para los Estados la diversidad cultural (sobre todo si es religiosa o lingüística) no es una ventaja ni una riqueza natural explotable, sino un desafío que pondrá a prueba su unidad y la convivencia pacífica de sus gentes, porque a los seres humanos se nos da mal la diversidad, y allí donde ésta se verifica suele haber discordia y, no pocas veces, violencia.
-Los que hablan de «tender puentes entre Catalunya y España» nunca consideran la posibilidad de que el puente ya no existe porque estaba mal hecho; de otro modo: que todo el edificio que la cultura política del 78 erigió para «conllevar» la cuestión catalana —en esencia, el pacto con unas élites nacionalistas que nunca tuvieron el bien del Estado entre sus preocupaciones o directamente admitían que su objetivo era desmantelarlo— estaba diseñado para no durar y derrumbarse tarde o temprano.
-Por primera vez, una norma del llamado bloque constitucional (CE, Estatutos, Leyes del 150) se aprobaba sin el consenso de los dos grandes partidos españoles. La mayoría socialista rompía así uno de los entendimientos tácitos de la Transición, que estipulaba que, si bien eran lícitos los acuerdos con los nacionalismos subestatales, éstos no podían hacerse sin contar con un gran consenso ni tampoco violentar las costuras legales del sistema. Para complicar más las cosas, se permitía que un texto que contenía aspectos inconstitucionales.
Hay una lección que no queremos dar por sabida: los intentos de zanjar querellas territoriales basados en torturadas ingenierías jurídico-políticas naufragan siempre. (No sólo en España: véase lo ocurrido en Canadá con los Acuerdos de Charlottetown y del Lago Meech). Son acuerdos que no gustan a nadie y que inevitablemente fracasan en su propósito de contentar a las fuerzas nacionalistas; al fracasar, extienden las llamas de un incendio que tampoco habrían apagado en el caso de que todo hubiera salido bien.
Porque los catalanes no nacionalistas no quieren un nuevo Estatut —y si lo quisieran sería un estatuto de cariz constitucionalista, para corregir lo que no les gustaba del recurrido— y los catalanes nacionalistas tampoco lo quieren o lo quieren sólo como un fugaz estadio hasta lograr la separación. No hay tangencia posible entre ambas posturas. Algún día los catalanes tendrán que votar una nueva norma de autogobierno, moderna, pluralista y avanzada.

Art. 6 sobre lengua y nombres cooficiales.
Art. 76 sobre el carácter vinculante de los dictámenes del Consejo de Garantías Estatutarias.
Art. 78 sobre algunas funciones del Síndic de Greuges de Cataluña.
Art. 95.5 sobre el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.
Art. 97, 98, 99, 100 y 101 sobre el Consejo de Justicia de Cataluña.
Art. 111 sobre competencias compartidas entre el Estado y la Generalitat.
Art. 120.2 sobre competencias de la Generalitat en cajas de ahorro.
Art. 126.2 sobre competencia compartida en materia de crédito, banca, seguros y mutualidades no integradas en el sistema de seguridad social.
Art. 206.3 sobre el nivel y cálculo de la participación de Cataluña en el rendimiento de los tributos estatales y mecanismo de nivelación y solidaridad.
Art. 218.2 sobre autonomía y competencias financieras.

Y bien, ¿hay algo en estos artículos que sea deseable constitucionalizar?
El recurrido artículo 111 atribuía el ejercicio de competencias compartidas a la comunidad autónoma, negando o restringiendo la capacidad del Estado para dictar normas básicas. Los artículos 120 y 126 aplicaban este principio a las cajas de ahorro. El Tribunal, con buen criterio, deja claro que las competencias compartidas, como su nombre indica, son compartidas.
El Estatuto no era federalista ni estaba inspirado por una filosofía federal. Tras su aprobación, su principal inspirador declaró satisfecho que la nueva norma hacía «residual la presencia del Estado en Cataluña». Tal puede ser el deseo de un nacionalista, pero no el de un federalista, que, si lo es, estará preocupado porque el gobierno federal no pierda la posibilidad de intervenir en la vida de los ciudadanos. Como veremos más adelante, tan importante para el federalismo es el gobierno común (shared rule) como el autónomo (self rule).

El gobierno de España fía su estrategia a «hacer política» que, como he intentado explicar, consiste en hacer un tipo de política muy determinado. Uno siempre desea que su gobierno acierte, aunque debo confesar mi escepticismo ante esta estrategia. En todo caso, como ha escrito Manuel Arias Maldonado: «Serán los votantes quienes juzguen si con el nacionalismo se puede seguir haciendo lo que se ha hecho siempre, conllevarlo mediante concesiones, o si el procés ha dejado una huella más honda de lo que parece en nuestra conciencia pública».
En resumen, la idea de que la singularidad de Cataluña no está reconocida es puramente falsa.

La singularidad de Cataluña, según el nacionalismo, es no ser España: el Estado tendría que entenderlo de una vez, grabarlo en las tablas de la ley y ayudar a remover los elementos de identidad compartida. Si el Estado se hace cómplice de ese proceso, tengo para mí que lo que estará haciendo es precisamente eliminar aquello que en realidad singulariza a Cataluña, en su pasado y presente, de la mayoría de países o regiones del mundo: el de tratarse, no ya de un lugar de mezcla de culturas (de esos hay bastantes) sino de un territorio de un raro equilibrio dual, legatario de dos tradiciones expresadas en dos lenguas de cultura. En una palabra, su perfecto bilingüismo. Lo abundante, lo normal y lo vulgar en este mundo es el monolingüismo: hablar sólo una lengua, o una con preferencia sobre otra; lo interesante, lo raro y singular es lo que sucede en Cataluña.
Hay españoles que querrían que los políticos mostraran algo de cariño por una de las culturas que hay en nuestro país: la cultura en común. Pero no conozco a nadie que crea que esa cultura común deba ser una cultura única. Es sencillamente falso que desde la Transición a esta parte el Estado se haya vuelto más uniformista. Ninguna identidad cultural, ninguna idiosincrasia, ninguna tradición está reprimida. En ese compromiso entre lo común y lo propio que es España, es acaso lo común lo que hoy tiende a ser objeto de menosprecio.

Si nos creemos verdaderamente que el diálogo ha de ser en primer lugar diálogo entre catalanes, el diálogo que tendríamos que estar viendo y celebrando no es entre el presidente del Gobierno y el presidente de la Generalitat, ni entre el gobierno autonómico y el central en las comisiones bilaterales, sino entre los líderes de los partidos catalanes del PP, Ciudadanos, PSC, ERC y PDCAT y CUP. Si tal cosa no fuera posible, entonces el presidente del Gobierno debería incorporar a sus cálculos, ideas, consultas y propuestas a la oposición constitucionalista en Cataluña. Sólo así hay posibilidades de dar con una solución duradera al problema. Hay que deshacer la perniciosa idea según la cual sentarse a una mesa con el líder de los independentistas es sentarse con «Cataluña».
Sería deseable, por último, que el diálogo se pareciera más a una deliberación (donde los actores intentan pactar algo mirando a un bien común y un interés general) que a una negociación (donde los actores regatean y se contentan con obtener ventajas privadas a cambio de cesiones). A lo que no debe parecerse el diálogo es a una cesión sin contrapartidas: esta vez la parte nacionalista tiene que comprometerse a algo más y hacer concesiones.

El federalismo federa. Es decir, une. Muchos de los políticos que se presentan como federalistas en España dan la impresión de proponer, en lugar de levantar un muro, conformarse con levantar una verja. Ni es una solución ni resulta muy federal.
Cataluña no necesita necesariamente más autogobierno. Lo necesita mejor. Mejor significa en estos momentos más tutelado, no menos, de manera que se ejerza con más garantías hacia la ciudadanía. En el futuro, una vez se haya restaurado la lealtad y confianza mutua, mejor puede significar más autogobierno en algunas áreas, pero quizá menos en otras, porque algunas funciones públicas se administran mejor en la cercanía y otras en la distancia. Tampoco es políticamente deseable que el nivel de gobierno compartido desaparezca. Ningún federalista debería querer que el peso del Estado en su comunidad sea mínimo o invisible. Me permito insistir: importa lo mismo el autogobierno de lo propio como el de lo común, el self y el shared rule. A lo mejor el autogobierno que hay que reforzar una temporada es el que se tiene en común.

La lengua española no está perseguida en Cataluña. Eso es absolutamente cierto. Ni en Cataluña ni en ninguna otra parte del mundo. Pero quien nos tranquiliza de ese modo está refutando lo que no se ha dicho. El reproche habitual dirigido a las élites del nacionalismo catalán no es el de que persigan el uso de la lengua castellana, sino el de que la hayan excluido del ámbito de los servicios públicos, y muy particularmente en el de la enseñanza, donde el español, lengua materna de más de la mitad de los catalanes y sentida (también) como propia seguramente por más, tiene un papel marginal y vergonzante. Excluir no es tan brutal como perseguir, pero no es una práctica admirable.
La historia ha hecho de Cataluña una sociedad bilingüe.
Es cierto que la lengua española no está perseguida en Cataluña. Pero está excluida de la mayoría de espacios y ambientes oficiales, y no por descuido, sino con método e intención política. Es decir, hay un problema serio que no se resuelve silbando y mirando al techo.

No, no se puede ser en España independentista y no ser nacionalista. Ambos conceptos se coimplican. Aunque entiendo que haya quien prefiera creerse en esa tesitura: el nacionalismo arrastra una pésima fama entre personas educadas y nadie quiere para sí esa etiqueta. La coquetería es entendible, pero las cosas son como son: si tu máxima preocupación es la homogeneidad lingüística de la comunidad, y si las fronteras de esa comunidad lingüística coinciden, no por casualidad, con las fronteras del nuevo Estado que quieres para ti —es decir, si el demos coincide sospechosamente con el etnos— entonces, no le des más vueltas: es más que probable que seas un nacionalista.

(Conflicto) La reciente liza del lazo amarillo es buena muestra. Si nadie en Cataluña hubiera salido a las calles a retirar del espacio público unos símbolos que, por ser de parte, no pueden aspirar a patrimonializar lo que es de todos, entonces se hablaría de un nuevo «consenso transversal» en Cataluña a favor de la liberación de «los presos políticos». Así se han impuesto los falsos consensos en Cataluña durante décadas: con el silencio de aquellos catalanes a los que se reservaba papel de meros figurantes en su comunidad. Ni puedo ni quiero tachar de conflictivos a quienes se rebelan sin violencia contra esa condición y se niegan a ser avasallados de nuevo.

Si el experimento español fracasa estaremos enviando olas de escepticismo al mundo con este triste mensaje: que personas de diversas culturas no pueden vivir juntas y que el eterno retorno del nacionalismo es el destino ineluctable de la humanidad. A los catalanes independentistas ya no les interesa entrar en un regateo para averiguar el precio que piden por demorar la ruptura. Es un precio, en todo caso, que el Estado ya no puede permitirse pagar sin dejar de existir. Lo que debemos hacer es persuadirles de que la existencia de España como un luminoso ejemplo para Europa y para el mundo de unidad en la diversidad es un ideal superior al de la independencia: la propagación del mensaje de que es posible y mejor ser una cosa-y-la-otra y no una-cosa-o-la-otra. Los españoles siguen esperando a que la triste letanía de la conllevanza ceda el paso a esa clase de liderazgo transformacional, interpartidista y, sobre todo, inspirador, que haga que, cuarenta años después, España, el país que tenemos en común, vuelva a asombrar al mundo.

 

 

 

 

I have read many books on the subject that are and will be appearing on the blog, this stands out as an essential book to face a debate against pro-independence. Not only does it give you knowledge based on your arguments built on myths and misrepresentations of reality, it also helps you to spin your words better.

Diversity is wealth. But only when the differences occur in the person, as in a crucible the metals melt or different strands make a tapestry; diversity impoverishes if it is used as a pretext for segregation. You have to build bridges. But not in the same place and with the same construction defects that caused its collapse. You can not legalize politics. In a mature democracy, politics must be able to be judicialized: it means that we live in a state of law and not subject to arbitration by anyone. The origin of the conflict is the sentence of the Statute. The mistake was wanting to hammer a confederal statute into the Constitution. The sentence is not a cause, it is a pretext. We can rescue the voided items. Well annulled are: there was nothing good in them. You have to talk. But respecting the law.
Until only a dozen years ago, few Catalans, more or less 15 percent, declared themselves in favor of independence; this figure remained virtually unchanged from the time of the Transition. This percentage belonged to the irreducible: pure nationalists, those whose main goal has always been to separate Catalonia from Spain with the aim of constituting it as an independent State, one more in the world concert of nations. Those who think that, if not, the Catalans will never be free.
Why was this situation reached? Why was it passed, in round numbers, from 15 percent to 45 percent of independentistas? Well, because this differential of 30 percent was allowed to convince by certain topics (false), easy recipes (and wrong) and ideas that do not work (or never work because their only basis are beliefs).
The solutions are not in political negotiations of the Government of Spain with the Government of the Generalitat, which only represents less than half of the Catalans, but in convincing, through reasons and arguments based on historical, legal and economic truths, to the greatest part of this 30 percent of indecisive separatists, that Spain is a very solid state within the European Union and that Catalonia, apart from Spain, would be cornered, impoverished and subjected to a nationalist democracy, that is, it would be, as now dictatorships are called: an illiberal democracy.

Diversity only enriches those who dare to gather it in their person, as metals melt in a crucible or different strands weave a tapestry. The circumstance of having been born in a place where cultures and languages ​​cross, on the other hand, will not enrich anyone who retreats into one of the traditions that the chance of birth put him near and within reach. Diversity impoverishes the one who uses it as a mere pretext for isolation and segregation.
When it is said that Spain is very diverse, and that this diversity is a source of wealth, it is expressing more an ideal of life than a fact of reality. Because the truth, in recorded history, is the opposite: for the States cultural diversity (especially if it is religious or linguistic) is not an advantage or an exploitable natural wealth, but a challenge that will test their unity and coexistence pacific of its people, because to the human beings diversity is given to us badly, and where it is verified there is usually discord and, not infrequently, violence.
– Those who talk about “building bridges between Catalonia and Spain” never consider the possibility that the bridge no longer exists because it was badly done; otherwise, that the whole edifice that the political culture of ’78 erected to “carry” the Catalan question -in essence, the pact with nationalist elites that never had the good of the State among their concerns or directly admitted that their objective was to dismantle it. – It was designed not to last and collapse sooner or later.
For the first time, a norm of the so-called constitutional bloc (CE, Statutes, Laws of 150) was approved without the consensus of the two major Spanish parties. The socialist majority thus broke one of the tacit understandings of the Transition, which stipulated that, although agreements with sub-national nationalisms were lawful, they could not be made without a large consensus or violate the legal seams of the system. To complicate things further, a text that contained unconstitutional aspects was allowed.
There is a lesson that we do not want to take for granted: the attempts to settle territorial disputes based on tortured legal-political engineering are always shipwrecked. (Not only in Spain: see what happened in Canada with the Charlottetown and Lake Meech Agreements). They are agreements that nobody likes and that inevitably fail in their purpose to satisfy the nationalist forces; Failing to do so, they spread the flames of a fire that they would not have extinguished in the event that everything went well.
Because the non-nationalist Catalans do not want a new Estatut – and if they wanted it it would be a statute of a constitutionalist nature, to correct what they did not like about the appellant – and the Catalan nationalists do not want it or want it only as a fleeting stage until they achieve the separation. There is no possible tangency between both positions. Some day the Catalans will have to vote a new norm of self-government, modern, pluralistic and advanced.

Art. 6 on language and co-official names.
Art. 76 on the binding nature of the opinions of the Council of Statutory Guarantees.
Art. 78 on some functions of the Síndic de Greuges de Cataluña.
Art. 95.5 on the president of the Superior Court of Justice of Catalonia.
Art. 97, 98, 99, 100 and 101 on the Council of Justice of Catalonia.
Art. 111 on shared competences between the State and the Generalitat.
Art. 120.2 on powers of the Generalitat in savings banks.
Art. 126.2 on shared competence in matters of credit, banking, insurance and mutuals not integrated in the social security system.
Art. 206.3 on the level and calculation of the participation of Catalonia in the performance of state taxes and leveling and solidarity mechanism.
Art. 218.2 on autonomy and financial competences.

Well, is there anything in these articles that is desirable to constitutionalize?
The challenged article 111 attributed the exercise of shared competences to the autonomous community, denying or restricting the capacity of the State to dictate basic norms. Articles 120 and 126 applied this principle to savings banks. The Court, with good judgment, makes it clear that shared competences, as the name suggests, are shared.
The Statute was not federalist nor was it inspired by a federal philosophy. After its approval, its main inspirer declared satisfied that the new norm made “residual the presence of the State in Catalonia”. Such may be the desire of a nationalist, but not of a federalist, who, if he is, will be concerned that the federal government does not lose the possibility of intervening in the lives of citizens. As we will see later, so important for federalism is the common government (shared rule) as the autonomous (self rule).

The government of Spain believes in its strategy to “make politics” which, as I have tried to explain, consists in making a very specific type of policy. You always want your government to succeed, although I must confess my skepticism about this strategy. In any case, as Manuel Arias Maldonado has written: “It will be the voters who judge whether nationalism can continue to do what has always been done, carry it through concessions, or if the process has left a deeper footprint than it seems in our public consciousness ».
In short, the idea that the uniqueness of Catalonia is not recognized is purely false.

The uniqueness of Catalonia, according to nationalism, is not to be Spain: the State would have to understand it at once, record it in the tables of the law and help remove the elements of shared identity. If the State becomes an accomplice of this process, I have for me that what it will be doing is precisely to eliminate what really distinguishes Catalonia, in its past and present, from most countries or regions of the world: that of being treated, not already of a place of mixture of cultures (of those there are enough) but of a territory of a rare dual balance, legatee of two traditions expressed in two languages ​​of culture. In a word, its perfect bilingualism. The abundant, the normal and the vulgar in this world is monolingualism: speaking only one language, or one with preference over another; the interesting, the strange and singular is what happens in Catalonia.
There are Spaniards who would like politicians to show some affection for one of the cultures that exist in our country: the common culture. But I do not know anyone who believes that this common culture should be a unique culture. It is simply false that since the Transition to this part the State has become more uniformitarian. No cultural identity, no idiosyncrasy, no tradition is repressed. In this compromise between the common and the own that is Spain, it is perhaps the common thing that today tends to be object of contempt.

If we truly believe that dialogue must be dialogue between Catalans in the first place, the dialogue we should be seeing and celebrating is not between the President of the Government and the President of the Generalitat, nor between the regional government and the central government in the bilateral commissions, but between the leaders of the Catalan parties of the PP, Citizens, PSC, ERC and PDCAT and CUP. If such a thing were not possible, then the President of the Government should incorporate the constitutionalist opposition in Catalonia into his calculations, ideas, consultations and proposals. Only then are there possibilities to find a lasting solution to the problem. It is necessary to undo the pernicious idea according to which to sit down at a table with the leader of the independentistas is to sit down with «Catalonia».
It would be desirable, finally, that the dialogue be more like a deliberation (where the actors try to agree something looking at a common good and a general interest) than a negotiation (where the actors bargain and are satisfied with obtaining private advantages in exchange). of assignments). What the dialogue should not look like is a transfer without counterparts: this time the nationalist party has to commit to something else and make concessions.

Federalism federates. That is, unites. Many of the politicians who present themselves as federalists in Spain give the impression of proposing, instead of building a wall, to settle for raising a fence. Neither is a solution nor is it very federal.
Catalonia does not necessarily need more self-government. He needs it better. Better means in these moments more tutelado, not less, so that it is exercised with more guarantees towards the citizenship. In the future, once loyalty and mutual trust have been restored, better may mean more self-government in some areas, but perhaps less in others, because some public functions are better managed in the vicinity and others in the distance. Nor is it politically desirable for the level of shared governance to disappear. No federalist should want the weight of the state in their community to be minimal or invisible. I allow myself to insist: it matters the same the self-government of the own like the one of the common thing, the self and the shared rule. Perhaps the self-government that must be reinforced a season is the one that is shared.

The Spanish language is not persecuted in Catalonia. That is absolutely true. Neither in Catalonia nor in any other part of the world. But who reassures us in this way is refuting what has not been said. The usual reproach directed at the elites of Catalan nationalism is not that they pursue the use of the Castilian language, but that they have excluded it from the scope of public services, and particularly in the field of education, where Spanish, mother tongue of more than half of the Catalans and felt (also) as their own surely for more, has a marginal and shameful role. Exclude is not as brutal as persecution, but it is not an admirable practice.
History has made Catalonia a bilingual society.
It is true that the Spanish language is not persecuted in Catalonia. But it is excluded from most official spaces and environments, and not by carelessness, but by method and political intention. That is, there is a serious problem that is not solved whistling and looking at the ceiling.

No, you can not be in Spain independentista and not be a nationalist. Both concepts are co-implicated. Although I understand that there are those who prefer to believe in that position: nationalism drags a terrible reputation among educated people and nobody wants that label. Coquetry is understandable, but things are as they are: if your main concern is the linguistic homogeneity of the community, and if the borders of that linguistic community coincide, not by chance, with the borders of the new State that you want for yourself – it is To say, if the demos coincides suspiciously with ethnos, then do not give it another twist: it is more than likely that you are a nationalist.

(Conflict) The recent fight of yellow ribbons is a good example. If no one in Catalonia had taken to the streets to remove from the public space symbols that, because they are part of it, can not aspire to patrimonialize what belongs to everyone, then we would speak of a new “transversal consensus” in Catalonia in favor of the release of “political prisoners”. This is how the false consensus in Catalonia has been imposed for decades: with the silence of those Catalans who were reserved for the role of mere extras in their community. I can not and I do not want to dismiss as conflictive those who rebel without violence against that condition and refuse to be subjugated again.

If the Spanish experiment fails, we will be sending waves of skepticism to the world with this sad message: that people of different cultures can not live together and that the eternal return of nationalism is the ineluctable destiny of humanity. The pro-independence Catalans are no longer interested in entering into a bargain to find out the price they are asking for delaying the rupture. It is a price, in any case, that the State can no longer afford to pay without ceasing to exist. What we must do is to persuade them that the existence of Spain as a shining example for Europe and for the world of unity in diversity is an ideal superior to that of independence: the propagation of the message that it is possible and better to be a thing- and-the-other and not one-thing-or-the-other. The Spanish are still waiting for the sad litany of bring with them give way to that kind of leadership transformational, inter-party and, above all, inspiring, that makes, forty years later, Spain, the country we have in common, again amaze to the world.

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