Winston Churchill. Una Biografía Colectiva — Richard Toye / Winston Churchill: Politics, Strategy and Statecraft in the Twentieth Century by Richard Toye

Otro interesante libro sobre la figura de este premier británico.
Winston Churchill continúa siendo una personalidad de renombre mundial cuando ya han transcurrido más de cincuenta años desde su muerte. Es ampliamente conocido por su lucha contra la política de apaciguamiento de los nazis en los años treinta y por su contribución posterior, ya como primer ministro, a la victoria de los Aliados en la segunda guerra mundial. Sin embargo, pese a su fama permanente, pocas personas son conscientes de la totalidad de sus logros o, en realidad, de los muchos aspectos controvertidos de su carrera, entre los que figuran una serie de fracasos políticos y militares espectaculares. Algunos hechos que conocen bien los historiadores y que fueron de vital importancia para la evolución personal y política de Churchill no logran penetrar en la conciencia popular, muy influida por el tratamiento mediático, que se ocupa de una serie limitada de temas. Por ejemplo, muchas personas se sorprenderían hoy al enterarse de la espectacular huida de Churchill de un campo de prisioneros surafricano en 1900, pese a que este episodio fue el que le convirtió en una celebridad mundial y contribuyó a facilitarle el camino durante las elecciones en la Cámara de los Comunes.

Fue hijo de lord y lady Randolph Churchill, él un prometedor político conservador y ella (nacida Jennie Jerome) una heredera estadounidense. Ambos eran enormemente despilfarradores y su hijo siguió el ejemplo, por lo que durante gran parte de su vida se vio obligado a financiar su extravagante estilo de vida con los ingresos que le proporcionaba la escritura. Lord Randolph, que llegó a ocupar el puesto de ministro de Economía, cometió un suicidio político al presentar una dimisión desacertada y nunca más volvió a ejercer un cargo. Murió joven, cuando Winston aún no había cumplido veintiún años.
El joven Churchill era inteligente, egocéntrico y, a juicio de muchos, muy poco atractivo, pero allí donde iba no pasaba desapercibido. Aburrido de la rutina del regimiento y desesperado por ver acción, aprovechó su relación con el general sir Bindon Blood para asegurarse una plaza en la expedición comandada por este para sofocar una rebelión en la frontera noroeste, que narraría luego en su primer libro: La historia de la Malakand Field Force (1898).

El hecho de que los conservadores perdieran las elecciones de 1929 frente a los laboristas marcó el inicio de los denominados «años en el desierto» de Churchill, quien se fue mostrando cada vez más descontento con el liderazgo de Baldwin, en especial por la cuestión de la India, ya que Churchill se oponía a cualquier ampliación de autonomía. Es posible que pensara en llegar a ser líder del partido. Al final, dimitió del Shadow Cabinet («gobierno en la sombra»). Esto hizo que, cuando en agosto de 1931 se formó un «Gobierno Nacional» multipartidista, a sus enemigos les resultara fácil impedir que consiguiera un puesto ministerial. Durante gran parte de los primeros años de la década se dedicó a hacer campaña, en vano, en contra de la que se convertiría en la Ley de Gobierno de la India (1935). Sin embargo, también le preocupaba cada vez más la amenaza que representaba la Alemania nazi y trabajó incansablemente para lograr un mayor rearme y en contra de la política gubernamental de apaciguamiento. Siguió cometiendo errores, por ejemplo cuando apoyó a Eduardo VIII durante la crisis de la abdicación. Aunque sus actitudes no siempre fueron coherentes y a veces su comportamiento fue errático, sin duda fue valiente y, a la larga, su aislamiento jugó a su favor.

Quizá lo más importante es que nunca ofrecía un falso consuelo; aunque la población ansiaba desesperadamente que terminara la guerra cuanto antes, Churchill insistió siempre en que el camino hacia la victoria sería largo y arduo. Al mismo tiempo, incluso en los días más oscuros, infundió esperanzas al dejar claro que el triunfo acabaría llegando. Supo aprovechar sus amplios conocimientos de la historia y su experiencia durante la primera guerra mundial para ayudar a sus oyentes a comprender la aterradora situación a la que se enfrentaba Gran Bretaña.
En cualquier caso, se han creado muchos mitos en torno a los discursos de Churchill.
Asimismo, conviene recordar que los discursos de Churchill no solo pretendían llegar a la población del Reino Unido y del imperio británico. También estaban dirigidos, en particular, a Estados Unidos, que se mantuvo neutral durante los dos primeros años de la guerra. Churchill fue consciente desde un principio de que no se podía ganar la guerra sin la participación de Estados Unidos y de que, si era reclutado como aliado, la victoria final estaba garantizada. Churchill dedicó enormes esfuerzos a cultivar su relación con el presidente Franklin D. Roosevelt, así como a preparar cuidadosamente sus declaraciones públicas.
No obstante, Churchill tuvo mucho menos éxito como estratega militar que como estratega geopolítico.
Un campo en el que Churchill fracasó claramente durante la guerra fue en el de la política interior. Aunque no se oponía en absoluto a las reformas sociales, no mostró ningún entusiasmo por el Informe Beveridge de 1942, que proponía una ampliación radical del estado de bienestar y era extremadamente popular entre la población. Es comprensible que prefiriera prestar más atención al esfuerzo bélico que a la reconstrucción en la posguerra, pero su actitud reticente hacia esta cuestión permitió que la iniciativa se trasladara al Partido Laborista.

El período eduardiano también fue determinante en las relaciones internacionales de Gran Bretaña, en parte como consecuencia de la expansión del poder industrial y naval de Alemania. Gran Bretaña, tras renunciar a su política previa de «espléndido aislamiento», forjó alianzas con Francia, Rusia y Japón en un intento de apuntalar su posición geopolítica. Fue un período importante que influyó en la relación de Churchill con Alemania; era muy consciente de los anhelos expansionistas del káiser y, como primer lord del Almirantazgo, procuró mantener la supremacía naval de Gran Bretaña sobre su principal rival. En un peculiar giro del destino, cuando Churchill, que era contrario al apaciguamiento, volvió a ocupar un cargo público en septiembre de 1939 tras sus famosos «años en el desierto», lo hizo como primer lord del Almirantazgo. Ocho meses más tarde sería nombrado primer ministro.
La primera guerra mundial propinaría el primer gran revés a la carrera política de Churchill. Se le llegó a asociar con la desastrosa campaña de los Dardanelos y, tras ser degradado al puesto de canciller del ducado de Lancaster, dimitió del cargo en noviembre de 1915. Sin embargo, al ser uno de los principales artífices de las reformas sociales de los nuevos liberales, se había consolidado como un destacado estadista reformista durante la época eduardiana. Posteriormente, cuando Churchill regresó al Partido Conservador en 1924, Stanley Baldwin, que tenía mucho interés en que se asociara a su gobierno con las reformas sociales moderadas, le ascendió a ministro de Economía.

Cuando Winston Churchill trabajó en el Almirantazgo antes de la primera guerra mundial, mantuvo una serie de actitudes positivas y negativas hacia Alemania. Admiraba muchos aspectos de sus programas de modernización y reformas sociales, pero veía en su expansión naval una amenaza directa para la paz. Cuando reclamó un programa de construcción de acorazados en una proporción de dos a uno a favor de Gran Bretaña, también propuso unas «vacaciones» en la construcción, una idea que Alemania no se tomó en serio. Churchill parecía estar en su elemento en el Almirantazgo, ejerciendo tanto de microgestor como de pensador estratégico. A su vez, la primera guerra mundial justificó muchos de sus temores respecto a Alemania y le convirtió en un hombre de su tiempo. Sin embargo, su mandato en el Almirantazgo estuvo acuciado por las malas noticias en el mar y culminó con la infausta campaña de Galípoli. Irlanda también preocupó profundamente.
La conclusión de Churchill era que Alemania quería una gran armada con un «propósito maligno».[8] Su análisis, influido por su posición como ministro de Comercio, también le indujo a creer que, pese a su admiración por las reformas sociales emprendidas en Alemania, el programa de expansión naval había sometido a la economía alemana a una considerable presión, lo que podía generar malestar interno. El inconveniente para Gran Bretaña era que el gobierno alemán quisiera aliviar la situación económica y social interna promoviendo alguna aventura en el extranjero. Una máxima de las relaciones internacionales es que los gobiernos recurren a la cuestión de los enemigos externos para unir a un estado nación en torno a una causa nacionalista y mitigar así las críticas internas. En el caso de Alemania, empezó a parecer una profecía autocumplida, ya que la costosa expansión naval fue la causa de algunos de los problemas económicos.
Gran Bretaña adoptó una política a largo plazo para asegurarse de que el estado nación más poderoso de la Europa continental no amenazara sus intereses.

El período de Churchill al frente del Tesoro no estuvo exento de frustraciones. El ministro se quejó de que no le habían consultado, por ejemplo, sobre el gasto de 300.000 libras en la emisión de nuevos billetes y de la «falta de un sistema de registro y minuta». Es indudable que Churchill se benefició de los consejos de los funcionarios, pero eso no significa que siempre estuviera de acuerdo con ellos. También protagonizó recriminaciones como la siguiente: «La actitud de Niemeyer de dejar que todo acabe en bancarrota y desempleo para que la reconstrucción se pueda llevar a cabo sobre las ruinas no es una política económica sólida ni acertada».
Ya no bastaba con simplemente reducir gastos en el presupuesto doméstico mediante políticas deflacionistas. Durante el mandato de Churchill, el coste de la vida para los hogares de clase trabajadora cayó un 5 %. Sin embargo, la población no tenía la impresión de estar beneficiándose, ya que obedecía a una caída de los precios al tiempo que los salarios se mantenían congelados. Entretanto, el comercio se redujo y el desempleo se mantuvo persistentemente elevado. Churchill hizo algunos progresos en la reducción de la deuda: la deuda principal disminuyó en 107 millones de libras y, los intereses, principalmente a través de fondos de amortización en lugar de conversiones, en 11 millones de libras al año.

La carrera política de Churchill coincidió con un considerable auge del movimiento obrero británico en la primera mitad del siglo XX. Churchill se mostró muy hostil con el comunismo y el sindicalismo militante. Su actitud hacia el Partido Laborista fue ambivalente. Lo describió como una grave amenaza para el orden social durante el período de la revolución roja en Europa tras la primera guerra mundial. A finales de los años treinta, se mostró dispuesto a colaborar con los partidarios laboristas del rearme, y el Partido Laborista fue un socio importante en su gobierno de coalición durante la segunda guerra mundial. Pese a su hostilidad hacia el sindicalismo militante, en general consideraba al sindicalismo moderado como un componente respetado de la democracia británica. Mostró un interés paternalista por el bienestar de los desfavorecidos de la sociedad británica y lo demostró con medidas prácticas, como los salarios mínimos en profesiones duras y mal remuneradas (previstos en su legislación sobre los consejos profesionales anterior a la primera guerra mundial).
El sindicalismo fue muy importante en la carrera de Churchill, sobre todo cuando el movimiento obrero británico cobró más fuerza y el comunismo internacional se convirtió en una amenaza en el período de entreguerras. Estaba a favor del sindicalismo moderado.
Churchill fue, sin lugar a dudas, una de las fuerzas motrices y uno de los mayores personajes de su época, pero no fue un fenómeno único. Entre 1906 y 1940, figuró entre las veinte o treinta personalidades más relevantes de la política británica, unas veces en primera línea y otras, en los márgenes. Sus logros políticos fueron considerables incluso ya antes de 1939 y mucho más importantes que los de su padre; fue ministro de Economía durante un mandato completo y, si se exceptúa a Neville Chamberlain, fue la persona que más tiempo ocupó ese alto cargo entre 1915 y 1974. La relevancia nacional y mundial de la contribución de Churchill a la victoria en la segunda guerra mundial fue lo que elevó su prestigio por encima del de cualquier otro político británico del siglo XX. Sin embargo, el reconocimiento del papel crucial que desempeñó no debe impedir evaluar el historial en materia de política interior de Churchill de la misma forma que el de otros dirigentes políticos y líderes de partidos, entre otras cosas porque sale bastante bien parado en ese tipo de comparaciones.

Churchill debió mucho a las tres mujeres más importantes de su vida: su niñera la señora Everest, su madre lady Randolph Churchill y su esposa Clementine. Ni misógino ni mujeriego, disfrutaba de la compañía de las mujeres en sociedad, se deleitaba con la belleza femenina y tenía en gran estima el trabajo de las secretarias que organizaban su carrera literaria y política. Sin embargo, durante su juventud interiorizó los valores de un mundo dominado por los hombres en el que aún se excluía a las mujeres de la política, lo que le llevó a una actitud ambivalente hacia el sufragio femenino. El papel que desempeñaron en la segunda guerra mundial las mujeres, en particular sus propias hijas, fue lo que le llevó a revisar sus opiniones, aunque solo hasta cierto punto.
Durante la juventud de Churchill, las convenciones sociales estipulaban que las mujeres estaban destinadas por naturaleza al ámbito doméstico del hogar y de la familia, mientras que el espacio público de la política y el gobierno quedaba reservado para los hombres. En la práctica, las mujeres desempeñaron un papel importante en la vida pública, pero principalmente como esposas e hijas que apoyaban a sus maridos y padres.

El primero fue el revés sufrido en Galípoli y, el segundo, sus inflexibles actitudes con respecto a la India en los años treinta. Pese a que la visión que Churchill tenía del islam político y cultural era, hasta cierto punto, una visión victoriana de la que nunca se desembarazó del todo, y pese a que su posición típica respecto a los asuntos relacionados con las regiones islámicas era imperialista, para él, el poder británico era un medio para promover la civilización, algo que creía que, en última instancia, beneficiaba a todo el mundo, incluidos los musulmanes. Puede que las ideas de Churchill sobre el islam resulten paternalistas y problemáticas en muchos sentidos, pero fueron mucho más matizadas y favorables de lo que se suele suponer.

El legado de Churchill con las fuerzas aéreas es ambiguo. De la primera guerra mundial a la segunda se convenció de que la aparición del aeroplano transformaría la guerra y estaba dispuesto a defender que el frente interno enemigo era un objetivo legítimo y valioso desde el punto de vista estratégico. Al mismo tiempo, creía que los bombardeos alemanes en Gran Bretaña eran un crimen horrible y en ocasiones le preocupaba que, si los británicos incurrían en la misma táctica, se les pudiera acusar de hundirse en abismos morales similares. «¿Acaso somos bestias?.
Sin el apoyo de Franklin Roosevelt en aquel momento decisivo, cuando el mundo observaba conteniendo la respiración cómo Gran Bretaña se enfrentaba sola a la furia nazi y cuando muchos dudaban de su capacidad para sobrevivir, resulta difícil imaginar cómo se podría haber conseguido la victoria final si este destacado dirigente no hubiera estado al mando del gobierno de Estados Unidos.
Churchill, como prometió, no tardó en tener la estrofa de Longfellow que le había enviado Roosevelt enmarcada y colgada en la pared de su querida casa de campo en Chartwell, donde permanecería hasta su muerte en 1965.
Es verdad que incluso en la última etapa de su carrera solía aflorar su odio hacia el comunismo. Es igualmente cierto que su anhelo de mantener un encuentro con los soviéticos lo utilizó, a veces de manera descarada, como una excusa para aferrarse al poder. No obstante, no hay ninguna razón para dudar de la sinceridad de lo que dijo en la conferencia del Partido Conservador celebrada en octubre de 1953, en su primer discurso importante tras haber sufrido una apoplejía cuatro meses antes, a saber, que «lo que me importa por encima de todo [es] la construcción de una paz segura y duradera».

Another interesting book about the figure of this British premier.
Winston Churchill continues to be a world-renowned personality when more than fifty years have passed since his death. He is widely known for his struggle against the policy of appeasement of the Nazis in the 1930s and for his subsequent contribution, already as prime minister, to the victory of the Allies in the Second World War. However, in spite of their permanent fame, few people are aware of the totality of their achievements or, indeed, of the many controversial aspects of their career, among which are a series of spectacular political and military failures. Some facts that the historians know well and that were of vital importance for the personal and political evolution of Churchill fail to penetrate the popular conscience, very influenced by the mediatic treatment, that deals with a limited series of subjects. For example, many people would be surprised today to learn of Churchill’s spectacular escape from a South African prison camp in 1900, even though this episode was what made him a world celebrity and helped ease his way during the elections in the House of Commons.

He was the son of Lord and Lady Randolph Churchill, he a promising conservative politician and she (born Jennie Jerome) an American heiress. Both were enormously profligate and his son followed suit, so for much of his life he was forced to finance his extravagant lifestyle with the income provided by the writing. Lord Randolph, who came to occupy the position of Minister of Economy, committed political suicide by submitting an unfortunate resignation and never again held office. He died young, when Winston had not yet turned twenty-one.
The young Churchill was intelligent, self-centered and, in the opinion of many, very unattractive, but wherever he went he did not go unnoticed. Bored with the routine of the regiment and desperate to see action, he took advantage of his relationship with General Sir Bindon Blood to secure a place in the expedition commanded by him to quell a rebellion in the northwest border, which he would narrate later in his first book: History of the Malakand Field Force (1898).

The fact that the Conservatives lost the 1929 election to the Labor Party marked the beginning of the so-called “years in the desert” of Churchill, who was increasingly discontented with Baldwin’s leadership, especially the issue of India, since Churchill opposed any extension of autonomy. You may have thought about becoming a party leader. In the end, he resigned from the Shadow Cabinet (“government in the shade”). This meant that when a multiparty “National Government” was formed in August 1931, it was easy for its enemies to prevent it from securing a ministerial post. During great part of the first years of the decade it was dedicated to campaign, in vain, against which it would become the Law of Government of India (1935). However, he was also increasingly concerned about the threat posed by Nazi Germany and worked tirelessly to achieve greater rearmament and against the government’s policy of appeasement. He continued making mistakes, for example when he supported Eduardo VIII during the crisis of the abdication. Although his attitudes were not always coherent and sometimes his behavior was erratic, he was certainly brave and, in the long run, his isolation played in his favor.

Perhaps the most important thing is that he never offered a false consolation; Although the population was desperately anxious to end the war as soon as possible, Churchill always insisted that the road to victory would be long and arduous. At the same time, even in the darkest days, he instilled hope by making it clear that the triumph would come. He took advantage of his extensive knowledge of history and experience during the First World War to help his listeners understand the terrifying situation Britain was facing.
In any case, many myths have been created around Churchill’s speeches.
Likewise, it is worth remembering that Churchill’s speeches were not only intended to reach the population of the United Kingdom and the British Empire. They were also directed, in particular, to the United States, which remained neutral during the first two years of the war. Churchill was aware from the beginning that the war could not be won without the participation of the United States and that, if recruited as an ally, the final victory was guaranteed. Churchill devoted enormous efforts to cultivating his relationship with President Franklin D. Roosevelt, as well as carefully preparing his public statements.
However, Churchill was much less successful as a military strategist than as a geopolitical strategist.
A field in which Churchill clearly failed during the war was in the one of the internal policy. Although he was not at all opposed to social reforms, he showed no enthusiasm for the Beveridge Report of 1942, which proposed a radical extension of the welfare state and was extremely popular among the population. It is understandable that he preferred to pay more attention to the war effort than to post-war reconstruction, but his reticent attitude towards this issue allowed the initiative to be transferred to the Labor Party.

The Edwardian period was also a determining factor in the international relations of Great Britain, partly as a consequence of the expansion of Germany’s industrial and naval power. Britain, after renouncing its previous policy of “splendid isolation”, forged alliances with France, Russia and Japan in an attempt to shore up its geopolitical position. It was an important period that influenced Churchill’s relationship with Germany; He was keenly aware of the Kaiser’s expansionist yearnings and, as First Lord of the Admiralty, sought to maintain Britain’s naval supremacy over its main rival. In a peculiar twist of fate, when Churchill, who was opposed to appeasement, returned to public office in September 1939 after his famous “years in the desert,” he did so as the first lord of the Admiralty. Eight months later he would be appointed prime minister.
The first world war would give the first major blow to Churchill’s political career. He came to be associated with the disastrous campaign of the Dardanelles and, after being demoted to the position of Chancellor of the Duchy of Lancaster, resigned from office in November 1915. However, being one of the main architects of the social reforms of the new liberals, had established himself as a leading reformist statesman during the Edwardian era. Later, when Churchill returned to the Conservative Party in 1924, Stanley Baldwin, who was keen to have his government associated with moderate social reforms, promoted him to Economy Minister.

When Winston Churchill worked at the Admiralty before the First World War, he maintained a series of positive and negative attitudes toward Germany. He admired many aspects of his programs of modernization and social reforms, but saw in his naval expansion a direct threat to peace. When he claimed a battleship construction program in a two-to-one ratio in favor of Britain, he also proposed a “holiday” in construction, an idea that Germany did not take seriously. Churchill seemed to be in his element in the Admiralty, exercising both micro-manager and strategic thinker. In turn, the First World War justified many of his fears about Germany and made him a man of his time. However, his mandate at the Admiralty was beset by bad news at sea and culminated in Gallipoli’s infamous campaign. Ireland also worried deeply.
Churchill’s conclusion was that Germany wanted a large navy with an “evil purpose”. [8] His analysis, influenced by his position as Minister of Commerce, also led him to believe that, despite his admiration for the social reforms undertaken in Germany, the program of naval expansion had subjected the German economy to considerable pressure, which could generate internal discomfort. The disadvantage for Great Britain was that the German government wanted to alleviate the internal economic and social situation by promoting some adventure abroad. A maxim of international relations is that governments resort to the question of external enemies to unite a nation state around a nationalist cause and thus mitigate internal criticism. In the case of Germany, it began to look like a self-fulfilling prophecy, since the costly naval expansion was the cause of some of the economic problems.
Britain adopted a long-term policy to ensure that the most powerful nation state in continental Europe did not threaten its interests.

Churchill’s period at the head of the Treasury was not without frustration. The minister complained that he had not been consulted, for example, about the expenditure of 300,000 pounds in the issuance of new bills and the “lack of a record and minute system”. There is no doubt that Churchill benefited from the advice of the officials, but that does not mean that he always agreed with them. He also staged recriminations such as the following: “Niemeyer’s attitude of letting everything end in bankruptcy and unemployment so that reconstruction can be carried out on the ruins is not a sound economic policy nor successful.”
It was no longer enough simply to reduce spending on the domestic budget through deflationary policies. During Churchill’s term, the cost of living for working-class households fell by 5%. However, the population did not have the impression that it was benefiting, since it was due to a fall in prices while wages remained frozen. Meanwhile, trade declined and unemployment remained persistently high. Churchill made some progress in reducing debt: principal debt decreased by 107 million pounds and interest, mainly through amortization funds instead of conversions, by 11 million pounds per year.

Churchill’s political career coincided with a considerable boom in the British labor movement in the first half of the 20th century. Churchill was very hostile to communism and militant unionism. His attitude towards the Labor Party was ambivalent. He described it as a serious threat to the social order during the period of the red revolution in Europe after the First World War. At the end of the thirties, he was willing to collaborate with Labor supporters of rearmament, and the Labor Party was an important partner in his coalition government during the Second World War. Despite its hostility to militant unionism, it generally viewed moderate unionism as a respected component of British democracy. He showed a paternalistic interest in the well-being of the disadvantaged of British society and demonstrated it with practical measures, such as minimum wages in hard and low-paid professions (provided for in his legislation on professional councils prior to the First World War).
Trade unionism was very important in Churchill’s career, especially when the British labor movement gained strength and international communism became a threat in the interwar period. I was in favor of moderate unionism.
Churchill was, without a doubt, one of the driving forces and one of the greatest characters of his time, but it was not a unique phenomenon. Between 1906 and 1940, he was among the twenty or thirty most relevant personalities in British politics, sometimes on the front line and sometimes on the margins. His political achievements were considerable even before 1939 and far more important than those of his father; he was Minister of Economy during a full term and, except for Neville Chamberlain, was the person who held the highest position between 1915 and 1974. The national and global relevance of Churchill’s contribution to victory in World War II it was what raised his prestige above that of any other British politician of the twentieth century. However, the recognition of the crucial role that he played should not prevent the evaluation of Churchill’s internal policy record in the same way as that of other political leaders and party leaders, among other things, because it goes quite well in this type of situation. comparisons

Churchill owed a lot to the three most important women in his life: his nanny Mrs. Everest, his mother Lady Randolph Churchill and his wife Clementine. Neither a misogynist nor a womanizer, he enjoyed the company of women in society, he delighted in female beauty and he held in great esteem the work of the secretaries who organized his literary and political career. However, during his youth he internalized the values ​​of a world dominated by men in which women were still excluded from politics, which led him to an ambivalent attitude towards women’s suffrage. The role women played in the Second World War, in particular their own daughters, was what led her to review her opinions, although only to a certain extent.
During Churchill’s youth, social conventions stipulated that women were by nature destined for the domestic sphere of home and family, while the public space of politics and government was reserved for men. In practice, women played an important role in public life, but mainly as wives and daughters who supported their husbands and fathers.

The first was the reverse suffered in Gallipoli and, the second, its inflexible attitudes towards India in the thirties. Although Churchill’s vision of political and cultural Islam was, to some extent, a Victorian vision that he never completely rid himself of, and even though his typical position on matters related to the Islamic regions was imperialist, for him, British power was a means to promote civilization, something he believed that ultimately benefited the whole world, including Muslims. Churchill’s ideas about Islam may be paternalistic and problematic in many ways, but they were much more nuanced and favorable than is commonly supposed.

Churchill’s legacy with the air forces is ambiguous. From the First World War to the Second, he was convinced that the appearance of the airplane would transform the war and he was prepared to defend that the enemy’s internal front was a legitimate and strategically valuable objective. At the same time, he believed that the German bombings in Britain were a horrible crime and he was sometimes concerned that, if the British engaged in the same tactic, they could be accused of sinking into similar moral abysses. «Are we beasts ?.
Without the support of Franklin Roosevelt at that decisive moment, when the world watched with its breath as Britain faced the Nazi fury alone and when many doubted its ability to survive, it is hard to imagine how the final victory could have been achieved if this outstanding leader would not have been in command of the United States government.
Churchill, as he promised, soon had the stanza of Longfellow that Roosevelt had sent framed and hung on the wall of his beloved country house in Chartwell, where he would remain until his death in 1965.
It is true that even in the last stage of his career, his hatred towards communism used to surface. It is equally true that his desire to maintain an encounter with the Soviets used him, sometimes in a blatant way, as an excuse to hold on to power. However, there is no reason to doubt the sincerity of what he said at the Conservative Party conference held in October 1953, in his first major speech after having suffered a stroke four months earlier, namely, that “what it matters above all else [is] the construction of a secure and lasting peace. “

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