Cómo Dejamos De Pagar Por La Música. El Fin De Una Industria, El Cambio De Siglo Y El Paciente Cero De La Piratería — Stephen Richard Witt / How Music Got Free: A Story of Obsession and Invention by Stephen Richard Witt

Excelente libro que describe la desaparición de la música como un negocio en lugar de un producto gratuito, que es actualmente. Explica la historia de la música disponible en línea antes del lanzamiento, y la lentitud de las grandes discográficas para adoptar el modelo digital a medida que crecía en popularidad entre los fanáticos. Pero debo señalar aquí que Internet es a la vez una bendición y una maldición, mientras que las ventas / ingresos de las grandes discográficas disminuyeron, ¡el ambiente para artistas indie se destacó! El éxito realmente significa poder adaptarse al entorno cambiante de uno. El negocio de la música me recuerda a la época de los caballos y los buggies: algunos abrazaban los coches y otros luchaban contra la nueva tecnología y esperaban que el caballo y los buggies se mantuvieran. La historia nos dice cómo funciona mantenerse atento en el pasado …

Cuando salieron los CD por primera vez, la promesa fue “Perfect Sound Forever”. Sin embargo, vistos de manera diferente, los CD eran un “repositorio maximalista de información irrelevante, la mayoría de los cuales fueron ignorados por el oído humano”.
La investigación en audición mostró fallas inherentes que hacen posible grabar música de alta fidelidad con cantidades muy pequeñas de datos. Esto se debe a que el sistema auditivo humano descarta la mayoría de los datos de todos modos.
La otra consecuencia de la reducción del tamaño necesario para la música de alta fidelidad fue que se podía evitar todo el proceso de prensar millones de discos compactos y venderlos a través de las tiendas. Es posible guardar todo lo que desee escuchar en una única base de datos electrónica a la que se pueda acceder según sea necesario.
Después de décadas de investigación en física acústica y anatomía humana, ahora era posible combinar estas ideas con los principios básicos de la teoría de la información y las complejas matemáticas superiores. A mediados de los años 80, en la Sociedad Fraunhofer, (una organización de investigación alemana), el joven y brillante Karlheinz Brandenburg, lideraba un equipo haciendo precisamente esto. Esencialmente, Brandenburg había producido un algoritmo de compresión que reduciría el requisito de datos a una doceava parte del tamaño de un CD, sin perder la calidad que una persona podía escuchar.
En 1987, Fraunhofer se comprometió a crear productos comerciales basados ​​en el algoritmo de Brandenburgo. Los productos se podrían utilizar para transmitir y almacenar música.
La historia ha demostrado que los estándares universales no siempre se basan en la mejor tecnología, sino en la agresividad de los propietarios de la tecnología. Esto ha sido cierto para las “guerras actuales” de finales del siglo XIX y para la batalla VHS-Betamax de los años ochenta.
En cinco competiciones directas directas para los estándares para radio FM digital, CD-ROMs interactivos, disco compacto de video (el antecesor del DVD), cinta de audio digital y la banda sonora para transmisiones de HDTV por aire, mp3 Perdido ante sus competidores. Los comités reguladores en cada una de estas categorías favorecieron a mp2 a pesar del hecho de que el mp3 ofreció mejoras sustanciales en la calidad de audio.
En el lado opuesto de la industria de la música estaban aquellos que grabaron y produjeron los CD. Para 1994 sus ingresos se habían triplicado a más de $ 2 mil millones.
Al mismo tiempo, el equipo de Fraunhofer asistía a ferias comerciales de la industria en Europa y América para promover el estándar de mp3. Philips estaba respaldando el mp2, y en las ferias comerciales, los stands de mp2 eran tres veces más grandes que los de mp3. Luego, una prueba de audición de cabeza a cabeza arbitrada de forma independiente entre el mp2 y el mp3, juzgó que el mp3 es significativamente mejor, nuevamente. Esto atrajo a dos clientes, Telos, el primer cliente de escala empresarial y la Liga Nacional de Hockey para quienes el mp3 se había calibrado específicamente para el sonido de la acción rápida del juego.
En 1993, Intel presentó sus potentes nuevos chips Pentium, los primeros procesadores capaces de reproducir un mp3 sin detenerse. La nueva generación de discos duros salía con la enorme capacidad de almacenamiento de casi un gigabyte que podía almacenar casi 200 canciones.
Otras tecnologías nuevas permitieron a los consumidores crear sus propios archivos mp3 y luego reproducirlos desde las PC de su hogar. “El 20 de enero de 1995 (fue) la fecha oficial de inicio de la revolución del mp3 en América del Norte”.
AT & amp; T y Thomson actuaron como patrocinadores corporativos del mp3 y, a fines de 1995, habían invertido más de un millón de dólares en el proyecto. Con la capacidad de compresión de archivos del mp3, pronto fue posible descargar música directamente a través de Internet y prescindir del disco compacto por completo.
Mp3 había sido la tecnología líder de su tipo en el mundo y estaba produciendo ganancias sustanciales. El formato guerra había terminado, el mp3 había ganado. Sin embargo, el mp3 quedó atrapado entre una industria musical que no licenciaría la tecnología sin una masa crítica de reproductores mp3, y la industria electrónica que no fabricaría los reproductores sin una masa crítica de usuarios mp3.
La piratería siempre había sido un problema para la industria musical desde que las personas podían duplicar cassettes de audio y CD. La capacidad de poner música en sitios web y servidores de archivos subterráneos en todo el mundo, llevó a una explosión de la cantidad de archivos mp3 existentes. Los estudiantes universitarios llenaron sus discos duros llenos a capacidad con mp3 pirateados.
Las ganancias estelares de las compañías de grabación más grandes del mundo en la última parte del siglo XX fueron interrumpidas por Shawn Fanning, un joven que abandonó la Universidad del Noreste de 18 años. Desarrolló una nueva pieza de software para actualizar y descargar música pirateada usando mp3, que llamó Napster. Casi de inmediato, Napster se convirtió en una de las aplicaciones más populares en software. A principios de 2000 había casi veinte millones de usuarios y, a mediados de año, se descargaban más de 14,000 canciones por minuto.
La Directora Ejecutiva de la Asociación de la Industria de la Grabación de América, Hilary Rosen, comprendió el peligro y el potencial de la tecnología digital. Ella presionó en privado para que Napster y las principales discográficas cerraran un trato, pero la industria optó por “demandar a que el mp3 no existiera”. La industria ganó contra Napster, pero no contra el mp3, que siguió creciendo. La industria había ganado el juicio equivocado.
Napster había facilitado el intercambio de archivos. Anteriormente, se podían encontrar aplicaciones en Internet, pero eran difíciles de usar, lo que limitaba el número de participantes. Usando Napster, cualquiera puede escribir la palabra “mp3” en Yahoo !, y tener un disco duro lleno de álbumes pirateados en minutos.
A fines de 2001, el éxito del iPod sorprendió a todos, incluso a Apple. La firma había subestimado el volumen de mp3 pirateados disponibles. Apple alentó activamente la descarga legítima y pagada, pero llegó a ganar dinero con las actividades ilegales de Napster.
En 2002, las pérdidas de la industria de la música fueron las más grandes en la historia de Estados Unidos. Finalmente, con poca ayuda de la industria de la grabación, la tienda iTunes Store se estableció para vender canciones por 99 centavos. A medida que el iPod se hizo omnipresente, el mp3 ya no era visto como inferior al disco compacto, e iTunes produjo una experiencia de ventas en la web sin problemas. Steve Jobs prometió a la industria de la grabación 70 centavos de dólar por cada canción de mp3 descargada.
A finales de 2010, la industria discográfica se contrajo a menos de la mitad de su tamaño de 2000. En 2012, las ventas norteamericanas de música digital superaron las ventas del disco compacto. Después de 17 años de caos psicoacústico, solo un tercio de los ingresos de la industria musical de los Estados Unidos todavía provinieron de las ventas de álbumes físicos, y un poco más a nivel mundial. En 2013, los ingresos por suscripción y la transmisión soportada por anunciantes superaron los $ 1 mil millones por primera vez. Sin embargo, los artistas con millones de obras de teatro solo ganaron regalías por cientos de dólares.
“Cómo dejamos de pagar por la música”: es un cuento multifacético con muchos ganadores (los consumidores) y muchos perdedores (las compañías discográficas y los artistas). El libro se ha investigado exhaustivamente y es una lectura agradable.

Había supuesto que la piratería musical era un fenómeno surgido de una colaboración abierta. Es decir: creía que los MP3 que me había descargado los habían subido a la red personas desperdigadas por todo el mundo, y que esta difusa red de ripeadores no estaba organizada de forma significativa. Me equivocaba. Pese a que, efectivamente, algunos de los archivos eran documentos de origen desconocido y procedentes de usuarios anónimos de internet, la gran mayoría de MP3 pirateados provenían de unos cuantos grupos organizados de difusión. Recurriendo al análisis forense de datos, muchas veces se podía llegar hasta el sitio en que se habían generado estos archivos. Me percaté de que podía afinar aún más la búsqueda si combinaba este enfoque técnico con el clásico reportaje de investigación. En muchas ocasiones no solo era posible rastrear un documento pirateado hasta un origen común, sino de hecho hasta un momento y una persona concretos.
Ese era el verdadero secreto, claro: internet estaba compuesto de personas. La piratería era un fenómeno social; en cuanto sabías dónde buscar, empezabas a distinguir a ciertos individuos dentro de la masa. Ingenieros, ejecutivos, empleados, investigadores, convictos, incluso trabajadores «quemados»: todos desempeñaban un papel.
Hasta que finalmente acabé en el sitio más extraño de todos: un pueblecito del oeste de Carolina del Norte que daba la impresión de que no podía estar más apartado de la confluencia global entre tecnología y música. Hablo de Shelby, un paisaje compuesto por iglesias baptistas de tablones de madera e impersonales franquicias de grandes multinacionales, en el que un hombre que operaba en un aislamiento casi total se había granjeado, a lo largo de ocho años, la reputación de ser el pirata digital más temible de todos. Muchos de los archivos que yo había pirateado (puede incluso que casi todos) los había creado él.

En 1996, después de su temprana adopción del MP3, Telos System controlaba el 70% del mercado norteamericano de transmisión digital de deportes. Su principal competidor había optado por el codificador MP2, y Telos los había derrotado. Ahora había cajas Zephyr en casi todos los estadios importantes de Norteamérica, y también en muchas emisoras de radio y televisión con una gran cuota de mercado. Los artistas de la voz en off comenzaron a utilizar Zephyrs para montar cabinas de grabación digital caseras, y eliminar así las caras horas de estudio. La palabra «zephyr» se había convertido en un verbo, y significaba «mandar algo digitalmente», como en la frase: «Can you zephyr me that interview with Pavel Bure?» («¿Puedes mandarme en streaming esa entrevista con Pavel Bure?»).
El éxito del dispositivo al enfrentarlo con su competidor directo en el mercado libre revivió el interés por un formato que el mundo había dado por muerto. Los comités de estándares habían detestado el MP3, pero los consumidores desde luego lo adoraban. Su éxito llamó la atención, y Fraunhofer no tardó en firmar otros acuerdos. Macromedia licenció el MP3 para su códec multimedia Flash; Microsoft lo licenció para una primera versión del Windows Media.
La victoria contra Napster y una derrota contra Diamond. La redes entre pares pasaron a la clandestinidad, pero los reproductores de MP3 siguieron en las tiendas. Los servicios de Napster desaparecieron de la red en julio del 2001, y después de una enloquecida descarga de once horas, el público dispuso de centenares de millones de archivos MP3 aparcados en su ordenador, y sacarlos de allí no sería fácil. Se había abonado el terreno para una tremenda revolución que convertiría el disco compacto en algo permanentemente obsoleto y que catalizaría la transformación de una empresa tecnológica de nicho en la mayor compañía de la tierra.
La industria de la música había ganado el pleito equivocado.
“A finales del 2004, el futuro de la industria discográfica no parecía muy halagüeño. Las ventas de CD volvían a bajar. EMI, cargada de deudas, se encaminaba hacia la suspensión de pagos. BMG y Sony se fusionaban, y las Cinco Grandes Compañías se quedaban en cuatro. Y Time Warner, con la intención de «racionalizar» el negocio, había abandonado Warner Music Group, el sello que Morris había dirigido antes de la debacle de Interscope. Se lo había quedado Edgar Bronfman Jr.99, el hombre que había destruido el imperio Seagram y había sido el jefe de Morris.
Ahora Morris era más poderoso que Junior, y su cuota de mercado en Universal más grande de lo que había sido nunca en Warner. Universal editaba uno de cada tres álbumes que se vendían en Estados Unidos, y uno de cada cuatro en el mundo. Pero eso no era suficiente: incluso como proveedor número uno de la industria musical, los ingresos globales brutos de Universal habían bajado. El disco compacto se estaba quedando obsoleto, y los abundantes ingresos que Steve Jobs le había prometido de iTunes no se estaban materializando. En el 2005, las ventas digitales de música representaban el 1% de los ingresos de Universal.

Los fundadores de The Pirate Bay no tuvieron tanta suerte. Su agresiva afición a la polémica les convirtió en figuras menos simpáticas, y los fiscales suecos habían hecho los deberes. En noviembre del 2010, tres de los fundadores del sitio web fueron condenados a penas de cárcel que iban de cuatro a diez meses. Svartholm Warg, el autor de la carta de amor a DreamWorks, cogió un avión a Camboya para intentar evitar la extradición. (Posteriormente cumplió dos años de cárcel127.) Pero a pesar de las penas de prisión y el exilio de su líder original, la página prosperó y siguió siendo el portal pirata más importante de la Web durante los años siguientes.
Esta resistencia no fue fortuita. Los torrenteros se habían organizado en grupos complejos con jerarquías bien definidas. Ocultaban sus identidades bajo seudónimo y facilitaban la distribución de contrabando online. Comprendían que lo que estaban haciendo era ilegal, y lo hacían de todos modos, sin ningún beneficio para ellos. Ante la ley, eso les convertía en delincuentes, pero un número cada vez mayor de gente comenzaba a verlos como disidentes políticos.
A principios del 2006 se había formado un nuevo partido político en Suecia: el Partido Pirata. No se alineaba en el eje tradicional derecha-izquierda, y su plataforma defendía la retirada de las leyes de propiedad intelectual y una amnistía total para los que compartían archivos en internet.
Tanto Brandenburg como Grill sabían que, sin los incentivos de los ingresos por patentes de software en el horizonte, jamás habrían pasado casi toda una década dirigiendo esas pruebas de escucha. Brandenburg probablemente se habría quedado en la universidad a la espera de conseguir una cátedra. Quién sabe si Grill seguiría tocando la trompeta. Escuchar «Tom’s Diner» dos mil veces seguidas era trabajo, y el equipo del MP3 no lo habría llevado a cabo sin el incentivo de una recompensa futura. Y ese era el gran reproche que les hacían a los Piratas: sin la protección de patentes de software, el MP3 jamás habría existido.

Durante más de una década Rabid Neurosis se había infiltrado en la cadena de suministro de la industria musical. Habían barrido eBay en busca de CD inéditos; habían sobornado a dics jockeys de la radio y a empleados de tiendas de discos; habían colado topos dentro de los almacenes, las cadenas de televisión y los estudios musicales; incluso se habían infiltrado dentro de las propias fábricas. Habían filtrado tres mil álbumes al año de todos los géneros. A lo largo y ancho del planeta habían construido una red de infiltración y diseminación. En las sombras de internet habían ocultado sus tesoros secretos de material pirateado y los habían mantenido encerrados bajo la llave de una encriptación indescifrable. Un equipo de expertos del FBI y un pequeño ejército de detectives privados habían intentado sin éxito introducirse en el grupo durante más de cinco años. El daño económico que habían causado a la industria discográfica era mensurable y real, y ascendía a millones y millones de dólares.
Pero el 19 de marzo del 2010, un jurado de Texas, especialmente seleccionado por su ignorancia tecnológica, consideró que las leyes que prohibían esas actividades no debían obedecerse.

El streaming no lo solucionó todo. Es posible que no solucionara nada. Las plataformas de música en streaming no dejaban de perder dinero, y gastaron unas cantidades insostenibles para obtener licencias de contenidos con los que atraer a los primeros usuarios. A pesar de ese gasto, los artistas con millones de plays solo tenían unos royalties de unos centenares de dólares. En el 2013, en medio de una perspectiva económica optimista, los ingresos totales de la industria discográfica volvieron a declinar hasta su nivel más bajo en tres décadas. Un estudio de mercado mostró que los nuevos suscriptores de Spotify habían dejado de piratear más o menos del todo. Pero también habían dejado de comprar discos. Los sellos ahora se veían inmersos en una complicada guerra en dos frentes: con los servicios en streaming por un lado y con los piratas por el otro.

Excellent book that outlines the demise of music as a business as opposed to a freemium product, which it is currently. It explains the history of music being available online prior to release, and the slowness of the major labels to embrace the digital model as it grew in popularity amongst fans. But I gotta point out here that the Internet is both a blessing and a curse–while major labels’ sales/income declined, the environment for indie artists excelled! Success truly means being able to adapt to one’s changing environment. The music business reminds me of the horse and buggy era–some embraced cars and some fought the new technology and hoped the horse and buggy would remain. History tells us how staying close minded in the past works out…

When CDs first came out, the promise was “Perfect Sound Forever”. However, viewed differently, CDs were a “maximalist repository of irrelevant information, most of which was ignored by the human ear.”
Research into hearing showed inherent flaws that make it possible to record high-fidelity music with very small amounts of data. This is because the human auditory system discards most of the data anyway.
The other consequence of the reduced size needed for high-fidelity music, was that the whole process of pressing millions of compact discs and selling them through stores, could be avoided. It was possible to save everything you might wish to hear in a single electronic database that could be accessed as needed.
After decades of research into acoustic physics and human anatomy, it was now possible to combine these insights with basic principles of information theory and complex higher mathematics. In the mid-80s, at the Fraunhofer Society, (a German research organization,) the young and brilliant Karlheinz Brandenburg, was leading a team doing just this. Essentially, Brandenburg had produced a compression algorithm that would reduce the data requirement to one-twelfth the size of a CD, with no loss in the quality a person could hear.
In 1987, Fraunhofer committed to creating commercial products based on Brandenburg’s algorithm. The products would be able to be used to both stream and store music.
History has shown that universal standards are not always based on the best technology, but on the aggressiveness of the technology owners. This has been true for the AC/DC “Current Wars” of the late nineteenth century, and to the VHS-Betamax battle of the 1980s.
In five straight head-to-head competitions for the standards for digital FM radio, interactive CD-ROMs, Video Compact Disc (the predecessor to the DVD), Digital Audio Tape, and the soundtrack to over-the-air HDTV broadcasting, mp3 lost to its competitors. The regulatory committees in each of these categories favoured mp2 despite the fact that mp3 offered substantial improvements in audio quality.
At the opposite side of the music industry were those who recorded and produced the CDs. By 1994 their revenues had tripled to above $2 billion.
At the same time, the Fraunhofer team were attending industry trade shows across Europe and America to promote the mp3 standard. Philips was backing the mp2, and at the trade shows the mp2 booths were three times the size of those of mp3. Then an independently refereed head-to-head listening test between the mp2 and mp3, judged mp3 to be significantly better, again. This attracted two clients, Telos, the first enterprise-scale customer and the National Hockey League for whom the mp3 had been specifically calibrated to the sound of the fast action of the game.
In 1993 Intel had introduced its powerful new Pentium chips, the first processors capable of playing back an mp3 without stalling. The new generation of hard drives were coming out with what was then enormous storage capacity of nearly a gigabyte that could store almost 200 songs.
Other new technologies enabled consumers to create their own mp3 files, then play them from their home PCs. “January 20, 1995 (was) the official start date of the mp3 revolution in North America.”
AT&T and Thomson acted as the corporate sponsors of the mp3, and by late 1995 they had invested more than a million dollars in the project. With the file compression capability of the mp3, it was soon possible to download music directly over the Internet, and dispense with the compact disc entirely.
Mp3 had been the leading technology of its kind in the world, and was producing substantial earnings. The format war was over, mp3 had won. However, the mp3 was caught between a music industry that wouldn’t license the technology without a critical mass of mp3 players, and the electronics industry that wouldn’t manufacture the players without a critical mass of mp3 users.
Piracy had always been a problem for the music industry ever since people were able to duplicate audio cassettes and CDs. The ability to put music on websites and underground file servers across the world, led to an explosion of the number of mp3 files in existence. College students filled their hard drives filled to capacity with pirated mp3s.
The stellar earnings of the biggest recording companies in the world in the last part of the 20th century, were disrupted by Shawn Fanning, an 18-year-old Northeastern University dropout. He developed a new piece of software to up- and download pirated music using mp3, that he called Napster. Almost immediately, the freely available Napster became one of the most popular applications in software. By early 2000 there were almost twenty million users, and by mid-year over 14,000 songs were being downloaded every minute.
The Recording Industry Association of America’s CEO Hilary Rosen, understood the danger and the potential of digital technology. She privately pushed for Napster and the major labels to cut a deal, but the industry chose to “sue mp3 out of existence.” The industry won against Napster, but not against mp3, which continued to grow. The industry had won the wrong lawsuit.
Napster had made file sharing easy. Previously you could find apps on the internet, but they were difficult to use, limiting the number of participants. Using Napster, anyone could type the word “mp3” into Yahoo!, and have a hard drive full of pirated albums in minutes.
In late 2001, the success of the iPod caught everyone by surprise, including Apple. The firm had underestimated the volume of pirated mp3s available. Apple actively encouraged paid, legitimate downloading, but landed up making money from the illegal activities of Napster.
In 2002 the music industry’s losses were the largest in American history. Eventually, with little help from the recording industry, the iTunes Store was established to sell songs for 99 cents. As the iPod became ubiquitous, the mp3 was no longer seen as inferior to the compact disc, and iTunes produced a seamless Web sales experience. Steve Jobs promised the recording industry 70 cents of each dollar for every mp3 song downloaded.
By the end of 2010 the recording industry contracted to less than half its 2000 size. In 2012, North American sales of digital music surpassed sales of the compact disc. After 17 years of psychoacoustic chaos, only a third of the U.S. music industry’s income still came from physical album sales, and slightly more globally. In 2013, revenues from subscription and advertiser-supported streaming passed $1 billion for the first time. However, artists with millions of plays, only earned royalties in the hundreds of dollars.
“How music got free” – is a multifaceted tale with many winners (the consumers,) and many losers (the recording companies and the artists.) The book has been thoroughly researched, and is an enjoyable read.

I had assumed that music piracy was a phenomenon born of open collaboration. That is to say, I thought that the MP3s that I had downloaded had been uploaded to the network by people scattered all over the world, and that this diffuse network of rippers was not organized in a meaningful way. I was wrong Although, in fact, some of the files were documents of unknown origin and from anonymous Internet users, the vast majority of pirated MP3s came from a few organized broadcasting groups. Using forensic data analysis, many times you could reach the site where these files were generated. I realized that I could further refine the search if I combined this technical approach with the classic research report. In many cases it was not only possible to trace a pirated document to a common origin, but in fact to a specific time and person.
That was the real secret, of course: the internet was made up of people. Piracy was a social phenomenon; as soon as you knew where to look, you began to distinguish certain individuals within the mass. Engineers, executives, employees, investigators, convicts, even “burned” workers: all played a role.
Until finally I ended up in the strangest place of all: a small town in western North Carolina that gave the impression that it could not be further from the global confluence between technology and music. I speak of Shelby, a landscape composed of Baptist churches of wooden planks and impersonal franchises of large multinationals, in which a man who operated in almost total isolation had earned, over eight years, the reputation of being the pirate most fearsome digital of all. Many of the files that I had pirated (maybe even almost all of them) had been created by him.

In 1996, after its early adoption of the MP3, Telos System controlled 70% of the North American market for digital sports broadcasting. Its main competitor had opted for the MP2 encoder, and Telos had defeated them. Now there were Zephyr boxes in almost every major stadium in North America, and also in many radio and television stations with a large market share. The voice-over artists began using Zephyrs to set up homemade digital recording booths, thus eliminating the expensive hours of study. The word “zephyr” had become a verb, and it meant “send something digitally,” as in the phrase “Can you zephyr me that interview with Pavel Bure?” (“Can you send me streaming that interview with Pavel Bure? »).
The success of the device when facing it with its direct competitor in the free market revived the interest by a format that the world had given for dead. The standards committees had detested the MP3, but consumers certainly adored it. His success attracted attention, and Fraunhofer soon signed other agreements. Macromedia licensed the MP3 for its Flash multimedia codec; Microsoft licensed it for a first version of Windows Media.
The victory against Napster and a defeat against Diamond. Peer-to-peer networks went underground, but MP3 players continued in stores. Napster’s services disappeared from the network in July 2001, and after a maddening 11-hour download, the public had hundreds of millions of MP3 files parked on their computer, and getting them out would not be easy. The land had been fertilized for a tremendous revolution that would turn the compact disc into something permanently obsolete and that would catalyze the transformation of a niche technology company into the largest company on earth.
The music industry had won the wrong lawsuit.
“At the end of 2004, the future of the record industry did not seem very promising. CD sales were falling again. EMI, loaded with debts, was heading towards the suspension of payments. BMG and Sony merged, and the Five Big Companies stayed in four. And Time Warner, with the intention of “rationalizing” the business, had left Warner Music Group, the label that Morris had directed before the Interscope debacle. It had been left by Edgar Bronfman Jr.99, the man who had destroyed the Seagram empire and had been Morris’s boss.
Now Morris was more powerful than Junior, and his market share in Universal was bigger than it had ever been in Warner. Universal edited one out of every three albums sold in the United States, and one in four in the world. But that was not enough: even as the number one provider in the music industry, Universal’s gross global revenues had declined. The compact disc was becoming obsolete, and the abundant income that Steve Jobs had promised him from iTunes was not materializing. In 2005, digital music sales represented 1% of the revenues of Universal company.

The founders of The Pirate Bay were not so lucky. Their aggressive fondness for controversy made them less sympathetic figures, and Swedish prosecutors had done their homework. In November 2010, three of the founders of the website were sentenced to prison terms ranging from four to ten months. Svartholm Warg, the author of the love letter to DreamWorks, took a plane to Cambodia to try to avoid extradition. (Later he served two years in prison.127) But despite the imprisonment and exile of its original leader, the page prospered and remained the most important pirate portal on the Web during the following years.
This resistance was not fortuitous. The torrenteros had organized themselves into complex groups with well-defined hierarchies. They concealed their identities under a pseudonym and facilitated the distribution of contraband online. They understood that what they were doing was illegal, and they did it anyway, without any benefit to them. Before the law, that made them delinquents, but an increasing number of people began to see them as political dissidents.
At the beginning of 2006 a new political party had been formed in Sweden: the Pirate Party. It was not aligned on the traditional right-left axis, and its platform advocated the withdrawal of intellectual property laws and a total amnesty for those who shared files on the Internet.
Both Brandenburg and Grill knew that, without the incentives of software patent revenues on the horizon, they would never have spent almost a decade directing those listening tests. Brandenburg would probably have stayed at the university waiting to get a chair. Who knows if Grill would still play the trumpet. Listening to “Tom’s Diner” two thousand times in a row was work, and the MP3 team would not have done it without the incentive of a future reward. And that was the great reproach they made to the Pirates: without the protection of software patents, the MP3 would never have existed.

For more than a decade Rabid Neurosis had infiltrated the supply chain of the music industry. They had swept eBay in search of unreleased CDs; they had bribed radio jockeys dics and record store employees; they had cast moles inside the stores, the television channels and the musical studios; they had even infiltrated inside the factories themselves. They had leaked three thousand albums a year of all genres. They had built a network of infiltration and dissemination throughout the world. In the shadows of the Internet they had hidden their secret treasures of pirated material and had kept them locked away under the key of an unbreakable encryption. A team of FBI experts and a small army of private detectives had tried unsuccessfully to join the group for more than five years. The economic damage they had caused to the record industry was measurable and real, and amounted to millions and millions of dollars.
But on March 19, 2010, a Texas jury, especially selected for its technological ignorance, considered that the laws that prohibited such activities should not be obeyed.

Streaming did not solve everything. It may not solve anything. The streaming music platforms did not stop losing money, and spent unsustainable amounts to obtain content licenses with which to attract the first users. Despite this expense, artists with millions of plays only had a few hundred-dollar royalties. In 2013, in the midst of an optimistic economic outlook, the total income of the record industry again declined to its lowest level in three decades. A market study showed that new Spotify subscribers had stopped hacking more or less at all. But they had also stopped buying records. The stamps were now immersed in a complicated war on two fronts: with streaming services on one side and pirates on the other.

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