Y El Verbo Se Hizo Polvo ¿Estamos Destrozando Nuestra Lengua? — Isaías Lafuente / And The Word Became Dust Are We Destroying Our Language? by Isaías Lafuente (spanish book edition)

Interesante como todos los libros del autor y que sin duda este ensayo nos ayuda a reflexionar.
El menosprecio a las palabras se perfeccionó en la modernidad con la aparición de inventos prodigiosos como la fotografía y el cine. Para proclamar su supremacía y activar el negocio, alguien acuñó la máxima de que «una imagen vale más que mil palabras», cuando en sentido contrario podríamos sostener que una palabra precisa, en el momento justo, vale mucho más que mil imágenes. Pero, por si todas estas afirmaciones no fueran suficientes para hacernos desistir, alguien vendrá y rematará el epitafio diciéndonos, por si no nos habíamos dado cuenta, que «las palabras se las lleva el viento».
¿La cuidamos o la maltratamos? La respuesta es difícil. Los pesimistas podrían sostener legítimamente que se está produciendo una progresiva degradación de la lengua. También de su consideración, hasta el punto de que la palabra «retórica» —con la que los clásicos definían el arte del bien decir, para deleitar, persuadir o conmover— ha pasado a ser un término gastado, identificado hoy con el discurso afectado, con la palabrería y la verborrea, con la manipulación y el engaño. «No me vengas con retóricas», solemos decir cuando percibimos que el burdo prestidigitador nos intenta engañar con la palabra.
En su degradación, observamos cómo los políticos la constriñen a base de argumentarios, la tuercen a golpe de eufemismos, la manosean y la estrujan hasta vaciarla de contenido. En los medios la preñamos de lugares comunes y de muletillas y, en un equivocado empeño de divulgar, con frecuencia nos echamos en brazos de lo vulgar. Y después nos enfrentamos a la irrupción de los nuevos soportes digitales y a la extensión de las redes sociales, que han impuesto un nuevo lenguaje a veces difícil de digerir.
Por el contrario, con argumentos igualmente sólidos, los optimistas podrían defender que precisamente estas nuevas formas de comunicación, inimaginables hace apenas una generación, han democratizado definitivamente la palabra, abriendo nuevas ventanas por las que cualquiera, en cualquier momento y lugar, puede transmitir información, difundir ideas y conocimientos, expresar pensamientos, manifestar sentimientos y fomentar debates sin cortapisa alguna. En ningún otro momento de la historia tantos han hablado tanto con tantos y de tantas cosas, se podría concluir.
Y algo más. Nadie ha conseguido demostrar que en esta nueva era de la comunicación, que aún vive su prehistoria, el balance entre la excelencia y la mediocridad, la perfección y el destrozo, la belleza y el feísmo, sea muy distinto al que se daba cuando la lengua era patrimonio aristocrático de unos pocos.

A pesar de nuestro grado de conocimiento científico actual, no sabemos el momento preciso en el que nuestra especie comenzó a hablar ni cómo se produjo el desarrollo posterior de las primeras lenguas que se articularon en el mundo. Aunque podemos descartar con absoluta seguridad que la de la palabra sea una facultad innata en la especie humana, como nos cuenta el libro más leído de la historia. Cabe imaginar que el proceso no debió de ser muy diferente al que hoy podemos observar en los niños.
Quizás en el principio sólo fueron unos primitivos sonidos guturales que permitieron a hombres y mujeres manifestar dolor y placer, agrado y disgusto, órdenes y acatamientos, una alarma natural para lanzar señales de aviso a sus congéneres en situaciones de peligro. Después, seguramente fueron articulando estructuras simples con las que intentarían reproducir al principio los sonidos de la naturaleza a través de las onomatopeyas para, más tarde, ir configurando un universo de palabras básicas que les permitió definir poco a poco los objetos materiales que les rodeaban y las acciones que realizaban. Y sólo cuando acabaron de nombrar lo tangible fueron capaces de nombrar lo inmaterial y traducir en palabras los pensamientos.
Fueron los fenicios los inventores de un sistema alfabético del que bebieron griegos y romanos y después, a través de ellos, llegó a nosotros. Los fenicios, que ocupaban un territorio a mitad de camino entre Egipto y Mesopotamia, conocían el arte de la escritura inventado y desarrollado por sumerios y egipcios. Pero ellos eran gente de negocios, comerciantes prácticos que no podían permitirse el lujo de pasar horas para grabar un puñado de palabras, de tal manera que se pusieron a la tarea de inventar un nuevo sistema de escritura más sencillo, funcional y eficaz. Así, convirtieron aquellos miles de imágenes de los jeroglíficos en un práctico alfabeto de sólo veintidós letras, todas consonantes, a partir del cual se podían construir miles de palabras.
En su viaje por el mundo, aquel alfabeto atravesó el mar Egeo y fue adoptado y adaptado por los griegos, que añadieron algunas letras y transformaron algunas consonantes en vocales, un gran invento.
Quintiliano, contemporáneo del gobernador romano de Hispania, Galba, dedicó toda su vida al estudio y la enseñanza de la oratoria. Fue profesor de retórica en la Roma de Vespasiano, Tito y Domiciano. Abrió una escuela pública, fue maestro de escritores e historiadores y tutor en la materia de sobrinos e hijos de emperadores, lo que le permitió gozar de gran prestigio popular y le hizo ganar mucho dinero.
Entre sus enseñanzas se encuentra alguna que los oradores profesionales de hoy nunca deberían olvidar: la de intentar mantener un equilibrio entre la necesaria belleza del discurso y su eficacia. «Todo lo que no ayuda, estorba», proclamaba, para recomendar que un buen discurso no ha de tener «muchas cosas, sino mucho». Y remata con una sentencia que define muy bien los males no sólo del pasado, sino del presente: «Algunos hablan demasiado, pero sin decirlo todo».

Detrás de cada eufemismo se esconde un tabú indeseable y por tanto impronunciable para el que tiene que manejarlo. Y su fabricación destila una confianza irracional en que las palabras pueden neutralizar y hacer desaparecer el problema que se niega a nombrar. Confianza inútil, por otra parte. Es verdad que «el pesimismo no crea puestos de trabajo», como dijo alguien en cierta ocasión, pero aún está por ver que los cree el optimismo impostado.
Aunque lo más grave es que su uso continuado deja traslucir, sobre todo, el desprecio de quien lo fabrica por las personas a quienes se dirige y la escasa consideración que a algunos políticos les merece la ciudadanía que les ha elegido y los contribuyentes que les pagan. Además suele tener un demoledor efecto bumerán porque nacen con una fecha de caducidad tan limitada que normalmente el efecto placebo que irracionalmente se busca no dura más allá de lo que se extienda la rueda de prensa. Aunque los ecos del despropósito pervivirán en una inmensa hemeroteca virtual que consultará en cualquier momento un ciudadano desesperado, un votante desencantado, un rival político…
Reconozcámoslo. La mayoría de estos deslices humanizan al personaje. Quién no ha tenido alguna vez algún momento de hartazgo, quién no se ha sincerado en privado diciendo cosas que jamás debería expresar en público, quién no ha abierto en alguna ocasión las espitas de la frustración soltando lo que llevaba dentro con alguna palabra inadecuada o malsonante…
La palabra también está para eso. Y, por eso, la mayoría de estos lapsus, en los que una inmensa mayoría nos sentimos reflejados, suelen ser inocuos. Alimentan el chascarrillo en las redes sociales, las conversaciones en torno a un café, sirven para aliviar la dureza de las noticias en los informativos de los medios de comunicación y poco más. Sin embargo, en alguna ocasión han tenido consecuencias políticas.

Las palabras pueden salir del Diccionario, pero quedan en el habla de los mayores, en las hemerotecas, en las obras literarias, en los ensayos, en los discos… Una persona del siglo XXI necesita de un instrumento como el Diccionario para desentrañar el sentido de palabras que un día se usaron y quedaron escritas, aunque desaparecieran del habla a través de los siglos.
Seguramente la mejor solución sería abordar la elaboración de un diccionario global, con diferentes niveles de consulta, que transite desde las formas y acepciones actuales, de donde podrían desaparecer todas aquellas expresiones hirientes, hasta aquellas que un día se usaron con un determinado sentido que hoy ya no está vigente o resulta inapropiado. Un diccionario que en sus diferentes estratos nos permitiera recorrer la biografía de las palabras, partiendo de sus raíces etimológicas y contemplando las múltiples transformaciones de cada término a lo largo de la historia.
Son empeños que la RAE aborda de manera separada, pero que, con los soportes digitales actuales, podrían condensarse en una obra total.

No hay que ser un visionario para pronosticar que el papel morirá. No sabemos aún cuándo lo hará definitivamente, pero en términos históricos el acontecimiento se producirá dentro de cinco minutos. Desaparecerá como se fueron perdiendo en la noche de los tiempos las tablas de arcilla, el papiro, los pregoneros y amanuenses, las máquinas de escribir, el papel de calco, los tomavistas y el súper 8, los casetes, las cabinas telefónicas, los tocadiscos y los vinilos.
Tampoco es imprescindible acelerar su muerte y, sin duda, resulta paradójico que editores al frente de potentes medios de comunicación anuncien cada día su defunción cuando aún hoy buena parte de su negocio sigue estando en el papel. Pero, frente a estos anuncios funerarios, parece sorprendente la defensa nostálgica de un soporte que ha perdido eficacia para según qué oficios.
¿Y los libros? Quienes crecimos y maduramos viviendo historias y aventuras impresas en papel tenemos asociada la experiencia al rito de tocar los lomos del ejemplar, de pasar sus páginas, de percibir el aroma del papel y la tinta, y nos cuesta adaptarnos a los nuevos soportes. Pero las futuras generaciones nunca echarán de menos lo que no tuvieron.
Defender la supervivencia de un soporte es pretender salvaguardar lo accesorio frente a lo sustancial. Lo verdaderamente importante —las buenas historias, los relatos bien construidos, las informaciones solventes— siempre pervivirá. Y no nos dejemos llevar por el engaño nostálgico. Si los procesos de transformación no se aceleran, no es por la innata fortaleza de los soportes clásicos, sino, sencillamente porque las industrias editoriales aún no han encontrado las fórmulas adecuadas para rentabilizar y proteger convenientemente sus productos en los nuevos mercados digitales.
Los temores sobre el futuro de la lengua son los mismos que se expresan sobre la situación de la educación en nuestro país. Nos fustigamos con los informes de organismos internacionales que sitúan a nuestros niños en la cola de los países desarrollados en materias como el cálculo matemático o la comprensión lectora, y que muestran a la población adulta como incapaz de abrirse a otros idiomas con la facilidad que exhiben otros vecinos europeos. Pero no debemos olvidar de dónde venimos. Hace poco más de medio siglo la preocupación de un país como el nuestro no era la de las décimas que nos separaban de la excelencia educativa, sino las que nos situaban al borde del subdesarrollo académico fruto de un analfabetismo endémico.
Nunca tantos han escrito ni han leído tanto en la historia de la humanidad como en nuestros días. También en español, uno de los pocos idiomas que sigue expandiéndose en el mundo. Ésa es la buena noticia. Y frente a esta certeza, el resto de las preocupaciones —algunas ciertas y fundamentadas— y de los problemas planteados —que habrá que resolver con más y mejor educación, como siempre— parecerían tener un carácter secundario.

Interesting as all the books of the author and that undoubtedly this essay helps us to reflect.
The contempt for words was perfected in modernity with the appearance of prodigious inventions such as photography and cinema. To proclaim its supremacy and activate the business, someone coined the maxim that “an image is worth a thousand words”, when in the opposite sense we could argue that a precise word, at the right time, is worth much more than a thousand images. But, in case all these affirmations were not enough to make us desist, someone will come and finish the epitaph telling us, in case we had not realized, that “the words are carried away by the wind”.
Do we take care of it or mistreat it? The answer is difficult. The pessimists could legitimately claim that a progressive degradation of the language is taking place. Also of his consideration, to the point that the word “rhetoric” -with which the classics defined the art of good to say, to delight, persuade or move- has become a worn term, identified today with the affected discourse, with the verbiage and verbiage, with manipulation and deception. “Do not come to me with rhetoric,” we usually say when we perceive that the crude conjuror tries to deceive us with words.
In its degradation, we observe how the politicians constrict it based on arguments, twist it with euphemisms, manipulate it and squeeze it to empty it of content. In the media we impregnate it with common places and with trumpets and, in a wrong attempt to disclose, we often throw ourselves into the vulgar. And then we face the irruption of new digital media and the extension of social networks, which have imposed a new language that is sometimes difficult to digest.
On the contrary, with equally strong arguments, the optimists could defend that precisely these new forms of communication, unimaginable just a generation ago, have definitely democratized the word, opening new windows by which anyone, at any time and place, can transmit information , disseminate ideas and knowledge, express thoughts, express feelings and encourage debates without any restrictions. At no other time in history have so many spoken so much with so many and so many things, it could be concluded.
And something else. Nobody has managed to show that in this new era of communication, which still lives its prehistory, the balance between excellence and mediocrity, perfection and destruction, beauty and ugliness, is very different from that which occurred when the language It was the aristocratic heritage of a few.

Despite our current level of scientific knowledge, we do not know the precise moment in which our species began to speak or how the later development of the first languages ​​articulated in the world took place. Although we can discard with absolute certainty that the word is an innate faculty in the human species, as tells us the most read book in history. It can be imagined that the process should not have been very different from what we can see in children today.
Perhaps in the beginning there were only primitive guttural sounds that allowed men and women to express pain and pleasure, pleasure and disgust, orders and compliance, a natural alarm to send warning signals to their peers in dangerous situations. Afterwards, they were surely articulating simple structures with which they would try to reproduce at first the sounds of nature through the onomatopoeias and, later, to configure a universe of basic words that allowed them to define little by little the material objects that surrounded them and the actions they performed. And only when they finished naming the tangible were they able to name the immaterial and translate the words into words.
The Phoenicians were the inventors of an alphabetic system from which the Greeks and Romans drank and then, through them, came to us. The Phoenicians, who occupied a territory halfway between Egypt and Mesopotamia, knew the art of writing invented and developed by Sumerians and Egyptians. But they were business people, practical traders who could not afford to spend hours to record a handful of words, so they set about inventing a new, simpler, more functional, and more effective writing system. Thus, they converted those thousands of images of hieroglyphs into a practical alphabet of only twenty-two letters, all consonants, from which thousands of words could be constructed.
On his journey through the world, that alphabet crossed the Aegean Sea and was adopted and adapted by the Greeks, who added some letters and transformed some consonants into vowels, a great invention.
Quintilian, contemporary of the Roman governor of Hispania, Galba, devoted all his life to the study and teaching of oratory. He was professor of rhetoric in the Rome of Vespasiano, Tito and Domiciano. He opened a public school, was a teacher of writers and historians and tutor in the matter of nephews and sons of emperors, which allowed him to enjoy great popular prestige and made him earn a lot of money.
Among his teachings is one that today’s professional speakers should never forget: trying to maintain a balance between the necessary beauty of speech and its effectiveness. “Everything that does not help, hinder,” he proclaimed, to recommend that a good speech should not have “many things, but a lot”. And it ends with a sentence that defines very well the evils not only of the past, but of the present: “Some people talk too much, but without saying everything”.

Behind every euphemism hides an undesirable taboo and therefore unpronounceable for the one who has to handle it. And its production distills an irrational confidence in which words can neutralize and make disappear the problem that refuses to name. Useless confidence, on the other hand. It is true that «pessimism does not create jobs», as someone once said, but it is still to be seen that the optimism is created by them.
Although the most serious is that its continued use reveals, above all, the contempt of those who manufacture it for the people to whom it is addressed and the scant consideration that some politicians deserve the citizenship that has elected them and the taxpayers who pay them . It also tends to have a devastating boomerang effect because they are born with an expiration date so limited that normally the placebo effect that is irrationally sought does not last beyond the length of the press conference. Although the echoes of the nonsense will survive in a huge virtual hemeroteca that will consult at any time a desperate citizen, a disenchanted voter, a political rival …
Let’s face it. Most of these slips humanize the character. Who has not ever had a moment of satiety, who has not spoken out in private saying things that should never express in public, who has not opened at times the spouts of frustration loosing what was inside with some inappropriate word or bad language …
The word is also for that. And, for that reason, most of these lapses, in which an immense majority we feel reflected, are usually innocuous. They feed the joke on social networks, the conversations around a coffee, they serve to alleviate the harshness of the news in the news of the media and little else. However, on occasion they have had political consequences.

The words can leave the Dictionary, but they remain in the speech of the elders, in the hemerotecas, in the literary works, in the tests, in the discs … A person of the XXI century needs of an instrument like the Dictionary to unravel the sense of Words that one day were used and were written, although they disappeared from the speech through the centuries.
Surely the best solution would be to address the development of a global dictionary, with different levels of consultation, which transitions from the current forms and meanings, from where all those hurtful expressions could disappear, even those that one day were used with a certain meaning that today It is no longer valid or inappropriate. A dictionary that in its different strata allows us to go through the biography of words, starting from its etymological roots and contemplating the multiple transformations of each term throughout history.
They are efforts that the RAE addresses separately, but that, with the current digital media, could be condensed into a total work.

You do not have to be a visionary to predict that paper will die. We do not know yet when it will definitely, but in historical terms the event will occur within five minutes. It will disappear as they were lost in the mists of time the clay tablets, the papyrus, the criers and scribes, the typewriters, the tracing paper, the tomvistas and the super 8, the cassettes, the telephone booths, the turntables and the vinyls.
Nor is it necessary to accelerate his death and, no doubt, it is paradoxical that editors at the forefront of powerful media announce their death every day when even today a good part of their business is still on paper. But, in front of these funerary announcements, the nostalgic defense of a support that has lost effectiveness according to what trades seems surprising.
And the books? Those of us who grew up and matured by living histories and adventures printed on paper have experience associated with the rite of touching the back of the book, of passing through its pages, of perceiving the aroma of paper and ink, and it is difficult for us to adapt to new media. But future generations will never miss what they did not have.
To defend the survival of a support is to try to safeguard the accessory versus the substantial. What is really important-good stories, well-constructed stories, reliable information-will always survive. And let’s not get carried away by the nostalgic deception. If the processes of transformation do not accelerate, it is not because of the innate strength of the classic supports, but simply because the publishing industries have not yet found the right formulas to profitably and conveniently protect their products in the new digital markets.
The fears about the future of the language are the same as they are expressed about the situation of education in our country. We whipped up the reports of international organizations that put our children in the tail of developed countries in areas such as mathematical calculation or reading comprehension, and that show the adult population as unable to open up to other languages ​​with the ease they exhibit. other European neighbors. But we must not forget where we come from. A little more than half a century ago the concern of a country like ours was not that of the tenths that separated us from educational excellence, but rather those that placed us on the verge of academic underdevelopment as a result of endemic illiteracy.
Never have so many written or read so much in the history of humanity as in our day. Also in Spanish, one of the few languages ​​that continues to expand in the world. That is the good news. And in the face of this certainty, the rest of the concerns -some certain and well-founded ones- and the problems posed -which will have to be solved with more and better education, as always- would seem to have a secondary character.

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