Boomerang — Xavier Moret / Boomerang by Xavier Moret (spanish book edition)

Sin duda el mejor libro sobre Australia es la costa fatídica de Robert Hughes, comentado en mi blog y este me parece el mejor libro del autor y recomendable a los amantes de este gran país.
El descubrimiento decisivo de las costas de Australia no llegó hasta 1770, cuando el capitán inglés James Cook tomó posesión de la costa este del continente en nombre de la corona inglesa y la bautizó como Nueva Gales del Sur. Cook había navegado con el Endeavour hasta aquella parte del mundo al frente de una expedición científica, con el objetivo de observar desde Tahití el tránsito de Venus desde la superficie del sol. Una vez cumplida esta misión con éxito, Cook tenía vía libre para intentar encontrar la Terra Australis Incógnita. En octubre de 1769 el Endeavour arribó a las costas de Nueva Zelanda, que la expedición cartografió, y en marzo de 1770 inició el viaje de regreso a Inglaterra. La sorpresa surgió el 19 de abril, cuando llegó a la costa este de Australia, a la altura de lo que Cook bautizó como Cabo Everard. El Endeavour continuó navegando con rumbo al norte y cuando la expedición llegó a una bahía resguardada, al sur de la actual Sidney, el capitán Cook decidió desembarcar. El entusiasmo del botánico Joseph Banks al hallar una gran variedad de plantas desconocidas hizo que el lugar recibiera el nombre de Botany Bay (Bahía Botánica).
Los aborígenes australianos, unos 300.000 cuando Cook desembarcó, habían llegado a la isla unos 55.000 años atrás, procedentes de las islas de Indonesia y Nueva Guinea.

Una buena primera lección sobre Australia —insistió—. Ya verás que en este país la naturaleza es impresionante, pero no siempre amable. Entre las muchas obras que se deben a la iniciativa de Macquarie están el parque The Domain y el Jardín Botánico, hoy en día casi unidos. Macquarie también hizo construir un camino para llegar a la punta rocosa donde su mujer Elizabeth iba a contemplar la entrada de los barcos en la bahía, probablemente sonando con regresar a Inglaterra. El lugar, conocido ahora como la Silla de la Señora de Macquarie, es todavía hoy un mirador privilegiado para contemplar el mejor perfil de la ciudad. Cuando llegué a este sitio, tuve la sensación de que, de pronto, se desplegaba ante mis ojos una gran pantalla de cinemascope que presentaba el gran espectáculo de la bahía, con la Ópera, los rascacielos y el puente formando un telón de fondo inmejorable. Sidney era una ciudad diez, una ciudad bien puesta que podía parecer europea a primera vista, pero que escondía un alma salvaje que la hacía aún más interesante y que te podía sorprender en cualquier momento. El mar es el gran protagonista de Sidney. Un mar cerrado, de aguas mansas, que penetra como los dedos de una mano por los diferentes barrios de la ciudad, añadiéndoles dosis considerables de encanto y proporcionando a menudo la sorpresa de unos rincones poco habituales en un ambiente urbano, con núcleos de casas de madera que parecen salidas de un pueblecito de vacaciones, con un jardín generoso alrededor y el velero amarrado a la puerta.
Una forma excelente de comprobar esta presencia del mar es dar un paseo en transbordador por la bahía hasta el barrio de Manly. El transbordador parte de Circular Quay… En Sidney te das cuenta de que estaba en «una ciudad de ciudades», en una de esas atractivas metrópolis que te provocan la curiosa sensación de estar viajando por distintos mundos sin necesidad de salir de ellas.

Una de las creencias más extendidas entre los convictos deportados a Australia en el siglo XVIII era que más allá de las Blue Mountains hallarían China y que valía la pena aventurarse, a pesar de la dificultad de la travesía, para poder llegar a un paraíso donde serían recibidos y tratados como héroes. El primer grupo de «viajeros chinos», tal como eran llamados despectivamente en aquellos tiempos, intentó huir a través de las montañas en noviembre de 1791, tan sólo tres años después de la llegada de la primera flota. Lo integraban veinte hombres y una mujer, presos irlandeses ansiosos por recuperar la libertad, pero se perdieron en el bosque y fueron capturados. En 1798, los irlandeses eran aún los más obstinados en huir a China a través de las Blue Mountains. Según los archivos, marchaban en grupos de hasta sesenta personas, siempre en busca de la China soñada, pero ninguno de ellos consiguió cruzar las montañas.
No fue hasta 1813, veinticinco años después de los primeros intentos, cuando tres colonos británicos —Gregory Blaxland, William Lawson y W. C. Wentworth— lograron hallar un paso hasta más allá de las montañas.

En Australia del Sur tenemos la Gran Langosta de Kingston, en Queensland está la Gran Piña de Nambour y en Nueva Gales del Sur la Gran Oveja de Goulburn. También hay una gran manzana, un gran toro y un gran cocodrilo… En Europa la más conocida es la Foster, pero aquí preferimos la Victoria Bitter, que se elabora en Melbourne —me explicó con voz gangosa—. La Foster’s Light Ice y la Carlton Gold no están mal, pero los tradicionales de Sidney prefieren la Tooheys. En Queensland, en cambio, lo que se lleva es la XXXX. Hay mucha cerveza, pero los controles de la policía son cada vez más estrictos y la gente ya no bebe como antes. Es una lástima. Las buenas tradiciones se pierden… Una encuesta en 1975 y un referéndum en 1977 mostraron que los australianos sentían una predilección especial por dos canciones: Waltzing Matilda, compuesta por el poeta Banjo Paterson en 1895, y Advance Australia Fair, compuesta por Peter Dodds McCormick en 1878. El referéndum dio el triunfo a la segunda, con 2,9 millones devotos; Waltzing Matilda obtuvo 1,9 millones.
Sorprende que una canción de significado poco claro y llena de dialectalismos quedara finalista. O quizá tiene éxito precisamente por esto, porque Waltzing Matilda refleja el mundo de los pioneros, de los vagabundos que iban con la manta al cuello y se alquilaban en las estaciones de ganado a finales del siglo XIX.
La canción empieza así:
Once a jolly swagman camped by a billabong
Under the shade of a coolibah tree
And he sang as he watched
And waited ‘till his billy boiled
You’ll come a-waltzing Matilda with me?
Primer problema: ¿qué es un swagman? Pues en Australia es el equivalente a un vagabundo que arrastra un swag (un hato de ropa o una manta enrollada). Segunda palabreja: billabong. Es, en lengua aborigen, un lago pequeño. El coolibah tree es un árbol genuinamente australiano, una variedad del omnipresente eucalipto, y billy es como llaman en Australia a las teteras. La traducción, hasta ahora, sería:
Una vez un alegre vagabundo
acampó cerca de un lago
a la sombra de un eucalipto
y cantaba mientras miraba
y mientras esperaba que hirviese la tetera
¿vendrás waltzing Matilda conmigo?.

En definitiva, que you’ll come a-waltzing Matilda with me? significaría ‘¿vendrás conmigo arrastrando el hato?’ o, lo que es lo mismo: ‘¿vendrás a vagar por el mundo conmigo?’.
La explicación es complicada, pero parece que en Australia la dan por buena.

Se debe pasear por Melbourne en tranvía, una forma excelente de conocer una ciudad, a medio camino entre el estorbo de los coches y la lentitud de las caminatas. El ritmo cansino del tranvía me permitió descubrir edificios Victorianos bien puestos, como el Ayuntamiento o los baños públicos de Swanson Street, y arquitecturas atrevidas y modernas, como la del edificio universitario del RMIT, con colores chillones en la fachada. También me hizo conocer uno de los grandes tesoros de Melbourne: sus inmensos parques, como Fitzroy, Kings Domain o Alexandra, y un Jardín Botánico.

Las de pastelería nunca son tan sabrosas. Una pavlova. Aparte de ser el nombre de una bailarina rusa es un pastel recubierto de merengue que popularizó un cocinero de Perth en los años treinta.
—También son muy australianos los lamington, unos dados de frutas recubiertos de chocolate y coco —añadió una de las amigas.
—Y las Anzac Cookies, y las Tim Tam y…
—Sin olvidar los pasteles de carne —
—El mejor es el Pie Floater. Es un pastel de carne que Ilota en una sopa de guisantes…

La Great Ocean Road, situada a un par de horas de Melbourne, es una carretera muy especial. De hecho, es más que una carretera: es un monumento por el que se puede circular. La construyeron los soldados que regresaron de la Primera Guerra Mundial en homenaje a los que no regresaron y su valor, por lo tanto, va más allá del que puedan tener trescientos kilómetros de asfalto. Va de Barwon Heads hasta Warrnambool y supuso un trabajo de ingeniería sin precedentes en el país. Los doce apóstoles destacan.

Canberra fue la de una ciudad donde se nota demasiado la mano del diseñador, una ciudad de juguete que no ha crecido como las viejas ciudades europeas, a base de una superposición de elementos surgidos de la necesidad, sino que ha nacido en la mesa de un arquitecto, como una urbanización pensada al milímetro. Las Olgas, situadas a pocos kilómetros del Uluru, son un conjunto de treinta y seis cúpulas rocosas, la más alta de las cuales mide 546 metros. Su nombre aborigen, Kata Tjuta —que significa ‘muchas cabezas’— le va que ni pintado, aunque tampoco desentonaría uno que hiciese referencia a templos enigmáticos de una misteriosa ciudad perdida. Los quinientos kilómetros que hay desde Alice Springs a Tennant Creek son de una monotonía absoluta: rectas infinitas, sin árboles, sin accidentes, sin nada… Solamente con centenares de canguros muertos, algún Road Train de más de cincuenta metros de largo y cuatro casas contadas. Una de estas casas es la roadhouse de Wycliffe Well, una gasolinera situada a unos trescientos kilómetros de Alice Springs que, a falta de otros alicientes, se ha autoadjudicado el calificativo de «Capital de los ovnis de Australia».

Puede decepcionar al principio por su escasa espectacularidad, ya que gran parte del parque está formada por una inmensa planicie llena de eucaliptos, con ríos y lagos medio ocultos. En este sentido, los más de cien kilómetros que hay desde la entrada al parque por la parte de Pine Creek hasta Cooinda suponen otro ejercicio de paciencia. Si no te desvías de la carretera, lo único que encuentras a ambos lados es un muro de eucaliptos. No hay ninguna referencia impactante como el Uluru o los Doce Apóstoles. Tampoco hay selva alguna que te deslumbre por sí misma. Tan sólo la monotonía de los bosques de eucaliptos. Dicen los australianos que Darwin es «la puerta a Asia de Australia». Y no mienten, ya que a sus costas despobladas llega el tráfico de drogas y la inmigración ilegal. También dicen que, geográficamente, está más cerca de Vietnam que de Tasmania, cosa que se nota en el ambiente multiétnico que se respira en sus calles.

Queensland es el segundo estado en extensión de Australia —me informó una muchacha en una de las agencias—. Tiene cerca de dos millones de kilómetros cuadrados y sería muy raro que no encontrase lo que busca. Si le gusta el surf puede ir a la parte sur del estado. Si le gusta el submarinismo, al norte. Si lo que quiere es ver minas y estaciones ganaderas, vaya al interior. Hay pocas cosas en el mundo más maravillosas que la barrera de coral de Australia. Son más de dos mil kilómetros de arrecifes en una franja que corre paralela a unos cincuenta kilómetros de la costa, desde el Trópico de Capricornio hasta el Estrecho de Torres. Se puede ir desde diferentes puntos de la costa y las compañías especializadas tienen organizado un servicio de catamaranes rápidos que te llevan hasta unas plataformas equipadas para que te embeleses ante el coral y los peces que lo habitan.

 

 

 

 

Undoubtedly the best book about Australia is the fatal shore by Robert Hughes, commented on my blog and this seems to me the author’s best book and recommended t lover f this wondrous country… I love Oz land!.
The decisive discovery of the coasts of Australia did not arrive until 1770, when the English captain James Cook took possession of the east coast of the continent in the name of the English crown and baptized it like New Wales of the South. Cook had sailed with the Endeavor to that part of the world at the head of a scientific expedition, with the aim of observing from Tahiti the transit of Venus from the surface of the sun. Once this mission was successfully completed, Cook had a free hand to try to find the Terra Australis Incognita. In October of 1769 the Endeavor arrived at the coasts of New Zealand, that the expedition cartographed, and in March of 1770 it initiated the trip of return to England. The surprise came on April 19, when it reached the east coast of Australia, at the height of what Cook baptized as Cape Everard. The Endeavor continued sailing north and when the expedition reached a sheltered bay, south of present-day Sydney, Captain Cook decided to disembark. The enthusiasm of botanist Joseph Banks to find a variety of unknown plants made the place was called Botany Bay (Botanical Bay).
The Australian aborigines, about 300,000 when Cook landed, had arrived on the island about 55,000 years ago, from the islands of Indonesia and New Guinea.

A good first lesson about Australia, “he insisted. You will see that in this country nature is impressive, but not always friendly. Among the many works that are due to the initiative of Macquarie are the park The Domain and the Botanical Garden, nowadays almost united. Macquarie also had a road built to reach the rocky point where his wife Elizabeth was going to contemplate the entrance of the ships in the bay, probably sounding like returning to England. The place, now known as the Chair of the Lady of Macquarie, is still today a privileged vantage point to contemplate the best profile of the city. When I arrived at this place, I had the feeling that, suddenly, a large screen of cinemascope was displayed before my eyes, presenting the great spectacle of the bay, with the Opera, the skyscrapers and the bridge forming an unbeatable backdrop. Sidney was a city ten, a city well placed that could seem European at first sight, but that hid a wild soul that made it even more interesting and that could surprise you at any time. The sea is the great protagonist of Sidney. A closed sea, with calm waters, that penetrates like the fingers of one hand through the different neighborhoods of the city, adding considerable doses of charm and often providing the surprise of unusual places in an urban environment, with cores of houses of wood that looks like outings of a holiday village, with a generous garden around and the sailboat moored at the door.
An excellent way to check this presence of the sea is to take a ferry ride across the bay to the Manly neighborhood. The ferry departs from Circular Quay … In Sydney you realize that I was in “a city of cities”, in one of those attractive metropolises that cause you the curious sensation of traveling through different worlds without having to leave them.

One of the most widespread beliefs among convicts deported to Australia in the 18th century was that beyond the Blue Mountains they would find China and that it was worth venturing, despite the difficulty of the crossing, to reach a paradise where they would be received and treated like heroes. The first group of “Chinese travelers,” as they were scornfully called at the time, attempted to flee across the mountains in November 1791, only three years after the arrival of the first fleet. It was made up of twenty men and a woman, Irish prisoners eager to regain their freedom, but they got lost in the forest and were captured. In 1798, the Irish were still the most obstinate in fleeing to China through the Blue Mountains. According to the archives, they marched in groups of up to sixty people, always in search of the dreamed China, but none of them managed to cross the mountains.
It was not until 1813, twenty-five years after the first attempts, that three British settlers-Gregory Blaxland, William Lawson, and W. C. Wentworth-managed to find a step beyond the mountains.

In South Australia we have the Great Lobster of Kingston, in Queensland there is the Great Pineapple of Nambour and in New South Wales the Great Sheep of Goulburn. There is also a big apple, a big bull and a big crocodile … In Europe the best known is the Foster, but here we prefer the Victoria Bitter, which is made in Melbourne, “he explained in a nasal voice. The Foster’s Light Ice and the Carlton Gold are not bad, but the traditional ones of Sidney prefer the Tooheys. In Queensland, on the other hand, what it takes is the XXXX. There’s a lot of beer, but the police controls are getting tighter and people are not drinking anymore. It’s a shame. Good traditions are lost … A poll in 1975 and a referendum in 1977 showed that Australians felt a special predilection for two songs: Waltzing Matilda, composed by the poet Banjo Paterson in 1895, and Advance Australia Fair, composed by Peter Dodds McCormick in 1878. The referendum gave the victory to the second, with 2.9 million devotees; Waltzing Matilda obtained 1.9 million.
It is surprising that a song of unclear meaning and full of dialectalisms will be finalist. Or maybe it succeeds precisely because of this, because Waltzing Matilda reflects the world of pioneers, of the vagabonds that went with the blanket around their necks and were rented in the cattle stations at the end of the 19th century.
The song starts like this:
Eleven a jolly swagman camped by a billabong
Under the shade of a coolibah tree
And he sang as he watched
And waited ‘till his billy boiled
You’ll eat a-waltzing Matilda with me?
First problem: what is a swagman? Well, in Australia it is the equivalent of a tramp who drags a swag (a bundle of clothes or a rolled blanket). Second word: billabong. It is, in aboriginal language, a small lake. The coolibah tree is a genuinely Australian tree, a variety of the omnipresent eucalyptus, and billy is what Australia calls teapots.

Finally, what will you eat a-waltzing Matilda with me? would mean ‘will you come with me dragging the herd?’ or, what is the same: ‘will you come to wander the world with me?’
The explanation is complicated, but it seems that in Australia they consider it good.

You have to walk around Melbourne by tram, an excellent way to get to know a city, halfway between the clog of cars and the slowness of the walks. The tiresome rhythm of the tram allowed me to discover well-placed Victorian buildings, such as the Town Hall or the Swanson Street public baths, and daring and modern architectures, such as that of the RMIT university building, with gaudy colors on the facade. It also made me know one of the great treasures of Melbourne: its immense parks, such as Fitzroy, Kings Domain or Alexandra, and a Botanical Garden.

The pastry shops are never so tasty. A pavlova. Apart from being the name of a Russian dancer, it is a merengue-coated cake popularized by a Perth chef in the 1930s.
“They’re also very Australian lamington, some fruit dice coated with chocolate and coconut,” added one of the friends.
-And the Anzac Cookies, and the Tim Tam and …
– Without forgetting the meat pies –
-The best is the Floater Pie. It’s a meat pie that Ilota in a pea soup …

The Great Ocean Road, located a couple of hours from Melbourne, is a very special road. In fact, it is more than a road: it is a monument through which you can circulate. It was built by the soldiers who returned from the First World War in homage to those who did not return, and its value, therefore, goes beyond that of three hundred kilometers of asphalt. It goes from Barwon Heads to Warrnambool and was an unprecedented engineering job in the country. The twelve apostles stand out.

Canberra was that of a city where the hand of the designer is too noticeable, a toy city that has not grown like the old European cities, based on a superposition of elements arising from necessity, but has been born on the table of a architect, like an urbanization thought to the millimeter. The Olgas, located a few kilometers from the Uluru, are a set of thirty-six rocky domes, the highest of which measures 546 meters. His aboriginal name, Kata Tjuta -which means “many heads” -does not even painted, although it would not be out of place to make reference to enigmatic temples of a mysterious lost city. The five hundred kilometers from Alice Springs to Tennant Creek are absolute monotony: infinite lines, no trees, no accidents, nothing … Only with hundreds of dead kangaroos, some Road Train more than fifty meters long and four counted houses. One of these houses is the roadhouse of Wycliffe Well, a petrol station located about three hundred kilometers from Alice Springs that, in the absence of other incentives, has been awarded the title of “UFO Capital of Australia.”

It may be disappointing at first because of its lack of spectacularity, since a large part of the park is formed by an immense plain full of eucalyptus, with rivers and lakes half hidden. In this sense, the more than one hundred kilometers from the entrance to the park through Pine Creek to Cooinda are another exercise in patience. If you do not deviate from the road, the only thing you find on both sides is a wall of eucalyptus. There is no shocking reference like the Uluru or the Twelve Apostles. There is also no jungle that dazzles you by itself. Only the monotony of the eucalyptus forests. The Australians say that Darwin is “the door to Asia of Australia”. And they do not lie, since drug trafficking and illegal immigration come to their unpopulated shores. They also say that, geographically, it is closer to Vietnam than to Tasmania, which is evident in the multi-ethnic atmosphere that permeates its streets.

Queensland is the second largest state in Australia, “one girl told one of the agencies. It has about two million square kilometers and it would be very strange that you did not find what you are looking for. If you like surfing you can go to the southern part of the state. If you like scuba diving, to the north. If you want to see mines and livestock stations, go inside. There are few things in the world more wonderful than the barrier reef of Australia. They are more than two thousand kilometers of reefs in a strip that runs parallel to about fifty kilometers from the coast, from the Tropic of Capricorn to the Torres Strait. You can go from different points of the coast and the specialized companies have organized a service of fast catamarans that take you to platforms equipped for you to be enchanted by the coral and the fish that inhabit it.

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