New York, New York… — Javier Reverte / New York, New York… by Javier Reverte (spanish book edition)

Libro interesante. Una lectura amena y divertida. Te hace recordar varios sitios de NY, para los que son enamorados de la ciudad, es sin duda un libro que es agradable leer. Yo podría ser un “bicho raro” pero no soy un enamorado de Nueva York. El Midtown East es un barrio de vías anchas trazadas a cordel en donde engordan las palomas hurgando entre las basuras. Abundan en el área los bares. Me siento muy a gusto, particularmente, en el P. J. Clarke’s, en la esquina de la calle 55 con la Tercera Avenida, un local cuya fachada parece una estación de bomberos.

Nueva York duerme poco, sestea menos todavía y no hace mucho caso de los días festivos. En Nueva York hay un oficio singular en los barrios pudientes que podríamos llamar paseador de canes. Hay mucha gente rica que le gusta tener perrillo en casa pero no está dispuesta a sacarlo a la calle para que cague. En las grandes avenidas y los parques neoyorquinos abundan los «paseadores» de perros. A lo mejor sucede que parte de la grandeza de esta ciudad está en su sinsentido geográfico. Y tal vez en el mero hecho de que sus inviernos sean feroces y sus veranos insufribles. Si fuera una ciudad más amable, ¿nos fascinaría tanto? Lo bello tiene siempre algo de terrible, en la literatura, en la geografía y en las mujeres.
Manhattan es una isla, pero, en Manhattan, yo no me siento habitante de una isla, sino de un continente. Junto a Central Park, en el lado del suroeste, se abre la bonita plaza que llaman Columbus Circle, en homenaje a Colón, el «descubridor» del «nuevo» continente. Bajo la estatua alzada en su honor, reza una frase: «Christophorus Columbus, italiano residente en América».

Manhattan no es toda Nueva York, sino tan solo uno de los cinco barrios o condados de la ciudad. Los otros son Brooklyn, Queens —ambos situados en la ribera occidental de la enorme Long Island—, el Bronx y Staten Island. El número total de habitantes de la urbe es de unos ocho millones y medio, de los que cerca de dos viven en Manhattan. El Bronx se encuentra al norte de Manhattan, separado por el río Harlem. Al este de la ciudad, con el East River en medio, se tienden Queens y Brooklyn. Al sur, en el lugar de encuentro de los ríos East y Hudson, está la isla de Staten. La orilla derecha del río Hudson, en el oeste de Manhattan, es ya otro estado: New Jersey. Hay varios puentes que unen a Manhattan con los demás condados neoyorquinos. No hay ninguno, sin embargo, que cruce el Hudson hasta New Jersey desde Manhattan, aunque sí varios túneles bajo sus aguas.
Manhattan tiene, a su vez, muchas subdivisiones. La primera la establecen el Uptown (ciudad alta), el Midtown (ciudad media) y el Downtown (centro histórico). Arriba del todo, a las orillas del río Harlem, crecen el barrio del mismo nombre, habitado en su mayoría por afroamericanos, y las Washington Heights (alturas de Washington). En el Uptown, la zona más exclusiva de la ciudad, a la vera de Central Park, están el Upper West Side (el lado oeste), en donde vivió y murió John Lennon, y el Upper East Side (lado este), en donde toca el clarinete Woody Allen. En el Midtown, que es el corazón de Manhattan, se extiende la zona de los teatros, el barrio de Chelsea y otro hasta hace poco miserable que llaman «Hell’s Kitchen» (Cocina del Infierno), en donde se rodó el meloso musical West Side Story. En fin, en el Downtown se encuentran los bohemios East y West Village, el SoHo (antes un barrio de borrachos), el populoso y oloroso Chinatown, el Lower East, lo que queda de Little Italy, el barrio rehabilitado de TriBeCa —hoy feudo de los ricos—, lo que fuera el World Trade Center del trágico 11-S del año 2001 —hoy Zona Cero— y Wall Street, el centro financiero del mundo, con sus estrechas callejas y los gigantescos rascacielos que trepan hacia el espacio, quizá
ávidos de sol. En la punta sur de la isla, el pequeño Battery Park recuerda que allí nació Nueva York. Desde su orilla pueden contemplarse la estatua de la Libertad y la isla de Ellis, en donde desembarcaron los millones de emigrantes que viajaban desde Europa entre 1890 y 1954.
El vestíbulo de Grand Central Station es una suerte de catedral laica entregada al ajetreo diario de miles de hombres y mujeres que, cada día laborable, corren como hormigas desorientadas a hundirse en la megalópolis o a escapar de ella. Es un templo que exalta a los dioses del trabajo y la urgencia. Hasta hace unos años, la Central era, junto con la Pennsylvania Station —una maravilla ya derruida—, la base principal de comunicación de Nueva York con el resto del país: pero ahora solo se utiliza para las líneas que llevan a los arrabales.

En este barrio abundan los negocios ilegales y prospera el contrabando. No obstante, se han olvidado ya los días en que Chinatown era escenario de sangrientas luchas entre sociedades secretas rivales, las llamadas «tongs», que controlaban el juego, la trata de blancas (en su caso, supongo, amarillas) y los fumaderos de opio. Nueva York, en sus primeros siglos de vida, fue en buena parte un nido de mafias: irlandeses, italianos, chinos…
Chinatown tiene una ventaja para los viajeros que no les interesa China, te das una vuelta por este populoso barrio de Nueva York y ya sabes cómo son Shangai y Pekín sin necesidad de ir hasta allí.
Times Square es un lugar singular. La concentración de paneles de publicidad impide ver las fachadas de los edificios y es una explosión de neón como no hay igual en el mundo. Son paneles que se van sucediendo cambiando el mensaje publicitario, pues son tantas las empresas y espectáculos que quieren anunciarse aquí que no hay sitio al mismo tiempo para todos. En Times Square lo importante es aparecer, mostrarse, rendirse al imperio de la moda, a lo que por lo visto todo el mundo estaría obligado a poseer si quisiera dar sentido a su existencia.
Dicen que Nueva York no es América y a mí, que he viajado bastante por el país en años anteriores, me parece que es justo al revés: que es la ciudad más americana de todo el continente. Porque todas las culturas y credos han encontrado aquí un refugio de libertad, su patria común, lo cual ha dotado a la urbe de un espíritu tolerante.

Central Park no se parece a ningún parque que haya conocido. Recuerda algo a los parques ingleses, pero le falta ese toque elegante en su descuido que distingue, por ejemplo, al Hyde Park londinense. Y nada tiene que ver con la refinada geometría de los parisinos Monceau o Luxembourg. Tampoco guarda semejanza con el Retiro madrileño, en el que hay cierta influencia francesa. El Central tiene algo de salvaje. Si uno se adentra en sus pequeñas sendas, en algunos tramos caminará entre bosques silvestres, con la sensación en ocasiones de que cruza territorios inexplorados. «Central Park es todavía —dice el escritor Muñoz Molina, que por lo visto vive aquí cerca—, cuando cae la noche, el bosque primitivo en el que nadie se atreve a internarse, la región de oscuridad y de pánico en donde no es seguro que rijan las leyes humanas».
Harlem, no obstante, no muestra en ningún caso la opulencia de los barrios más al sur de la isla, los que rodean por el este y el oeste Central Park, o el Midtown, o la suntuosa TriBeCa y los bohemios —y no poco pijos— Village y SoHo. En Harlem abundan los locales de comida basura, horribles locales de las cadenas McDonald’s y Subway, fabricantes impunes de colesterol y diabetes, y no encuentras un restaurante japonés ni siquiera rezándole al Cristo de todas las sectas evangélicas, tan numerosas en el barrio. Los traseros de muchas afroamericanas de la zona dan fe de la cantidad de porquería que se come aquí.
También proliferan en Harlem las peluquerías de señoras y caballeros y los salones de belleza femeninos. Los domingos son los mejores días para pasear por Harlem: a muchos negros les encantan los colores vivos, los zapatos de charol, los sombreros llamativos y las flores en la solapa. Y todo Harlem, en los días festivos, parece vestirse de boda.

El country no pinta casi nada en Nueva York. Y tampoco apasiona demasiado el blues, una música surgida entre los esclavos de las plantaciones de algodón del Sur, al parecer por indicación del diablo, según afirmaba Robert Johnson, el rey de este ritmo.
A Nueva York hay que ponerle siempre de fondo un solo de trompeta de jazz sobre un asfalto empapado por la lluvia.

Washington Square es la antítesis de Times Square, la chabacana y más hortera plaza de Nueva York, en donde los jóvenes, que no paran de fotografiarlo todo con sus móviles, se sienten en el centro del mundo. Comparar Washington Square con Times Square es como poner frente a frente la plaza Mayor de Madrid con la Puerta del Sol, o la place des Vosges de París con L’Étoile. La riqueza de las ciudades reside en su íntima elegancia: en Washington Square vivió Henry James; en la place des Vosges, Victor Hugo, y en la madrileña plaza Mayor anduvo Cervantes peleando por conseguir un piso barato.

Nueva York es una ciudad que sabe renovarse. Uno la visita después de una ausencia de dos o tres años y ya no es la misma. Al pie de la High Line hay abierto un mercado de delicatessen en lo que fue en el siglo XIX una fábrica de galletas, en donde pueden encontrarse anchoas del Cantábrico, caviar de Irán, langostas del Maine y sashimis japoneses del mejor atún… El de Chelsea es un mercado para ricos, por supuesto. Pero en Nueva York ser rico no es pecado, aunque sí lo es la corrupción. Muchas veces me he preguntado, tanto en Madrid como en Nueva York, si el teléfono móvil es un poderoso medio de comunicación o una expresión de la soledad. Creo que más bien lo segundo. Y en Nueva York se acentúa esa idea en forma rotunda.
La mayor parte de los neoyorquinos andan a todas horas con el teléfono en la mano: lo sacan en el autobús y lo consultan; en los mostradores de los bares, los solitarios lo encienden y miran la pantalla embebidos (qué oportuna palabra) entre trago y trago; en las colas del supermercado, los clientes juegan con el aparato a quién sabe qué; cuando en las horas punta sale la gente en riada de las bocas de metro —en los subterráneos hay poca o casi ninguna cobertura— la mayoría enciende los portátiles y miran con ansiedad si han llegado mensajes o hay llamadas perdidas. Imagino anhelos frustrados cuando no hay mensaje, amores sin respuesta, deseos incumplidos, pasiones que se esfuman entre satélites.
La soledad crece en estos tiempos al mismo ritmo que se agigantan, se extienden y se popularizan los medios para comunicarse. Quizá porque ya no hay pretexto para el olvido.

Según la altura de sus calles, Nueva York se divide en tres áreas: Downtown, Midtown y Uptown. Y tomadas en vertical, hay dos zonas: East Side y West Side. La división entre el este y el oeste la marca, en casi toda la ciudad, la Quinta Avenida, algo así como la vértebra de Nueva York. En mitad de Manhattan, se encuentra el famoso Central Park, más o menos haciendo las veces de frontera entre el Midtown y el Uptown.
Además de eso, hay barrios que llevan nombres específicos, como TriBeCa, Chinatown, Little Italy, SoHo, West y East Village, Chelsea, Murray Hill, Hell’s Kitchen, Upper West Side y Upper East Side, Washington Heights… Brooklyn, Queens, el Bronx y Long Island forman parte de Nueva York, pero son espacios separados de Manhattan por el East River.
Entre Manhattan y el sur de Queens hay una isla habitada, Roosevelt, un distrito que pertenece a Manhattan. Y entre Manhattan y el norte de Queens, otras dos islas: Randall’s y Wards.
Para unir Manhathan con el barrio de Brooklyn (que, por cierto, es parte de un gigantesco territorio isleño llamado Long Island, con más de tres mil quinientos kilómetros cuadrados), hay tres puentes: el que se tiende más al sur, el de Brooklyn, y siguiendo hacia el norte, los de Manhattan y Williamsburg. De Manhattan a Queens, tan solo dos, el Queensboro, que atraviesa de camino la isla de Roosevelt, y el Triborough, que cruza las islas de Randall’s y Wards. Y entre Manhattan y el Bronx, cuatro que llevan el mismo nombre: Robert F. Kennedy.
Por lo general, las líneas de metro van de norte a sur y de este a oeste. Las primeras se reconocen por números y las segundas por letras. En cuanto a los autobuses, a menudo es lo mismo: líneas en horizontal y vertical, con frecuencia luciendo el mismo número de la calle que recorren. Hay también servicios de ferris, una estupenda manera de conocer Manhattan. Manhattan es una isla tejida en hormigón, acero y vidrio, pero es también una ciudad verde. No hablo ahora de Central Park, su corazón vegetal, sino de muchos espacios de arboleda, hierba y flores que se esconden entre los grandes edificios y en los que los neoyorquinos disfrutan, cuando asoma el sol, sentándose a comer el emparedado del mediodía. Hay decenas de pequeños parques que por la noche se cierran con un sólido candado en la verja. Los encuentras en las proximidades de los ríos, como el Sutton Place Park, arriba del Midtown, sobre el East River, que no llegarán a medir mucho más de los quinientos metros cuadrados. Y los hay estrechos y largos, como el Riverside Park, que durante varios kilómetros corre junto a las orillas del Hudson. Los atardeceres, desde allí, cuando el sol cae a las espaldas de New Jersey, ofrecen una belleza dulce que puede resultar algo empalagosa si el día es muy luminoso y el río toma un color acerado. Desde el Bryant Park, se desciende por la Quinta Avenida hasta la calle 26, en donde el Madison Square Park se encoge bajo la presencia de dos imponentes rascacielos rematados por cúpulas doradas, con aire de catedrales bizantinas: el Met Life Tower y el New York Life Building, que refulgen como dos soberbias gemas de otras edades, o incluso de otros universos, en las noches neoyorquinas.
El parque es un espacio oscuro, de arboledas apretadas, como si fuera un bosque pluvioso, donde se ve gente nada más que en el ángulo que da a Broadway, en el esquinazo donde se alza esa bella extravagancia arquitectónica en forma de triángulo isósceles que es el Flatiron. El Madison parece un parque embrujado al que se le guarda respeto y temor. El Empire State también asoma su aguja por el lado norte de la arboleda.

En cuanto a los millonarios, al contrario que en otros países de Europa, aquí no se esconden, sino que les gusta brillar en sociedad y hacer historia. En Estados Unidos, ocupan, en cierto modo, el papel de monarcas sin corona: como los reyes, no son elegidos y su poder, salvo que se arruinen, no tiene fecha de caducidad, al contrario que los presidentes; además de eso, su fortuna, lo mismo que el título de soberano, es hereditaria. No es casual, creo yo, que las grandes familias millonarias de América —y en particular de Nueva York— usen palitroques latinos para distinguir a los fundadores y a los continuadores de las dinastías del dinero: por ejemplo y ya que hablamos de ellos, los Rockefeller, que han sido y son John Davison Rockefeller I, John Davison Rockefeller júnior II, John Davison Rockefeller III y John «Jay» Davison Rockefeller IV.

A Nueva York viene mucha gente con hambre de encontrarse con sus mitos, sobre todo con los mitos del cine, que son los principales de nuestro tiempo. Porque esta es una ciudad de esencia cinematográfica. La pisas por vez primera, te das una vuelta por la Quinta Avenida y la ves tan familiar como la calle principal de tu pueblo o la gran vía de tu ciudad. Lo único que resulta extraño, al rato de pasearla, es no haberte topado en el camino con Dustin Hoffman o Danny DeVito o Andy García. Pero el vaho de las alcantarillas, el perfil del Empire State, el aire de gigantesco escualo del puente de Brooklyn y la zona de los teatros de Broadway forman parte indeleble de nuestro imaginario. En la ciudad abundan los llamados «bares de ostras» y el Grand Central Oyster Bar, que es una institución en Manhattan, presume de tener la mayor variedad del mundo en estos deliciosos bivalvos. De modo que se encuentra en los sótanos de la estación, debajo del hermosísimo vestíbulo ornado de mármoles y vidrieras.

Uno de los lugares más peculiares de Nueva York es la isla de Roosevelt, un pedazo de tierra de poco más de tres kilómetros de longitud y doscientos cincuenta metros en su lugar más ancho, que se tiende, con la forma de una salchicha, sobre las aguas del East River, entre Manhattan y Queens. En principio, por el olor: la isla de Roosevelt huele a mar y sargazos, cosa rara a la vera de un río, por cierto, mientras que en Manhattan el aroma que predomina es el de esas horribles salsas que cocinan en los carritos ambulantes de comida. Y en segundo lugar, por el tráfico: no hay otro autobús que el que hace un recorrido en forma elíptica por sus orillas.
A Roosevelt se puede llegar desde Manhattan de tres maneras: en un largo viaje en coche que se inicia cruzando a Queens por el puente Queensboro, ascendiendo luego hacia el norte y tomando el puente de Roosevelt; por la línea de metro F, que cruza desde Manhattan y tiene una única parada en el centro de Roosevelt, y por medio del teleférico que parte de la calle 59 de Manhattan en su cruce con la Segunda Avenida.

El Museo Metropolitano de Nueva York, el Met, en donde se exhibe la mayor colección de obras de arte de la ciudad de un período que cubre desde la Antigüedad hasta el siglo XX, no alcanza a ser el Prado, ni el Hermitage, ni el Louvre, ni el British Museum. Pero no hay duda de que se trata del quinto en el escalafón. Y en arte asiático y, desde luego, en culturas de Oceanía, sin duda es el primero. Hay en el Met un apreciable catálogo de obras de Rembrandt, Goya, Velázquez, el Greco, los renacentistas italianos, Matisse, Picasso, Van Gogh y, entre ellos, varias joyas singulares de las que rescato algunas: los retratos velazqueños del conde duque de Olivares y del mulato Juan de Pareja, los autorretratos de Van Gogh y Rembrandt, la picassiana Mujer de blanco, la goyesca corrida de toros lidiada a la vez en dos palenques y un Sorolla que representa a unos niños bañándose en una playa alicantina. El Met mantiene, al mismo tiempo, una política muy audaz en exposiciones temporales y en ello creo que anda por delante de sus colegas europeos. En este museo siempre hay algo nuevo que ver.

The Cloisters se encuentran situados en una colina en el extremo norte de Manhattan, muy próximos al anchuroso río Hudson. El edificio tiene las trazas de un convento medieval europeo, aunque fue realizado por el arquitecto americano Charles Collens y costeado por el archimillonario John D. Rockefeller, y le rodean unas veinte hectáreas de bosque. Dentro del recinto, traídos piedra a piedra desde Europa, fueron reconstruidos y mezclados al arbitrio de Collens varias capillas y claustros datados entre los siglos XII y XV y que proceden de Francia y España. De modo que, al recorrerlos, el visitante puede toparse, por ejemplo, con el ábside de una iglesia de Burdeos, cuyo altar preside un Cristo traído de Dijon, mientras que las vidrieras provienen de Palencia y los frescos de León. Quiere decirse que, en The Cloisters, nada es verdadero sin dejar de serlo, todo a la postre es una creación con cierto espíritu de Walt Disney, pero con una total apariencia de verosimilitud. Prospect Park es un bello espacio natural planeado como un remedo de Central Park, aunque mucho más pequeño. Y en un día laborable, casi vacío de gente, resulta muy agradable pasear por allí. Si el tiempo es además otoñal, con sol dulce y aire tibio, y si la noche anterior ha sido luna llena, la sensualidad te envuelve sin remedio. Flatiron, el primer y más original rascacielos de la ciudad.

Hell’s Kitchen expresa hoy algo sustancialmente neoyorquino: su constante transformación. Nueva York es como el río de Heráclito: nunca te bañas dos veces en el mismo Nueva York. O dicho con ánimo todavía más metafísico, también en la onda del presocrático filósofo de Éfeso: nada es permanente en Nueva York, todo cambia.
Hace unos días leí en un periódico de la ciudad:
A propósito de Nueva York: donde quiera que usted viva, la vecindad siempre está cambiando. Un enclave italiano se convierte en senegalés; un histórico barrio afroamericano comienza a atraer a los profesionales blancos. Y los acentos y los ritmos también se transforman; los aromas pasan de ser especiados a vegetales. La transformación es a veces lenta, y otras, vertiginosa. Pero siempre hay un sentido de pérdida entre la gente que se queda atrás, preguntándose qué ha sucedido con un vecindario que una vez consideró como propio.

En Nueva York, Broadway es inevitable, tarde o temprano te tropiezas con ella. Es una calle sinuosa, la única avenida que no está trazada en línea recta, y recoge el perfume de todas las almas que alberga Manhattan, la ciudad de las mil almas.

Libros del autor comentados en el blog:

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Interesting book. A fun and entertaining reading. It makes you remember several NY sites, for those who are in love with the city, it is certainly a book that is nice to read. I could be an alien, I ain’t a lover from N.Y. The Midtown East is a neighborhood of wide roads traced by string where the pigeons fatten by scavenging among the garbage. The bars abound in the area. I feel very comfortable, particularly in Fr. J. Clarke’s, on the corner of 55th Street and Third Avenue, a place whose facade looks like a fire station.

New York sleeps little, is less still and does not pay much attention to the holidays. In New York there is a singular trade in wealthy neighborhoods that we could call dog walkers. There are many rich people who like to have a dog at home but are not willing to take it out to the street to shit. The “walkers” of dogs abound in the great avenues and parks of New York. Maybe it happens that part of the greatness of this city is in its geographical nonsense. And perhaps in the mere fact that their winters are fierce and their summers unbearable. If it were a friendlier city, would it fascinate us so much? Beauty always has something terrible about it, in literature, in geography and in women.
Manhattan is an island, but in Manhattan, I do not feel like an inhabitant of an island, but of a continent. Next to Central Park, on the southwest side, the beautiful square called Columbus Circle opens, in homage to Columbus, the “discoverer” of the “new” continent. Under the statue raised in his honor, a phrase reads: «Christophorus Columbus, Italian resident in America».

Manhattan is not all of New York, but only one of the five neighborhoods or counties of the city. The others are Brooklyn, Queens – both located on the western bank of the huge Long Island -, the Bronx and Staten Island. The total number of inhabitants of the city is about eight and a half million, of which about two live in Manhattan. The Bronx is located north of Manhattan, separated by the Harlem River. East of the city, with the East River in between, Queens and Brooklyn tend. To the south, at the meeting point of the East and Hudson rivers, is Staten Island. The right bank of the Hudson River, in western Manhattan, is already another state: New Jersey. There are several bridges that connect Manhattan with the other New York counties. There is none, however, that crosses the Hudson to New Jersey from Manhattan, although several tunnels under its waters.
Manhattan has, in turn, many subdivisions. The first is established by Uptown (upper city), Midtown (middle city) and Downtown (historic center). Above all, on the banks of the Harlem River, grow the neighborhood of the same name, inhabited mostly by African Americans, and Washington Heights (Washington Heights). In Uptown, the most exclusive area of ​​the city, on the edge of Central Park, are the Upper West Side (the west side), where John Lennon lived and died, and the Upper East Side (east side), where plays the clarinet Woody Allen. In Midtown, which is the heart of Manhattan, extends the area of ​​theaters, the neighborhood of Chelsea and another until recently miserable they call “Hell’s Kitchen” (Hell’s Kitchen), where he filmed the musical melodic West Side Story Anyway, in the Downtown are the bohemians East and West Village, SoHo (formerly a drunken neighborhood), the populous and smelly Chinatown, the Lower East, what remains of Little Italy, the rehabilitated neighborhood of TriBeCa -now feudo of the rich – what was the World Trade Center of the tragic 11-S of the year 2001 – now Ground Zero – and Wall Street, the financial center of the world, with its narrow streets and the gigantic skyscrapers that climb towards the space, perhaps
Avid for sun At the southern tip of the island, the small Battery Park remembers that New York was born there. From its shore you can see the Statue of Liberty and Ellis Island, where the millions of emigrants who traveled from Europe between 1890 and 1954 disembarked.
The lobby of Grand Central Station is a kind of secular cathedral given to the daily hustle and bustle of thousands of men and women who, every weekday, run like disoriented ants to sink into the megalopolis or escape it. It is a temple that exalts the gods of work and urgency. Until a few years ago, the Central was, along with the Pennsylvania Station – a wonder already demolished -, the main communication base of New York with the rest of the country: but now it is only used for the lines that lead to the suburbs.

In this neighborhood illegal businesses abound and contraband prospers. However, the days when Chinatown was the scene of bloody fights between rival secret societies, the so-called “tongs”, which controlled the game, the trafficking of whites (in their case, I guess, yellow) and the smoking of opium. New York, in its first centuries of life, was largely a nest of mafias: Irish, Italians, Chinese …
Chinatown has an advantage for travelers who do not care China, you take a walk through this populous New York neighborhood and you know how are Shanghai and Beijing without going there.
Times Square is a unique place. The concentration of advertising panels prevents seeing the facades of buildings and is a neon explosion as there is no equal in the world. They are panels that are happening changing the advertising message, because there are so many companies and shows that want to advertise here that there is no place at the same time for everyone. In Times Square, the important thing is to appear, to show off, to surrender to the empire of fashion, to what apparently everyone would be obliged to possess if he wanted to give meaning to his existence.
They say that New York is not America and I, who have traveled a lot through the country in previous years, it seems to me that it is just the other way around: that it is the most American city in the whole continent. Because all cultures and creeds have found here a refuge of freedom, their common homeland, which has endowed the city with a tolerant spirit.

Central Park does not look like any park I’ve known. It remembers something to the English parks, but it lacks that elegant touch in its carelessness that distinguishes, for example, London’s Hyde Park. And it has nothing to do with the refined geometry of Parisian Monceau or Luxembourg. Nor does it bear any resemblance to the Madrid Retreat, in which there is a certain French influence. The Central has something of wild. If one goes into its small paths, in some sections it will walk among wild forests, with the sensation sometimes that it crosses unexplored territories. “Central Park is still,” says the writer Muñoz Molina, who apparently lives nearby, “when night falls, the primitive forest in which nobody dares to penetrate, the region of darkness and panic where it is not safe that rule human laws. ”
Harlem, however, does not show in any case the opulence of the southernmost neighborhoods of the island, those that surround the east and west Central Park, or the Midtown, or the sumptuous TriBeCa and the Bohemians – and not a little bit posh – Village and SoHo. In Harlem abound the junk food shops, horrible locals of the McDonald’s and Subway chains, manufacturers with cholesterol and diabetes, and you can not find a Japanese restaurant or even praying to the Christ of all the evangelical sects, so numerous in the neighborhood. The backs of many African-Americans in the area attest to the amount of crap that is eaten here.
Hairdressers of ladies and gentlemen and women’s beauty salons also proliferate in Harlem. Sundays are the best days to stroll through Harlem: many blacks love bright colors, patent leather shoes, flashy hats and flowers on the lapel. And all Harlem, on holidays, seems to dress up as a wedding.

Country does not paint almost anything in New York. And neither does the blues, a music born among the slaves of the cotton plantations of the South, very much in love, apparently at the devil’s suggestion, according to Robert Johnson, the king of this rhythm.
A jazz trumpet solo on a rain-soaked asphalt must always be played in New York.

Washington Square is the antithesis of Times Square, the bawdy and most tacky plaza in New York, where young people, who do not stop photographing everything with their cell phones, feel at the center of the world. To compare Washington Square with Times Square is like putting the Plaza Mayor of Madrid face to face with the Puerta del Sol, or the place des Vosges of Paris with L’Étoile. The richness of the cities lies in their intimate elegance: Henry James lived in Washington Square; In Place des Vosges, Victor Hugo, and in the Plaza Mayor, Cervantes fought to get a cheap flat.

New York is a city that knows how to renew itself. One visits after an absence of two or three years and is no longer the same. At the foot of the High Line there is a delicatessen market opened in what was in the 19th century a biscuit factory, where you can find Cantabrian anchovies, Iranian caviar, Maine lobsters and Japanese sashimis of the best tuna … Chelsea is a market for the rich, of course. But in New York, being rich is not a sin, although corruption is. Many times I have asked myself, both in Madrid and in New York, whether the mobile phone is a powerful means of communication or an expression of loneliness. I think rather the second. And in New York that idea is accentuated outright.
Most New Yorkers walk around the clock with the phone in their hands: they take him out on the bus and they consult him; at the bar counters, the loners turn it on and look at the screen embedded (what a timely word) between drinks and drinks; In the supermarket queues, customers play with the device to who knows what; when in the rush hours people come out in a flood of the subway mouths -in the underground there is little or almost no coverage- most turn on the laptops and watch anxiously if messages have arrived or there are missed calls. I imagine frustrated yearnings when there is no message, love without response, unfulfilled desires, passions that disappear between satellites.
Loneliness grows in these times at the same pace as the means to communicate grow and spread and popularize. Maybe because there is no longer any excuse for forgetting.

According to the height of its streets, New York is divided into three areas: Downtown, Midtown and Uptown. And taken vertically, there are two zones: East Side and West Side. The division between east and west marks it, in almost the entire city, Fifth Avenue, something like the vertebra of New York. In the middle of Manhattan, is the famous Central Park, more or less acting as a border between Midtown and Uptown.
On top of that, there are neighborhoods that carry specific names, such as TriBeCa, Chinatown, Little Italy, SoHo, West and East Village, Chelsea, Murray Hill, Hell’s Kitchen, Upper West Side and Upper East Side, Washington Heights … Brooklyn, Queens, The Bronx and Long Island are part of New York, but they are separate spaces of Manhattan by the East River.
Between Manhattan and South Queens there is an inhabited island, Roosevelt, a district that belongs to Manhattan. And between Manhattan and North Queens, two other islands: Randall’s and Wards.
To link Manhathan with the Brooklyn neighborhood (which, by the way, is part of a gigantic island territory called Long Island, with more than three thousand five hundred square kilometers), there are three bridges: the one that lies more to the south, the one in Brooklyn , and continuing to the north, those of Manhattan and Williamsburg. From Manhattan to Queens, only two, the Queensboro, which crosses the island of Roosevelt, and the Triborough, which crosses the islands of Randall’s and Wards. And between Manhattan and the Bronx, four that bear the same name: Robert F. Kennedy.
In general, the subway lines go from north to south and from east to west. The first ones are recognized by numbers and the second ones by letters. As for buses, it’s often the same: horizontal and vertical lines, often sporting the same street number they run. There are also ferry services, a great way to get to know Manhattan. Manhattan is an island woven of concrete, steel and glass, but it is also a green city. I do not speak now of Central Park, its vegetal heart, but of many spaces of grove, grass and flowers that hide between the great buildings and in which the New Yorkers enjoy, when the sun rises, sitting down to eat the sandwich of the noon. There are dozens of small parks that close at night with a solid lock on the fence. You find them in the vicinity of rivers, such as Sutton Place Park, above Midtown, on the East River, which will not measure much more than five hundred square meters. And there are narrow and long, like Riverside Park, which for several kilometers runs along the banks of the Hudson. The sunsets, from there, when the sun falls to the back of New Jersey, offer a sweet beauty that can be somewhat cloying if the day is very bright and the river takes a steely color. From Bryant Park, go down Fifth Avenue to 26th Street, where Madison Square Park shrinks under the presence of two towering skyscrapers topped by golden domes, with the air of Byzantine cathedrals: the Met Life Tower and the New York Life Building, that shine like two superb gems of other ages, or even of other universes, in the New York nights.
The park is a dark space, with tight groves, as if it were a rain forest, where people can see nothing but the angle that faces Broadway, in the corner where that beautiful architectural extravagance in the shape of an isosceles triangle is rising. the Flatiron. The Madison looks like a haunted park that is guarded respect and fear. The Empire State also shows its needle on the north side of the grove.

As for the millionaires, unlike in other European countries, they do not hide here, but they like to shine in society and make history. In the United States, they occupy, in a certain way, the role of monarchs without a crown: like the kings, they are not elected and their power, unless ruined, has no expiration date, unlike the presidents; besides that, his fortune, like the title of sovereign, is hereditary. It is not by chance, I believe, that the great millionaire families of America -and in particular of New York- use Latin palitroques to distinguish the founders and the continuators of the money dynasties: for example, and as we talk about them, the Rockefellers , who have been and are John Davison Rockefeller I, John Davison Rockefeller Junior II, John Davison Rockefeller III and John “Jay” Davison Rockefeller IV.

Many people come to New York hungry to find their myths, especially with the myths of cinema, which are the main ones of our time. Because this is a city of cinematic essence. You step on it for the first time, you take a walk around Fifth Avenue and you see it as familiar as the main street of your town or the great street of your city. The only thing that is strange, after a while, is not to have stumbled on the road with Dustin Hoffman or Danny DeVito or Andy Garcia. But the gust of the sewers, the profile of the Empire State Building, the air of gigantic sharks of the Brooklyn Bridge and the area of ​​the Broadway theaters form an indelible part of our imagination. There are many so-called “oyster bars” in the city, and the Grand Central Oyster Bar, which is an institution in Manhattan, boasts the world’s greatest variety in these delicious bivalves. So it is in the basements of the station, under the beautiful lobby decorated with marbles and stained glass.

One of the most peculiar places in New York is the island of Roosevelt, a piece of land little more than three kilometers long and two hundred and fifty meters in its widest place, which is laid, in the shape of a sausage, on the waters of the East River, between Manhattan and Queens. In principle, because of the smell: the island of Roosevelt smells of sea and sargasso, a rare thing on the side of a river, by the way, while in Manhattan the aroma that predominates is that of those horrible sauces that cook in the traveling carts of food. And secondly, by traffic: there is no other bus than the one that makes an elliptical route along its banks.
Roosevelt can be reached from Manhattan in three ways: on a long car journey that begins by crossing Queens through the Queensboro Bridge, then ascending north and taking the Roosevelt Bridge; by the subway line F, which crosses from Manhattan and has a single stop in the center of Roosevelt, and by means of the cable car that departs from 59th Street in Manhattan at its junction with Second Avenue.

The Metropolitan Museum of New York, the Met, where the largest collection of works of art in the city is exhibited from a period that covers from Antiquity to the 20th century, does not reach the Prado, the Hermitage, or the Louvre, nor the British Museum. But there is no doubt that it is the fifth in the ranks. And in Asian art and, of course, in Oceanian cultures, it is undoubtedly the first. There is in the Met an appreciable catalog of works by Rembrandt, Goya, Velázquez, El Greco, the Italian Renaissance, Matisse, Picasso, Van Gogh and, among them, several unique gems from which I rescue some: the Velazquez portraits of the Count Duke of Olivares and the mulatto Juan de Pareja, the self-portraits of Van Gogh and Rembrandt, the Picasso woman in white, the goyesca bullfight, fought at the same time in two palenques and a Sorolla that represents some children bathing in a beach in Alicante. The Met maintains, at the same time, a very bold policy in temporary exhibitions and in this I believe that it is ahead of its European colleagues. In this museum there is always something new to see.

The Cloisters are located on a hill at the north end of Manhattan, very close to the broad Hudson River. The building has the traces of a European medieval convent, although it was made by the American architect Charles Collens and paid for by the arch-billionaire John D. Rockefeller, and surrounded by twenty hectares of forest. Inside the enclosure, brought stone by stone from Europe, several chapels and cloisters dating from the 12th and 15th centuries and originating from France and Spain were rebuilt and mixed at the discretion of Collens. So, when visiting them, the visitor may encounter, for example, the apse of a church in Bordeaux, whose altar presides over a Christ brought from Dijon, while the stained glass windows come from Palencia and the frescoes from León. It means that, in The Cloisters, nothing is true without ceasing to be true, all in the end it is a creation with a certain Walt Disney spirit, but with a total appearance of plausibility. Prospect Park is a beautiful natural space planned as an imitation of Central Park, although much smaller. And on a working day, almost empty of people, it is very pleasant to walk around there. If the weather is also autumnal, with sweet sun and warm air, and if the previous night was full moon, the sensuality surrounds you without remedy. Flatiron, the first and most original skyscraper in the city.

Hell’s Kitchen expresses today something substantially New York: its constant transformation. New York is like the river of Heraclitus: you never bathe twice in New York itself. Or said with an even more metaphysical mood, also in the wave of the prescientist philosopher of Ephesus: nothing is permanent in New York, everything changes.
A few days ago I read in a newspaper in the city:
About New York: Wherever you live, the neighborhood is always changing. An Italian enclave becomes Senegalese; A historic African-American neighborhood begins to attract white professionals. And the accents and rhythms are also transformed; the aromas go from being spiced to vegetables. The transformation is sometimes slow, and sometimes dizzying. But there is always a sense of loss among people who are left behind, wondering what has happened to a neighborhood that they once considered their own.

In New York, Broadway is inevitable, sooner or later you trip over it. It is a sinuous street, the only avenue that is not drawn in a straight line, and collects the perfume of all the souls that houses Manhattan, the city of a thousand souls.

Many other books by Javier Reverte commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/17/un-otono-romano-javier-reverte-a-roman-autumn-by-javier-reverte-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/16/canta-irlanda-javier-reverte-singing-ireland-by-javier-reverte-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2014/04/22/la-aventura-de-viajar-javier-reverte/

https://weedjee.wordpress.com/2014/04/20/los-caminos-perdidos-de-africa-javier-reverte-fin-trilogia/

https://weedjee.wordpress.com/2014/04/19/el-rio-de-la-luz-javier-reverte/

https://weedjee.wordpress.com/2013/06/27/venga-a-nosotros-tu-reino-javier-reverte/

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