El Señor Mee — Andrew Crumey / Mr. Mee by Andrew Crumey

El Sr. Crumey ha escrito una historia extraña. Los capítulos rebotan desde un anciano académico a dos pobres parisinos que necesitan encontrar una manera de ganarse la vida, un profesor en una pequeña universidad y su enfermedad e infidelidad. Estas personas están vinculadas entre sí por la casualidad de que los dos compañeros son parte de un misterio que se desarrolló alrededor del escritor Voltaire. El anciano quiere escribir un artículo sobre alguna enciclopedia en la que se mencione o se asocie de alguna manera. Los dos compañeros son los sujetos de su investigación. El profesor ha estudiado a esos mismos dos compañeros y su lugar en la historia.
La mejor parte de la historia es la interacción del viejo y el mundo fuera de su casa. Está tan aislado del mundo exterior que apenas sabe que hay dos partes en la especie, macho y hembra. También me gustó el discurso sobre ‘¿por qué escribir?’ Es la penúltima idea de que yo y la mayoría de los demás tenemos quienes queremos ser creativos y escribir, pero no tenemos ninguna razón para hacerlo sino su propia satisfacción.
La historia está escrita de una manera muy interesante: el Sr. Crumey comienza a escribir sobre una situación en la que se encuentra un personaje, luego sigue sus pensamientos y desarrolla su historia, o causa y efecto, o lo que no, luego lo regresa al personaje y La situación original. Parece como si perdiera el rastro de dónde está en la historia, pero siempre termina explicando y desarrollando la historia aún más si simplemente la contara correctamente. Parece que está un poco perdido o perdido, mientras está leyendo, pero siempre siente que el Sr. Crumey sabe muy bien lo que está haciendo, así que solo sigue y disfruta la lectura.

Esta novela trata con grandes preguntas. ¿Cuál es exactamente el vínculo entre Rousseau, Internet y Jimmy Shand (un conocido acordeonista escocés)? ¿Y es el fuego una forma de vida?
Andrew Crumey es uno de un nuevo tipo de escritores británicos, más interesados ​​en una tradición ejemplificada por Borges, Calvino, Barthelme y Kundera, que otro estudio suburbano de la vida cotidiana de las personas monótonas. (Dan Rhodes es otro escritor de esta manera) En las reseñas en otras partes de estas páginas he hecho referencia a su lugar dentro de esta costura de la escritura, la novela de ideas.
Crumey es un modelo ejemplar en este sentido. Sus novelas anteriores incluyen Música en un idioma extranjero (una mirada calvinoesca a la ficción y al amor); Pfitz; y el Principio de D’Alembert (los dos últimos libros en un tríptico poco relacionado con la memoria, la razón y la imaginación que concluye esta novela). En esta novela hay ecos de estas obras anteriores a lo largo, y sus temas, y algunos de los personajes e ideas, impregnan esta nueva novela. Y como esas obras anteriores esta novela es una caja china. Esta vez hay tres narrativas de interconexión: la propia introducción de Mee a Internet y la Enciclopedia de Rosier; la historia de dos copistas que perturban el retiro pacífico de Jean Jacques Rousseau (Ferrand y Minard, dos personajes mencionados fugazmente en las Confesiones de Rousseau, que tienen algo del hombre de Porlock de ellos); y la confesión de un académico que estudia la ficción francesa del siglo XVIII. Las hebras se unen maravillosamente.
La ficción de Crumey aprovecha la rica fuente del pensamiento filosófico francés del siglo XVIII (así como las variantes modernas). Sin embargo, referirse a esto da una impresión engañosa de la novela. Su trabajo es inteligente, pero su intelecto se usa a la ligera. Las novelas te ponen a pensar. Pero, lo más importante, Andrew Crumey es muy divertido. Al igual que sus novelas anteriores, esto es ingenioso y encantador.
Andrew Crumey se pone mejor y mejor.

Mr. Crumey has written an odd story. The chapters bounce from an old, academic man, to two poor Parisian men who need to find a way to earn some subsistance, a lecturer at a small college and his disease and unfaithfulness. These folks are tied to each other by the happenstance of the two fellows are part of a mystery that evolved around the writer Voltaire. The old man wants to write an article about some encyclopedia that they are mentioned in or are associated with somehow. The two fellows are the subjects of his inquiry. The lecturer has studied those same two fellows and their place in history.
The best part of the story is the interplay of the old fellow and the world outside his house. He is so insulated from the world outside that he barely knows that there are two parts to the species, male and female. I also enjoyed the discourse on ‘why write?’ It is the penultimate notion that I and most others have who want to be creative and write, but have no reason to do so but their own satisfaction.
The story is written in a very interesting way: Mr. Crumey starts to write about one situation a character is in, then follows his thoughts and develops their history, or cause and effect, or what not, then brings you back to the character and the orginal situation. It seems as if he loses track of where he is in the story, but he always ends up explaining and developing the story further then if he just told it straight. It does seem to be a bit off, or lost, while you are reading, but always feel like Mr. Crumey knows very well what he is doing, so you just follow and enjoy the reading.

This novel deals with big questions. What exactly is the link between Rousseau, the internet, and Jimmy Shand (a well known Scottish accordion player)? And is fire a lifeform?
Andrew Crumey is one of a new type of British writers, more interested in a tradition exemplified by Borges, Calvino, Barthelme, and Kundera, than another suburban study of the humdrum lives of humdrum people. (Dan Rhodes is another writing in this way) In reviews elsewhere on these pages I have made reference to his place within this seam of writing, the novel of ideas.
Crumey is an exemplary model in this regard. His previous novels include Music in a foreign language (a Calvinoesque look at fiction and love); Pfitz; and D’Alembert’s Principle (the latter two books in a loosely related triptych on memory, reason, and imagination concluded by this novel). In this novel there are echoes of these earlier works throughout, and their themes, and some of the characters and ideas, permeate this new novel. And like those previous works this novel is a Chinese box. This time there are three interlinking narratives – Mr Mee’s own introduction to the internet and Rosier’s Encyclopaedia; the story of two copyists that disturb Jean Jacques Rousseau’s peaceful retreat (Ferrand and Minard, two characters referred to fleetingly in Rousseau’s Confessions, that have something of man of Porlock of them); and the confession of an academic studying eighteenth century French fiction. The strands come together wonderfully.
Crumey’s fiction taps the rich source of eighteenth century French philosophical thinking (as well as modern variants). However, to refer to this gives a misleading impression of the novel. His work is clever, but his intellect is worn lightly. The novels set you thinking. But, most importantly, Andrew Crumey is very funny. Like his previous novels this is witty and charming.
Andrew Crumey gets better and better.

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