Canta Irlanda — Javier Reverte / Singing Ireland by Javier Reverte (spanish book edition)

Los libros de este autor son todos interesantes y este no es una excepción, cm bien comenta a Irlanda la diferencia, sobre todo, la idea o los sentimientos que los irlandeses tienen sobre su patria y sobre sí mismos. Y que esa emoción o idea se expresa sobre todo en forma lírica. A las naciones no las significan tan sólo su historia, su geografía y sus gentes, sino también sus mitos, su poesía, su música, sus canciones y, en el caso irlandés, el peso que la leyenda tiene sobre la realidad. Siento que Irlanda es el país europeo donde se aman los mitos con más fuerza que los hechos probados. Irlanda no ha cesado de cantarse a sí misma. Y lo ha hecho en baladas que tienen el aire de antiguos romances o de cantares de ciego y en donde a menudo aparecen personajes que no son propiamente históricos, sino nacidos de las leyendas populares: como ese muchacho descarriado, ese «Wild Rover» que se echa a la mala vida y al alcohol y al fin regresa a casa arrepentido; o como la dulce Molly Malone que vendía almejas y mejillones en las calles de Dublín y un día murió de fiebres…
Exporta al mundo miles de curas y monjas y millones de litros de cerveza negra, que presume de tener uno de los índices más bajos de suicidios de la Unión Europea, que nunca ha invadido a nadie y que ha sido tantas veces invadida (por vikingos, normandos y, sobre todo, ingleses, que se quedaron un buen rato), donde sus habitantes beben hasta el delirio Guinness y whiskeys, gentes que prefieren la carne al pescado, las patatas a las verduras, y que aman los cisnes, los caballos y a los poetas. En su bandera nacional no hay feroces águilas ni leones, tan sólo una delicada arpa gaélica.

San Patricio, el patrón de Irlanda, fue un gran santo. Se dice que en el 432 d.C. llegó desde el continente a cristianizar la tierra salvaje de Éire, el último territorio europeo antes de ese océano feroz que era el Atlántico. Como los romanos no habían puesto el pie en Irlanda, ya que se detuvieron en Inglaterra peleando contra la reina Boadicea, el pobre Patricio no tenía manera de entenderse con los nativos, y mucho menos de convertirles a la fe de Cristo. Entonces ideó un truco: se fabricó una garrota imponente y, a palo limpio, no dejó una serpiente en toda la isla. Eso pareció conmover los tiernos corazones de los salvajes irlandeses de aquellos años. Pero el milagro no fue suficiente como para que permitieran ser evangelizados.
Patricio se puso a pensar qué hacer y, mientras, observaba con detenimiento a los indígenas para descubrir qué era lo que más les complacía. Y reparó enseguida en que su afición favorita era beber. Pero ingerían unos terribles brebajes producidos por la fermentación de plantas raras que provocaban enormes dolores de cabeza, ataques de locura y, a veces, peleas colectivas en las que intervenían cientos de personas dándose de palos con mazas y bastones.
Y en ese momento cayó en la cuenta de que, en el fondo de su bolsa de viaje, llevaba un alambique fabricado en Europa. Lo sacó, lo puso a calentar y pidió a los nativos que le trajeran granos de centeno. Cuando el licor estuvo listo, lo dio a beber a los naturales. Y éstos quedaron tan encantados que, en lugar de luchar, se pusieron a cantar cogidos por los hombros. Patricio siguió destilando mientras los otros le enseñaban gaélico y bebían y cantaban. Y Patricio bautizó a su bebida como «Uisce Beatha» (agua de la vida), término que se simplificó hasta quedar en «fuisce» y que, con el paso de los años, derivó en whiskey. Luego, los escoceses copiaron la fórmula y le quitaron la «e» al nombre de la bebida, dejándolo en whisky. Como habrá adivinado el lector, la anterior es una leyenda inventada por mí, pues los irlandeses se toman muy en serio a san Patricio. Pero mi leyenda tiene origen en dos mitos del país: que san Patricio expulsó a todas las serpientes de Irlanda y que introdujo el alambique en la isla. La realidad es otra, pues nunca hubo serpientes en la isla y el whiskey se produjo por primera vez en Irlanda, destilado por unos monjes, en el año 1405. La catedral de San Patricio, que se alza en una pequeña hondonada al sudoeste del centro de Dublín, es un templo gótico, grisáceo, robusto y hierático. Impone, sin duda. Contra lo que muchos creen, no es una catedral católica, sino protestante, o dicho de otro modo: la sede principal de la Iglesia de Irlanda, independiente de la anglicana. Porque en la República de Irlanda, también contra lo que muchos creen, la minoría protestante y la mayoría católica casi siempre han vivido en armonía, al menos desde el siglo XVIII. E incluso, muchos de los grandes patriotas de la causa de la independencia y muchos escritores eran protestantes. Por ejemplo: Wolfe Tone y John Mitchel, y William Yeats y Samuel Beckett. Lo que ocurre es que los Troubles del Ulster —los conflictos de Irlanda del Norte durante los años 60, 70 y los 80— crearon la idea de que existe un conflicto secular entre católicos y protestantes en Irlanda. Y no es así. En el Norte, lo que existe es un hondo conflicto social teñido de religión.

El McDaids es un pub pequeño y viejo donde las fotos de Behan adornan las paredes. También asoma Joyce en alguna, cómo no. Porque Joyce era un imponente bebedor. Y cerca aparece la de otro ilustre borrachín, al mismo tiempo que estupendo poeta y dramaturgo: Patrick Kavanagh. Entre Dalkey y Killeney, el DART marcha colgado de un acantilado sobre el mar. Daba vértigo mirar hacia fuera. Poco después, al fondo de la bahía azulada de Bray, Cuando se hace la noche en la zona de Temple Bar, hervía de vida. Con las tabernas atestadas y abiertas a la calle, cerca de la medianoche, y la música irlandesa atronando desde el interior de ls pubs. Para ahuyentar las resacas no hay nada más indicado que un paseo al aire libre. Y mejor si es bajo la lluvia. De modo que, encapuchado y encogido bajo el chubasquero, caminé Parnell Avenue arriba hasta llegar a lo que llaman Garden of Remembrance («Jardín de la Memoria»), una suerte de escenario que honra a los muertos del alzamiento de Pascua, el movimiento que dio origen a la independencia irlandesa. En el centro del jardincillo hay un monumento horroroso dedicado «a todos los que dieron su vida por la causa de la democracia en 1916». Se trata de un conjunto escultórico que representa a dos hombres y una mujer que van muriendo lentamente y, sobre ellos, alzan vuelo unos cisnes con los picos apuntando hacia el cielo. Desde Parnell, rumbo a O’Connell y hasta llegar al puente sobre el río Liffey, todo es patria, pura patria. Siglos de ser humillada por los invasores han hecho de Irlanda un país cargado de pasión nacionalista: pese a quien pese, incluso a pesar de los intelectuales irlandeses, por lo general apartados del nacionalismo. Sobre el techo del GPO (Central de Correos) se alzan tres estatuas, y en la del centro es fácil de reconocer a la diosa griega Palas Atenea, símbolo de la sabiduría y de la guerra. ¡Qué mejor diosa para Irlanda! La estatua lleva casco y lanza, como la clásica Atenea; pero en lugar del escudo, sostiene con la mano izquierda un arpa gaélica.
No hay dublinés que no haya pasado frente al GPO al menos una vez en su vida para rendir homenaje a los desdichados padres de la patria. Temple es un área muy turística de la ciudad, peatonal en su mayor parte y llena de pubs y restaurantes. En el Gogarty muchos turistas japoneses, alemanes, australianos…

El pueblo (Westport), situado en el condado de Mayo, tiene unos seis mil habitantes, ha sido considerado durante cuatro años el más limpio (tidy) de Irlanda, y en este 2012 ha ganado el título del lugar con mayor calidad de vida del país. La pequeña villa, situada al norte de Connemara y Galway y al sudeste de la isla de Achill, se tiende a una milla y media de la bahía de Clew y está bien comunicada con Dublín. El pueblo guarda una gran armonía en sus edificaciones, casas de estilo georgiano de dos plantas, con una ancha plazuela, el Octagon, siempre alegre por los vivos colores que le presta el mercadillo de flores. En el centro se alza sobre una alta columna la estatua de san Patricio, con la garrota de matar serpientes en la mano y un gran reptil, moribundo, enroscado en ella. Por otro lado, los habitantes de Kerry son tenidos por el resto de los irlandeses como los menos capacitados intelectualmente del país. Les sucede lo mismo que a los leperos en España o a los ciudadanos polacos en Estados Unidos. Hay chistes sobre ellos y una expresión común en toda Irlanda que dice: «Here you are, from Kerry», que viene a significar algo así como «Eres tonto». A veces les califican también con un mote poco agradable: «cute» (monos).
Quizá no es más que una consecuencia de la tradición celta, según la cual los guerreros vienen del norte, los granjeros del este, los intelectuales del oeste y los locos del sur. Además, en Kerry, como en el vecino condado de Tipperary, durante el siglo XIX se produjeron feroces luchas de clanes que espantaban por sus sangrientas consecuencias al resto de la isla y a las autoridades inglesas.

El condado de Galway, junto con Kerry, Mayo y las islas Aran, es el territorio donde más extendido está el uso del gaélico. De hecho, casi todos los escritores irlandeses que utilizan el viejo idioma autóctono, que son pocos, han nacidos en estas regiones del oeste del país. Uno de ellos, el aranés Liam O’Flaherty, publicó en esa lengua un delicioso libro de cuentos, Deseo, que en ocasiones alcanza majestuosos niveles de hondura poética. O’Flaherty fue también el autor de la novela El delator, que llevó al cine el gran John Ford, interpretada por Victor McLaglen.
Pero el escritor más venerado y popular en Galway fue Pádraic Ó Conaire. Si a Irlanda la significan el viento, la lluvia y el océano, su esencia es el archipiélago de Aran, que cierra la bahía de Galway. Las tres rocosas islas constituyen una de las geografías más agrestes de Europa, más inhumanas si se quiere. Hasta ellas llegan los feroces vendavales del Atlántico sin freno alguno desde las costas americanas. El mar brama en torno a Aran, el frío aprieta en los inviernos, la lluvia golpea con violencia contra los tejados, hechos de recias capas de heno, de las casas achaparradas, que se refugian de la naturaleza feroz en pequeños recodos, junto a estrechos caminos. Cuesta trabajo imaginar la dureza de las condiciones de vida que afrontaron anteriores generaciones. La mayor de las islas se llama Inishmore (en gaélico Inis Mór o Árainn); la de menor tamaño, Inisheer (Inis Oírr), y la tercera, Inishmaan (Inis Meáin). El nombre de la mayor significa Isla Grande, mientras que el de la menor se traduce como Isla Pequeña. Por lógica, la otra debería llamarse Isla Mediana. Y no es así. Su nombre significa Isla de En Medio, pues se alza entre las otras dos. O sea, que a dos de las islas las define su tamaño y a la tercera su posición. Pero la lógica no es ciencia que tenga mucho que ver con la geografía. Viajando por el mundo he conocido algunos lugares que se llamaban Bellavista y uno de ellos era una barriada construida en un altozano que se alzaba sobre un cementerio.
Los habitantes del archipiélago rondan los setecientos y la Isla de En Medio, Inishmaan, es la menos poblada. Por esa razón, y porque en ella vivió Synge largas temporadas, era la que más me interesaba de las tres.

Cong es una localidad pequeña, bonita y limpia, de casas bajas entre las que corre un manso río que lleva el mismo nombre que la población. Junto a las ruinas de una iglesia medieval, se extiende una ribera sembrada de hierba, a la sombra de árboles altos y frondosos. Allí es donde le dio John Wayne a Victor McLaglen uno de los más imponentes puñetazos que se han propinado nunca en la historia del cine, durante la gran pelea final del filme, tirándolo al río.
El pueblo parece un parque temático en homenaje a la película de John Ford y todos los años, especialmente en los veranos, miles de turistas acuden a visitarlo. Esa mañana había varios autocares aparcados cerca de la plaza principal y decenas de viajeros recorrían las calles de la localidad fotografiando todo cuanto podía recordar al filme: la casa en donde vivía el reverendo Playfair, el cottage que acoge el museo de la película y que es una réplica de la casa del protagonista Sean Thornton, la carretera que lleva a Ashford por la que corrían en una bicicleta de doble silla y pedal Maureen O’Hara y John Wayne y otros lugares que aparecen en el largometraje. Los nombres de la película bautizan, además, a hostales y pubs, como el B&B The Quiet Man y la taberna Danaher.
Pero el sitio favorito de los visitantes es el pub de Pat Cohan, en la plaza principal del pueblo, allí donde se reunían los hombres de Innisfree para beber y cantar…

La ciudad de Sligo es fea a rabiar y la estatua de Yeats, obra de un tal Rowar Gillespie, que se yergue desde 1999 en una calle del centro, parece la de un mariposón. El poeta tiene aire de insecto, con una capa que se abre como dos alas, piernas largas, ropa surcada de versos y se le va la mano en un gesto lleno de afectación. Un horror. Pero la ciudad debe de sentirse orgullosa de tal engendro porque, que yo sepa, nadie ha emprendido la justa tarea de recoger firmas para arrancarla de la peana y echarla al río.

La región del este de Irlanda es un gran escenario de buena parte de la historia del país. Y, sobre todo, de sus desdichas: una sucesión de románticos alzamientos en rebelión contra la ocupación inglesa, siempre derrotados hasta bien entrado el siglo XX, que han dado pie a un arraigado sentimiento patriótico, fatalista, en cierto modo teñido de masoquismo y en el que la realidad de la historia se mezcla a menudo con la fantasía de la leyenda.
Dejé Inniskeen atrás y tomé la carretera que lleva a Carrickmacross y, desde allí, hacia Drogheda, una de las ciudades mártires, por decirlo así, del Éire. Drogheda es una ciudad muy poco interesante, a pesar de que se encuentra en la desembocadura de un río mítico, el Boyne, considerado un curso de agua sagrado por los antiguos druidas celtas. Pero Drogheda marca un hito en la historia de Irlanda: la gran matanza perpetrada por el caudillo inglés Oliver Cromwell. Waterford es la quinta ciudad de Irlanda en número de habitantes y la más antigua del país, ya que fue fundada por los vikingos en el año 914 de nuestra era. Aunque no quedan trazas de aquellos días, la localidad tiene una robustez medieval en sus calles, en su castillo, en la puntiaguda aguja de la iglesia.

Como casi siempre sucede en las carreteras de Irlanda, el camino de Tipperary a Thurles discurría a través de una selva de vías estrechas, mal señalizadas, atestadas de tractores, obras sin cuento, baches imprevistos, camiones que asomaban súbitamente como furiosos titanes en la dirección opuesta, matorrales que se echaban encima de ti desde los márgenes de la calzada con aspecto de boas, direcciones confusas, un firme sobresaltador (quiero decir, que se saltaba sobre el asfalto antes que circular) y vacas que contemplaban tu paso desde el otro lado de las alambradas de los pastizales como diciendo: «Y usted, ¿adónde demonios se dirige?».

Dicen que, para conocer bien Irlanda, hay que ir a un partido de fútbol gaélico, al que en el idioma original irlandés se conoce como «balón pesado». Es un deporte de aficionados que mezcla fútbol y rugby, en el que juegan quince contra quince —hay jugadores reservas muy numerosos— sobre un campo de más de ciento treinta metros. Las porterías tienen forma de hache, como las del rugby, y el balón puede utilizarse con el pie y con la mano. Y los placajes están permitidos, siempre que no se derribe al contrario. Mientras en el campo se corre, se suda y se pelea duro, con más violencia que en el fútbol, pero con algo menos que en el rugby. Existe una curiosa y rara ley irlandesa, inédita y única en la Unión Europea, según la cual los derechos de autor del trabajo creativo y artístico están libres de impuestos (no los de interpretación, sólo los de creación). La ley la promovió el primer ministro Charles Haughey en 1969 y aún sigue en vigor.

El hotel Shelbourne, frente al hermoso Saint Stephen’s Green. Es uno de los espacios más bellos de la ciudad, de un refinado estilo modernista. Las paredes las adornan cuadros con caricaturas al estilo de la antigua revista inglesa Punch, y en los extremos del mostrador, dos vestales egipcias de pechos broncíneos sostienen sendas lámparas en sus manos alzadas. El Shelbourne’s Bar es un sitio tranquilo y elegante, un ambiente difícil de encontrar en otros espacios dublineses. Es un lugar para intentar seducir a una mujer que ame la elegancia. Un pub junto al río Liffey, en el oeste de la ciudad y no muy lejos de la casa donde transcurre el cuento «Los muertos», de Joyce, incluido en su libro Dublineses. El pub se llama The Merchant’s y es muy conocido en Dublín merced a que varias noches a la semana se interpreta música del condado de Kerry y la gente baila las tradicionales gigas, un tipo de danza que se extendió por toda Europa a partir del siglo XVI e impregnó el folclore de varios países y regiones del continente.

 

 

 

 

 

The books of this author are all interesting and this n is an exception, well comments to Ireland the difference, above all, the idea or the feelings that the Irish have about their homeland and about themselves. And that emotion or idea is expressed above all in lyrical form. Nations do not only mean their history, their geography and their people, but also their myths, their poetry, their music, their songs and, in the Irish case, the weight that the legend has on reality. I feel that Ireland is the European country where myths are loved more strongly than the proven facts. Ireland has not stopped singing to itself. And he has done it in ballads that have the air of ancient romances or of songs of the blind and where characters often appear that are not properly historical, but born of popular legends: like that misguided boy, that “Wild Rover” that throws the bad life and alcohol and finally returns home repentant; or like the sweet Molly Malone who sold clams and mussels in the streets of Dublin and one day died of fevers …
Exports to the world thousands of priests and nuns and millions of liters of dark beer, which boasts one of the lowest suicide rates in the European Union, which has never invaded anyone and has been invaded so many times (by Vikings, Normans and, above all, English, who stayed for a while), where its inhabitants drink up to Guinness delirium and whiskeys, people who prefer meat to fish, potatoes to vegetables, and who love swans, horses and the poets. In its national flag there are no ferocious eagles or lions, only a delicate Gaelic harp.

Saint Patrick, the patron saint of Ireland, was a great saint. It is said that in 432 AD He came from the continent to Christianize the wild land of Éire, the last European territory before that fierce ocean that was the Atlantic. Since the Romans had not set foot in Ireland, since they stopped in England fighting Queen Boadicea, poor Patrick had no way of understanding the natives, let alone converting them to the faith of Christ. Then he devised a trick: an imposing stick was made and, with a clean stick, he did not leave a snake on the whole island. That seemed to move the tender hearts of the Irish savages of those years. But the miracle was not enough to allow them to be evangelized.
Patricio began to think about what to do and, meanwhile, he watched the Indians closely to discover what pleased them the most. And he quickly noticed that his favorite hobby was drinking. But they ingested terrible concoctions produced by the fermentation of rare plants that caused enormous headaches, attacks of madness and, sometimes, collective fights in which hundreds of people intervened giving themselves to clubs with clubs and sticks.
And at that moment he realized that, in the bottom of his travel bag, he was carrying a still manufactured in Europe. He took it out, put it to heat and asked the natives to bring him grains of rye. When the liquor was ready, he gave it to the natives to drink. And they were so delighted that, instead of fighting, they began to sing by the shoulders. Patricio continued to distill while the others taught him Gaelic and drank and sang. And Patricio baptized his drink as “Uisce Beatha” (water of life), a term that was simplified to remain in “fuisce” and that, over the years, led to whiskey. Then, the Scots copied the formula and removed the “e” to the name of the drink, leaving it in whiskey. As the reader will have guessed, the previous one is a legend invented by me, because the Irish take Saint Patrick very seriously. But my legend has its origins in two myths of the country: that Saint Patrick expelled all the snakes from Ireland and that he introduced the alembic on the island. The reality is different, as there were never snakes on the island and whiskey was first produced in Ireland, distilled by monks, in the year 1405. Saint Patrick’s Cathedral, which rises in a small hollow to the southwest of the center of Dublin, is a gothic, grayish, robust and hieratic temple. Impose, without a doubt. Contrary to what many believe, it is not a Catholic cathedral, but a Protestant one, or in other words: the main headquarters of the Church of Ireland, independent of the Anglican Church. Because in the Republic of Ireland, also against what many believe, the Protestant minority and the Catholic majority have almost always lived in harmony, at least since the eighteenth century. And even, many of the great patriots of the cause of independence and many writers were Protestants. For example: Wolfe Tone and John Mitchel, and William Yeats and Samuel Beckett. What happens is that the Troubles of Ulster – the conflicts of Northern Ireland during the 60s, 70s and 80s – created the idea that there is a secular conflict between Catholics and Protestants in Ireland. And it is not like that. In the North, what exists is a deep social conflict tinged with religion.

The McDaids is a small old pub where Behan’s photos adorn the walls. Joyce also appears in some, of course. Because Joyce was an imposing drinker. And nearby is that of another illustrious drunkard, at the same time a wonderful poet and playwright: Patrick Kavanagh. Between Dalkey and Killeney, the DART marches hanging from a cliff over the sea. It gave vertigo to look out. Shortly thereafter, at the bottom of the bluish bay of Bray, when night falls in the Temple Bar area, it boiled with life. With the taverns crowded and open to the street, close to midnight, and the Irish music thundering from inside the pubs. To drive away the hangovers there is nothing more indicated than a walk in the open air. And better if it’s in the rain. So, hooded and cowering under the raincoat, I walked up Parnell Avenue until arriving at what they call Garden of Remembrance (“Garden of Memory”), a kind of scenario that honors the dead of the Easter Rising, the movement that gave rise to Irish independence. In the center of the garden there is a horrific monument dedicated «to all those who gave their lives for the cause of democracy in 1916». It is a sculptural group that represents two men and a woman who die slowly and, above them, swans take flight with the peaks pointing towards the sky. From Parnell, towards O’Connell and until you reach the bridge over the River Liffey, everything is homeland, pure homeland. Centuries of being humiliated by the invaders have made Ireland a country full of nationalist passion: in spite of who it weighs, even in spite of the Irish intellectuals, usually separated from nationalism. On the roof of the GPO (Central de Correos) three statues are raised, and in the center is easy to recognize the Greek goddess Palas Athena, symbol of wisdom and war. What a better goddess for Ireland! The statue wears a helmet and a spear, like the classic Athena; but instead of the shield, he holds a Gaelic harp with his left hand.
No Dubliner who has not passed the GPO at least once in his life to pay tribute to the unfortunate parents of the country. Temple is a very tourist area of ​​the city, mostly pedestrianized and full of pubs and restaurants. In the Gogarty many Japanese, German, Australian tourists …

The town (Westport), located in the county of Mayo, has about six thousand inhabitants, has been considered the cleanest (tidy) in Ireland for four years, and in 2012 it has won the title of the place with the highest quality of life of the country. The small village, located north of Connemara and Galway and southeast of the island of Achill, lies a mile and a half from Clew Bay and is well connected to Dublin. The village keeps a great harmony in its buildings, Georgian houses of two floors, with a wide square, the Octagon, always happy by the bright colors that lends the flower market. In the center rises on a high column the statue of St. Patrick, with the garrotte of killing snakes in his hand and a great reptile, dying, coiled in it. On the other hand, the people of Kerry are considered by the rest of the Irish as the least intellectually trained in the country. The same happens to them as to the leperos in Spain or to the Polish citizens in the United States. There are jokes about them and a common expression throughout Ireland that says: «Here you are, from Kerry», which comes to mean something like «You are stupid». Sometimes they also qualify with an unpleasant nickname: “cute” (monkeys).
Perhaps it is nothing more than a consequence of the Celtic tradition, according to which the warriors come from the north, the farmers from the east, the intellectuals from the west and the madmen from the south. Moreover, in Kerry, as in the neighboring county of Tipperary, during the nineteenth century there were fierce clan struggles that frightened the rest of the island and the English authorities by their bloody consequences.

The County of Galway, together with Kerry, Mayo and the Aran Islands, is the territory where the use of Gaelic is most widespread. In fact, almost all Irish writers who use the old native language, which are few, have been born in these regions of the west of the country. One of them, the Aranese Liam O’Flaherty, published in that language a delicious book of stories, Deseo, which sometimes reaches majestic levels of poetic depth. O’Flaherty was also the author of the novel The Tell-tale, which brought to the cinema the great John Ford, played by Victor McLaglen.
But the most revered and popular writer in Galway was Pádraic Ó Conaire. If the wind, rain and ocean mean it to Ireland, its essence is the archipelago of Aran, which closes Galway Bay. The three rocky islands are one of the wildest geographies in Europe, more inhuman if you like. Even the ferocious gales of the Atlantic arrive without any restraint from the American coasts. The sea howls around Aran, the cold tightens in the winters, the rain beats violently against the roofs, made of stiff layers of hay, of the squat houses, which take refuge from the ferocious nature in small bends, next to straits roads. It is hard to imagine the harshness of the living conditions faced by previous generations. The largest of the islands is called Inishmore (in Gaelic Inis Mór or Árainn); the smaller one, Inisheer (Inis Oírr), and the third, Inishmaan (Inis Meáin). The name of the largest means Big Island, while the name of the smaller one is translated as Small Island. Logically, the other should be called Middle Island. And it is not like that. Its name means Isla de En Medio, because it rises between the other two. That is, two of the islands are defined by their size and the third by their position. But logic is not science that has much to do with geography. Traveling around the world I have known some places called Bellavista and one of them was a neighborhood built on a hill that stood over a cemetery.
The inhabitants of the archipelago are around the seven hundred and the Island of En Medio, Inishmaan, is the least populated. For that reason, and because in it Synge lived long periods, was the one that interested me most of the three.

Cong is a small, beautiful and clean town, with low houses among which runs a gentle river that bears the same name as the town. Next to the ruins of a medieval church, there is a grassy river bank, shaded by tall, leafy trees. That’s where John Wayne gave Victor McLaglen one of the most imposing punches that have ever been given in the history of cinema, during the great final fight of the film, throwing it into the river.
The town looks like a theme park in homage to the John Ford film and every year, especially in the summers, thousands of tourists come to visit it. That morning there were several buses parked near the main square and dozens of travelers roamed the streets of the town photographing everything that could be remembered to the film: the house where the Reverend Playfair lived, the cottage that houses the museum of the film and that is a replica of the house of the protagonist Sean Thornton, the road that leads to Ashford where they ran on a double saddle and pedal bike Maureen O’Hara and John Wayne and other places that appear in the film. The names of the film also baptize hostels and pubs, such as the B & B The Quiet Man and the Danaher tavern.
But the favorite place for visitors is Pat Cohan’s pub, in the town’s main square, where the men of Innisfree used to meet to drink and sing …

The city of Sligo is ugly to the rage, and the statue of Yeats, the work of a certain Rowar Gillespie, which has stood up since 1999 on a street in the center, resembles that of a butterfly. The poet has the air of an insect, with a cloak that opens like two wings, long legs, clothes strewn with verses and his hand goes away in a gesture full of affectation. A horror But the city must feel proud of such a monster because, to my knowledge, no one has undertaken the just task of collecting signatures to tear it from the base and throw it into the river.

The eastern region of Ireland is a great stage for much of the country’s history. And, above all, of their misfortunes: a succession of romantic uprisings in rebellion against the British occupation, always defeated until well into the twentieth century, which have given rise to an ingrained patriotic, fatalistic, somewhat tinged with masochism and in the fact that the reality of history is often mixed with the fantasy of the legend.
I left Inniskeen behind and took the road that leads to Carrickmacross and, from there, to Drogheda, one of the martyred cities, so to speak, of Éire. Drogheda is a very uninteresting city, although it is located at the mouth of a mythical river, the Boyne, considered a sacred watercourse by the ancient Celtic druids. But Drogheda marks a milestone in the history of Ireland: the great massacre perpetrated by the English caudillo Oliver Cromwell. Waterford is the fifth city of Ireland in number of inhabitants and the oldest in the country, since it was founded by the Vikings in the year 914 of our era. Although there are no traces of those days, the town has a medieval robustness in its streets, in its castle, on the pointy spire of the church.

As almost always happens on the roads of Ireland, the road from Tipperary to Thurles ran through a jungle of narrow, poorly signposted tracks, crowded with tractors, untold works, unforeseen potholes, trucks that suddenly appeared as furious titans in the direction opposite, bushes that were thrown over you from the margins of the road looking like boas, confusing directions, a firm starter (I mean, jumping on the asphalt before moving) and cows that watched your step from the other side from the fences of the grasslands as if to say: “And you, where the hell are you going?”

They say that to know Ireland well, you have to go to a Gaelic football match, which in the original Irish language is known as “heavy ball”. It is an amateur sport that mixes football and rugby, in which fifteen against fifteen play – there are very numerous reserve players – on a field of more than one hundred and thirty meters. The goals have the shape of an ax, like those of rugby, and the ball can be used with the foot and with the hand. And the tackles are allowed, as long as it is not knocked down on the contrary. While in the field one runs, one sweats and one fights hard, with more violence than in soccer, but with something less than in rugby. There is a curious and rare Irish law, unprecedented and unique in the European Union, according to which the author’s rights of creative and artistic work are free of taxes (not those of interpretation, only those of creation). The law was promoted by Prime Minister Charles Haughey in 1969 and is still in force.

The Shelbourne hotel, in front of the beautiful Saint Stephen’s Green. It is one of the most beautiful spaces in the city, with a refined modernist style. The walls are decorated with caricatures in the style of the old English magazine Punch, and at the ends of the counter, two Egyptian bronze-breasted vestals hold lamps in their raised hands. The Shelbourne’s Bar is a quiet and elegant place, an environment difficult to find in other Dublin spaces. It is a place to try to seduce a woman who loves elegance. A pub next to the Liffey River, in the west of the city and not far from the house where the story “The Dead” by Joyce, included in his book Dubliners. The pub is called The Merchant’s and is well known in Dublin thanks to the fact that several nights a week music is played in County Kerry and people dance traditional gigas, a type of dance that spread throughout Europe from the 16th century and impregnated the folklore of several countries and regions of the continent.

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