El Director — David Jiménez García / Editor Of The Newspaper by David Jiménez García (spanish book edition)

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Para cualquiera que sospeche la manipulación de los medios, este es su libro. Empecé a leerlo y en cuatro horas terminé, atrapa y da que pensar, es un libro que paras piensas y vuelves a leer, un mazazo, mordidas para parar rotativos incómodos, chivatazos sin comprobar, desinformación, mentiras y trato de favor a diversos resortes del poder……
Descubrirá el lector como algunos con el mantra del interés general manipulan, fuerzan y tergiversan para servirse ellos, sus amigos y sus allegados, también le digo al autor que podía haberlo escrito antes en lugar de tanto libro sobre viajes. A su vez me parece que de cara a servicio ciudadano podía publicar la lista de periodistas que comen de la mano de los partidos.
En fin, una lectura harto recomendable y, que de veras esperemos sirva para avanzar más en el sistema democrático, insisto da mucho que pensar, toda vez que deja muy claro porque la prensa escrita se va por el sumidero. Lamentable.

El despacho del director de El Mundo había sido en todo ese tiempo uno de los mayores centros de influencia del país, cortejado por reyes y jueces, ministros y celebridades, escritores y cantantes, caciques y conseguidores. Aunque había perdido peso en los últimos años, seguía siendo uno de los pocos lugares temidos por el poder.
Mi llegada coincidía con el peor momento de la prensa. Nuestra circulación impresa había caído más de un 60 % en los siete años anteriores, ingresábamos la mitad en publicidad y vivíamos bajo una economía de guerra en la que se dejaban de cubrir noticias para no tener que pagar el taxi a los reporteros.
El País nos había arrebatado el liderazgo en internet, a pesar de haber sido los pioneros digitales de la prensa nacional. La redacción, desmoralizada, había sufrido años de reducciones de sueldos y despidos, ninguno más traumático que el del fundador del diario y director durante su primer cuarto de siglo de historia, Pedro Jota Ramírez. Casimiro García-Abadillo, durante años apodado el Príncipe Carlos porque nunca terminaba de suceder a Jota, había durado 15 meses en el puesto cuando finalmente ocupó El Despacho. El país vivía, además, el momento de mayor tensión política desde la transición a la democracia, con una economía herida, una elite que se aferraba atemorizada a sus privilegios, nuevos partidos que amenazaban el orden establecido y unos medios de comunicación en su mayoría arrodillados ante el poder, que había aprovechado nuestra fragilidad para organizar el mayor y más coordinado ataque contra la libertad de prensa desde el final de la dictadura del general Franco.

Pedro Jota era por entonces más gurú que jefe: si en lugar de ejercer el periodismo hubiera decidido arrastrar a la redacción a un suicidio colectivo en la sierra de Guadarrama, no habría tenido problema en encontrar voluntarios. Ejercía su autoridad gracias a una mezcla de admiración reverencial y el terror que provocaban sus broncas legendarias. Sus aproximaciones a las secciones, anunciadas con repetidas toses secas, sumían a los periodistas más ruidosos en un silencio sepulcral y había redactores jefe que temblaban físicamente ante su presencia. Tenía una influencia sobre la política que habría sido impensable para cualquier otro director, sobre todo después de que las investigaciones del periódico fueran determinantes en la caída del Gobierno socialista de Felipe González y la llegada al poder del líder conservador José María Aznar en 1996. El nuevo presidente, agradecido, repetía en el parlamento frases textuales que el director le había sugerido la víspera por teléfono y sus ministros cortejaban El Despacho en busca de protección como peticionarios en la escena inicial de El Padrino.

Tú eres el director y tienes que elegir a tu equipo, pero has cometido un grave error —dijo.
—¿Por qué lo dices? —pregunté, sin saber hasta qué punto ella y mi nuevo director adjunto se detestaban.
—Porque nadie desea tu puesto más que él.

Más de medio centenar de escándalos se acumulaban en los despachos de los magistrados con nombres como caso Gürtel, caso Púnica, caso Bárcenas o caso Nóos, la trama de corrupción que había salpicado a la Casa Real e iba a sentar en el banquillo a la Infanta Cristina y a su marido, Iñaki Urdangarin. La respuesta desde el partido gubernamental había sido ocultar pruebas, proteger a los cargos bajo sospecha, maniobrar para cambiar de destino a jueces incómodos y acosar a los medios que, como El Mundo, investigaban los escándalos. El control de la prensa se había convertido en una obsesión para el Gobierno.
Los ministros con los que me citaba tenían para mí un mensaje tan parecido, expresado con frases tan similares, que llegué a la conclusión de que formaban parte de una estrategia coordinada. El Mundo y el Gobierno habían tenido sus diferencias —la mayoría de sus casos de corrupción habían sido destapados por nuestros reporteros—, pero había llegado la hora de «la reconciliación». La idea era que el país estaba en un momento crítico y la irrupción del populismo amenazaba no solo la recuperación económica, sino la integridad nacional y los principios constitucionales. Moncloa esperaba que nuestro periódico tomara la postura «patriótica» de apoyar a su candidato. «No son tiempos para la neutralidad», me dijo el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, en una frase que luego repetirían varios de sus colegas. Conocí cómo funcionaba el reparto cuando empecé a recibir ofertas para participar en programas de radio y TV. El Cardenal estaba empeñado en que escogiera para mis colaboraciones los medios del grupo Atresmedia, con el que decía que teníamos posibilidades de futuras alianzas. Me pareció una buena opción porque los programas donde se me proponía participar, Espejo Público en Antena 3 y Más de Uno en Onda Cero, eran conducidos por periodistas que respetaba. Fui informado de que mi asiento sería parte de la «cuota libre», es decir, los huecos que quedaban después de que el Gobierno y los caciques mediáticos de la casa colocaran a marionetas y esbirros. El reparto, en el caso de Atresmedia, incluida en su pujante cadena la Sexta, lo manejaba su consejero Mauricio Casals, que desde la presidencia de La Razón operaba en la oscuridad como enlace con el Gobierno y estaba siendo investigado en varios casos de corrupción relacionados con el Partido Popular. El control del Gobierno había llegado a tal punto que sus dos principales facciones, lideradas por la vicepresidenta Santamaría y la secretaria del partido Cospedal, batallaban por colocar en las tertulias al mayor número de afines para atacarse mutuamente, prueba de que en política el fuego más letal es siempre amigo. Era una guerra donde se humillaba al tertuliano enviándole mensajes con las consignas a repetir, se exigían lealtades ciegas y se destruían o promocionaban carreras a capricho, incluidas las de algunos de los Los Inspirados, esa nueva generación de columnistas que se abría paso imitando a sus mayores. El Gobierno estaba a punto de completar su domino de la prensa tradicional con sede en Madrid, y la llegada de un nuevo director a El Mundo, sin padrinos ni experiencia, era vista como la oportunidad de completar el trabajo. El diario viviría en los siguientes meses la ofensiva final contra su independencia tras un cuarto de siglo de acoso.

Coleccionar cabezas de periodistas era un hobby con larga tradición entre nuestros políticos desde los tiempos de la dictadura, cuando en una ocasión le entregaron al director de Pueblo, Emilio Romero, una lista con los nombres de los informadores que debía cesar. Dijo que faltaba uno: el suyo. Si se seguía haciendo era porque siempre había directores dispuestos a obedecer las órdenes. No solo estaban en peligro tertulianos marcados por la vicepresidenta —«recuerda quién te ha puesto ahí»—, sino redactores rasos, cronistas parlamentarios, presentadores de telediarios e incluso corresponsales. Ricardo Ortega, considerado como uno de los grandes reporteros del país tras cubrir guerras como las de Chechenia o Afganistán, donde compartimos cobertura y hospedaje en casa de un señor de la guerra de Jalalabad, perdió su puesto como delegado de Antena 3 en Nueva York porque al entonces presidente, José María Aznar, no le gustaban sus crónicas sobre los preparativos de la guerra de Irak. Lo único que había hecho Ricardo era poner en duda la existencia de unas armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas y con las que se justificó la invasión.

El único asunto en el que El Cardenal y yo parecíamos estar en la misma página era Cataluña, cuyo Gobierno había lanzado una ofensiva en favor de la independencia que fracturaría la sociedad catalana y llevaría a España a su mayor crisis institucional en democracia. No tenía nada en contra de que uno quisiera emanciparse de lo que fuera, padres, jefes o incluso Estados, pero no podía comprender que los líderes nacionalistas catalanes pretendieran hacerlo en contra de la voluntad de al menos la mitad de sus ciudadanos, ignorando una Constitución que, con sus defectos, había dado al país un periodo de estabilidad sin precedentes. Los desafíos de la Generalitat eran cada vez más osados, espoleados por medios locales que hacían de cheerleaders tras haber sido bañados en subvenciones públicas. Pero ni siquiera cuando el parlamento catalán proclamó el inicio «del proceso de creación del Estado catalán independiente en forma de república» el presidente Rajoy pareció tomarse en serio lo que estaba pasando. La idea de que podríamos subir nuestras ventas ofreciendo un gran diario de domingo o apostando por un periodismo más independiente se desvanecía. Tras un par de meses de empuje, nuestra edición dominical regresó a las caídas previas al lanzamiento.

Pedro Jota había ordenado que todas las referencias a El Corte Inglés, uno de los mayores anunciantes de la prensa del país, que había mantenido su inversión incluso en los peores años de crisis, fueran eliminadas del artículo. No entendía que el buen nombre de una empresa estuviera por encima de la información de una tragedia que había costado la vida a toda aquella gente. No había visto nunca un anuncio de Mercadona en nuestras páginas y había leído informaciones donde se ensalzaba el éxito de la empresa «a pesar de no invertir nada en publicidad». No le hacía falta: la empresa pagaba a la prensa —incluidos pujantes digitales nativos que se declaraban pulcros—, importantes sumas de dinero en «patrocinios» con los que lograba coberturas amables y protección ante las molestias del periodismo. Los departamentos de publicidad de los medios habían usurpado funciones a las redacciones, influyendo cada vez más en el contenido periodístico o elaborándolo directamente. Nuestro equipo de Salud, el mejor de la prensa nacional, se indignaba con las intromisiones de Publicidad. Un día publicaron una historia titulada «El engaño de los suplementos de omega-3», con citas de expertos y estudios que ponían en duda sus beneficios. Poco después se encontraron otra noticia en la web promocionada por Puleva sobre las ventajas de la leche enriquecida con omega-3. Leyendo la prensa en la última década era fácil llegar a la conclusión de que vivíamos en un país donde banqueros, tiburones inmobiliarios y políticos se habían burlado del sistema en beneficio propio, mientras dejaban una enorme factura al resto. Y, sin embargo, ese siempre había sido un relato incompleto en el que los periodistas habíamos dejado fuera a personajes clave en la trama. Las razones de nuestro descuido eran obvias: se sentaban, literalmente, sobre nuestras cabezas.
La derrota que el periodismo estaba viviendo frente al poder solo era posible con la connivencia y en ocasiones la participación directa de importantes aliados dentro de los medios. Los tres grandes grupos de prensa del país, PRISA, Unidad Editorial y Vocento, se encontraban en serios apuros económicos y habían pasado a depender, más que nunca, de la publicidad institucional que el Gobierno distribuía a capricho, la concesión de licencias de radio y televisión digital, cuya última partida iba a entregarse en vísperas de las elecciones, y los pactos con las grandes empresas del país. El sistema estaba perfectamente engrasado y dependía de que ninguna pieza se moviera del lugar donde había sido colocada. El poder económico protegía al poder político. El poder político protegía al poder económico. La prensa protegía al poder económico…

Zarzuela no era el lugar más feliz del mundo para ella. La Reina vivía el cuento clásico de la plebeya que entra por amor en un mundo que no es el suyo. Solo alguien que como Felipe VI había sido formado y entrenado para el puesto desde niño podía encajar en aquel universo de hermetismos y protocolos, tradiciones centenarias y formalidades impuestas, máscaras palaciegas y amables hipocresías. Doña Letizia se había equivocado con sus mensajes —y quizá yo al no publicarlos—, pero tampoco lo tenía fácil. La aristocracia la despreciaba porque no pertenecía a su mundo y el pueblo porque, perteneciendo al suyo, lo había abandonado para entrar en la aristocracia. No importaba lo que hiciera, un país con los complejos y envidias del nuestro jamás le perdonaría haber llegado a reina. Y, menos que nadie, una prensa que había encontrado en ella la manera de redimir sus silencios pasados sobre la monarquía.

Me habían cesado por hacer mi trabajo, defender la independencia del periódico, oponerme a que diezmaran la plantilla y promover los cambios que garantizarían su futuro. Me habían prometido medios y había recibido recortes; apoyo y había encontrado intrigas; tiempo y ahora sabía por cercanos a El Cardenal que había iniciado sus movimientos contra mí cuando apenas llevaba tres meses en el puesto, después de que estropeara su reconciliación con el Gobierno de Rajoy en el aniversario de Expansión. Si cedía, aceptando una oferta que sentía que era un intento de silenciarme, ¿no estaba aceptando su relato de lo sucedido? Todas las batallas libradas, ¿para rendirme sin más? ¿No era ese su gran triunfo final, comprarme como había hecho con tantos otros?. Me había convertido en el primer director de un gran periódico que se acogía a la cláusula de conciencia de la Constitución que protege a los periodistas frente a los intentos de doblegar sus principios deontológicos. Reuní pruebas, desgrané mi relato junto a Cruz y decidí sentar en el banquillo como testigos a los poderes político, económico y mediático: el presidente de Telefónica César Alierta, que El Cardenal protegió paralizando la imprenta sin mi autorización; el ministro José Manuel Soria, cuya dimisión forzamos con el documento sobre sus actividades en Jersey; el exdirector de Marca Óscar Campillo, despedido por las presiones de Florentino Pérez; o a los exdirectores de El Mundo Pedro Jota Ramírez y Casimiro García-Abadillo.

La redacción de El Mundo se ve en la obligación de responder a la demanda presentada por su exdirector para reclamar contra la empresa editora por una supuesta vulneración de su cláusula de conciencia, pretensión que por sí sola resulta tremendamente dañina para el crédito y la consideración de nuestro trabajo. Sin prejuzgar las eventuales responsabilidades de nuestro editor, de las que esta redacción no ha tenido ninguna noticia, la recepción de presiones es inherente al cargo de director de El Mundo. Así ha sido desde su fundación en 1989 como consecuencia de la audacia y el incisivo pulso informativo de las páginas del diario, dramáticamente deteriorado durante el año de gestión de David Jiménez. Lo que ha resultado insólito, en cambio, durante su mandato ha sido su renuncia desde el primer día a su obligación y su derecho a actuar de contrapeso frente a esas presiones, tal como sí habían hecho con liderazgo y decisión sus antecesores. Durante su tiempo entre nosotros, Jiménez jamás expresó en ese sentido ninguna queja que la redacción haya conocido. Antes al contrario, lo que sí hizo fue lo que nunca debe hacer un director de El Mundo: trasladar casi a diario en primera persona presiones a sus periodistas para que rebajasen el tono y el cariz o, directamente, eliminasen determinadas informaciones críticas con el poder o que, sencillamente, le resultaban molestas porque algún jefe de prensa o algún seguidor de Twitter se atrevía a reprochárselas. En todos los casos, esta redacción respondió con la profesionalidad y el coraje que le corresponden, pero es a ese ejercicio de cobardía editorial al que debemos, en buena parte, la trágica situación de esta cabecera, inimaginable en mayo de 2015.

Firmaron 16 personas de las cerca de 300 posibles, a pesar de que la carta se mantuvo en el tablón más de tres semanas y El Secretario se movilizó como en sus mejores batallas para engordar la lista. Esperé en vano el apoyo de los colegas o las asociaciones de prensa. Salvo por unos pocos amigos, solo recibí críticas. Compañeros de El Mundo, incluso aquellos para quienes la idea de un diario sometido a El Cardenal se hacía insoportable, me pidieron que retirara la demanda para no perjudicar al periódico. El acuerdo de confidencialidad incluiría una frase que garantizaría mi «libertad de expresión constitucionalmente reconocida» y me liberaría de la mordaza que querían imponerme. El Cardenal miró a sus abogados y asintió, aceptando el añadido.
El resto de los detalles se redactaron en el momento. La empresa reconocía que mi despido había sido improcedente —no existía causa objetiva: había cumplido con mi deber— y accedía a pagar la indemnización acordada tras 20 años de trabajo en el diario. Nos dimos la mano, me levanté de la silla y él se acercó aliviado. Me preguntó si podía invitarme a comer un día de estos, para que dejáramos atrás lo sucedido. Yo acababa de hacerlo. Nunca volvería a conocer a alguien tan elegantemente implacable en la traición, tan cortés en la eliminación de sus adversarios o más condicionado por el miedo a que los demás le vieran como realmente era. Sus temores, malicias, intrigas, dobleces… se ocultaban bajo un disfraz de apariencias que se había convertido en su segunda piel. Jamás se quitaría la máscara. No podía, porque detrás no había nadie.
El día previsto para el juicio se celebró un acto de conciliación en el juzgado. Repasé el acuerdo una última vez, me detuve en cada una de las cinco palabras que lo habían hecho posible —«libertad de expresión constitucionalmente reconocida»— y pensé que, en cierto modo, habían sido las últimas que había ordenado publicar como director. No podía imaginar una manera mejor de decir adiós a mi periódico.

For anyone who suspects the manipulation of the media, this is their book. I started to read it and in four hours I finished, it catches and it makes me think, it’s a book that you think and read again, a blow, bites to stop uncomfortable rotating, unverified tip-offs, disinformation, lies and treatment of favor to different springs of the power……
You will discover the reader as some with the mantra of general interest manipulate, force and distort to serve themselves, their friends and their close friends, I also tell the author that I could have written it before instead of so much book about travel. At the same time, it seems to me that in the face of citizen service I could publish the list of journalists who eat from the hand of the parties.
In short, a very recommendable reading and, that we really hope will serve to advance more in the democratic system, I insist it gives a lot to think, since it makes very clear because the written press goes down the drain. Regrettable.

The office of the editor of El Mundo * (newspaper) had been in all that time one of the greatest centers of influence in the country, courted by kings and judges, ministers and celebrities, writers and singers, caciques and achievers. Although he had lost weight in recent years, he was still one of the few places feared by power.
My arrival coincided with the worst moment in the press. Our printed circulation had fallen more than 60% in the previous seven years, we were entering half of it in advertising and we were living under a war economy in which news coverage was stopped so that we would not have to pay the taxi to the reporters.
El País (spanish newspaper) had taken away our leadership on the Internet, despite having been the digital pioneers of the national press. The editorial staff, demoralized, had suffered years of reductions in salaries and layoffs, none more traumatic than the founder of the newspaper and director during his first quarter of a century of history, Pedro Jota Ramírez. Casimiro García-Abadillo, for years nicknamed Prince Carlos because he never finished succeeding Jota, had lasted 15 months in the post when he finally occupied The Office. The country also experienced the moment of greatest political tension since the transition to democracy, with a wounded economy, an elite that clung to their privileges, new parties that threatened the established order and mostly kneeling media. before the power, which had taken advantage of our fragility to organize the largest and most coordinated attack against press freedom since the end of the dictatorship of General Franco.

Pedro Jota (formerly Chief-Executive) was then more guru than boss: if instead of practicing journalism he had decided to drag the editorial staff into a collective suicide in the Sierra de Guadarrama, he would have had no problem finding volunteers. He exercised his authority thanks to a mixture of reverential admiration and the terror caused by his legendary quarrels. His approaches to the sections, announced with repeated dry coughs, plunged the noisiest journalists into a sepulchral silence and there were chief editors who trembled physically before his presence. He had an influence on politics that would have been unthinkable for any other director, especially after the newspaper’s investigations were decisive in the downfall of Felipe González’s socialist government and the coming to power of conservative leader José María Aznar in 1996. new president, grateful, repeated in the parliament textual phrases that the director had suggested the eve by telephone and his ministers courted the office in search of protection as petitioners in the initial scene of The Godfather.

You are the editor and you have to choose your team, but you have made a serious mistake, «he said.
-Because what you say? I asked, not knowing to what extent she and my new deputy director detested.
-Because nobody wants your position more than him.

More than fifty scandals accumulated in the offices of the magistrates with names like Gürtel case, Punic case, Bárcenas case or Nóos case, the corruption plot that had splashed the Royal House and was going to sit on the bench to the Infanta Cristina and her husband, Iñaki Urdangarin. The response from the government party had been to hide evidence, protect the charges under suspicion, maneuver to change the destination of uncomfortable judges and harass the media that, like El Mundo, investigated the scandals. The control of the press had become an obsession for the Government.
The ministers with whom I was quoting had such a similar message for me, expressed in such similar phrases, that I came to the conclusion that they were part of a coordinated strategy. The World and the Government had had their differences – most of their cases of corruption had been uncovered by our reporters – but the time for «reconciliation» had arrived. The idea was that the country was at a critical moment and the irruption of populism threatened not only economic recovery, but national integrity and constitutional principles. Moncloa hoped that our newspaper would take the «patriotic» position of supporting its candidate. «These are not the times for neutrality,» Interior Minister Jorge Fernández Díaz told me in a phrase that several of his colleagues would later repeat. I knew how the cast worked when I started receiving offers to participate in radio and TV programs. The Cardinal was determined to choose for my collaborations the media of the Atresmedia group, with which he said that we had possibilities for future alliances. I thought it was a good option because the programs where I proposed to participate, Espejo Público in Antena 3 (spanish tv channel)  and Más de Uno in Onda Cero (spanish radio station), were conducted by journalists that I respected. I was informed that my seat would be part of the «free quota», that is, the gaps that remained after the Government and the media caciques of the house placed puppets and minions. The distribution, in the case of Atresmedia, included in its thriving Sexta chain, was managed by its adviser Mauricio Casals, who since the presidency of La Razón (spanish newspaper) operated in the dark as a liaison with the Government and was being investigated in several corruption cases related to with the Popular Party. The control of the Government had reached such a point that its two main factions, led by Vice President Santamaría and the Cospedal party secretary, were struggling to place in the gatherings the largest number of related to attack each other, proof that in politics the most lethal is always friend. It was a war where humiliated the tertuliano sending messages to him with the slogans to repeat, blind allegiances were demanded and races were destroyed or promoted to caprice, including those of some of the Inspired ones, that new generation of columnists who made his way imitating his greater. The government was about to complete its domination of the traditional press based in Madrid, and the arrival of a new director to El Mundo, without sponsors or experience, was seen as the opportunity to complete the work. The newspaper would live in the following months the final offensive against its independence after a quarter of a century of harassment.

Collecting heads of journalists was a hobby with a long tradition among our politicians since the days of the dictatorship, when they once gave the director of Pueblo, Emilio Romero, a list with the names of the informants that should cease. He said there was one missing: his. If it was still done it was because there were always directors willing to obey orders. Not only were the journalists in danger marked by the vice-president – «remember who put you there» – but also private editors, parliamentary chroniclers, news anchors and even correspondents. Ricardo Ortega, considered one of the great reporters of the country after covering wars like those of Chechnya or Afghanistan, where we shared coverage and lodging in the house of a warlord of Jalalabad, lost his position as delegate of Antena 3 in New York because the then president, José María Aznar, did not like his chronicles on the preparations for the war in Iraq. The only thing that Ricardo had done was to question the existence of weapons of mass destruction that were never found and with which the invasion was justified.

The only issue in which El Cardenal and I seemed to be on the same page was Catalonia, whose Government had launched an offensive in favor of independence that would fracture Catalan society and lead Spain to its greatest institutional crisis in democracy. I had nothing against you wanting to emancipate yourself from whatever, parents, heads or even States, but I could not understand that Catalan nationalist leaders intended to do so against the will of at least half of its citizens, ignoring a Constitution that, with its shortcomings, it had given the country a period of unprecedented stability. The challenges of the Generalitat were increasingly daring, spurred by local media who were cheerleaders after being bathed in public subsidies. But even when the Catalan parliament proclaimed the beginning of «the process of creating the independent catalonian state in the form of a republic» President Rajoy seemed to take seriously what was happening. The idea that we could raise our sales by offering a large Sunday newspaper or betting on a more independent journalism was fading. After a couple of months of pushing, our Sunday edition returned to the pre-launch drops.

Pedro Jota had ordered that all references to El Corte Inglés  (spanish megastores), one of the largest advertisers in the country’s press, which had maintained its investment even in the worst years of crisis, be eliminated from the article. I did not understand that the good name of a company was above the information of a tragedy that had cost the lives of all those people. I had never seen a Mercadona ad on our pages and had read reports extolling the success of the company «despite not investing anything in advertising». He did not need it: the company paid the press – including native digital bidders who declared themselves neat – important sums of money in «sponsorships» with which he achieved friendly coverage and protection from the annoyances of journalism. Media advertising departments had usurped functions from the newsrooms, influencing more and more journalistic content or producing it directly. Our Health team, the best in the national press, was outraged by the interference of Advertising. One day they published a story entitled «Deception of omega-3 supplements», with quotes from experts and studies that questioned its benefits. Shortly after, another news was found on the website promoted by Puleva about the advantages of milk enriched with omega-3. Reading the press in the last decade it was easy to conclude that we lived in a country where bankers, real estate sharks and politicians had made fun of the system for their own benefit, while leaving the rest to a huge bill. And, nevertheless, that had always been an incomplete story in which journalists had left out key characters in the plot. The reasons for our carelessness were obvious: they literally sat on our heads.
The defeat that journalism was living against power was only possible with the connivance and sometimes the direct participation of important allies within the media. The three major press groups in the country, PRISA, Unidad Editorial and Vocento, were in serious financial straits and had become dependent, more than ever, on the institutional advertising that the Government distributed on a whim, the granting of radio licenses and digital television, whose last game was to be delivered on the eve of the elections, and the pacts with the big companies in the country. The system was perfectly greased and depended on that no piece moved from the place where it had been placed. Economic power protected political power. Political power protected economic power. The press protected the economic power …

Zarzuela (official monarchy residence) was not the happiest place in the world for her. The Queen lived the classic story of the commoner who enters for love in a world that is not his. Only someone who like Felipe VI had been trained and trained for the position as a child could fit into that universe of secrecy and protocols, centennial traditions and imposed formalities, palacial masks and gentle hypocrisies. Dona Letizia had been wrong with her messages – and maybe I did not publish them – but I did not have it easy either. The aristocracy despised it because it did not belong to their world and the people because, belonging to theirs, they had abandoned it to enter the aristocracy. No matter what he did, a country with the complexities and envy of ours would never forgive him for having become queen. And, less than anyone, a press that had found in it a way to redeem its past silences about the monarchy.

I had been stopped for doing my job, defending the newspaper’s independence, opposing decimating the workforce and promoting the changes that would guarantee its future. They had promised me means and had received cuts; I supported and had found intrigues; and now I knew from close to El Cardenal that he had started his movements against me when he had only been in office for three months, after he spoiled his reconciliation with the Rajoy government on the anniversary of Expansión. If I gave in, accepting an offer that I felt was an attempt to silence me, was not he accepting his account of what happened? All the battles fought, to surrender without further ado? Was not that his final triumph, buying me as I had done with so many others? I had become the first director of a large newspaper that accepted the conscience clause of the Constitution that protects journalists against attempts to bend their deontological principles. I gathered evidence, debased my story with Cruz and decided to sit on the bench as witnesses to the political, economic and media powers: the president of Telefónica César Alierta, which El Cardenal protected by paralyzing the printing press without my authorization; the minister José Manuel Soria, whose resignation we forced with the document on his activities in Jersey; the ex-director of Marca Óscar Campillo, fired by the pressures of Florentino Pérez; or the former directors of El Mundo Pedro Jota Ramírez and Casimiro García-Abadillo.

The El Mundo office is obliged to respond to the complaint filed by its former director to complain against the publishing company for an alleged violation of its conscience clause, a claim that by itself is extremely damaging to credit and consideration of our work. Without prejudging the possible responsibilities of our editor, of which this newsletter has not had any news, the reception of pressures is inherent to the position of director of El Mundo. This has been the case since its foundation in 1989 as a result of the audacity and incisive information pulse of the pages of the newspaper, dramatically deteriorated during the year of David Jiménez. What has been unusual, however, during his tenure has been his resignation from the first day of his obligation and his right to act as a counterweight to these pressures, as his predecessors had done with leadership and decision. During his time among us, Jiménez never expressed in that sense any complaint that the editorial team has known. On the contrary, what he did was what a director of El Mundo should never do: move almost daily in first person pressures to his journalists to lower the tone and look or, directly, eliminate certain critical information with the power or that, simply, they were annoying because some press officer or Twitter follower dared to reproach them. In all cases, this wording responded with the professionalism and courage that correspond, but it is to that exercise of editorial cowardice that we owe, in good part, the tragic situation of this head, unimaginable in May 2015.

They signed 16 people out of about 300 possible, even though the letter remained on the board for more than three weeks and The Secretary mobilized as in his best battles to fatten the list. I waited in vain for the support of colleagues or press associations. Except for a few friends, I only received criticism. Companions of El Mundo, even those for whom the idea of ​​a newspaper submitted to El Cardenal became unbearable, asked me to withdraw the demand so as not to harm the newspaper. The confidentiality agreement would include a phrase that would guarantee my «constitutionally recognized freedom of expression» and free me from the gag they wanted to impose on me. The Cardinal looked at his lawyers and nodded, accepting the addition.
The rest of the details were drafted at the time. The company admitted that my dismissal had been unfair – there was no objective reason: I had done my duty – and agreed to pay the compensation agreed after 20 years of work in the newspaper. We shook hands, I got up from the chair and he approached relieved. He asked me if he could invite me to eat one of these days, so that we could leave behind what happened. I had just done it. He would never meet someone so elegantly implacable in treachery, so courteous in the elimination of his adversaries or more conditioned by the fear that others would see him as he really was. His fears, malice, intrigue, folds … hid under a disguise of appearances that had become his second skin. He would never take off his mask. I could not, because there was no one behind.
The day scheduled for the trial was an act of conciliation in court. I reviewed the agreement one last time, I stopped in each of the five words that had made it possible – «constitutionally recognized freedom of expression» – and I thought that, in a way, they had been the last ones I had ordered to publish as a director. I could not imagine a better way to say goodbye to my newspaper.

*el cardenal / The cardinal is a moniker. Besides “El Mundo” is a spaniard newspaper. Besides San Luis is the district where is located HQ from the spaniard newspaper in Madrid.

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