Gorbachov: Vida Y Época — William Taubman / Gorbachev: His Life and Times by William Taubman

4D70A734-113D-4207-91AD-E109A069DCB1
Sin duda es el mejor libro que he leído sobre Gorbachov, además acompañado de fotografías personales da una visión más cercana, sin embargo los detractores dirán que es un libro demasiado extenso,
William Taubman da una cuenta equilibrada de la vida, los logros y los fracasos de Mikhail Gorbachev. Al igual que su amigo de la Universidad de Moscú, Zdeněk Mlynář, el Sr. Gorbachov creía sinceramente que el comunismo podía tener un rostro humano.
El Sr. Taubman explica claramente por qué la terapia de doble choque de «Glasnost» y «Perestroika» que el Sr. Gorbachov administró a la antigua Unión Soviética llevó a 1) la democratización temporal de lo que hoy es autoritaria, la Rusia antioccidental, 2) la economía la ruina de muchos de sus conciudadanos, 3) el fin de la guerra fría, 4) la reunificación de Alemania, y 5) la desintegración mayoritariamente pacífica de la antigua Unión Soviética. Como era de esperar, el Sr. Gorbachov ha sido ampliamente amonestado en Occidente, mientras que es ampliamente despreciado en Rusia.
Además, el Sr. Taubman muestra con mucha destreza la falta de una visión a largo plazo de los líderes occidentales, especialmente de la élite política estadounidense a fines de los años ochenta y noventa. El liderazgo político de los Estados Unidos mostró el mismo corto plazo que Wall Street ha mostrado hasta el día de hoy al ofrecer una asistencia económica insignificante tanto a la Unión Soviética en declive como a la Rusia. Winston Churchill escribió sobre ese tema: «El político piensa en la próxima elección, el estadista piensa en la próxima generación». Como los conocidos invasores occidentales, estos presuntos líderes políticos occidentales han subestimado enormemente la resistencia del pueblo ruso. Rusia, el sucesor de la Unión Soviética, es nuevamente una formidable potencia mundial a pesar de sus debilidades bien conocidas.
En resumen, el Sr. Taubman argumenta convincentemente que el Sr. Gorbachov fue excepcional como gobernante soviético y estadista mundial.

Gorbachov nació de campesinos en el sur de Rusia en 1931. Su padre sirvió con valor en la Segunda Guerra Mundial a través de la terrible experiencia. Vio a su pueblo invadido por los nazis; Vio a su madre luchar por la comida y creció en un entorno rural. Trabajó con su padre durante un largo y agotador trabajo en la granja; Fue un éxito en los estudios de secundaria y se matriculó en la Universidad de Moscú desde 1951 hasta 1955. Su esposa fue la brillante Raisa que se graduó en filosofía y enseñó y escribió bastante. Tanto él como su esposa eran comunistas. La pareja tuvo una hija, Irina, que estudió medicina y está bien.
Gorbachov aumentó las filas del partido hasta que fue elegido presidente del Politburó en 1985. Vio la muerte del comunismo soviético. Sus problemas no pudieron resolverse, incluido el aumento de grupos nacionalistas y étnicos, la devastación en las cosechas fallidas y la guerra devastadora en Afganistán, la producción soviética en bienes de consumo quedó muy por detrás de Occidente. El Muro de Berlín cayó en 1988-9 cuando Alemania se reunió. Sus políticas democráticas de glasnost y de reestructuración del estado soviético no se llevaron a la práctica. Tenía oponentes poderosos, incluyendo a su archienemigo Boris Yeltsin. A Gorbachov le fue bien en su reunión cumbre con los presidentes Ronald Reagan y George H.W, Bush. Es un intelectual y está bien educado, como lo fue su difunta esposa Raisa. Es un estadista fascinante que trabajó arduamente por la paz y buscó mejorar los estándares de vida de su enorme nación que ya estaba en un declive imparable.
El Dr. William Taubman, el distinguido autor de Khrushchev y profesor emérito en el Colegio Amherst, ha escrito un extenso y detallado biografía de Gorbachov que debería convertirse en estándar en los estudios de Gorbachov. Muy bien investigado, escrito, ilustrado y bien vale su tiempo. Recomendado con los más altos elogios.

En los años en que Gorbachov ocupó el poder se volvió una práctica habitual de los observadores soviéticos (y también de los occidentales) clasificar a sus opositores como de izquierdas o de derechas. Los sectores de la línea dura dentro del Partido Comunista, el ejército, los organismos de seguridad y quienquiera que se resistiese a las reformas que Gorbachov había emprendido eran catalogados automáticamente de derechistas. Los demócratas, en especial los más radicales, que presionaban a Gorbachov para que acelerara la instauración de una economía de mercado, eran tachados de izquierdistas. Pero, dado el uso habitual de tales conceptos más allá de las fronteras de la Unión Soviética —con los comunistas normalmente situados a la izquierda del espectro político y los devotos del libre mercado, a la derecha-.
El mundo entero se muestra resueltamente dividido cuando se trata de comprender a Gorbachov. Muchos, sobre todo en Occidente, lo ven como el mayor estadista de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, en Rusia es ampliamente menospreciado por quienes lo culpan del hundimiento de la Unión Soviética y de la bancarrota económica asociada a él. Sus admiradores se maravillan con su visión y coraje. Sus detractores, incluidos algunos de sus antiguos camaradas del Kremlin, lo acusan de casi todo, desde haber pecado de ingenuo hasta haber sido un traidor. En lo único en lo que todos coinciden es en que cambió, casi por sí solo, a su país y al mundo.
Antes de que asumiera el poder en marzo de 1985, la Unión Soviética era una de las dos superpotencias mundiales. En torno a 1989, Gorbachov había transformado radicalmente el sistema soviético y, para 1990, más que ningún otro líder, contribuyó a poner fin a la Guerra Fría. A finales de 1991 la Unión Soviética se hundió, convirtiéndole en un presidente sin un país que gobernar.
Pero no lo hizo todo solo. La condición tan precaria del sistema soviético en 1985 propició que sus colegas del Kremlin lo escogieran para embarcarse en un proceso de reformas, aunque Gorbachov terminó yendo mucho más lejos de lo que todos ellos pretendían. Contó, en el proceso, con aliados liberales rusos que dieron la bienvenida a sus reformas de vasto alcance y que trabajaron para apoyarlas, pero que entonces eligieron a Borís Yeltsin para que los condujera a la tierra prometida.
Tenía adversarios personales, especialmente Yeltsin, a quien atormentaba y que a su vez lo atormentó a él, antes de asestarles el golpe de gracia tanto a Gorbachov como a la Unión Soviética. Los líderes occidentales dudaron de Gorbachov, luego lo acogieron y finalmente lo abandonaron, negándole la ayuda económica que tan desesperadamente requería. Y, lo que tal vez sea lo más importante, tuvo que lidiar con la propia Rusia, con su tradicional estilo autoritario y antioccidental; tras rechazar por igual a Gorbachov y Yeltsin, el país se entregó finalmente a Vladímir Putin.
En calidad de secretario general del Partido Comunista, Gorbachov tenía la facultad de cambiarlo prácticamente todo.
Su decencia resultaba patente en su vida familiar. Su esposa, Raisa, era una mujer intelectual y de buen gusto (aun cuando Nancy Reagan no pensara lo mismo). A diferencia de demasiados políticos, Gorbachov amaba y apreciaba a su esposa y, algo raro tratándose de un líder soviético, fue un padre comprometido y muy presente en la vida de su hija, así como un abuelo de iguales características con sus dos nietas. ¿Qué fue, pues, lo que le hizo decir, tras la agónica muerte de su mujer a causa de la leucemia a los sesenta y siete años: «Soy el culpable. Soy el que le provocó esto»?
Si Gorbachov era en efecto único, si sus actos diferían de manera tan drástica de lo que otros líderes hubieran hecho en su lugar, su carácter ha de ser un elemento fundamental para explicar su comportamiento. Solo que su carácter es a la vez difícil de precisar. ¿Era un gran escuchador, como dicen algunos, un hombre esencialmente no doctrinario y con ganas de aprender de la vida real? ¿O más bien era un hombre que no sabía cuándo callarse? Gorbachov tenía muchísima confianza en sí mismo y poseía un narcisismo rayano en la autoflagelación.

Gorbachov, quedó prendado de ella a primera vista. «Los días que siguieron fueron tormentosos y a la vez gozosos. Me parecía que nuestro encuentro inicial no había causado ninguna impresión en Raisa. A juzgar por su mirada, parecía absolutamente apacible y por completo indiferente.
Gorbachov y Raisa no tardaron en comenzar a pasar juntos todo su tiempo libre. Los amigos del primero bromeaban con que habían perdido a Mijaíl.
Cierto día de invierno, cuando la pareja caminaba de vuelta a Strominka desde el edificio donde asistían a clases en el centro de Moscú, Raisa estaba silenciosa y respondía a las preguntas de él con monosílabos. Y le dijo de pronto: «No debemos seguir viéndonos. He sido muy feliz durante este tiempo, casi he vuelto a la vida. Pero viví una ruptura con un hombre en quien confiaba mucho… Te estoy muy agradecida, pero si algo así me vuelve a ocurrir no creo que pueda sobrellevarlo. Es mejor que dejemos de vernos ahora, antes de que sea demasiado tarde». Siguieron caminando en silencio. Él protestó. «Le dije a Raisa que no podía estar de acuerdo con esa decisión y que para mí sería una catástrofe.» Ya en la residencia, la acompañó hasta su cuarto y le dijo que la esperaría dos días después cerca del mismo edificio moscovita donde tenían lugar sus clases.
—No debemos vernos más —insistió ella.
—Estaré allí esperando —replicó él.
«A los dos días —recuerda aún— volvimos a encontrarnos.»
Al igual que Mijaíl, Raisa era una ávida lectora. «Las páginas más felices y luminosas de mi infancia […] son las dedicadas a la lectura de libros en el círculo familiar. Me encantaba leer en voz alta, ¡qué atardeceres más maravillosos! La leña crujía en la chimenea o en la estufa y mi mamá preparaba la cena.» Su hermana Ludmila (nacida en 1938) y su hermano Yevgueni (nacido en 1935) «se acurrucaban junto a mí, cada uno a un lado, y yo leía». Terminó la secundaria en el pueblo baskir de Sterlitamak en 1949; obtuvo una medalla de oro, una calificación superior a la plateada de su futuro esposo, algo que le daba derecho a una educación superior sin tener que hacer los exámenes de admisión. Para ella, como lo fue para Gorbachov, ser admitida en la Universidad de Moscú supuso un triunfo, pero su viaje a la capital a los diecisiete años, sola en un vagón hacinado y demasiado caluroso, sin literas ni comida salvo la que su madre le había preparado para el viaje, fue un auténtico calvario.

Los Gorbachov deseaban tener hijos, pero el médico de Raisa les advirtió una vez más de que, dada su afección previa, que podía haber debilitado su corazón, el parto podría poner en serio riesgo su salud. Raisa ignoró valientemente la advertencia y el 6 de enero de 1957 nació Irina Gorbachov, un día después de que su madre cumpliera veinticinco años. Gorbachov estaba muy contento y su esposa, «incluso más feliz», recordaría él luego. Por fin, el miedo a que nunca tuvieran una «familia normal» quedaba atrás. Gorbachov le pidió a su madre que fuera y se quedara a ayudarlos durante unos días, pero Raisa, que merodeaba junto a la bañera cuando su suegra bañaba a la niña, consideraba que la anciana era demasiado ruda. De modo que, tras una estancia de una semana, la madre de Gorbachov volvió a su casa.
Para Raisa, como para tantos otros rusos que solo habían vivido en chozas de campesino, residencias de estudiantes o cuartos alquilados, incluso una kommunalka era algo valioso, en la medida en que «por primera vez en nuestras vidas teníamos “nuestro propio” apartamento». Tres años después, cuando Gorbachov fue nombrado director regional del Komsomol, se les asignó al fin un apartamento de doce metros cuadrados y dos habitaciones, que incluía una cocina, un baño, un lavabo y un pasillo, en un edificio de la era prerrevolucionaria situado en la calle Morozov. Nueve años después, se mudaron a su pequeña villa campestre, remodelada pero aún no muy presentable, según recuerda su hija, con un gran jardín y una piscina pequeña en la parte trasera. Para entonces, Raisa había llegado a apreciar también «el ritmo de vida apacible y la calma patriarcal» de Stávropol.
Algunas de las críticas a Gorbachov formuladas por sus subordinados en Stávropol apuntan a rasgos y prácticas característicos de casi todos los funcionarios soviéticos ambiciosos dentro del partido: el deseo de ascender, amén de cierta capacidad para halagar a los superiores, sojuzgar a los subordinados y maniobrar contra los rivales para superarlos. Y algunos de los elogios quizá parezcan exagerados solo porque sus mejores cualidades eran muy infrecuentes entre los funcionarios provinciales. A largo plazo, sin embargo, el destino de Gorbachov no dependía de sus homólogos de provincias, sino de sus jefes en Stávropol y Moscú, y la impresión que causaba en la mayoría de ellos era deslumbrante.

El primer discurso de Gorbachov como jefe del partido en Stávropol, pronunciado en octubre de 1970, demostraba, como muchas otras políticas que promovió allí, su capacidad de adaptarse. Resumiendo un informe de Brézhnev sobre la agricultura, lo describió con entusiasmo como un documento basado en un «profundo análisis» que venía a «iluminar» la senda futura. Y en uno de sus últimos discursos en Stávropol caracterizó a Brézhnev como «el estadista más relevante de nuestra época». Comparada con la prosa reiterativa de los clichés de otros líderes prometedores y en ascenso, la suya era relativamente sofisticada. Podía combinar la rimbombancia ante los adversarios ideológicos («La propaganda burguesa pone un gran empeño en proyectar sospechas sobre las grandes conquistas de nuestro partido y nuestro Estado, como es la amistad que une a nuestros pueblos en un solo gran pueblo en marcha hacia el comunismo») con ingeniosas invectivas contra los funcionarios locales corruptos.
Los viajes de Gorbachov le brindaron el tipo de información que, aun para alguien de su rango, era «extremadamente escasa y, además, estaba sujeta a un puntilloso reprocesamiento en la Unión Soviética». Lo que le impactó en particular fue la avidez de los habitantes de Europa occidental de hablar libremente de todo, incluidos su propio Gobierno y sus líderes políticos. «A menudo discrepaban entre ellos respecto a estos asuntos, mientras que nosotros debíamos demostrar una absoluta homogeneidad de opiniones en todas las preguntas que recibíamos, al igual que hacíamos en casa, salvo en las sobremesas privadas en la cocina.» Los Gorbachov no disimulaban sus impresiones ante los amigos y colegas cercanos. Víktor Kaliaguin recuerda que su jefe estaba maravillado con la calidad tan elevada y los precios tan bajos de la comida en Occidente.
Pero el auténtico salto adelante de Gorbachov tuvo lugar cuando Andrópov sucedió a Brézhnev. Chernienko aspiraba a ese ascenso, pero su principal baza, por calificarla de algún modo, era su prolongada función como principal secretario de la documentación de Brézhnev. La estrategia fundamental de Chernienko, recuerda Gorbachov, consistía en «aislar a Brézhnev de cualquier contacto directo [con terceros], alegando que solo él podía entender […] lo que Leonid Ilich deseaba». Pero esa estrategia no funcionó.

Thatcher hizo su famosa declaración de que «me gusta el señor Gorbachov, podemos hacer negocios juntos», y poco después voló a Washington para decírselo en persona a Reagan. Los medios británicos y occidentales cubrieron la visita de Gorbachov en sus detalles lujosos, designándolos como «los nuevos camaradas Gucci» e informando erróneamente de que la señora Gorbachov había utilizado una tarjeta American Express para hacer costosas adquisiciones en tiendas de lujo. En verdad Raisa pagó «en efectivo», con dinero facilitado por un consejero de la embajada soviética, unos pendientes engastados que costaban varios centenares de libras y que compró en Mappion & Webb.En lo tocante a la prensa soviética, cuyos directores eran conscientes de que algunos de sus colegas del Kremlin estaban celosos de la atención que Gorbachov estaba acaparando, fue algo menos obsequiosa. El embajador soviético en Washington, Dobrinin, envió dos largos telegramas a Moscú para informar de las reacciones estadounidenses al éxito británico de Gorbachov. Normalmente, dicha información hubiera circulado entre los miembros del Politburó, pero esta vez no fue así.
La liberación de Sájarov marcó un hito, pero presagió la polarización. El propio Sájarov, junto con intelectuales que lo consideraban una especie de santo, apoyaría a Gorbachov y al mismo tiempo lo presionaría para que fuera más lejos y más rápido en su liberalización del país. Los comunistas de la línea dura dentro y fuera del Politburó se resistirían a todo ello. A medida que la tensión aumentara, la glásnost suscitaría reacciones diversas. Incrementó la popularidad de Gorbachov, pero también alarmó a sus colegas. Permitió que el fracaso de las políticas del líder fuera ampliamente publicitado, lo cual acabaría permitiendo que los críticos en ambos flancos (aquellos que temían que estuviera yendo demasiado lejos y los que querían que lo hiciera) dirigieran sus tiros directamente contra él.

La guerra en Afganistán llevaba en marcha más de cinco años cuando Gorbachov se convirtió en el líder del partido. Por la época en la que las últimas tropas soviéticas dejaron el país, en febrero de 1989, más de trece mil soldados habían muerto allí y miles más habían resultado heridos. Miles de afganos perecieron y millones de ellos huyeron a Pakistán e Irán. Las fuerzas armadas soviéticas habían estado en desacuerdo con la decisión del Politburó de invadir el país. Incluso antes de marzo de 1985, los líderes soviéticos habían buscado una salida, y en torno a 1982 aceptaron un intento de la ONU de resolver el conflicto. Para 1984 estaba casi listo un borrador de acuerdo, excepto en los temas irresolubles, e interrelacionados, del momento de la retirada soviética y la conclusión de la interferencia promovida por fuerzas foráneas, principalmente de Estados Unidos y Pakistán, que habían estado apoyando a los muyahidines.
El propio Gorbachov parecía muy interesado en acabar con la guerra.

Si Gorbachov se sentía estancado a finales de 1986, el siguiente año trajo consigo tres avances aparentes en el frente interno. En enero de 1987, anunció un nuevo derrotero hacia la democratización del país. Seis meses más tarde, propuso reformas económicas más profundas y hasta se atrevió a emplear el término «reforma», que había sido un anatema durante decenios. Y en noviembre de 1987, en el septuagésimo aniversario de la sacrosanta Revolución bolchevique, pronunció un largo y sincero discurso acerca de la historia soviética en el que condenó los crímenes de Stalin; de hecho, estaba retomando el asunto donde el discurso secreto de Jrushchov lo había dejado en 1956, esta vez para denunciar al dictador ante todo el mundo.
Cada una de estas innovaciones requirió meses de cuidadosa preparación. Cada una era difícil y delicada, y exigía que Gorbachov exaltara de manera simultánea los logros soviéticos y desafiara las viejas modalidades de la ortodoxia, calibrando al mismo tiempo lo que el clima político reinante podía tolerar. Cada nuevo cambio requería compromisos con sus colegas del Kremlin, pero al final pareció que los apoyaban en su totalidad.
Mientras que las reformas políticas y económicas estaban tan solo en sus inicios en 1987, la glásnost estaba ya difundiéndose como un incendio en la estepa. Los periodistas estaban «escribiendo en realidad lo que piensan, sin tener que mirar por encima del hombro o sentir miedo de nadie», anotó Cherniáiev en su diario en enero. A esas alturas, «los vicios, los fracasos y los atropellos han sido ya señalados por su nombre; cada día aparecen multitud de ellos en los periódicos», por no mencionar «una tormenta en la literatura, el cine y el teatro». Gorbachov no se limitaba a dar la bienvenida a esta eclosión, sino que la veía como «el instrumento crucial, irremplazable, de la perestroika». Dado que el resto de la perestroika no estaba dando resultados, «la glásnost por sí sola está respaldando todo el proceso», le dijo a Cherniáiev a mediados de junio. Servía para reclutar y movilizar a los partidarios de la perestroika; apelaba a la gente por encima de las cabezas del rígido aparato del partido; alentaba el nacimiento de «rusos y rusas libres». Con todo, al mismo tiempo recordaba que, «por la naturaleza misma de la “libertad rusa”, causaba un daño enorme a la perestroika».
La «libertad rusa». La visión contradictoria que Gorbachov albergaba al respecto refleja bien el dilema que el líder soviético, como tantos otros reformadores rusos antes que él, afrontaron. La ausencia tan prolongada de libertades en Rusia explicaba por qué resultaba tan difícil conseguirlas.

¿Por qué dejó Gorbachov que Yeltsin siguiera teniendo libertad de movimientos en vez de mandarlo a otro sitio? Esa decisión, más que ninguna otra de las que Gorbachov tomó, consiguió desconcertar (y desconcierta hasta hoy) a los rusos, acostumbrados como están a los líderes rudos y cínicos. Incluso Gorbachov reconoció luego que debería haber eliminado a Yeltsin de la escena. Pero, a la sazón, les dijo a Grachov y otros de sus asesores que lo urgían a desterrar a Yeltsin: «No, camaradas, eso está descartado. Después de todo es un político, no puedo desecharlo sin más». Y más tarde le advirtió a Kriúchkov, el jefe del KGB: «Ten cuidado, si se le toca un solo pelo tendrás que responder por eso». Es muy probable, como Brutents pensaba, que Gorbachov se sintiera tan confiado de tener el control sobre Yeltsin que eso lo cegó ante el peligro que su rival representaba. Pero también es posible que estuviera empeñado en vivir de acuerdo con lo mejor de su propia naturaleza.

La arremetida de Borís Yeltsin contra Gorbachov en octubre de 1987 para exigirle que agilizara las reformas tuvo el atributo redentor para este último (desde su punto de vista) de que Yeltsin fuera solo una voz solitaria en el Politburó, que no contaba aún con una base política y social, y podía ser rápidamente dejado de lado. En marzo de 1988, los partidarios de la línea dura tendieron una trampa a Gorbachov, al que acusaban de ir demasiado lejos y demasiado rápido. En esta ocasión, sus críticos fueron también sus colegas del Kremlin, pero la suya fue una ofensiva más vasta: un artículo en un periódico de ámbito nacional, escrito en apariencia por una comunista de base llamada Nina Andréieva aunque escenificado en secreto por Ligachov, con el respaldo de la mayoría del Politburó y un amplio apoyo dentro del aparato del partido y entre buena parte de la sociedad.
La respuesta de Gorbachov no fue tan feroz como lo había sido ante Yeltsin, y a Ligachov y compañía les permitió permanecer en el Politburó, pero su andanada contribuyó a incitar a Gorbachov a dar un gran salto en pro de la democracia.
Hasta entonces, sus vacilaciones y los ejercicios de equilibrismo requeridos para actuar dentro del sistema con vistas a modificarlo habían hecho que se mantuviera a la defensiva. Ahora se embarcó en reformas verdaderamente radicales que terminaron con el comunismo tal y como los soviéticos lo habían conocido durante décadas. Al echar la vista hacia atrás, él y sus partidarios señalaban que la perestroika «real» no comenzó hasta 1988, en la histórica XIX Conferencia del partido celebrada en junio, que atribuyó un papel drásticamente menor al Partido Comunista con vistas —en decisiones ulteriores— a purgar en parte el Politburó y preparar la vía a elecciones mayoritariamente libres y conducentes a un nuevo periodo legislativo en la siguiente primavera.
Fueron grandes victorias en la liberalización y democratización del país, pero el esfuerzo que Gorbachov se echó sobre los hombros fue abrumador. En el intento de recuperar de sus miedos a un país entero, acentuó desafíos que acabarían por anularlo: de los sectores duros convencidos de su traición, de Yeltsin, cuya inusitada reaparición en la XIX Conferencia exacerbó aún más (si eso era posible) los problemas de su relación con Gorbachov, y del nacionalismo separatista, problema que debería haber sido fácil prever y que, no obstante, cogió por sorpresa a Gorbachov y en última instancia ayudó a destruir no solo la perestroika, sino a la propia Unión Soviética.
Una prensa más libre y menos temerosa había sido siempre esencial para el plan de Gorbachov en pro de la democratización y el cambio. A finales de 1987, la glásnost estaba ya floreciendo, pero los inicios de 1988 vinieron a equivaler a una Primavera de Moscú por derecho propio; no centenares, sino miles de flores que encarnaban la libre expresión estaban brotando por doquier.
No fue Nina Andréieva quien hizo apresurarse a Gorbachov a convocar la XIX Conferencia del partido. Ya en enero de 1987 había propuesto dicha convocatoria como una forma de promover la democratización, y en junio de ese año el Comité Central decidió que la conferencia sería inaugurada el 28 de junio de 1988, pero el caso Andréieva elevó las apuestas y contribuyó a radicalizar a Gorbachov, quien debía agradecerle que su carta hubiera servido para clarificar el equilibrio de opiniones real en el seno del Politburó. El 25 de marzo, la noche previa al día en que el Politburó debatiría el artículo, el líder soviético se desveló pensando: «Es inevitable un cisma. La única pregunta es: ¿cuándo será?».
¿Por qué Gorbachov no previó el auge de la inquietud nacionalista? Pocos, si es que alguno, de los líderes soviéticos habían leído la abundante literatura sobre el tema del nacionalismo que hay disponible en Occidente, ni siquiera Gorbachov, quien se preocupó ante todo de familiarizarse con el pensamiento político europeo de izquierdas. No fue el único líder soviético que pasó por alto lo que estaba en camino. Irónicamente, sin embargo, su mezcla singular de idealismo y optimismo lo volvió ciego.
En febrero de 1988 estalló en Nagorno-Karabaj un tercer conflicto, anterior a Gorbachov, que resultó más duradero y que aún arde en el siglo XXI. Situado en el Cáucaso meridional y durante mucho tiempo objeto de un contencioso entre armenios cristianos y azeríes musulmanes, Nagorno-Karabaj cuenta con una mayoría de población armenia (más del 75 por ciento en 1979), pese a lo cual fue concedida por los bolcheviques a Azerbaiyán después de que ambas repúblicas obtuvieran la independencia del Imperio ruso. Muchos armenios y azeríes vivían en el país del otro, la mayor parte del tiempo en paz, aun cuando había ocasionales tensiones que provocaban el retorno de los refugiados a la tierra natal de sus etnias respectivas. Los armenios residentes en Nagorno-Karabaj sufrían discriminación por parte de las autoridades azeríes, pero, hasta el advenimiento de la perestroika y la glásnost, no tuvieron (ellos y sus compatriotas en la propia Armenia) otra opción que acatar su destino. En 1987, los armenios de Nagorno-Karabaj comenzaron a pedir la reunificación con Armenia. Los manifestantes salieron a las calles a comienzos de aquel año portando retratos de Gorbachov, y el 21 de febrero el sóviet de Nagorno-Karabaj solicitó formalmente a Azerbaiyán y Armenia transferir la región a esta última. Ello suscitó contramanifestaciones azeríes que insistieron en que la región en disputa era «una parte inalienable» de su república.
Ninguna de las grietas surgidas a finales de 1988 resultó de por sí fatal, pero tampoco ayudaron mucho a medida que la posición de Gorbachov se iba deteriorando. En 1999, Cherniáiev escribió un epílogo a las anotaciones de 1988 en su diario. «Si es atinado hablar del sino trágico de Gorbachov (en el ampuloso sentido shakesperiano), fue durante 1988 cuando no solo su consejero sino también él mismo sintieron por primera vez que ello era posible.»

Las conversaciones mantenidas por Gorbachov con los líderes de Europa occidental, sorprendentemente más cercanas que sus fríos encuentros con los de Europa oriental, eran percibidas en la Unión Soviética como éxitos. A finales de 1988, el líder soviético se sentía plenamente a gusto con los líderes occidentales, no solo con los rígidos caciques de los respectivos partidos comunistas y con socialistas como Mitterrand, sino también con precavidos estadistas de probadas inclinaciones capitalistas como Thatcher y Kohl. Reagan, por su parte, aun cuando sufrió una transformación, no daba la talla en términos intelectuales, pero, tras la cumbre de Reikiavik, pasó a ser no solo un antiguo adversario sino también un verdadero amigo.

El año 1989 fue crucial en la historia del comunismo y de todo el siglo XX. La liberación de Europa oriental —una «revolución de terciopelo» en Checoslovaquia, transiciones notablemente incruentas en Polonia y Hungría, y otra sangrienta en Rumanía— y la caída del Muro de Berlín condujeron con asombrosa rapidez a la unificación de Alemania y su ingreso en la OTAN al año siguiente. Para entonces, si no antes, la Guerra Fría había llegado a su fin, según la conclusión de la mayoría de los analistas.
Pero los acontecimientos de 1989 en Europa oriental no hubieran tenido lugar sin los que los precedieron y acompañaron en la Unión Soviética. Las innovaciones de Gorbachov a escala interna animaron a los europeos del Este a reformar su versión del régimen comunista o incluso a liberarse por completo del comunismo, y, cuando así ocurrió, Gorbachov estaba muy distraído en su batalla por democratizar la propia Unión Soviética. Habida cuenta de que buscaba la democracia, uno podría especular con que nunca hubiera intentado siquiera detener a los europeos del Este en la consecución de la suya, pero lo que de hecho ocurrió fue que estaba tan absorto en los problemas internos de la Unión Soviética que apenas tuvo tiempo de reaccionar a lo que estaba ocurriendo en Europa oriental.
En la Unión Soviética, 1989 fue el punto álgido de la perestroika y, de acuerdo con las encuestas de opinión más fiables, el punto más alto en la popularidad personal de Gorbachov. El régimen soviético se vio transformado cuando, por primera vez en más de siete décadas, tuvieron lugar elecciones en buena medida libres y un parlamento genuino y operativo sustituyó al fin al Sóviet Supremo y sus decisiones aprobadas de antemano. Con todo, ese mismo año marcó el comienzo del fin de la perestroika, puesto que esas mismas innovaciones debilitaron las instituciones.
Vistas en conjunto, las presiones internas y externas a las que estaba sometido Gorbachov en 1989 llegaron a resultar abrumadoras, ante todo por la forma en que empezaron a erosionar la idea que tenía de sí mismo. La víspera del año en cuestión, en su discurso de Año Nuevo al pueblo soviético, ensalzó 1988 como un «año decisivo». Al siguiente se lamentaba de que 1989 hubiera sido «el año más difícil» desde el inicio de la perestroika en 1985.

En la era soviética solían emplearse de manera indistinta, pero equivocada, los términos «Rusia» y «Unión Soviética». Rusia, oficialmente conocida como República Federativa Socialista Soviética Rusa (RFSSR), era de lejos la mayor de las quince repúblicas constitutivas de la Unión Soviética, abarcando a la mitad de la población total dentro de la Unión, dos tercios de su economía y tres cuartas partes de su territorio. Pero las otras catorce eran, al menos formalmente, sus iguales. Aparte de toda la parafernalia visible de autoridades (legislaturas, consejos de ministros, banderas, etc.), las repúblicas no rusas contaban con sus propios partidos comunistas, todos ellos subordinados, sin embargo, al Partido Comunista de la Unión Soviética con sede en Moscú. Solo que, justamente porque era tan grande, a la República Rusa se le negaba la opción de tener su propio partido, para que no se viera que este dominaba en el seno del Partido Comunista de la Unión Soviética, aun cuando en verdad era precisamente lo que hacía.
Dada la posición dominante de Rusia en la Unión Soviética (lo cual se hacía eco, desde luego, de su supremacía en el Imperio ruso previo a 1917), los rusos desarrollaron lentamente el sentimiento nacionalista de que estaban necesitando un Estado propio y separado del resto. En la primavera de 1990, no obstante, con el nacionalismo no ruso en plena ebullición, sobre todo en el Báltico y el Cáucaso, el nacionalismo ruso comenzó también a aumentar y, con ello, las demandas de que Rusia tuviera su propio Partido Comunista. Gorbachov hubiera preferido el statu quo, porque sus críticos conservadores más feroces presionaban a favor de un partido ruso, pero tuvo que aceptar la celebración de un cónclave fundacional en junio.
A principios de 1990, la derogación del artículo 6 incluido en la Constitución de 1977, que ratificaba al PCUS como el «partido gobernante» de la nación, fue debatido en su círculo más cercano incluso antes de la XIX Conferencia del partido de junio de 1988. Pero entonces, y durante meses, no se sintió preparado para agitar este paño rojo ante el toro del partido, especialmente después de que la derogación del artículo 6 se convirtiera en el grito de batalla de los críticos radicales, desde los mineros en huelga de Vorkutá hasta los centenares de miles de ciudadanos que se manifestaron en Moscú en 1989 y 1990. Aun así, alrededor de marzo de 1990, con el poder a punto de oscilar hacia la presidencia y con la democracia «pluripartidista» en boca de muchos, Gorbachov logró que el Comité Central se subiera al carro en lugar de oponer resistencia y recomendara al Congreso de los Diputados del Pueblo que el artículo 6 fuera derogado, algo que el Congreso hizo en el acto.
El momento álgido de 1990 fueron para Gorbachov las pocas semanas transcurridas entre finales de julio y mediados de agosto. Fue una etapa rayana en la euforia; por un breve periodo, pensó que había encontrado la argamasa que mantendría unido al país. La solución aparente apuntaba a la economía, terreno que había eludido hasta entonces cualquier esfuerzo suyo en favor de la reforma; además, la cura iba a ser ideada por una coalición política que hasta ese momento había estado fuera de su alcance, la coalición entre Gorbachov y Yeltsin.

Reacio a que se le viera y fotografiara aceptando el premio, envió al viceministro de Asuntos Exteriores, Anatoli Kovalev, a Oslo a recogerlo —en lo que constituyó una excepción al procedimiento habitual del Nobel— el 10 de diciembre. Tras resistirse a ello durante meses, finalmente accedió a enviar su Discurso del Nobel el 5 de junio de 1991, el último día que le estaba permitido hacerlo. En él, reafirmaba su compromiso con el rumbo que había decidido seguir. «Hace tiempo tomé una decisión definitiva e irrevocable. Nada, nadie ni ninguna presión, ya sea desde la derecha o la izquierda, me harán abandonar las posturas de la perestroika y del nuevo pensamiento. No pretendo cambiar mi visión ni mis convicciones. Mi elección es definitiva.»

Hay dos aspectos cruciales que están claros. En primer lugar, que los conspiradores no necesitaban el consentimiento de Gorbachov para embarcarse en su aventura. Les bastaba recordar la alianza tácita que el líder soviético había sellado con ellos en el invierno y la primavera de 1991 para concluir que quizá apoyaría su plan. Todas sus maniobras tácticas para mantener a raya a los sectores duros, todos esos planes de contingencia para un estado de emergencia que nunca declaró, todo eso funcionó demasiado bien; convenció a los conspiradores de que Gorbachov estaba aún con ellos, aunque no fuera así.
Está claro, además, por qué Gorbachov no hizo intento alguno de arrestar a sus captores o incluso de escapar. Según su hija Irina, la familia discutió en varias ocasiones esa posibilidad, pero, aparte de no estar muy seguros de qué guardias estaban con ellos y cuáles no, llegaron a la conclusión de que era una idea «absurda». «¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Escalar las montañas con su esposa y sus dos nietas pequeñas?…
El golpe fue una chapuza horrible. Los conspiradores nunca se hicieron con el pleno control de los medios. Nunca arrestaron a Yeltsin ni aislaron a los líderes de la oposición. Nunca requisaron los medios de comunicación y de transporte. No se aprovecharon del apoyo inicial de los líderes del partido, los presidentes de las repúblicas y la mayoría de los embajadores soviéticos en el exterior. La rueda de prensa ofrecida por el Comité Estatal el 19 de agosto fue una farsa; a Yanáiev le temblaban las manos y varios otros parecían bebidos. Y nunca se decidieron a irrumpir en la Casa Blanca rusa. Es cierto que había decenas de miles de ciudadanos allí reunidos, pero muy pocos en otros puntos de la ciudad, e incluso menos que defendieran a Gorbachov en provincias. Hubiera sido con toda probabilidad un baño de sangre, pero eso no había detenido con anterioridad, por citar un caso, a Deng Xiaoping en la plaza Tiananmén.
Kriúchkov insistió luego en que él y sus colegas deseaban evitar un derramamiento de sangre.
Al final, los conspiradores fueron incapaces de aprovechar su momento, pero lo mismo hizo Gorbachov al volver a Moscú. ¿Por qué no se dirigió rápidamente a la manifestación ante la Casa Blanca? Porque su esposa estaba enferma («Había que mirarla a los ojos —recordaba Grachov—. Eran los ojos de un ser humano herido de muerte») y él quería llevarla cuanto antes a casa.
Raisa Gorbachov jamás se recobró plenamente del trauma vivido con el golpe. Fuera cual fuese la causa (probablemente un leve derrame, concluyó su hija médica), la dejó exhausta y desmoralizada. En otoño fue hospitalizada en varias ocasiones y pasó la mayor parte del tiempo restante sentada en la terraza de su hogar, leyendo o con la vista perdida en la distancia. Se culpaba por haber insistido en que su esposo se tomara unas vacaciones en Foros. Resuelta a no permitir nunca más que los vándalos saquearan su mundo privado y familiar, reunió cincuenta y dos cartas que su cónyuge le había enviado cuando estaba de viaje por asuntos del partido a comienzos de su carrera, las releyó y el 27 de agosto las quemó una a una. Cuando Gorbachov volvió del trabajo, la encontró bañada en lágrimas. «Acabo de quemar todas nuestras cartas —le dijo—.
El sino de Gorbachov en el otoño de 1991, al igual que el de la unión, giraba en torno a su renovado empeño en negociar un tratado de la unión. El proyecto de federación que él y los líderes de las repúblicas habían acordado a finales de julio constituía una ruptura lo bastante drástica con la Unión Soviética como para haber provocado la intentona golpista de agosto. El borrador en el que él y los dirigentes republicanos trabajaron ese otoño apuntaba más bien a una mera confederación.
Raisa estaba en lo correcto. Desde el 8 de diciembre, cuando se enteró de que Yeltsin, Krávchuk y Shushkiévich habían fundado la Comunidad de Estados Independientes, hasta el 25 de ese mes, cuando renunció a su cargo, su trayectoria política siguió un curso en constante descenso, aunque su estado de ánimo variaba de forma inusitada. Buscaba desesperadamente alternativas, aun cuando se daba cuenta de que no había esperanzas. Contenía sus emociones, salvo cuando estas salían al exterior. Le tendió la mano a Yeltsin, quien le tendió a su vez la suya, pero al final se impuso el resentimiento mutuo.
(25 diciembre 1991) Gorbachov esbozó el tipo de arrepentimiento con que se hubiera ganado el corazón de los rusos, que tienden a valorar la penitencia y expiación. Yeltsin habría de manifestar vergüenza y remordimientos cuando renunció a la presidencia de Rusia nueve años después, tras haber prometido una renovación y, en cambio, haber conducido a Rusia a una situación aún más crítica. En su adiós, Gorbachov no mencionó a Yeltsin, a quien no le dio ningún crédito por su contribución a la democratización o su papel en la derrota del golpe de agosto, ni le deseó ningún bien. Es más, al menos dos páginas del discurso parecían apuntar directamente a Yeltsin como objetivo. La funesta decisión de «desmembrar el país y el Estado» debería haberse tomado solo con el apoyo de la «voluntad popular». Los «logros democráticos de los últimos años, alcanzados únicamente tras el trágico sufrimiento que los precedió, no debían abandonarse bajo ninguna circunstancia o por ninguna razón».
Yeltsin no era la clase de persona que obvia o perdona los desaires.

Tan solo uno de los antecesores de Gorbachov en el liderazgo soviético falleció en el cargo. Stalin contó para ello con una pequeña ayuda de sus «amigos» del Kremlin, quienes, aunque al parecer no lo envenenaron, tardaron varias horas en convocar a los médicos después de que sufriera un infarto cerebral. Los colegas del Politburó de Brézhnev, Andrópov y Chernienko insistieron en que siguieran en el cargo, aunque estaban ya ancianos y enfermos, hasta que les llegó la hora. Jrushchov vivió siete años más tras ser desalojado del poder en 1964, pero en lo que equivalía a un arresto domiciliario. La etapa pospresidencial de Gorbachov ha durado, por el contrario, más de un cuarto de siglo, asemejándose a la de presidentes estadounidenses como Jimmy Carter y Bill Clinton, que han estado décadas haciendo buenas obras tanto en su país como en el extranjero.
Poco después de haber dejado el cargo, Gorbachov creó la Fundación Internacional de Estudios Socioeconómicos y Políticos, también conocida como Fundación Gorbachov, que ha desarrollado a partir de entonces numerosas iniciativas de índole benéfica, particularmente en apoyo al tratamiento de niños con leucemia, y funcionado también como una suerte de think tank con su propio equipo de especialistas, patrocinando múltiples conferencias y publicaciones en torno a temas locales (por ejemplo, en materia de educación, desigualdad, federalismo, sociedad civil) e internacionales.
En lo que constituyó un signo de los nuevos tiempos, Yeltsin nunca arrestó a Gorbachov o le prohibió actuar, pero lo acosó inmisericordemente, al menos hasta que el lamentable resultado obtenido por Gorbachov en las elecciones presidenciales de 1996 probó que el expresidente no planteaba ya ninguna amenaza real. Gorbachov dio la bienvenida al ascenso de Putin a la presidencia, en parte porque lo percibía como el «anti-Yeltsin», pero, tras una luna de miel inicial, la relación entre ambos se agrió.
Esto no significa que la etapa pospresidencial de Gorbachov fuera una lucha constante. Liberado al fin de las presiones de ejercer el Gobierno, pudo relajarse, ir a funciones de teatro y al cine, y viajar por el mundo (pasando hasta un tercio de su tiempo en el extranjero), gozando de fervorosas acogidas por haber librado a su país del totalitarismo y al mundo de la Guerra Fría y la amenaza nuclear, pero también disfrutando como un simple turista de los lugares y el bullicio mundano. Además, su percepción sobre sí mismo y su misión maduró en algún sentido.

La noche del 20 de septiembre, recordaba Gorbachov, dos días antes de la fecha fijada para el trasplante y cinco antes del cuadragésimo sexto aniversario del día en que obtuvieron su licencia matrimonial, él e Irina estaban de pie junto al lecho, con Raisa en estado de coma.
—No te vayas, Zajarka —le suplicó Gorbachov, con el apelativo que a menudo empleaba en casa—. ¿Puedes oírme?
Y le cogió la mano con la esperanza de que reaccionara de algún modo, quizá con un apretón. Pero «estaba ya en silencio —recordaba—. Había muerto».

Yeltsin nombró a Putin primer ministro en funciones y lo ungió como su sucesor en agosto de 1999, una designación ratificada por el pueblo ruso cuando eligió presidente a Putin el 26 de marzo de 2000. La reacción inicial de Gorbachov cuando Putin se convirtió en primer ministro fue considerarlo una «caja negra», un hombre sin experiencia al más alto nivel cuyo comportamiento futuro era impredecible. Justo antes de las elecciones, Gorbachov lo avaló al declarar al diario italiano La Repubblica que, ante una disyuntiva entre democracia y autoritarismo, era probable que Putin «escogiera de manera correcta». Gorbachov se consideraba un demócrata, pero dado que Yeltsin había dejado al país sumido en el caos, recordaría luego, este requería «un liderazgo fuerte, firme»; en otras palabras, «una cierta dosis de autoritarismo».
Su actitud ante Putin se volvió pronto más calurosa incluso. El 7 de mayo de 2000 fue invitado a asistir a la ceremonia de toma de posesión de Putin (era la primera vez que Gorbachov entraba en el Kremlin desde diciembre de 1991), ocasión en la que los elogió a él y a Yeltsin por haberse comportado «dignamente» no solo en el cargo, sino también al abandonarlo.

Aún quedaba por delante un tercer mandato de Putin, en un momento en que Gorbachov comenzaba a sentir el paso de los años. «Me sentí estupendamente hasta que cumplí setenta y cinco», señaló en 2014, aunque a partir de 2002 sufrió cuatro intervenciones quirúrgicas serias: ese mismo año a causa de una inflamación benigna de la próstata, en 2006 en la carótida, en 2011 en la columna vertebral y a principios de 2014 por una cirugía bucal. Una mala caída en el hielo dio lugar a su hospitalización a comienzos de 2007, su capacidad auditiva sufrió un deterioro y en 2014, en una presentación formal de su último libro, Después del Kremlin, invitó a una multitud a la librería Moscú para que se le uniera en su nonagésimo cumpleaños, al que con toda probabilidad debería asistir en silla de ruedas. Durante más de medio siglo, todos los días había hecho vigorosas caminatas (normalmente de unos cinco kilómetros, según recordaba, aunque bastante más largas en las montañas), pero las redujo tras la muerte de Raisa, incluso antes de que las piernas dejaran de responderle. A menudo bajaba a la planta inferior de su casa en busca de algo, pero se olvidaba de lo que era.
Según recordaba Gorbachov, sus relaciones con Putin se «agriaron» incluso antes de que este fuera reelegido por tercera vez en 2012. «Habíamos seguido en contacto todo ese tiempo, pero entonces las cosas se complicaron. No sé por qué.» Puede que no ayudara mucho el hecho de que Gorbachov se hubiera opuesto a un tercer mandato del presidente, y ahora veía con consternación como Putin «apretaba las tuercas»: mandaba arrestar a los participantes en manifestaciones de protesta masivas; logró que la Duma fijara multas enormes a quienes participaran en manifestaciones más reducidas y obligó a las organizaciones no gubernamentales a registrase como «agentes foráneos», un término empleado en los años treinta para etiquetar a los «enemigos de clase» que estaba previsto liquidar, y que ahora, según Gorbachov, apuntaba a imponer una especie de «camisa de fuerza» a las ONG. Gorbachov decía que la administración Putin buscaba «subordinar por completo la sociedad» al Kremlin; el partido del presidente, Rusia Unida, con su «monopolio del poder», «encarnaba [ahora] los peores rasgos burocráticos del Partido Comunista soviético».

Lo cierto es que Rusia, bajo la conducción de Vladímir Putin, abandonó en buena medida la senda trazada por Gorbachov a nivel interno y en el extranjero, y volvió al tradicional patrón autoritario y antioccidental, pero eso solo viene a subrayar lo muy excepcional que fue el propio Gorbachov como líder ruso y como estadista de envergadura mundial.

Gorbachov fue un visionario que cambió su país y al mundo, aunque no tanto como él hubiera deseado. Pocos líderes políticos, si alguno, tienen no solo una visión de las cosas, sino, además, la voluntad y habilidad para convertirla en realidad. Quedarse corto en eso, como le ocurrió a Gorbachov, no equivale a un fracaso.
Tuvo éxito en eliminar la herencia del totalitarismo en la Unión Soviética, y le ofreció libertad de expresión, de reunión y de pensamiento a un pueblo que jamás la había conocido, excepto quizá durante unos pocos meses caóticos en 1917.
En los temas de política exterior, al igual que en los internos, tuvo grandes logros que son claro mérito suyo. Redujo el peligro de un holocausto nuclear. Permitió que los países de Europa del Este se hicieran dueños de su destino. Desmanteló un imperio (o accedió a su desmembramiento) sin la orgía de sangre y violencia que ha acompañado a la desintegración de tantos otros, incluidos el Imperio británico, en la India, Kenia, Malasia y otros sitios.
Gorbachov fue un genio de la política cuando se trató de consolidar su poder y transformar el sistema de la Unión Soviética y concluir la Guerra Fría. Pero las mismas fuerzas que él contribuyó a activar y liberarse tanto en la Unión Soviética como en el extranjero terminaron al final sobrepasándolo.
Gorbachov llegó a la cima dando la impresión de ser el subproducto ideal del sistema soviético. Figuras poderosas como Andrópov, Kulakov, Súslov, Kosiguin y hasta Brézhnev (en la medida en la que estuvo en su sano juicio), conscientes del cinismo y la corrupción ampliamente extendidos a su alrededor, quedaron emocionados de descubrir a un líder idealista y joven del partido, enérgico e instruido, que aún creía con total sinceridad en el comunismo. Lo que Gorbachov encubría era que el comunismo en que él creía no era el cadáver del estalinismo sobre el cual ellos regían. Él quería hacer lo que su amigo Zdeněk Mlynář, de la Universidad de Moscú, había buscado hacer en la Primavera de Praga: dar al comunismo un rostro humano.
En 1985, cuando se convirtió en líder de un Estado postotalitario, Gorbachov disfrutaba de un tipo de poder con que los líderes occidentales solo pueden soñar. Pero, con ese poder, vino la responsabilidad asociada a un abanico de problemas internos e internacionales mucho más vasto que el que afrontaban los occidentales. Jeremi Suri, el historiador de la presidencia norteamericana, ha escrito: «Habida cuenta de la amplitud de sus responsabilidades y la dinámica cada vez más vertiginosa en los procesos internacionales, un presidente contemporáneo opera en una perpetua crisis, corriendo todo el tiempo para estar a la altura de los acontecimientos», de resultas de lo cual «ese presidente no tiene simplemente el poder, en casa o el extranjero, de cumplir con las expectativas ajenas». Con todo, a las infinitas responsabilidades que venían con su cargo, Gorbachov añadió el desafío de transformar el sistema soviético y reformular la política mundial. No es de extrañar que no pudiera, al final, cumplir sus propias expectativas.

El carácter de Gorbachov sirve para explicar a la vez sus éxitos y fracasos. Su excesiva confianza en sí mismo y en su causa le dio el coraje necesario para llegar tan alto que fue al fin demasiado para él, y después nubló su juicio, cuando lo que estaba queriendo edificar comenzó a derrumbarse. Cuando los frutos chocaron con su idealizada autoimagen de gran estadista, reaccionó a menudo negando la realidad o haciéndola a un lado con racionalizaciones varias, ya fueran su fracaso en lograr que Europa del Este adoptara una versión propia de la perestroika «gorbachovista», el inicio por la Alemania unificada del proceso de expansión de la OTAN o el desplome de su autoridad a escala interna.
Puede ser que la empresa de Gorbachov estuviese condenada desde un principio, pero ¿qué alternativas había? Si la Unión Soviética se hubiera empeñado en salir del paso sin los cambios requeridos habría quizá sobrevivido otros diez o veinte años, pero entonces ¿qué? ¿Hubiera en ese caso una guerra fratricida entre Rusia y Ucrania (al estilo del conflicto en Yugoslavia, desempeñando cada una los papeles sangrientos de Serbia y Croacia, respectivamente) hecho palidecer el conflicto posterior, de alcances muy limitados, entre Moscú y Kiev? ¿Hubieran los comunistas y anticomunistas batido marcas en un baño generalizado de sangre? ¿Hubiesen sido los amos del Kremlin asesinados como el último zar y su familia, o como el líder comunista de Rumanía Nicolae Ceauc¸escu y su esposa? En teoría, había otra alternativa: reformas económicas más aceleradas sin democratización política, con una privatización gradual por el Kremlin de la propiedad y el soborno de hecho a los apparatchiki comunistas alentándolos a que se convirtieran en oligarcas. Suena parecido a lo de China. Pero, como Gorbachov lo entendió correctamente, la Unión Soviética no era China, rusos y chinos difieren radicalmente en su respectiva historia política y sus tradiciones sociales.

La Unión Soviética se desintegró cuando Gorbachov debilitó al Estado en un intento de fortalecer al individuo. Putin fortaleció al Estado ruso por la vía de recortar las libertades individuales. La floreciente clase media rusa, estimada en un 20 por ciento de la población, debe agradecerle a Gorbachov por haberle abierto la puerta conducente a una vida mejor, aun cuando sus miembros han sido lentos en reconocerlo como su benefactor. Demasiados rusos compensaron la sensación de menoscabo que trajo consigo la pérdida del imperio con el consumo suntuario y la glorificación del Estado. A pesar de sus errores y su fracaso en lograr todos sus nobles propósitos, fue, en efecto, a fin de cuentas, un héroe dentro de una tragedia, y solo por eso merece nuestra comprensión y admiración.

7BD87DF3-7AB7-463A-BB03-7D9B50E68C4B

Without a doubt it is the best book that I have read about Gorbachev, also accompanied by personal photographs gives a closer view, however the detractors will say that it is too extensive a book,
William Taubman gives a balanced account of the life, accomplishments, and failures of Mikhail Gorbachev. Like his Moscow University friend Zdeněk Mlynář, Mr. Gorbachev sincerely believed that Communism could have a human face.
Mr. Taubman clearly explains why the dual shock therapy of “Glasnost” and “Perestroika” that Mr. Gorbachev administered to the former Soviet Union led to 1) the temporary democratization of what is today authoritarian, anti-Western Russia, 2) the economic ruin of many of his fellow citizens, 3) the end of the cold war, 4) the reunification of Germany, and 5) the mostly peaceful disintegration of the former Soviet Union. Unsurprisingly, Mr. Gorbachev has been widely lionized in the West while widely despised in Russia.
Furthermore, Mr. Taubman shows with much dexterity the lack of long-term vision of Western leaders, especially the American political elite in the late 1980s and 1990s. The U.S. political leadership displayed the same short-termism that Wall Street has displayed to this day in offering negligible economic assistance to both the fast-declining Soviet Union and Russia. Winston Churchill wrote on that subject: “The politician thinks about the next election – the statesman thinks about the next generation.” Like well-known Western invaders, these smug Western political leaders have grossly underestimated the resilience of the Russian people. Russia, the successor to the Soviet Union, is again a formidable world power despite its well-known weaknesses.
In summary, Mr. Taubman makes a compelling argumentation that Mr. Gorbachev was exceptional as both a Soviet ruler and world statesman.

Gorbachev was born to peasants in southern Russia in 1931. His father served with valor in World War II living through the ordeal. He saw his village invaded by Nazis; saw his mother struggle for food and grew up in rural surroundings. He worked with his father for long backbreaking work on the farm; was a success at high school studies and matriculated at the University of Moscow from 1951-1955. His wife was the brilliant Raisa who had a graduate degree in philosophy and did a good deal of teaching and writing. Both he and his wife were Communists. The couple had one daughter Irina who studied medicine and is doing well .
Gorbachev rose up the party ranks until he was elected chairman of the Politburo in 1985. He saw the death of Soviet Communism. His problems were unable to be solved including the rise of nationalistic and ethnic groups, the devastation in failed harvests and the devastating war in Afghanistan, Soviet production in consumer goods lagged far behind the West. The Berlin Wall fell in 1988-9 as Germany was reunited, He now His democratic policies of glasnost and restructuring the Soviet state failed to catch hold. He had powerful opponents including his archenemy Boris Yeltsin,. Gorbachev did well in his summit meeting with Presidents Ronald Reagan and George H,.W, Bush. He is an intellectual and well educated as was his late wife Raisa.. He is a fascinating statesman who worked hard for peace and sought to improve the living standards of his huge nation which was already in unstoppable decline.
Dr. William Taubman, the distinguished author of Khrushchev and an emeritus professor at Amherst College has written a long and detailed biographt iof Gorbachev which should become standard in Gorbachev studies. Very well researched, written, illustrated and well worth your time. Recommended with highest praise!.

In the years when Gorbachev took office it became a common practice for Soviet observers (and also Westerners) to classify their opponents as left or right. The hardliners within the Communist Party, the army, the security agencies and whoever resisted the reforms that Gorbachev had undertaken were automatically categorized as right-wing. The democrats, especially the most radical ones, who pressured Gorbachev to accelerate the establishment of a market economy, were branded as leftists. But, given the usual use of such concepts beyond the borders of the Soviet Union – with the communists usually located on the left of the political spectrum and the devotees of the free market, on the right.
The whole world is resolutely divided when it comes to understanding Gorbachev. Many, especially in the West, see him as the greatest statesman of the second half of the 20th century. However, in Russia it is widely belittled by those who blame it for the collapse of the Soviet Union and the economic bankruptcy associated with it. His admirers marvel at his vision and courage. His detractors, including some of his former Kremlin comrades, accuse him of almost everything, from having sinned naïve to being a traitor. The only thing that everyone agrees on is that he changed, almost by himself, his country and the world.
Before he took office in March 1985, the Soviet Union was one of the two world superpowers. Around 1989, Gorbachev had radically transformed the Soviet system and, by 1990, more than any other leader, contributed to ending the Cold War. At the end of 1991 the Soviet Union sank, making it a president without a country to govern.
But he did not do everything alone. The precarious condition of the Soviet system in 1985 prompted his Kremlin colleagues to choose him to embark on a process of reform, although Gorbachev ended up going much further than they all intended. He counted, in the process, with Russian liberal allies who welcomed his far-reaching reforms and who worked to support them, but who then chose Boris Yeltsin to lead them to the promised land.
He had personal adversaries, especially Yeltsin, whom he tormented and who in turn tormented him, before delivering the coup de grace to both Gorbachev and the Soviet Union. Western leaders doubted Gorbachev, then welcomed him and eventually left him, denying him the financial help he so desperately needed. And, perhaps the most important thing, he had to deal with Russia itself, with its traditional authoritarian and anti-Western style; after rejecting Gorbachev and Yeltsin alike, the country finally surrendered to Vladimir Putin.
As general secretary of the Communist Party, Gorbachev had the power to change almost everything.
His decency was evident in his family life. His wife, Raisa, was an intellectual and tasteful woman (even if Nancy Reagan did not think so). Unlike too many politicians, Gorbachev loved and appreciated his wife and, somewhat unusual in the case of a Soviet leader, was a committed father and very present in the life of his daughter, as well as a grandfather of equal characteristics with his two granddaughters. What was it, then, that made him say, after the agonizing death of his wife because of the leukemia at sixty-seven: «I am the culprit. Am I the one who caused this? »
If Gorbachev was indeed unique, if his actions differed so drastically from what other leaders had done in his place, his character must be a fundamental element in explaining his behavior. Only that his character is at the same time difficult to specify. Was he a great listener, as some say, a man essentially non-doctrinaire and eager to learn from real life? Or was it rather a man who did not know when to shut up? Gorbachev was very self-confident and possessed a narcissism bordering on self-flagellation.

Gorbachev, was fond of her at first sight. «The days that followed were stormy and at the same time joyful. It seemed to me that our initial encounter had not made any impression on Raisa. Judging by his look, he seemed absolutely peaceful and completely indifferent.
Gorbachev and Raisa soon began to spend all their free time together. The friends of the former joked that they had lost Mikhail.
One winter day, when the couple walked back to Strominka from the building where they attended classes in the center of Moscow, Raisa was silent and answered his questions in monosyllables. And he said suddenly: «We should not continue to see each other. I have been very happy during this time, I have almost come back to life. But I lived a break with a man I trusted a lot … I’m very grateful, but if something like that happens to me again I do not think I can cope. It’s better that we stop seeing each other now, before it’s too late ». They continued walking in silence. He protested. «I told Raisa that I could not agree with that decision and that for me it would be a catastrophe.» At the residence, he accompanied her to her room and told her that he would wait for her two days later near the same Muscovite building where they were taking place. their classes.
«We should not see each other again,» she insisted.
«I’ll be there waiting,» he replied.
«Two days later,» he recalls, «we met again.»
Like Mikhail, Raisa was an avid reader. «The happiest and brightest pages of my childhood […] are those dedicated to reading books in the family circle. I loved reading aloud, what wonderful sunsets! The wood creaked in the fireplace or on the stove and my mother prepared dinner. «Her sister Ludmila (born in 1938) and her brother Yevgueni (born in 1935)» huddled next to me, each one on one side, and I I read ». He finished secondary school in the bask village of Sterlitamak in 1949; she obtained a gold medal, a grade higher than the silver of her future husband, something that gave her the right to a higher education without having to take the entrance exams. For her, as it was for Gorbachev, being admitted to the University of Moscow was a triumph, but her trip to the capital at seventeen, alone in a crowded car and too hot, with no bunk beds or food except that her mother I had prepared for the trip, it was a real ordeal.

The Gorbachev wished to have children, but Raisa’s doctor warned them once again that, given his previous condition, which could have weakened his heart, childbirth could seriously jeopardize his health. Raisa bravely ignored the warning and on January 6, 1957 Irina Gorbachev was born, a day after her mother turned twenty-five. Gorbachev was very happy and his wife, «even happier», he would remember later. At last, the fear that they never had a «normal family» was behind. Gorbachev asked his mother to go and stay to help them for a few days, but Raisa, who prowled by the bathtub when her mother-in-law bathed the girl, considered the old woman too rude. So, after a week’s stay, Gorbachev’s mother returned home.
For Raisa, as for so many other Russians who had only lived in peasant huts, student dormitories or rented rooms, even a kommunalka was valuable, insofar as «for the first time in our lives we had» our own «apartment» . Three years later, when Gorbachev was appointed regional director of the Komsomol, they were finally assigned an apartment of twelve square meters and two rooms, which included a kitchen, a bathroom, a washbasin and a corridor, in a prerevolutionary era building located in Morozov street. Nine years later, they moved to their small country villa, remodeled but not yet very presentable, as her daughter recalls, with a large garden and a small pool in the back. By then Raisa had come to appreciate Stávropol’s «rhythm of peaceful life and patriarchal calm.»
Some of the criticisms of Gorbachev by his subordinates in Stavropol point to features and practices characteristic of almost all ambitious Soviet officials within the party: the desire to ascend, as well as a certain ability to flatter superiors, subdue subordinates and maneuver against the rivals to overcome them. And some of the praise may seem exaggerated only because their best qualities were very rare among provincial officials. In the long term, however, Gorbachev’s fate did not depend on his provincial counterparts, but on his bosses in Stavropol and Moscow, and the impression he made on most of them was dazzling.

Gorbachev’s first speech as head of the party in Stavropol, delivered in October 1970, showed, like many other policies he promoted there, his ability to adapt. Summing up a Brezhnev report on agriculture, he described it with enthusiasm as a document based on a «deep analysis» that came to «illuminate» the future path. And in one of his last speeches in Stavropol characterized Brezhnev as «the most relevant statesman of our time.» Compared to the reiterative prose of the clichés of other promising and rising leaders, his was relatively sophisticated. It could combine the bombast before the ideological adversaries («The bourgeois propaganda puts a great effort in projecting suspicions on the great conquests of our party and our State, as it is the friendship that unites our towns in a single great town in march towards the communism ») With ingenious invectives against corrupt local officials.
Gorbachev’s travels provided him with the kind of information that, even for someone of his rank, was «extremely scarce and, in addition, subject to punctilious reprocessing in the Soviet Union.» What struck him in particular was the eagerness of the inhabitants of Western Europe to speak freely about everything, including his own Government and its political leaders. «They often disagreed with each other on these matters, while we had to demonstrate an absolute homogeneity of opinions in all the questions we received, just as we did at home, except in the private kitchen tables.» The Gorbachev did not disguise their impressions before friends and close colleagues. Viktor Kaliaguin recalls that his boss was amazed at the high quality and low prices of food in the West.
But the real leap forward of Gorbachev took place when Andropov succeeded Brezhnev. Chernienko aspired to this promotion, but his main asset, to qualify it in some way, was his prolonged function as the main secretary of Brezhnev’s documentation. The fundamental strategy of Chernienko, recalls Gorbachev, was «to isolate Brezhnev from any direct contact [with third parties], claiming that only he could understand what Leonid Ilyich wanted.» But that strategy did not work.

Thatcher made his famous statement that «I like Mr. Gorbachev, we can do business together,» and shortly after he flew to Washington to tell Reagan in person. The British and Western media covered Gorbachev’s visit in its luxurious details, designating them as «the new Gucci comrades» and erroneously reporting that Mrs. Gorbachev had used an American Express card to make expensive acquisitions in luxury stores. In truth Raisa paid «in cash», with money provided by a counselor of the Soviet embassy, ​​some earrings set that cost several hundred pounds and bought at Mappion & Webb. As for the Soviet press, whose directors were aware of that some of his Kremlin colleagues were jealous of the attention that Gorbachev was hoarding, was somewhat less obsequious. The Soviet ambassador in Washington, Dobrinin, sent two long telegrams to Moscow to report the American reactions to Gorbachev’s British success. Normally, this information would have circulated among the members of the Politburo, but this time it was not.
The release of Sakharov was a milestone, but it presaged polarization. Sakharov himself, along with intellectuals who considered him a saint, would support Gorbachev and at the same time press him to go further and faster in his liberalization of the country. The hard-line communists inside and outside the Politburo would resist all this. As the tension increased, glasnost would elicit various reactions. It increased the popularity of Gorbachev, but also alarmed his colleagues. He allowed the failure of the leader’s policies to be widely publicized, which would eventually allow critics on both flanks (those who feared he was going too far and those who wanted him to) to direct their shots directly at him.

The war in Afghanistan had been going on for more than five years when Gorbachev became the leader of the party. By the time the last Soviet troops left the country, in February 1989, more than thirteen thousand soldiers had died there and thousands more had been wounded. Thousands of Afghans perished and millions of them fled to Pakistan and Iran. The Soviet armed forces had been at odds with the Politburo’s decision to invade the country. Even before March 1985, Soviet leaders had sought a way out, and around 1982 they accepted an attempt by the UN to resolve the conflict. By 1984 a draft agreement was almost ready, except in the irresolvable, interrelated issues, from the moment of the Soviet withdrawal and the conclusion of the interference promoted by foreign forces, mainly from the United States and Pakistan, who had been supporting the mujahideen. .
Gorbachev himself seemed very interested in ending the war.

If Gorbachev felt stuck at the end of 1986, the following year he brought with him three apparent advances on the home front. In January 1987, he announced a new path towards the democratization of the country. Six months later, he proposed deeper economic reforms and even dared to use the term «reform,» which had been anathema for decades. And in November 1987, on the seventieth anniversary of the sacrosanct Bolshevik Revolution, he delivered a long and sincere speech about Soviet history in which he condemned Stalin’s crimes; in fact, he was taking up the issue where Khrushchev’s secret speech had left him in 1956, this time to denounce the dictator before the whole world.
Each of these innovations required months of careful preparation. Each was difficult and delicate, and demanded that Gorbachev simultaneously exalt Soviet achievements and challenge the old ways of orthodoxy, at the same time gauging what the prevailing political climate could tolerate. Each new change required compromises with their colleagues in the Kremlin, but in the end they seemed to support them in their entirety.
While the political and economic reforms were only in their infancy in 1987, the glasnost was already spreading like a fire in the steppe. The journalists were «actually writing what they think, without having to look over their shoulder or be afraid of anyone,» Cherniáiev wrote in her diary in January. At that point, «the vices, the failures and the abuses have already been indicated by their name; every day there are many of them in the newspapers, «not to mention» a storm in literature, cinema and theater. » Gorbachev did not simply welcome this explosion, but saw it as «the crucial, irreplaceable instrument of perestroika.» Since the rest of the perestroika was not working, «glasnost alone is supporting the whole process,» he told Cherniáiev in mid-June. It served to recruit and mobilize the supporters of perestroika; he appealed to people over the heads of the rigid party apparatus; encouraged the birth of «free Russian and Russian». However, at the same time he remembered that, «by the very nature of» Russian freedom «, it caused enormous damage to perestroika.»
The «Russian freedom». The contradictory view that Gorbachev held about it reflects well the dilemma that the Soviet leader, like so many other Russian reformers before him, faced. The long absence of freedoms in Russia explained why it was so difficult to get them.

Why did Gorbachev let Yeltsin still have freedom of movement instead of sending him somewhere else? That decision, more than any other that Gorbachev took, managed to disconcert (and baffle until today) the Russians, accustomed as they are to the rude and cynical leaders. Even Gorbachev later admitted that he should have eliminated Yeltsin from the scene. But, at the time, he told Grachov and others of his advisors who urged him to banish Yeltsin: «No, comrades, that is out of the question. After all, he is a politician, I can not dismiss him without more ». And later he warned Kriúchkov, the head of the KGB: «Be careful, if you touch a single hair you will have to answer for that». It is very likely, as Brutents thought, that Gorbachev felt so confident of having control over Yeltsin that it blinded him to the danger his rival represented. But it is also possible that he was determined to live according to the best of his own nature.

Boris Yeltsin’s onslaught against Gorbachev in October 1987 to demand that he speed up the reforms had the redeeming attribute for the latter (from his point of view) that Yeltsin was only a solitary voice in the Politburo, which did not yet have a basis political and social, and could be quickly put aside. In March of 1988, supporters of the hard line tended to trap Gorbachev, accusing him of going too far and too fast. On this occasion, his critics were also his Kremlin colleagues, but his was a broader offensive: an article in a national newspaper, written in appearance by a grassroots communist named Nina Andréieva although staged in secret by Ligachov, with the support of the Politburo majority and broad support within the party apparatus and among a good part of society.
Gorbachev’s response was not as fierce as it had been to Yeltsin, and Ligachov and company allowed them to remain in the Politburo, but his broadside helped incite Gorbachev to make a great leap in favor of democracy.
Until then, his hesitations and the balancing exercises required to act within the system with a view to modifying it had kept him on the defensive. Now he embarked on truly radical reforms that ended communism as the Soviets had known him for decades. Looking back, he and his supporters pointed out that «real» perestroika did not begin until 1988, at the historic 19th Conference of the party held in June, which attributed a drastically lesser role to the Communist Party with views – in subsequent decisions – to partially purge the Politburo and prepare the way for mostly free elections and leading to a new legislative period the following spring.
They were great victories in the liberalization and democratization of the country, but the effort that Gorbachev put on his shoulders was overwhelming. In the attempt to recover from his fears to a whole country, he accentuated challenges that would end up nullifying him: from hard sectors convinced of his betrayal, of Yeltsin, whose unusual reappearance in the XIX Conference exacerbated even more (if that were possible) the problems of his relationship with Gorbachev, and of separatist nationalism, a problem that should have been easy to foresee and that, however, took Gorbachev by surprise and ultimately helped to destroy not only perestroika, but the Soviet Union itself.
A freer and less fearful press had always been essential to Gorbachev’s plan for democratization and change. At the end of 1987, the glasnost was already flourishing, but the beginning of 1988 came to amount to a Moscow Spring in its own right; not hundreds, but thousands of flowers that embodied free expression were sprouting everywhere.
It was not Nina Andréieva who made Gorbachev rush to call the XIX Conference of the party. As early as January 1987, it had proposed such a call as a way to promote democratization, and in June of that year the Central Committee decided that the conference would be inaugurated on June 28, 1988, but the Andréieva case raised the stakes and helped to radicalize Gorbachev, who had to thank him that his letter had served to clarify the real balance of opinions within the Politburo. On March 25, the night before the day the Politburo would debate the article, the Soviet leader revealed himself thinking: «A schism is inevitable. The only question is: when will it be? ».
Why did Gorbachev not foresee the rise of nationalist unrest? Few, if any, of the Soviet leaders had read the abundant literature on the subject of nationalism that is available in the West, not even Gorbachev, who was primarily concerned with getting acquainted with left-wing European political thought. He was not the only Soviet leader who overlooked what was on the way. Ironically, however, his unique blend of idealism and optimism made him blind.
In February 1988 a third conflict erupted in Nagorno-Karabakh, before Gorbachev, which was more durable and still burns in the 21st century. Located in the southern Caucasus and long disputed between Christian Armenians and Muslim Azeris, Nagorno-Karabakh has a majority Armenian population (more than 75 percent in 1979), despite which was granted by the Bolsheviks to Azerbaijan after both republics gained independence from the Russian Empire. Many Armenians and Azeris lived in each other’s country, most of the time in peace, even though there were occasional tensions that caused the refugees to return to the homeland of their respective ethnic groups. The Armenians living in Nagorno-Karabakh suffered discrimination from the Azeri authorities, but, until the advent of perestroika and glasnost, they did not have (them and their compatriots in Armenia itself) another option to comply with their fate. In 1987, the Armenians of Nagorno-Karabakh began to ask for reunification with Armenia. The demonstrators took to the streets at the beginning of that year carrying portraits of Gorbachev, and on February 21 the Nagorno-Karabakh Soviet formally requested Azerbaijan and Armenia to transfer the region to the latter. This prompted counter-demonstrations by Azeris who insisted that the disputed region was «an inalienable part» of their republic.
None of the cracks that emerged at the end of 1988 proved fatal, but they did not help much as Gorbachev’s position deteriorated. In 1999, Cherniáiev wrote an epilogue to the annotations of 1988 in its newspaper. «If it is wise to speak of the tragic fate of Gorbachev (in the pompous Shakespearean sense), it was during 1988 that not only his adviser but also he himself felt for the first time that this was possible.»

The conversations held by Gorbachev with the leaders of Western Europe, surprisingly closer than their cold encounters with those of Eastern Europe, were perceived in the Soviet Union as successes. At the end of 1988, the Soviet leader felt completely comfortable with Western leaders, not only with the rigid caciques of the respective communist parties and with socialists like Mitterrand, but also with cautious statesmen of proven capitalist inclinations like Thatcher and Kohl. Reagan, meanwhile, even when he underwent a transformation, did not measure up in intellectual terms, but, after the Reykjavik summit, he became not only an old adversary but also a true friend.

1989 was crucial in the history of communism and throughout the 20th century. The liberation of Eastern Europe – a «velvet revolution» in Czechoslovakia, notably bloodless transitions in Poland and Hungary, and another bloody one in Romania – and the fall of the Berlin Wall led with amazing rapidity to the unification of Germany and its entry into the NATO the following year. By then, if not before, the Cold War had come to an end, according to the conclusion of most analysts.
But the events of 1989 in Eastern Europe would not have taken place without those who preceded and accompanied them in the Soviet Union. Gorbachev’s innovations on an internal scale encouraged Eastern Europeans to reform their version of the communist regime or even to completely free themselves from communism, and, when this happened, Gorbachev was very distracted in his battle to democratize the Soviet Union itself. Given that he was looking for democracy, one might speculate that he had never even tried to stop Eastern Europeans in achieving his, but what actually happened was that he was so absorbed in the internal problems of the Soviet Union that He barely had time to react to what was happening in Eastern Europe.
In the Soviet Union, 1989 was the peak of perestroika and, according to the most reliable opinion polls, the highest point in Gorbachev’s personal popularity. The Soviet regime was transformed when, for the first time in more than seven decades, largely free elections took place and a genuine and operational parliament replaced the Supreme Soviet and its decisions approved in advance. However, that same year marked the beginning of the end of perestroika, since those same innovations weakened the institutions.
Taken together, the internal and external pressures to which Gorbachev was subjected in 1989 came to be overwhelming, first of all by the way they began to erode the idea he had of himself. On the eve of the year in question, in his New Year’s speech to the Soviet people, he praised 1988 as a «decisive year.» The next he complained that 1989 had been «the most difficult year» since the beginning of perestroika in 1985.

In the Soviet era the terms «Russia» and «Soviet Union» used to be used indistinctly, but wrongly. Russia, officially known as the Russian Soviet Socialist Federal Republic (RFSSR), was by far the largest of the fifteen constituent republics of the Soviet Union, comprising half of the total population within the Union, two thirds of its economy and three quarters parts of its territory. But the other fourteen were, at least formally, their equals. Apart from all the visible paraphernalia of authorities (legislatures, councils of ministers, flags, etc.), the non-Russian republics had their own communist parties, all of them subordinated, however, to the Communist Party of the Soviet Union based in Moscow. . Only that, precisely because it was so big, the Russian Republic was denied the option of having its own party, so that it would not be seen that it dominated within the Communist Party of the Soviet Union, even though in truth it was precisely what what did he do?
Given Russia’s dominant position in the Soviet Union (which echoed, of course, its supremacy in the Russian Empire prior to 1917), the Russians slowly developed the nationalist sentiment that they were in need of a state of their own and separate from the rest . In the spring of 1990, however, with non-Russian nationalism in full boiling, especially in the Baltic and the Caucasus, Russian nationalism also began to increase and, with it, demands that Russia have its own Communist Party. Gorbachev would have preferred the status quo, because his fiercest conservative critics were pushing for a Russian party, but he had to accept the holding of a foundational conclave in June.
In the early 1990s, the repeal of Article 6 included in the 1977 Constitution, which ratified the CPSU as the nation’s «ruling party», was debated in its closest circle even before the 19th Party Conference in June 1988. But then, and for months, he did not feel ready to wave this red cloth before the party bull, especially after the repeal of Article 6 became the battle cry of radical critics, from the striking miners of Vorkuta to the hundreds of thousands of citizens who demonstrated in Moscow in 1989 and 1990. Even so, around March 1990, with the power about to swing towards the presidency and with the «multi-party» democracy in the mouth of many, Gorbachev he managed to get the Central Committee to get on the bandwagon instead of resisting and to recommend to the Congress of People’s Deputies that article 6 be repealed, something that Congress did in the act .
The height of 1990 was for Gorbachev the few weeks between the end of July and the middle of August. It was a stage bordering on euphoria; For a brief period, he thought he had found the mortar that would keep the country together. The apparent solution pointed to the economy, a field that until then had eluded any effort by him in favor of reform; In addition, the cure was to be devised by a political coalition that until then had been out of reach, the coalition between Gorbachev and Yeltsin.

Reluctant to be seen and photographed accepting the prize, he sent Deputy Foreign Minister Anatoli Kovalev to Oslo to pick him up – in what was an exception to the usual Nobel procedure – on December 10. After resisting it for months, he finally agreed to send his Nobel Prize on June 5, 1991, the last day he was allowed to do so. In it, he reaffirmed his commitment to the direction he had decided to follow. «Some time ago I made a final and irrevocable decision. Nothing, no one, no pressure, whether from the right or the left, will make me abandon the postures of perestroika and new thinking. I do not intend to change my vision or my convictions. My choice is final».

There are two crucial aspects that are clear. First, that the conspirators did not need Gorbachev’s consent to embark on his adventure. It was enough for them to remember the tacit alliance that the Soviet leader had sealed with them in the winter and spring of 1991 to conclude that he might support his plan. All his tactical maneuvers to keep the hard sectors at bay, all those contingency plans for a state of emergency that he never declared, all that worked too well; He convinced the conspirators that Gorbachev was still with them, even if it was not like that.
It is also clear why Gorbachev made no attempt to arrest his captors or even escape. According to her daughter Irina, the family discussed this possibility on several occasions, but apart from not being very sure which guards were with them and which were not, they came to the conclusion that it was an «absurd» idea. «What was I supposed to do? Climb the mountains with his wife and two small granddaughters? …
The blow was a horrible fudge. The conspirators never took control of the media. They never arrested Yeltsin nor isolated the opposition leaders. They never seized the means of communication and transport. They did not take advantage of the initial support of the party leaders, the presidents of the republics and most of the Soviet ambassadors abroad. The press conference offered by the State Committee on August 19 was a farce; Yanáiev’s hands trembled and several others looked drunk. And they never decided to break into the Russian White House. It is true that there were tens of thousands of citizens gathered there, but very few in other parts of the city, and even less that they defended Gorbachev in the provinces. It would have been in all likelihood a bloodbath, but that had not previously stopped, to cite a case, Deng Xiaoping in Tiananmen Square.
Kriuchkov then insisted that he and his colleagues wanted to avoid a bloodshed.
In the end, the conspirators were unable to seize their moment, but Gorbachev did the same when he returned to Moscow. Why did not he go quickly to the demonstration before the White House? Because his wife was sick («You had to look her in the eyes,» recalled Grachov, «they were the eyes of a human being mortally wounded») and he wanted to take her home as soon as possible.
Raisa Gorbachev never fully recovered from the trauma of the blow. Whatever the cause (probably a slight stroke, her medical daughter concluded), she left her exhausted and demoralized. In the fall, she was hospitalized several times and spent most of the remaining time sitting on the terrace of her home, reading or staring off into the distance. She blamed herself for insisting that her husband take a vacation in Foros. Determined never to allow the vandals to plunder her private and family world, she gathered fifty-two letters that her spouse had sent her when she was traveling on party matters early in her career, she re-read them and burned them on August 27. one to one. When Gorbachev returned from work, he found her bathed in tears. «I just burned all our letters,» he said.
Gorbachev’s fate in the autumn of 1991, like that of the union, revolved around his renewed commitment to negotiate a union treaty. The federation project that he and the leaders of the republics had agreed at the end of July was a break with the Soviet Union enough to have provoked the coup attempt of August. The draft in which he and the republican leaders worked that fall pointed more to a mere confederation.
Raisa was right. Since December 8, when he learned that Yeltsin, Krávchuk and Shushkievich had founded the Commonwealth of Independent States, until the 25th of that month, when he resigned his post, his political career continued a steadily declining course, although his state of mood varied in unusual ways. He was desperately looking for alternatives, even when he realized there was no hope. It contained their emotions, except when they went outside. Yeltsin held out his hand, who handed him his own, but in the end mutual resentment prevailed.
(December 25, 1991) Gorbachev outlined the kind of repentance with which he would have won the hearts of the Russians, who tend to value penance and atonement. Yeltsin was to manifest shame and remorse when he resigned from the presidency of Russia nine years later, having promised a renewal and, instead, to have led Russia to an even more critical situation. In his farewell, Gorbachev did not mention Yeltsin, who was not given any credit for his contribution to democratization or his role in the defeat of the August coup, nor did he wish him well. Moreover, at least two pages of the speech seemed to target Yeltsin directly as an objective. The disastrous decision to «dismember the country and the State» should have been made only with the support of the «popular will». The «democratic achievements of recent years, achieved only after the tragic suffering that preceded them, should not be abandoned under any circumstances or for any reason.»
Yeltsin was not the kind of person who obviates or forgives the slights.

Only one of Gorbachev’s predecessors in the Soviet leadership died in office. Stalin counted on this with a little help from his «friends» of the Kremlin, who, although they apparently did not poison him, took several hours to summon the doctors after he suffered a cerebral infarction. The colleagues of the Politburo of Brezhnev, Andropov and Chernienko insisted that they remain in office, although they were already old and sick, until the time came. Khrushchev lived seven more years after being evicted from power in 1964, but in what amounted to house arrest. Gorbachev’s post-presidential period has lasted, on the contrary, for more than a quarter of a century, resembling that of American presidents like Jimmy Carter and Bill Clinton, who have been doing good works both at home and abroad for decades.
Shortly after leaving office, Gorbachev created the International Foundation for Socioeconomic and Political Studies, also known as the Gorbachev Foundation, which has since developed numerous charitable initiatives, particularly in support of the treatment of children with leukemia, and operated also as a kind of think tank with its own team of specialists, sponsoring multiple conferences and publications on local issues (for example, in education, inequality, federalism, civil society) and international issues.
In what was a sign of the new times, Yeltsin never arrested Gorbachev or forbade him to act, but he harassed him mercilessly, at least until the regrettable result obtained by Gorbachev in the 1996 presidential election proved that the former president no longer raised any real threat. Gorbachev welcomed Putin’s rise to the presidency, in part because he perceived him as the «anti-Yeltsin,» but, after an initial honeymoon, the relationship between them soured.
This does not mean that Gorbachev’s post-presidential phase was a constant struggle. Released at the end of the pressures to exercise the Government, he was able to relax, go to theater and film performances, and travel the world (spending up to a third of his time abroad), enjoying fervent hospitality for having delivered his country of totalitarianism and the world of the Cold War and the nuclear threat, but also enjoying as a simple tourist the places and mundane bustle. In addition, his perception of himself and his mission matured in some sense.

On the night of September 20, recalled Gorbachev, two days before the date set for the transplant and five before the forty-sixth anniversary of the day they obtained their marriage license, he and Irina were standing by the bed, with Raisa in state of coma
«Do not go, Zajarka,» Gorbachev begged, with the name he often used at home. Can you hear me?
And he took her hand in the hope that he would react in some way, perhaps with a squeeze. But «I was already silent,» he recalled. He had died ».

Yeltsin appointed Putin acting prime minister and anointed him as his successor in August 1999, a designation ratified by the Russian people when he elected Putin’s president on March 26, 2000. Gorbachev’s initial reaction when Putin became prime minister It was considered a «black box», a man without experience at the highest level whose future behavior was unpredictable. Just before the elections, Gorbachev endorsed it by declaring to the Italian newspaper La Repubblica that, faced with a dilemma between democracy and authoritarianism, Putin was likely to «choose correctly.» Gorbachev considered himself a Democrat, but since Yeltsin had left the country in chaos, he would later recall that it required «strong, firm leadership»; in other words, «a certain dose of authoritarianism.»
His attitude towards Putin soon became even hotter. On May 7, 2000, he was invited to attend Putin’s inauguration ceremony (it was the first time Gorbachev had entered the Kremlin since December 1991), on which occasion he praised him and Yeltsin for behaving » worthily «not only in office, but also when leaving.

A third Putin’s term was still ahead, at a time when Gorbachev was beginning to feel the years go by. «I felt great until I turned seventy-five,» he said in 2014, although as of 2002 he underwent four serious surgeries: that same year due to benign inflammation of the prostate, in 2006 in the carotid, in 2011 in the spine and early 2014 for oral surgery. A bad fall in the ice led to his hospitalization in early 2007, his hearing suffered a deterioration and in 2014, in a formal presentation of his latest book, After the Kremlin, he invited a crowd to the Moscow bookstore to be I would join him on his ninetieth birthday, to which he would most likely have to go in a wheelchair. For more than half a century, every day he had made vigorous walks (usually about five kilometers, as he recalled, although considerably longer in the mountains), but reduced them after the death of Raisa, even before the legs stopped responding . He would often go downstairs to his house looking for something, but he forgot what it was.
As Gorbachev recalled, his relations with Putin were «sour» even before he was re-elected for the third time in 2012. «We had stayed in touch all that time, but then things got complicated. I do not know why. «It might not help that Gorbachev had opposed a third term of office of the president, and now he watched with dismay as Putin» tightened the nuts «: he ordered the arrests of the participants in mass protest demonstrations; he managed to get the Duma to impose huge fines on those participating in smaller demonstrations and forced non-governmental organizations to register as «foreign agents», a term used in the 1930s to label the «class enemies» that it was planned to liquidate, and that now, according to Gorbachev, he aimed to impose a kind of «straitjacket» on the NGOs. Gorbachev said that the Putin administration sought to «completely subordinate society» to the Kremlin; the president’s party, United Russia, with its «monopoly of power», «embodied [now] the worst bureaucratic features of the Soviet Communist Party.»

The truth is that Russia, under the leadership of Vladimir Putin, largely abandoned the path traced by Gorbachev internally and abroad, and returned to the traditional authoritarian and anti-Western pattern, but that only underscores how exceptional it was. Gorbachev himself as a Russian leader and as a world-class statesman.

Gorbachev was a visionary who changed his country and the world, although not as much as he would have liked. Few political leaders, if any, have not only a vision of things, but also the will and ability to turn it into reality. To be short on that, as Gorbachev did, is not a failure.
He succeeded in eliminating the legacy of totalitarianism in the Soviet Union, and offered freedom of expression, of gathering and of thought to a people who had never met her, except perhaps for a few chaotic months in 1917.
In foreign policy issues, as in the internal, had great achievements that are clear merit hers. It reduced the danger of a nuclear holocaust. It allowed the countries of Eastern Europe to become masters of their destiny. He dismantled an empire (or agreed to its dismemberment) without the orgy of blood and violence that has accompanied the disintegration of so many others, including the British Empire, in India, Kenya, Malaysia and elsewhere.
Gorbachev was a genius of politics when he tried to consolidate his power and transform the Soviet Union system and conclude the Cold War. But the same forces that he helped to activate and liberate both in the Soviet Union and abroad ended up surpassing him in the end.
Gorbachev reached the top giving the impression of being the ideal by-product of the Soviet system. Powerful figures such as Andropov, Kulakov, Sloslov, Kosiguin and even Brezhnev (as far as he was in his right mind), aware of the widespread cynicism and corruption around him, were thrilled to discover an idealistic and young leader of the party, energetic and educated, who still believed with total sincerity in communism. What Gorbachev concealed was that the communism he believed in was not the corpse of Stalinism on which they ruled. He wanted to do what his friend Zdeněk Mlynář, of the Moscow University, had sought to do in the Prague Spring: to give communism a human face.
In 1985, when he became the leader of a post-totalitarian state, Gorbachev enjoyed a kind of power that Western leaders can only dream of. But, with that power, came the responsibility associated with a range of internal and international problems much wider than that faced by Westerners. Jeremi Suri, the historian of the North American presidency, has written: «Given the breadth of his responsibilities and the increasingly vertiginous dynamics in international processes, a contemporary president operates in a perpetual crisis, running all the time to be at the height of events «, as a result of which» that president does not simply have the power, at home or abroad, to meet the expectations of others «. However, to the endless responsibilities that came with his position, Gorbachev added the challenge of transforming the Soviet system and reformulating world politics. No wonder he could not, in the end, meet his own expectations.

The character of Gorbachev serves to explain both his successes and failures. His overconfidence in himself and in his cause gave him the courage to reach so high that it was finally too much for him, and after that he clouded his judgment, when what he wanted to build began to collapse. When the fruits clashed with his idealized self-image as a great statesman, he often reacted by denying reality or by putting it aside with various rationalizations, such as his failure to get Eastern Europe to adopt its own version of the «Gorbachovista» perestroika, the beginning for the unified Germany of NATO’s expansion process or the collapse of its authority on an internal scale.
It may be that Gorbachev’s company was condemned from the beginning, but what were the alternatives? If the Soviet Union had insisted on getting by without the required changes, it might have survived another ten or twenty years, but then what? Would there be in this case a fratricidal war between Russia and Ukraine (in the style of the conflict in Yugoslavia, each playing the bloody roles of Serbia and Croatia, respectively) made the later conflict, of very limited scope, between Moscow and Kiev paler? Would communists and anti-communists have beaten marks in a generalized blood bath? Would the Kremlin masters have been killed as the last Tsar and his family, or as Romania’s communist leader Nicolae Ceauc¸escu and his wife? In theory, there was another alternative: more rapid economic reforms without political democratization, with a gradual privatization by the Kremlin of property and de facto bribery to the communist apparatchiki encouraging them to become oligarchs. It sounds similar to China. But, as Gorbachev correctly understood, the Soviet Union was not China, Russians and Chinese differ radically in their respective political history and social traditions.

The Soviet Union disintegrated when Gorbachev weakened the state in an attempt to strengthen the individual. Putin strengthened the Russian state by cutting individual freedoms. The flourishing Russian middle class, estimated at 20 percent of the population, should thank Gorbachev for opening the door to a better life, even though its members have been slow to recognize him as their benefactor. Too many Russians compensated for the sense of impairment that the loss of the empire brought with luxury consumption and the glorification of the state. Despite his mistakes and his failure to achieve all his noble purposes, he was, in effect, ultimately a hero within a tragedy, and that alone deserves our understanding and admiration.

Un pensamiento en “Gorbachov: Vida Y Época — William Taubman / Gorbachev: His Life and Times by William Taubman

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.