El Llanto Del Hombre Negro — Alain Mabanckou / The Tears of the Black Man by Alain Mabanckou

Muy interesante libro de este escritor africano del Congo residente en Francia y una de las voces con más auge del continente africano, muy desconocido en Europa y que nos hace reflexionar.

El continente africano se enfrenta a importantes desafíos en las próximas décadas. Con 30.000.000 km2 y una población de más de 1.200 millones de habitantes, dividido en 54 estados, la cuestión demográfica es clave. Con una tasa de natalidad del 2,6 por ciento, en medio siglo será el continente más poblado del planeta, representando un cuarto de la población mundial. Es también una potencia económica; alberga importantes recursos energéticos, muchos sin explotar aún y su crecimiento económico supera el 5 por ciento desde el año 2000. Por otra parte, en sus desequilibrios se encuentran el origen de los fenómenos migratorios, de la circulación y de la movilidad de sus poblaciones. Sin embargo, vivimos tiempos en los que la circulación no es exclusiva de personas, confundiendo demasiadas veces soberanía con capacidad de decidir quiénes pueden trasladarse o bajo qué condiciones. Hemos pasado de la “condición humana a la condición planetaria.
Una de las principales consecuencias de la globalización es que el mundo se ha reducido considerablemente y nos encontramos ante una crisis de la idea de frontera. En la era de la mundialización y de la revolución digital, nuestro mundo es “finito”, atravesado por una serie de flujos incontrolados e incontrolables, movimientos migratorios, movimientos de capitales que condicionan las economías…
Sin negar la parte de culpa que Europa tiene en la situación actual del continente africano, se centra en recordar la necesidad de hacer autocrítica y “mostrar cuánto y cómo los africanos podemos ser considerados —salvando las distancias— los actores de nuestra propia perdición, de nuestro propio fracaso sin percibir al Otro como el único chivo expiatorio.

La historia africana está por escribir, con paciencia y serenamente. No inclinar la balanza ni de un lado ni de otro. Otros africanos reclamarán más África y en su celo, conseguirán convencerte de que, ya que el continente negro está considerado como la cuna de la humanidad, Europa debería doblegarse, pagar el daño que nos ha hecho padecer durante siglos de esclavitud, décadas de colonización y no sé cuántas cosas más.
“El llanto del hombre negro”, un sollozo cada vez más ruidoso que definiré co­­mo la tendencia que anima a algunos africanos a explicar las desgracias del continente negro —todas sus desgracias— a través del prisma de su encuentro con Europa. El llanto de estos africanos alimenta sin descanso el odio contra el blanco, como si la venganza pudiera suprimir las ignominias de la historia y devolvernos el pretendido amor propio que Europa habría violado. El que odia ciegamente a Europa está tan enfermo como el que se fundamenta en un amor ciego por el África de antaño, un África imaginaria que habría atravesado plácidamente los siglos, sin enfrentamientos, hasta la llegada del hombre blanco, que vino a trastocar un equilibrio sin fisuras.
Los negros que sollozan están convencidos de que nuestra supervivencia pasa por la aniquilación de la raza blanca o, al menos, por la inversión de papeles en el curso de la historia. Según ellos, el blanco debería, aunque solo fuera durante unas pocas horas, sentir lo que significa ser negro en este mundo.
La salvación del negro no está ni en la conmiseración ni en la ayuda. Si eso fuera lo únicamente necesario, todos los parias de la tierra habrían cambiado la historia. Ya no basta con llamarse negro, con gritarlo en una plaza pública para que en la memoria de los demás desfilen cuatro siglos de humillaciones. Ya no basta con proclamarse originario del Sur para exigirle al Norte el de­­ber de la ayuda. Pues la ayuda no es sino la subrepticia prolongación del sometimiento.
Por otra parte, ser negro ya no quiere decir nada, ni siquiera para los propios negros. Mientras sigan esperando la salvación desde la conmiseración, sus únicos interlocutores serán sus propios hermanos: no para recordarles que sus naciones son independientes desde los años sesenta, sino para escupirles las mentiras de los falsos profetas que supuestamente les hablan en nombre de una comunidad negra que no existe en Francia.

Muchos califican de “Francia negra”, término que podría proporcionar a demagogos e integristas de la raza un argumento de peso para justificar la existencia de una comunidad de gente de color en Francia. Lo que pondría en peligro, estoy convencido de ello, la idea de una nación basada en un destino común…
La presencia de los negros en Francia es una larga y sinuosa historia, resultado de múltiples factores, entre otros, la estrategia política del país de acogida durante algunos periodos sombríos, la búsqueda de una mejor vida para los africanos o los procedentes de los territorios de ultramar, o incluso la aparición de nuevas generaciones que ya no tienen nada que ver con el continente negro, pero que consideran que no son reconocidas en el país que las ha visto nacer.
En el ánimo de muchos, los negros de Francia re­­pre­­sentan un bloque, una entidad coherente susceptible de expresar reivindicaciones colectivas y de tener un peso en la política francesa. Es solo un espejismo: la heteróclita composición de dicha población siempre me ha llevado a refutar la existencia de una “comunidad”. ¿Qué tienen en común, aparte del color de la piel?…

El joven africano cree que la aventura de su camino a Europa desembocará en un claro en el que su miseria tocará a su fin como por arte de magia. En Congo, esta cultura del sueño la mantienen aquellos que ya franquearon el Rubicón. Son llamados los “parisinos”. Para ellos, ir a Francia equivale a una peregrinación a la Meca.

La sangre es el argumento fetiche de las naciones enrocadas en sí mismas. Constituye una idea fija para los extremistas que proponen preservar la “identidad nacional”. Por la sangre se puede considerar a alguien como “cien por cien francés”, como si la nacionalidad fuera una cuestión de dosis de hemoglobina. Definir al hombre por la sangre es privilegiar una visión naturalista en detrimento de un enfoque humanista que se corresponde más con la evolución de las actuales sociedades, en las que la identidad es el resultado de una diversidad de culturas. En resumen, hay dos categorías de franceses: los que no han hecho nada para serlo y los que han acometido los trabajos de Hércules para serlo. Los primeros se creen franceses por naturaleza. En cuanto a los segundos, su pertenencia se ve constantemente cuestionada; hay incluso leyes que los colocan en situación de apátridas. Aunque sobre el papel sean indiscutiblemente franceses, algunas miradas siempre ponen en duda sus orígenes.
Quizás habrá que hacerse a la idea de que convendría redefinir la noción misma de África y dejar de limitarse a una concepción geográfica y fija del continente negro. ¿Y si, en vez de hablar de África, hablásemos de Áfricas.
Estamos en deuda con nuestro fracaso. No hemos sabido resolver el nudo gordiano y asumir nuestra madurez. Con nuestro silencio, nuestra inercia, hemos permitido que emergieran unos peleles que llevan a las poblaciones al abismo, cuyo punto de no retorno fue el último genocidio del siglo XX, el que tuvo lugar ante nuestros ojos en Ruan­­da. Sucedió porque habíamos asimilado la imagen que Occidente tenía de nosotros. Hutus: rasgos groseros, barbarie, imbecilidad. Tutsis: rasgos finos, inteligencia, pro­­ximidad con el mundo civilizado. Y mientras que los “dos bandos” se mataban entre ellos, Occidente desplegaba su ejército con el falaz pretexto de proteger a sus nacionales.
Pero, más allá de la responsabilidad que cabe imputar a Occidente, también los africanos están en el banquillo de los acusados…

Very interesting book by this African writer from the Congo living in France and one of the most booming voices of the African continent, very unknown in Europe and that makes us reflect.

The African continent faces major challenges in the coming decades. With 30,000,000 km2 and a population of more than 1.2 billion inhabitants, divided into 54 states, the demographic issue is key. With a birth rate of 2.6 percent, in half a century it will be the most populated continent on the planet, representing a quarter of the world’s population. It is also an economic power; It harbors important energy resources, many of which have not yet been exploited and its economic growth exceeds 5 percent since 2000. On the other hand, its imbalances include the origin of migratory phenomena, the circulation and mobility of its populations. However, we live in times when circulation is not exclusive to people, often confusing sovereignty with the ability to decide who can move or under what conditions. We have gone from the “human condition to the planetary condition.
One of the main consequences of globalization is that the world has reduced considerably and we are facing a crisis of the idea of ​​the border. In the era of globalization and the digital revolution, our world is “finite”, traversed by a series of uncontrolled and uncontrollable flows, migratory movements, capital movements that condition economies …
Without denying the part of Europe’s guilt in the current situation on the African continent, it focuses on remembering the need to do self-criticism and “show how much and how Africans can be considered -stripping distances- the actors of our own perdition, of our own failure without perceiving the Other as the only scapegoat.

African history is about to be written, patiently and serenely. Do not tilt the scale neither from one side nor from the other. Other Africans will claim more Africa and in their zeal, will convince you that, since the black continent is considered the cradle of humanity, Europe should bend, pay the damage that has made us suffer from centuries of slavery, decades of colonization and I do not know how many more things.
“The tears of the black man”, an increasingly noisy sob that I will define as the tendency that encourages some Africans to explain the misfortunes of the black continent – all their misfortunes – through the prism of their encounter with Europe. The weeping of these Africans nourishes the hatred against the target without respite, as if revenge could suppress the ignominy of history and return to us the pretended self-love that Europe would have violated. The one who blindly hates Europe is as sick as the one that is based on a blind love for the Africa of yesteryear, an imaginary Africa that would have placidly crossed the centuries, without confrontations, until the arrival of the white man, who came to disrupt a balance without fissures.
The sobbing blacks are convinced that our survival goes through the annihilation of the white race or, at least, through the reversal of roles in the course of history. According to them, the target should, if only for a few hours, feel what it means to be black in this world.
The black’s salvation is neither in commiseration nor in aid. If that were only necessary, all pariahs on earth would have changed history. It is no longer enough to call oneself black, to shout it in a public square so that four centuries of humiliations may parade in the memory of others. It is no longer enough to proclaim the origin of the South to demand from the North the duty of aid. For help is nothing but the surreptitious prolongation of subjection.
On the other hand, being black no longer means anything, not even for the blacks themselves. As long as they continue to wait for salvation from commiseration, their only interlocutors will be their own brothers: not to remind them that their nations are independent since the 1960s, but to spit out the lies of the false prophets who supposedly speak to them on behalf of a black community that It does not exist in France.

Many describe “Black France”, a term that could provide demagogues and fundamentalists of the race with a strong argument to justify the existence of a community of people of color in France. What would endanger, I am convinced of it, the idea of ​​a nation based on a common destiny …
The presence of blacks in France is a long and sinuous history, the result of many factors, among others, the political strategy of the host country during some dark periods, the search for a better life for Africans or those from the territories of overseas, or even the emergence of new generations who have nothing to do with the black continent, but who consider that they are not recognized in the country that saw them born.
In the minds of many, the blacks of France represent a block, a coherent entity capable of expressing collective demands and having a weight in French politics. It is only a mirage: the heterogeneous composition of this population has always led me to refute the existence of a “community”. What do they have in common, apart from the color of the skin? …

The young African believes that the adventure of his journey to Europe will lead to a clearing in which his misery will come to an end as if by magic. In Congo, this dream culture is maintained by those who have already crossed the Rubicon. They are called the “Parisians”. For them, going to France is equivalent to a pilgrimage to Mecca.

The blood is the fetish argument of the nations enfolded in themselves. It is a fixed idea for extremists who propose to preserve “national identity”. By blood one can consider someone as “one hundred percent French,” as if nationality was a matter of hemoglobin dose. To define man by blood is to privilege a naturalistic vision to the detriment of a humanist approach that corresponds more to the evolution of current societies, in which identity is the result of a diversity of cultures. In short, there are two categories of French: those who have done nothing to be French and those who have undertaken the work of Hercules to be so. The first ones believe themselves French by nature. As for the seconds, their belonging is constantly questioned; there are even laws that place them in a situation of statelessness. Although on paper they are indisputably French, some views always question their origins.
Perhaps it will be necessary to come to the idea that it would be convenient to redefine the very notion of Africa and stop limiting itself to a geographical and fixed conception of the black continent. What if, instead of talking about Africa, we were talking about Africa.
We are in debt to our failure. We have not been able to solve the Gordian knot and assume our maturity. With our silence, our inertia, we have allowed some puppets to emerge that take the populations to the abyss, whose point of no return was the last genocide of the 20th century, which took place before our eyes in Rwanda. It happened because we had assimilated the image that the West had of us. Hutus: rude features, barbarism, imbecility. Tutsis: fine features, intelligence, proximity to the civilized world. And while the “two sides” killed each other, the West deployed its army with the fallacious pretext of protecting its nationals.
But, beyond the responsibility that can be attributed to the West, Africans are also in the dock of the accused …

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