Por qué El Espacio Huele A Barbacoa Y Otras Preguntas Que Solo Un Astronauta Puede Responder — Tim Peake / Ask an Astronaut: My Guide to Life in Space by Tim Peake

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Es sorprendente considerar que desde 1961, cuando Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano en el espacio, solo 545 personas han alcanzado la órbita de la Tierra. Tim Peake es uno de ellos, ya que estuvo en la Estación Espacial Internacional (ISS) en 2015. Su libro es lo más cercano a la mayoría de nosotros para saber cómo es.
Cuando Tom Wolfe escribió The Right Stuff, estaba hablando de los primeros astronautas estadounidenses que habían llegado de las filas de los pilotos. Los astronautas de hoy necesitan habilidades muy específicas, incluso ser bueno en el lenguaje, ya que estar en la EEI requiere saber ruso.
«El astronauta de la NASA y el comandante de la ISS, Scott Kelly, me dijeron que solo son los primeros diez años de estudiar ruso lo que es difícil».
El rasgo más importante que se necesita para ser astronauta es el carácter y la unidad. Mike Massimino también escribió sobre eso en sus memorias Spaceman.
Peake escribió este libro para responder a las preguntas que las personas hacen todo el tiempo sobre ser espacio. Los capítulos incluyen Lanzamiento, Entrenamiento, Vida y Trabajo en la ISS, Caminata espacial, Tierra y espacio, Regreso a la Tierra y Mirando hacia el futuro. Hay grandes ilustraciones, diagramas y fotografías en color.
No puedo imaginar vivir en ‘una lata’ durante meses. Y sin embargo, esto es lo que hacen los astronautas de hoy. Y compartiendo ese espacio con otras personas.
Bueno, tal vez pueda imaginar eso, pero realmente no puedo imaginarme caminando por el espacio. Dejando el «refugio seguro» de la ISS para un vacío negro donde las temperaturas pueden ir de frígido a hervir en minutos, desprotegido de varias cosas del espacio de vuelo. Un movimiento equivocado y … bueno, mira la película Gravedad y salta el final feliz. Peake señala que en realidad es bastante fácil caerse de la estación espacial. El peligro es palpable.

Todo esto mientras llevas ‘pañales’ adultos.
Pero otras cosas también pueden salir mal. En 1965, un astronauta soviético estaba en el espacio cuando su traje se hinchó y se puso rígido. Sus manos y pies se deslizaron de sus lugares, y lo único que podía hacer era despresurizar su traje. Sufría de enfermedad de descompresión cuando, con mucha lucha, entró en la escotilla.
Peake formó parte de un equipo para reparar el panel solar ISS, restaurando su energía eléctrica. Estar en el espacio le dio «la sensación de ser un espectador microscópico en un universo inmensamente vasto. Fue, al mismo tiempo, la experiencia más sorprendente y humillante de mi vida».
Este es un gran libro para mentes curiosas, desde jóvenes hasta personas mayores que crecimos con la Carrera espacial.

El acceso a la cápsula se ejecuta siempre en un orden específico. El primero que entra es el astronauta que ocupa el asiento izquierdo (Tim Kopra en nuestro caso), seguido por el astronauta que viaja en el asiento derecho (yo) y, por último, por el comandante de la Soyuz (Yuri Malenchenko). Primero tuvimos que entrar en el apretado módulo habitacional por una escotilla horizontal y luego contornearnos para abrirnos camino en su interior: primero se introducen los pies y luego se pasa por una escotilla vertical a través de la cual se entra en el módulo de descenso. No hay escalera, pero sí puntos de apoyo para los pies que sirven de ayuda.
Curiosamente, el ruido dentro de la cápsula es menos impresionante que fuera. Que no me malinterprete nadie: el ruido es ensordecedor. Pero los auriculares de comunicaciones que llevas bajo el casco hermético del traje espacial te ofrecen un cierto aislamiento acústico. Lo que resulta mucho más impresionante dentro de la nave espacial es la sensación de energía pura, la vibración y la aceleración que experimentas; es algo casi visceral. Ahora bien, no se produce ninguna explosión violenta, no pitan los oídos y no se ve nada al otro lado de las ventanas, porque en ese momento la cofia todavía protege la nave.

Un motivo para situar los lanzamientos lo más cerca posible del ecuador, además de aprovechar la velocidad de rotación adicional de la Tierra, y es que permite elegir mejor la inclinación orbital. Este parámetro mide la inclinación de una órbita y se expresa como un ángulo entre el ecuador y el eje de dirección del objeto que orbita.
Para entenderlo fácilmente, basta con imaginar que se lanza un cohete desde el polo norte. Independientemente de la dirección en la que se oriente dicho cohete, solo podrá dirigirse hacia el sur. Entrará en una órbita polar (que pasará sobre los polos norte y sur del planeta) con una inclinación de 90 grados. En cambio, un cohete lanzado desde el ecuador puede apuntarse en cualquier dirección y puede insertarse en cualquier inclinación orbital.

La limpieza externa igual de meticulosa. Tras una ducha con un jabón antimicrobiano especial y un secado con una toalla esterilizada, tuvimos que permanecer estoicamente desnudos y llamar al médico de vuelo. Cuando uno se decide a ser astronauta, enseguida aprende que es mejor guardar el orgullo en un cajón. El camino hacia el espacio está salpicado por toda suerte de indignidades, en forma de sigmoidoscopias, endoscopias, enemas y toqueteos infinitos. De ahí que la rápida limpieza corporal con toallas antibacterianas especiales que nos realizó el médico de vuelo no supusiera ningún trance.
La primera de las múltiples tradiciones del día de lanzamiento consiste en que cada miembro de la tripulación firme en la puerta de la habitación en la que se hospedaba en el Hotel de los Cosmonautas de Baikonur. Fue un momento muy especial en el que tuve ocasión de añadir mi firma a la de tantos hombres y mujeres inspiradores que habían allanado el camino antes de mí. A continuación, un sacerdote ortodoxo ruso nos aguardaba al final del pasillo para bendecir a la tripulación.
Una de las maravillosas (y en algunos casos curiosas) tradiciones que los rusos siguen antes del lanzamiento consiste en orinar de camino a la plataforma de despegue. En realidad, teniendo en cuenta que vas a pasarte encerrado en un cohete varias horas, tiene todo el sentido del mundo. Cuenta la leyenda que cuando Yuri Gagarin se dirigía a la plataforma de lanzamiento en 1961 tuvo ganas de orinar por última vez. Poco sabía él que, al elegir el neumático posterior derecho del autobús para hacerlo, estaba instituyendo un ritual que se ha perpetuado durante más de cincuenta años.

La frontera oficial entre el «cielo» o la atmósfera terrestre y el espacio suele situarse en los 100 kilómetros. Es la línea de Kármán (bautizada así en honor a Theodore von Kármán, un ingeniero y físico húngaro-estadounidense). Pero es un poco más complicado que eso. Nuestra atmósfera es difícil de medir porque, conforme aumenta la altitud, se vuelve más fina.

Por descontado, la habilidad más transferible entre las profesiones de piloto y astronauta es la de aprender a pilotar manualmente una nave espacial por si el sistema de control automático falla. Esto explica que, en la actualidad, la mayoría de los astronautas (incluidos los que se seleccionan sin tener previa formación como pilotos) realicen prácticas de vuelo como parte de su formación y preparación para viajar al espacio.
Por regla general, la mayoría de los astronautas profesionales reciben un mínimo de tres o cuatro años de formación antes de su primer vuelo al espacio, si bien es un aspecto que puede variar, en función de cuándo te asignan una misión.
Para empezar, todos los candidatos a astronautas recién seleccionados tienen que someterse a un período de formación básica cuyo objetivo es dotarlos de un nivel común de conocimientos en un amplio espectro de materias. Si bien el planteamiento de la formación básica difiere entre las distintas agencias espaciales nacionales que integran la EEI, existen algunos criterios concertados en cuanto a su contenido. El curso de formación básico de la ESA duró catorce meses y cubrió materias básicas como ciencia, informática, mecánica orbital y tecnologías espaciales.
Los dos idiomas oficiales que se hablan a bordo de la Estación Espacial Internacional son el ruso y el inglés. Sin embargo, aunque con menos peso, hay un tercer idioma común entre los astronautas: el «rusinglés». El término se acuñó en 2000, cuando las primeras tripulaciones empezaron a vivir y trabajar en el nuevo laboratorio en órbita. El cosmonauta ruso Serguéi Krikaliov comentó: «Nosotros decimos en broma que nos comunicamos en “rusinglés”, una mezcla de ruso e inglés. Cuando no sabemos decir algo en un idioma, usamos el otro, porque toda la tripulación domina los dos».

Un profesor que tuve solía decir: «La vida es como un cubo de la basura: sacas lo que metes». Puede parecer un consejo un poco crudo para un adolescente, pero a mí me ha servido de mucho a lo largo de los años y sigue sirviéndome. No espero que las oportunidades se crucen en mi camino sin trabajo duro, paciencia y determinación.

¿Qué es exactamente la Estación Espacial Internacional?
La respuesta rápida es:
1.La nave espacial de mayores dimensiones y más sofisticada de la historia,
2.un laboratorio científico puntero,
3.el hogar de los astronautas en el espacio.
R: Una respuesta algo más extensa sería: la EEI es la estructura fabricada por el ser humano más avanzada que ha existido nunca. Con más de 400 toneladas de peso y una extensión similar a la de un campo de fútbol, la EEI orbita alrededor de la Tierra a unos 400 kilómetros de altitud y viaja a una velocidad de 27.600 kilómetros por hora. Esto implica que circunnavega el globo terráqueo cada 90 minutos.
Si yo fuera un agente de la propiedad inmobiliaria, diría que la EEI presenta el tamaño de una casa de seis dormitorios, cuenta con dos cuartos de baño (aunque me temo que no hay ducha), un gimnasio y un gran mirador de 360 grados conocido como la Cúpula.
Si lo que buscas es un espacio presurizado, estás de suerte. La EEI cuenta con más de 820 metros cúbicos (más o menos lo mismo que un Boeing 747-400), un espacio más que suficiente para una tripulación.
Hay un inodoro bastante pequeño fijado a un contenedor de residuos sólidos con una reducida abertura circular alrededor de la cual se ajusta una bolsa cauchutada con cierre elástico. Centenares de minúsculas perforaciones en la bolsa posibilitan la circulación del aire, pero no de los residuos sólidos. El mismo interruptor de la manguera de la orina activa el flujo del aire en el contenedor de residuos sólidos. Al acabar, los astronautas lanzan la bolsa cauchutada (con autocierre) al contenedor y colocan otra limpia para el siguiente usuario. El contenedor de residuos sólidos se cambia cada diez o quince días, aunque un comandante de la EEI me comentó ufano que, si te pones un guante esterilizado y compactas el contenido, puedes alargar su vida útil hasta veinte días. No estoy seguro de que el programa espacial aprecie plenamente hasta dónde somos capaces de llegar por ahorrar recursos…
Asimismo, nos desprendemos de la ropa usada, de los envases de comida vacíos y de los contenedores de residuos sólidos del lavabo (recuérdalo la próxima vez que formules un deseo al ver una estrella fugaz…). En cambio, no nos deshacemos de la orina, porque contiene un agua demasiado valiosa. En lugar de ello, la orina se recicla en agua potable y solo el producto residual concentrado se recopila y acaba sufriendo la misma suerte despiadada que el resto de nuestra basura.
Para poder establecer una rutina a bordo es fundamental que en la EEI se defina un huso horario. La estación espacial se rige por el tiempo universal coordinado (UTC, por sus siglas en inglés), equivalente al tiempo medio de Greenwich (GMT). En el momento de decidir el huso horario de la estación, los principales países participantes en la EEI (Estados Unidos, Rusia, Europa, Japón y Canadá) acordaron seguir ese patrón. La aplicación del GMT permite a la mayoría de estos países solapar buena parte de su jornada laboral habitual con parte de las horas de trabajo de la tripulación en la EEI. Lógicamente, este huso horario es idóneo para la Agencia Espacial Europea, mientras que probablemente resulte menos ventajoso para la Agencia Espacial Japonesa, puesto que su centro de control en Tsukuba, a las afueras de Tokio, lleva nueve horas de adelanto respecto al GMT.

Lo más desagradable de vivir en el espacio es ver cómo las plantas de los pies se te desintegran durante el primer par de meses. En la estación espacial apenas usamos las plantas de los pies ni apoyamos peso en ellas (salvo cuando hacemos ejercicio) y, a causa de ello, se vuelven muy lisas y suaves, como las de un recién nacido. Pasar seis meses en el espacio es como hacerse la mejor pedicura imaginable.
La parte desagradable es que toda la piel dura y muerta que se acumula en las plantas de los pies empieza a desprenderse. Tras vivir en el espacio unas semanas, tienes que quitarte los calcetines con suma cautela, pues, de lo contrario, se produce una lluvia de escamas de piel en la cabina. Dado que en la microgravedad nada cae al suelo, esas pieles permanecen flotando hasta que la circulación del aire las conduce a uno de los filtros de aire retornado. ¡Y, entre tanto, de la noche a la mañana te conviertes en el miembro menos popular de la tripulación!
Igual de desagradable es que nos salgan «durezas» en los dedos de los pies. Solemos hacer palanca metiendo los pies debajo de asideros metálicos, correas y cuerdas para estabilizarnos mientras trabajamos. Este roce hace que la piel de la cara superior de los dedos de los pies se ponga áspera y se desescame. La Agencia Espacial Europea ha diseñado unos calcetines especiales para intentar paliar este efecto. Se trata de unos calcetines con un suave revestimiento de caucho en la puntera y son de cierta ayuda.

La mayoría de la comida espacial se envasa en plástico, papel de aluminio o latas metálicas, y el «menú espacial» incluye más de cien alimentos entre los cuales elegir, de manera que hay bastante variedad. Alguna comida se deshidrata o se liofiliza, y luego basta rehidratarla con agua caliente para que sea comestible. Muchas de nuestras sopas y hortalizas son rehidratadas. Otros alimentos (irradiados) se sirven en envases de aluminio que colocamos en el calentador de comida eléctrico durante unos veinte minutos. Estos envases de aluminio suelen contener la carne y los postres. Recuerdan un poco a las raciones militares o la comida de acampada y no tienen mal sabor, aunque tienden a ser un poco insípidos. Además, el contenido en sal de la comida espacial suele ser reducido. Los estudios han determinado que la piel retiene sodio en la microgravedad, lo que aumenta la acidez del cuerpo y puede acelerar la pérdida ósea, así que la sal no es muy recomendable para los astronautas, que ya tienen que realizar mucho ejercicio físico para mantener la densidad mineral de sus huesos.

La presión en el interior del traje espacial (4,3 psi) equivale a la existente en la Tierra a una altitud por encima de los 9.000 metros y, por tanto, es menor que la presión en la cumbre del monte Everest, la mayor altura terrestre (4,89 psi a 8.848 metros). Sin embargo, los astronautas respiramos oxígeno al cien por cien en el traje, lo que nos permite soportar una presión tan baja y mantener la agudeza mental.
Hay dos tipos de traje espacial. Los astronautas llevan un traje espacial más pequeño, ligero y «suave» en el interior de la nave que los transporta entre la Tierra y la EEI. Dicho traje está diseñado para resultar cómodo al atarse al asiento y suele depender del oxígeno o el aire que proporciona la nave para presurizarse y ventilarse. Normalmente, solo se presuriza en caso de producirse una emergencia, cuando la propia nave no puede mantener la presión para proteger a la tripulación. En el caso de la nave Soyuz, se denomina «traje Sokol» («halcón»).
Cada miembro de la tripulación de la Soyuz tiene un traje Sokol propio «hecho a medida», pues es fundamental que este se ajuste correctamente en el reducido espacio del módulo de descenso. Además, el traje incorpora cinchas en las mangas, las perneras, el pecho y el abdomen para poder efectuar modificaciones menores y garantizar la comodidad personal.
En cambio, el traje que llevamos en los paseos espaciales es una especie de miniestación espacial. El traje estadounidense recibe el nombre de «unidad de movilidad extravehicular» (EMU, por sus siglas en inglés) y pesa ni más ni menos que 145 kilos. El EMU debe mantener al cosmonauta con vida hasta ocho horas (en ocasiones más) en el riguroso entorno espacial.
Por desgracia, durante un paseo espacial solo tenemos la opción de mantenernos hidratados, pero no podemos comer nada. Antes de enfundarnos el traje espacial, todo astronauta llena de agua una bolsa de un litro de capacidad. Se utiliza el agua normal de la estación espacial (es decir, orina reciclada a temperatura ambiente), sin sales, cafeína ni productos energéticos añadidos. La bolsa de la bebida se adhiere con velcro a la parte delantera del traje espacial, de manera que la notamos contra el pecho cuando nos colocamos el torso superior duro (HUT, por sus siglas en inglés).
Durante el día, el Sol es tan intenso que la mayor parte del tiempo los astronautas optamos por utilizar los visores chapados en oro durante los paseos espaciales. De hecho, aunque somos conscientes de que son muy molones, el motivo principal para llevarlos bajados es no quedar cegados si miramos sin querer a ese gigantesco horno nuclear llamado Sol. Al aproximarnos al ocaso, el centro de control nos advierte que nos levantemos los visores para anticiparnos a la rápida transición hacia la sombra de la Tierra.

En realidad, con la estación espacial colisionan partículas muy pequeñas de residuos espaciales con bastante frecuencia. La basura espacial está formada tanto por residuos naturales (micrometeoritos) como artificiales (producidos por el ser humano). Los micrometeoritos orbitan alrededor del Sol, mientras que la mayoría de los residuos artificiales orbitan alrededor de la Tierra. Generalmente estos impactos no tienen repercusiones serias y, además, la estación espacial está bien protegida mediante escudos especiales que cubren los módulos presurizados en los que habitan y trabajan los cosmonautas.
Tenía muchas ganas de volver a oler el aire fresco de la Tierra. No quiero decir con ello que el olor de la EEI no fuera agradable, pero era más bien neutro. Para mí tenía un aroma levemente clínico y metálico, que noté la primera vez que subí a bordo, pero al cual me acostumbré enseguida. Todo en la EEI está diseñado para minimizar los olores y evitar que los materiales desprendan gases, con el fin de que nuestras glándulas olfativas no tengan que esforzarse demasiado. Con la salvedad de unas cuantas entregas de fruta fresca a cargo de las naves de aprovisionamiento, habíamos prescindido por completo de olores terrenales.

SpaceX no es la única empresa financiada por un multimillonario que planea reducir el coste del acceso al espacio y ampliar las fronteras de la exploración humana. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, tiene su propia empresa de cohetes, Blue Origin, que en la actualidad está desarrollando diferentes vehículos, con la vista puesta en regresar a la Luna y ampliar la presencia humana en el sistema solar.
Por su parte, Sierra Nevada Corporation sigue trabajando en su nave espacial Dream Chaser y en 2016 firmó un contrato con la NASA mediante el cual se comprometía a proporcionar un mínimo de seis misiones de reaprovisionamiento comerciales a la EEI entre 2019 y 2024. Y con empresas como Virgin Galactic, Blue Origin y XCOR desarrollando tecnologías que prometen ofrecer en breve la sugerente experiencia del espacio a centenares de personas, los próximos años sin duda alguna serán sumamente estimulantes en lo tocante a vuelos espaciales tripulados.
El pistoletazo de salida de esta nueva «carrera espacial» se dio hace varios años. Se trata de una carrera que no solo ofrece competitividad, una mayor sostenibilidad y acceso a bajo coste al espacio, sino también oportunidades emocionantes de colaboración, nuevas asociaciones y cooperación internacional.

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It’s amazing to consider that since 1961 when Yuri Gagarin became the first human in space that only 545 people have reached Earth’s orbit. Tim Peake is one, having been on the International Space Station (ISS) in 2015. His book Ask an Astronaut: My Guide to Life in Space is as close as most of us will get to knowing what it is like.
When Tom Wolfe wrote The Right Stuff, he was talking about the first American astronauts who had come up from the ranks of pilots. Today’s astronauts need very specific skills, including being good at language, since being in the ISS requires knowing Russian.
«NASA astronaut and ISS commander Scott Kelly told me that it is only the first ten years of studying Russian that are difficult.»
The most important trait needed to be an astronaut is character and drive. Mike Massimino also wrote about that in his memoir Spaceman.
Peake wrote this book to answer the questions people ask all the time about being space. Chapters include Launch, Training, Life and Work on the ISS, Spacewalking, Earth and Space, Return to Earth, and Looking to the Future. There are great illustrations, diagrams, and color photographs.
I can’t imagine living in ‘a tin can’ for months. And yet this is what today’s astronauts do. And sharing that space with other people.
Okay, perhaps I can imagine that but I really can’t imagine spacewalking. Leaving the ‘safe haven’ of the ISS for a black vacuum where temperatures can go from frigid to boiling in minutes, unprotected from various flying space stuff. One wrong move and–well, watch the movie Gravity and skip the happy ending. Peake notes it is actually quite easy to fall off the space station. The danger is palpable.

All this while wearing adult ‘nappies’.
But other things can go wrong, too. In 1965 a Soviet astronaut was in space when his suit ballooned and stiffened. His hands and feet slipped from their places, and the only thing he could do was depressurize his suit. He was suffering from decompression sickness when, with much struggling, he entered the airlock.
Peake was part of a team to repair the ISS solar panel, restoring its electric power. Being in space gave him «the sensation of being a microscopic spectator in an immeasurably vast universe. It was, at the same time, the most astonishing and humbling experience of my life.»
This is a great book for inquisitive minds, from the young to us older folk who grew up with the Space Race.

The access to the capsule is always executed in a specific order. The first one that enters is the astronaut who occupies the left seat (Tim Kopra in our case), followed by the astronaut who travels in the right seat (me) and, finally, by the Soyuz commander (Yuri Malenchenko). First we had to enter the crowded housing module through a horizontal hatch and then contort ourselves to make our way inside: first the feet are introduced and then passed through a vertical hatch through which you enter the descent module. There is no ladder, but there are support points for the feet that help.
Interestingly, the noise inside the capsule is less impressive than outside. Let no one misunderstand me: the noise is deafening. But the communications headphones that you wear under the hermetic helmet of the space suit offer you some acoustic isolation. What is much more impressive inside the spaceship is the sensation of pure energy, the vibration and the acceleration that you experience; It is almost visceral. Now, there is no violent explosion, no ears ringing and nothing is seen on the other side of the windows, because at that moment the cap still protects the ship.

A reason to place the launches as close as possible to the equator, in addition to taking advantage of the additional rotation speed of the Earth, and that allows to better choose the orbital inclination. This parameter measures the inclination of an orbit and is expressed as an angle between the equator and the direction axis of the orbiting object.
To understand it easily, just imagine that a rocket is launched from the north pole. Regardless of the direction in which the rocket is aimed, you can only head south. It will enter a polar orbit (which will pass over the north and south poles of the planet) with an inclination of 90 degrees. In contrast, a rocket launched from the equator can be pointed in any direction and can be inserted in any orbital inclination.

The external cleaning is equally meticulous. After a shower with a special antimicrobial soap and a drying with a sterile towel, we had to remain stoically naked and call the flight doctor. When one decides to be an astronaut, he immediately learns that it is better to keep pride in a drawer. The road to space is dotted with all kinds of indignities, in the form of sigmoidoscopies, endoscopies, enemas and infinite touching. Hence, the rapid body cleansing with special antibacterial towels performed by the flight doctor did not involve any trance.
The first of the multiple traditions of the launch day is that each member of the crew signs at the door of the room where he was staying at the Hotel of the Baikonur Cosmonauts. It was a very special moment in which I had the opportunity to add my signature to that of many inspiring men and women who had paved the way before me. Next, a Russian Orthodox priest was waiting for us at the end of the corridor to bless the crew.
One of the wonderful (and in some cases curious) traditions that the Russians follow before launching is urinating on the way to the launch pad. Actually, considering that you’re going to be locked in a rocket for several hours, it makes all the sense in the world. Legend has it that when Yuri Gagarin was on his way to the launch pad in 1961, he wanted to urinate for the last time. Little did he know that, by choosing the right rear tire of the bus to do so, he was instituting a ritual that has been perpetuated for more than fifty years.

The official border between the «sky» or the earth’s atmosphere and space is usually 100 kilometers. It is the Kármán line (named after Theodore von Kármán, a Hungarian-American engineer and physicist). But it’s a little more complicated than that. Our atmosphere is difficult to measure because, as the altitude increases, it becomes finer.

Of course, the most transferable skill between the pilot and astronaut professions is learning to pilot a spaceship manually in case the automatic control system fails. This explains that, at present, most astronauts (including those who are selected without prior training as pilots) perform flight practices as part of their training and preparation to travel to space.
As a rule, most professional astronauts receive a minimum of three or four years of training before their first flight into space, although it is an aspect that can vary, depending on when they assign you a mission.
To begin with, all candidates for newly selected astronauts have to undergo a basic training period which aims to equip them with a common level of knowledge in a broad spectrum of subjects. Although the basic training approach differs between the different national space agencies that make up the IEE, there are some agreed criteria in terms of their content. The basic training course of the ESA lasted fourteen months and covered basic subjects such as science, computers, orbital mechanics and space technologies.
The two official languages ​​spoken on board the International Space Station are Russian and English. However, although with less weight, there is a third common language among astronauts: the «rusinglés». The term was coined in 2000, when the first crews began to live and work in the new laboratory in orbit. Russian cosmonaut Sergei Krikaliov commented: «We jokingly say that we communicate in» rusinglés «, a mixture of Russian and English. When we do not know how to say something in one language, we use the other, because the whole crew dominates both. »

A teacher I had used to say: «Life is like a garbage can: you get what you put.» It may seem like a bit of crude advice for a teenager, but it has helped me a lot over the years and continues to serve me. I do not expect opportunities to cross my path without hard work, patience and determination.

What exactly is the International Space Station?
The quick answer is:
1. The largest and most sophisticated spacecraft in history,
2.a leading scientific laboratory,
3. the home of the astronauts in space.
A: A somewhat more extensive answer would be: the ISS is the structure manufactured by the most advanced human being that has ever existed. With more than 400 tons of weight and an extension similar to that of a football field, the ISS orbits around the Earth at about 400 kilometers of altitude and travels at a speed of 27,600 kilometers per hour. This implies that you circumnavigate the globe every 90 minutes.
If I were an agent of real estate, I would say that the ISS presents the size of a six-bedroom house, has two bathrooms (although I’m afraid there is no shower), a gym and a well-known 360 degree lookout like the Dome.
If you’re looking for a pressurized space, you’re in luck. The ISS has more than 820 cubic meters (more or less the same as a Boeing 747-400), a space more than enough for a crew.
There is a fairly small toilet fixed to a solid waste container with a small circular opening around which fits a rubberised bag with elastic closure. Hundreds of tiny perforations in the bag allow the circulation of air, but not of solid waste. The same switch on the urine hose activates the flow of air in the solid waste container. At the end, the astronauts throw the rubberized bag (with self-closing) to the container and place another clean for the next user. The solid waste container is changed every ten or fifteen days, although a commander of the ISS told me proudly that, if you put on a sterile glove and compact the contents, you can extend its useful life up to twenty days. I’m not sure that the space program fully appreciates how far we can go to save resources …
Likewise, we get rid of used clothes, empty food containers and solid waste containers in the sink (remember it the next time you make a wish to see a shooting star …). On the other hand, we do not get rid of urine, because it contains too valuable water. Instead, the urine is recycled into drinking water and only the concentrated waste product is collected and ends up suffering the same ruthless fate as the rest of our garbage.
In order to establish a routine on board it is essential that a time zone be defined in the ISS. The space station is governed by coordinated universal time (UTC), equivalent to the average Greenwich Mean Time (GMT). At the time of deciding the time zone of the station, the main countries participating in the EEI (United States, Russia, Europe, Japan and Canada) agreed to follow this pattern. The application of the GMT allows most of these countries to overlap a good part of their normal working hours with part of the crew’s work hours in the ISS. Logically, this time zone is suitable for the European Space Agency, while it is probably less advantageous for the Japanese Space Agency, since its control center in Tsukuba, just outside of Tokyo, is nine hours ahead of the GMT.

The most unpleasant thing about living in space is to see how the soles of your feet disintegrate during the first couple of months. In the space station we hardly use the soles of the feet nor do we support weight in them (except when we exercise) and, because of that, they become very smooth and soft, like those of a newborn. Spending six months in space is like getting the best pedicure imaginable.
The unpleasant part is that all the hard, dead skin that accumulates on the soles of the feet starts to break off. After living in space for a few weeks, you have to remove your socks with extreme caution, otherwise, there will be a shower of skin flakes in the cabin. Since in the microgravity nothing falls to the ground, those skins remain floating until the air circulation leads them to one of the returned air filters. And, in the meantime, overnight you become the least popular member of the crew!
It is just as unpleasant for us to get «hardness» on our toes. We usually pry by putting our feet under metal handles, straps and ropes to stabilize us while we work. This rubbing causes the skin of the upper face of the toes to become rough and de-scaled. The European Space Agency has designed special socks to try to mitigate this effect. These are socks with a soft rubber lining on the toe and are of some help.

Most space food is packaged in plastic, aluminum foil or metal cans, and the «space menu» includes more than a hundred foods to choose from, so there is plenty of variety. Some food is dehydrated or lyophilized, and then rehydrate it with hot water to make it edible. Many of our soups and vegetables are rehydrated. Other (irradiated) foods are served in aluminum containers that we place in the electric food heater for about twenty minutes. These aluminum containers usually contain meat and desserts. Remember a little military rations or camping food and have no bad taste, although they tend to be a bit tasteless. In addition, the salt content of space food is usually reduced. Studies have determined that the skin retains sodium in microgravity, which increases the acidity of the body and can accelerate bone loss, so salt is not recommended for astronauts, who already have to do a lot of physical exercise to maintain the mineral density of your bones.

The pressure inside the space suit (4.3 psi) is equivalent to that on Earth at an altitude above 9,000 meters and, therefore, is less than the pressure at the summit of Mount Everest, the highest terrestrial (4.89 psi to 8,848 meters). However, we astronauts breathe oxygen one hundred percent in the suit, which allows us to withstand such low pressure and maintain mental acuity.
There are two types of space suit. The astronauts wear a smaller, lighter and «softer» space suit inside the ship that transports them between Earth and the ISS. This suit is designed to be comfortable when tied to the seat and usually depends on the oxygen or air provided by the ship to pressurize and ventilate. Normally, it is only pressurized in the event of an emergency, when the ship itself can not maintain the pressure to protect the crew. In the case of the Soyuz spacecraft, it is called «Sokol suit» («falcon»).
Each member of the crew of the Soyuz has a custom made Sokol suit, as it is essential that it fits correctly in the reduced space of the descent module. In addition, the suit incorporates straps on the sleeves, legs, chest and abdomen to make minor modifications and ensure personal comfort.
Instead, the suit we wear on spacewalks is a kind of space mini-station. The American suit is called the «extravehicular mobility unit» (EMU) and weighs no more than 145 kilos. The EMU must keep the cosmonaut alive for up to eight hours (sometimes more) in the rigorous space environment.
Unfortunately, during a spacewalk we only have the option of staying hydrated, but we can not eat anything. Before we put on the space suit, every astronaut fills a liter bag with water. The normal space station water (ie urine recycled at room temperature) is used, with no added salts, caffeine or energy products. The drink bag is attached with Velcro to the front of the space suit, so we noticed it against the chest when we put the hard upper torso (HUT, for its acronym in English).
During the day, the Sun is so intense that most of the time astronauts choose to use gold-plated visors during spacewalks. In fact, although we are aware that they are very cool, the main reason to take them down is not to be blinded if we look inadvertently at that gigantic nuclear furnace called Sol. As we approach sunset, the control center warns us to raise our sights to anticipate the rapid transition to the shadow of the Earth.

Actually, very small particles of space debris collide with the space station quite frequently. Spatial junk is formed by both natural (micrometeorites) and artificial (produced by humans) waste. The micrometeorites orbit around the Sun, while most artificial debris orbit around the Earth. Generally these impacts have no serious repercussions and, in addition, the space station is well protected by special shields that cover the pressurized modules in which the cosmonauts live and work.
I really wanted to smell the fresh air of the Earth again. I do not mean that the smell of the ISS was not pleasant, but it was rather neutral. For me it had a slightly clinical and metallic aroma, which I noticed the first time I got on board, but which I got used to right away. Everything in the EEI is designed to minimize odors and prevent the materials from releasing gases, so that our olfactory glands do not have to strain too much. With the exception of a few deliveries of fresh fruit by the supply ships, we had completely dispensed with earthy smells.

SpaceX is not the only company funded by a billionaire who plans to reduce the cost of space access and expand the frontiers of human exploration. Amazon founder Jeff Bezos has his own rocket company, Blue Origin, which is currently developing different vehicles, with a view to returning to the Moon and expanding the human presence in the solar system.
For its part, Sierra Nevada Corporation continues to work on its Dream Chaser spacecraft and in 2016 signed a contract with NASA through which it committed to provide a minimum of six commercial replenishment missions to the ISS between 2019 and 2024. And with companies as Virgin Galactic, Blue Origin and XCOR developing technologies that promise to offer the suggestive experience of space to hundreds of people in a short time, the coming years will undoubtedly be extremely stimulating in terms of manned space flights.
The starting signal for this new «space race» was several years ago. It is a career that not only offers competitiveness, greater sustainability and low cost access to space, but also exciting opportunities for collaboration, new partnerships and international cooperation.

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