Bajos Fondos. Una Mitología De Nueva York — Luc Sante / Low Life: Lures and Snares of Old New York by Luc Sante

Esta obra me parece magnífica y la catalogaría en una narración de amor y odio que debe ser leída.
Sante ofrece breves biografías de muchos personajes y figuras notables que hicieron del área lo que era y utiliza no solo las fuentes habituales de sus hechos, sino también muchas de las sagas y leyendas raffish que se imprimieron en, como The Police Gazzette, entre otras.
Creo que la mejor manera de darle al lector el sabor genuino de este excelente libro sería simplemente enumerar los títulos de los capítulos, que es lo que estoy haciendo ahora:

PARTE 1. Paisaje
Yo el cuerpo
II. Casa.
III. La calle.

PARTE 2 Vida deportiva
Yo las luces
II cultura del salón
III Hop
IV oportunidad
V La Hermandad Perdida.

Parte 3 el brazo
Yo Gangland
II Coppers
III el tigre
IV santidad
V Rubberneckers.

PARTE 4 La Ciudad Invisible
L huérfanos.
II la deriva
III Bohemia
IV carnaval
V noche.

Solo para recordar al lector que este libro no está escrito en un lenguaje académico seco como el polvo, sino en un lenguaje tan vívido como los personajes que describe con éxito. Y parece que no hay ninguna limitación en los detalles o simplemente hechos de las muchas historias y probablemente leyendas de las personas que en general fueron consideradas los oprimidos, pero al menos de alguna manera fueron la vida de todos.
Sangre de la ciudad más emocionante y vital del mundo durante este período, la temprana adolescencia de la joven América, y finalmente el país que salvó al mundo.
“Bajos Fondos” también está bien ilustrado con fotos y dibujos bien colocados y, francamente, es una ganga notable.

En la superficie, Nueva York, que ha sido llamada la capital del siglo XX, como París lo fue del siglo XIX, parece estar fundada en el progreso, en el cambio, en la demolición de lo gastado para hacer hueco a lo nuevo, y, después, en la demolición de lo nuevo para hacer espacio al futuro. La atracción por lo nuevo está integrada en su nombre; es la parte del nombre con la que uno se queda en realidad, ya que el «York», una conmemoración de su linaje colonial, carece de resonancias y existe solo como un vestigio. Nueva York está encarnado en Manhattan (los otros barrios, por todo lo nobles, útiles y significativos que puedan ser, son meros apéndices), y Manhattan es un espacio finito que no puede expandirse, solamente reconfigurarse y repavimentarse continuamente. Manhattan es el país de las maravillas de la especulación inmobiliaria…
Los muertos, sin embargo, son un grupo notablemente perverso e ingobernable. Tienden a no quedarse prudentemente enterrados, y, de hecho, se resisten a todos los esfuerzos por borrar sus huellas. Las culturas que glorifican y conmemoran a sus muertos simplemente han hallado un agudo mecanismo para satisfacerlos y, en consecuencia, para mantenerlos callados. Cuando a los muertos se les representa todo el tiempo en monumentos, imágenes, memoriales y ceremonias, su vigor se incorpora a estos objetos y a estas celebraciones; se desactivan, se vuelven anodinos. Nueva York, que se funda en el movimiento hacia adelante y que por ello es contrario a conmemorar a sus muertos, los obliga a estar deambulando, siempre insatisfechos e insepultos, a invadir los recintos del pretendido progreso, a posar sus manos heladas sobre el despreocupado presente, que no sabe cómo identificar a estas fuerzas que tironean de su racionalidad.
Los gestos de Nueva York hacia su pasado son indiferentes, simbólicamente evasivos, mercantiles. A los inmigrantes que pasaron por el puerto, los que fueron procesados en Ellis Island.

Los fantasmas de Manhattan no son los espíritus de las clases adineradas, que están sepultados bajo sus nombres, bajo sus obras, bajo sus construcciones. Los fantasmas de Nueva York son las almas sin descanso de los pobres, los marginados, los desposeídos, los depravados, los tarados, los contumaces. Ellos son los espíritus guardianes de la jungla urbana en la que vivieron y murieron. Sin reconocimiento de la historia que se integra en la sabiduría popular, ellos impulsan invisiblemente la construcción de sus monumentos en el inconsciente colectivo. El mito de la ciudad insiste en el progreso, más grande y mejor todo el tiempo; la nostalgia habitual se funda sobre el remordimiento por el civismo y la familiaridad perdidos. El inconsciente de la ciudad es el depósito de todo lo que omiten esas dos actitudes, la historia reprimida del vicio y el crimen, la miseria y el tejemaneje.

El trazado de las calles de Manhattan revela su historia. Parecen haber sido construidas al principio sin un orden, a tropezones, y que más tarde, conforme el asentamiento fue avanzando hacia el norte, siguieron un gran plan a excepción de la región más al norte, donde el orden fue finalmente sacrificado ante los dictados de la topografía. Esto es, de hecho, más o menos lo que pasó. El pueblo holandés del siglo XVII se conserva en la escala nudosa y estrecha de las calles en el extremo más bajo de la isla; el puerto de mercaderes ingleses que lo sucedió, en los nombres dados a aquellas calles: Gold, Pine, Beaver, Ann, William, Hanover. El reparto de las posesiones por parte de las grandes familias a finales del siglo XVIII y principios del XIX ha dejado tanto nombres —Rutgers, Delancey, Lispenard, Stuyvesant— como montones de calles en ángulo recto que se cortan abruptamente en la calle Division, en Grand, en Houston, revelando un patrón fragmentado de desarrollo. El orden impuesto por el plano en cuadrícula, proyectado en 1807 por John Randel Jr. y aprobado en 1811 por un Consejo de Comisionados, comienza en la calle 1, en el East Side y avanza gradualmente hacia el noroeste hasta abarcar toda la isla en la calle 14.
Todas las ciudades nacen como un foco de actividad, normalmente un puerto, y a su alrededor va creciendo de manera concéntrica un asentamiento en anillos cada vez más amplios. Manhattan es única tanto en su forma y sus circunstancias como en su crecimiento, que se asemejó (para sumar otra a este listado ya profuso de metáforas) a un termómetro. La velocidad de su crecimiento —su temperatura ascendente— se entiende mejor a través de un hecho bien conocido: cuando se construyó el actual City Hall, entre 1803 y 1812, su fachada y sus laterales se hicieron de mármol, mientras que la parte trasera se construyó con una arenisca roja más barata; esto se debe a que, al estar tan al norte, se creyó que nadie jamás la vería.
De todas las calles, la más antigua era Broadway. Originalmente un sendero indio, más tarde conocida por los holandeses como De Heere Straat o Main Street, y más adelante la parte baja de la Boston Post Road, Broadway se ha mantenido como una de las calles principales a lo largo de la historia de Nueva York. La crónica de su pavimentación sigue más o menos el avance de la urbanización de Manhattan: hasta la calle Duane en 1818, hasta la calle Canal en 1830, hasta Astor Place en 1837, y poco a poco hasta la 59 en la época de la guerra de Secesión. Broadway recorre unas tres millas en línea recta desde el Battery hasta la calle 10, donde gira bruscamente a la izquierda por razones extrañas que la creencia popular atribuye a la intransigencia de Jacob Brevoort, quien en el siglo XVIII era dueño de la propiedad que ahora ocupa Grace Church. Hacia la zona alta de la ciudad, la vieja Bloomingdale Road, que recorría la zona oeste hasta el puente Kingsbridge, sobre el río Harlem, fue gradualmente enderezada y pavimentada, y en 1868 se inauguró como el bulevar, una expansión hacia el norte de Broadway.
El hacinamiento en los barrios de Manhattan no se debió a ninguna inclinación hacia la economía espacial, sino simplemente a la crueldad de la economía financiera. Cuando los habitantes de un barrio alcanzaban cierto grado de prosperidad, desechaban su vecindario, y sus sucesores en el peldaño de abajo lo conquistaban y lo habitaban. Este relevo se ritualizó pronto; durante años, el primero de mayo fue el día en el que expiraban todos los contratos de alquiler, y ese día se producían migraciones masivas, familias arrastrando edredones y retratos ancestrales por las calles, como si parodiaran las migraciones en caravana hacia el oeste.

Las boardinghouses eran casas de huéspedes y ocupaban el siguiente nivel en comodidades. Muchas aceptaban mujeres, y algunas incluso cumplían lo prometido. En 1892, un trabajador podía gastar a la semana 2 dólares por una habitación y entre 3 y 5 dólares por la comida en un hospedaje con nivel medio de refinamiento. Ser acogido y alimentado por 24 dólares al mes podía considerarse una buena jugada. Por su parte, una familia de clase media-baja de aquella época pagaría entre 25 y 50 dólares por el alquiler de un piso sin amueblar con cinco o seis habitaciones. Cualquier cosa por encima de los 50 dólares incluiría adornos como mármol en el marco de la chimenea, revestimientos de madera de roble, montaplatos. Durante ese mismo periodo, un piso exterior de tres habitaciones en una casa de vecindad podía costar cerca de 20 dólares mensuales; tres oscuras habitaciones interiores podían costar algo más de 10 dólares.
Las casas de vecindad comenzaron a agonizar a gran escala hacia el primer tercio del siglo XX, cuando aparecieron las viviendas protegidas: las Amalgamated Houses de la calle Grand en 1930, las First Houses de la avenida A y la calle 3 Este en 1935, y, a partir de la Segunda Guerra Mundial, intentos ambiciosos como Stuyvesant Town y Peter Cooper Village que, entre ambos, reemplazaron al viejo distrito Gas House. Y, luego, las edificaciones Al Smith, La Guardia, Baruch, Lillian Wald y Jacob Riis Houses, que juntas le cambiaron la cara a la ribera del Lower East Side.

Nueva York se concibió a sí mismo desde el principio, y de forma muy adecuada, como un gran puerto, y sus pretensiones como ciudad quedaron unos pasos por detrás. Como consecuencia, en su mayoría no quedó bien proporcionada. Había una evidente falta de grandes bulevares y avenidas en sus planos originales, e incluso sus principales vías eran básicamente corredores, cuyo propósito no era tanto llevar hacia algún sitio concreto como albergar la mayor cantidad de volumen en ambos lados. Las vías estaban, obviamente, abarrotadas, tanto por el centro como por sus aceras; una intensa concentración de tráfico rodado y pedestre ha sido constante a lo largo de 200 años.
Hasta que el tráfico de automóviles en el siglo XX hizo necesario el ensanchamiento de las calles y la introducción gradual de superficies de macadán, las aceras tendían a ser excepcionalmente amplias en las avenidas y en los principales cruces, y las calles mismas estaban empedradas, en una jerarquía de superficies que iban desde imitaciones de ladrillos repletas de baches, propias de las peores vías, hasta el pavimento Russ, que se utilizaba en las arterias más importantes. El pavimento Russ fue una costosa innovación de mitad del siglo XIX.

Desde el principio Manhattan fue un teatro. Cuando, al comienzo, era una ciudad amurallada y más allá estaba rodeada por un bosque de mástiles, contenía dentro de su anillo un pequeño universo. Este anillo seguía al mismo tiempo el modelo de las ciudades y de los teatros, como puede verse si lo comparamos con las viejas representaciones de ciudades amuralladas y de anfiteatros griegos, y, más tarde, de otros teatros como el Globe. En Manhattan la estratificación social siguió un rumbo que hizo que las zonas portuarias y sus alrededores se volvieran indeseables, se convirtieran en el gallinero, mientras que el centro exacto, la Quinta Avenida, fue el foso de la orquesta. ¿Dónde estaría, entonces, el escenario? Hay dos respuestas. Una de ellas procede de la imagen de la ciudad como un teatro que constase de anillos, palcos y plateas, pero en el que no hubiese escenario per se, sino donde el público fuese el objeto de su propia contemplación. Manhattan ha estado eternamente fascinada consigo misma, la persecución de su propia imagen ha conocido cientos de encarnaciones, desde las numerosas representaciones a escala construidas durante el siglo XIX.
El foso era un dominio exclusivamente masculino. Bajo su designación más formal de «orquesta» o «platea», el foso había sido (y ahora vuelve a serlo) la segunda categoría de asientos, por detrás de los palcos. Pero el foso del Bowery, y el de los otros teatros de esa calle, se encontraba entre las zonas más baratas, y era un tumulto. Estaba amueblado con bancos, sin respaldo ni cojines, y los asiduos reservaban sitio para sus amigos, de manera que el conjunto se convertía en una alfombra muy compacta de tipos rudos que expulsaban sin pensarlo a los intrusos desprevenidos. Este público alternaba caprichosamente entre la atención crítica e hipnótica al escenario con el desinterés más absoluto. En días festivos, por ejemplo, la obra de teatro no era más que un acompañamiento colorido a las juergas que se montaban a su alrededor. Era común que los hombres, y los jóvenes al volverse adultos, mascaran tabaco y comieran cacahuetes, lanzándose las cáscaras entre ellos. Pero era igualmente común que lanzaran esas cáscaras…
La cultura y al lenguaje de los b’hoys y de las g’hals en ocasiones se le conocía como «flash». Desde entonces, muchos términos flash se han hecho un hueco en el vocabulario: bender (borrachera), blarney (palique), blow-out (francachela), chum (camarada), coppers (para referirse a los policías), jimmy (una palanca), kicking the bucket (estirar la pata), lark (bromazo), pal (colega), swell (fenomenal), square (carca), sponge (jeta), swag (botín), swell-head (engreído), spot (para decir que uno vio o reconoció algo). «Dust» significaba «dinero»; «mountain dew», «whiskey, en particular el escocés»; «peach» era «informar o acusar a alguien». Como parte mayoritaria y fuerza más poderosa entre el público del Bowery, los b’hoys empezaron a tener una autoridad real en lo que se programaba en el teatro del mismo nombre y en sus rivales.

Los nickelodeons, que fundamentalmente consistían en máquinas accionadas con manivelas que exhibían la película a una sola persona —más que nada una adaptación del quinetoscopio— fueron cruciales para demostrar la viabilidad comercial de las películas. En 1904 prácticamente no había nickelodeons; en 1907 la asistencia promediaba 2 000 000 de personas al día, la mitad de las cuales eran niños. Los futuros reyes de la industria cinematográfica se iniciaron en este mercado.
Nueva York era una lotería para cualquiera que llegase voluntariamente. Las probabilidades eran dispares: los inmigrantes de las naciones empobrecidas, por ejemplo, se jugaban mucho, pero el resultado prácticamente sería favorable con respecto a lo que tenían antes. Para aquellos que llegaban de otras partes de Estados Unidos, las probabilidades estaban más en contra, porque su decisión incluía arriesgar un futuro modesto en aras de una gran ambición, y las oportunidades eran escasas. Nueva York desplegaba todo el abanico de resultados posibles, poniendo énfasis en los grandes premios y en las vastas fortunas, por un lado, y en la indigencia más absoluta, por el otro. Como forma de publicidad, guardaba silencio sobre la mediocre posibilidad de establecerse en el punto medio. Si la vida era un juego de azar, las apuestas eran una parte esencial de la vida y estaban presentes en cualquier reunión masculina, en cualquier posición de la escala social y económica. Esto no era ni más ni menos cierto en Nueva York que en cualquier otro punto del país a finales del siglo XIX y comienzos del XX, una época en la que la gran oportunidad parecía al alcance de todos, y atraparla era un misterioso proceso que tanto podía ser cuestión de suerte como de trabajo duro (como lo valoraban de forma retrospectiva los ganadores). Aunque en Nueva York las fortunas no se ganaban y perdían con la misma facilidad que en las minas de oro de California.

Los Dusters tenían un problema grave, del que probablemente venía su nombre: casi todos eran adictos a la cocaína. Al final, de una manera o de otra todos sucumbieron a esta debilidad y desaparecieron de la escena en 1916. Entonces, los Marginals ganaron la batalla por el control de los muelles del West Side, mientras que los Pearl Buttons se desplazaron hacia el norte para hacerse un nuevo territorio en las calles en torno al número 100 al oeste de Broadway.
Mientras se libraban estas disputas territoriales y estos grupos se reorganizaban, una guerra de bandas completamente distinta tenía lugar en Chinatown, justo en medio del territorio de los Five Pointers, en la que no se metía ninguna banda caucásica. Los chinos tenían su propio gobierno criminal, los tongs, que surgieron en Nueva York en una fecha indeterminada tras su aparición en California alrededor de 1860. Los tongs controlaban la distribución de opio, el juego y el clientelismo político de una forma mucho más directa que las bandas caucásicas, ya que estas últimas, con frecuencia, solo eran el brazo armado de fuerzas mucho más poderosas e intocables. Los tongs fusionaban las funciones, los recursos y las técnicas de los políticos, los policías, los financieros y los gánsteres, e imponían sus tasas sin oposición. El sindicato de jugadores de los tongs, el Bin Ching Union, se llevaba el 7% de las ganancias en el fan-tan y el pai-gow, una tarifa que aumentaba al 14%.
El desarrollo del crimen en la historia de Nueva York es sorprendente en varios aspectos: cómo la creciente violencia y la creciente complejidad estructural de las organizaciones parecen inexorablemente unidas; cómo los gánsteres que han pasado a la historia tienden a ser irlandeses, y más tarde judíos e italianos, mientras que prácticamente no hay alemanes involucrados, del mismo modo en que también hay un raro silencio en torno a las actividades de los negros; cuánto había de teatralidad en el modo de presentarse y de caprichoso en los quehaceres de los gánsteres cuyo día a día estaba marcado por la muerte; cómo las historias sobre bandas pasan, a lo largo de las décadas, de presentar a una muchedumbre de rufianes anónimos a concentrarse en la leyenda de unos cuantos individuos; hasta qué punto los primeros pandilleros eran tan proletarios y de poca monta, que ni siquiera supieron sacarle a sus actividades partido suficiente para aparentar pertenecer a la clase media, hasta que la prohibición les dio la oportunidad de los negocios a gran escala; cómo las bandas parecían contener sus actividades dentro de su propia esfera, sin lograr, por ejemplo, invadir los cotillones de los Cuatrocientos, y sin comportarse en la Quinta Avenida como lo harían en la Tercera. Una conclusión posible es que las bandas tuviesen permitido prosperar, matarse unas a otras y emborracharse hasta la muerte porque las autoridades estaban más preocupadas por contener sus actividades, y permitían con gusto que las bandas actuaran como agentes de una especie de selección natural en los barrios bajos. Las bandas correspondieron a esta gentileza con una mezcla de respeto y burla hacia lo que había más allá de su territorio, y esa mezcla se manifestó en forma de parodia: una parodia del orden, una parodia de la ley, una parodia del comercio, una parodia del progreso.

Hay un fenómeno exclusivo del siglo XX, que a lo largo del siglo alternó momentos de auge y de declive en dirección contraria a las olas del impulso reformista, que también tiene que ver con esta fascinación por los bajos fondos. Esta tendencia, desconocida el siglo anterior, es el deseo de establecerse en los barrios bajos, lo que se debe a una complicada concatenación de motivos que incluyen el tradicional encantamiento de lo exótico y lo excitante, el deseo de purificarse uno mismo, el espíritu pionero, la búsqueda de la mítica vida sencilla, la rebelión contra del orden establecido y, claro, la búsqueda de una ganga. En la década de 1980 se creó una palabra para este curioso fenómeno: «gentrificación». Es una palabra admirable que expresa con mucha eficacia el hecho de que los ciudadanos de clase media que llegan a los suburbios son propensos a cambiar su entorno, generalmente en detrimento de aquellos que estaban ahí antes que ellos por necesidad, y olvidando que su decisión perseguía la pretensión explícita de someterse a un nuevo estilo de vida. La palabra puede ser nueva, pero la idea no lo es.
La historia de los vagabundos y los desarraigados y los errantes en Nueva York se ha quedado esquelética a la fuerza, debido a que literalmente se situaban al margen de la vida. Para su población flotante, Nueva York era una construcción paralela, un mapa de escondites y zonas de seguridad desconocidos por la población general. Para los errabundos, las grandes plazas y las avenidas apenas existían, su centralidad en el diseño de la ciudad lo ocupaban los patios traseros y los callejones y los terrenos baldíos y los embarcaderos y la terra incognita al norte de la isla antes de ser urbanizada. Su historia normalmente se limita a lo que las instituciones, las organizaciones caritativas, la policía y los periodistas percibían de ellos; su ciencia se mantuvo en secreto o se volvió inservible en cuanto alguien más la supo. El conocimiento de los escondites en la ciudad permanece latente durante décadas, hasta que lo aprenden nuevamente aquellos que lo necesitan. Hoy podemos ver a los desposeídos recuperando las oquedades en los túneles del tren, en las excavaciones abandonadas, en las cuevas de Inwood, y reutilizando los mechinales en las pilastras de los puentes que sus anteriores ocupantes dejaron para ellos.

Nueva York, una ciudad parca en plazas y bulevares, construida a pedazos y no en torno a un centro, casi parece haber sido diseñada para borrar la distinción entre espectador y espectáculo, y la única separación real es la que existe entre lo fijo y lo móvil. Desfiles, revueltas, fiestas y frenesí, cada uno tomó las calles en su momento, y se declararon a sí mismos como una ciudad móvil, una fuerza más poderosa que los simples edificios. El objetivo de los manifestantes no era ser observados o temidos, sino más bien adherirse a una enorme serpiente humana llamada a doblegar a las casas de vecindad, y que permitiría contemplar los paisajes cotidianos desde un punto de vista nuevo y privilegiado. El siguiente paso lógico para la serpiente era aplastar los edificios. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que los edificios triunfaran y extinguiera el poder de las antorchas, reemplazándolas con el aleteo de unas serpentinas.
La noche tiene su propia jerarquía, compuesta por aquellos que de día se esconden o pasan desapercibidos. Durante el día, duermen o se apartan a las escombreras o son invisibles para los grupos optimistas y responsables, o se hacen pasar por lo que no son. Los desfigurados y los mutilados solo son visibles para el resto de la población cuando cae la noche; entonces el ojo no puede desviarse en otra dirección. Las prostitutas duermen en el día, y también los chulos y los ladronzuelos y los tironeros y los envenenadores de caballos y los artistas del caos. Los embaucadores durante el día parecen empleados de banca, y los vendedores de objetos robados parecen tenderos. Estos pueden ser vistos por la noche, no trabajando sino gastando sus ingresos en saloons o en prostíbulos. Los saloons tienen su población de clientes que llegan a mediodía y se quedan toda la noche, o quienes de hecho duermen bajo las mesas en la trastienda y nunca salen del local salvo para buscar dinero, pero la noche llena los locales con bebedores aún más voraces y mete el diablo en el cuerpo a toda la concurrencia. Hay peleas sin motivo, y las jarras vuelan…

El Bowery es la capital de la noche. En sus aceras, las personas atraviesan ruidosamente las puertas de los saloons, repartiendo empujones entre la multitud por si sale alguna pelea, buscando a padres o esposos perdidos, enganchando a forasteros para intentar venderles cualquier cachivache a un precio desorbitado, juntando dinero para pagar una cama, recogiendo colillas de las alcantarillas, exhibiendo fajos de billetes para impresionar a los recién conocidos, predicando la palabra de Dios para absolutamente nadie, vendiendo relojes robados bajo los abrigos, vendiendo periódicos, vendiendo favores, vendiéndose a sí mismos.
La noche es cuando multitudes de marineros bajan por la avenida y las tiendas y los saloons cierran sus puertas hasta que se han ido. La noche es cuando las bandas, cuya única diferencia discernible es que unos vienen de la calle Norfolk y otros de la Suffolk, acuden a territorio neutral para intentar matarse unos a otros.
La noche es el almacén de los asuntos pendientes en Nueva York. Es la miga de su historia secreta, el monumento a sus víctimas y a sus fracasos, sus depredadores y sus policías. Es el momento de la inversión y del desgobierno, la provincia del vicio y de la intemperancia, de la miseria y del infortunio. El reloj de Nueva York está dirigido por un resorte moral que por las noches une inextricablemente el placer y el daño. La noche se olvida y se repite sin cesar; es gloriosa y es vecina de la muerte.

This book to you way of thinking is magnificent to me and I would catalog it in a love and hate narrative that should be read.
Sante offers short bios of many characters and notable figures that made the area what it was and uses not just the regular sources for his facts but many of the raffish sagas and legends that were printed in such as The Police Gazzette among others.
I think the best way to give the the reader the genuine flavor of this excellent book would be just to list the chapter titles which is what I’m doing now:

PART 1. Landscape
I. The Body
II. Home.
III. The Street.

PART 2 Sporting Life
I. The Lights
II Saloon culture
III Hop
IV Chance
V The Lost Sisterhood.

PART 3 The Arm
I Gangland
II Coppers
III The Tiger
IV Sainthood
V Rubberneckers.

PART 4 The Invisible City
L Orphans.
II The Drift
III Bohemia
IV Carnival
V Night.
Just to remind the reader that this book is not written in dry as dust academic language but in a language that is as vivid as the characters it succesfully describes. And there seems to be no holding back on the details or just plain facts of the many stories and probably legends of the people who were generally considered the downtrodden but in at least some fashion were the life’s
blood of the most exciting and vital city in the world during this period, the early adolesence of young America, eventually thecountry that saved the world.
“Low Life” is also well illustrated with well placed photos and drawings and, frankly, is a remarkable bargain.

On the surface, New York, which has been called the capital of the 20th century, as Paris was of the 19th century, seems to be founded on progress, on change, on the demolition of what was spent to make room for the new, and , later, in the demolition of the new to make room for the future. The attraction for the new is integrated in its name; it is the part of the name with which one stays in reality, since the “York”, a commemoration of its colonial lineage, lacks resonances and exists only as a vestige. New York is embodied in Manhattan (the other neighborhoods, however noble, useful and meaningful they may be, are mere appendages), and Manhattan is a finite space that can not expand, only reconfigure and resurface continuously. Manhattan is the wonderland of real estate speculation …
The dead, however, are a remarkably perverse and ungovernable group. They tend not to be prudently buried, and, in fact, resist all efforts to erase their footprints. The cultures that glorify and commemorate their dead have simply found an acute mechanism to satisfy them and, consequently, to keep them quiet. When the dead are represented all the time in monuments, images, memorials and ceremonies, their vigor is incorporated into these objects and these celebrations; they are deactivated, they become bland. New York, which is based on the movement forward and that is contrary to commemorate their dead, forces them to be wandering, always dissatisfied and unburied, to invade the enclosures of the intended progress, to lay their hands icy on the carefree present, who does not know how to identify these forces that pull their rationality.
The gestures of New York towards its past are indifferent, symbolically evasive, mercantile. To the immigrants who passed through the port, those who were processed in Ellis Island.

The ghosts of Manhattan are not the spirits of the wealthy classes, who are buried under their names, under their works, under their constructions. The ghosts of New York are the restless souls of the poor, the marginalized, the dispossessed, the depraved, the morons, the contumacious. They are the guardian spirits of the urban jungle in which they lived and died. Without recognition of history that is integrated into popular wisdom, they invisibly promote the construction of their monuments in the collective unconscious. The myth of the city insists on progress, bigger and better all the time; habitual nostalgia is based on remorse for lost citizenship and familiarity. The unconscious of the city is the repository of everything that these two attitudes omit, the repressed history of vice and crime, misery and mismanagement.

The layout of the streets of Manhattan reveals its history. They seem to have been built at the beginning without an order, stumbling, and later, as the settlement progressed towards the north, they followed a great plan except for the northernmost region, where order was finally sacrificed before the dictates of the topography This is, in fact, more or less what happened. The Dutch village of the seventeenth century is preserved on the knotty and narrow scale of the streets at the lower end of the island; the port of English merchants who succeeded him, in the names given to those streets: Gold, Pine, Beaver, Ann, William, Hanover. The distribution of possessions by large families in the late eighteenth and early nineteenth centuries has left both names -Rutgers, Delancey, Lispenard, Stuyvesant- and piles of streets at right angles that are cut abruptly on Division Street, Grand, in Houston, revealing a fragmented pattern of development. The order imposed by the grid plan, projected in 1807 by John Randel Jr. and approved in 1811 by a Council of Commissioners, begins on 1st Street, on the East Side and gradually moves northwestward to encompass the entire island in the 14th street
All cities are born as a focus of activity, usually a port, and around it grows concentrically a settlement in increasingly wide rings. Manhattan is unique both in its form and its circumstances and in its growth, which resembled (to add another to this already profuse list of metaphors) to a thermometer. The speed of its growth – its rising temperature – is best understood through a well-known fact: when the current City Hall was built, between 1803 and 1812, its façade and sides were made of marble, while the rear part was made of marble. built with a cheaper red sandstone; This is because, being so far north, it was believed that no one would ever see it.
Of all the streets, the oldest was Broadway. Originally an Indian footpath, later known by the Dutch as De Heere Straat or Main Street, and later the lower part of the Boston Post Road, Broadway has remained one of the main streets throughout New York’s history. . The chronicle of its paving follows more or less the progress of the urbanization of Manhattan: to Duane Street in 1818, to Canal Street in 1830, to Astor Place in 1837, and little by little until 59 in the time of the war of Secession. Broadway travels three miles in a straight line from the Battery to 10th Street, where it turns abruptly to the left for strange reasons that popular belief attributes to the intransigence of Jacob Brevoort, who in the 18th century owned the property that now occupies Grace Church Towards the high zone of the city, the old Bloomingdale Road, that crossed the zone the west until the bridge Kingsbridge, on the Harlem river, was gradually straightened and paved, and in 1868 it was inaugurated like the boulevard, an expansion towards the north of Broadway .
The overcrowding in the Manhattan neighborhoods was not due to any inclination towards space economy, but simply to the cruelty of the financial economy. When the inhabitants of a neighborhood reached a certain degree of prosperity, they discarded their neighborhood, and their successors on the bottom step conquered and inhabited it. This relay was soon ritualized; For years, the first of May was the day when all rental contracts expired, and that day there were mass migrations, families dragging quilts and ancestral portraits through the streets, as if they were parodying migrations in a caravan to the west.

The boardinghouses were guest houses and occupied the next level in amenities. Many accepted women, and some even fulfilled what was promised. In 1892, a worker could spend 2 dollars a week for a room and between 3 and 5 dollars for food in a lodging with a medium level of refinement. Being welcomed and fed for $ 24 a month could be considered a good move. On the other hand, a family of middle-low class of that time would pay between 25 and 50 dollars for the rent of an unfurnished apartment with five or six rooms. Anything above $ 50 would include ornaments such as marble in the frame of the fireplace, oak paneling, dumbwaiter. During that same period, an outdoor three-bedroom apartment in a tenement house could cost about $ 20 per month; Three dark interior rooms could cost just over $ 10.
The tenements began to agonize on a large scale towards the first third of the twentieth century, when the sheltered housing appeared: the Amalgamated Houses on Grand Street in 1930, the First Houses on Avenue A and 3 East Street in 1935, and , from World War II, ambitious attempts like Stuyvesant Town and Peter Cooper Village that, between both, replaced to the old district Gas House. And then, the buildings Al Smith, La Guardia, Baruch, Lillian Wald and Jacob Riis Houses, which together changed their face to the shore of the Lower East Side.

New York conceived itself from the beginning, and very adequately, as a great port, and its pretensions as a city were a few steps behind. As a result, most of it was not well proportioned. There was an evident lack of great boulevards and avenues in their original plans, and even their main roads were basically corridors, whose purpose was not so much to take to any specific place as to house the greatest amount of volume on both sides. Obviously, the tracks were overcrowded, both in the center and on their sidewalks; an intense concentration of road and pedestrian traffic has been constant throughout 200 years.
Until automobile traffic in the 20th century necessitated the widening of the streets and the gradual introduction of macadam surfaces, the sidewalks tended to be exceptionally wide in the avenues and main intersections, and the streets themselves were paved, a hierarchy of surfaces that ranged from imitations of bricks full of potholes, typical of the worst roads, to the Russ pavement, which was used in the most important arteries. The Russ pavement was an expensive innovation from the mid-nineteenth century.

From the beginning Manhattan was a theater. When, at the beginning, it was a walled city and beyond it was surrounded by a forest of masts, it contained within its ring a small universe. This ring followed at the same time the model of the cities and the theaters, as can be seen if we compare it with the old representations of walled cities and Greek amphitheatres, and, later, of other theaters like the Globe. In Manhattan, social stratification followed a course that made harbor areas and their surroundings undesirable, became the henhouse, while the exact center, Fifth Avenue, was the pit of the orchestra. Where, then, would the scenario be? There are two answers. One of them comes from the image of the city as a theater that consisted of rings, boxes and stalls, but in which there was no stage per se, but where the audience was the object of their own contemplation. Manhattan has been eternally fascinated with itself, the pursuit of its own image has known hundreds of incarnations, from the numerous representations to scale built during the nineteenth century.
The pit was an exclusively male domain. Under its more formal designation of “orchestra” or “platea”, the pit had been (and now is again) the second category of seats, behind the boxes. But the Bowery pit, and that of the other theaters on that street, was among the cheapest areas, and it was a tumult. It was furnished with benches, without backs or cushions, and the regulars reserved a place for their friends, so that the whole became a very compact rug of rough types that unwittingly expelled unsuspecting intruders. This audience alternated capriciously between critical and hypnotic attention to the stage with the most absolute disinterest. On holidays, for example, the play was no more than a colorful accompaniment to the revelry that surrounded them. It was common for men, and young people when they became adults, to chew tobacco and eat peanuts, throwing husks among themselves. But it was equally common for them to throw those shells …
The culture and language of the b’hoys and the g’hals was sometimes known as “flash”. Since then, many flash terms have made a hole in the vocabulary: bender (drunkenness), blarney (gabble), blow-out (francachela), chum (comrade), coppers (to refer to the cops), jimmy (a lever) ), kicking the bucket, lark (bromazo), pal (colleague), swell (phenomenal), square (carca), sponge (jeta), swag (booty), swell-head (cocky), spot ( to say that one saw or recognized something). “Dust” meant “money”; «Mountain dew», «whiskey, particularly Scottish»; “Peach” was “inform or accuse someone”. As the majority and most powerful force among the Bowery public, the B’hoys began to have real authority in what was programmed in the theater of the same name and its rivals.

The nickelodeons, which basically consisted of machines operated with cranks that exhibited the film to a single person – most of all an adaptation of the kinetoscope – were crucial to demonstrate the commercial viability of the films. In 1904 there were practically no nickelodeons; in 1907 attendance averaged 2 000 000 people a day, half of whom were children. The future kings of the film industry started in this market.
New York was a lottery for anyone who came voluntarily. The odds were mixed: immigrants from impoverished nations, for example, played a lot, but the result would be practically favorable compared to what they had before. For those who came from other parts of the United States, the odds were more against, because their decision included risking a modest future for the sake of great ambition, and opportunities were scarce. New York displayed the full range of possible outcomes, emphasizing the great prizes and the vast fortunes, on the one hand, and the absolute poverty, on the other. As a form of publicity, he kept silent about the mediocre possibility of establishing himself at the midpoint. If life was a game of chance, bets were an essential part of life and were present in any male meeting, at any position on the social and economic scale. This was neither more nor less true in New York than in any other part of the country in the late nineteenth and early twentieth centuries, a time in which the great opportunity seemed within everyone’s reach, and to capture it was a mysterious process that it could be a matter of luck as of hard work (as the winners retrospectively valued it). Although in New York the fortunes were not earned and lost as easily as in the gold mines of California.

The Dusters had a serious problem, which probably came from his name: almost everyone was addicted to cocaine. In the end, one way or another everyone succumbed to this weakness and disappeared from the scene in 1916. Then, the Marginals won the battle for control of the West Side docks, while the Pearl Buttons moved northward to make new territory in the streets around the number 100 west of Broadway.
While these territorial disputes were fought and these groups reorganized, a completely different war of bands took place in Chinatown, right in the middle of the territory of the Five Pointers, in which no Caucasian gang was involved. The Chinese had their own criminal government, the Tongs, that emerged in New York at an indeterminate date after their appearance in California around 1860. The Tongs controlled the distribution of opium, gambling and political patronage in a much more direct way than the Caucasian bands, since the latter, frequently, were only the armed arm of much more powerful and untouchable forces. The tongs fused the functions, resources and techniques of politicians, policemen, financiers and gangsters, and imposed their fees without opposition. The union of players of the tongs, the Bin Ching Union, took away 7% of the profits in fan-tan and pai-gow, a rate that increased to 14%.
The development of crime in New York’s history is striking in several ways: how the growing violence and growing structural complexity of organizations seem inexorably linked; how the gangsters who have gone down in history tend to be Irish, and later Jews and Italians, while practically no Germans are involved, just as there is also a strange silence about the activities of blacks; how much there was of theatricality in the way of presenting oneself and of capricious in the chores of the gangsters whose daily life was marked by death; how stories about gangs go, over the decades, to present a crowd of anonymous ruffians to concentrate on the legend of a few individuals; to what extent the first gang members were so proletarian and of little importance, that they did not even know how to extract enough from their activities to pretend to belong to the middle class, until the prohibition gave them the opportunity of large-scale business; how the bands seemed to contain their activities within their own sphere, without being able, for example, to invade the cotillions of the Four Hundred, and without behaving on Fifth Avenue as they would in the Third. One possible conclusion is that the gangs were allowed to prosper, kill each other and get drunk to death because the authorities were more concerned with containing their activities, and were happy to allow gangs to act as agents of a kind of natural selection in neighborhoods low. The bands corresponded to this kindness with a mixture of respect and mockery towards what was beyond their territory, and that mixture manifested itself in the form of parody: a parody of order, a parody of the law, a parody of commerce, a parody of progress.

There is an exclusive phenomenon of the twentieth century, which throughout the century alternated moments of boom and decline in the opposite direction to the waves of the reformist impulse, which also has to do with this fascination with the underworld. This trend, unknown the previous century, is the desire to settle in the slums, which is due to a complicated concatenation of motives that include the traditional enchantment of the exotic and the exciting, the desire to purify oneself, the pioneer spirit , the search for the mythical simple life, the rebellion against the established order and, of course, the search for a bargain. In the 1980s a word was created for this curious phenomenon: «gentrification». It is an admirable word that expresses very effectively the fact that middle-class citizens who arrive in the suburbs are prone to change their environment, generally to the detriment of those who were there before them out of necessity, and forgetting that their decision was persecuting the explicit pretension to submit to a new lifestyle. The word may be new, but the idea is not.
The history of the vagabonds and the uprooted and wandering in New York has remained skeletal to the force, because they literally stood on the sidelines of life. For its floating population, New York was a parallel construction, a map of hiding places and security zones unknown to the general population. For the wanderers, the great squares and the avenues barely existed, their centrality in the design of the city was occupied by the backyards and alleys and vacant lots and the piers and the terra incognita north of the island before being urbanized. Their story is usually limited to what institutions, charities, the police and journalists perceived about them; his science was kept secret or became useless as soon as someone else knew it. The knowledge of hiding places in the city remains dormant for decades, until it is learned again by those who need it. Today we can see the dispossessed recovering the cavities in the tunnels of the train, in the abandoned excavations, in the caves of Inwood, and reusing the mechinales in the pilasters of the bridges that their previous occupants left for them.

New York, a sparse city in squares and boulevards, built to pieces and not around a center, almost seems to have been designed to erase the distinction between spectator and spectacle, and the only real separation is that between the fixed and the mobile. Parades, revolts, parties and frenzy, each took to the streets at the time, and declared themselves as a mobile city, a force more powerful than simple buildings. The objective of the demonstrators was not to be observed or feared, but rather to adhere to a huge human snake called to bend the tenements, and that would allow to contemplate everyday landscapes from a new and privileged point of view. The next logical step for the snake was to crush the buildings. However, it was not long before the buildings triumphed and extinguished the power of the torches, replacing them with the flutter of streamers.
Night has its own hierarchy, composed of those who hide or go unnoticed during the day. During the day, they sleep or go to the dumps or are invisible to the optimistic and responsible groups, or pose as what they are not. The disfigured and the mutilated are only visible to the rest of the population when night falls; then the eye can not deviate in another direction. The prostitutes sleep in the day, and also the pimps and the thieves and the tironeros and the poisoners of horses and the artists of chaos. The tricksters during the day look like bank employees, and the sellers of stolen goods look like shopkeepers. These can be seen at night, not working but spending their income in saloons or in brothels. The saloons have a population of clients who arrive at noon and stay overnight, or who actually sleep under the tables in the back room and never leave the premises except to look for money, but the night fills the premises with even more voracious drinkers and put the devil in the body to all the audience. There are fights for no reason, and the jars fly …

Bowery is the capital of the night. On their sidewalks, people noisily cross the doors of the saloons, handing out pushes among the crowd in case of any quarrel, looking for lost fathers or husbands, hooking strangers to try to sell any junk at an exorbitant price, collecting money to pay a bed, picking up butts from the sewers, displaying wads of bills to impress the newly acquaintances, preaching the word of God to absolutely no one, selling stolen watches under coats, selling newspapers, selling favors, selling themselves.
The night is when crowds of sailors come down the avenue and shops and saloons close their doors until they are gone. The night is when the bands, whose only discernible difference is that some come from Norfolk Street and others from the Suffolk, go to neutral territory to try to kill each other.
The night is the store of pending affairs in New York. It is the crumb of its secret history, the monument to its victims and its failures, its predators and its police. It is the moment of investment and misgovernment, the province of vice and intemperance, misery and misfortune. The New York clock is driven by a moral spring that at night inextricably links pleasure and damage. The night is forgotten and repeated without ceasing; It is glorious and it is neighbor of death.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.