El Sueño De Los Mártires. Meditaciones Sobre Una Guerra Actual — Dardo Scavino / The Dream Of The Martyrs. Meditations On A Current War by Dardo Scavino (spanish book edition)

Trabajo bien fundamentado en sus fuentes e interesante desarrollo de ideas paralelas de otros referentes históricos o actuales como herramienta de comparación. En mi opinión sucumbe a la evidente dificultad del tema y deja sin respuesta la pregunta fundamental del libro. En cualquier caso es una lectura absolutamente recomendable para cualquier interesado en el tema y que introduce a una profunda reflexión sobre el yihadismo y los elementos de desasabilización que lo alimentan.
La premisa de Scavino es que “el terrorismo islamista no es una guerra de religión; ésta es secundaria; es un problema sociopolítico en el que ha habido una apropiación de textos religiosos”.

George W. Bush tenía toda la razón cuando afirmaba que los terroristas de Al-Qaeda detestaban la libertad de los norteamericanos. Sucede sencillamente que la libertad, para él, y para una buena parte de su generación, se convirtió en el derecho de los individuos a no sacrificar ni su vida ni sus bienes para defender el bien común. Y por eso habría que entender también aquella sentencia bajo su forma invertida: los norteamericanos detestan la libertad de Al-Qaeda porque para Bin Laden, y para una buena parte de su generación, la libertad de una persona reside en el coraje para sacrificar su vida y sus bienes en defensa del bien común. El dron constituye, en este aspecto, un dispositivo técnico pero también ideológico: una manera de resolver la contradicción entre la defensa del bien común y la libertad individual. Y se opone diametralmente al chaleco de explosivos.
Con todo, la interpretación de esa libertad individual, y de la doctrina zero-death, tiene muchísimos bemoles en los Estados Unidos. Para empezar, es cierto que este país perdió a 6.855 soldados en Afganistán e Irak entre 2001 y 2015, una cantidad relativamente baja si se tiene en cuenta la envergadura de ambas intervenciones y los catorce años de combates.
Pero habría que preguntarse por qué, en nombre de la libertad, y de una enmienda constitucional que se remonta a finales del siglo XVIII, no se toman medidas semejantes para evitar las muertes por armas de fuego: como lo señala un informe del Center for Disease Control and Prevention, 440.095 personas murieron en los Estados Unidos por heridas de bala en ese mismo período.

Expresiones como «guerra contra el terrorismo» suelen pasar por alto este punto capital. Porque los yihadistas no buscan sencillamente aterrorizar a las poblaciones enemigas, y los ejércitos occidentales tampoco buscan proteger a esas poblaciones de los actos terroristas. Los primeros actúan de este modo porque suponen que el terrorismo es la mejor táctica para alcanzar su objetivo. Y los segundos proceden de esa manera porque también piensan que matar a los yihadistas con drones o bombardear las poblaciones sirias, iraquíes o afganas es el mejor camino para conseguir el suyo. Los anarquistas recurrieron en otros tiempos a tácticas terroristas como los atentados con bombas o los asesinatos de policías y políticos. Pero sus metas no tenían nada que ver con los puntuales designios de los islamistas de hoy.
Los yihadistas entienden que los occidentales no impiden solamente la constitución de este califato con sus tropas y sus drones sino también con sus películas y sus emisiones satelitales, inoculándoles a los musulmanes una cultura occidental decadente y lasciva que aleja a los creyentes del camino trazado por el Profeta. El califato tiene así, para muchos yihadistas, el valor de un retorno a una edad de oro mítica, a una comunidad islámica legendaria, donde regían los principios de la moral y el honor arrebatados por la occidentalización del mundo. Pero el islam es solo un nombre teocrático de esa relación entre el individuo y la comunidad que se quedó sin nombre en Occidente.
No basta, aun así, con tener un proyecto político y un arsenal bien nutrido para emprender una guerra y sostenerla en el tiempo. Hace falta disponer de un importante apoyo popular y de un buen número de combatientes dispuestos a sacrificarse.
En lugar de hablar de «yihad contra Occidente» o de «guerra contra el terrorismo», preferimos la expresión «primera guerra global» porque, a diferencia de las dos guerras mundiales del siglo XX, esta ya no es interestatal. Ningún Estado, en efecto, le ha declarado la guerra a otro, por lo menos después de la intervención en Irak, y tanto los atentados terroristas como los asesinatos selectivos se llevan a cabo en varios territorios nacionales ignorando la soberanía de los respectivos Estados. Para entender entonces esta primera guerra global, tenemos que entender antes por qué esos musulmanes apoyan el proyecto de las organizaciones yihadistas y por qué muchos de entre ellos aceptan incluso combatir y sacrificarse por él.
Cuando los objetivos militares priman por sobre los objetivos políticos que desataron la contienda, se corre el riesgo de que la conflagración no se detenga hasta que alguna de las partes termine siendo aniquilada. Es el momento en que la política ya no dirige a la guerra sino al revés.

Entre 2009 y 2014 los drones estadounidenses mataron únicamente en Pakistán a 2.379 personas, de las cuales solo 84 pertenecían a la organización de Bin Laden. Los informes no nos dicen nada acerca de cuántos amigos y familiares de las 2.295 «víctimas colaterales» se alistaron a continuación en las organizaciones terroristas.

La mayoría de los jóvenes que adoptan el islamismo en Europa provienen de familias árabes, persas, turcas, magrebíes o sahelianas. Pero estos mismos jóvenes acusan por lo general a sus padres de haberse olvidado del islam, mimetizado con los occidentales y dedicado a prosperar económicamente en lugar de preocuparse por su salvación y la defensa de la umma. Y por eso Olivier Roy sostiene que el islamismo europeo es, sobre todo, una rebelión generacional.
Los grandes medios de comunicación, no obstante, suelen presentar a los terroristas como fervientes religiosos, y más de un especialista remontó los orígenes de esta violencia a los versículos del Corán, en un intento por demostrar que el islam era una religión esencialmente violenta. Esta demostración no exige demasiados esfuerzos de interpretación, dado que el propio Mahoma recurrió a ella y hasta se la aconsejó a sus seguidores, y en los yihadistas actuales existe una suerte de nostalgia de aquel primer siglo del islam en que esta religión se extendió desde Persia a Andalucía por la prédica y la espada, por la dawa y la yihad. Pero esto no significa que los jóvenes yihadistas ametrallen hoy a los asistentes a una sala de conciertos o degüellen a los chiitas ante las cámaras de internet tan solo por respetar religiosamente los consejos del Profeta. La incitación a la violencia, de hecho, puede llegar a ser todavía más aterradora en el Antiguo Testamento.
Cualquier diferencia, de orden económico, social, sexual, religioso, cultural, lingüístico o generacional puede convertirse, llegado el caso, en una diferencia antagónica o política. Y como formamos parte de muchos conjuntos, o podemos emplear el pronombre «nosotros» para referirnos a muchas identidades, tenemos numerosos muertos a quienes rendir homenaje y nunca sabremos en qué conflicto político podemos quedar involucrados. Todo comienza entonces con alguna desigualdad –real o imaginaria– entre «nosotros» y «ellos»: «Cuando nos matan a nosotros, ellos no hacen un minuto de silencio.» Y este antagonismo entre amigos y enemigos puede ir agravándose hasta la guerra abierta, pasando de «Ellos no lloran a nuestros muertos, nosotros no vamos a llorar a los suyos», hasta llegar al terrible: «Ellos nos matan a nosotros; nosotros los matamos a ellos.

1989 constituye un año clave para la internacionalización del yihadismo. Además de la caída del Muro y de la represión en la plaza de Tiananmén –dos acontecimientos que anunciaban el ocaso del comunismo–, nacía, en Argelia, el muy popular Frente Islamista de Salud, mientras que el ayatolá Jomeini promulgaba en Irán la fatwa que ordenaba a los creyentes asesinar a Salman Rushdie. Su novela Los versos satánicos había aparecido un año antes y había sido inmediatamente condenada en la India, su país natal. Pero cuando los países occidentales se negaron a prohibir esta obra blasfematoria, estalló una ola de protestas en los países de la umma, durante las cuales se quemaron libros, se atacaron embajadas y se enarbolaron amenazas contra los impíos de Occidente.
El fin de la Guerra Fría, la crisis de muchos regímenes tercermundistas y las nuevas estrategias de Estados Unidos en Oriente Medio tuvieron como consecuencia la metamorfosis de los freedom fighters de Reagan en los enemies of freedom de Bush, aunque se tratara, a grandes rasgos, de los mismos grupos e individuos, que seguían teniendo la misma concepción rigorista del islam, luchando por la aplicación estricta de la sharia, amputando a los ladrones, lapidando a las adúlteras, ejecutando a los homosexuales, azotando a los periodistas indiscretos y denunciando la decadencia de las democracias occidentales. Pero los mismos ya no son los mismos porque se modificó la coyuntura internacional. Antes de la caída del Muro, los occidentales y los islamistas podían aliarse, superando sus pequeñas diferencias, porque tenían un enemigo común: los comunistas. Pero, una vez derrotado ese enemigo común, esas pequeñas diferencias se convirtieron en un antagonismo inconciliable.

La sociedad burguesa había sido, para muchos pensadores, el paradójico triunfo de los siervos sobre los señores o de los pícaros sobre los hombres de honor. Los drones, en este aspecto, eran inventos de los pícaros porque les permitía batirse por su libertad sin necesidad de arriesgar su vida. De modo que queda el dilema: ¿una persona es libre cuando no tiene que servir a otra o en el momento mismo en que se bate para no servir a otra, es decir, cuando logra vencer el miedo a la muerte? Dilema que se remonta a la Antigüedad: ¿alguien es un señor o un siervo por naturaleza en la medida en que se atreve o no a enfrentar la muerte para defender su libertad, o simplemente ocupa ese lugar en la medida en que resulta vencedor o vencido en un duelo a muerte? Para Abdullah Azzam o Bin Laden no cabe duda, una persona solo es libre cuando presta testimonio arriesgando su vida para defender su fe: una persona no tiene una mentalidad servil cuando se pone al servicio de una causa y entrega su vida por ella. Que los occidentales ocupen el lugar de los señores no significa nada desde el momento en que no pusieron en riesgo sus vidas para conquistar ese lugar: hicieron correr ese riesgo a otros, y esos otros pueden ser, eventualmente, las máquinas.

El vínculo invisible que une a la medicina chamánica, la religión y la política: las tres asocian esos mitos con la salud, o la salvación, de los sujetos; las tres asocian esa salud con la victoria sobre un enemigo que puede llamarse enfermedad, mal u opresor; las tres, finalmente, piensan que los sujetos van a lograr derrotar el mal en la medida en que subjetiven ese mito e interpreten a sus personajes. Si Foucault puede hablar de una «biopolítica» moderna, se debe a que la modernidad occidental tendió a separar la salud del cuerpo y la del alma, reservándoles la primera a los médicos y la segunda a los sacerdotes. En otros pueblos, no obstante, ambas cuestiones siguen estando estrechamente vinculadas, y por eso los hausa de Níger esperan encontrar la cura de algún mal que los aqueja en una ceremonia de tipo religioso, y este rito de posesión supone la incorporación de un código, o relato, que le permita comprender y convertirse en «agente histórico» de una nueva situación social.
Esto explicaría por qué el fenómeno del fanatismo es común a la religión y la política. Fanático proviene de fanum, templo, y aludía precisamente a las personas que actuaban o hablaban como si estuvieran poseídas por alguna divinidad. Pero el vocablo fanaticus no tenía, al menos en un principio, una connotación peyorativa. Los romanos lo empleaban, por ejemplo, para traducir la palabra griega enthousiastikós, que significaba, literalmente, el que tiene un dios adentro. Un fanático era, por consiguiente, un entusiasta, y un entusiasta, alguien que había sido poseído o inspirado por una divinidad. Hacia finales del siglo XVIII, David Hume seguiría empleando el vocablo inglés enthusiasm como sinónimo de fanaticism y como un antónimo de superstition: los supersticiosos serían todas aquellas personas aterrorizadas por los fenómenos que no logran comprender, mientras que los entusiastas, al contrario, viven como transportados por una fuerza misteriosa y no le temen a nada.
Tratar a los sujetos colectivos como si fueran objetos significa precisamente tratarlos como si fueran animales, lo que no tiene, en sí, nada de malo, porque la animalidad forma parte de la humanidad. Sucede sencillamente que no estamos hablando de un sujeto colectivo mientras abordemos el asunto así. Y las naciones, las comunidades, las clases son sujetos colectivos que no se confunden ni con los conjuntos objetivos, como las especies animales estudiadas por la zoología, ni con las manadas o las jaurías, no porque los humanos no sean a veces más gregarios que un rebaño de ovejas o más despiadados que una jauría de lobos cazando, sino porque las ovejas y los lobos no dicen ni «yo» ni «nosotros».

Los yihadistas no combaten a los occidentales porque estos tienen una cultura diferente. Los combaten porque entienden que esa cultura ocupa un lugar dominante. Los combaten porque los sufrimientos de los musulmanes se explican, desde su punto de vista, por esa dominación occidental del mundo. Los combaten porque los «cruzados» cristianos invaden, a su entender, los países de la región para apropiarse de las riquezas de los musulmanes. Los combaten porque son aliados de los «sionistas» que mortifican a los palestinos. Pero la cultura occidental ocupaba también ese lugar en los años setenta. Y sus «cruzados» se entrometían igualmente en la región para asegurarse la provisión de petróleo. Los palestinos tampoco sufrían menos la opresión israelí, sobre todo después de la Guerra de Yom Kipur, y los estadounidenses no apoyaban menos sus acciones. Pero esta situación no provocó la misma réplica de los islamistas, entre otras cosas porque, por aquellos años, la lucha por la independencia de Palestina estaba encabezada por una organización antiimperialista laica y socializante, aliada de los regímenes que los muyahidines combatían con el apoyo de los Estados Unidos.

Este libro fue premiado con el premio de ensayo 2018 de Anagrama y bien merecido.

A book well founded on its sources and interesting development of parallel ideas of other historical or current references as a comparison tool. In my opinion, he succumbs to the obvious difficulty of the subject and leaves the fundamental question of the book unanswered. In any case, it is an absolutely recommendable reading for anyone interested in the subject and that introduces a profound reflection on jihadism and the elements of deassassination that feed it.
The premise of Scavino is that “Islamist terrorism is not a war of religion, it is secondary, it is a sociopolitical problem in which there has been an appropriation of religious texts.”

George W. Bush was right when he claimed that Al-Qaeda terrorists hated the freedom of the Americans. It just happens that freedom, for him, and for a good part of his generation, became the right of individuals not to sacrifice their life or their property to defend the common good. And that’s why you should also understand that sentence in its inverted form: Americans hate the freedom of Al-Qaeda because for Bin Laden, and for a good part of his generation, the freedom of a person lies in the courage to sacrifice his life and its assets in defense of the common good. The drone constitutes, in this aspect, a technical but also an ideological device: a way to resolve the contradiction between the defense of the common good and individual freedom. And it is diametrically opposed to the explosives vest.
However, the interpretation of that individual freedom, and of the zero-death doctrine, has many flaws in the United States. To begin with, it is true that this country lost 6,855 soldiers in Afghanistan and Iraq between 2001 and 2015, a relatively low number considering the magnitude of both interventions and fourteen years of fighting.
But one should ask why, in the name of freedom, and a constitutional amendment dating back to the late eighteenth century, similar measures are not taken to prevent deaths by firearms: as stated in a report by the Center for Disease Control and Prevention, 440,095 people died in the United States from gunshot wounds in the same period.

Expressions such as “war on terrorism” tend to ignore this capital point. Because jihadists do not simply seek to terrorize enemy populations, and Western armies also do not seek to protect these populations from terrorist acts. The former act in this way because they assume that terrorism is the best tactic to achieve their objective. And the latter proceed in that way because they also think that killing jihadists with drones or bombing Syrian, Iraqi or Afghan populations is the best way to get theirs. The anarchists once resorted to terrorist tactics such as bombings or assassinations of police and politicians. But their goals had nothing to do with the specific designs of the Islamists of today.
The jihadists understand that Westerners do not only prevent the constitution of this caliphate with their troops and their drones, but also with their films and satellite broadcasts, inoculating Muslims with a decadent and lascivious Western culture that distances believers from the path traced by the Prophet. The caliphate has thus, for many jihadists, the value of a return to a mythical golden age, to a legendary Islamic community, where the principles of morality and honor wrested by the Westernization of the world prevailed. But Islam is just a theocratic name for that relationship between the individual and the community that was left without a name in the West.
It is not enough, even so, to have a political project and a well-stocked arsenal to wage a war and sustain it over time. It is necessary to have an important popular support and a good number of combatants willing to sacrifice themselves.
Instead of talking about “jihad against the West” or “war on terrorism”, we prefer the expression “first global war” because, unlike the two world wars of the twentieth century, it is no longer interstate. No State, in fact, has declared war on another, at least after the intervention in Iraq, and both terrorist attacks and selective assassinations are carried out in several national territories ignoring the sovereignty of the respective States. To understand then this first global war, we have to understand before why these Muslims support the project of jihadist organizations and why many of them even accept to fight and sacrifice themselves for it.
When the military objectives prevail over the political objectives that unleash the contest, there is a risk that the conflagration will not stop until one of the parties ends up being annihilated. It is the moment when politics no longer leads to war but vice versa.

Between 2009 and 2014, US drones killed 2,379 people in Pakistan alone, of which only 84 belonged to Bin Laden’s organization. The reports tell us nothing about how many friends and relatives of the 2,295 “collateral victims” subsequently joined terrorist organizations.

The majority of young people who adopt Islam in Europe come from Arab, Persian, Turkish, Maghrebi or Sahelian families. But these same young people usually accuse their parents of having forgotten Islam, mimicked the Westerners and dedicated to prosper economically instead of worrying about their salvation and the defense of the umma. And that is why Olivier Roy argues that European Islam is, above all, a generational rebellion.
The mainstream media, however, often portray terrorists as fervent religious, and more than one specialist traced the origins of this violence to the verses of the Koran, in an attempt to demonstrate that Islam was an essentially violent religion. This demonstration does not require much effort of interpretation, since Muhammad himself resorted to it and even advised his followers, and in the current jihadists there is a kind of nostalgia for that first century of Islam in which this religion spread from Persia to Andalusia by preaching and the sword, by dawa and jihad. But this does not mean that the young jihadists machine-gun the assistants to a concert hall or slaughter the Shiites before the internet cameras just to respect religiously the Prophet’s advice. Incitement to violence, in fact, can become even more terrifying in the Old Testament.
Any difference, of an economic, social, sexual, religious, cultural, linguistic or generational nature can become, if necessary, an antagonistic or political difference. And since we are part of many groups, or we can use the pronoun “we” to refer to many identities, we have many dead people to pay homage to and we will never know in what political conflict we can get involved. Everything begins then with some inequality – real or imaginary – between “us” and “them”: “When they kill us, they do not make a minute of silence.” And this antagonism between friends and enemies can be aggravated until the open war , going from “They do not cry to our dead, we are not going to mourn their own,” until they reach the terrible one: “They kill us; we kill them.

1989 constitutes a key year for the internationalization of jihadism. In addition to the fall of the Wall and the repression in Tiananmen Square – two events that foreshadowed the demise of communism – the very popular Islamist Health Front was born in Algeria, while Ayatollah Khomeini was promulgating the fatwa in Iran. He ordered the believers to murder Salman Rushdie. His novel The Satanic Verses had appeared a year earlier and had been immediately condemned in India, his native country. But when Western countries refused to ban this blasphemous work, a wave of protests broke out in the umma countries, during which books were burned, embassies were attacked and threats were made against the wicked of the West.
The end of the Cold War, the crisis of many Third World regimes and the new strategies of the United States in the Middle East resulted in the metamorphosis of Reagan’s freedom fighters into Bush’s enemies of freedom, even if they were, in general terms, of the same groups and individuals, who still had the same rigorist conception of Islam, fighting for the strict application of sharia, amputating the thieves, stoning the adulteresses, executing the homosexuals, whipping the indiscreet journalists and denouncing the decadence of the western democracies. But they are no longer the same because the international situation has changed. Before the fall of the Wall, Westerners and Islamists could ally, overcoming their small differences, because they had a common enemy: the Communists. But once that common enemy was defeated, those small differences became an irreconcilable antagonism.

The bourgeois society had been, for many thinkers, the paradoxical triumph of the serfs over the lords or of the rogues over the men of honor. The drones, in this aspect, were inventions of the rogues because it allowed them to fight for their freedom without risking their lives. So the dilemma remains: is a person free when he or she does not have to serve another or at the moment when he or she beats to not serve another, that is, when he or she manages to overcome the fear of death? Dilemma that goes back to Antiquity: is someone a lord or a servant by nature to the extent that he dares or not to face death to defend his freedom, or simply occupies that place insofar as he is the winner or loser in a duel to death? For Abdullah Azzam or Bin Laden there is no doubt, a person is only free when he gives testimony risking his life to defend his faith: a person does not have a servile mentality when he puts himself at the service of a cause and gives his life for it. That the Westerners take the place of the lords does not mean anything from the moment they did not put their lives at risk to conquer that place: they took that risk to others, and those others can be, eventually, the machines.

The invisible bond that unites shamanic medicine, religion and politics: the three associate these myths with the health, or salvation, of the subjects; all three associate that health with victory over an enemy that can be called disease, evil or oppressor; the three, finally, think that the subjects are going to be able to defeat the evil insofar as they subjective this myth and interpret their characters. If Foucault can speak of a modern “biopolitics”, it is because Western modernity tended to separate the health of the body and the health of the soul, reserving the first to the doctors and the second to the priests. In other towns, however, both issues are still closely linked, and that is why the Hausa of Niger hope to find a cure for some evil that afflicts them in a religious ceremony, and this rite of possession implies the incorporation of a code, or story, which allows him to understand and become “historical agent” of a new social situation.
This would explain why the phenomenon of fanaticism is common to religion and politics. Fanatic comes from fanum, temple, and alluded precisely to people who acted or spoke as if they were possessed by some deity. But the word fanaticus did not have, at least initially, a pejorative connotation. The Romans used it, for example, to translate the Greek word enthousiastikós, which literally means the one with a god inside. A fanatic was, therefore, an enthusiast, and an enthusiast, someone who had been possessed or inspired by a divinity. Towards the end of the eighteenth century, David Hume would continue to use the English word enthusiasm as synonymous with fanaticism and as an antonym of superstition: the superstitious would be all those people terrified by the phenomena they fail to understand, while the enthusiasts, on the contrary, live as transported by a mysterious force and do not fear anything.
Treating collective subjects as if they were objects means precisely treating them as if they were animals, which in itself has nothing wrong, because animality is part of humanity. It just happens that we are not talking about a collective subject as long as we approach the matter in this way. And nations, communities, classes are collective subjects that are not confused with objective groups, such as the animal species studied by zoology, or with herds or packs, not because humans are not sometimes more gregarious than a flock of sheep or more ruthless than a pack of wolves hunting, but because the sheep and the wolves do not say “I” or “we”.

The jihadists do not fight the Westerners because they have a different culture. They fight because they understand that culture occupies a dominant place. They fight because the sufferings of Muslims are explained, from their point of view, by that Western domination of the world. They fight because the Christian “crusaders” invade, in their opinion, the countries of the region to appropriate the riches of the Muslims. They fight because they are allies of the “Zionists” who mortify the Palestinians. But Western culture also occupied that place in the seventies. And their “crusaders” also intruded in the region to secure the supply of oil. The Palestinians also suffered no less from Israeli oppression, especially after the Yom Kippur War, and the Americans no longer supported their actions. But this situation did not provoke the same response from the Islamists, among other things because, during those years, the struggle for Palestinian independence was headed by a secular and socializing anti-imperialist organization, allied with the regimes that the Mujahideen fought with the support of the United States.

This book was awarded with the Anagrama Essay prize 2018 and it was a nice veredict.

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