Hablemos Claro Sobre El Comercio Mundial — Dani Rodrik / Straight Talk on Trade: Ideas for a Sane World Economy by Dani Rodrik

Encuentro que mi porcentaje de aciertos en los libros de economía es aproximadamente del 50%. Uno de cada dos libros que leo es excelente, y el otro es horrible. Muy poco parece estar en el justo medio. Desafortunadamente para mí, este libro está en el último grupo. Se supone que debe ser, creo, un esfuerzo por demostrar que un economista convencional puede estar menos que totalmente entusiasmado con el libre comercio ilimitado y la “hiperglobalización”, sin estar del lado de Trump o de las “democracias iliberales” y sin aparentar hasta su tarjeta de identificación neoliberal. Pero este es solo un pequeño desastre.
Por qué esto es así se da en el Prefacio. El corazón del lector se cae cuando Dani Rodrik nos informa que esto no es un libro nuevo, sino simplemente una compilación de “mis columnas sindicadas mensuales, así como algunas otras piezas cortas y más largas, [de las cuales] solo he hecho una edición ligera de el texto original. “En otras palabras, esto es simplemente una mezcla de ofertas recalentadas hechas antes en una fecha límite, no unidas de ninguna manera significativa, aparte de que el tema es” economía “. No es el” marco visionario “prometido por la cubierta de polvo; más bien, es lo que se conoce como un “robo de dinero”. Debería haber dejado de leer allí. Pero yo no. Sufrí para que puedas evitar el sufrimiento.
De manera holística, el proyecto de Rodrik parece ser rescatar a la globalización de sus excesos. Es decir, él es un neoliberal de buena reputación, sin duda, es un chisme con George Soros y Pankaj Mishra, pero teme que los malvados populistas reciban municiones de parte de economistas y políticos que prometen en exceso lo que la globalización tiene para ofrecer, y luego entienden Entregar los bienes sociales a sus electores. No para Rodrik, por lo tanto, las fantasías sobre la gobernanza global emergente o la desaparición de la nación-estado. En cambio, predica que la nación-estado tiene que ser dirigida por políticos despiertos que nos salvarán de las bestias populistas. Sin embargo, en este proyecto, tiene que caminar sobre la cuerda floja, ya que no puede darse el lujo de ser visto como un aliado de las bestias, pero está de acuerdo con algunos de sus puntos, como que la Asociación Transpacífica probablemente fue una mala idea. idea, y tal vez deberíamos tener en cuenta que la globalización empeora a algunas personas.
Al final del rescate de la globalización, de sus excesos y sus enemigos, Rodrik ofrece doce capítulos, cada uno recién copiado de su trabajo anterior. Con frecuencia, los conceptos y las frases se superponen y se repiten, por lo que es difícil desentrañar un conjunto de principios, y mucho menos un “marco visionario”. Pero si metes la pila lo suficiente, varios puntos básicos, todos simplistas y no originales, salen de su cabezas Primero, la economía es difícil y no específica, y los economistas a menudo expresan certezas certeras a los medios en los que realmente no creen en su forma no calificada. Segundo, las ganancias del libre comercio se distribuyen de manera desigual, dentro de un país determinado, y también entre países. En tercer lugar, los países en desarrollo que aún no están desarrollados pueden tener problemas para desarrollar los estándares del Primer Mundo, debido a limitaciones estructurales en la economía global. Cuarto, aunque cada país debe elegir su propio camino, los países en desarrollo no pagarán ningún costo si implementan de inmediato un régimen de justicia social a gran escala a medida que se desarrollan, y de hecho, todos los países en desarrollo están moralmente obligados a hacerlo. En quinto lugar, la democracia, pero solo las formas aprobadas, es simplemente impresionante, y un tónico económico como ningún otro.
Alrededor de estos puntos, como una neblina de insectos que pican, se encuentran abatidas objeciones a la necesidad imperativa de más “liberalismo” para todos en el mundo (es decir, las políticas dictadas por la izquierda que implementan agresivamente la emancipación y la autonomía individual son las únicas). permitido), demandas para una mayor acción contra el calentamiento global, afirma que se necesitan “tecnologías verdes” no especificadas y “industria verde” para salvar al mundo y sus economías, demandas de cómo debemos haber aumentado la redistribución global para lograr la “legitimidad social” “, E innumerables y vagos reclamos de” justicia social “. La puntuación de esta nube de molestia son usos discordantes del lenguaje económico oscuro sin ninguna aclaración, como” una solución de esquina “y” el querido modelo de equilibrio general de Arrow-Debreu de los economistas “. Y enmarcándolo todo son referencias constantes de “mi [otro] libro, tal y tal”, que se usan como atajos para evitar realmente demostrar un punto.
Además, todo lo escrito en este libro tiene una característica extraña; puede provenir de que Rodrik haya sido excelentemente educado en inglés, pero solo como segundo idioma (él es de Turquía). Esa característica es que cada párrafo parece muy claro, pero al final de él o de una serie de párrafos, el lector no está seguro de lo que realmente se dijo. No puedo entender por qué. Tal vez haya poca sustancia. Tal vez no hay suficientes declaraciones de tesis respaldadas por el razonamiento. Pero puedes leer página tras página y te sientes como un algodón de azúcar. Crees que debería haber algo allí, y sentiste que había algo allí, pero se derritió sin dejar rastro (y sin dejar un sabor dulce). Es de lo más inquietante.
Los errores extraños abundan, también. No es cierto que los cheques de desempleo estadounidenses provienen del gobierno federal. Los “derechos civiles” no son lo mismo que “el imperio de la ley”; de hecho, la larga discusión de Rodrik que intenta mostrar cómo algunas “democracias electorales” no son realmente democracias, porque son “no liberales”, puede tomar el pastel para el La discusión más confusa de los conceptos políticos fundamentales que he visto ofrecida por un autor importante. “Choque cultural” no significa “situaciones donde nuestras expectativas sobre el comportamiento de las personas resultan ser tan erróneas que la experiencia nos sorprende”. De vez en cuando, para ser justos, hay algo interesante, como un intento sólido de resucitar el mercantilismo, adecuadamente definido y actualizado, como un contrapunto al liberalismo clásico (aunque esto se ve socavado por una incapacidad total para entender que la regulación gubernamental y el apoyo gubernamental a las empresas no son lo mismo). Pero sobre todo, como digo, es solo un desastre.

Las empresas farmacéuticas que abogan por una normativa de patentes más dura, los bancos que presionan para poder acceder sin trabas a los mercados extranjeros, o las multinacionales que aspiran a conseguir tribunales de arbitraje especiales no tienen en cuenta el interés público más que los proteccionistas. De modo que cuando los economistas matizan sus argumentos, en la práctica están prefiriendo a una de las partes interesadas —«los bárbaros»— antes que a la otra.
Hace mucho que existe una norma no escrita sobre la intervención pública según la cual los economistas deberían abogar por el comercio y no preocuparse demasiado por la letra pequeña. Esto ha generado una situación peculiar. Los modelos estándares de comercio con los que los economistas suelen trabajar provocan importantes efectos distributivos: la otra cara de los «beneficios del comercio» son las pérdidas de ingresos por parte de determinados grupos de productores o trabajadores. Y hace mucho que los economistas son conscientes de que a la hora de recoger esos beneficios pueden interferir las deficiencias del mercado —incluyendo el mal funcionamiento de los mercados laborales, las imperfecciones del mercado de crédito, las externalidades ambientales y de conocimiento y los monopolios.
Asimismo, son conscientes de que los beneficios de los acuerdos comerciales que trascienden las fronteras y modifican las regulaciones nacionales —como sucede con el endurecimiento de las normativas sobre patentes y la armonización de los requisitos de seguridad e higiene— son fundamentalmente ambiguos.
En resumen, si los economistas hubieran hecho públicas las salvedades, las incertidumbres y el escepticismo sacándolos del ámbito académico, tal vez se habrían convertido en mejores defensores de la economía mundial. Por desgracia, su fervor a la hora de defender el comercio frente a sus enemigos ha resultado contraproducente. A los impulsores académicos del comercio hay que echarles al menos parte de la culpa de que ahora los demagogos que hacen afirmaciones absurdas sobre el comercio estén ganando audiencia —y, de hecho, estén adquiriendo poder.

En la actualidad, la diferencia está en que el comercio internacional se ha desplazado al centro del debate político. Durante las recientes elecciones de Estados Unidos, los candidatos a la presidencia Bernie Sanders y Donald Trump hicieron de la oposición a los tratados comerciales una de las bases fundamentales de su campaña. Teniendo en cuenta el clima político del momento y a juzgar por el tono de los otros candidatos, defender la globalización equivalía a un suicidio electoral. La posterior victoria de Trump puede atribuirse, al menos en parte, a su línea dura en lo tocante al comercio y a su promesa de renegociar los tratados que, según él, beneficiaban a otras naciones a expensas de Estados Unidos.
Es posible que el discurso de Trump y de otros populistas sea exagerado, pero pocos seguirán negando que los agravios subyacentes son reales. La globalización no ha beneficiado a todo el mundo. Muchas familias trabajadoras han sido devastadas por el impacto de las importaciones a bajo coste de China, México y otros lugares.
Tradicionalmente, los movimientos políticos de extrema derecha se han alimentado de un sentimiento antiinmigración. Sin embargo, los rescates griego, irlandés y portugués, entre otros, junto a los problemas del euro, les han proporcionado más munición. Los acontecimientos parecen justificar con claridad su euroescepticismo. Cuando a Marine Le Pen le preguntaron si se retiraría de manera unilateral del euro, respondió con seguridad: «Cuando sea presidenta dentro de unos meses, es probable que la eurozona ya no exista».
Como en la década de los treinta, el fracaso de la cooperación internacional ha agravado la incapacidad de los políticos centristas para responder adecuadamente a las demandas económicas, sociales y culturales de sus votantes nacionales. El proyecto europeo y la eurozona han influido en los términos del debate hasta tal punto que con la eurozona hecha trizas la legitimidad de esas élites ha recibido un revés aún más grave.
Los políticos centristas de Europa se han comprometido con una estrategia basada en «más Europa» que es demasiado rápida para aliviar las preocupaciones nacionales, pero no lo suficientemente rápida para crear una verdadera comunidad política de ámbito europeo.

El problema de la hiperglobalización no es solamente que se trate de un sueño inalcanzable capaz de suscitar una reacción negativa; al fin y al cabo, el Estado-nación sigue siendo la única alternativa cuando se trata de proporcionar los acuerdos reguladores y legitimadores de los que dependen los mercados. La principal objeción es que la obsesión de nuestras élites y tecnócratas por la hiperglobalización hace que sea más difícil alcanzar los objetivos económicos y sociales: prosperidad económica, estabilidad financiera e inclusión social.
El progreso tecnológico tiene un efecto ambiguo sobre la importancia de las relaciones. Por un lado, en las relaciones mercantiles, la disminución de los costes de transporte y comunicaciones reduce el efecto protector de la distancia. Puede facilitar la creación de relaciones a larga distancia que atraviesan las fronteras nacionales. Por otro, el aumento de la complejidad y la diferenciación de los productos, junto con el paso de la producción en masa de Ford a nuevas formas diversificadas de aprendizaje, hacen aumentar la importancia relativa de las relaciones circunscritas espacialmente. La nueva economía se basa en el conocimiento tácito, la confianza y la cooperación, cosas que todavía dependen del contacto humano. Como dijo Kevin Morgan, alcance espacial no equivale a «profundidad social».
De ahí que incluso en ausencia de diferencias jurisdiccionales, la segmentación del mercado sea una característica natural de la vida económica. Ni la convergencia económica ni la homogeneización de preferencias son una consecuencia inevitable de la globalización.

La eurozona fue un experimento sin precedentes. Sus miembros trataron de construir un mercado único y unificado —de bienes, servicios y dinero— mientras la autoridad política seguía residiendo en las unidades nacionales que la formaban. Habría un mercado único, pero muchos sistemas de gobierno.
El precedente histórico más próximo era el del patrón oro.
El instinto de los políticos europeos ha sido negar las soluciones intermedias. Cuando en 2012 el parlamento francés debatió el nuevo tratado fiscal europeo, el gobierno socialista del país rechazó con vehemencia la idea de que la ratificación del tratado fuese a socavar la soberanía francesa. El primer ministro JeanMarc Ayrault afirmó que no pone «ni un solo límite al nivel de gasto público. La soberanía presupuestaria sigue residiendo en el parlamento de la República francesa».
Mientras Ayrault estaba intentando tranquilizar a sus escépticos colegas, incluidos muchos miembros de su propio partido; en Bruselas, Joaquín Almunia, comisario europeo de Competencia, transmitía un mensaje parecido a sus compañeros socialdemócratas. Para tener éxito, sostenía, Europa debe demostrar que quienes creen que existe un conflicto entre globalización y soberanía están equivocados.
Una condición previa para la creación de un verdadero espacio político es la transferencia de soberanía a entidades supranacionales. A nadie le gusta ceder soberanía nacional, ni a los políticos de derechas ni a los de izquierdas. No obstante, al negar el hecho evidente de que la viabilidad de la eurozona depende de imponer límites sustanciales a la soberanía, los líderes europeos han estado engañando a sus votantes, retrasando la europeización de la política democrática y elevando los costes económicos y políticos del cálculo final.
La idea más ambiciosa de Macron es dar un gran salto hacia la unión fiscal de la eurozona, con una hacienda común y un único ministro de economía. En su opinión, por la política monetaria común de la eurozona, esto permitiría transferencias fiscales permanentes de los países más fuertes a los más desfavorecidos. El presupuesto de la eurozona estaría financiado por las aportaciones de los ingresos fiscales de los Estados miembros. Un parlamento de la eurozona separado proporcionaría supervisión y responsabilidad política. Una unificación fiscal de ese tipo posibilitaría que países como Francia incrementen su gasto en infraestructuras e impulsen la creación de empleo sin romper el techo fiscal.
Una unión fiscal respaldada por una integración política más profunda tiene muchísimo sentido. Representa una salida coherente de la actual tierra de nadie que es la eurozona. Pero las políticas abiertamente europeístas de Macron no son sólo cuestión de política o de principios. También son determinantes para el éxito de su programa económico.
Las principales potencias europeas desempeñaron su papel. Los franceses pensaron que trasladar la autoridad económica a los burócratas de Bruselas aumentaría el poder y el prestigio nacional de Francia en la escena global. Los alemanes se alinearon con los franceses como el precio que tenían que pagar por la unificación alemana.
Había una alternativa. Europa podría haber creado un modelo social y haber permitido que se desarrollase junto a la integración económica. Esto requeriría no sólo integrar los mercados, sino también las políticas sociales, las instituciones del mercado laboral y los acuerdos fiscales. La diversidad de modelos sociales en Europa y las dificultades a la hora de alcanzar acuerdos sobre las normativas comunes pondrían freno, como es natural, al ritmo y al alcance de la integración. Lejos de representar una desventaja, aquello supondría un correctivo útil a la velocidad y al alcance de la integración. Podríamos haber acabado con una Unión Europea más pequeña y más profundamente integrada en general. O bien podríamos habernos encontrado con una Unión Europea con tantos miembros como la actual, pero mucho menos ambiciosa en cuanto a su alcance económico.

Cuando los intereses de la élite difieren de los del resto de la sociedad, las opiniones que se tienen en cuenta son casi exclusivamente las suyas. (Como explican Gilens y Page, deberíamos considerar las preferencias del 10 por ciento superior como una representación de las opiniones de los realmente ricos, digamos del 1 por ciento, la auténtica élite.) Gilens y Page exponen resultados parecidos en cuanto a grupos de interés organizados, los cuales ejercen una poderosa influencia sobre la elaboración de políticas. Como señalan, cuando se tienen en cuenta los posicionamientos de los grupos de interés y las preferencias de los estadounidenses adinerados, «lo que el público piensa influye muy poco».
Estos resultados descorazonadores plantean una pregunta importante: ¿Cómo es que los políticos insensibles a las preferencias de la inmensa mayoría de sus electores son elegidos y, lo que es más importante, reelegidos, si obedecen sobre todo las órdenes de los individuos más ricos?
Parte de la explicación podría ser que la mayoría de los votantes no entienden bien cómo funciona el sistema político y cómo se inclina a favor de la élite económica. Como recalcan Gilens y Page, sus pruebas no implican que la política del gobierno perjudique al ciudadano medio. A menudo los ciudadanos corrientes consiguen lo que quieren, en virtud del hecho de que, con frecuencia, sus preferencias son parecidas a las de la élite. Esta correlación de las preferencias de los dos grupos puede hacer que a los votantes les resulte difícil discernir el sesgo de los políticos.
Gran parte de la política tiene que ver con la estrategia: establecer un programa, formar alianzas, hacer promesas (o amenazas), ampliar el restrictivo menú de opciones y acumular o gastar capital político. Sin importar si aspiran a enriquecerse o si persiguen un conjunto de intereses más amplio, los actores políticos deben preguntarse constantemente: «¿Qué se puede hacer?». Como científicos sociales, tenemos tendencia a permanecer instalados en nuestra realidad actual. Sin embargo, cuanto más nos aferramos a ella, más probabilidades tenemos de no poder imaginar planteamientos alternativos.
El paralelismo formal entre el comportamiento en el ámbito político y el comportamiento de los consumidores en el mercado es el de menor utilidad. Los consumidores en un mercado tienen que tomar decisiones muy definidas: teniendo en cuenta los precios y las limitaciones presupuestarias, cuánto consumir de cada bien disponible. El problema de maximizar el beneficio no desmerece el espacio estratégico. En cambio, los agentes políticos diseñan su propio espacio estratégico. Los instrumentos disponibles están limitados únicamente por su imaginación política.
Los problemas de globalización, crecimiento económico e inclusión social requieren soluciones e ideas imaginativas. Las democracias deben llevar a cabo un debate adecuado que les permita tomar decisiones consciente y deliberadamente.

Si quiere sobrevivir, el capitalismo debe ser rediseñado para abordar los múltiples retos de la globalización, la desigualdad (tanto nacional como global), los rápidos avances tecnológicos, el cambio climático y la responsabilidad democrática que se le plantean hoy en día.
Estamos entrando en una nueva fase de la economía mundial, en la cual será cada vez más difícil lograr la cooperación global. Para empezar, el mundo se está volviendo más multipolar y menos «hegemónico». Estados Unidos y Europa occidental ya no son capaces de fijar las normas y esperar que los demás las acaten. Asimismo, tienen que cargar con una importante deuda y bajo crecimiento y, por lo tanto, les preocupan las cuestiones nacionales. Los constantes problemas de la eurozona ejercerán un efecto en especial perjudicial sobre el papel global de Europa.
Agravando esta tendencia, las potencias pujantes como China e India conceden gran valor a la soberanía nacional y a la no injerencia en los asuntos internos. Esto hace que no estén dispuestas a someter su autonomía política a las normas internacionales. También las convierte en dudosas candidatas para invertir en regímenes de política global, como hizo en su día Estados Unidos en el período posterior a la segunda guerra mundial.
Por lo tanto, el liderazgo y la cooperación globales seguirán avanzando de manera limitada. Este cambio del contexto global requiere una respuesta cuidadosamente calibrada en el gobierno de la economía mundial.
Diferentes tipos de políticas requieren respuestas diferentes a escala global. En la actualidad, se desperdicia demasiado capital político en la armonización de políticas de empobrecimiento propio (en especial en los ámbitos del comercio y la regulación financiera) y no se destina el suficiente a políticas de empobrecimiento del vecino (como los desequilibrios macroeconómicos). Los esfuerzos demasiado ambiciosos y mal encaminados del gobierno global no nos resultarán útiles en una época en la cual la cooperación global será obligatoriamente escasa.

1. Los mercados deben estar profundamente incorporados en sistemas de gobierno.
2. El gobierno democrático y las comunidades políticas se organizan en gran medida dentro de Estados-nación y es probable que permanezcan así en el futuro.
3. No existe un «único camino» hacia la prosperidad.
4. Los países tienen derecho a proteger sus propias regulaciones e instituciones.
5. Los países no tienen derecho a imponer a otros sus instituciones.
6. El objetivo de los tratados económicos internacionales debe ser establecer las normas para gestionar la interrelación entre las instituciones nacionales.
7. En el orden económico internacional, los países no democráticos no pueden gozar de los mismos derechos y privilegios que las democracias.

Los ataques al Estado-nación proceden tanto de arriba como de abajo. Las fuerzas de la globalización económica han quitado fuerza a los instrumentos de la política económica nacional y han debilitado los mecanismos tradicionales de inclusión mediante transferencias y redistribución. Para justificar su falta de sensibilidad a las demandas populares, los responsables de la elaboración de políticas se escudan en las presiones competitivas (reales o imaginarias) que emanan de la economía global. Y mencionan exactamente las mismas presiones cuando tienen que aplicar medidas impopulares como la austeridad fiscal. Una consecuencia de esto ha sido el auge de los grupos extremistas en Europa y de políticos populistas como Donald Trump.
Al mismo tiempo, movimientos regionales separatistas, como los de Cataluña y Escocia, cuestionan la legitimidad de los Estados-nación tal como están configurados actualmente y aspiran a su desintegración. Tanto si hacen demasiado como demasiado poco, los gobiernos nacionales se enfrentan a una crisis de representación.
En muchas naciones en vías de desarrollo, lo que falla son las instituciones de control.
Las instituciones eficaces de control no surgen de un día para otro. Puede parecer que quienes ostentan el poder no querrían crear nunca dichas instituciones. Sin embargo, si existe alguna probabilidad de que me depongan de mi cargo y éste sea ocupado por la oposición, las instituciones de control me protegerán mañana de los abusos de otros, del mismo modo que protegen hoy a otros de mis abusos. De modo que un prerrequisito para que con el tiempo las democracias no liberales se transformen en liberales es que las perspectivas de una competencia política sostenida sigan siendo claras.
Los optimistas creen que todos esos problemas se resolverán a medida que las nuevas tecnologías y las nuevas formas de gobierno hagan que las democracias centradas en el Estado-nación sean tan arcaicas como los coches de caballos. Los pesimistas piensan que son insignificantes comparados con los desafíos externos a los que se enfrentarán los Estados no liberales como China y Rusia, los cuales juegan en el tablero global según las normas de la realpolitik. En cualquier caso, si quiere tener futuro, la democracia tendrá que revitalizarse.

Mientras el mundo sigue conmocionado por el brexit, la victoria de Trump y otros sobresaltos, los economistas y responsables políticos se están percatando de que habían subestimado gravemente la fragilidad política de la actual forma de globalización. La revuelta popular que parece estar en marcha está adoptando diversas formas que se superponen: reafirmación de las identidades nacionales, demanda de más supervisión y responsabilidad democrática, rechazo de los partidos políticos centralistas y desconfianza hacia las élites y los expertos.
Esta reacción adversa era de esperar.
En realidad, la economía mundial actual es producto de decisiones explícitas tomadas por los gobiernos en el pasado. Una decisión fue no detenerse en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio y crear la mucho más ambiciosa —e intrusiva— OMC. Del mismo modo, en el futuro habrá que decidir si se aprueban megatratados comerciales como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica o la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión.
Flexibilizar las regulaciones financieras y aspirar a la plena movilidad de capital entre fronteras fue una decisión de los gobiernos, del mismo modo que lo fue mantener esas políticas intactas en su mayor parte a pesar de la presencia de una crisis financiera global.
El atractivo de los populistas radica en que dan voz a la indignación de los excluidos. Ofrecen un relato imponente, así como soluciones concretas, si bien equivocadas y, a menudo, peligrosas. Los políticos de la línea dominante no recuperarán el terreno perdido hasta que también ellos aporten soluciones importantes que dejen espacio para la esperanza. No deberían seguir ocultándose tras la tecnología o la imparable globalización, y deberían estar dispuestos a actuar con audacia y a emprender reformas a gran escala sobre la manera de gestionar la economía nacional y mundial.
Si una de las lecciones de la historia es el peligro de que la globalización se descontrole, otra es la maleabilidad del capitalismo. Lo que acabó proporcionando un nuevo aliciente a las sociedades orientadas al mercado y dio origen a la época de prosperidad de la posguerra fue el New Deal, el Estado del Bienestar y la globalización controlada (bajo el régimen de Bretton Woods). No fue poner parches y hacer pequeñas modificaciones lo que provocó esos logros, sino una ingeniería institucional radical. Es muy posible que sin ideas más audaces y enérgicas veamos que las cosas positivas generadas por el consenso actual —en especial un orden democrático y liberal— son barridas por la reacción negativa provocada por sus excesos.

I find that my hit percentage on economics books is about 50%. One out of every two books I read is excellent, and the other is awful. Very little seems to be in between. Unfortunately for me, this book is in the latter group. It is supposed to be, I think, an effort to show that a mainstream economist can be less than totally enthused about unlimited free trade and “hyper-globalization,” without being on the side of Trump or “illiberal democracies,” and without giving up his neoliberal ID card. But “Straight Talk on Trade” is just a mess.
Why that is so is given away in the Preface. The reader’s heart drops when Dani Rodrik informs us this is not a fresh book, but merely a compilation of “my monthly syndicated columns, as well as a few other short and lengthier pieces, [of which] I have done only a light edit of the original text.” In other words, this is simply a mélange of rewarmed offerings done earlier on a deadline, not tied together in any meaningful way, other than that the theme is “economics.” It is not the “visionary framework” promised by the dust cover; rather, it is what is known as a “money grab.” I should have stopped reading there. But I did not. I suffered that you may avoid suffering.
Holistically, Rodrik’s project seems to be to rescue globalization from its excesses. That is, he is a neoliberal in good standing, no doubt chummy with George Soros and Pankaj Mishra, but he is afraid that the evil populists are given ammunition by economists and politicians who over-promise what globalization has to offer, and then under-deliver the social goods to their constituents. Not for Rodrik, therefore, fantasies about emerging global governance or the demise of the nation-state. Instead, he preaches that the nation-state has to be run by clear-eyed politicians who will save us from the populist beasts. In this project, though, he has to walk a tightrope, since he can’t afford to be seen as an ally of the beasts—but he agrees with some of their points, such as that the Trans-Pacific Partnership was probably a bad idea, and that perhaps we should note that some people are made worse off by globalization.
To the end of rescuing globalization, from its excesses and its enemies, Rodrik offers twelve chapters, each just copied from his earlier work. Concepts and phrases frequently overlap and are repeated, so it is hard to tease out a set of principles, much less a “visionary framework.” But if you poke at the pile enough, several basic points, all simplistic and unoriginal, pop out their heads. First, economics is hard and non-specific, and economists too often express pithy certainties to the media which they do not really believe in their unqualified form. Second, gains from free trade are unevenly distributed, within any given country, and between countries as well. Third, developing countries that are not yet developed may have trouble developing to First World standards, due to structural limitations in the global economy. Fourth, although each country should choose its own path, developing countries will pay no cost at all if they immediately implement a full-scale social justice regime as they develop, and in fact all developing countries are morally obligated to do so. Fifth, democracy, but only approved forms of it, is just awesome, and an economic tonic like none other.
Surrounding these points, like a mist of stinging insects, are tiresome obeisances to the imperative need for more “liberalism” for everyone in the world (meaning, of course, policies dictated by the Left that aggressively implement emancipation and individual autonomy are the only ones allowed), demands for more action against global warming, claims how unspecified “green technologies” and “green industry” are needed to save both the world and its economies, demands for how we must have increased global re-distribution to achieve “social legitimacy,” and innumerable vague calls for “social justice.” Punctuating this cloud of annoyance are jarring uses of obscure economics-speak without any clarification, such as “a corner solution” and “economists’ beloved Arrow-Debreu model of general equilibrium.” And framing it all are constant preening references to “my [other] book, so-and-so,” used as a shortcut to avoid actually demonstrating a point.
Moreover, all the writing in this book has an odd characteristic; it may come from Rodrik being excellently educated in English, but only as a second language (he’s from Turkey). That characteristic is that every paragraph seems very clear—but at the end of it, or of a series of paragraphs, the reader is basically unsure what was actually said. I can’t figure out why. Maybe there is little substance. Maybe there aren’t enough thesis statements buttressed by reasoning. But you can read page after page and you get a feeling like cotton candy—you think there should be something there, and it felt like there was something there, but it melted away leaving no trace (and without leaving a sweet taste). It is most disturbing.
Weird errors abound, as well. It is not true that American unemployment checks come from the federal government. “Civil rights” is not the same thing as “the rule of law”—in fact, Rodrik’s lengthy discussion trying to show how some “electoral democracies” are not really democracies, because they are “illiberal,” may take the cake for the most confused discussion of core political concepts I have ever seen offered by a major author. “Culture shock” does not mean “situations where our expectations about people’s behavior turn out to be so wrong that we find ourselves jolted by the experience.” Every so often, to be fair, there is something interesting, such as a solid attempt to resurrect mercantilism, properly defined and updated, as a counterpoint to classical liberalism (although this is somewhat undercut by a total failure to understand that government regulation of, and government support for, business are not the same thing). But mostly, as I say, it is just a mess.

Pharmaceutical companies that advocate harsher patent regulations, banks that press for unhindered access to foreign markets, or multinationals that aspire to get special arbitration tribunals do not take into account the public interest more than protectionists. So when economists qualify their arguments, in practice they are preferring one of the interested parties – “the barbarians” – before the other.
There has long been an unwritten rule about public intervention according to which economists should advocate for trade and not worry too much about fine print. This has generated a peculiar situation. The standard models of trade with which economists tend to work have important distributive effects: the other side of the “benefits of trade” is the loss of income by certain groups of producers or workers. And economists have long been aware that market failures can interfere with the collection of these benefits-including the malfunctioning of labor markets, the imperfections of the credit market, environmental and knowledge externalities, and monopolies.
They are also aware that the benefits of trade agreements that transcend borders and modify national regulations – such as the tightening of patent regulations and the harmonization of health and safety requirements – are fundamentally ambiguous.
In short, if economists had made public the caveats, uncertainties and skepticism by removing them from academia, they might have become better defenders of the global economy. Unfortunately, their fervor in defending trade against their enemies has been counterproductive. The academic promoters of commerce must be at least partly blamed that now the demagogues who make absurd claims about trade are gaining an audience – and, in fact, are acquiring power.

At present, the difference is that international trade has shifted to the center of the political debate. During the recent US elections, presidential candidates Bernie Sanders and Donald Trump made opposition to trade agreements one of the fundamental bases of their campaign. Taking into account the political climate of the moment and judging by the tone of the other candidates, defending globalization was tantamount to electoral suicide. Trump’s subsequent victory can be attributed, at least in part, to his hard line on trade and his promise to renegotiate the treaties that, according to him, benefited other nations at the expense of the United States.
It is possible that the discourse of Trump and other populists is exaggerated, but few will continue to deny that the underlying grievances are real. Globalization has not benefited the whole world. Many working families have been devastated by the impact of low-cost imports from China, Mexico and elsewhere.
Traditionally, far-right political movements have been fueled by anti-immigration sentiment. However, the Greek, Irish and Portuguese rescues, among others, together with the problems of the euro, have provided them with more ammunition. The events seem to clearly justify their Euroscepticism. When Marine Le Pen was asked if she would withdraw unilaterally from the euro, she replied with confidence: “When I am president in a few months, it is likely that the eurozone will no longer exist.”
As in the thirties, the failure of international cooperation has aggravated the inability of centrist politicians to adequately respond to the economic, social and cultural demands of their national voters. The European project and the Eurozone have influenced the terms of the debate to such an extent that with the Eurozone shattered the legitimacy of these elites has received an even more serious setback.
Europe’s centrist politicians have committed themselves to a strategy based on “more Europe” that is too fast to alleviate national concerns, but not fast enough to create a true European political community.

The problem of hyperglobalization is not only that it is an unattainable dream capable of provoking a negative reaction; after all, the nation-state remains the only alternative when it comes to providing the regulatory and legitimating agreements on which the markets depend. The main objection is that the obsession of our elites and technocrats for hyperglobalization makes it more difficult to achieve economic and social objectives: economic prosperity, financial stability and social inclusion.
Technological progress has an ambiguous effect on the importance of relationships. On the one hand, in commercial relations, the reduction in transport and communications costs reduces the protective effect of distance. It can facilitate the creation of long-distance relationships that cross national borders. On the other hand, the increased complexity and differentiation of the products, together with the shift from Ford’s mass production to new diversified forms of learning, increase the relative importance of spatially circumscribed relationships. The new economy is based on tacit knowledge, trust and cooperation, things that still depend on human contact. As Kevin Morgan said, spatial reach is not equivalent to “social depth”.
Hence, even in the absence of jurisdictional differences, market segmentation is a natural feature of economic life. Neither economic convergence nor the homogenization of preferences are an inevitable consequence of globalization.

The eurozone was an unprecedented experiment. Its members tried to build a unified and unified market – of goods, services and money – while the political authority continued to reside in the national units that formed it. There would be a single market, but many systems of government.
The closest historical precedent was that of the gold standard.
The instinct of European politicians has been to deny intermediate solutions. When in 2012 the French parliament debated the new European tax treaty, the socialist government of the country vehemently rejected the idea that the ratification of the treaty would undermine French sovereignty. Prime Minister JeanMarc Ayrault said he does not “put a single limit on the level of public spending. Budgetary sovereignty continues to reside in the parliament of the French Republic. ”
While Ayrault was trying to reassure his skeptical colleagues, including many members of his own party; in Brussels, Joaquín Almunia, European Competition Commissioner, transmitted a similar message to his social-democratic comrades. To be successful, he argued, Europe must show that those who believe there is a conflict between globalization and sovereignty are wrong.
A precondition for the creation of a true political space is the transfer of sovereignty to supranational entities. Nobody likes to give up national sovereignty, neither to right-wing politicians nor to left-wing politicians. However, by denying the obvious fact that the viability of the eurozone depends on imposing substantial limits on sovereignty, European leaders have been deceiving their voters, delaying the Europeanization of democratic politics and raising the economic and political costs of the calculation. final.
The most ambitious idea of ​​Macron is to make a great leap towards the fiscal union of the Eurozone, with a common treasury and a single minister of economy. In his opinion, by the common monetary policy of the eurozone, this would allow permanent fiscal transfers from the strongest to the most disadvantaged countries. The budget of the eurozone would be financed by the contributions of the tax revenues of the Member States. A separate eurozone parliament would provide oversight and political responsibility. Such a fiscal unification would allow countries like France to increase their spending on infrastructure and boost job creation without breaking the fiscal ceiling.
A fiscal union backed by deeper political integration makes a lot of sense. It represents a coherent exit from the current no-man’s-land that is the eurozone. But Macron’s openly pro-European policies are not just a matter of politics or principles. They are also determinants for the success of your economic program.
The main European powers played their part. The French thought that transferring economic authority to Brussels bureaucrats would increase France’s power and national prestige on the global scene. The Germans aligned themselves with the French as the price they had to pay for German unification.
There was an alternative. Europe could have created a social model and allowed it to develop alongside economic integration. This would require not only integrating markets, but also social policies, labor market institutions and fiscal agreements. The diversity of social models in Europe and the difficulties in reaching agreements on common regulations would, of course, put a brake on the pace and scope of integration. Far from representing a disadvantage, this would be a useful corrective to the speed and scope of the integration. We could have ended up with a smaller and more deeply integrated European Union in general. Or we could have found a European Union with as many members as the current one, but much less ambitious in terms of its economic scope.

When the interests of the elite differ from those of the rest of society, the opinions taken into account are almost exclusively theirs. (As Gilens and Page explain, we should consider the preferences of the top 10 percent as representing the opinions of the really rich, say 1 percent, the real elite.) Gilens and Page expose similar results in terms of interest groups organized, which exert a powerful influence on the development of policies. As they point out, when taking into account the positioning of interest groups and the preferences of wealthy Americans, “what the public thinks has very little influence”.
These discouraging results raise an important question: How is it that politicians insensitive to the preferences of the vast majority of their constituents are elected and, more importantly, re-elected, if they obey primarily the orders of the richest individuals?
Part of the explanation could be that most voters do not understand well how the political system works and how it leans in favor of the economic elite. As Gilens and Page emphasize, their evidence does not imply that government policy harms the average citizen. Often ordinary citizens get what they want, by virtue of the fact that their preferences are often similar to those of the elite. This correlation of the preferences of the two groups can make it difficult for voters to discern the bias of politicians.
Much of the policy has to do with the strategy: establish a program, form alliances, make promises (or threats), expand the restrictive menu of options and accumulate or spend political capital. Regardless of whether they aspire to enrich themselves or pursue a broader set of interests, political actors must constantly ask themselves: “What can be done?” As social scientists, we tend to remain installed in our current reality. However, the more we cling to it, the more likely we are to be able to imagine alternative approaches.
The formal parallelism between the behavior in the political sphere and the behavior of consumers in the market is the least useful. Consumers in a market have to make very definite decisions: taking into account prices and budget constraints, how much to consume from each available good. The problem of maximizing profit does not detract from the strategic space. Instead, political agents design their own strategic space. The available instruments are limited only by your political imagination.
The problems of globalization, economic growth and social inclusion require solutions and imaginative ideas. Democracies must carry out an adequate debate that allows them to make decisions consciously and deliberately.

If you want to survive, capitalism must be redesigned to address the multiple challenges of globalization, inequality (both national and global), the rapid technological advances, climate change and democratic accountability that are posed to you today.
We are entering a new phase of the world economy, in which it will be increasingly difficult to achieve global cooperation. To begin with, the world is becoming more multipolar and less “hegemonic”. The United States and Western Europe are no longer able to set standards and expect others to abide by them. They also have to bear a heavy debt and low growth and, therefore, they are concerned about national issues. The constant problems of the eurozone will have a particularly detrimental effect on the global role of Europe.
Aggravating this trend, powerful powers such as China and India attach great value to national sovereignty and non-interference in internal affairs. This means that they are not willing to submit their political autonomy to international standards. It also makes them dubious candidates to invest in global policy regimes, as the United States did in the post-Second World War period.
Therefore, global leadership and cooperation will continue to advance in a limited way. This change in the global context requires a carefully calibrated response in the governance of the world economy.
Different types of policies require different responses on a global scale. At present, too much political capital is wasted in the harmonization of own impoverishment policies (especially in the areas of trade and financial regulation) and not enough is devoted to policies of impoverishment of the neighbor (such as macroeconomic imbalances). The overly ambitious and misguided efforts of global government will not be useful to us at a time when global cooperation will necessarily be scarce.

1. Markets must be deeply embedded in government systems.
2. Democratic government and political communities are largely organized within nation-states and are likely to remain so in the future.
3. There is no “only way” to prosperity.
4. Countries have the right to protect their own regulations and institutions.
5. Countries do not have the right to impose their institutions on others.
6. The purpose of international economic treaties should be to establish the rules for managing the interrelationship between national institutions.
7. In the international economic order, non-democratic countries can not enjoy the same rights and privileges as democracies.

Attacks on the nation-state come both from above and from below. The forces of economic globalization have weakened the instruments of national economic policy and weakened the traditional mechanisms of inclusion through transfers and redistribution. To justify their lack of sensitivity to popular demands, policymakers hide behind the competitive pressures (real or imagined) that emanate from the global economy. And they mention exactly the same pressures when they have to apply unpopular measures such as fiscal austerity. One consequence of this has been the rise of extremist groups in Europe and of populist politicians like Donald Trump.
At the same time, regional separatist movements, such as those of Catalonia and Scotland, question the legitimacy of nation-states as they are currently configured and aspire to their disintegration. Whether they do too much or too little, national governments face a crisis of representation.
In many developing nations, what is missing are the institutions of control.
Effective control institutions do not emerge from one day to the next. It may seem that those who hold power would never want to create such institutions. However, if there is any likelihood of my being deposited from my position and this being occupied by the opposition, the control institutions will protect me tomorrow from the abuses of others, in the same way that they protect others from my abuses today. So a prerequisite for liberal democracies becoming liberals over time is that the prospects for sustained political competition remain clear.
Optimists believe that all these problems will be solved as new technologies and new forms of government make democracies centered in the nation-state as archaic as horse-drawn carriages. The pessimists think that they are insignificant compared to the external challenges that will be faced by non-liberal states such as China and Russia, which play on the global board according to the norms of realpolitik. In any case, if you want to have a future, democracy will have to be revitalized.

While the world continues to be shocked by Brexit, Trump’s victory and other shocks, economists and policy makers are realizing that they have seriously underestimated the political fragility of the current form of globalization. The popular revolt that seems to be under way is taking various forms that overlap: reaffirmation of national identities, demand for more democratic oversight and accountability, rejection of centralist political parties and distrust of elites and experts.
This adverse reaction was to be expected.
In reality, the current world economy is the product of explicit decisions taken by governments in the past. One decision was not to dwell on the General Agreement on Tariffs and Trade and to create the much more ambitious – and intrusive – WTO. In the same way, in the future it will be necessary to decide whether commercial mega-agreements such as the Trans-Pacific Economic Cooperation Agreement or the Transatlantic Trade and Investment Partnership are approved.
Flexibilizing financial regulations and aspiring to full capital mobility across borders was a decision of governments, just as it was keeping those policies intact for the most part despite the presence of a global financial crisis.
The appeal of the populists is that they give voice to the indignation of the excluded. They offer an impressive story, as well as concrete, if wrong, and often dangerous solutions. The politicians of the dominant line will not recover the lost ground until they also provide important solutions that leave room for hope. They should not continue to hide behind technology or unstoppable globalization, and should be willing to act boldly and undertake large-scale reforms on how to manage the national and global economy.
If one of the lessons of history is the danger that globalization is out of control, another is the malleability of capitalism. What ended up providing a new inducement to market-oriented societies and gave rise to the post-war era of prosperity was the New Deal, the Welfare State and controlled globalization (under the Bretton Woods regime). It was not putting patches and making small modifications that caused those achievements, but a radical institutional engineering. It is very possible that without bolder and energetic ideas we will see that the positive things generated by the current consensus -especially a democratic and liberal order- are swept away by the negative reaction provoked by their excesses.

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