En La Ciudad Líquida — Marta Rebón / In The Liquid City by Marta Rebón (spanish book edition)

De la mano de una traductora, magníficas descripciones de la geografía rusa, pero también de la africana o americana. Tras leerlo dan ganas de leer a Chukovskaia, Pasternak y por supuesto Dostoievski. El libro te envuelve en anécdotas de escritores eslavos, datos curiosos y paisajes urbanos. Muy recomendable. Curiosa la mezcla del mundo eslavo y el norte de África.

Los enemigos de la inmersión son los ruidos, las llamadas y los estímulos externos que te expulsan violentamente de ese estado de ingravidez. En la ascensión vertiginosa se produce una brusca descompresión. El traductor es un escafandrista, un hombre rana que, pertrechado de diccionarios a modo de linterna y de fusil submarino para alumbrar y cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras, perdido en remolinos de frases o sumido en un pozo de dudas. Lleva zapatos con suelas de plomo y un cinturón de lastre para no asomar fácilmente al exterior. Poco a poco va adquiriendo esa intuición.
Si bien traducir es el arte de poner en práctica la empatía, también lo es de la impotencia. Lo sabía de primera mano Lidia Chukóvskaia, autora de dos novelas cuya temática gira en torno al dolor de los ciudadanos soviéticos que tuvieron que afrontar la desaparición de sus seres queridos, represaliados por el poder. También creó una colosal obra diarística sobre Anna Ajmátova en la que ofreció un convincente retrato de la poeta a partir de los frecuentes encuentros que mantuvieron a lo largo de sus veintiocho años de amistad.

El amor a Pasternak por su don para la felicidad y por decirnos que el fin de la creación es el don de uno mismo y que no vale gran cosa querer ser una leyenda.
El tren es el medio de transporte más literario de Rusia, atraviesa con asombrosa frecuencia novelas y poemas. En esa misma estación corrió de boca en boca la muerte de Pasternak. Aunque oficialmente no se dio información del lugar ni de la hora en que se celebrarían sus exequias, en los vagones de los trenes de cercanías, en las taquillas y por las calles se fijaron carteles manuscritos: «Camaradas, uno de los grandes poetas de nuestra época, Borís Leonídovich Pasternak, ha muerto. El entierro tendrá lugar hoy, 2 de junio, a las tres de la tarde en Peredélkino». Qué bello funeral, exclamó Ajmátova, cuando le explicaron cómo había sido el viaje del poeta a su última morada, el cementerio de Peredélkino. Los que asistieron en masa al entierro eran conscientes de participar en el último acto de misterio que fue la vida del poeta. Su concurrida despedida fue el colofón a una vida lograda, el final de un hombre de letras con un gran don para la alegría.
Los árboles, la nieve, los bosques o los atardeceres son personajes igual de importantes en su obra que los de carne y hueso. De ese país inmenso e incansable que muta incesantemente, de su querida Rusia, se negó a emigrar dos años antes de morir, pese al brutal escarnio al que fue sometido a raíz de la concesión del Nobel, que se vio obligado a rechazar. No es de extrañar que, para hablar del amor, su mirada también se dirigiese a la naturaleza.

Las pasiones literarias se rigen por fuerzas gravitatorias misteriosas. Algunas son tan potentes y su atracción es tan grande como las que ejercen los agujeros negros, esas regiones del espacio-tiempo de las cuales ni siquiera escapa la luz. Schopenhauer clasificó a los escritores comparándolos con cuerpos celestes: estrellas fugaces, astros errantes y planetas. Los primeros son un deleite momentáneo, atraen nuestra atención el tiempo que dura un fogonazo. Los segundos brillan con intensidad, pero solo para sus contemporáneos o compañeros de órbita, y por un tiempo limitado. Por último, invariables en el firmamento, están los planetas. No pertenecen a una sola galaxia o sistema, sino al universo entero.
¿Por qué sentimos la necesidad de pasear por las mismas calles que recorrieron los artistas que admiramos, sentarnos a su mesa, mirar por las ventanas de sus escritorios, tomar un café en el local que frecuentaron y entrar en las habitaciones donde los embargó la felicidad más inmensa o una tristeza desconsolada?.
En La señora Dalloway hay varios elementos muy presentes en Dostoievski y la literatura rusa: la culpa, la locura o el suicidio. En la novela woolfiana encontramos monólogos interiores, contracción y dilatación del tiempo y la irrupción de la ciudad moderna como un personaje más, recursos también presentes en la narrativa del autor eslavo. En Desesperación Nabokov parodió diálogos, escenas y personajes de quien calificaba de «nuestro experto nacional en malarias del alma y aberraciones del amor propio humano». El creador de Lolita detestaba el moralismo de Dostoievski, que chocaba contra su ética liberal. En un momento dado arremete así contra lo que él llama «bazofia dostoievskiana».

La Rusia europea ha mantenido una relación de amor-miedo con Siberia, esa zona que ocupa las tres cuartas partes del país eslavo y donde la naturaleza impone su ley. Ha sido el sumidero por donde se arrojaba al olvido a los que incomodaban al poder. Pero también es un territorio virgen, lejos del escrutinio de Moscú. «Aquí hay un mundo aparte, que no se asemeja a nada… Una tierra bendita», escribió Dostoievski en Apuntes de la casa muerta después de cuatro años de trabajos forzados en Siberia. En un libro precisamente titulado Un mundo aparte por ese pasaje de Dostoievski, el escritor y crítico polaco Gustaw Herling narró sus vivencias como recluso en un campo cerca de Arjánguelsk entre 1940 y 1942. ¿Su delito? Intentar cruzar la frontera lituana y tener un apellido que, transcrito al ruso, se parecía al de un mariscal alemán.

Los libros, en circunstancias excepcionales, pueden convertirse en un oasis, cuando el desierto es un estado de excepción impuesto por las energías desenfrenadas de la historia.
En 1974 se hizo oficial la expulsión de Lidia Chukóvskaia de la Unión de Escritores Soviéticos. En su última intervención dijo: «¿Estaré yo en un futuro? Cuando cometéis estos actos siempre olvidáis, y lo seguís haciendo, que solo tenéis el presente y parte del pasado en vuestras manos. Hay otra entidad responsable del pasado y del futuro: la historia de la literatura. No vosotros, sino la historia de la literatura decidirá quién es escritor y quién un usurpador. El discurso se os escapa».

Género espinoso, el retrato es un combate de subjetividades, la del retratado y la del retratista. Este último, pincelada a pincelada, juzga a su modelo. Cada uno quiere imponer su mirada, más aún si ambos son artistas. La maestría del pintor hace que su veredicto sea implacable. En la cara se manifiestan los signos de la individualidad, las expresiones llevan el alma adherida a los pliegues del rostro. La fotografía también nos permite asomarnos al espejo del alma. No obstante, el ritmo pausado de la pintura cuya imagen final es, en cierto modo, el resultado de un larguísimo tiempo de exposición, concentra un espectro de matices que se extiende más allá del instante fotográfico. Es inútil preguntarnos qué pensaba Chéjov en ese instante, pues cada trazo del pincel es una fracción de tiempo sumada a las precedentes.

*Las ciudades líquidas son aquellas cuyos contornos se reflejan en las aguas de un río o de un mar. Para la autora, son también una metáfora del espacio interior en que uno se sumerge cuando, en estado de suspensión, se lee, se traduce o se escribe. Pero lo que hay dentro de este libro no se puede explicar.

From the hand of a translator, magnificent descriptions of Russian geography, but also of African or American. After reading it, they want to read Chukovskaia, Pasternak and of course Dostoevsky. The book envelops you in anecdotes of Slavic writers, curious facts and urban landscapes. Highly recommended Curious the mixture of the Slavic world and North Africa.

The enemies of immersion are the noises, the calls and the external stimuli that violently expel you from this state of weightlessness. In the vertiginous ascent a sudden decompression takes place. The translator is a scuba diver, a frogman who, armed with dictionaries like a lantern and underwater rifle to light and hunt words, works in the bowels of a sea of ​​letters, lost in swirling phrases or plunged into a well of doubt . Wear shoes with lead soles and a ballast belt so it does not easily pop out. Little by little, he acquires that intuition.
While translating is the art of putting empathy into practice, so too is impotence. Lidia Chukóvskaia, author of two novels whose theme revolves around the pain of the Soviet citizens who had to face the disappearance of their loved ones, repressed by power, knew it first-hand. He also created a colossal work on Anna Akhmatova in which he offered a convincing portrait of the poet from the frequent meetings they had during their twenty-eight years of friendship.

The love of Pasternak for his gift for happiness and for telling us that the end of creation is the gift of oneself and that it is not worth much to want to be a legend.
The train is the most literary means of transport in Russia, it crosses novels and poems with amazing frequency. In the same station the death of Pasternak ran from mouth to mouth. Although officially no information was given on the place or time of his funeral, on the wagons of the commuter trains, at the ticket offices and in the streets, handwritten posters were posted: “Comrades, one of the great poets of our epoch, Boris Leonidovich Pasternak, has died. The funeral will take place today, June 2, at three in the afternoon in Peredélkino ». What a beautiful funeral, Akhmatova exclaimed, when they explained how the poet’s trip had been to his final resting place, Peredélkino’s cemetery. Those who attended the funeral en masse were aware of participating in the last act of mystery that was the life of the poet. His well-attended farewell was the culmination of a successful life, the end of a man of letters with a great gift for joy.
Trees, snow, forests or sunsets are just as important in their work as flesh and blood. From that immense and tireless country that mutates incessantly, from his beloved Russia, he refused to emigrate two years before dying, despite the brutal derision to which he was subjected following the award of the Nobel Prize, which he was forced to reject. No wonder that, to talk about love, his eyes also turned to nature.

Literary passions are governed by mysterious gravitational forces. Some are so powerful and their attraction is as great as those exerted by black holes, those regions of space-time from which even light escapes. Schopenhauer classified the writers by comparing them with celestial bodies: shooting stars, wandering stars and planets. The first are a momentary delight, attract our attention the time it lasts a flash. The seconds shine with intensity, but only for their contemporaries or companions of orbit, and for a limited time. Finally, invariable in the firmament, are the planets. They do not belong to a single galaxy or system, but to the entire universe.
Why do we feel the need to walk through the same streets that the artists we admired walked through, sitting at their table, looking through the windows of their desks, having a coffee in the place they frequented and entering the rooms where the happiness seized them? more immense or a disconsolate sadness ?.
In Mrs. Dalloway there are several elements very present in Dostoevsky and Russian literature: guilt, madness or suicide. In the Woolfian novel we find interior monologues, contraction and dilation of time and the irruption of the modern city as a character, resources also present in the narrative of the Slavic author. In Despair Nabokov parodied dialogues, scenes and characters of whom he described as “our national expert in malarias of the soul and aberrations of human self-love”. The creator of Lolita detested Dostoevsky’s moralism, which clashed with his liberal ethics. At a given moment, he lashes out against what he calls “swill dostoievskiana”.

European Russia has maintained a love-fear relationship with Siberia, that area that occupies three quarters of the Slavic country and where nature imposes its law. It has been the sinkhole where those who bothered to power were thrown into oblivion. But it is also a virgin territory, far from the scrutiny of Moscow. “Here there is a world apart, which does not resemble anything … A blessed land,” Dostoevsky wrote in Apuntes de la casa muerta after four years of forced labor in Siberia. In a book precisely entitled A world apart from that passage by Dostoevsky, the Polish writer and critic Gustaw Herling narrated his experiences as a prisoner in a camp near Arjánguelsk between 1940 and 1942. His crime? Try to cross the Lithuanian border and have a surname that, transcribed into Russian, resembled that of a German marshal.

Books, in exceptional circumstances, can become an oasis, when the desert is a state of exception imposed by the unbridled energies of history.
In 1974 the expulsion of Lidia Chukóvskaia from the Union of Soviet Writers became official. In his last intervention he said: «Will I be in the future? When you commit these acts you always forget, and you keep doing it, that you only have the present and part of the past in your hands. There is another entity responsible for the past and the future: the history of literature. Not you, but the history of literature will decide who is a writer and who is a usurper. The speech escapes you ».

A thorny genre, the portrait is a combat of subjectivities, that of the portrayed and that of the portraitist. The latter, brushstroke with brushstroke, judges his model. Everyone wants to impose their gaze, especially if both are artists. The mastery of the painter makes his verdict implacable. On the face the signs of individuality are manifested, the expressions carry the soul adhered to the folds of the face. Photography also allows us to peer into the mirror of the soul. However, the paused rhythm of the painting whose final image is, in a certain way, the result of a very long exposure time, concentrates a spectrum of nuances that extends beyond the photographic moment. It is useless to ask ourselves what Chekhov was thinking at that moment, because each stroke of the brush is a fraction of time added to the previous ones.

*The liquid cities are those whose contours are reflected in the waters of a river or a sea. For the author, they are also a metaphor of the inner space in which one dives when, in a state of suspension, it is read, translated or written. But what’s inside this book can’t be explained.

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