En El Corredor De La Muerte — Nacho Carretero / In The Corridor Of Death by Nacho Carretero (spanish book edition)

Me parece un breve libro interesante después de la obra “Fariña” comentada en mi blog.
Nacho Carretero deja claro desde el principio, en la página 11, cómo ha afrontado este trabajo periodístico. Es el “mero narrador“ de lo que relatan los protagonistas. Lo que cuentan. Lo que dicen. “No hay adornos“. Y se sincera respecto al punto que asume cuando habla, antes de arrancar, de una historia injusta, de unos personajes “luchadores“ y de enorme corazón. Este libro es el relato de la historia de Pablo Ibar, un español condenado a muerte en los Estados Unidos, acusado del asesinato de tres personas, después de un juicio plagado de errores de la defensa, de falta de pruebas, de acusaciones no demostradas. Las grietas en la investigación se agrandan mientras, bien dosificadas, se cuenta el papel de los policías (que no buscan culpables, sino una confesión), la contaminación de pruebas y ruedas de reconocimiento, la falta de huellas, indicios, ADN. Es una historia real que parece sacada de la trama de un thriller: la enfermedad de la madre, el abogado ineficaz, el varapalo después de la esperanza, los instantes que podrían haberlo cambiado todo (como la escena del bidón de gasolina de la página 51), los años en el corredor de la muerte. Todo ello, con ese lenguaje sencillo anunciado al principio del libro, pero con un pulso enorme para plantear pruebas y situaciones, para presentar personajes y escenas, con momentos enormes, como el pasaje de la llamada para saber si revisarían el caso. Me gusta el capítulo donde se da voz al padre, el hermano, el abogado actual. Aunque creo que el libro habría ganado mucho si se hubiera conseguido también el testimonio de agentes, abogados, jueces (el otro lado)…

Los primeros en llegar al macabro escenario son los detectives Paul Manzella y Craig Scarlett, de la Policía de Miramar, un cuerpo policial reducido y sin demasiados medios. Lo que se encuentran no es habitual en esa zona: cada cuerpo tiene dos disparos —uno en la espalda y otro en la cabeza—, están llenos de golpes, con la ropa rota y atados de pies y manos. Lo califican de agonía.
En el registro de la vivienda hallan un reguero de pistas: sangre, huellas de pisadas, huellas dactilares, restos de cabellos y la camiseta que el asaltante se había quitado para secarse el sudor. Se trata de una camiseta con publicidad de la compañía eléctrica en la que trabajaba Cristina, la madre de Pablo Ibar.
En comisaría congelan el momento en el que uno de los sospechosos se quita la camiseta de la cara. El retrato robot resultante es en blanco y negro y borroso. No se distinguen bien los rasgos, menos aún cuando deciden ampliar la imagen para convertirla en una fotografía que distribuyen por todas las comisarías y medios de comunicación de Florida. El rostro mira hacia abajo, está serio. Lleva el pelo corto y bigote. Se busca a este tipo. Un tipo increíblemente parecido a Pablo Ibar.

Una semana después de la detención y la acusación, los detectives Manzella y Scarlett recibieron en comisaría al único vecino que aseguró haber visto algo aquella mañana. Gay Foy afirma que, parado en un semáforo, distinguió a dos jóvenes que le parecieron latinos en el Mercedes negro de Casimir Sucharski.
Foy es claro desde el principio: solo pudo verlos unos diez segundos y a través del retrovisor. Añade, además, que el cristal de su coche es tintado. Aun así, los detectives deciden someterlo a una identificación para ver si es capaz de reconocer algún rostro. Una identificación repleta de borrones.
Manzella y Scarlett le mostraron al señor Foy seis fotografías. Una de ellas era la de Pablo. La primera respuesta de Foy fue que no reconocía a nadie. Los agentes le dijeron entonces que debía señalar a una persona, que no importa cuál fuera, pero que tenía que escoger una. Algo, como mínimo, poco habitual. Foy señaló un retrato que no era el de Pablo Ibar, así que los detectives llevaron a cabo su segunda irregularidad: le preguntaron a Foy si estaba seguro y le animaron a que volviese a señalar un retrato.
Por si fuera poco, días después, llegaron los resultados del laboratorio: el ADN hallado en la sangre y el pelo de la escena no se correspondía con el de Pablo. Tampoco el proveniente del sudor de la camiseta que rodeaba el rostro del asaltante. De las más de cien huellas dactilares encontradas, ninguna casaba con la de Pablo. La huella de zapato descubierta en un charco de sangre tampoco encajaba con su pie ni su calzado. Nada de lo anterior pertenecía tampoco a Seth. El caso se quedaba sin pruebas físicas.
No pareció importar. Los investigadores contaban con el testimonio de Gary Foy y con el vídeo. El 25 de agosto de 1994 Pablo Ibar, junto con Seth Peñalver, fue acusado de asesinato por el estado de Florida. Uno de los treinta y un estados de Estados Unidos que lo castiga con la pena de muerte.

(Michael Ibar) Si alguien me pregunta por qué estoy convencido de la inocencia de Pablo, le respondo: primero, porque conozco a mi hermano. Lo conozco casi tan bien como me conozco a mí mismo. Crecimos en la misma casa, comimos del mismo plato. Sé de lo que es capaz y sé que tiene un buen corazón. Y sé que es incapaz de hacer algo como lo que allí ocurrió. Segundo, he hablado muchas horas con él, todos estos años. Me ha explicado su vida. Conozco cada paso, cada hecho. Tercero, viendo con perspectiva cómo la policía le detuvo, cómo se manejó el caso y qué juicio tuvo, es imposible que nadie esté seguro de su culpabilidad.
No puedo hablar por todo el mundo, pero la gente, generalmente, no se da cuenta de lo que es pasar una noche en una cárcel. Una sola noche. No se hace una idea. Es algo terrible, pierdes tu dignidad, te despoja de todo… es una humillación. Es una de las peores cosas que te pueden suceder. Cándido lo sabe. Sabe que su hijo está pasando por eso.

Desde junio del año 2000 en el que Pablo fue condenado, hasta febrero de 2016 cuando fue trasladado, Tanya visitó el corredor de la muerte unos 818 sábados. En cada uno de ellos, condujo unas cinco horas de ida desde su casa y otras cinco de vuelta. En total, Tanya pasó unas 8.018 horas al volante. Es decir, 334 días. Casi un año conduciendo para ver a Pablo.
Del tiempo al espacio: Tanya completaba cada sábado unos 870 kilómetros. La suma de lo que recorrió durante esos 16 años es de 700.000 kilómetros. Tanya dio 18 vueltas al mundo por Pablo.

El traslado a Broward tuvo lugar el 8 de junio. Las condiciones dieron un enorme paso atrás. Sí, el reloj de arena de la ejecución ya no estaba sobre la cabeza de Pablo, pero el día a día se transformó en algo mucho más duro. El trato era peor, no estaban permitidas las visitas y las instalaciones se hallaban muy deterioradas.
El problema —uno de ellos— de las prisiones estadounidenses es que son concebidas como lugares únicamente de castigo. A diferencia del espíritu que, teóricamente, sirve de base para el sistema penitenciario europeo, las cárceles en Estados Unidos son lugares en los que la reinserción no es un objetivo. Por ello, en las prisiones comunes los regímenes de visitas son muy reducidos y no existen los permisos penitenciarios. La idea es que el preso cumpla un castigo ejemplar que le sirva como escarmiento.
Eso sin contar con que Pablo tenía que volver a ganarse el respeto de nuevos presos, gente que no conocía, después de haber compartido tantos años con reclusos que ya conocía de memoria.

Dice Pablo que lo primero que hará cuando salga libre será visitar la tumba de su madre. Después se quiere ir a vivir a España, con su familia. Quiere alejarse de un país en el que no confía, de un sistema al que teme.
Al juicio se le espera sin respirar. Una especie de trauma, de consecuencia tras tanto dolor inmoviliza a Tanya, a Michael, a Cándido, a Paula, a Alvin, a George, a las hermanas de Tanya y a los hermanos de Pablo, a Waxman, al propio Pablo. Tienen terror a más dolor. No poseen capacidad para sufrir más. Así que nadie hace movimientos bruscos, solo aguardan, concentrados, el día más importante de sus vidas.

Yo creo… Tengo dudas, pero creo… No sé cuánto voy a vivir, pero quiero demostrar mi inocencia y si un día me muero por cualquier motivo o me ejecutan, quiero que alguien siga mi caso y demuestre mi inocencia. Lo que quiero es limpiar mi nombre. Yo no soy una mala persona, yo no maté a nadie. Eso es lo que yo quiero».

To my way of thinking it’s an interesting short book after the work “Fariña” commented on my blog.
Nacho Carretero makes clear from the beginning, on page 11, how he has faced this journalistic work. He is the “mere narrator” of what the protagonists relate. What they count. What they say. “No ornaments.” And he is sincere about the point he assumes when he speaks, before starting, of an unjust story, of characters “fighters” and huge hearts. This book is the story of the story of Pablo Ibar, a Spaniard sentenced to death in the United States, accused of the murder of three people, after a trial plagued by errors of the defense, lack of evidence, unproven accusations. The cracks in the investigation are enlarged while, well dosed, the role of the police (not guilty, but a confession) is counted, the contamination of tests and recognition wheels, the lack of fingerprints, signs, DNA. It is a true story that seems to be taken from the plot of a thriller: the illness of the mother, the ineffective lawyer, the beating after the hope, the moments that could have changed everything (like the gasoline drum scene on page 51). ), the years in death row. All this, with that simple language announced at the beginning of the book, but with a huge pulse to pose tests and situations, to present characters and scenes, with huge moments, such as the passage of the call to know if they would review the case. I like the chapter where the father, the brother, the current lawyer are given a voice. Although I think the book would have gained a lot if it had also obtained the testimony of agents, lawyers, judges (the other side) …

The first to arrive at the macabre scene are the detectives Paul Manzella and Craig Scarlett, of the Miramar Police, a reduced police force and without too many means. What they find is not usual in that area: each body has two shots -one in the back and one in the head-, they are full of blows, with the clothes broken and tied of feet and hands. They call it agony.
In the registry of the house they find a trail of tracks: blood, traces of footprints, fingerprints, remains of hair and the shirt that the assailant had taken off to dry the sweat. It is a T-shirt with advertising of the electricity company where Cristina worked, the mother of Pablo Ibar.
In police station they freeze the moment in which one of the suspects removes the shirt from his face. The resulting robot portrait is black and white and blurry. The features are not well distinguished, even less when they decide to enlarge the image to turn it into a photograph distributed throughout Florida’s police stations and media. The face looks down, is serious. He has short hair and a mustache. You look for this guy. A guy incredibly similar to Pablo Ibar.

A week after the arrest and accusation, Detectives Manzella and Scarlett received the only neighbor in the police station who claimed to have seen something that morning. Gay Foy says that, standing at a traffic light, he spotted two young men who looked like Latinos in Casimir Sucharski’s black Mercedes.
Foy is clear from the beginning: he could only see them about ten seconds and through the rear-view mirror. Add, also, that the glass of your car is tinted. Even so, the detectives decide to subject him to an identification to see if he is able to recognize a face. An identification full of blots.
Manzella and Scarlett showed Mr. Foy six photographs. One of them was Pablo’s. Foy’s first response was that he did not recognize anyone. The agents then told him that he should point to a person, that it did not matter what it was, but that he had to choose one. Something, at least, unusual. Foy pointed to a portrait that was not Pablo Ibar’s, so the detectives carried out their second irregularity: they asked Foy if he was sure and they encouraged him to point out a portrait again.
As if that were not enough, days later, the laboratory results arrived: the DNA found in the blood and the hair on the scene did not correspond to Pablo’s. Nor was the sweat coming from the shirt that surrounded the assailant’s face. Of the more than one hundred fingerprints found, none married Pablo’s. The footprint of a shoe discovered in a pool of blood also did not fit with his foot or his shoes. None of the above belonged to Seth either. The case ran out of physical evidence.
It did not seem to matter. The investigators counted on the testimony of Gary Foy and with the video. On August 25, 1994, Pablo Ibar, together with Seth Peñalver, was charged with murder by the state of Florida. One of the thirty-one states of the United States that punishes him with the death penalty.

(Michael Ibar) If someone asks me why I am convinced of Pablo’s innocence, I answer him: first, because I know my brother. I know him almost as well as I know myself. We grew up in the same house, we ate from the same dish. I know what he is capable of and I know he has a good heart. And I know that he is incapable of doing something like what happened there. Second, I have talked many hours with him, all these years. He has explained his life to me. I know every step, every fact. Third, seeing with perspective how the police arrested him, how the case was handled and what trial he had, it is impossible for anyone to be sure of his guilt.
I can not speak for everyone, but people usually do not realize what it is like to spend a night in a prison. One night. You do not have an idea It’s a terrible thing, you lose your dignity, it strips you of everything … it’s a humiliation. It is one of the worst things that can happen to you. Candide knows it. He knows that his son is going through that.

Since June of the year 2000 in which Pablo was convicted, until February 2016 when he was transferred, Tanya visited the death row about 818 Saturdays. In each of them, he drove about five hours from home and five hours back. In total, Tanya spent 8,018 hours at the wheel. That is, 334 days. Almost a year driving to see Pablo.
From time to space: Tanya completed every Saturday about 870 kilometers. The sum of what he traveled during those 16 years is 700,000 kilometers. Tanya went around the world 18 times for Pablo.

The transfer to Broward took place on June 8. The conditions took a huge step back. Yes, the hourglass of the execution was no longer on Pablo’s head, but the day to day was transformed into something much harder. The treatment was worse, visits were not allowed and the facilities were badly damaged.
The problem – one of them – of the American prisons is that they are conceived as places of punishment only. Unlike the spirit that, theoretically, serves as the basis for the European prison system, prisons in the United States are places where reintegration is not an objective. For this reason, in the common prisons the visitation schemes are very small and there are no prison permits. The idea is that the prisoner meets an exemplary punishment that serves as a warning.
Not to mention that Pablo had to win back the respect of new prisoners, people he did not know, after having shared so many years with inmates that he already knew by heart.

Pablo says that the first thing he will do when he gets out will be to visit his mother’s grave. Then he wants to go live in Spain, with his family. He wants to get away from a country he does not trust, from a system he fears.
The trial is waiting without breathing. A kind of trauma, after so much pain, immobilizes Tanya, Michael, Candide, Paula, Alvin, George, Tanya’s sisters and Pablo’s brothers, Waxman, Pablo himself. They are terror of more pain. They do not have the capacity to suffer more. So no one makes sudden movements, just wait, concentrated, the most important day of their lives.

I think … I have doubts, but I think … I do not know how much I am going to live, but I want to prove my innocence and if one day I die for any reason or they execute me, I want someone to follow my case and prove my innocence. What I want is to clear my name. I’m not a bad person, I did not kill anyone. That is what I want”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.