Operaciones Especiales… En La Edad De La Caballería — Yuval Noah Harari / Special Operations in the Age of Chivalry, 1100-1550 by Yuval Noah Harari

Este libro sobre “operaciones especiales” en la era de la caballería es bastante bueno y, a veces, fascinante. Aunque el término utilizado puede parecer anacrónico, se refiere a ataques sorpresa, redadas, secuestros y asesinatos, agrupados más generalmente bajo la expresión guerra no convencional y encubierta.
El libro esta dividido en dos partes. El primero es una descripción analítica de las operaciones especiales entre 1100 y 1550, por lo que abarca parte de la Edad Media y el Renacimiento temprano. Su objetivo es describir las principales características de las “operaciones especiales” durante el período y también presenta algunas de las características de la guerra en la era de la caballería. La segunda parte está compuesta por seis capítulos, cada uno de los cuales presenta una operación. El libro está dirigido a “lectores no profesionales” con poco conocimiento previo de la guerra durante el período considerado. Esto explica por qué las notas se enumeran al final de cada capítulo (¡algo que yo, al menos, encontré mucho más práctico que tenerlas todas en la parte posterior!) Y por qué la discusión de las fuentes se mantiene al mínimo.
Sin embargo, tuve algunas reservas leves. Una es la comparación del autor entre “fuerzas especiales contemporáneas” y las del período que él revisa. El contraste que se dibuja entre las fuerzas altamente entrenadas y especializadas y los soldados en gran parte no profesionales de la Edad Media y el Renacimiento son interesantes, pero a veces se sienten en cierta medida inverosímiles. Aparte de los mercenarios, que incluso en la era de la caballería eran más numerosos que los reconocidos tradicionalmente, enumerar a los caballeros como soldados no profesionales puede ser un poco simplista. El paralelismo entre los objetivos durante los dos períodos: en ambos casos, la captura de infraestructuras (fortificaciones), la destrucción de infraestructuras para negárselas al enemigo, los actos contra personas (asesinatos o secuestros) y los símbolos también se pueden considerar algo superficiales. Además, un estudio de “operaciones especiales” durante la antigüedad también habría llevado a identificar un conjunto muy similar de objetivos.
Algunas de las declaraciones del autor pueden ser un poco radicales, a veces. Por ejemplo, Richard the Lion-Hart se presenta como “ganando la guerra” contra el rey francés en 1199 cuando fue asesinado en Châlus. La realidad parece haber sido más complicada, con Richard agotándose al tener que sofocar una rebelión tras otra a través de sus enormes dominios en Francia, con cada rebelión respaldada por Philippe Auguste. Si bien Richard logró derrotar a su enemigo varias veces, esta guerra de desgaste ciertamente estaba tomando una herramienta pesada, por lo que la afirmación de que estaba ganando probablemente tendría que atenuarse un poco y también es discutible.
Me sorprendió un poco la selección de episodios, en parte porque esperaba que se extendieran durante todo el período y en parte porque también esperaba que fueran geográficamente más diversos. No se ha seleccionado ninguna operación especial para el siglo trece y, de los seis, los tres primeros tienen lugar en Tierra Santa entre los siglos XI y XII, mientras que los otros tres tienen lugar en Francia durante los siglos XIV, XV y XVI, respectivamente. . Esto no es, sin embargo, una crítica de ninguna manera: las narraciones son bastante buenas, entretenidas, animadas y agradables.
Su libro ciertamente cumple con sus objetivos y vale cuatro estrellas sólidas, pero no son cinco estrellas, en mi opinión. Muy recomendado.

CONTENIDO:
– Lista de Ilustraciones
– Prefacio
– Agradecimientos
Capítulo 1: Operaciones especiales, estrategia y política en la era de la caballería – Una visión general analítica
– La definición de operaciones especiales del interior
– Operaciones Especiales en Guerra Contemporánea, Cultura y Becas.
– Los objetivos de las operaciones especiales del interior en la caballería de la edad
– ¿Fuerzas especiales?
– Consideraciones historiográficas
Capítulo 2: La puerta de entrada a Oriente Medio – Antioch 1098
Capítulo 3: Salvando al rey Balduino – Khartpert 1123
Capítulo 4: El asesinato del rey Conrad – Tiro 1192
Capítulo 5: Para un saco lleno de Ecus de oro – Calais 1350
Capítulo 6: Príncipes en la mira: el ascenso y la caída de Valois Borgoña, 1407-83
Capítulo 7: El Molino de Auriol – Auriol 1536
Capítulo 8: Conclusión
– Trabajos citados
– Índice

Una «operación especial» es una acción militar limitada a un área pequeña, ejecutada en un intervalo de tiempo relativamente breve y llevada a cabo por una fuerza reducida, pero que es capaz de obtener resultados estratégicos o políticos desproporcionados respecto a los recursos invertidos en ella. Realizar operaciones especiales casi siempre implica utilizar métodos de lucha no convencionales y encubiertos. Son tales métodos los que permiten que una pequeña inversión en recursos produzca un impacto estratégico o político desmesurado.
Las operaciones especiales como el golpe en el castillo de Nottingham son distintas de los actos de espionaje y de guerra psicológica —que también pueden producir significativos resultados estratégicos y políticos con recursos muy limitados—, ya que implican el uso de la fuerza. La diferencia entre operaciones especiales y acciones regulares de combate es más complicada. Durante su fase de ejecución, las operaciones especiales son a menudo similares a las acciones de combate, ya que recurren al empleo de la sorpresa y la añagaza. También lo son en su impacto, ya que las intervenciones regulares pueden a veces tener un resultado estratégico y político desproporcionado respecto a los recursos invertidos en las mismas.
La diferencia entre operaciones de combate especiales y regulares, en consecuencia, no reside ni en su ejecución ni en su impacto, sino en la existencia de un plan preconcebido de impacto y ejecución.
Tal definición es válida solo para las operaciones especiales terrestres. Las intervenciones navales se excluyen de este libro porque eran muy diferentes tanto a nivel estratégico como operativo. En particular, en la guerra naval a larga distancia, la anterior definición no puede distinguir con claridad las operaciones especiales de las regulares.

La tecnologización de la guerra moderna ha llevado a la adopción de sistemas de armamento cada vez más sofisticados, cuyo coste e impacto militar han aumentado de forma dramática. La producción y el mantenimiento de uno solo de ellos, por ejemplo, un misil nuclear o un gran buque de guerra, puede consumir un porcentaje significativo de los recursos de un país, en tanto que su implementación o su destrucción son capaces de alterar el balance de poder político y estratégico. Dichos sistemas armamentísticos se han mostrado en ocasiones vulnerables a las operaciones especiales, lo que podría, en consecuencia, causar un impacto importante con medios limitados. De hecho, una parte significativa de las operaciones especiales que se llevaron a cabo durante la Segunda Guerra del Golfo (1990-1991) buscaba localizar y neutralizar un puñado de lanzamisiles móviles en el desierto occidental iraquí.

En las últimas décadas, algunas de las operaciones especiales de más éxito se han dirigido contra personas y objetos de un valor más simbólico que material. Por ejemplo, la masacre de la delegación israelí en los Juegos Olímpicos de Múnich (1972) y el ataque del 11-S (2001) fueron agresiones extremadamente eficaces contra símbolos nacionales9. Aunque los efectos materiales de tales ataques resultasen desdeñables y no se pueda decir que dañasen el poder militar israelí o estadounidense, los efectos simbólicos resultaron inmensos. En ambos casos, el éxito de las acciones supuso un gran estímulo para la moral de los atacantes y provocó un shock equivalente en los dos países. El impacto se puede medir por el hecho de que tanto Israel como Estados Unidos reaccionaron desencadenando contraataques masivos. Los israelíes cambiaron sus prioridades de inteligencia e información, y destinaron más recursos a combatir el terrorismo palestino en Europa. Los estadounidenses proclamaron una guerra global contra el terrorismo que hasta ahora solo ha conseguido invadir dos Estados soberanos y provocar una ola creciente de terrorismo mundial.
Las operaciones dirigidas a la toma y liberación de rehenes y prisioneros de guerra se pueden considerar como acciones cuyos objetivos tienen un significado simbólico, más que un valor material. El rescate de un puñado de civiles secuestrados o de soldados presos puede no tener efectos sobre el equilibro de poder material.

La ejecución de operaciones especiales en la Edad de la Caballería se caracterizó por una tensión no resuelta y siempre presente entre la necesidad práctica de ganar batallas y la cultura del «juego limpio» que aplicaban los caballeros, que sostenían que la guerra no era una continuación de la política, sino más bien una forma de vida, y que esa manera de luchar honorable era más importante que alcanzar la victoria. Esta tensión sancionó el empleo de algunos tipos de misiones (tales como rescatar al señor propio), limitó sobremanera el uso de otras (por ejemplo, los asesinatos) y en general influyó sobre la eficacia de todas ellas. Tales limitaciones tienen su sentido, por supuesto, si se contemplan con una perspectiva más amplia. Dado que la guerra siempre se llevó a cabo al compás de una cultura política determinada, y que los gobernantes extraían su poder.
Aún más populares fueron las operaciones llevadas a cabo por unidades reducidas para rescatar a princesas secuestradas; algo que se convirtió en un puntal del entretenimiento caballeresco. A partir de ahí, tales historias seguirían gozando del aplauso de las gentes, incluso aunque las que versaban sobre el combate regular lo fuesen aún más. Los relatos sobre operaciones especiales caballerescas se perpetuaron hasta llegar por último a los cines modernos, a través de una sucesión ininterrumpida de adaptaciones como los Orlando furioso y Amadis de Gaula del siglo xvi; las obras del xvii de Le Sage, La Calprenède y Madeleine de Scudéry; las adaptaciones del siglo xviii de Courtilz de Sandras y la Bibliothèque Bleue; las de la centuria siguiente de Walter Scott y la literatura juvenil victoriana.

En contraste con esta continuidad cultural entre las operaciones especiales caballerescas y las de nuestros días, la siguiente aproximación demostrará que los objetivos de las que se dieron en la Edad de la Caballería eran a menudo diferentes de los de finales de la Edad Moderna.
Las plazas fuertes eran relevantes no solo por ellas mismas, sino también como núcleos de redes de comunicación, transporte y suministros. Todos los puertos principales y la mayor parte de los puentes importantes estaban dentro de los muros de una ciudad o una fortaleza. De igual forma, las carreteras más transitadas, canales y ríos navegables se dotaron de enclaves que podían controlar de manera efectiva el tráfico, sirviendo además como base para constantes incursiones a corta distancia.
La mayor parte de las operaciones especiales que tenían por objetivo asaltar una fortaleza seguían el mismo patrón. Una fuerza pequeña, formada por una o varias docenas de personas, trataba de apoderarse de parte del perímetro fortificado mediante el escalo, la añagaza o la traición. Un contingente mucho más grande seguía de cerca los pasos de esa avanzadilla, listo para entrar en la fortaleza a través de la sección capturada y derrotar a los defensores en combate regular. Así pues, la operación especial constituía la parte inicial y más crítica de una acción mayor de tipo regular.
Si la operación especial estaba mal planeada o mal ejecutada, tomar un pueblo mediante traición podía terminar en fracaso. Por ejemplo, el 3 de febrero de 1431, la gran ciudad de Ruen, capital de Normandía, fue traicionada a favor de los franceses por un gascón que servía en la guarnición inglesa. Este permitió que un grupo de unos 100 o 120 hombres, que se suponía serían reforzados en breve con otros 500, entrasen en el castillo.
En la Edad de la Caballería existían relativamente pocas instalaciones inflamables que merecieran la pena. No era fácil incendiar poblaciones enteras, y las fortificaciones de piedra no ardían. En cuanto a las infraestructuras económicas, incluso en áreas relativamente industriales como Flandes la fabricación se llevaba a cabo en numerosos pequeños talleres donde los principales activos eran artesanos cualificados y una mano de obra barata, nunca equipos sofisticados y costosos. La producción agrícola era algo todavía más disperso y dependía aún menos de la existencia de instalaciones y equipamientos complejos. En consecuencia, aunque los ejércitos destruían de manera sistemática la infraestructura agrícola e industrial en provincias enteras para tratar de empobrecer al enemigo, era algo que no se lograba mediante operaciones especiales.

Dado que la guerra dependía tanto de la personalidad de los líderes, un ataque con éxito contra el mando enemigo podía, en algunos casos, asegurar una victoria completa sin necesidad de batallas, asedios y campañas. Por ejemplo, en 1127-1128, el asesinato del conde Carlos el Bueno de Flandes desató el conflicto sucesorio entre William Clito y Thierry de Alsacia, ya que ambos pretendían el condado. William derrotó de manera decisiva a Thierry en la batalla de Axspoele (1128).
A pesar de la ausencia de hombres especialmente entrenados, las tropas regulares medievales y renacentistas estaban mejor equipadas para llevar a cabo operaciones especiales de lo que se podría suponer de entrada. Tomemos, por ejemplo, la compañía del señor de Fiennes, a la que se encomendó la incursión de 1463 en Huy, y en cuyas filas sirvió el memorialista Jean de Haynin. Sus integrantes, en su mayoría nobles de la región de Hainault, poseían un completo entrenamiento individual. Los nobles de finales de la Edad Media practicaban equitación y manejaban las armas desde la más tierna infancia. Las salidas de caza, los torneos y otros deportes de caballería perfeccionaban estas habilidades, así como la aptitud física de los individuos.

En Europa corrieron rumores que sobrevaloraron, y mucho, las capacidades de los nizaríes. Los reyes y los cronistas se vieron atenazados por miedos infundados; sin darse cuenta de que los principales enemigos de los nizaríes eran los musulmanes sunitas y no los lejanos y relativamente inofensivos católicos europeos, comenzaron a creer que los fidā’īs se estaban infiltrando en las cortes occidentales y que tenían como objetivo a los monarcas europeos.
Los gobernantes empezaron a acusarse unos a otros de conspirar con el Viejo de la Montaña para asesinar a sus rivales, una acusación que se convertiría en un elemento básico de las guerras propagandísticas en Europa. La secta, en consecuencia, fue temida por los europeos a lo largo del siglo xiii y todavía después, independientemente del reducido número de líderes cristianos que realmente asesinase y de su desinterés general en los asuntos de Occidente. Sus métodos, sin embargo, nunca fueron copiados por las potencias europeas o de Medio Oriente. Lo cierto es que eran demasiado eficaces y amenazaban con deshacer el entramado político.

Una gran cantidad de operaciones de secuestro y asesinato. Algunas de ellas tuvieron bastante éxito, como el secuestro de los duques de Güeldres, que permitió a Carlos de Borgoña apoderarse de su ducado con relativa facilidad. Tal vez muchas más intervenciones de este tipo se llevaron a cabo con acierto, si damos crédito a la historia de que Luis XI, por ejemplo, de verdad envenenó a su hermano Carlos. Después de todo, los envenenamientos de más éxito son los que quedan sin descubrir. Sin embargo, incluso si tenemos en cuenta estos casos sospechosos, los secuestros y atentados más espectaculares que se han tratado en este capítulo terminaron en fracaso. El bastardo de Rubempré fue enviado a Holanda para fortalecer la posición del rey de Francia, pero su misión terminó en una revolución palaciega en Borgoña que derrocó a los Croy profranceses y llevó al poder al antifrancés Carlos.
Mientras que, en la mayoría de las guerras, los príncipes iniciaban hostilidades haciendo que la gente común soportase la mayor parte de las penurias, la «guerra sucia» tenía la ventaja de que sus principales víctimas, tanto en términos físicos como psicológicos, eran los máximos responsables del conflicto. Como Ludwig von Diesbach escribió sobre el fracaso de los liejenses a la hora de matar al duque Carlos: «Resultó desafortunado para muchos buenos caballeros y sirvientes que su vida se salvase, porque más tarde perdieron las suyas por su culpa».

En el desempeño de este último cargo, dirigió una campaña de terror contra los rebeldes hugonotes. Las vetas de crueldad que asomaron en la puerta del molino de Auriol, y que luego se manifestaron en el abominable trato que dispensó a los civiles italianos en Siena (1555), eclosionaron entonces con toda su fuerza. El apuesto oficial de operaciones especiales se convirtió en un tirano brutal en la vejez, mientras dirigía lo que cabría calificar de «campaña de limpieza étnica» contra los hugonotes guisenses. Murió en 1577.

Las operaciones especiales no son un fenómeno moderno. Fueron una parte integral y muy importante del conjunto de herramientas militares y políticas ya en la Edad Media y el Renacimiento. En general, los principales objetivos de la guerra en esas épocas, es decir, los enclaves y los líderes, a menudo eran más vulnerables a este tipo de acciones que a las regulares.
El uso generalizado de estas intervenciones demuestra que la guerra de aquellos tiempos no siempre obedecía a las convenciones del juego limpio caballeresco. Los comandantes solían confiar no solo en astucias y artimañas, sino también en sobornos, traiciones, asesinatos y secuestros. La caballerosidad fue, sin embargo, parte importante de la guerra: todavía tenía un efecto restrictivo sobre el uso de ciertas operaciones especiales, en concreto el asesinato y el secuestro. Por el contrario, la utilidad potencial de ambos, tanto del asesinato como del secuestro, fue tan grande durante la Edad Media y el Renacimiento justamente porque las lealtades políticas aún eran de naturaleza feudal y caballeresca.
Se precisa otra investigación profunda sobre la guerra de asedio medieval y renacentista para determinar la importancia relativa de las operaciones regulares y especiales. A partir de un análisis superficial, podría creerse que fueron mucho más determinantes en la guerra de asedio que la artillería neurobalística, pero hace falta una indagación más exhaustiva para confirmar o refutar tal hipótesis. Si fuese cierto, significaría que los historiadores militares deberían prestar mucha más atención no solo a las operaciones especiales, sino también a la guerra psicológica, que a menudo era la clave para conseguir traidores.
Los métodos y la relevancia de los asesinatos y envenenamientos en la cultura caballeresca merecen estudio en mayor profundidad. Tal estudio podría confirmar o refutar la hipótesis de Franklin L. Ford sobre que el asesinato tenía una importancia comparativamente menor en la cultura militar y política de la Europa altomedieval, y que se hizo
mucho más relevante solo a partir de las Guerras de Religión del siglo xvi. Aunque este libro afirma que el asesinato tuvo gran trascendencia durante toda la Edad Media.

Yo recomiendo todos los libros de este autor:

https://weedjee.wordpress.com/2018/11/25/21-lecciones-para-el-siglo-xxi-yuval-noah-harari-21-lessons-for-the-21st-century-by-yuval-noah-harari/

https://weedjee.wordpress.com/2016/10/11/homo-deus-yuval-noah-harari/

https://weedjee.wordpress.com/2015/04/24/de-animales-a-dioses-breve-historia-de-la-humanidad-yuval-noah-harari/

 

 

This book on “special operations” in the Age of chivalry is rather good and at times fascinating. Although the term used may appear anachronistic, it refers to surprise attacks, raids, abductions and assassinations, more generally grouped under the expression unconventional and covert warfare.
The book is divided into two parts. The first one is an analytical overview of special operations between 1100 and 1550, therefore covering part of the Middle Ages and the early Renaissance. It aims to outline the main characteristics of “special operations” during the period and it also introduces some of the features of war in the age of chivalry. The second part is made up of six chapters, each of which presents one operation. The book is aimed at “non-professional readers” with little prior knowledge of warfare during the period under consideration. This explains why notes are listed at the end of each chapter (something that I, at least, found much handier than having them all at the back!) and why the discussion of sources is kept to a minimum.
I did, however, have some mild reservations. One is the author’s comparison between “contemporary special forces” and those of the period he reviews. The contrast that is drawn between highly trained and specialized forces and largely non-professional soldiers of the Middle Ages and the Renaissance are interesting but feels at times at bit far-fetched. Apart from mercenaries, which even in the age of chivalry were more numerous than traditionally acknowledged, listing knights as non-professional soldiers may be a bit of an over-simplification. The parallel drawn between the targets during the two periods – in both cases capture of infrastructures (fortifications), destruction of infrastructures to deny them to the enemy, acts against people (murders or abductions) and against symbols also could be seen as somewhat superficial. Besides, a study of “special operations” during Antiquity would have also led to identify a very similar set of targets.
Some of the author’s statements may be a bit sweeping, at times. For instance, Richard the Lion-Hart is presented as “winning the war” against the French King in 1199 when he got himself killed at Châlus. The reality seems to have been more complicated, with Richard exhausting himself in having to put down one rebellion after another across his huge domains in France, with each rebellion backed by Philippe Auguste. While Richard did manage to defeat his enemy several times, this war of attrition was certainly taking a heavy tool so that the assertion that he was winning would probably need to be toned down somewhat and is also debatable.
I was a bit surprised by the selection of episodes, partly because I expected them to be spread across the whole period and partly because I also expected them to be geographically more diverse. No special operation has been selected for the thirteenth century and, out of the six, the first three take place in the Holy Land between the 11th and 12th century whereas the three others take place in France during the 14th, 15th and 16th century, respectively. This is not, however, a criticism in any way: the narratives are rather good, entertaining, lively and enjoyable.
His book certainly meets its objectives and is worth a solid four stars, but not quite five stars, in my view. Warmly recommended.

CONTENTS:
– List of Illustrations
– Preface
– Acknowledgments
Chapter 1: Special Operations, Strategy, and Politics in the Age of Chivalry – An Analytical Overview
– The Definition of Inland Special Operations
– Special Operations in Contemporary Warfare, Culture and Scholarship
– The Targets of Inland Special Operations in the Age Chivalry
– Special Forces?
– Historiographical Considerations
Chapter 2: The Gateway to the Middle East – Antioch 1098
Chapter 3: Saving King Baldwin – Khartpert 1123
Chapter 4: The Assassination of King Conrad – Tyre 1192
Chapter 5: For a Sack-full of Gold Ecus – Calais 1350
Chapter 6: Princes in the Cross-Hairs: The Rise and Fall of Valois Burgundy, 1407-83
Chapter 7: The Mill of Auriol – Auriol 1536
Chapter 8: Conclusion
– Works Cited
– Index

A “special operation” is a military action limited to a small area, executed in a relatively short period of time and carried out by a reduced force, but which is capable of obtaining strategic or political results disproportionate to the resources invested in it. . Performing special operations almost always involves using unconventional and covert fighting methods. These are the methods that allow a small investment in resources to produce an excessive strategic or political impact.
Special operations such as the coup at Nottingham Castle are distinct from acts of espionage and psychological warfare – which can also produce significant strategic and political results with very limited resources – as they involve the use of force. The difference between special operations and regular combat actions is more complicated. During their execution phase, special operations are often similar to combat actions, since they resort to the use of surprise and trickery. They are also in their impact, since regular interventions can sometimes have a strategic and political result disproportionate to the resources invested in them.
The difference between special and regular combat operations, therefore, does not reside either in its execution or in its impact, but in the existence of a preconceived plan of impact and execution.
Such a definition is valid only for special terrestrial operations. Naval interventions are excluded from this book because they were very different at both a strategic and operational level. In particular, in long-range naval warfare, the above definition can not clearly distinguish the special operations from the regular ones.

The technologicalization of modern warfare has led to the adoption of increasingly sophisticated weapons systems, whose cost and military impact have increased dramatically. The production and maintenance of just one of them, for example, a nuclear missile or a large warship, can consume a significant percentage of a country’s resources, while its implementation or destruction is capable of altering the balance of political and strategic power. These weapons systems have sometimes been vulnerable to special operations, which could, therefore, have a significant impact with limited means. In fact, a significant part of the special operations that took place during the Second Gulf War (1990-1991) sought to locate and neutralize a handful of mobile missile launchers in the western Iraqi desert.

In recent decades, some of the most successful special operations have been directed against people and objects of more symbolic value than material value. For example, the massacre of the Israeli delegation at the Olympic Games in Munich (1972) and the attack on 9/11 (2001) were extremely effective aggressions against national symbols9. Although the material effects of such attacks were negligible and can not be said to damage Israeli or American military power, the symbolic effects proved immense. In both cases, the success of the actions was a great stimulus to the morale of the attackers and provoked an equivalent shock in the two countries. The impact can be measured by the fact that both Israel and the United States reacted by unleashing massive counterattacks. The Israelis changed their intelligence and information priorities, and allocated more resources to combat Palestinian terrorism in Europe. The Americans proclaimed a global war on terrorism that until now has only managed to invade two sovereign States and provoke a growing wave of global terrorism.
Operations aimed at the taking and release of hostages and prisoners of war can be considered as actions whose objectives have a symbolic meaning, rather than a material value. The rescue of a handful of abducted civilians or imprisoned soldiers may have no effect on the balance of material power.

The execution of special operations in the Age of the Cavalry was characterized by an unresolved tension and always present between the practical need to win battles and the culture of “fair play” applied by the knights, who maintained that the war was not a continuation of politics, but rather a way of life, and that that honorable way of fighting was more important than achieving victory. This tension sanctioned the use of some types of missions (such as rescuing the Lord himself), greatly limited the use of others (for example, murders) and in general influenced the effectiveness of all of them. Such limitations have their meaning, of course, if viewed with a broader perspective. Since the war was always carried out to the beat of a certain political culture, and that the rulers extracted their power.
Even more popular were the operations carried out by small units to rescue kidnapped princesses; something that became a mainstay of chivalrous entertainment. From there, such stories would continue to enjoy the applause of the people, even though those that dealt with regular combat would be even more so. The stories of special knightly operations were perpetuated until they finally reached the modern cinemas, through an uninterrupted succession of adaptations such as Orlando furioso and Amadis de Gaula of the sixteenth century; the works of the xvii of Le Sage, La Calprenède and Madeleine de Scudéry; the eighteenth-century adaptations of Courtilz de Sandras and the Bibliothèque Bleue; those of Walter Scott’s next century and Victorian youth literature.

In contrast to this cultural continuity between knightly special operations and those of our days, the following approach will show that the objectives of those that occurred in the Age of Cavalry were often different from those of the late Modern Age.
The strongholds were relevant not only for themselves, but also as nuclei of communication networks, transport and supplies. All major ports and most of the major bridges were within the walls of a city or fortress. Similarly, the busiest roads, canals and navigable rivers were equipped with enclaves that could effectively control traffic, also serving as a base for constant incursions at close range.
Most of the special operations that aimed to raid a fortress followed the same pattern. A small force, formed by one or several dozen people, tried to seize part of the fortified perimeter by escalation, trickery or betrayal. A much larger contingent followed closely the footsteps of that outpost, ready to enter the fortress through the captured section and defeat the defenders in regular combat. Thus, the special operation was the initial and most critical part of a larger regular-type action.
If the special operation was badly planned or badly executed, taking a town through treason could end in failure. For example, on February 3, 1431, the great city of Ruen, capital of Normandy, was betrayed in favor of the French by a Gascon who served in the English garrison. This allowed a group of about 100 or 120 men, who were supposed to be reinforced shortly with another 500, to enter the castle.
In the Age of Cavalry there were relatively few flammable facilities worthwhile. It was not easy to burn entire populations, and the stone fortifications did not burn. In terms of economic infrastructure, even in relatively industrial areas such as Flanders, manufacturing was carried out in numerous small workshops where the main assets were skilled craftsmen and a cheap workforce, never sophisticated and expensive equipment. Agricultural production was even more dispersed and depended even less on the existence of complex facilities and equipment. Consequently, although the armies systematically destroyed the agricultural and industrial infrastructure in entire provinces to try to impoverish the enemy, it was something that was not achieved through special operations.

Since the war depended so much on the personality of the leaders, a successful attack against the enemy command could, in some cases, ensure a complete victory without the need for battles, sieges and campaigns. For example, in 1127-1128, the assassination of Count Charles the Good of Flanders unleashed the succession conflict between William Clito and Thierry of Alsace, since both claimed the county. William decisively defeated Thierry in the battle of Axspoele (1128).
Despite the absence of specially trained men, regular medieval and Renaissance troops were better equipped to carry out special operations than might be assumed at the outset. Take, for example, the company of M. de Fiennes, who was entrusted with the 1463 raid on Huy, and in whose ranks the memorialist Jean de Haynin served. Its members, mostly nobles from the Hainault region, had complete individual training. The nobles of the late Middle Ages practiced horse riding and handled arms from the earliest childhood. Hunting outings, tournaments and other cavalry sports enhanced these skills as well as the physical fitness of individuals.

In Europe there were rumors that overestimated, and very much, the capabilities of the Nizaris. The kings and the cronistas were gripped by unfounded fears; not realizing that the main enemies of the Nizaris were the Sunni Muslims and not the distant and relatively harmless European Catholics, they began to believe that the fidā’īs were infiltrating the western courts and that they were targeting European monarchs.
The rulers began to accuse each other of conspiring with the Old Man of the Mountain to assassinate his rivals, an accusation that would become a basic element of the propaganda wars in Europe. The sect, therefore, was feared by the Europeans throughout the thirteenth century and beyond, regardless of the small number of Christian leaders who actually murdered and their general disinterest in Western affairs. His methods, however, were never copied by the European powers or the Middle East. The truth is that they were too effective and threatened to undo the political fabric.

A lot of kidnapping and murder operations. Some of them were quite successful, such as the kidnapping of the dukes of Gelderland, which allowed Charles of Burgundy to seize his dukedom with relative ease. Perhaps many more interventions of this type were carried out correctly, if we give credit to the story that Louis XI, for example, really poisoned his brother Carlos. After all, the most successful poisonings are those that remain undiscovered. However, even if we take into account these suspicious cases, the most spectacular kidnappings and attacks that have been dealt with in this chapter ended in failure. Rubempré’s bastard was sent to Holland to strengthen the position of the king of France, but his mission ended in a palatial revolution in Burgundy that overthrew the Croyans and brought anti-French Charles to power.
Whereas, in most wars, the princes began hostilities by making ordinary people endure most of the hardships, the “dirty war” had the advantage that its main victims, both physically and psychologically, were the victims. responsible for the conflict. As Ludwig von Diesbach wrote about the failure of the Liegesees to kill Duke Charles: “It was unfortunate for many good knights and servants that his life was saved, because later they lost theirs because of him.”

In the performance of this last position, he directed a campaign of terror against the Huguenot rebels. The streaks of cruelty that appeared in the door of the mill of Auriol, and that later manifested in the abominable treatment that gave to the Italian civilians in Siena (1555), then eclosionaron with all their force. The handsome special operations officer became a brutal tyrant in old age, while he ran what could be called an “ethnic cleansing campaign” against Guinean Huguenots. He died in 1577.

Special operations are not a modern phenomenon. They were an integral and very important part of the set of military and political tools already in the Middle Ages and the Renaissance. In general, the main objectives of the war in those times, that is, enclaves and leaders, were often more vulnerable to this type of action than to the regular ones.
The widespread use of these interventions demonstrates that the war of those times did not always obey the conventions of chivalrous fair play. The commanders used to trust not only in tricks and tricks, but also in bribes, betrayals, assassinations and kidnappings. Chivalry was, however, an important part of the war: it still had a restrictive effect on the use of certain special operations, namely murder and kidnapping. Conversely, the potential of both utility, both the murder and kidnapping, was so great during the Middle Ages and the Renaissance precisely because political loyalties were still feudal and chivalrous nature.
Another in-depth investigation of the Medieval and Renaissance siege war is needed to determine the relative importance of regular and special operations. From a superficial analysis, it might be thought that were much more decisive in the war neurobalística siege artillery, but we need a more thorough investigation to confirm or refute this hypothesis. If true, it would mean that military historians should pay much more attention not only to special operations, but also to psychological warfare, which was often the key to getting traitors.
The methods and relevance of the murders and poisonings in the chivalric culture deserve further study. Such a study could confirm or refute Franklin L. Ford’s hypothesis that murder had a comparatively minor importance in the military and political culture of early medieval Europe, and that it was made
much more relevant only from the Wars of Religion of the sixteenth century. Although this book affirms that the murder had great transcendence throughout the Middle Ages.

I recommend all books by Harari, commented on my blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/11/25/21-lecciones-para-el-siglo-xxi-yuval-noah-harari-21-lessons-for-the-21st-century-by-yuval-noah-harari/

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