Historias Reales — Helen Garner / True Stories: The Collected Short Non-Fiction by Helen Garner

Un magnífico libro de esta escritora australiana de Geelong y que tiene grandes lecturas muy humanas como mendigos de Nueva York, hablando de sexo con sus alumnos en ¿Por qué solo les duele a las mujeres?. Tantas historias y emociones en este libro simplemente deben resonar de alguna manera con todos nosotros. Verdaderamente un libro estimulante y estimulante.
a veces humorístico y alegre, a veces serio, un “verdadero” libro para lectores “verdaderos” que disfrutan temas reales de gran y pequeño significado.
Esta colección de la no ficción corta de Helen Garner, que abarca cincuenta años de su trabajo. Hay algo sobre la forma en que Helen Garner traduce experiencias y observaciones en palabras. Algunas de estas piezas las puedo identificar fácilmente. Como escribe la Sra. Garner, en “Los insultos de la edad”:
“Hace años que sabía que, más allá de cierta edad, las mujeres se vuelven invisibles en los espacios públicos”.
Una cosa es saberlo, otra experimentarlo. Suspiro.
Otras piezas, como “Matar a Daniel” (sobre el asesinato de Daniel Valerio) Lo que le pasó a Daniel Valero habla de todos nosotros, de nuestras naturalezas pública y privada. Agita miedos profundos sobre nosotros mismos y nos asusta y avergüenza. No veo cómo puede pensarse la historia de Daniel sin reconocer la existencia del mal, o de algo salvaje que pervive en las personas a pesar de todo nuestro progreso e ingeniería social y nuestras redes de seguridad, algo que solo la filosofía, la religión o el arte pueden abordar: el gusano en el corazón de la rosa y “Why She Broke” (acerca de Akon Guode que conduce al lago Gladman) me hacen llorar. La Sra. Garner agrega profundidad en sus relatos cortos de no ficción, iluminando aspectos que rara vez son evidentes en la frenética cobertura de estos horribles eventos en los medios.
He leído muchas de estas piezas de no ficción antes: en ‘Everywhere I look’ o ‘The Feel of Steel’. E incluso cuando el tema es de interés limitado para mí (“Un espía en la Casa de Excrementos”) hay algo en los escritos de la autora que me llama la atención.
Si bien muchas de estas piezas de no ficción son sobre eventos que son externos a la Sra. Garner (en el sentido de que ella es principalmente una observadora), otras tienen que ver con su papel como hija, madre, maestra. “Mi hijo en el mundo” es un hermoso relato de la Sra. Garner mirando a su hija en el patio de la escuela, al borde de su grupo social. ¡Y sus relatos de la vida como abuela son simplemente mágicos!.

Al principio simplemente transcribes. Luego cortas las partes aburridas e intentas saltar y dejar huecos. Después comienzas a recortar y pulir el diálogo. Pronto descubres que estás divirtiéndote. No ves el momento de repetir cada mañana. Te obligas a parar a la una y volver a casa, porque si sigues más de tres horas del tirón tienes miedo de que te dé un ataque al corazón de la emoción. Tardas poco más de un año. Luego te retiras al dormitorio y lo pasas a máquina. El estruendo de la Olivetti de segunda mano supera al del grupo musical. Por primera vez en la vida no te importa si tienes novio o no. No sabes nada de composición y confeccionas un manuscrito espantoso en cuartillas de papel barato a un espacio y con márgenes miserables. Pero es gordo. Tiene título. Tu nombre aparece en la portada. Lo has escrito tú. Así que todo era para esto. Pero ¿qué es? ¿Tendrás la desfachatez de llamarlo novela?.
En la no ficción no tienes libertad —ética, estética o temporal— para profundizar tanto. La no ficción es más fácil que la ficción, pero en su mayoría es más general y superficial. En la no ficción el contrato del escritor con el lector es distinto. Quien lee una novela quiere que crees un mundo nuevo, paralelo quizá al «real», en el que pueda sumergirse mientras dure la lectura. Pero un lector de no ficción cuenta con que te mantengas fiel al mismo mundo «real» que habitan físicamente lector y escritor. En tanto que escritor de no ficción tienes, además, un contrato implícito con el tema y con la gente sobre la que escribes: debes encontrar un equilibrio honroso entre tacto y sinceridad. Tendrás que dar cuenta por el dolor que puedas causar al falsear los hechos: tienes una responsabilidad para con los «hechos» por cuanto puedes descubrirlos y la obligación de aclarar cuándo no has podido descubrirlos. Los lazos de la ficción con lo «real» son más complejos y tenues. Pero pueden ocasionar al escritor toda clase de problemas personales.
El periodismo es un tónico para narcisistas como yo. Te saca de casa: literalmente, pero también en el sentido de que te expulsa de tu situación personal inmediata y te empuja al contacto directo con desconocidos. Cuanto más intento entrevistar, más crece mi respeto por los grandes entrevistadores.

Discrepar con una feminista fundamentalista es, por lo visto, cuestionar actos realizados en nombre de los derechos de las mujeres, no es desafiarla a ella, sino «traicionarla», convertirla todavía en más víctima de lo que ya era.
Una crítica feminista de Melbourne postuló que, al contar la historia de Ormond College contra la voluntad de las dos jóvenes implicadas, yo había cometido una traición del calibre de la revelación de los secretos tribales de las aborígenes de la isla Hindmarsh. Las chicas de Ormond, escribió la crítica en Australian Book Review, «no querían que Helen Garner, novelista que ejerce el periodismo como estrella invitada, contara su historia. Ella la contó de todos modos; les ha robado la historia que no querían que tuviera».
Considero esta afirmación un ejemplo de la falsedad intelectual más descarada.
Acepto que The First Stone ha causado dolor. Sé que no es ningún consuelo —es casi una insolencia— que diga cuánto lo lamento. Pero en ocasiones se dan una serie de acontecimientos que parecen encapsular, de modos importantes y complejos, el espíritu de su época. Son las historias que hay que contar, no pueden barrerse como tantos otros escombros ni esconderse. Mi intento de entender esta historia se frustró. Mi versión de la misma está plagada de huecos. Pero confío en que esos huecos, en el fondo, tengan alguna utilidad; que por ellos entre el aire y la luz; que sirvan de paso al eros, y que tal vez abran, para los hombres y las mujeres que quieran pensar estas cosas con generosidad, espacio para moverse.

A magnificent book by this australian writer from Geelong and who has great human readings as beggars in New York, talking about sex with her students in Why only hurts women?.
So many stories and emotions in this book simply must resonate somehow with us all. Truly an uplifting, thought-provoking book –
sometimes humorous and lighthearted, sometimes serious – a “true” book for “true” readers who enjoy real topics of large and small meaning.
This collection of Helen Garner’s short non-fiction, spanning fifty years of her work. There’s something about the way in which Helen Garner translates experiences and observations into words. Some of these pieces I can identify with easily. As Ms Garner writes, in ‘The Insults of Age ’:
‘I had known for years, of course, that beyond a certain age women become invisible in public spaces.’
It’s one thing to know it, another to experience it. Sigh.
Other pieces, such as ‘Killing Daniel’ (about the murder of Daniel Valerio) What happened to Daniel Valero speaks of all of us, of our public and private natures. It shakes deep fears about ourselves and scares and shames us. I do not see how the story of Daniel can be thought of without acknowledging the existence of evil, or something savage that persists in people despite all our progress and social engineering and our safety nets, something that only philosophy, religion or art can tackle: the worm in the heart of the rose and ‘Why She Broke’ (about Akon Guode driving into Lake Gladman) reduce me to tears. Ms Garner adds depth in her non-fiction short stories, illumining aspects that are rarely apparent in the frenetic media cover of these horrific events.
I’ve read many of these non-fiction pieces before: in ‘Everywhere I look’ or ‘The Feel of Steel’. And, even when the subject matter is of limited appeal to me (‘A Spy in the House of Excrement’) there’s something in Ms Garner’s writing that holds my attention.
While many of these pieces of non-fiction are about events that are external to Ms Garner (in the sense that she is primarily an observer) others are about her role as a daughter, a mother, a teacher. ‘My Child in the World’ is a beautiful account of Ms Garner watching her daughter in the schoolyard, at the edge of her social group. And her accounts of life as a grandmother are just magical!.

At first you simply transcribe. Then cut the boring parts and try to jump and leave gaps. Then you begin to cut and polish the dialogue. You soon discover that you are having fun. You do not see the time to repeat each morning. You force yourself to stop at one o’clock and go home, because if you keep going for more than three hours, you’re afraid of a heart attack of emotion. It takes a little over a year. Then you retire to the bedroom and pass it by machine. The roar of the second-hand Olivetti exceeds that of the musical group. For the first time in your life you do not care if you have a boyfriend or not. You do not know anything about composition and you make an awful manuscript in cheap paper sheets to a space and with miserable margins. But he is fat. Has title. Your name appears on the cover. You wrote it. So everything was for this. But what is it? Will you have the impudence to call it a novel ?.
In no fiction, you do not have freedom-aesthetic, aesthetic or temporal-to go deeper. Nonfiction is easier than fi ction, but it is mostly more general and super fi cial. In no fi ction, the writer’s contract with the reader is different. Whoever reads a novel wants you to create a new world, perhaps parallel to the “real”, in which you can immerse yourself while the reading lasts. But a reader of no fi ction expects you to keep the same “real” world that physically inhabits reader and writer. As a writer of no fi ction, you also have an implicit contract with the subject and with the people you write about: you must find an honorable balance between tact and sincerity. You will have to account for the pain you can cause by falsifying the facts: you have a responsibility to the “facts” as you can discover them and the obligation to clarify when you have not been able to discover them. The bonds of fi ction with the “real” are more complex and tenuous. But they can cause the writer all kinds of personal problems.
Journalism is a tonic for narcissists like me. It takes you out of the house: literally, but also in the sense that it expels you from your immediate personal situation and pushes you into direct contact with strangers. The more I try to interview, the more my respect for the great interviewers grows.

To disagree with a fundamentalist feminist is, apparently, to question acts carried out in the name of women’s rights, not to challenge it, but to “betray” it, to make it even more of a victim than it already was.
A feminist criticism of Melbourne postulated that, in telling the story of Ormond College against the will of the two girls involved, I had committed a betrayal of the caliber of revealing the tribal secrets of the aborigines of Hindmarsh Island. The Ormond girls, wrote the review in the Australian Book Review, “did not want Helen Garner, a novelist who practices journalism as a guest star, to tell her story. She counted it anyway; He has stolen the story they did not want him to have. ”
I consider this statement an example of the most blatant intellectual falsity.
I accept that The First Stone has caused pain. I know it’s no consolation-it’s almost an insolence-to say how sorry I am. But sometimes there are a series of events that seem to encapsulate, in important and complex ways, the spirit of their time. They are the stories that must be told, they can not be swept away like so many other debris or hidden. My attempt to understand this story was frustrated. My version of it is riddled with holes. But I trust that those holes, in the background, have some use; that for them between air and light; that they serve as a step to eros, and that maybe they open, for men and women who want to think these things with generosity, space to move.

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