Flores En Las Grietas. Autobiografía Y Literatura — Richard Ford / Memoirs & Literature & Autobiographical Moments (1992-2006) by Richard Ford

Esta obra se compone de trece capítulos no relacionados entre sí y escritos desde la más absoluta naturalidad. Con un estilo directo que se dirige al lector como si de un amigo de toda la vida se tratase. He releído el libro y es un clásico que debe ser leído por sapiencia del autor.
“En algún momento de mediados de junio me sentaba a cumplir con uno de los rituales que han caracterizado mi vida de escritor: el de ponerme a trabajar al final de un larguísimo período durante el que no había hecho básicamente nada de provecho ni para hombres ni para animales. Es decir, comenzaba a escribir otra vez.” (Holgazanear mientras la musa recarga pilas)
Nos encontramos, por tanto, con capítulos que rondan las diez-quince páginas, y que pueden hablarnos de cualquier tema. Concretamente, en esta edición tenemos seis apartados sobre su vida y siete sobre sus reflexiones y críticas literarias, y la verdad es que no sabría deciros qué me ha gustado más, pues no hay uno solo que me haya desencantado.
Entre sus recuerdos varios podremos sumergirnos en su día a día conviviendo con su abuelo en un hotel de Little Rock (Arkansas), mientras aprende el noble arte del golf junto a otro trabajador del hotel, quien hacía las veces de niñera. También descubriremos que tanto su padre como él no escaseaban de carácter -menudas Navidades- y la gran persona que fue Raymond Carver (escritor del siglo XX perteneciente al “realismo sucio”) después de recuperarse de su alcoholismo.
En cuanto a la parte sobre literatura propiamente dicha, ésta es una maravilla. No solo nos muestra lo que significa para él sino que nos invita a que sintamos lo mismo, nos aconseja y nos habla con tantísimo entusiasmo que una no puede evitar sonreír. El capítulo sobre el cuentista Chéjov es genial. Pese a su superficial sencillez y a su aparente accesibilidad y claridad, los cuentos de Chéjov —en particular los mejores— no son tan fáciles para un joven corriente. Al contrario, a mí Chéjov me parece un escritor para adultos, cuya obra es útil y también bella porque orienta la atención a los sentimientos maduros, las complejas reacciones humanas y los pequeños problemas de elección moral en el seno de dilemas mayores, dominantes, cualquiera de cuyos elementos, en caso de que se presentaran en nuestra complicada e impulsiva vida social, escaparían incluso a una observación sutil. Lo normal en Chéjov es encontrar humor, a menudo en momentos sorprendentes, aunque nunca realmente equívocos. Como en Shakespeare, Faulkner y Flannery O’Connor, el giro cómico no sólo actúa como contrapeso e intensifica la gravedad de una historia seria sino que también humaniza nuestra intimidad, predestinada a lo grave, permitiendo sacar a la luz el contexto más pleno y más real de la vida, aun cuando nos incline hacia un método de aceptación comprobado: la risa.
Lea el lector estos maravillosos cuentos simplemente por placer, ante todo, y no los lea rápidamente. Cuanto más morosa sea la lectura, cuanto más relea, mayor experiencia tendrá de este genio —y más interpelado se sentirá por él—, genio que, sorprendentemente, a pesar de la distancia y el tiempo, compartió con nosotros un mundo que conocemos y consideró un gran privilegio la oportunidad de redimirlo mediante el lenguaje.

La escritura y su pariente más venerable, la literatura, son permanentes. Una vez que nos hemos internado en ellas, lo que hemos hecho queda para siempre.
En consecuencia, últimamente he pensado a veces que ha de ser muy difícil comenzar a escribir hoy, en un tiempo universitario en el que relatos y novelas son reducidos a la condición de textos a los que se atribuye el significado opuesto al que evidentemente tienen y cuyos privilegiados autores creen insensatamente que tienen; en el que se piensa que la literatura está en quiebra y es aburrida, y que el escritor es la ridícula figura que la escribe; y en el que lo que uno pensaba que no era bueno resulta que era excelente.
El valor del multiculturalismo en coloquios y a la hora de escribir relatos o novelas consiste en que es una invitación a imaginar de modo más preciso las diferencias y las semejanzas que nos permiten compartir a todos el planeta, una oportunidad para desafiar y, si es necesario, romper el dominio de la sabiduría convencional, de la historia, y hacer más complejas nuestras respuestas, a fin de extender el beneficio de la simpatía a otros que no son exactamente como nosotros pero que tal vez sean mucho más parecidos de lo que suponemos. Naturalmente, las buenas intenciones no hacen buena literatura. Sin embargo, para entender bien la humanidad es menester sacudirla.
Uno de los privilegios de ser escritor, y también uno de sus elevados precios, es que intentamos que el efecto de lo que escribimos sea permanente y aceptamos nuestra responsabilidad por ello. En proporción a nuestras aspiraciones, no podemos eludir la responsabilidad, por ejemplo, por los efectos que nuestros escritos producen natural y razonablemente en el ámbito del «muticulturalismo», la «conciencia racial», la «orientación sexual» o las preocupaciones de género, porque, en el fondo, se trata de preocupaciones humanas.

Cuando se reprime el arte —una película, un libro, una recopilación de fotografías en las que se representa a un Cristo crucificado inmerso en orina—, se cree que el objeto que hay que eliminar, al menos en esta atmósfera contemporánea y moralizante, es el propio artista, al que se impide hacer lo que desea porque se dice que sus derechos interfieren inespecíficos derechos pasivos de otros. Pero en realidad la víctima más vulnerable de esta represión es el público, a quien otros le impiden ver algo que podría influirle, le impiden leer lo que podría iluminar para él el mundo mediante una conmoción, mediante la presentación del mundo o del lenguaje de una manera nunca vista hasta entonces y que por tanto desvela claramente el mundo. En verdad, la represión del arte nos impide adquirir la capacidad para ejercer nuestra facultad de formular un valioso juicio moral o estético.
Mi modesta esperanza para los jóvenes escritores —tanto los que habéis ganado estos premios como los que no los habéis obtenido pero tenéis las mismas posibilidades de llegar a ser buenos escritores— es la misma que abrigo para mí y para los lectores: que no seáis tímidos. Que no dejéis que los otros os intimiden; que no penséis que ser escritor es sólo una profesión más con otro conjunto de redes que dominar, otra escalera a la que subir, otro conjunto de personas mayores bien instaladas a las que impresionar. Puesto que nadie podrá deciros qué escribir ni cómo, estáis autorizados a tener vuestra propia visión, pero vuestra vida ha de tener el valor suficiente para volcarla en palabras de la mejor manera que os sea posible.

El placer también puede derivar de esta verdadera fricción entre el relato leído y el relato escrito. Y no un placer único y sencillo, sino diversos placeres, con matices e historia. Incluso un procedimiento tan poco riguroso y de orientación práctica como el que me enseñaron cuando aprendí a leer atentamente es, en cierto sentido, una imitación de su objeto, imitación que en este caso sirve de consuelo. Y la imitación ha sido siempre atractiva: «El placer… que se recibe es indudablemente la sorpresa o la admiración producida por la inesperada coincidencia entre la imitación y su objeto.

¿En qué medida es permanente la vida real? Ésta es la pregunta, ¿no? La que queremos y no queremos del todo oír. Allí se encierran respuestas inquietantes, melancólicas, obvias. Esto es ahora la vida real, no una pausa, una diversión o un fragmento aislado en el tiempo, sino la vida permanente, la única que producirá historia, memoria, la única que será responsable a largo plazo. Al fin y al cabo, todo cuenta. ¿Qué más hace falta saber?.

Las amistades literarias son un asunto complejo, tramposo, a menudo volátil y mal comprendido por sus protagonistas. Lo típico es que giren en torno a cuestiones acerca de las cuales ambas partes se sienten probablemente muy poco seguras, pese a que es probable que, dada su importancia, su deseo apunte exactamente en sentido contrario: al carácter y el destino de la propia escritura. Lo normal es que terminen en absurdas equivocaciones, confusiones imposibles de disipar y profundas rivalidades, a menudo tan incompatibles con la amistad que nunca se corrigen.
Sin embargo, Ray y yo nunca experimentamos nada de esto. Yo más bien disfruto con la confrontación, pero Ray la odiaba. Con el tiempo, le vi llegar a extremos ridículos con tal de evitar las controversias.

En la categoría de ficción, la buena escritura nos interesa porque la ficción es el lugar donde nosotros, los lectores, esperamos que la escritura sea lo más memorable, donde el virtuosismo en el interior de las frases se une a la implanificable energía de la imaginación, la aprovecha para una narración y hace real un acontecimiento completamente nuevo, tonificante e importante, dedicado al deleite y la renovación del lector.
Esto constituye una gran parte del atractivo básico de la ficción, que es precisamente lo que la hace, o puede hacerla, apasionante. Y seguramente no hay intuición tan penetrante para los detalles del mundo y su nada obvia problemática emocional, ni mirada tan perspicaz para nuestra frágil naturaleza humana, como la intuición.
Pero la paciencia y el dominio también son grandes vuelos de la fe y de la imaginación. Y en este camino, el más directo y tangible de los caminos, la novela de Salter nos retrotrae a la luz y, al hacerlo, elogia una vida que, si somos tenaces, aún podríamos vivir. El lector convendrá en que no hace falta decir nada más sobre este libro extraordinario. (Años Luz de James Salter).

A mi juicio, la verdadera prueba la constituyen los requisitos de la escritura que convierten en necesidad absoluta la relación sostenida y repetida con el mundo; quiero decir que estoy convencido de que no hay nada en el mundo, fuera del libro, tan interesante como lo que ese día estoy haciendo en el libro. La mayor exigencia es la de creer en mi propia inventiva y pensar que otros a los que no conozco, y que dispongan de tiempo, también serán persuadidos. Para eso ayuda mucho saber qué brillantes atractivos hay fuera de tu habitación y allende los límites de tu fantasía.

This work is composed of thirteen chapters unrelated to each other and written from the most absolute naturalness. With a direct style that addresses the reader as if it were a lifelong friend. I have re-read the book and it is a classic that should be read by the author’s wisdom.
“At some point in mid-June I sat down to fulfill one of the rituals that have characterized my life as a writer: that of putting myself to work at the end of a very long period during which I had basically done nothing to benefit men or women. for animals. I mean, I started writing again. “(Laze while the muse recharges batteries)
We are, therefore, with chapters that are around ten to fifteen pages, and that can tell us about any topic. Specifically, in this edition we have six sections on his life and seven on his reflections and literary criticism, and the truth is that I could not tell you what I liked more, because there is not one that has disenchanted me.
Among his many memories we can immerse ourselves in his day to day living with his grandfather in a hotel in Little Rock (Arkansas), while learning the noble art of golf with another hotel worker, who served as a nanny. We will also discover that both his father and he did not lack in character – little Christmases – and the great person who was Raymond Carver (twentieth century writer belonging to “dirty realism”) after recovering from his alcoholism.
As for the part about literature itself, this is a marvel. He not only shows us what it means for him but also invites us to feel the same, advises us and speaks to us with so much enthusiasm that one can not help but smile. The chapter on the storyteller Chekhov is great. Despite its superficial simplicity and its apparent accessibility and clarity, Chekhov’s stories – particularly the best ones – are not so easy for an ordinary young man. On the contrary, I think Chekhov is a writer for adults, whose work is useful and also beautiful because it directs attention to mature feelings, complex human reactions and small problems of moral choice in the midst of major, dominant dilemmas. from whose elements, in case they presented themselves in our complicated and impulsive social life, they would escape even a subtle observation. The normal thing in Chekhov is to find humor, often in surprising moments, although never really misleading. As in Shakespeare, Faulkner and Flannery O’Connor, the comic turn not only acts as a counterweight and intensifies the seriousness of a serious story but also humanizes our intimacy, predestined to the grave, allowing to bring to light the fullest context and most real life, even when we lean towards a proven method of acceptance: laughter.
Read the reader these wonderful stories simply for pleasure, first of all, and do not read them quickly. The more morose the reading is, the more he reads, the more experience he will have of this genius -and more interpellated will be felt by him-, a genius who, surprisingly, despite distance and time, shared with us a world that we know and considered a great privilege the opportunity to redeem him through language.

Writing and its most venerable relative, literature, are permanent. Once we have entered into them, what we have done remains forever.
Consequently, lately I have thought sometimes that it will be very difficult to start writing today, in a university time in which stories and novels are reduced to the condition of texts to which the opposite meaning is attributed to the one they evidently have and whose privileged authors believe senselessly that they have; in which one thinks that literature is bankrupt and boring, and that the writer is the ridiculous figure who writes it; and in which what you thought was not good turns out to be excellent.
The value of multiculturalism in colloquia and when writing stories or novels is that it is an invitation to imagine more precisely the differences and similarities that allow us to share the planet, an opportunity to challenge and, if necessary, break the domain of conventional wisdom, of history, and make our answers more complex, in order to extend the benefit of sympathy to others who are not exactly like us but who may be much more similar than we suppose. Naturally, good intentions do not make good literature. However, to understand humanity well it is necessary to shake it.
One of the privileges of being a writer, and also one of its high prices, is that we try to make the effect of what we write permanent and accept our responsibility for it. In proportion to our aspirations, we can not avoid responsibility, for example, for the effects that our writings naturally and reasonably produce in the realm of “muticulturalism,” “racial consciousness,” “sexual orientation,” or gender concerns, because, deep down, it’s about human concerns.

When art is repressed-a film, a book, a collection of photographs depicting a crucified Christ immersed in urine-it is believed that the object to be eliminated, at least in this contemporary and moralizing atmosphere, is the artist himself, who is prevented from doing what he wants because his rights are said to interfere with the non-specific passive rights of others. But in reality the most vulnerable victim of this repression is the public, to whom others prevent him from seeing something that could influence him, prevent him from reading what could illuminate the world for him through a commotion, through the presentation of the world or the language of a way never seen until then and that therefore clearly reveals the world. Indeed, the repression of art prevents us from acquiring the capacity to exercise our power to formulate a valuable moral or aesthetic judgment.
My modest hope for the young writers – both those who have won these awards and those who have not obtained them but have the same possibilities of becoming good writers – is the same one that I shelter for myself and for the readers: that you do not be shy . Do not let the others intimidate you; Do not think that being a writer is just another profession with another set of networks to master, another ladder to climb, another set of well-installed older people to impress. Since no one can tell you what to write or how, you are authorized to have your own vision, but your life must have the courage to put it into words in the best way possible.

Pleasure can also derive from this true friction between the read story and the written story. And not a single and simple pleasure, but different pleasures, with nuances and history. Even a procedure so little rigorous and of practical orientation as the one taught to me when I learned to read carefully is, in a certain sense, an imitation of its object, an imitation that in this case serves as consolation. And imitation has always been attractive: “The pleasure … that is received is undoubtedly the surprise or admiration produced by the unexpected coincidence between imitation and its object.

To what extent is real life permanent? This is the question, is not it? The one we want and do not want to hear at all. There are disquieting, melancholy, obvious answers. This is now real life, not a pause, a fun or a fragment isolated in time, but the permanent life, the only one that will produce history, memory, the only one that will be responsible in the long term. After all, everything counts. What else do you need to know?

Literary friendships are a complex, cheating issue, often volatile and misunderstood by its protagonists. Typically, they revolve around issues about which both parties probably feel very unsafe, although it is likely that, given their importance, their desire points in exactly the opposite direction: the character and destiny of the writing itself . The normal thing is that they end up in absurd mistakes, confusions impossible to dissipate and deep rivalries, often so incompatible with friendship that they are never corrected.
However, Ray and I never experienced any of this. I rather enjoy the confrontation, but Ray hated it. Over time, I saw him reach ridiculous extremes in order to avoid controversy.

In the category of fiction, good writing interests us because fiction is the place where we, the readers, hope that writing is the most memorable, where the virtuosity within sentences joins the unpredictable energy of imagination , it takes advantage of it for a narration and makes real a completely new, invigorating and important event, dedicated to the delight and renewal of the reader.
This is a large part of the basic appeal of fiction, which is precisely what makes it, or can make it, exciting. And surely there is no intuition so penetrating for the details of the world and its obvious obvious emotional problems, or so insightful look for our fragile human nature, as intuition.
But patience and mastery are also great flights of faith and imagination. And in this way, the most direct and tangible of the roads, Salter’s novel takes us back to the light and, in doing so, praises a life that, if we are tenacious, we could still live. The reader will agree that there is no need to say anything more about this extraordinary book. (Light Years by James Salter).

In my opinion, the real test is the requirements of writing that make the sustained and repeated relationship with the world an absolute necessity. I want to say that I am convinced that there is nothing in the world, outside the book, as interesting as what I am doing that day in the book. The greatest demand is to believe in my own inventiveness and to think that others whom I do not know, and who have time, will also be persuaded. It helps a lot to know what bright attractions are outside your room and beyond the limits of your fantasy.

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