La Invasión De Los Marcianitos — Martin Amis / Invasion of the Space Invaders: An Addict’s Guide to Battle Tactics, Big Scores and the Best Machines by Martin Amis

A principios de los años 80, el famoso escritor Martin Amis escribió «La Invasión de los Marcianitos» a raiz de sus innumerables experiencias visitando los salones recreativos de la época. Treinta años después de la publicación de este libro de culto, estamos aquí frente a una inesperada reedición española, una reedición publicada por la editorial “Malpaso” y traducida en primicia al castellano.
«La Invasión de los Marcianitos» es una crónica divertida y detallada de cómo se fue transformando la cultura popular de la época con la inminente llegada de la tecnología, de la información constante y de la fascinación por el espacio exterior. También incluye una guía realizada por el propio Martin Amis de los videojuegos que marcaron la época dorada de los años 80 como Pacman, Space Invaders, Donkey Kong, o el clásico Asteroids de Atari.
«La Invasión de los Marcianitos» nos devuelve el sabor de una época pasada gracias tanto a la curiosidad como al dominio literario de su autor. En mi opinión, Martin Amis tiene un certero juicio crítico sobre los videojuegos, y así ha sabido reflejarlo sábiamente en este libro. Historias como las que cuenta sobre los salones recreativos ingleses o americanos, y sobre los bares franceses de aquella época, suenan tan parecidas a las que se vivieron en España por aquellos mismos años que uno no puede sino reafirmarse como parte del género humano.
Tras su lectura, creo fírmemente que con este libro Martin Amis rindió a su adicción por los videojuegos el máximo homenaje que un escritor puede otorgar: convertirla en materia literaria. Y al hacerlo la dotó de un tipo de realidad de la que carecía: la de existir entre las páginas de un libro para permitir revivirla a quienes ya estuvieron allí tanto como para permitir añorarla a quienes no llegaron a tiempo para poder disfrutarla.

¿Quiénes son esos seres que anidan en las grutas electrónicas donde cantan las máquinas y juegan los terrícolas? ¿Quiénes son esos trífidos proletarios, esos devotos de la oscuridad enganchados al radar, al fragor y la sorpresa de unos robots amistosos que juegan contigo si les pagas? Crees que los ogros y basiliscos de las pantallas tienen muy mala pinta, pero echa un vistazo a tu alrededor, a los humanos alienígenas. ¿Qué ves?
Los guardas deambulantes y sus comparsas…
Los salones recreativos son una adicción —afirma el psicólogo neoyorquino Mitchell Robin—. Las luces, el sonido… Todo ello los convierte en un claustro materno.» Y te preguntas: ¿en qué especie de claustro se crio ese tío? Opino, sin embargo, que la mayoría de las videosalas son (como cualquier local, como cualquier sitio donde dejarse caer) tan poco adictivas como el ácido prúsico. Calor reseco pringado de humo y esporas, vasos vacíos de refrescos chungos y hamburguesas a medio engullir, por no hablar de la poco distinguida clientela. Es cierto que algunos salones norteamericanos están tan limpios y relucientes como una cocina de escaparate (en el de Pan Am del Aeropuerto Kennedy, por ejemplo, no puedes ni fumar), pero el salón medio, reconozcámoslo, es una cantina del infierno. Las máquinas son los únicos agentes del adiccionamiento.
Los salones recreativos tienen su propia tradición oral. La videociencia (en forma de datos confidenciales, estratagemas, artimañas informáticas, etc., etc.) se extiende de un modo tan invisible e imparable como el chiste verde. ¿Qué obstinado gandul descubrió que el platillo volante de Space Invaders otorgaba 300 puntos en el disparo número quince?.

PacMan es una perfecta chuminada y, sin embargo, un gran juego que desata adicciones feroces, absorbentes y (según mi experiencia) bastante breves. Esos fantasmas tan monos con sus lindos apodos, esa musiquilla inconfundible, ese comecocos omnívoro que hace wacawacawacawaca: la máquina tiene un aire de fantasía infantil. Puede convertir a un ceporro de metro ochenta (ése que suele vivir adherido a una pinta de cerveza) en un indefenso crío de guardería: «¡Eh, mira, ese cabroncete rojo te va a devorar!».
«¡Jo, jo, jo, jo, caramba! ¡Casi te pilla! Jolines.» Una vez oí a dos mostrencos reflexionar muy seriamente sobre el cuadrado central donde acechan los fantasmas.
En general, la comecocomanía no dura mucho. Estamos muy ocupados con otros menesteres: volver a casa, curarnos el dedo ampollado («dígame la verdad, doctor»), hablar por teléfono con el abogado de nuestra futura exesposa, incorporarnos a una larga cola frente a la oficina de empleo o, más en general, restaurarnos como buenamente podamos.

Se ha convertido en un ensayo de culto del autor muy cotizado.

At the beginning of the 80s, the famous writer Martin Amis wrote “The Invasion of the Marcianitos” as a result of his innumerable experiences visiting the recreational salons of the time. Thirty years after the publication of this book of worship, we are here in front of an unexpected Spanish reissue, a reissue published by the publisher “Malpaso” and translated into a novelty in Spanish.
«Invasion of the space invaders» is a funny and detailed chronicle of how the popular culture of the time was transformed with the imminent arrival of technology, constant information and fascination for outer space. It also includes a guide made by Martin Amis himself of the video games that marked the golden age of the 80s like Pacman, Space Invaders, Donkey Kong, or the classic Asteroids of Atari.
«Invasion of the space invaders» brings back the flavor of a bygone era thanks to both the curiosity and the literary domain of its author. In my opinion, Martin Amis has an accurate critical judgment on videogames, and he has wisely reflected this in this book. Stories like those about the British or American recreational salons, and about the French bars of that time, sound so similar to those that were experienced in Spain for those same years that one can not but reaffirm as part of the human race.
After reading, I firmly believe that with this book Martin Amis gave his addiction to video games the maximum tribute that a writer can give: turn it into literary material. And in doing so he endowed it with a kind of reality that it lacked: that of existing between the pages of a book to allow it to be revived by those who had already been there so as to allow it to be missed by those who did not arrive in time to enjoy it.

Who are those beings that nest in the electronic caves where the machines sing and the earthlings play? Who are these proletarian trifids, those devotees of darkness hooked to the radar, to the din and surprise of friendly robots that play with you if you pay them? You think the ogres and basilisks on the screens look very bad, but take a look around you, at the alien humans. Do you see?
The wandering guards and their comparsas …
Recreational salons are an addiction, says New York psychologist Mitchell Robin. The lights, the sound … All this turns them into a maternal cloister. “And you ask yourself: in what kind of cloister did this uncle grow up? I think, however, that most of the videosalas are (like any local, like any place to drop) as little addictive as Prussian acid. Dry heat pringado smoke and spores, empty glasses of chungos soft drinks and hamburgers half swallowed, not to mention the little distinguished clientele. It is true that some American salons are as clean and shiny as a showcase kitchen (in Pan Am Kennedy Airport, for example, you can not even smoke), but the middle room, let’s face it, is a canteen from hell. Machines are the only agents of addiction.
The arcades have their own oral tradition. Video science (in the form of confidential data, stratagems, computer tricks, etc., etc.) extends in an invisible and unstoppable way like the green joke. What obstinate gandul discovered that the flying saucer of Space Invaders granted 300 points in the shot number fifteen?

PacMan is a perfect farce and, nevertheless, a great game that unleashes ferocious, absorbing addictions and (according to my experience) quite brief. Those ghosts so cute with their cute nicknames, that unmistakable little tune, that omnivorous cartoons that makes wacawacawacawaca: the machine has an air of childish fantasy. It can turn a six-foot-old ceporro (that usually lives attached to a pint of beer) into a helpless nursery child: “Hey, look, that red bastard is going to devour you!”
«Ho, ho, ho, ho, gee! It almost catches you! Shit. “Once I heard two showcases reflect very seriously on the central square where the ghosts lurk.
In general, the swallowing does not last long. We are very busy with other tasks: going home, curing our blistered finger (“tell me the truth, doctor”), talking to our future ex-wife’s lawyer on the phone, joining a long queue in front of the employment office or, more In general, restore as we can.

It has become a cult essay of the highly valued author.

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