Los Haiduci. Bandidos Del Pueblo — Panait Istrati / Présentation Des Haïdoucs (Haïdoucs. Bandits Of The People) by Panait Istrati

Debo decir que no conocía nada sobre el tema tratado y es interesante. A principios del siglo XX, el campesinado rumano se desangraba a manos de los ocupantes griegos y turcos, aliados con los señores feudales y la burguesía. Los haiduci, bandidos revolucionarios, lucharon por que se hiciera justicia.
Reunidos en torno a una hoguera, un grupo de estos rebeldes, alentados por su capitana, cuentan las experiencias que los llevaron a sublevarse.
A principios del siglo XX, los haiduci de Rumania se dividían a grandes rasgos en tres lotes: los codreni (es decir, los que provenían del bosque), los munteni (de las montañas) y los dunăreni: los de la zona del Danubio, que tenían mucho de piratas.
Suele decirse que los haiduci eran unos Robin Hood que robaban a los ricos en beneficio de los pobres, pero la realidad es más compleja. La palabra viene, al parecer, de una expresión turca (haydut) empleada para describir a quienes estaban «fuera de la ley». Rebeldes, opositores al régimen otomano, los haiduci hicieron de las suyas tanto en Moldavia, Hungría o Albania como en Polonia, Serbia o Croacia; eran hombres, según lo expresa el propio Istrati, que no soportaban la explotación ni la servidumbre, que protegían a los pobres, que mataban a los terratenientes y a los propietarios crueles.

Floarea Codrilor (jefa del grupo) Soy una mujer falsa, que puede ser sincera cuando quiere y cuando la compañía merece la pena. No he tenido padre, lo que se llama «venir de las flores». Mi madre, pastora desde la infancia hasta la muerte, no tuvo relación durante su vida más que con los campos, los vientos, su flauta, sus perros, las ovejas y la sarna con la que combatía. Salvo la sarna, que a menudo debía curar de sus propias manos, todo lo demás le era grato. Por desgracia, la vida no son solo placeres. La pobre mujer sufrió también una prueba, una sola, pero que le cambió la vida: de pequeña, perdió un ojo mientras jugaba.
Solemos olvidar nuestras discapacidades, sobre todo aquellas que se padecen durante la infancia. Mi madre no pasó un día sin acordarse de ese accidente.
Floarea Codrilor se interrumpió para reprimir un sofoco. Al comienzo de su narración y después, mientras hablaba, honró con su mirada a cada uno de los oyentes, hasta al más humilde de los haiduci, pero se detuvo especialmente en mí, como si sus ojos quisieran decirme: «Tú, Ieremia, hijo del bosque e hijo mío, tú eres toda mi vida… Es por ti que estoy aquí…».
Los haiduci, respetuosos ante esta muestra de sinceridad, escuchaban en silencio. Spilca la devoraba con una atención tensa, se bebía sus palabras, mientras que Ilie, siempre con una calma imperturbable, le ofrecía su rostro de apóstol con una inmovilidad conmovida. Menos inteligente, más sencillo de espíritu, pero tan ávido como todos nosotros de saber, Movilă el vătaf lugarteniente la seguía con interés, mientras mantenía vivo el fuego en la hoguera con ramas.

Ilie (el sabio) dejó su căciulă en el suelo con un movimiento lento. ¿Acaso sabía él que al mostrarnos su frente lisa y su melena de haiduc estaba enseñándonos una cabeza única por su serenidad? Era un rostro de guerrero metropolitano, de los que saben matar entre dos plegarias, y comer y beber entre dos matanzas. Sus ojos negros, límpidos, precisos, ni tímidos ni audaces, decían a las claras: «¡Paz a vosotros, u os mato!». Sin embargo, una luz de mártir, titubeante entre la vida y la muerte, flotaba eternamente en esa larga barba entramada de negro cuervo y blanco plata, que engullía un bigote enredado, temible guardián de una boca presta a pronunciar a cada instante la palabra incomprensible: «¡Justicia!».
Vine a vivir a los bosques para encontrar aquí la justicia que huía de la ciudad.
En Brăila, donde abrí los ojos al mundo, mi padre llevaba un han hostal. Ese padre (que el diablo se lo lleve) era un hombre de buenas intenciones. Pero muchos hombres buenos son tiranos en la vida íntima, sobre todo cuando llevan el timón. Mi padre llevaba el de su casa, una gran carabela que él quería poner a salvo de todas las tormentas. Para conseguirlo, echó el ancla en aguas muertas, a pesar de la protesta de algunos viajeros a quienes esto desagradaba.
—¿Os desagrada? —decía—. Esperad a que Alá me llame. Entonces actuaréis a vuestro antojo…

Antes de ser Spilca el monje, yo había sido un valeroso plutaş “barquero” en el Bistriţa. Entonces todavía no estaba calvo. Una hermosa chica cabellera rubia se derramaba por mis anchos hombros, los mismos que aún conservo. No tenía barba. Mi cara era la de un joven virgen. Mis ojos no se cerraban con tristeza ante la aparición de ningún recuerdo. Mis labios sabían reír sin temor. Yo era Spilca el plutaş.
Desde el lugar donde el Bistriţa resulta ya navegable en balsa hasta la desembocadura, las orillas moldavas me eran tan familiares como mis dedos. El Bistriţa, río orgulloso y salvaje como la princesa envidiada por el Prut y el Siret, era mi amante. Su cauce, una cuna inconstante, lleno de escollos. Sus riberas, dos esteras onduladas, ricas en sorpresas. El primero exaspera a la amante, le hace muescas en el cuerpo. Las riberas se acercan, a menudo amenazantes, lo estrechan, lo estrangulan, le arrancan gritos. Luego, de común acuerdo, los tres lo dejan. Y entonces el río más bello de Moldavia, uno de los más bellos del mundo, se despliega a su gusto, se contempla en un cielo digno de él, sonríe graciosamente a las gentes.
El monasterio Pantelimon del monte Athos: un cuartel fortificado que alberga a seiscientos monjes. Lo fundó la emperatriz Catalina II de Rusia. El día de la inauguración, no se le permitió que pusiera un pie en esas tierras de las que el sexo femenino está proscrito incluso entre los animales, entre las aves de corral.
Es un cuartel. Hay cañones para defender al stareţ abad, a su Estado Mayor y sus riquezas. Hay soldados con hábitos a los que llamamos «hermanos» pero que tiemblan ante sus superiores como todos los soldados. Los tontos y creyentes, como yo, cortan leña, pescan, preparan aceite y aceitunas, cultivan las viñas, ceban los capones, rezan por sus almas y por las de los inteligentes, que discuten sobre la existencia de Dios, comen de todo, beben de todo y descargan su virilidad en Karea, donde hay mujeres discretas, o bien entre sí, en franca camaradería. Los que no pueden hacer como ellos se mortifican en una piadosa soledad. Todos aspiran a obtener el perdón del Redentor, que lo concede a todos porque está crucificado.
¡Allí fue donde me convertí en haiduc!.

¡Y yo soy haiduc para defender a los esclavos!
Esta intervención inesperada, salida de las filas de nuestros compañeros, atrajo las miradas. Había un hombre de pie:
Un haiduc.
Era el de mayor edad, pero nadie lo hubiera dicho ya que su abundante melena, de un negro azulado, tenía pocos pelos plateados. Su dentadura trituraba las aceitunas con los huesos. Sus pasos firmes hacían temblar el suelo. Tenía un pasado de héroe.
Pero yo me negué a servir a los nobles, llegué al bosque a los diez años y hace cincuenta que vivo aquí. He luchado bajo las órdenes del haiduc Jianu, he servido al gran pandur revolucionario Tudor Vladimirescu y finalmente he venido a parar a la banda de Cosma, tu padre. Los tres han sido tiranos y yo su esclavo. Es cierto que su tiranía es noble, pero mi esclavitud no resulta menos dura por eso. Que lo cuelgue a uno un Tudor o el arconte Samurakis, lo mismo da. Y sí, me he doblegado, a menudo he padecido terribles injusticias. Lo hice por «una idea». Y también porque… tenía miedo. Me decía: «Nos va mal con el mal, pero podría irnos peor sin el mal». No olvides que nací de una madre esclava y que los esclavos son cobardes. Pero ¿cómo podrían ser valientes? Desde hace siglos llevan el miedo en la sangre, desde hace siglos se los azota y cuelga, unas veces los Tudor, otras los Arcontes.
Entenderás, mi pequeño valiente, que ya sea en los pastos o en el codru, en todas partes hay amos que reinan.

I must say that I did not know anything about the topic and it is interesting. At the beginning of the 20th century, the Romanian peasantry was bleeding to the hands of the Greek and Turkish occupiers, allied with the feudal lords and the bourgeoisie. The Haiduci, revolutionary bandits, fought for justice to be done.
Gathered around a bonfire, a group of these rebels, encouraged by their captain, tell the experiences that led them to revolt.
At the beginning of the 20th century, the haiduci of Romania were broadly divided into three lots: the codreni (that is, those from the forest), the munteni (from the mountains) and the dunăreni: those from the Danube area, They had a lot of pirates.
It is often said that the Haiduci were Robin Hoods who robbed the rich for the benefit of the poor, but the reality is more complex. The word comes, apparently, from a Turkish expression (haydut) used to describe those who were “outside the law”. Rebels, opponents of the Ottoman regime, the Haiduci did theirs in Moldova, Hungary or Albania as well as Poland, Serbia or Croatia; they were men, according to Istrati himself, who could not bear exploitation or servitude, who protected the poor, who killed landlords and cruel landowners.

Floarea Codrilor (head of the group) I am a fake woman, who can be sincere when she wants and when the company is worth it. I have not had a father, what is called “coming from flowers.” My mother, a shepherdess from childhood to death, had no relationship during her life except with the fields, the winds, her flute, her dogs, the sheep and the scabies with which she fought. Except for scabies, which often had to be cured by his own hands, everything else was pleasing to him. Unfortunately, life is not just pleasures. The poor woman also suffered a test, one, but that changed her life: as a child, she lost an eye while playing.
We tend to forget our disabilities, especially those that are suffered during childhood. My mother did not spend a day without remembering that accident.
Floarea Codrilor stopped to suppress a suffocation. At the beginning of his narrative and later, as he spoke, he honored each of the listeners, even the most humble Haiduci, with his eyes, but he stopped especially at me, as if his eyes wanted to say to me: «You, Ieremia, son from the forest and my son, you are my whole life … It’s because of you that I’m here … ».
The Haiduci, respectful of this show of sincerity, listened in silence. Spilca devoured her with a tense attention, drank his words, while Ilie, always with an imperturbable calm, offered him his face of an apostle with a moving immobility. Less intelligent, simpler in spirit, but as eager as all of us to know, Movilă the vătaf lieutenant followed her with interest, while keeping the fire alive in the bonfire with branches.

Ilie (the wise one) left his căciulă on the ground with a slow movement. Did he know that by showing us his smooth forehead and his haiduc mane he was showing us a unique head for his serenity? It was a metropolitan warrior’s face, of those who know how to kill between two prayers, and eat and drink between two massacres. His black eyes, limpid, precise, neither timid nor audacious, said clearly: «Peace to you, I kill you!». However, a martyr’s light, wavering between life and death, floated eternally in that long beard of black raven and white silver, which swallowed a tangled mustache, fearsome guardian of a mouth ready to pronounce the incomprehensible word at every moment. : “Justice!”.
I came to live in the woods to find here the justice that fled the city.
In Brăila, where I opened my eyes to the world, my father had a hostel. That father (may the devil take him away) was a man of good intentions. But many good men are tyrants in intimate life, especially when they take the helm. My father carried the one from his house, a great caravel that he wanted to keep safe from all the storms. To achieve this, he dropped the anchor in still waters, despite the protest of some travelers whom he disliked.
– Do you dislike? -He said-. Wait for Allah to call me. Then you will act at your whim …

Before being Spilca the monk, I had been a brave plutaş “boatman” in the Bistriţa. Then I was not bald yet. A beautiful blonde haired girl spilled over my broad shoulders, the same ones I still have. I had no beard. My face was that of a young virgin. My eyes did not close with sadness at the appearance of any memory. My lips knew how to laugh without fear. I was Spilca the plutaş.
From the place where the Bistriţa is already navigable by raft to the mouth, the Moldavian shores were as familiar to me as my fingers. The Bistriţa, proud and wild river like the princess envied by Prut and Siret, was my lover. Its bed, a inconstant cradle, full of rocks. Its banks, two wavy mats, rich in surprises. The first exasperates the lover, makes him notch in the body. The banks approach, often threatening, they narrow it, they strangle it, they elicit cries. Then, by common consent, the three leave it. And then the most beautiful river in Moldova, one of the most beautiful in the world, unfolds to your liking, is contemplated in a sky worthy of it, smiles graciously at the people.
The Pantelimon monastery on Mount Athos: a fortified barracks that houses six hundred monks. It was founded by Empress Catherine II of Russia. On the day of the inauguration, she was not allowed to set foot on those lands of which the female sex is banned even among the animals, among the poultry.
It is a barracks. There are cannons to defend the abbot stareţ, his staff and his wealth. There are soldiers with habits we call “brothers” but who tremble before their superiors like all soldiers. The fools and believers, like me, cut wood, fish, prepare oil and olives, cultivate the vines, fatten the capons, pray for their souls and for those of the intelligent, who argue about the existence of God, eat everything, drink of everything and download their manhood in Karea, where there are discreet women, or each other, in frank camaraderie. Those who can not do as they mortify themselves in a pious solitude. All aspire to obtain the forgiveness of the Redeemer, who grants it to all because he is crucified.
That’s where I became haiduc!

And I am haiduc to defend the slaves!
This unexpected intervention, out of the ranks of our colleagues, attracted attention. There was a man standing:
A haiduc.
He was the oldest, but nobody would have said it since his abundant hair, of a bluish black, had few silver hairs. His teeth crushed the olives with bones. His firm steps made the ground tremble. He had a hero’s past.
But I refused to serve the nobles, I came to the forest at ten years old and I live here fifty years ago. I have fought under the orders of haiduc Jianu, I have served the great revolutionary pandur Tudor Vladimirescu and finally I have come to the band of Cosma, your father. All three have been tyrants and I have been their slave. It is true that his tyranny is noble, but my slavery is no less hard for that. Hang it by a Tudor or Archon Samurakis, it’s the same. And yes, I have bowed down, I have often suffered terrible injustices. I did it for “an idea”. And also because … I was afraid. He told me: “We are doing badly with evil, but we could go worse without evil.” Do not forget that I was born to a slave mother and that slaves are cowards. But how could they be brave? For centuries they have carried the fear in their blood, for centuries they have been beaten and hanged, sometimes the Tudors, sometimes the Archons.
You will understand, my brave little one, that either in the pastures or in the codru, everywhere there are masters who reign.

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