La Leyenda Negra En Inglaterra. Desarrollo Del Sentimiento Antihispánico 1558-1660— William S. Maltby / The Black Legend in England;: The development of anti-Spanish sentiment, 1558-1660 by William S. Maltby

El profesor William Maltby explica con gran detalle los orígenes de la hispanofobia de Inglaterra en este libro bien investigado. El libro expone la Leyenda Negra contra España y los españoles creados y propagados por la máquina de propaganda de Inglaterra del siglo XVI por medios políticos y religiosos. Esta Hispanofobia arraigada fue heredada más tarde por los Estados Unidos y otras colonias inglesas anteriores.
Aquí hay ejemplos de cómo el sistema educativo hispano-hispano y los medios de comunicación nos presentan de manera diferente acciones similares cometidas por diferentes pueblos: cuando los españoles en el siglo XV descubrieron y exploraron el Nuevo Mundo en busca de oportunidades, se le llama codicia, avaricia española y ” lujuria por el oro “. Sin embargo, cuando los angloamericanos se tropezaron unos con otros en la carrera por el oro y el petróleo de California a fines del siglo XIX, se lo llama “pioneros audaces con el ingenio yanqui impulsado por la ética de trabajo protestante”. El uso de mano de obra esclava por los portugueses y españoles se describe como “inmoral y puro mal”; sin embargo, cuando los ingleses se beneficiaron inmensamente del comercio de esclavos y los angloamericanos utilizaron el trabajo esclavo en los campos de algodón, se recubren de azúcar como “tenacidad comercial inglesa” y “los bloques de construcción para nuestra gran sociedad”. Cuando los españoles expulsaron o castigaron a los disidentes religiosos durante la Inquisición, esto se conoció como “traición” española, “intolerancia”, “fanatismo”, “atraso” y una causa del declive de España. Sin embargo, cuando los ingleses, holandeses o franceses hicieron lo mismo (especialmente Inglaterra en 1290 y Francia en 1306, habían ordenado la expulsión de sus judíos), se conoce como “unificar una nación” o “salvaguardarla contra la traición o el extranjero”. conspiración.” El asesinato de indios por los españoles se convirtió en “atrocidades atroces”, “españoles sedientos de sangre” o “exterminio despiadado”; pero cuando los ingleses mataron a miles de irlandeses en sus propios pantanos, o los mataron después de rendirse, esto se llamó “proteger a la reina y al país” o “abordar el problema irlandés”. Cuando los angloamericanos mataron a los indios, les dieron whisky, mantas atadas con viruela, y los descartaron en las “reservas indias” estériles que se conocen como “la piedra angular para construir nuestra gran nación”. Cuando los españoles del siglo XV lucharon cara a cara con la espada y la alabarda en la mano contra una fuerza india mucho más grande, esto se llamó “cobardía española y lujuria por sangre contra los nativos inocentes tecnológicamente más débiles”, pero cuando los estadounidenses del siglo 20 dejaron caer el primer atómico bombardeó a los desprevenidos civiles japoneses en Hiroshima y Nagasaki y aniquiló a cientos de miles, se presenta como “un episodio en la historia para asegurar la democracia estadounidense y los valores en el mundo”. Cuando los rebeldes soldados españoles (Tercios Españoles) estacionados en los Países Bajos españoles abusaron de los burgueses, se presenta como “tiranos españoles crueles y típicos del bárbaro carácter español” y “Los españoles solo son capaces de llevar la matanza y la sangre a sus dominios. , “sin embargo, cuando los soldados estadounidenses del siglo XXI estacionados en Irak y Afganistán humillan, profanan, torturan y asesinan a civiles inocentes (16 civiles afganos asesinados a sangre fría por el Sargento Robert Bales) lo presenta nuestra misa” justa y equilibrada ” los medios de comunicación como “un actor solitario no representativo del pueblo estadounidense y sus valores” o “las acciones de unos pocos soldados rebeldes que sufren de síndrome post-traumático”.
La pura hipocresía y el doble estándar es verdaderamente obsceno. Recomiendo este libro.

Reconozcamos que Inglaterra no es la única piedra de toque para las pruebas de la Leyenda Negra, pero notemos que los italianos no pudieron ser responsables del antihispanismo que floreció allí en los siglos XVI-XVII. Es obvio que los orígenes de tal sentimiento fueron múltiples. Varias naciones, entre ellas Italia e Inglaterra, reaccionaron desfavorablemente a ciertas actividades españolas, y sus actitudes se fortificaron al enterarse de reacciones similares a través del intercambio cultural. Sólo al transcurrir el tiempo llegaron a fundirse en la universal Leyenda Negra de hoy, y aún no completamente.
La Leyenda Negra quizá no constituya un punto de vista legítimo ni justificable, pero se debe tener en cuenta que es una leyenda, no un mito. Como leyenda surgió de hechos reales, y éstos no se pueden pasar por alto en beneficio de un bando. Los españoles cometieron graves injusticias, pero también las cometieron hombres de otras naciones, y un estudio comparativo de crímenes nacionales, aunque pudiera resultar revelador, es sencillamente imposible. Las culpas de España fueron exageradas por sus enemigos, y que estos enemigos han sido reos de enormidades semejantes, su propósito no es hacer una comparación de la moral de las naciones ni una vindicación del carácter español. Antes bien, intenta determinar cómo y por qué la reputación de España cayó víctima de la sostenida malicia de sus enemigos.

La influencia de Las Casas puede encontrarse en toda una variedad de escritos ingleses, y a las versiones de su obra nunca les han faltado compradores. Todavía en 1898 fue impresa en Nueva York una traducción bastante caprichosa de texto como propaganda para la guerra hispano-norteamericana, pero el mundo de habla inglesa ya estaba enterado de su contenido desde la publicación de The Spanish Colonie, or Brief Chronicle of the Actes and Gestes of the Spaniards in the West Indies [La colonia española, o Breve crónica de los actos y gestas de los españoles en las Indias Occidentales] en 1583.
El descubrimiento y la conquista de vastas regiones en el Nuevo Mundo habían colocado a España ante problemas de magnitud sin precedente: cómo enfrentarse a enormes números de recién adquiridos súbditos cuyas culturas no sólo eran ajenas a la experiencia europea, sino que aun diferían considerablemente entre si. Para muchos españoles, como para los aventureros de todo el mundo, la respuesta era: simple explotación; mas a otros, movidos por principios cristianos o por el sentido común, tal curso les pareció al mismo tiempo inmoral y contraproducente. Aunque durante un tiempo Las Casas fue explotador, luego se dejó ganar para esta última opinión por los sermones de Montesinos, y se lanzó, con todo el celo de un converso, por el curso que había de valerle el titulo de «Apóstol de los indios”.
La más poderosa acusación de la crueldad y la codicia de España es, al mismo tiempo, un monumento a su humanitarismo y su sentido de la justicia. Pero hombres de otras naciones, que escribían al calor del partidismo religioso o nacional, no reconocerían el hecho importantísimo de que el propio Las Casas era español. También debe notarse que, aun cuando la Brevísima relación fue impresa por primera vez en 1551, sólo en 1583, al no poder disimularse ya la creciente enemistad entre España e Inglaterra, la primera edición de la obra en inglés apareció en las librerías de Londres.
Mártir de Anglería, Gomara, Zárate y Las Casas, han quedado como valiosas fuentes de información sobre la Conquista española. Con la posible excepción de Las Casas, conservan su gran importancia para el estudioso, y necesariamente han influido en nuestra opinión sobre España. Durante el reinado de Isabel, fueron suplementados hasta cierto punto por las búsquedas de Hakluyt, pero apenas en 1625 aparecieron tres crónicas españolas más, en la colección de Samuel Purchas.
La Conquista española de América ha desempeñado un papel determinante en el desarrollo del antihispanismo, pero ese papel quedó reservado, en gran parte, a una época y un lugar que están fuera de los límites de este estudio. Para el inglés de los ligios XVI y XVII había razones más inmediatas para sentir desagrado por España, y los hechos de los españoles en el Nuevo Mundo fueron de interés básicamente como munición en una guerra de propaganda que empezaba a gestarse por otras causas.

Viviendo como vivimos en una época de relativo escepticismo religioso, a veces solemos olvidar que nuestros predecesores estuvieron tan obsesionados por las cuestiones religiosas como nosotros lo estamos por las ideológicas, y que aun sus planes más materialistas podían justificarse en términos teológicos. El exagerado número de mártires que produjo el siglo xvi nos impide negar por completo su sinceridad y, aunque reconozcamos muchos otros factores, hemos de confesar que la religión desempeñó un papel importante en el desarrollo de la actitud inglesa hacia España.
La Inglaterra isabelina era considerada generalmente como dirigente natural del campo reformado, mientras que España era paladín natural de los católicos.
Esta identificación de España con el catolicismo dio sus primeros frutos literarios durante el reinado de Felipe y María, cuando hombres como John Bradford hicieron advertencias contra la influencia española en la política inglesa. Bradford, ingenuamente, negó ser protestante y declaró que sus críticas iban contra el bajo nivel moral del séquito de Felipe, pero el grueso de su escrito está integrado por argumentos doctrinarios contra los sacramentos, la liturgia y el clero, en un burdo intento por aprovechar la desconfianza popular contra los extranjeros con fines de reforma religiosa. La partida de los visitantes españoles puso fin a todo esto, al suprimir la causa de irritación, y después de ascender Isabel al trono los victoriosos protestantes se dedicaron casi una década a cazar «zorros romanos» en su propio coto. Inglaterra y España no sólo estaban en paz, sino unidas en su oposición a franceses y escoceses.
El concepto del catolicismo español que se difundió durante el siglo siguiente se basó, en parte, en actitudes protestantes en general, y, en parte, en ciertos aspectos que fueron considerados como exclusivamente españoles. Los católicos ingleses acaso no compartieran tales opiniones, pero rara vez estuvieron en condiciones de oponerse. Para ellos, publicar era tan difícil como peligroso. Ya estaban bastante ocupados en defenderse ellos mismos; y no hay pruebas de que, para empezar, muchos de ellos fueran hispanófilos. Aunque en ocasiones se publicaron libros que elogiaron los modales o las tácticas militares españolas, el hecho de que, al menos en Inglaterra, el retrato de la religión española quedó en manos de sus peores enemigos.

La visión que los rebeldes tenían de España conservó su atractivo porque llegó a asociarse con un moderno sistema de valores. Se ha supuesto que los flamencos buscaban la tolerancia religiosa y la libertad personal, cuando, en rigor, muchos de ellos sólo trataban de imponer otra clase de tiranía religiosa, sin dejar de mantener los privilegios aristocráticos. Las libertades democráticas habitualmente asociadas con sus nombres eran, en su mayoría, impensables en 1565. Los que, en el siglo XIX y comienzos del XX, creyeron que estos principios estaban entretejidos en la urdimbre misma del universo, naturalmente lo ignoraban. Identificaron la rebelión de los Países Bajos con el culto a sus propios dioses, e hicieron de los enemigos de aquélla sus propios enemigos. Como resultado, el papel desempeñado por España en esta prolongada y sangrienta tragedia debe ocupar su lugar entre las causas
generales del antihispanismo, no sólo en Inglaterra, sino en toda la Europa Occidental.

La acusación se sostuvo a fuerza de repetirla, y la leyenda de la incompetencia militar aún persiste hoy pese a todas las pruebas en contra. Indignante para los hispanistas y engañosa para los enemigos de España, fue, al menos en Inglaterra, producto de 1588. La leyenda de la invencibilidad española se había desvanecido junto con las últimas fingidas protestas de amistad. Por muy poco inspiradora que fuese la guerra siguiente, el antihispanismo había llegado a su clímax, y nuestra historia adoptaría en adelante un cariz bien distinto.
La Armada fue el episodio más importante de una guerra que tan pronto se intensificaba como quedaba latente; y ello durante dos largos siglos. Ingleses y españoles no se encontrarían luchando por la misma causa hasta los días de Napoleón, y aun entonces, por un breve periodo. Durante aquella prolongada época, nuevos conceptos del carácter español tuvieron escasa oportunidad de desarrollarse, y todo estudio del antihispanismo tiene que revisar no sólo los orígenes, sino también las ocasiones en que se sacaron a colación dichos orígenes.
La única excepción a esto abarca un fenómeno bien conocido del siglo xx. En toda lucha prolongada entre dos potencias, en la gente suele desarrollarse un interés involuntario por el enemigo y por la sociedad que lo produjo. Esta curiosidad es en gran parte hostil, enfocada al descubrimiento de puntos débiles, y a su servicio se ponen «expertos» de una u otra índole.

Con la coronación de Jacobo I, la historia del antihispanismo inglés entró en una fase nueva y menos virulenta. Isabel no había sido una soberana particularmente belicosa. Prefiriendo la política a las incertidumbres del conflicto declarado, sin embargo era capaz de ir a la guerra cuando la ocasión lo exigía. El nuevo rey, en cambio, era un pacifista hasta las entretelas de su tímido corazón de estudioso. Nacido y educado en una atmósfera de desenfrenada violencia y brutalidad, aprendió a desconfiar de los consejos de hombres de guerra y a buscar soluciones pacíficas aun cuando parecieran imprudentes, y concibió su misión como la de un pacificador y árbitro de las disputas del mundo, una especie de Salomón, que, por virtud de su gran cultura y sabiduría, conseguiría calmar las bajas pasiones de hombres con menos grandeza.
Desde otro punto de vista, los escritos antiespañoles de 1603-1642 acaso fueron lo que decían ser: consejos al estado de la opinión publica, no dirigidos al pueblo sino tendientes a guiar al rey. Esta interpretación tiene muchos argumentos en su favor, aunque dudo que alguna vez los libelistas hayan buscado un publico tan reducido. Sea como fuere, la conclusión es la misma. Los enemigos de España, que probablemente ya formaban la mayoría del pueblo inglés, se tendieron en obligado reposo, a aguardar el alba de otro día. El antihispanismo había dejado de ser tema de alegatos explícitos para convertirse en una corriente del pensamiento de una multitud. Y los escritos que poseemos, con toda su rareza y sus evidentes defectos, señalan dónde, siguiendo el curso de menor resistencia, esa corriente surgió borboteante a la superficie.

Muy probablemente sí, pues su propio instinto dramático era infalible, y esta cualidad ha movido a muchos a llamarle «isabelino trasnochado». Este juicio puede ser improcedente, y no cabe duda de que es superficial, pues a los hombres de la estatura de Cromwell no es tan fácil catalogarlos. Imbuidos de algún poder interno más fuerte que la razón, trascienden en sus cerebros las leyes fijadas para los mortales ordinarios. Pero en un aspecto de su ser, sí puede acusarse a Cromwell de reflejar fielmente el espíritu isabelino: en su profundo y persistente odio a España.
La Leyenda Negra empezó a dar frutos cuando su mensaje se asentó en los espíritus ingleses. Y ya había cumplido su misión cuando Cromwell subió al poder. Él y su generación se habían nutrido desde la infancia con relatos de la Armada y de persecuciones en los Países Bajos. España representaba para ellos todos esos males que tanto alarmaron a los puritanos del reinado de Isabel: crueldad, inmoralidad y opresión religiosa. Para las normas de su época, Cromwell fue un hombre tolerante en grado sumo, pero su tolerancia no se extendía hasta los católicos. A éstos los odiaba con una pasión incontenible, y su visión de España y de su Iglesia no era distinta de la actitud de un cruzado español hacia el Gran Turco. Cuando el gobierno de Inglaterra cayó en manos de este hombre autoritario y confiado en sí mismo, resultó inevitable un renacimiento del antihispanismo isabelino.
Si el «Designio occidental» fue típico del efecto devastador que la Leyenda Negra era capaz de producir, también fue característico de aquellas situaciones en que el antihispanismo, habiendo ayudado a causar un incidente, pudo renovarse a si mismo nutriéndose de sus resultados. Es obvio que el intento del gobierno de justificar su política fomentó una renovación de interés hostil en el enemigo, pero la reanudación de una guerra en toda forma después de tantos años de relativa calma produjo un nuevo alud de literatura sobre España y sus colonias.

Resulta tentador decir que el reciente florecimiento de este mito en particular fue un fiel reflejo de la pérdida de la eminencia intelectual de España, pero el hecho es que tal eminencia casi en ningún momento habría sido reconocida por protestantes y librepensadores, y las palmarias exageraciones acerca del aislamiento de España, que fueron aceptadas sin vacilar por los philosophes, indican que debemos buscar nuestra respuesta en otra parte. Acaso la explicación más razonable sea que ocurrió un cambio en los propios escritores antiespañoles. En el siglo xvi, los hombres que escribieron contra España no fueron, en su mayoría, ni eruditos ni intelectuales. A ellos les hubieran parecido completamente inútiles semejantes normas de comparación. El antihispanismo inglés se fundó originalmente en razones morales, no intelectuales, y en su primera fase estuvo arraigado en un concepto de cierta esencial perversidad española.
La perniciosa influencia de la conciencia nacional no es fácil de evaluar. Los ingleses estaban conscientes de su identidad nacional —qué duda cabe—, y escritores como Raleigh, Thomas Scott y sir Richard Hawkins se complacían en comparar las virtudes de Inglaterra con los vicios de su pérfida enemiga. La frecuente insistencia en el supuesto origen judío o moro de los españoles indica que hasta debió intervenir un elemento de antagonismo racial.
Con algunas excepciones notables, las personas interesadas responsables de esta propaganda prefirieron permanecer anónimas, y aun en los casos en que no ocurrió así, rara vez nombraron a sus asociados o a quienes les pagaban. Como podía esperarse, sus dedicatorias van dirigidas, generalmente, a grandes hombres de tendencias puritanas, pero no todos los escritores se interesaron en las mismas cosas. Algunos, como John Foxe, estaban intentando, indudablemente, favorecer el avance del protestantismo, pero otros sólo estaban escribiendo en apoyo de la política del gobierno, o en favor de las empresas de ultramar. Y como estas tres causas requerían oponerse a España, y como muchos se encontraron unidos apoyando las tres al mismo tiempo, tales líneas divisorias resultaron inevitablemente vagas, pero bastan para indicamos que, con toda probabilidad, no hubo una sola conspiración organizada para vilipendiar a los españoles. En Inglaterra, el sentimiento antiespañol fue provocado por un buen número de hombres que escribían más o menos independientemente y que tomaban sus ejemplos, por muy imprecisos que fueran, de los registros históricos. Este sentimiento sólo se convirtió en una «Leyenda Negra» cuando autores posteriores aceptaron sus alegatos como hechos comprobados.
Una importancia es imposible exagerar, de que Inglaterra sólo era una de las muchas naciones cuyas experiencias con España habían sido desagradables. Ningún gran imperio, sea cual fuere su política, puede dejar de incurrir en la ira de sus vecinos; y la vasta gama de las actividades españolas, no sólo contra Inglaterra sino en los Países Bajos, en Francia y en Italia, dejó a España particularmente expuesta a las críticas hostiles. Al menos en otros tres países se habían desarrollado sus propias Leyendas Negras, de manera no distinta de la inglesa. Cuando el inglés honrado se volvía a sus vecinos en busca de ilustración, encontraba confirmadas sus peores sospechas y justificado el prejuicio de sus conciudadanos. Pese a todas sus diferencias, los nexos culturales de Inglaterra con Francia y con los Países Bajos siempre han sido estrechos, y sus separadas corrientes del antihispanismo tendieron inevitablemente a reforzarse entre sí. Fue de esta manera como pudo crecer la leyenda de la barbarie española, hasta volverse parte del bagaje intelectual del hombre occidental. Aunque producto de la historia, no tenía por base ningún hecho. Aunque manifiestamente injusta, sigue coloreando nuestra visión de toda una cultura. En estos momentos, el antihispanismo bien puede ser suplantado por el anti-americanismo.

William Maltby explains in great detail the origins of England’s Hispanophobia in this well researched book. The book exposes the Black Legend against Spain and Spaniards created and propagated by 16th Century England’s propaganda machine for political and religious means. This entrenched Hispanophobia was later inherited by the United States and other former English colonies.
Here are examples of how similar actions committed by different peoples are presented to us differently by our Hispanophobic educational system and mass media: When Spaniards in the 15th Century discovered and explored the New World for opportunities, it is called Spanish greed, avarice, and “lust for gold.” However, when Anglo-Americans stumbled over each other in the rush for California gold and oil in the late 19th Century, it is called “bold pioneers with Yankee ingenuity driven by the Protestant Work Ethic.” The use of slave labor by the Portuguese and Spanish is depicted as “immoral and pure evil”; however when Englishmen profiteered immensely from the slave trade and Anglo-Americans used slave labor in the cotton fields, it is sugar-coated as “English commercial tenacity” and “the building blocks for our great society.” When Spaniards expelled or punished religious dissidents during the Inquisition, this came to be known as “Spanish treachery” “bigotry,” “intolerance,” “fanaticism,” “backwardness” and a cause of Spain’s decline. However, when Englishmen, Dutchmen, or Frenchmen did the same thing (notably England in 1290 and France in 1306 – had ordered the expulsion of its Jews), it is known as “unifying a nation,” or “safeguarding it against treason or foreign conspiracy.” The killing of Indians by the Spaniards became “heinous atrocities,” “blood-thirsty Spaniards,” or “ruthless extermination”; but when Englishmen ran Irishmen to death by the thousands in their own bogs, or slaughtered them after surrender, this was called “protecting Queen and Country” or “addressing the Irish problem.” When Anglo-Americans killed Indians, gave them whiskey, blankets laced with small pox, and discarded them on barren “Indian reservations” it is known as “the cornerstone for building our great nation.” When 15th Century Spaniards fought eye-to-eye with sword and halberd in hand against a much larger Indian force, this was called “Spanish cowardice and lust for blood against the technologically weaker innocent natives,” but when 20th Century Americans dropped the first atomic bomb on unsuspecting Japanese civilians in Hiroshima and Nagasaki and annihilated hundreds of thousands, it is presented as “an episode in history to ensure American Democracy and values in the world.” When 16th Century mutinous Spanish soldiers (Tercios Españoles) stationed in the Spanish Netherlands abused the burghers, it is staged as “Cruel Spanish tyrants and typical of the barbarous Spanish character” and “The Spaniards are only capable of bringing slaughter and blood to their dominions,” however, when 21st Century American soldiers stationed in Iraq and Afghanistan humiliate, defile, torture, and murder innocent civilians (16 Afghan civilians murdered in cold blood by Staff Sgt. Robert Bales) it is presented by our “fair and balanced” mass media as “a lone actor not representative of the American people and their values” or “the actions of a few rogue soldiers suffering from Post-Traumatic Syndrome”.
The sheer hypocrisy and double standard is truly obscene. I recommend this book.

Let us recognize that England is not the only touchstone for the evidence of the Black Legend, but note that the Italians could not be responsible for the anti-Hispanism that flourished there in the XVI-XVII centuries. It is obvious that the origins of such feeling were multiple. Several nations, including Italy and England, reacted unfavorably to certain Spanish activities, and their attitudes strengthened when they heard similar reactions through cultural exchange. Only after the lapse of time did they merge into the universal Black Legend of today, and not yet completely.
The Black Legend may not be a legitimate or justifiable point of view, but it must be borne in mind that it is a legend, not a myth. As a legend it arose from real events, and these can not be ignored for the benefit of one side. The Spaniards committed grave injustices, but they were also committed by men of other nations, and a comparative study of national crimes, although it may be revealing, is simply impossible. The faults of Spain were exaggerated by their enemies, and that these enemies have been accused of similar enormities, their purpose is not to make a comparison of the morality of nations or a vindication of Spanish character. Rather, it tries to determine how and why Spain’s reputation fell victim to the sustained malice of its enemies.

The influence of Las Casas can be found in a variety of English writings, and the versions of his work have never lacked buyers. As early as 1898, a rather whimsical translation of text as propaganda for the Spanish-American war was printed in New York, but the English-speaking world was already aware of its content since the publication of The Spanish Colonie, or Brief Chronicle of the Acts and Gestes of the Spaniards in the West Indies [Spanish colony, or Brief chronicle of the acts and deeds of the Spaniards in the West Indies] in 1583.
The discovery and conquest of vast regions in the New World had placed Spain before problems of unprecedented magnitude: how to deal with huge numbers of newly acquired subjects whose cultures were not only foreign to the European experience, but even differed considerably between . For many Spaniards, as for adventurers around the world, the answer was: simple exploitation; but to others, moved by Christian principles or by common sense, such a course seemed immoral and counterproductive at the same time. Although for a time Las Casas was an exploiter, he later allowed himself to be won for this last opinion by Montesinos’s sermons, and he launched himself, with all the zeal of a convert, for the course that was to have the title of “Apostle of the Indians”. ”
The most powerful accusation of the cruelty and greed of Spain is, at the same time, a monument to his humanitarianism and his sense of justice. But men from other nations, writing in the heat of religious or national partisanship, would not recognize the very important fact that Las Casas himself was Spanish. It should also be noted that, even though the briefest report was printed for the first time in 1551, only in 1583, since the increasing enmity between Spain and England could no longer be disguised, the first edition of the work in English appeared in the London bookstores.
Mártir de Anglería, Gomara, Zárate and Las Casas, have remained valuable sources of information on the Spanish Conquest. With the possible exception of Las Casas, they retain their great importance for the scholar, and have necessarily influenced our opinion about Spain. During the reign of Isabel, they were supplemented to a certain extent by Hakluyt’s searches, but only in 1625 did three more Spanish chronicles appear, in Samuel Purchas’s collection.
The Spanish Conquest of America has played a decisive role in the development of anti-Hispanism, but that role was reserved, in large part, to a time and place that are outside the limits of this study. For the English of the sixteenth and seventeenth centuries there were more immediate reasons to feel displeasure for Spain, and the facts of the Spaniards in the New World were of interest basically as ammunition in a propaganda war that was beginning to take place for other reasons.

Living as we live in a time of relative religious skepticism, we sometimes forget that our predecessors were as obsessed with religious issues as we are with ideological issues, and that even their most materialistic plans could be justified in theological terms. The exaggerated number of martyrs produced in the sixteenth century prevents us from completely denying their sincerity and, although we recognize many other factors, we must confess that religion played an important role in the development of the English attitude towards Spain.
Elizabethan England was generally considered as a natural leader of the reformed camp, while Spain was a natural champion of Catholics.
This identification of Spain with Catholicism gave its first literary fruits during the reign of Philip and Maria, when men like John Bradford made warnings against Spanish influence in English politics. Bradford naively denied being a Protestant and declared that his criticisms went against the low moral standard of Felipe’s entourage, but the bulk of his writing is composed of doctrinaire arguments against the sacraments, the liturgy and the clergy, in a crude attempt to take advantage of popular mistrust against foreigners for the purpose of religious reform. The departure of the Spanish visitors put an end to all this, by suppressing the cause of irritation, and after ascending Elizabeth to the throne the victorious Protestants devoted almost a decade to hunting “Roman foxes” in their own preserve. England and Spain were not only at peace, but united in their opposition to the French and the Scots.
The concept of Spanish Catholicism that was disseminated during the following century was based, in part, on Protestant attitudes in general, and, in part, on certain aspects that were considered exclusively Spanish. English Catholics may not have shared such opinions, but they were rarely in a position to oppose it. For them, publishing was as difficult as it was dangerous. They were already quite busy defending themselves; and there is no evidence that, to begin with, many of them were Hispanophiles. Although sometimes books were published that praised Spanish manners or military tactics, the fact that, at least in England, the portrait of Spanish religion was in the hands of its worst enemies.

The vision that the rebels had of Spain retained its appeal because it came to be associated with a modern value system. It has been assumed that flamencos sought religious tolerance and personal freedom, when, strictly speaking, many of them only tried to impose another kind of religious tyranny, while maintaining aristocratic privileges. The democratic liberties usually associated with their names were, for the most part, unthinkable in 1565. Those who, in the nineteenth and early twentieth centuries, believed that these principles were woven into the warp of the universe, naturally ignored it. They identified the rebellion of the Netherlands with the worship of their own gods, and made their enemies their own enemies. As a result, the role played by Spain in this prolonged and bloody tragedy must take its place among the causes
of anti-Hispanism, not only in England, but throughout Western Europe.

The accusation was sustained by repeating it, and the legend of military incompetence still persists today despite all the evidence against. Outrageous for the Hispanists and deceptive for the enemies of Spain, it was, at least in England, the product of 1588. The legend of Spanish invincibility had vanished along with the latest feigned protests of friendship. However uninspiring the next war might have been, anti-Hispanism had reached its climax, and our history would henceforth adopt a very different aspect.
The Navy was the most important episode of a war that was intensified as soon as it was latent; and that for two long centuries. Englishmen and Spaniards would not be fighting for the same cause until the days of Napoleon, and even then, for a brief period. During that long period, new concepts of Spanish character had little opportunity to develop, and every study of anti-Hispanism has to review not only the origins, but also the occasions in which said origins were brought up.
The only exception to this encompasses a well-known phenomenon of the twentieth century. In any prolonged struggle between two powers, people tend to develop an involuntary interest in the enemy and in the society that produced it. This curiosity is largely hostile, focused on the discovery of weak points, and at their service they become “experts” of one kind or another.

With the coronation of James I, the history of English anti-Hispanism entered a new and less virulent phase. Isabel had not been a particularly bellicose sovereign. Preferring the policy to the uncertainties of the declared conflict, however, he was able to go to war when the occasion demanded. The new king, on the other hand, was a pacifist up to the interstices of his timid heart as a scholar. Born and educated in an atmosphere of rampant violence and brutality, he learned to distrust the advice of men of war and seek peaceful solutions even when they seemed imprudent, and conceived his mission as that of a peacemaker and arbiter of the disputes of the world, a kind of Solomon, who, by virtue of his great culture and wisdom, would be able to calm the low passions of men with less greatness.
From another point of view, perhaps anti-Spanish writings of 1603-1642 were what they claimed to be: advice to the state of public opinion, not directed to people but designed to guide the king. This interpretation has many arguments in its favor, although I doubt that ever the libelistas have looked for a so reduced public. Be that as it may, the conclusion is the same. The enemies of Spain, who probably already formed the majority of the English people, lay in forced repose, waiting for the dawn of another day. Anti-Hispanism had ceased to be the subject of explicit allegations to become a current of the thought of a multitude. And the writings that we possess, with all their rarity and their obvious defects, point out where, following the course of least resistance, that current emerged bubbling to the surface.

Very likely, yes, because his own dramatic instinct was infallible, and this quality has led many to call him “Elizabethan outdated.” This judgment may be irrelevant, and there is no doubt that it is superficial, since it is not so easy for men of Cromwell’s stature to catalog them. Imbued with some inner power stronger than reason, they transcend in their brains the laws fixed for ordinary mortals. But in one aspect of his being, Cromwell can be accused of faithfully reflecting the Elizabethan spirit: in his deep and persistent hatred of Spain.
The Black Legend began to bear fruit when its message settled in the English spirits. And he had already fulfilled his mission when Cromwell came to power. He and his generation had been nurtured from childhood with stories of the Navy and persecutions in the Netherlands. Spain represented for them all those evils that so alarmed the Puritans of Isabella’s reign: cruelty, immorality and religious oppression. For the standards of his time, Cromwell was a tolerant man to the highest degree, but his tolerance did not extend to Catholics. To these he hated them with an irrepressible passion, and his vision of Spain and his Church was no different from the attitude of a Spanish crusader towards the Grand Turk. When the government of England fell into the hands of this authoritarian and self-confident man, a rebirth of Elizabethan anti-Hispanism was inevitable.
If the “Western Design” was typical of the devastating effect that the Black Legend was capable of producing, it was also characteristic of those situations in which anti-Hispanism, having helped to cause an incident, could renew itself by nourishing itself on its results. It is obvious that the government’s attempt to justify its policy encouraged a renewal of interest in the hostile enemy, but the resumption of war in all forms after years of relative calm produced a new flood of literature on Spain and its colonies.

It is tempting to say that the recent flowering of this myth in particular was a faithful reflection of the loss of Spain’s intellectual eminence, but the fact is that such an eminence would have almost never been recognized by Protestants and freethinkers, and the obvious exaggerations of the isolation of Spain, which were accepted without hesitation by the philosophes, indicate that we must seek our response elsewhere. Perhaps the most reasonable explanation is that a change occurred in the anti-Spanish writers themselves. In the sixteenth century, the men who wrote against Spain were not, in their majority, neither scholars nor intellectuals. To them would have seemed completely useless similar standards of comparison. English antihispanism was originally founded on moral, not intellectual reasons, and in its first phase was rooted in a concept of certain essential Spanish perversity.
The pernicious influence of national consciousness is not easy to assess. The British were aware of their national identity -what doubt Cabe, and writers like Raleigh, Thomas Scott and Sir Richard Hawkins were pleased to compare the virtues of England with the vices of his perfidious enemy. The frequent insistence on the supposed Jewish or Moorish origin of the Spaniards indicates that an element of racial antagonism must have intervened.
With some notable exceptions, the interested persons responsible for this propaganda preferred to remain anonymous, and even in cases where this did not happen, they rarely named their associates or those who paid them. As might be expected, his dedications are directed, generally, to great men of puritanical tendencies, but not all writers were interested in the same things. Some, like John Foxe, were undoubtedly trying to favor the advance of Protestantism, but others were only writing in support of government policy, or in favor of overseas companies. And since these three causes required opposition to Spain, and as many found themselves united in supporting all three at the same time, such dividing lines were inevitably vague, but they are sufficient to indicate that, in all likelihood, there was not a single organized conspiracy to vilify the Spanish people. In England, anti-Spanish sentiment was caused by a good number of men who wrote more or less independently and who took their examples, however imprecise, from historical records. This feeling only became a “Black Legend” when later authors accepted his allegations as proven facts.
One importance is impossible to exaggerate, that England was just one of the many nations whose experiences with Spain had been unpleasant. No great empire, whatever its policy, can stop incurring the wrath of its neighbors; and the vast range of Spanish activities, not only against England but in the Low Countries, France and Italy, left Spain particularly exposed to hostile criticism. At least in three other countries they had developed their own Black Legends, not unlike the English. When the honest Englishman turned to his neighbors for illustration, he found his worst suspicions confirmed and justified the prejudice of his fellow citizens. In spite of all their differences, England’s cultural links with France and the Netherlands have always been narrow, and their separate currents of anti-Hispanism inevitably tended to reinforce each other. It was in this way that the legend of Spanish barbarism could grow, until it became part of the intellectual baggage of Western man. Although a product of history, it was not based on any fact. Although manifestly unfair, it continues to color our vision of an entire culture. In these moments, anti-Hispanism can well be supplanted by anti-Americanism.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .