El Camino Hacia La No Libertad — Timothy Snyder / The Road To Unfreedom by Timothy Snyder

Debo decir que como todos los libros de este autor comentados en el blog, muy interesante y actual.
Lo que ha sucedido ya en Rusia es lo que podría ocurrir en Estados Unidos y Europa: la estabilización de las grandes desigualdades, la sustitución de la política por la propaganda, el paso de la política de la inevitabilidad a la política de la eternidad. Los dirigentes rusos podrían invitar a los europeos y los estadounidenses a la eternidad porque Rusia llegó primero. Captaron las debilidades de unos y otros, que ya habían visto y explotado en su propio país.
Para muchos en Europa y Estados Unidos, lo ocurrido en la década de 2010 –el ascenso de la política antidemocrática, el giro de Rusia en contra de Europa y su invasión de Ucrania, el referéndum del Brexit y la elección de Trump– fue una sorpresa. Los estadounidenses suelen reaccionar ante las sorpresas de dos formas: o se imaginan que el hecho inesperado no es real, o aseguran que es algo totalmente nuevo y, por tanto, no se puede interpretar desde el punto de vista histórico. O todo saldrá bien, no se sabe cómo, o todo está tan mal que no es posible hacer.

“El presidente Donald J. Trump escribió en Twitter (su método súper favorito para evitar los medios de comunicación de” noticias falsas “y, por lo tanto, comunicarse directamente con” el pueblo “) con respecto a las protestas realizadas por ciudadanos estadounidenses que se oponen al candidato de la Corte Suprema de los Estados Unidos, Brett Kavanaugh” Los muy groseros gritones de los ascensores son profesionales pagados que solo buscan hacer que los senadores se vean mal. ¡No te dejes engañar! Además, observa todos los letreros idénticos hechos profesionalmente. Pagados por Soros y otros. No son carteles en el sótano. Del amor! #Troublemakers ”
– Donald J. Trump (@realDonaldTrump) 5 de octubre de 2018
Para el contexto, George Soros, un sobreviviente del Holocausto nacido en Hungría, es un donante de izquierda a las causas liberales en los Estados Unidos, Europa e Israel. En Hungría, el primer ministro ultranacionalista, Viktor Orban, habitualmente lo critica como un nuevo “enemigo del pueblo”. Orban utiliza imágenes distorsionadas, fabrica teorías de conspiración de derecha y sugiere que Soros es “cosmopolita”, “globalista” y “liberal”. El antisemitismo, ligeramente disfrazado, aparece regularmente en las comunicaciones de su partido y en sus discursos.
En 2016, Trump usó imágenes similares para crear mensajes divisivos y populistas. Por ejemplo, criticó a “los que controlan las palancas de poder en Washington” y a los “intereses especiales globales”. Utilizó imágenes de Soros y de la entonces jefe de la Reserva Federal Janet Yellen (también judía). Más extraordinariamente, usó una imagen tomada de un sitio web “a la derecha” de una Estrella de David superpuesta en una pila de efectivo, y luego reclamó fabulosamente que la Estrella era en realidad una “estrella del sheriff”. Por supuesto, nadie creía ese descargo de responsabilidad y ni siquiera se pretendía creerlo. Más bien, este esfuerzo fue parte de un programa de desinformación integral en el que la ciencia y la ficción; mentiras y distorsiones; “Hechos alternativos” y fantasía; Todos están destinados a dividir e interrumpir tanto el proceso político público como el interno. Es el populismo y el incipiente fascismo en funcionamiento, una actualización moderna de la “Estragegia del Sur” republicana, como escribe el profesor Timothy Snyder en su último libro, “El camino hacia la libertad”.
Snyder esencialmente divide “Road” en 3 partes con una introducción y un epílogo malhumorado. En la introducción, demasiadas páginas están dedicadas a la filosofía del “pensador” ruso de extrema derecha / monárquico, de principios del siglo XX, Ivan Ilyn. Ilyn es un eslavófilo clásico (un término establecido y bien entendido) y fascista (como lo definen los profesores Robert J. Paxton y Jason Stanley). Como eslavófilo, él invierte una tremenda importancia en la misión “divina” y “redentora” de Rusia; es imperativo divorciarse de contaminar la influencia “liberal” occidental (el enemigo externo requerido); la necesidad de jerarquías establecidas y sacrosantas; y el papel central de la religión en la esfera pública. Ilyn murió en la oscuridad y fue considerado (por la mayoría) como otro chiflado fascista eslavófilo en una larga tradición de manivelas fascistas eslavófilas … hasta que Vladimir Putin lo resucitó y usó su filosofía como tema central para justificar y legitimar su oligarquía cleptocrática.
A continuación, Snyder divide la política en una “política de inevitabilidad” (“… la sensación de que el futuro es más del presente, que se conocen las leyes del progreso, que no hay alternativas y, por lo tanto, no se puede hacer nada”). y una “política de la eternidad” (“… la eternidad coloca a una nación en el centro de una historia cíclica de victimismo”). “Eternidad” es “introducida” por “inevitabilidad”. Para ilustrar sus puntos, Snyder discute (ampliamente) la situación en la Rusia de Putin y las actuales depredaciones de ese país contra Ucrania, otros estados europeos y ahora, los Estados Unidos. Sus puntos son todos convincentes, pero hay una gran cantidad de detalles extremos, algunos de los cuales son francamente repetitivos, necesarios para consolidar sus afirmaciones centrales. Naturalmente, el autor es capaz de exponer su punto de vista y lo hace de manera bastante convincente al usar ese construcción.
Para la mayoría de los lectores, el penúltimo capítulo, en EE. UU. Y Trump, es lo que pagaron el precio de compra para leer y no se sentirán decepcionados. Este capítulo es contundente, lúcido y une las diversas posiciones del argumento de Snyder a una conclusión devastadora (y completamente obvia): Donald J. Trump, “exitoso hombre de negocios”, es un incompetente fanfarrón (vea la descripción del impuesto del clan Trump por parte del New York Times fraude por David Barstow y colegas), dotado de inclinaciones autoritarias burdas y obvias. Él es deliberadamente divisivo e intencionalmente destructivo. Al mismo tiempo es superficial, vano, insípido y irremediablemente corrupto. Es esencialmente la creación del GRU ruso y otros elementos del régimen de Putin. Trump se puso en marcha para demoler la democracia estadounidense e interrumpir la comunidad cívica. El personaje de Trump es un bio-vector diseñado deliberadamente y brillantemente ejecutado, dirigido por el Estado ruso fracasado políticamente y fundamentalmente ilegítimo en la esencia de América. En otras palabras, Snyder sostiene que Putin, en lugar de tratar de atraer a Rusia, utiliza sus energías y las del estado ruso para dividir y degradar a la UE y los EE. UU. Con el fin de llevarlos al nivel de Rusia, esto con el fin de ganar hegemonía. Ucrania y otros estados de la antigua URSS legitiman su propio gobierno. Parece que lo ha logrado explotando las divisiones, inconsistencias y desigualdades de Estados Unidos … y estas ya estaban en su lugar.
El autor concluye señalando el grado casi equivalente y grotesco de desigualdad que existe entre el estado cleptocrático ruso infatiblemente corrupto y la América moderna. Lamenta el fracaso de la prensa libre y condena la muerte de noticias locales. Snyder se lamenta del rol de entretenimiento que los medios estadounidenses crearon para sí mismos: la postura ridícula de Trump le valió una gran cantidad de atención gratuita en línea, en el aire y en medios impresos: “Trump puede no ser bueno para Estados Unidos, pero es bueno para CBS”, dijo un magnate fatalmente. .
Quizás la analogía histórica preferida se encuentra entre la América de Trump y la Alemania de Weimar. Snyder sabiamente no menciona esto, ya que está muy usado. Sin embargo, para aquellos que buscan paralelos históricos, lea el artículo de Christopher Browning “New York Review of Books”, “The Suffocation of Democracy” (25 de octubre de 2018). Jason Stanley y Jan-Werner Müller han publicado recientemente excelentes introducciones a la política fascista y al populismo, respectivamente. La historia de Snyder es más difícil de leer que otros contendientes para la atención del lector.
Donde todas estas pistas no están expresamente definidas, pero la conclusión de “Road” es simplemente ineluctable: conduce a un estado fascista moderno; uno en el que los derechos individuales son degradados por los países a “la ley y el orden”; los grupos internos (negros, hispanos, gays, liberales) se designan como “enemigos”; La prensa está deslegitimada, las instituciones corrompidas y destruidas; y la verdad se vuelve indistinguible de la fantasía. Por supuesto, a largo plazo, nada de esto puede importar, porque Trump’s America es ahora el motor que nos arrastra por la carretera al infierno del cambio climático: puede que no quede nadie en un siglo que se pregunte: “¿Qué salió mal?”.

La política de la inevitabilidad es la idea de que no existen ideas. Sus seguidores niegan que las ideas importen, lo cual solo demuestra que son cautivos de una idea muy poderosa. El cliché de la política de la inevitabilidad es que «no hay alternativas». Aceptarlo es negar la responsabilidad individual de ver la historia y cambiar las cosas. La vida se convierte en un caminar sonámbulos hacia una tumba predeterminada en una parcela comprada previamente.
De la inevitabilidad surge la eternidad, como un espectro de un cadáver. La versión capitalista de la política de la inevitabilidad, el mercado como sustituto de la política, genera una desigualdad económica que mina la fe en el progreso. Cuando la movilidad social se interrumpe, la inevitabilidad da paso a la eternidad y la democracia cede paso a la oligarquía. Una oligarquía que narra la historia de un pasado inocente, quizá con la ayuda de ideas fascistas, ofrece una protección falsa a gente que está sufriendo un dolor genuino. La fe en que la tecnología está al servicio de la libertad facilita el camino a este espectáculo. A medida que la distracción sustituye a la concentración, el futuro se disuelve en las frustraciones del presente y la eternidad se convierte en vida cotidiana. El oligarca pasa a la política real desde un mundo de ficción y gobierna a base de invocar mitos e inventarse crisis. En la década de 2010, una persona de ese tipo, Vladímir Putin, acompañó a otra, Donald Trump, desde la ficción hasta el poder.
Rusia llegó antes a la política de la eternidad, y los dirigentes rusos la exportaron para protegerse a sí mismos y su riqueza. El oligarca supremo, Vladímir Putin, escogió como guía al filósofo fascista Iván Ilyin.
Ilyin hacía una excepción con Rusia y los rusos. Proclamaba que Rusia tenía una inocencia que no era visible en el resto del mundo. Era un auténtico acto de fe respecto a su pueblo: la salvación le exigía ver Rusia como algo que en realidad no era. Dado que los hechos del mundo no son más que los detritos corrompidos de la creación imperfecta de Dios, ver de verdad era contemplar lo invisible. Corneliu Codreanu, fundador de un fascismo similar en Rumanía, vio en la cárcel al arcángel Miguel y plasmó su visión en unas cuantas líneas. Aunque Ilyin adornó su idea de la contemplación en varios libros, en realidad no era más que eso: para él, Rusia era una nación recta, y la pureza de esa visión era más importante que cualquier cosa que pudieran hacer los rusos. La nación, «pura y objetiva», era lo que veía el filósofo cuando se cegaba a todo.
La inocencia adoptaba una forma biológica concreta, y lo que veía Ilyin era un cuerpo ruso virginal. Como los fascistas y otros autoritarios de su época, Ilyin insistía en que su nación era una criatura, «un organismo de la naturaleza y el alma».
La nación rusa, convocada a una guerra inmediata contra las amenazas espirituales, era una criatura que se volvía divina por su sumisión al líder arbitrario surgido de la ficción. El redentor asumiría la carga de disolver todos los hechos y las pasiones y, de esa forma, despojaría de sentido al anhelo individual de cualquier ruso de ver, sentir o cambiar el mundo. El puesto de cada ruso en la estructura corporativa sería tan fijo como el de una célula en el cuerpo, y esa inmovilidad sería, para cada ruso, la libertad. Unificados por su redentor, y después de lavar sus pecados con la sangre de otros, los rusos agradecerían el regreso de Dios a su creación. El totalitarismo fascista cristiano es una invitación a Dios para que vuelva al mundo y ayude a Rusia a acabar con la historia en todas partes.
Para Ilyin el ser humano era el verdadero Cristo, obligado a romper las leyes del amor en nombre de Dios, y con esa propuesta difuminó el límite entre lo que es humano y lo que no y entre lo que es posible y lo que no. La fantasía de una Rusia eternamente inocente incluye la fantasía de una Rusia eternamente inocente incluye la fantasía de un redentor eternamente inocente, que nunca se equivoca y, por tanto, nunca muere.
En la década de 2010, las ideas de Ilyin favorecieron a los multimillonarios postsoviéticos, y los multimillonarios promovieron las ideas. Putin, sus amigos y sus aliados acumularon unas riquezas inmensas, por encima de lo legal, y luego modificaron el Estado para proteger esas ganancias. Después de conseguirlo, los líderes rusos tenían que definir la política como algo que es, no como algo que se hace. Una ideología como la de Ilyin quiere explicar por qué unos hombres tienen riqueza y poder sin recurrir a motivos como la codicia y la ambición. ¿Qué ladrón no preferiría que le llamaran redentor?
Los hombres educados en la Unión Soviética durante los años setenta se encontraban cómodos con las ideas de Ilyin por una segunda razón. Para los cleptócratas rusos de esa generación, los hombres que han ocupado el poder desde 2010, su forma de pensar les era familiar.
Con la furia de su ataque, las ideas de Ilyin dejan claro que el individualismo es una virtud política, la virtud que hace posibles todas las demás. ¿Somos individuos que ven que hay muchas cosas buenas y que la política implica una reflexión y una decisión responsables, y no una noción de totalidad? ¿Vemos que hay otros individuos en el mundo que pueden estar trabajando en el mismo proyecto? ¿Entendemos que ser una persona individual exige una reflexión constante sobre una realidad infinita, una selección constante entre numerosas pasiones irreductibles?
La virtud del individualismo se vuelve visible en el momento que vivimos, pero solo permanecerá si vemos la historia y a nosotros dentro de ella y aceptamos la parte de responsabilidad que nos toca.

El mito de la Revolución de Octubre prometía todo; el mito de la Gran Guerra Patriótica no prometía nada. La Revolución de Octubre preveía un mundo imaginario en el que todos los hombres serían hermanos. Conmemorar la Gran Guerra Patriótica era evocar el eterno regreso de los fascistas de Occidente que siempre iban a tratar de destruir la Unión Soviética, o quizá simplemente Rusia. La política de la esperanza radical dejó paso a una política del miedo sin fondo que justificaba unos gastos extraordinarios en armamento convencional y nuclear. Los grandes desfiles militares del Ejército Rojo en la Plaza Roja de Moscú tenían como objetivo demostrar que era imposible cambiar la Unión Soviética. Y los hombres que mandan en Rusia desde 2010 se educaron en ese espíritu.
Cuando Putin llevó flores a la tumba de Ilyin en 2009, lo hizo acompañado de su monje ortodoxo preferido, Tijon Shevkunov, que estaba dispuesto a considerar a los verdugos soviéticos como patriotas rusos. El propio Putin, unos años después, no tenía ninguna dificultad en calificar los valores del comunismo de bíblicos: «En la Unión Soviética dominaba una ideología determinada que, independientemente de lo que sintamos hacia ella, se basaba en unos valores claros, casi religiosos. Cuando se lee el Código Moral del constructor del comunismo, se ve que no es más que una patética imitación de la Biblia.» Varios contemporáneos de Ilyin le habían calificado como «un chequista de Dios». Así le hicieron el nuevo entierro, con honores de los chequistas y de los hombres de Dios, de los hombres de Dios que habían sido chequistas y de los chequistas que eran hombres de Dios.
De pronto, en 2012, la nueva doctrina de Putin cambió la idea de que Ucrania y Rusia eran legalmente iguales, con capacidad de firmar un tratado. En 2013 y 2014, Rusia iba a intentar transformar a Yanukóvich para que pasara de ser un cliente servil a ser una marioneta impotente y, de esa forma, los ucranianos se rebelaran contra un gobierno que había suspendido sus derechos, copiado leyes represivas rusas y empleado la violencia. La idea que tenía Putin de la civilización rusa y su intimidación a Yanukóvich podrían provocar la revolución en Ucrania.
Si Rusia no podía ser Occidente, que Occidente fuera Rusia. Si era posible aprovechar los defectos de la democracia estadounidense para elegir a alguien supeditado a Rusia, Putin podría demostrar que el mundo exterior no era mejor que Rusia. Si la Unión Europea y Estados Unidos se desintegrasen en vida de Putin, él podría cultivar la fantasía de la eternidad.

Como la Unión Europea es una organización que actúa por consenso, era vulnerable a las campañas que suscitaban emociones. Al estar formada por Estados democráticos, podía debilitarse por el trabajo de los partidos políticos que proponían abandonarla. Como nunca se había encontrado con una oposición sustancial, a los europeos nunca se les había ocurrido preguntarse si los debates en internet estaban manipulados desde fuera con intenciones hostiles. La política rusa para destruir la Unión Europea adoptó varias formas: el reclutamiento de dirigentes y partidos europeos para que representaran los intereses rusos en la desintegración de Europa; la penetración digital y televisiva del discurso público para sembrar la desconfianza respecto a la Unión; la captación de nacionalistas extremistas y fascistas para la promoción pública de Eurasia; y el apoyo a todo tipo de separatismos.
Putin entabló amistad y ofreció su apoyo a los políticos europeos dispuestos a defender los intereses rusos. Uno de ellos fue Gerhard Schröder, el canciller alemán retirado, que trabajó para la compañía rusa Gazprom. Otro fue Miloš Zeman, elegido presidente de la República Checa en 2013 tras una campaña financiada en parte por la compañía petrolera rusa Lukoil, y reelegido en 2018 después de una campaña
financiada por fuentes desconocidas. Un tercer político fue Silvio Berlusconi, que compartió vacaciones con Putin antes y después de dejar el cargo de primer ministro italiano en 2011. En agosto de 2013, Berlusconi fue condenado por fraude fiscal e inhabilitado para ejercer cargos públicos hasta 2019.
La política rusa de la eternidad descubrió fácilmente la ceguera en el centro de la política europea de la inevitabilidad. Los rusos no tuvieron más que decir, como harían en 2014 y 2015, que los ucranianos no eran una nación sabia, porque no habían aprendido las lecciones de la Segunda Guerra Mundial. Los europeos, que se limitaron a asentir con aire comprensivo y no hicieron nada más, reforzaron un equívoco esencial de su propia historia y situaron la soberanía de sus propios Estados en peligro.
El único escape de las alternativas de la inevitabilidad y la eternidad era la historia: comprenderla o hacerla. Los ucranianos, que interpretaron correctamente su situación, vieron que tenían que hacer algo nuevo.

La guerra de Ucrania no fue un concurso de recuerdos históricos. La invasión rusa rompió el mito soviético sobre el pasado común de Rusia y Ucrania. El nombre del museo oficial de la guerra en Kiev pasó de la «Gran Guerra Patriótica» a la «Segunda Guerra Mundial» cuando se colocaron sobre su césped unos carros de combate rusos capturados en 2014.
La guerra rusa contra Ucrania fue algo más profundo: una campaña de la eternidad contra la novedad. ¿Era obligatorio que cualquier intento de novedad se topara con el tópico de la fuerza y la fuerza del tópico?.
En la Federación Rusa, casi nadie había oído hablar de Novorossiya en este sentido hasta marzo y abril de 2014, cuando Surkov y Dugin empezaron a propagar el término y Putin lo convirtió en política. El territorio imperial del siglo XVIII era diferente de las regiones definidas por Putin y los medios de comunicación rusos: los nueve distritos ucranianos de Crimea, Donetsk, Lugansk, Járkov, Dnipropetrovsk, Zaporiyia, Mikolaiv, Odesa y Jersón. Además, entendido desde el punto de vista histórico, el nombre tenía unas connotaciones distintas a las que pensaba Putin. La emperatriz Catalina hablaba de «Nueva Rusia» como los colonos británicos hablaban de «Nueva Inglaterra», «Nueva Gales del Sur», y así sucesivamente. En la época de los imperios, las regiones habitadas por personas distintas a los colonizadores eran «nuevas», desde el punto de vista colonial. «Nueva» significaba que la región no siempre había pertenecido al imperio. Y esos lugares no siempre permanecieron en manos de la potencia colonial. Nueva Inglaterra y Nueva Gales del Sur no forman hoy parte de Gran Bretaña, y Nueva Rusia no forma parte de Rusia.
La guerra de Rusia contra Ucrania se denominó «guerra híbrida». El problema de utilizar expresiones en las que al sustantivo «guerra» se le añade un calificativo como «híbrida» es que suenan como si fuera una «guerra reducida» cuando, en realidad, es una «guerra aumentada». La invasión rusa de Ucrania fue una guerra normal y, además, una campaña guerrillera para inducir a los ucranianos a luchar contra su propio Ejército. Y, por si fuera poco, la campaña rusa contra Ucrania fue la ofensiva cibernética más amplia de la historia.
Cuando Moscú empezó a usar en Estados Unidos las mismas técnicas que había empleado en Ucrania, casi nadie se dio cuenta, ni en la izquierda ni en la derecha norteamericana. Y como consecuencia, Estados Unidos fue derrotado, Trump resultó elegido, el Partido Republicano se cegó y el Partido Demócrata sufrió una conmoción. Los rusos proporcionaron la ficción política, pero los estadounidenses se la merecieron.

El régimen de eternidad de Vladímir Putin desafió todas las virtudes políticas con sus actuaciones: anuló el principio de sucesión en Rusia, atacó la integración en Europa, invadió Ucrania para impedir la creación de nuevas formas políticas. Pero su campaña más importante fue la guerra cibernética para destruir Estados Unidos. Las desigualdades en este país influyeron en la extraordinaria victoria que obtuvo la oligarquía rusa en 2016 y, gracias a esa victoria, se convirtieron en un problema todavía mayor.
El ascenso de Donald Trump fue el ataque por parte de «estos letales adversarios del Gobierno republicano» que había temido Alexander Hamilton. Los líderes rusos apoyaron la candidatura de Trump abiertamente y con entusiasmo. Durante todo 2016, las élites rusas dijeron con una sonrisa que «Trump es nuestro presidente». Dmitri Kiselyov, el hombre más importante de los medios de comunicación rusos, se alegró de que «haya una nueva estrella en alza: Trump». Los eurasianistas pensaban lo mismo: Aleksandr Dugin colgó un vídeo titulado Tenemos fe en Trump e instó a los estadounidenses a votar por él.
Un oligarca ruso compró a Trump una casa por 55 millones de dólares más de los que había pagado Trump por ella. El comprador, Dmitri Rybolóvlev, nunca demostró ningún interés por la propiedad ni vivió en ella, pero más tarde, cuando Trump se presentó a las elecciones, Rybolóvlev empezó a aparecer en los sitios en los que estaba haciendo campaña. El negocio aparente de Trump, el inmobiliario, se había convertido en una mascarada. Cuando los rusos se dieron cuenta de que los edificios de viviendas podían servir para blanquear dinero, utilizaron su nombre para comprar más. Como dijo Donald Trump Jr. en 2008: «Los rusos constituyen una parte abrumadora de nuestros activos de todo tipo. Nos llega mucho dinero de Rusia.»
Los ofrecimientos rusos eran difíciles de rechazar: millones de dólares por adelantado para Trump, más una parte de los beneficios, su nombre en un edificio, y todo sin que él tuviera que invertir nada. Las condiciones eran convenientes para las dos partes. En 2006, los ciudadanos de la antigua Unión Soviética financiaron la construcción de Trump SoHo y le dieron el 18% de los beneficios, sin que él hubiera puesto nada. En el caso de Felix Sater, los apartamentos eran auténticas lavanderías de dinero. Sater, un estadounidense de origen ruso, trabajaba como asesor jefe de las empresas de Trump desde una oficina en la Trump Tower, dos plantas por debajo de la de Trump. Este necesitaba el dinero ruso que le aportaba Sater a través de una entidad denominada Bayrock Group. Sater hacía que personas del mundo post-soviético compraran apartamentos utilizando sociedades fantasma. A partir de 2007, Sater y Bayrock ayudaron a Trump en todo el mundo y cooperaron con él al menos en cuatro proyectos. Algunos fracasaron, pero Trump ganó dinero de todas formas.
Rusia no es un país rico, pero su riqueza está muy concentrada. Por eso es habitual que los rusos hagan que alguien esté en deuda con ellos, para lo que le proporcionan dinero sin problemas y luego le dicen lo que le va a costar. Durante la campaña para la presidencia, Trump rompió con décadas de tradición cuando se negó a publicar su declaración de la renta, seguramente porque pondría al descubierto su profunda dependencia del capital ruso.
Rusia hizo posible y mantuvo la mentira de «Donald Trump, empresario de éxito», y la lanzó contra los estadounidenses como la cabeza de un arma cibernética. La campaña rusa triunfó porque Estados Unidos se parece a la Federación Rusa mucho más de lo que a los norteamericanos les gustaría pensar. Como los líderes rusos ya habían pasado de la política de la inevitabilidad a la política de la eternidad, tenían unos instintos y unas técnicas que, como se vio, encajaban con las tendencias incipientes en la sociedad estadounidense. Moscú no estaba tratando de proyectar ningún ideal propio, solo utilizar una mentira gigantesca para sacar a relucir lo peor de Estados Unidos.
En varios aspectos importantes, los medios de Estados Unidos se habían vuelto como los rusos, y eso hizo que los estadounidenses fueran vulnerables a las tácticas rusas. La experiencia rusa muestra lo que le sucede a la política cuando la información pierde sus bases. Rusia carece de periodismo local y regional. En los medios de comunicación se habla poco de las experiencias de los ciudadanos rusos. Eso deriva en una desconfianza que la televisión redirige hacia otros de fuera de Rusia. Estados Unidos empezó a parecerse a Rusia por la debilidad de su prensa local.

Las democracias mueren cuando la gente deja de creer que el voto importa. La cuestión no es si se celebran elecciones, sino si son libres y limpias. En ese caso, la democracia produce una sensación del tiempo, una expectativa de futuro que tranquiliza el presente. El significado de cada elección democrática es la promesa de la siguiente. Si prevemos que habrá otra elección real, sabemos que la próxima vez podremos corregir nuestros errores, que, mientras tanto, achacamos a las personas que hemos elegido. De esta forma, la democracia transforma la falibilidad humana en predecibilidad política y nos ayuda a experimentar el tiempo como un movimiento hacia delante, hacia un futuro en el que tenemos cierta influencia. Si creemos que las elecciones no son más que un ritual repetitivo de apoyo, la democracia pierde su sentido.
La esencia de la política exterior rusa es el relativismo estratégico: Rusia no puede ser más fuerte, así que tiene que debilitar a los demás. La manera más sencilla de debilitar a otros es hacer que se parezcan más a Rusia. En vez de abordar sus propios problemas, Rusia los exporta, y uno de los problemas fundamentales es la falta de un principio de sucesión. Rusia se opone a la democracia europea y americana para asegurarse de que los rusos no comprendan que la democracia podría funcionar como principio de sucesión en su propio país. Se trata de que los rusos desconfíen de otros sistemas tanto como desconfían del suyo propio.
La política de la eternidad triunfa cuando la ficción cobra vida. Un líder del ámbito de la ficción cuenta mentiras sin remordimientos ni disculpas, porque, para él, la falsedad es la existencia. La creación ficticia «Donald Trump, empresario de éxito», llenó el espacio público de mentiras y nunca pidió perdón por ellas, porque hacerlo habría sido reconocer que existía algo llamado verdad. En 91 de sus primeros 99 días en el cargo, Trump hizo al menos una afirmación que era descaradamente mentira: durante sus primeros 298 días, hizo 1.628 afirmaciones falsas o engañosas.
A Trump se le llamó «populista». Pero un populista es alguien que propone políticas para dar más oportunidades a las masas, y no a las élites económicas. Trump era otra cosa: un sadopopulista, cuyas políticas estaban pensadas para herir a la parte más vulnerable de su electorado. Estimuladas por el racismo presidencial, esas personas podrían interpretar su propio sufrimiento como una señal de que otros estaban sufriendo todavía más. La única gran estrategia política desarrollada en 2017 estuvo destinada a aumentar los sufrimientos: una ley tributaria regresiva que construyó un argumento en contra de subvencionar programas nacionales y que incluyó entre sus provisiones la decisión de despojar de atención sanitaria a muchos de los que más la necesitaban. En palabras de Trump: «He terminado con el mandato individual» del seguro de salud. Eso quería decir que la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, que había proporcionado un seguro de salud a personas que no lo tenían, acabaría, según él, «muerto con el tiempo».
La lógica electoral del sadopopulismo consiste en permitir el voto solo a los que se benefician de las desigualdades y los que disfrutan con el dolor, y quitárselo a los que esperan que el Gobierno defienda la igualdad y las reformas. Trump comenzó su mandato designando un comité de supresión de electores, para excluir a determinados votantes de las elecciones federales, con el objetivo clarísimo de poder construir en el futuro, en el plano federal, una mayoría artificial como las que ya existen en algunos estados. Sin el trabajo de esas comisiones a nivel de cada estado a Trump le habría costado mucho más ganar en 2016. Al parecer, la esperanza es celebrar las futuras elecciones en condiciones todavía más restrictivas e incluso con menos votantes. La perspectiva más siniestra para la democracia estadounidense sería la posible combinación de un acto espeluznante, quizá un atentado terrorista interno, con unas elecciones que tuvieran que celebrarse en un estado de excepción en el que el voto estuviera aún más restringido.
Estados Unidos tendrá las dos formas de igualdad, racial y económica, o no tendrá ninguna. Si no tiene ninguna, la política de la eternidad prevalecerá, la oligarquía racial ascenderá y la democracia llegará a su fin.

Otros libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/14/sobre-la-tirania-veinte-lecciones-que-aprender-del-siglo-xx-timothy-snyder-on-tyranny-twenty-lessons-from-the-twentieth-century-by-timothy-

https://weedjee.wordpress.com/2017/04/19/tierra-negra-el-holocausto-como-historia-y-advertencia-timothy-snyder/

I must say that like all the books of this author commented on the blog, very interesting and current.
What has already happened in Russia is what could happen in the United States and Europe: the stabilization of great inequalities, the substitution of politics for propaganda, the passage from the politics of inevitability to the politics of eternity. Russian leaders could invite Europeans and Americans to eternity because Russia came first. They captured the weaknesses of each other, which they had already seen and exploited in their own country.
For many in Europe and the United States, what happened in the decade of 2010 – the rise of undemocratic politics, the turn of Russia against Europe and its invasion of Ukraine, the Brexit referendum and the election of Trump – was a surprise . Americans usually react to surprises in two ways: either they imagine that the unexpected fact is not real, or they claim that it is something totally new and, therefore, can not be interpreted from the historical point of view. Or everything will be fine, you do not know how, or everything is so bad that it is not possible to do.

President Donald J. Trump wrote on Twitter (his super-favorite method for bypassing “fake news” media and thereby communicating directly to “the people”) with respect to protests conducted by American citizens objecting to US Supreme Court nominee, Brett Kavanaugh, “The very rude elevator screamers are paid professionals only looking to make Senators look bad. Don’t fall for it! Also, look at all of the professionally made identical signs. Paid for by Soros and others. These are not signs made in the basement from love! #Troublemakers”
— Donald J. Trump (@realDonaldTrump) October 5, 2018
For context, George Soros, a Hungarian-born Holocaust survivor, is a left-leaning donor to liberal causes in the United States, Europe and Israel. In Hungary, ultra-nationalist Prime Minister Viktor Orban routinely tars him as a new “enemy of the people”. Orban uses distorted images, fabricates right-wing conspiracy theories and suggests Soros is “cosmopolitan”, “globalist” and “liberal”. Thinly disguised anti-Semitism appears regularly in his party’s communications and in his speeches.
In 2016, Trump used similar imagery to create divisive, populist messages. For instance, he criticized “those who control the levers of power in Washington” and “global special interests.” He has used images of Soros and the then-Federal Reserve chief Janet Yellen (also Jewish). More extraordinarily, he used a picture skimmed from an “alt-right” web site of a Star of David superimposed on a stack of cash, later fabulously claiming the Star was actually a “sheriff’s star”. Of course, nobody believed that disclaimer and it wasn’t even intended to be believed. Rather, this effort was part of comprehensive disinformation program wherein science and fiction; lies and distortions; “alternative facts” and fantasy; are all intended to divide and disrupt both the public and the domestic political process. It’s populism and incipient fascism at work – a modern update of the Republican “Southern Stragegy”, as Professor Timothy Snyder writes in his latest book, “The Road to Freedom”.
Snyder essentially divides “Road” into 3 parts with an introduction and a morose epilogue. In the intro, far too many pages are devoted to philosophy of the extreme rightest/monarchist, early 20th century Russian “thinker”, Ivan Ilyn. Ilyn is a classic Slavophile (an established and well understood term) and fascist (as defined by Profs. Robert J. Paxton and Jason Stanley). As a Slavophile, he invests tremendous significance in Russia’s “divine” and “redemptive” mission; it’s imperative to divorce itself from contaminating Western “liberal” influence (the requisite external enemy); the need for established and sacrosanct hierarchies; and the central role of religion in the public sphere. Ilyn died in obscurity and was considered (by most) to be yet another Slavophile fascist crank in a long tradition of Slavophile fascist cranks…that is until Vladimir Putin resurrected him and used his philosophy as a central theme to justify and legitimize his kleptocratic oligarchy.
Next, Snyder divides politics into a “politics of inevitability” (“…a sense that the future is just more of the present, that the laws of progress are known, that there are no alternatives, and therefore nothing really be done.”) and a “politics of eternity” (“…eternity places one nation at the center of a cyclical story of victimhood”). “Eternity” is “ushered in” by “inevitability”. To illustrate his points, Snyder discusses (at great length) the situation in Putin’s Russia and the ongoing depredations of that country against Ukraine, other European states and now, the USA. His points are all compelling, but there is a myriad of extreme detail – some of which is frankly repetitious – required to cement his central claims. Naturally, the author is capable of making his point and he does so quite convincingly using that construct.
For most readers, the penultimate chapter – on the US and Trump – is what they paid the purchase price to read and they won’t be disappointed. This chapter is hard hitting, lucid, and ties together the diverse stands of Snyder’s argument to a devastating (and completely obvious) conclusion: Donald J. Trump “successful businessman” is an incompetent huckster (see the New York Times expose of Trump clan tax fraud by David Barstow and colleagues), endowed with gross and obvious authoritarian leanings. He is deliberately divisive and intentionally destructive. He is simultaneously shallow, vain, insipid and irredeemably corrupt. He is essentially the creation of the Russian GRU and other Putin regime elements. Trump was put in place to demolish American democracy and disrupt civic comity. The Trump persona is a deliberately crafted and brilliantly executed bio-vector targeted by the politically failed and fundamentally illegitimate Russian state at the essence of America. In other words, Snyder contends that Putin – rather than trying pulling Russia up – uses his energies and those of the Russian state to divide and degrade the EU and the US in order to bring them to Russia’s level, this in order to gain hegemony over Ukraine and other former USSR states and legitimize his own rule. It seems that he’s succeeded in doing this by exploiting America’s divisions, inconsistencies and inequalities…and these were already in place.
The author concludes by noting the near equivalent and grotesque extent of inequality that exists between the unfathomably corrupt Russian kleptocratic state and modern America. He laments the failure of the free press and decries the death of local news. Snyder laments the entertainment role American media created for itself: Trump’s ridiculous posturing earned him vast amounts of free online, on-air and print media attention: “Trump may not be good for America, but he’s good for CBS” said one mogul fatuously noted.
Perhaps the preferred historical analogy lies between Trump’s America and Weimar Germany. Snyder wisely doesn’t mention this, as it’s very well-worn already. However, for those seeking historical parallels, read Christopher Browning’s “New York Review of Books” article, “The Suffocation of Democracy” (October 25, 2018 issue). Excellent introductions to fascist politics and populism have recently been published by Jason Stanley and Jan-Werner Müller, respectively. Snyder’s story is more difficult to read than other contenders for the reader’s attention.
Where all this leads isn’t expressly defined, but the conclusion from “Road” is simply ineluctable: it leads to a modern fascist state; one in which individual rights are degraded by paeans to “law and order”; internal groups (blacks, Hispanics, gays, liberals) are designated “enemies”; the press is delegitimized, institutions are corrupted and destroyed; and truth becomes indistinguishable from fantasy. Of course, in the long run, none of this may matter, because Trump’s America is now the engine dragging us along the highway to climate change hell: there may be nobody left in a century to wonder, “What went wrong?”.

The politics of inevitability is the idea that there are no ideas. His followers deny that ideas matter, which only shows that they are captives of a very powerful idea. The cliché of the politics of inevitability is that “there are no alternatives.” To accept it is to deny the individual responsibility to see history and change things. Life becomes a sleepwalking walk towards a predetermined grave in a previously purchased plot.
Eternity emerges from inevitability, like a specter of a corpse. The capitalist version of the policy of inevitability, the market as a substitute for politics, generates an economic inequality that undermines faith in progress. When social mobility is interrupted, inevitability gives way to eternity and democracy gives way to the oligarchy. An oligarchy that tells the story of an innocent past, perhaps with the help of fascist ideas, offers false protection to people who are suffering genuine pain. The faith that technology is at the service of freedom facilitates the way to this show. As distraction replaces concentration, the future dissolves into the frustrations of the present and eternity becomes everyday life. The oligarch passes to real politics from a world of fiction and governs by invoking myths and inventing crises. In the decade of 2010, one such person, Vladimir Putin, accompanied another, Donald Trump, from fiction to power.
Russia first came to the politics of eternity, and the Russian leaders exported it to protect themselves and their wealth. The supreme oligarch, Vladimir Putin, chose as guide the fascist philosopher Ivan Ilyin.
Ilyin made an exception with Russia and the Russians. He proclaimed that Russia had an innocence that was not visible in the rest of the world. It was a genuine act of faith with respect to his people: salvation required him to see Russia as something that he really was not. Since the facts of the world are nothing but the corrupted detritus of God’s imperfect creation, to truly see was to contemplate the invisible. Corneliu Codreanu, founder of a similar fascism in Romania, saw Archangel Michael in prison and captured his vision in a few lines. Although Ilyin adorned his idea of ​​contemplation in several books, in reality it was nothing more than that: for him, Russia was a righteous nation, and the purity of that vision was more important than anything the Russians could do. The nation, “pure and objective,” was what the philosopher saw when he blinded everything.
Innocence took a concrete biological form, and what Ilyin saw was a virginal Russian body. Like the fascists and other authoritarians of his time, Ilyin insisted that his nation was a creature, “an organism of nature and soul.”
The Russian nation, summoned to an immediate war against spiritual threats, was a creature that became divine by its submission to the arbitrary leader emerged from fiction. The redeemer would take on the burden of dissolving all facts and passions and, in that way, would rob the individual of any Russian’s desire to see, feel or change the world. The position of each Russian in the corporate structure would be as fixed as that of a cell in the body, and that immobility would be, for every Russian, freedom. Unified by their redeemer, and after washing their sins with the blood of others, the Russians would appreciate the return of God to his creation. Christian fascist totalitarianism is an invitation to God to return to the world and help Russia to end history everywhere.
For Ilyin the human being was the true Christ, forced to break the laws of love in the name of God, and with that proposal he blurred the boundary between what is human and what is not and between what is possible and what is not. The fantasy of an eternally innocent Russia includes the fantasy of an eternally innocent Russia that includes the fantasy of an eternally innocent redeemer, who never makes a mistake and, therefore, never dies.
In the decade of 2010, Ilyin’s ideas favored post-Soviet billionaires, and billionaires promoted ideas. Putin, his friends and his allies accumulated immense wealth, above the legal, and then modified the state to protect those gains. After getting it, the Russian leaders had to define politics as something that is, not as something that is done. An ideology like that of Ilyin wants to explain why some men have wealth and power without resorting to motives such as greed and ambition. What thief would not prefer to be called a redeemer?
Men educated in the Soviet Union during the 1970s were comfortable with Ilyin’s ideas for a second reason. For the Russian kleptocrats of that generation, the men who have held power since 2010, their way of thinking was familiar to them.
With the fury of his attack, Ilyin’s ideas make it clear that individualism is a political virtue, the virtue that makes all others possible. Are we individuals who see that there are many good things and that politics implies a responsible reflection and decision, and not a notion of totality? Do we see that there are other individuals in the world who may be working on the same project? Do we understand that being an individual requires a constant reflection on an infinite reality, a constant selection among numerous irreducible passions?
The virtue of individualism becomes visible in the moment we live, but it will only remain if we see history and ourselves within it and accept the part of responsibility that touches us.

The myth of the October Revolution promised everything; the myth of the Great Patriotic War promised nothing. The October Revolution foresaw an imaginary world in which all men would be brothers. To commemorate the Great Patriotic War was to evoke the eternal return of the fascists of the West who were always going to try to destroy the Soviet Union, or perhaps simply Russia. The politics of radical hope gave way to a policy of bottomless fear that justified extraordinary expenses in conventional and nuclear weapons. The great military parades of the Red Army in the Red Square in Moscow aimed to demonstrate that it was impossible to change the Soviet Union. And the men who have been in Russia since 2010 were educated in that spirit.
When Putin brought flowers to Ilyin’s grave in 2009, he did so accompanied by his favorite Orthodox monk, Tikhun Shevkunov, who was willing to regard the Soviet executioners as Russian patriots. Putin himself, a few years later, had no difficulty in describing the values ​​of communism as biblical: “In the Soviet Union a determined ideology dominated that, regardless of what we felt towards it, it was based on clear, almost religious values. When you read the Moral Code of the builder of communism, you see that it is nothing more than a pathetic imitation of the Bible. “Several contemporaries of Ilyin had described him as” a Chekist of God. ” Thus they did the new burial, with honors of the Chequistas and the men of God, of the men of God who had been Chekists and of the Chequistas who were men of God.
Suddenly, in 2012, Putin’s new doctrine changed the idea that Ukraine and Russia were legally equal, with the capacity to sign a treaty. In 2013 and 2014, Russia was going to try to transform Yanukovych from being a servile client into an impotent puppet and, in this way, the Ukrainians rebelled against a government that had suspended their rights, copied Russian repressive laws and employed the violence. Putin’s idea of ​​Russian civilization and his intimidation of Yanukovych could provoke revolution in Ukraine.
If Russia could not be the West, the West could be Russia. If it was possible to take advantage of the shortcomings of American democracy to choose someone dependent on Russia, Putin could show that the outside world was no better than Russia. If the European Union and the United States disintegrated during Putin’s lifetime, he could cultivate the fantasy of eternity.

As the European Union is an organization that acts by consensus, it was vulnerable to campaigns that aroused emotions. Being formed by democratic states, it could be weakened by the work of the political parties that proposed to abandon it. Having never encountered substantial opposition, it had never occurred to Europeans to ask themselves whether Internet debates were manipulated from the outside with hostile intentions. The Russian policy to destroy the European Union took several forms: the recruitment of European leaders and parties to represent Russian interests in the disintegration of Europe; the digital and television penetration of public discourse to sow distrust of the Union; the capture of extremist and fascist nationalists for the public promotion of Eurasia; and support for all kinds of separatisms.
Putin became friends and offered his support to European politicians willing to defend Russian interests. One of them was Gerhard Schröder, the retired German chancellor, who worked for the Russian company Gazprom. Another was Miloš Zeman, elected president of the Czech Republic in 2013 after a campaign financed in part by the Russian oil company Lukoil, and re-elected in 2018 after a campaign
financed by unknown sources. A third politician was Silvio Berlusconi, who shared vacations with Putin before and after leaving office as Italian prime minister in 2011. In August 2013, Berlusconi was convicted of tax fraud and disqualified from holding public office until 2019.
The Russian policy of eternity easily discovered blindness at the center of European politics of inevitability. The Russians had no more to say, as they would in 2014 and 2015, that the Ukrainians were not a wise nation, because they had not learned the lessons of World War II. The Europeans, who merely nodded sympathetically and did nothing else, reinforced an essential misunderstanding of their own history and placed the sovereignty of their own States at risk.
The only escape from the alternatives of inevitability and eternity was history: to understand it or to do it. The Ukrainians, who correctly interpreted their situation, saw that they had to do something new.

The Ukrainian war was not a contest of historical memories. The Russian invasion broke the Soviet myth about the common past of Russia and Ukraine. The name of the official museum of the war in Kiev went from the «Great Patriotic War» to the «Second World War» when some Russian tanks captured in 2014 were placed on its lawn.
The Russian war against Ukraine went something deeper: a campaign of eternity against novelty. Was it obligatory that any attempt at novelty come up against the topic of force and force of the topic?
In the Russian Federation, almost no one had heard of Novorossiya in this regard until March and April 2014, when Surkov and Dugin began to propagate the term and Putin turned it into politics. The imperial territory of the eighteenth century was different from the regions defined by Putin and the Russian media: the nine Ukrainian districts of Crimea, Donetsk, Lugansk, Kharkiv, Dnipropetrovsk, Zaporiyia, Mikolaiv, Odessa and Kherson. In addition, understood from the historical point of view, the name had different connotations to those that Putin thought. Empress Catherine spoke of «New Russia» as the British settlers spoke of «New England», «New South Wales», and so on. At the time of the empires, the regions inhabited by people other than the colonizers were “new”, from the colonial point of view. “New” meant that the region had not always belonged to the empire. And those places did not always remain in the hands of the colonial power. New England and New South Wales are not part of Great Britain today, and New Russia is not part of Russia.
The war of Russia against Ukraine was called «hybrid war». The problem of using expressions in which the noun “war” is added a qualifier as “hybrid” is that they sound like a “reduced war” when, in reality, it is an “augmented war”. The Russian invasion of Ukraine was a normal war and, in addition, a guerrilla campaign to induce the Ukrainians to fight against their own army. And, as if that were not enough, the Russian campaign against Ukraine was the largest cyber-offensive in history.
When Moscow began to use the same techniques in the United States that it had used in the Ukraine, almost nobody noticed, neither on the left nor on the American right. And as a result, the United States was defeated, Trump was elected, the Republican Party was blinded and the Democratic Party suffered a commotion. The Russians provided the political fiction, but the Americans deserved it.

The regime of eternity of Vladimir Putin challenged all political virtues with his actions: he annulled the principle of succession in Russia, he attacked integration in Europe, he invaded Ukraine to prevent the creation of new political forms. But its most important campaign was the cybernetic war to destroy the United States. Inequalities in this country influenced the extraordinary victory that the Russian oligarchy won in 2016 and, thanks to that victory, they became an even bigger problem.
The rise of Donald Trump was the attack by “these lethal opponents of the Republican Government” that Alexander Hamilton had feared. Russian leaders supported Trump’s candidacy openly and enthusiastically. Throughout 2016, the Russian elites said with a smile that “Trump is our president.” Dmitri Kiselyov, the most important man in the Russian media, was glad that “there is a new rising star: Trump.” The Eurasianists thought the same: Aleksandr Dugin posted a video entitled We Have Faith in Trump and urged Americans to vote for him.
A Russian oligarch bought Trump a house for 55 million dollars more than Trump had paid for it. The buyer, Dmitri Rybolóvlev, never showed any interest in the property or lived in it, but later, when Trump came to the elections, Rybolóvlev began to appear on the sites where he was campaigning. Trump’s apparent business, the real estate business, had become a masquerade. When the Russians realized that residential buildings could be used to launder money, they used their name to buy more. As Donald Trump Jr. said in 2008: “Russians are an overwhelming part of our assets of all kinds. We get a lot of money from Russia. ”
The Russian offerings were hard to refuse: millions of dollars in advance for Trump, plus a portion of the profits, his name in a building, and all without him having to invest anything. The conditions were convenient for both parties. In 2006, the citizens of the former Soviet Union financed the construction of Trump SoHo and gave him 18% of the profits, without him having put anything. In the case of Felix Sater, the apartments were real money laundries. Sater, an American of Russian origin, worked as a chief advisor to Trump’s businesses from an office in the Trump Tower, two floors below Trump’s. He needed the Russian money that Sater brought him through an entity called Bayrock Group. Sater made people from the post-Soviet world buy apartments using ghost societies. As of 2007, Sater and Bayrock helped Trump around the world and cooperated with him on at least four projects. Some failed, but Trump made money anyway.
Russia is not a rich country, but its wealth is very concentrated. That is why it is customary for Russians to make someone be in debt to them, for which they give him money without problems and then tell him what it will cost him. During the campaign for the presidency, Trump broke with decades of tradition when he refused to publish his income statement, probably because it would expose his deep dependence on Russian capital.
Russia made possible and kept the lie of “Donald Trump, successful businessman”, and threw it against the Americans as the head of a cybernetic weapon. The Russian campaign triumphed because the United States resembles the Russian Federation much more than Americans would like to think. Since the Russian leaders had already moved from the politics of inevitability to the politics of eternity, they had instincts and techniques that, it turned out, fit the emerging trends in American society. Moscow was not trying to project its own ideal, only to use a gigantic lie to bring out the worst in the United States.
In several important aspects, the US media had become like the Russians, and that made Americans vulnerable to Russian tactics. The Russian experience shows what happens to politics when information loses its foundations. Russia lacks local and regional journalism. There is little talk in the media about the experiences of Russian citizens. This results in a distrust that television redirects towards others outside of Russia. The United States began to resemble Russia because of the weakness of its local press.

Democracies die when people stop believing that voting matters. The question is not whether elections are held, but whether they are free and fair. In that case, democracy produces a sense of time, an expectation of the future that calms the present. The meaning of each democratic election is the promise of the next. If we foresee that there will be another real choice, we know that next time we can correct our mistakes, which, in the meantime, we blame on the people we have chosen. In this way, democracy transforms human fallibility into political predictability and helps us to experience time as a movement forward, towards a future in which we have some influence. If we believe that elections are nothing more than a repetitive ritual of support, democracy loses its meaning.
The essence of Russian foreign policy is strategic relativism: Russia can not be stronger, so it has to weaken others. The easiest way to weaken others is to make them look more like Russia. Instead of addressing their own problems, Russia exports them, and one of the fundamental problems is the lack of a principle of succession. Russia is opposed to European and American democracy to make sure that the Russians do not understand that democracy could work as a principle of succession in their own country. It is about Russians distrusting other systems as much as distrusting their own.
The politics of eternity triumphs when fiction comes to life. A leader in the field of fiction tells lies without remorse or apology, because, for him, falsehood is existence. The fictional creation “Donald Trump, successful businessman”, filled the public space with lies and never asked for forgiveness for them, because to do so would have been to recognize that there was something called truth. In 91 of his first 99 days in office, Trump made at least one claim that was blatantly a lie: during his first 298 days, he made 1,628 false or misleading claims.
Trump was called “populist.” But a populist is someone who proposes policies to give more opportunities to the masses, and not to the economic elites. Trump was something else: a Sadopopulist, whose policies were designed to hurt the most vulnerable part of his electorate. Stimulated by presidential racism, these people could interpret their own suffering as a sign that others were suffering even more. The only major political strategy developed in 2017 was destined to increase suffering: a regressive tax law that built an argument against subsidizing national programs and that included among its provisions the decision to divest health care to many of those who needed it the most . In the words of Trump: “I have finished with the individual mandate” of health insurance. That meant that the Patient Protection and Affordable Care Act, which had provided health insurance to people who did not have it, would end up, according to him, “dead with time.”
The electoral logic of sadopopulismo consists in allowing the vote only those who benefit from the inequalities and those who enjoy the pain, and take it away from those who expect the Government to defend equality and reforms. Trump began his term designating a committee of suppression of voters, to exclude certain voters from federal elections, with the clear goal of building in the future, at the federal level, an artificial majority like those that already exist in some states. Without the work of those commissions at the level of each state Trump would have cost much more to win in 2016. Apparently, the hope is to celebrate future elections in even more restrictive conditions and even with fewer voters. The most sinister prospect for American democracy would be the possible combination of a scary act, perhaps an internal terrorist attack, with elections that had to be held in a state of emergency in which the vote was even more restricted.
The United States will have both forms of equality, racial and economic, or it will not have any. If it has none, the politics of eternity will prevail, the racial oligarchy will rise and democracy will come to an end.

Books by Snyder commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/14/sobre-la-tirania-veinte-lecciones-que-aprender-del-siglo-xx-timothy-snyder-on-tyranny-twenty-lessons-from-the-twentieth-century-by-timothy-snyder/

https://weedjee.wordpress.com/2017/04/19/tierra-negra-el-holocausto-como-historia-y-advertencia-timothy-snyder/

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