Breve Historia De La Revolución Rusa — Mira Milosevich / Brief History Of The Russian Revolution by Mira Milosevich (spanish book edition)

Este libro se ocupa de un periodo de la historia de Rusia que va desde la liberación de los siervos por el zar Alejandro II en 1861 hasta septiembre del año 2016 (que es tanto como decir ayer mismo), de modo que la Revolución Rusa es sólo una parte (y en absoluto la mayor) de este texto de tamaño medio. Que la autora haya llamado a su libro «Breve historia de la Revolución Rusa» es, por tanto, algo bastante desorientador, o quizás interesado (tal vez piensa que venderá más ejemplares en vísperas del centenario de la mentada Revolución).
Pero, en todo caso, la autora maneja con destreza, orden y capacidad de síntesis (lo que no es poco) un volumen de información intimidatorio. De especial interés resulta todo lo relativo a la «era Putin» (desde el año 2000 hasta la actualidad), que ocupa una buena tajada del tramo final de este ensayo.
Me parece un ensayo interesante que auna ser breve con dar una buena vision y rigurosa de la revolucion rusa. Es ameno y se lee con relativa facilidad. Recomendable para los que quieran saber de la revolucion rusa.

La Revolución rusa, que produjo el derrocamiento de la monarquía zarista y la radical destrucción de su sistema político entre febrero y octubre de 1917,1 surgió de la Gran Guerra e influyó decisivamente desde entonces en la historia mundial a lo largo del siglo XX. Fue consecuencia de varios factores: del fracaso de las reformas gubernamentales de la segunda mitad del siglo XIX, del frustrado intento de establecer un régimen constitucional entre 1905 y 1917, y de una tradición relativamente larga de movimientos revolucionarios.
Sin embargo, lo que solemos llamar estrictamente Revolución de Octubre partió de un golpe de Estado efectuado por un grupo minoritario (la fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) y desembocó en una guerra civil (1918-1921) de la que emergería el sistema soviético con su recurso al terror permanente. Gracias a una poderosa maquinaria de propaganda, a la labor de los historiadores oficiales y a la colaboración de numerosos intelectuales y trabajadores manuales de otros países, el Partido Comunista de la Unión Soviética pudo construir el mito de una revolución proletaria.
Analiza la Revolución rusa como un ciclo de cien años e intenta responder a cinco preguntas fundamentales: cómo y por qué estalló la Revolución en 1917; cómo los bolcheviques llegaron al poder y establecieron su régimen; cómo ese régimen evolucionó hacia formas extremas de totalitarismo; cómo el sistema soviético duró sesenta y nueve años y por qué llegó a su fin, y, por último, qué tipo de sistema político y económico surgió de las ruinas de la URSS. Pretende mostrar el vínculo entre ideas y hechos, así como ofrecer un análisis desde múltiples perspectivas (la política, los cambios socioeconómicos, la cultura, las ideas e ideologías, las guerras).

El prostor siempre fue un pilar fundamental del sistema político y penal de Rusia. Siberia lo representa mejor que ningún otro factor de tal sistema. Desde el siglo XVII, cuando se estableció el primer campo de trabajo forzado –kátorga (de la palabra tártara katargá, que significa «morirse»)– ha sido una cárcel sin puertas y su nombre, sinónimo de pena de muerte. Los bolcheviques heredaron el uso de los antiguos campos, que organizaron bajo el GULAG (acrónimo en ruso de Dirección General de Campos de Trabajo), primero mediante una disposición secreta (11 de julio de 1929) y posteriormente con un decreto público (15 de abril de 1930).
La clave de la larga persistencia del régimen autocrático en Rusia reside en la combinación de tres tradiciones políticas: el sistema señorial moscovita, el despotismo mongol y el «cesaropapismo» bizantino (la unificación del poder político y religioso en una sola persona).
La dinastía Rúrik (860-1598), fundadora del primer Estado ruso, con centro en Kiev de Rus (862), fue derrotada por la Horda de Oro mongola en 1237. Hasta 1453, año de la caída de Constantinopla, los rusos fueron en teoría vasallos del Imperio bizantino, pero, en la práctica, de la Horda de Oro. El dominio de los mongoles llegó a su fin en 1480, cuando Iván III rechazó pagar los impuestos al kan mongol y se proclamó samoderzhets del Principado de Moscovia. (Samoderzhets es la traducción rusa del griego autokrates. El término «zar», adaptación de la palabra latina caesar, fue acuñado en 1547 para connotar la misión universal de los gobernantes rusos.)
Dos modelos históricos –el moscovita y el peterburgués– se reparten las características principales del régimen autocrático ruso.
Los zares rusos no sólo eran libres para legislar e imponer impuestos, como lo hacían todos los reyes en las monarquías absolutas –por ejemplo, Felipe IV de España o Luis XIV de Francia–, sino que eran además propietarios de Rusia y de todas sus tierras, que cedían a los nobles a cambio de sus servicios y lealtad al Estado. Así que no había límites reales a su poder. En este tipo de Estado, el zar y sus nobles no consideraban a la sociedad como parte independiente del Estado, con sus derechos e intereses, sino como puro narod («pueblo»), que sólo existe en la medida en que el Estado reconoce su existencia a cambio del servicio que le presta. El Estado bolchevique establecido por Lenin, el «Pugachov de la universidad», fue desmesuradamente más absoluto y tiránico que el zarista, aunque aprovechó en gran medida la estructura del Estado patrimonial, con su administración centralizada y ausencia de libertades individuales y propiedad privada de la mayoría de los súbditos del zar.
Las ocho grandes reformas afectaron a las instituciones sociales, administrativas y culturales. Se basaron en dos principios: el de vsesoslovnost («universalidad, todas las clases») y el de glasnost («transparencia, voz alta», palabra que usaría Mijaíl Gorbachov en la década de 1980 para definir sus reformas del régimen comunista). El propósito principal de las reformas era adaptar los modelos occidentales a Rusia. Las grandes reformas de las décadas de 1860 y 1870 produjeron cambios significativos y marcaron la entrada del Imperio ruso en una nueva era. A pesar de ello, hasta 1906 los zares rechazaron reconocer un órgano legislativo que no estuviera subordinado o a la voluntad del autócrata o controlado por éste. La emancipación no solucionó la cuestión campesina, lo que aceleraría la crisis agraria de comienzos del siglo XX y una nueva serie de reformas que fue interrumpida por la Primera Guerra Mundial.

El asesinato del zar no provocó la revolución y tuvo, en cambio, el efecto opuesto: fortaleció la represión y las instituciones a ella asociadas, como la policía, el servicio secreto y las jurisdicciones especiales. El legado principal del populismo fue la introducción del asesinato como medio de coerción extrapolítica. Los radicales se responsabilizaron de 150 asesinatos de funcionarios estatales entre 1901 y 1911. La influencia de sus ideas sobre el papel del terror en los revolucionarios de octubre de 1917 parece innegable. En tal sentido, el bolchevismo podría interpretarse como una amalgama de populismo y marxismo.

El Estado totalitario, plenamente desarrollado más tarde por Stalin, tuvo sus orígenes en el comunismo de guerra, por ser éste el modelo de control de todos los aspectos de la economía y de la sociedad. La tortura y el terror que practicaba la Cheka fue un ingrediente imprescindible del nuevo orden político. Nadie sabrá nunca el número exacto de sus víctimas, pero el terror fue, como lo explicó Trotski en su Terrorismo y comunismo (1920), el factor fundamental de la victoria bolchevique en la guerra de clases.
El culto a Lenin se definió como «leninismo». Pero ¿qué era el leninismo? El propio Lenin había evitado promoverlo afirmando que ser marxista requiere una constante adaptación a las nuevas circunstancias. Pero sus sucesores necesitaban definirlo, para explicar así qué proponían en su nombre. Los rivales que se disputaban la sucesión de Lenin pronunciaron discursos y escribieron artículos y panfletos con este propósito durante 1923 y 1924. Así emergió un nuevo término, el «marxismo-leninismo». Trotski, Zinóviev, Bujarin, Kámenev y Stalin anunciaron su compromiso incondicional con todas las ideas asociadas con Lenin. Todos creían en el modelo de Estado dirigido por un solo partido, en la arbitrariedad legalizada y en la administración centralizada y aprobaban el terror como método para sustentar el régimen bolchevique. Stalin consideraba que el partido era el pilar institucional de la Revolución de Octubre. Ésta era la actitud de Lenin en la práctica, pero no lo había expresado así en sus trabajos teóricos.
Se prohibió exponer las obras de Kazimir Malévich a partir de 1927 (murió en la pobreza en 1935). Toda la ciencia cayó bajo el fuego de nuevos inquisidores: «Las ciencias filosóficas, naturales y matemáticas tienen el mismo carácter político que las ciencias históricas», constató la editorial de la revista Marxismo y Ciencias Naturales.
Otro aspecto de la revolución en la cultura fue la persecución del clero de la Iglesia ortodoxa. En 1932, en Rusia quedaban cuatro obispos de los 160 de la época prerrevolucionaria, y 4.200 parroquias de las 54.000 que existían entonces. El cristianismo fue sustituido por la dimensión sagrada del comunismo reflejada en el culto a la personalidad de Lenin y Stalin. El culto a la personalidad, sostenido durante el comunismo, era la repetición del arquetipo mesiánico del zar, llamado por los rusos «nuestro padre». Pero mientras el zar ruso era el representante humano en la Tierra del gran poder de Dios, los líderes soviéticos eran Dios mismo o la emanación directa de la verdad absoluta, mesías y salvadores.
La tercera dimensión de la revolución cultural estalinista fue la rápida promoción de obreros a puestos clave de la administración y las instituciones de enseñanza superior. La promoción de obreros, «la nueva burguesía plebeya», fue a la vez causa y consecuencia de la campaña contra la burguesía y las purgas sociales de la burocracia.
La revolución en la cultura, definida por el Kremlin como «revolución desde abajo» (donde lo «bajo» significaba tres cosas: acciones espontáneas de los funcionarios del partido y del Komsomol, rebelión de los jóvenes y los obreros contra los profesionales, y promoción del proletariado) no fue sino antiintelectualismo y radicalismo social en estado puro.

El Sóviet Supremo elegía un Presídium (nuevo nombre para el Politburó), cuyo presidente cumplía con el papel de presidente de la URSS, pero tenía muy poco poder político. El Sóviet Supremo elegía un Consejo de los Comisarios del Pueblo, cuyo presidente equivalía a un primer ministro (pero también con poco poder). En el nivel local, los gobiernos estaban estructurados de manera similar, aunque existía sólo un Sóviet Supremo.
La URSS no se jactaba de ser una sociedad sin clases. En 1917, el sistema de clases que existía fue derogado, pero no significó el final de las distinciones entre clases. Excepto durante el comunismo de guerra, el igualitarismo fue rechazado. En 1931, Stalin se opuso a la igualdad reconociendo las diferencias entre obreros cualificados (profesionales) y no cualificados. La Constitución de 1936 sostenía que las antiguas clases que luchaban entre sí estaban neutralizadas, y que sólo existían dos clases: la de los obreros y la de los campesinos. Dado que, según Stalin, estas dos clases se relacionaban amistosamente, no había necesidad de un sistema pluripartidista, porque los partidos políticos representaban la lucha de clases.

La intelligentsia fue descrita como «estrato», no como una clase, y como una intelligentsia de la clase obrera (no burguesa).
En realidad, en la URSS de Stalin (y en la posterior) había una clase alta, pero que según el análisis marxista no se concebía a sí misma como clase, porque no tenía propiedad privada. Esta clase era la clase comunista privilegiada, que se consideraba cultural, política e ideológicamente superior. Disfrutaba de lujos estatales como las dachas (casas de campo), coches, servicio doméstico y mejor educación para sus hijos. En el polo opuesto estaban los bivshi ljudi («ex hombres» o «ex personas»), las víctimas de las purgas sociales que poco a poco desaparecían de la sociedad, emigrando al extranjero o muriendo en los campos de trabajos forzados.
La gran campaña de terror comenzó con las purgas en el partido mediante tres procesos públicos en los que fueron ejecutados o enviados al Gulag más de mil personas (delegados del Congreso del PCUS, miembros del Comité Central y otras instituciones).
En agosto de 1936, dieciséis antiguos «opositores de izquierda» que debatían sobre la industrialización, incluidos Zinóviev y Kámenev, fueron acusados públicamente de haber organizado el grupo terrorista que mató a Kírov, además de preparar el asesinato de Stalin y de otros miembros de la cúpula del PCUS. Todos, excepto uno, confesaron su culpa y fueron ejecutados.
La muerte de los «viejos bolcheviques» como Zinóviev o Kámenev, escandalizó a muchos camaradas. A pesar de ello, en 1937 hubo otra oleada de acusaciones contra los integrantes de «la oposición de izquierda» en un segundo proceso público que incluyó a Karl Radek y a Gueorgui Piatakov, entre otros. Eran diecisiete en total, acusados de conspirar con Alemania y Japón para dividir la URSS entre estas dos potencias. Piatakov fue acusado de sabotaje, como comisario popular de la industria pesada, por no haber cumplido el programa de industrialización. Trece de los encausados fueron ejecutados y cuatro fueron deportados a campos (ninguno sobrevivió). Se arrestó a muchos otros miembros del partido.
En 1938, el Gran Terror de Stalin se detuvo, y el dictador acusó a Nikolái Yezhov y a sus subordinados de excederse en sus competencias. Los arrestos disminuyeron, pero no cesaron del todo hasta la muerte de Stalin en 1953. El propio NKVD perdió 20.000 operativos. El Gulag como rama del NKVD, que dirigió el sistema penal de los campos de trabajo forzado, fue disuelto el 13 de enero de 1960.
Los testimonios más conocidos de la época son las dos novelas de Aleksandr Solzhenitsyn –Un día en la vida de Iván Denísovich, publicada por vez primera en la época de Jrushchov, y Archipiélago Gulag; las memorias de Nadezhda Mandelshtam (esposa del poeta Ósip Mandelshtam) y de Anna Lárina (esposa de Bujarin) y Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov.
En enero de 1953, dos meses antes de la muerte de Stalin, la prensa anunció el arresto de nueve médicos que supuestamente conspiraban para asesinar a los líderes de la cúpula del PCUS con un tratamiento médico tóxico. El motivo de la acusación era el antisemitismo, que se acentuó después del final de la guerra, ya que la mayoría de los médicos eran judíos. Constituyó un primer paso del terror hacia los judíos, a los que se había propuesto instalarse en Birobidzhán, en Siberia. Pero antes de que pudiera desarrollarse, Stalin murió el 5 de marzo de 1953. Incluso el mismo día de su funeral, Stalin produjo más muertes: 500 personas fueron arrestadas y ejecutadas por «no garantizar una seguridad eficaz el día del funeral del camarada Stalin».
La desestalinización es el proceso de revelación de los abusos de poder cometidos por el régimen de Stalin, una campaña en contra del culto a su personalidad, y disminución de la represión política y del poder de la nomenclatura.
El 24 de febrero de 1956, durante la celebración del XX Congreso del PCUS, en una reunión por la noche no prevista, Jrushchov pronunció un discurso de cuatro horas a puerta cerrada, sobre «el culto a la personalidad y sus consecuencias». Acusó a Stalin del asesinato de Kírov en diciembre de 1934, de las derrotas en la primera fase de la guerra contra los nazis en 1941 y presentó estadísticas impactantes sobre el número de afiliados, delegados y líderes que padecieron «las violaciones masivas de la legalidad socialista». Jrushchov subrayó la diferencia entre los crímenes de Stalin y sus éxitos (industrialización y victoria en la Gran Guerra Patriótica). El 15 de junio de 1956, el régimen puso en libertad a 51.439 prisioneros (incluidos 26.155 políticos), y redujo las sentencias para otros 19.093.

El socialismo desarrollado conllevó el apogeo de la nomenclatura. Se estima que, en 1970, esta élite contaba con 700.000 individuos en los puestos del partido, 300.000 miembros en el sector económico, y otros 150.000 en la investigación y la ciencia. En 1982, este grupo se incrementó en 800.000 personas y, junto con sus familiares, ascendían a unos tres millones (el 1,2 % de la población total soviética).
La «edad de oro» no era sólo para la nomenclatura, sino también para la población general. Los salarios crecieron un 50 % entre 1967 y 1977; se estableció la semana laboral de cinco días, las vacaciones obligatorias de dos semanas, y aumentó el subsidio para los pobres. El sueldo de los granjeros era sólo un 10 % más bajo que el de los obreros en la ciudad.
A pesar de que el «socialismo desarrollado» pretendía garantizar a sus ciudadanos el bienestar, la sociedad soviética demostraba signos de estrés agudo. Uno de ellos era el hiperalcoholismo. Sólo en la década de 1970 la venta de alcohol aumentó un 75 %. Otro dato preocupante era el aumento de la tasa de mortalidad infantil: de 22,9 muertes por cada mil nacimientos en 1971 se pasó a 31,6 en 1976.
La tasa de natalidad bajó de 2,9 hijos por familia en 1970 a 2,4 en 1978 (en las regiones de la población musulmana de Asia Central era de alrededor de seis hijos por familia). En la década de 1970, la esperanza de vida para los varones era de sesenta y tres años (mientras que en Estados Unidos era de sesenta y nueve años) y para las mujeres de setenta y cuatro años (setenta y seis en Estados Unidos).
El «centralismo democrático» (el papel central del partido) recibió el reconocimiento constitucional en el artículo 6, que definía el papel del Partido Comunista de la URSS como «el que lidera y guía la sociedad soviética y el núcleo de su sistema político, su organización estatal y organizaciones públicas». La Constitución de Stalin de 1936 mencionó la autoridad del partido, y la URSS siempre fue el Estado de partido único, pero el artículo 6 de la Constitución de 1977 era la más formal validación de esta realidad hasta entonces.
La nueva Constitución no mencionaba al Politburó. A las repúblicas constituyentes no se les permitía mantener fuerzas armadas propias, pero se mantenía su derecho de autodeterminación y secesión. Se garantizaba el servicio de salud gratuito, casas baratas y la participación pública de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones.
A pesar de la aureola de los luchadores por la libertad, los disidentes probablemente tenían poca influencia en la mayoría de los ciudadanos. Es difícil, si no imposible, hacer una valoración de este tipo. Pero hubo otras influencias que representaban cierta alternativa al régimen, aunque no eran disidentes: Vladímir Sorokin y Valentín Rasputín escribieron sobre la destrucción de la vida en los pueblos por la colectivización. Los directores de cine Andréi Tarkovski y Tengiz Abuladze, los escritores de ciencia ficción Arkadi y Boris Strugatski, el compositor Alfred Schnittke y el escultor Ernest Neizvestny, ofrecieron en sus obras otros criterios, más críticos, para valorar la realidad soviética.
Las historias sobre las prácticas de corrupción de Brézhnev y sus familiares, lanzadas por Yuri Andrópov (1914-1984) y sus subordinados, circulaban entre la élite del partido. Andrópov intentaba crear en el Politburó un clima contrario a que Brézhnev, tras su muerte, fuera sucedido por uno de sus más estrechos colaboradores. La última aparición pública de Brézhnev fue en la Plaza Roja con motivo del 65 aniversario de la Revolución de Octubre. Murió el 10 de noviembre de 1982, y enterraron su cuerpo fuera de las murallas del Kremlin. El socialismo desarrollado era el comienzo del declive final del comunismo soviético.

La explosión nuclear de Chernóbil el 30 de abril de 1986, consecuencia de la información errónea, la indisciplina y las manipulaciones organizativas, se convirtió en la metáfora de las condiciones de la vida pública soviética. La aguda crisis económica y la imagen de la explosión de la central de Chernóbil ponían de relieve que la URSS ya no era una superpotencia. Lenin había afirmado que la rebelión de Krondstadt en 1921 era el punto decisivo para adoptar la NEP. Aunque Gorbachov no declaró nada respecto a Chernóbil, sin duda alguna éste era el punto de inflexión para acelerar las reformas y conservar la Unión Soviética y el sistema político comunista.
Mijaíl Gorbachov fue el líder más revolucionario de la URSS desde Lenin. Como secretario general del PCUS, puso en marcha un proceso tan radical que desmoronó el edificio del comunismo soviético. Creía que la Glásnost (glas en ruso significa «voz», glásnost sería «voz alta», pero también connota apertura, hacer algo público, decirlo en voz alta) y la Perestroika («reconstrucción»), iban a democratizar el sistema comunista. Las reformas tenían como objetivo transformar el sistema y convertirlo en uno más eficiente. La Glásnost iba a exponer los abusos y la arbitrariedad del sistema, generar nuevas ideas y destruir los obstáculos para ponerlas en práctica. La Perestroika iba a reconstruir las instituciones estatales, sociales y económicas e introducir una democratización, entendida como democracia participativa guiada por la «partitocracia» (la burocracia del Partido Comunista). Estas medidas no significaban la libertad de información, ni la liberalización política, aunque parecían muy revolucionarias para los comunistas de la época. Más bien eran medidas para conservar el sistema comunista.
La Glásnost era una medida en contra del principal instrumento «pacífico» del poder comunista, la supresión de la información y de la verdad y la construcción de mentiras y datos falsos que sostenían el poder comunista. Los comunistas estaban preparados para enfrentarse a los contrarrevolucionarios, pero no para lidiar con la contrarrevelación. Los mayores oponentes a la Glásnost eran historiadores, directores de las instituciones y departamentos estatales. A pesar de ello, comenzaban a aparecer estudios sobre la verdadera historia del pasado reciente, en su mayoría centrada en el periodo estalinista.
Uno de los cambios más importantes introducidos por la Glásnost era la cobertura televisiva de los debates políticos y de las entrevistas con los políticos occidentales. Los programas Vzglyad («Vista»), de la televisión moscovita; 600 segundos, de la televisión de Leningrado, y Vremya («Tiempo»), de la televisión de Rusia, eran los programas de contenido político con mayor éxito de audiencia.
En junio de 1986 se tomó la decisión de relajar las reglas de la prensa. Incluso Pravda, que era el periódico del Comité Central, cambió un poco su política editorial. Komsomólskaya Pravda, el periódico de la organización juvenil del Komsomol, se convirtió en uno de los mejores periódicos. Pero la novedad era Nezavisimaya Gazeta («Periódico independiente»), que fue uno de los más leídos. Nuevos semanarios y revistas fueron los primeros beneficiarios de la Glásnost. Moskovskie Novosti («Noticias Moscovitas»), Ogonëk («Mala chispa») y Argumenty i Fakty («Argumentos y Hechos») pasaron a ser publicaciones del periodismo de investigación.
Gorbachov quería preservar a la Unión Soviética como Estado de partido único, y así santificar para siempre la Revolución de Octubre y a Lenin. Sin embargo, no comprendió que sus acciones y sus reformas iban a desestabilizar el sistema comunista y, por tanto, a la Unión Soviética.
Gorbachov había cometido varios errores en sus reformas económicas, entre las que destacan la campaña antialcohol y la inversión excesiva en la industria de maquinaria en 1985 y 1986 (cuando el desarrollo tecnológico ya superaba a la maquinaria pesada como instrumento de trabajo). El presupuesto del Estado estaba en un déficit crónico. La deuda exterior y la inflación crecían rápidamente. La elección de sus colaboradores, antiguos aliados de la época de Andrópov, no era acertada: Ryzhkov era reformista, pero no era capaz de aplicar las reformas adoptadas como presidente del Consejo de Ministros. Ligachov ni siquiera estaba de acuerdo con sus reformas. La reorientación del sector industrial hacia las necesidades de los consumidores era un objetivo inalcanzable. Gorbachov había prometido a los soviéticos la mejora económica, pero lo que en realidad provocó fue un mayor deterioro. En el invierno de 1989 y 1990, los productos básicos como la leche, el té, el café, el jabón o la carne, no se vendían en las tiendas, ni siquiera en Moscú. Las tiendas vacías y las colas interminables de la gente que esperaba comprar algo son el símbolo de los años finales del sistema comunista.
Puede que el referéndum de Ucrania fuera el pretexto que buscaba Yeltsin para romper la URSS. Es posible que simplemente quisiera echar a Gorbachov de Moscú, y asumir una autoridad absoluta en Rusia. Lo más probable es que deseara ambas cosas. Para Gorbachov, la desaparición de la URSS y la no creación de la CIE, que habría incluido a todas las repúblicas ex soviéticas significó el final de todas sus funciones políticas y su retirada. Lo aceptó con dignidad, prediciendo que la desintegración de la URSS podría llevar a la lucha militar y política y a una completa ruina económica. Pero él, por lo menos había luchado por mantener la unión. El 25 de diciembre, en un discurso corto en la televisión, dijo: «Dejo mi puesto con miedo, pero también con esperanza y fe en vosotros, en vuestra sabiduría y fuerza de espíritu. Somos herederos de una gran civilización y ahora la carga cae en cada uno de nosotros. Podemos resucitar para una vida nueva y digna». La Unión Soviética fue abolida el 31 de diciembre de 1991, sesenta y nueve años después de su creación, en 1922.

El régimen de Yeltsin no fue capaz de crear un sistema de administración eficaz a nivel central ni local. El mayor problema de la administración era el cobro de los impuestos. Según los datos oficiales, sólo un 16 % de las empresas los pagaba, la mayoría con retraso. La arbitrariedad al aplicar las leyes, la corrupción generalizada y el excesivo poder de la burocracia reflejaban la degradación del Gobierno central. Moscú perdía gradualmente el control de los gobiernos locales, mientras los 85 sujetos de la Federación (22 repúblicas, 46 provincias, nueve territorios, cinco distritos autónomos y tres ciudades federales) aumentaban el suyo. La «regionalización» del poder comenzó en las áreas étnicas, como Tartaristán, que rechazó reconocer el poder central en febrero de 1994 y firmó un acuerdo para llevar a cabo una política exterior independiente y tener el control de sus propios recursos económicos.
Chechenia, en la región del Cáucaso, liderada por el antiguo general soviético Dzhojar Dudáyev, declaró su independencia en 1994. Mientras Yeltsin inicialmente toleraba este tipo de autodeterminación (lo hizo también con la República de Sajá en Siberia Oriental), cambió al poco tiempo de opinión.
Los países del antiguo Pacto de Varsovia querían convertirse en miembros de la Unión Europea y la OTAN, y escapar definitivamente de la influencia rusa. El declive económico, la inestabilidad política interna y la pérdida del estatuto de superpotencia produjeron mucha desilusión entre los rusos respecto al nuevo orden.
La señal más clara del colapso del poder central era la incapacidad del Estado para recaudar impuestos. Entre 1989 y 1997, el dinero de las recaudaciones cayó del 41 % al 31 % del PIB. La recaudación se convirtió en una guerra civil: en 1996, 26 recaudadores fueron asesinados y 18 resultaron heridos en atentados con bombas. En octubre de 1997, Yeltsin decretó la creación de la Chrezvycháinaya Komíssiya (Comisión Extraordinaria, que tenía el mismo nombre que lo que se conocía popularmente como la Cheka, la organización policial creada durante la Revolución de Octubre) para elaborar un plan de recaudación de impuestos.

Rusia, supuestamente gracias a su auténtica fe ortodoxa, nunca ha dejado de producir «genios y santos», por lo que está destinada a salvar a Occidente de su decadencia. Aparte de descabellada, esta idea es poco original. La idea de que los rusos están predestinados a salvar a Occidente es de los eslavófilos del siglo XIX.
En cualquier caso, es un hecho que la Iglesia ortodoxa rusa goza de mayor visibilidad en la sociedad y que aspira a la recristianización de la nación rusa (aunque el 70 % de los rusos se declara creyente, sólo un 4 % toma parte en la liturgia). Mientras Europa (aunque no Estados Unidos) está embarcada en un largo proceso de secularización, Rusia es uno de los pocos países del mundo donde la religión es cada vez más importante en la sociedad. La Iglesia ortodoxa ha recuperado su papel histórico, el de ser protagonista principal en los momentos más trágicos de la historia rusa (la invasión de los mongoles, la invasión polaco-lituana, la Segunda Guerra Mundial) y sale fortalecida de la prueba.
Aparentemente, el régimen de Vladímir Putin no persigue una revolución del orden mundial. Actúa más bien como una potencia revisionista que no acepta el orden internacional creado tras el final de la Guerra Fría. Sin embargo, la «revolución permanente» de los bolcheviques, que aspiró a contagiar a toda Europa con el virus comunista, y la guerra híbrida, que es una «guerra permanente» por todos los medios para asegurar la influencia de Rusia y presentarla como una alternativa viable a la decadencia de Occidente, tienen el mismo objetivo final: provocar cambios en la política global.
Las batallas internacionales venideras no se darán entre democracia y comunismo como durante la Guerra Fría, sino que tendrán un sesgo geopolítico y se librarán, por la influencia de dos modelos políticos, entre el liberalismo occidental y el «iliberalismo» ruso.

This book deals with a period of Russian history that goes from the liberation of the serfs by Tsar Alexander II in 1861 until September 2016 (which is as much as to say yesterday), so that the Russian Revolution is only a part (and not at all the major) of this medium-sized text. That the author has called her book “Brief History of the Russian Revolution” is, therefore, something quite disorientating, or perhaps interested (perhaps she thinks that she will sell more copies on the eve of the centenary of the aforementioned Revolution).
But, in any case, the author manages with dexterity, order and ability to synthesize (which is not little) an intimidating volume of information. Of particular interest is everything related to the «Putin era» (from the year 2000 to the present), which occupies a good slice of the final section of this essay.
It seems to me an interesting essay that a brief being with giving a good and rigorous vision of the Russian revolution. It is enjoyable and it is read with relative ease. Recommended for those who want to know about the Russian revolution.

The Russian Revolution, which produced the overthrow of the Tsarist monarchy and the radical destruction of its political system between February and October 1917, 1 emerged from the Great War and decisively influenced world history throughout the 20th century. It was a consequence of several factors: the failure of the governmental reforms of the second half of the 19th century, the frustrated attempt to establish a constitutional regime between 1905 and 1917, and a relatively long tradition of revolutionary movements.
However, what we usually call the October Revolution strictly came from a coup d’état carried out by a minority group (the Bolshevik faction of the Russian Social Democratic Labor Party) and led to a civil war (1918-1921) from which the system would emerge. Soviet with its resort to permanent terror. Thanks to a powerful propaganda machine, the work of official historians and the collaboration of numerous intellectuals and manual workers from other countries, the Communist Party of the Soviet Union was able to build the myth of a proletarian revolution.
Analyze the Russian Revolution as a cycle of one hundred years and try to answer five fundamental questions: how and why the Revolution broke out in 1917; how the Bolsheviks came to power and established their regime; how that regime evolved into extreme forms of totalitarianism; how the Soviet system lasted for sixty-nine years and why it came to an end; and finally, what kind of political and economic system emerged from the ruins of the USSR. It aims to show the link between ideas and facts, as well as to offer an analysis from multiple perspectives (politics, socio-economic changes, culture, ideas and ideologies, wars).

The prostor was always a fundamental pillar of Russia’s political and penal system. Siberia represents it better than any other factor in such a system. Since the 17th century, when the first forced labor camp – kátorga (from the Tatar word katargá, meaning “to die”) – has been established, it has been a prison without doors and its name, synonymous with the death penalty. The Bolsheviks inherited the use of the old fields, which they organized under the GULAG (acronym in Russian of General Directorate of Fields of Work), first by means of a secret disposition (July 11, 1929) and later with a public decree (April 15). 1930).
The key to the long persistence of the autocratic regime in Russia lies in the combination of three political traditions: the Moscow seigniorial system, the Mongol despotism and the Byzantine “Cesaropapism” (the unification of political and religious power into a single person).
The Rúrik dynasty (860-1598), founder of the first Russian state, centered in Kiev of Rus (862), was defeated by the Mongolian Golden Horde in 1237. Until 1453, the year of the fall of Constantinople, the Russians were in vassal theory of the Byzantine Empire, but, in practice, the Golden Horde. The rule of the Mongols came to an end in 1480, when Ivan III refused to pay taxes to the Mongol khan and was proclaimed samoderzhets of the Muscovy Principality. (Samoderzhets is the Russian translation of the Greek autokrates.) The term “tsar”, adapted from the Latin word caesar, was coined in 1547 to connote the universal mission of the Russian rulers.)
Two historical models – the Muscovite and the Peterburgues – share the main characteristics of the Russian autocratic regime.
The Russian tsars were not only free to legislate and impose taxes, as all kings did in absolute monarchies-for example, Philip IV of Spain or Louis XIV of France-but they were also owners of Russia and all its lands , which yielded to the nobles in exchange for their services and loyalty to the State. So there were no real limits to his power. In this type of State, the Tsar and his nobles did not consider society as an independent party of the State, with its rights and interests, but as a pure narod (“people”), which only exists to the extent that the State recognizes its existence in exchange for the service it provides. The Bolshevik State established by Lenin, the “Pugachov of the university”, was disproportionately more absolute and tyrannical than the Tsarist, although it took advantage of the structure of the patrimonial State, with its centralized administration and absence of individual liberties and private property of the most of the Tsar’s subjects.
The eight major reforms affected social, administrative and cultural institutions. They were based on two principles: vsesoslovnost (“universality, all classes”) and glasnost (“transparency, loud voice”, a word that Mikhail Gorbachev would use in the 1980s to define his reforms of the communist regime). The main purpose of the reforms was to adapt Western models to Russia. The great reforms of the 1860s and 1870s brought about significant changes and marked the entry of the Russian Empire into a new era. Despite this, until 1906 the Tsars refused to recognize a legislative body that was not subordinated to or controlled by the autocrat or the will of the autocrat. Emancipation did not solve the peasant question, which would accelerate the agrarian crisis of the early twentieth century and a new series of reforms that was interrupted by the First World War.

The murder of the Tsar did not provoke the revolution and had, on the contrary, the opposite effect: it strengthened the repression and the institutions associated with it, such as the police, the secret service and special jurisdictions. The main legacy of populism was the introduction of murder as a means of extrapolitical coercion. The radicals were responsible for 150 murders of state officials between 1901 and 1911. The influence of their ideas on the role of terror in the revolutionaries of October 1917 seems undeniable. In this sense, Bolshevism could be interpreted as an amalgam of populism and Marxism.

The totalitarian state, fully developed later by Stalin, had its origins in war communism, as this is the model of control of all aspects of the economy and society. The torture and terror practiced by the Cheka was an essential ingredient of the new political order. No one will ever know the exact number of its victims, but terror was, as Trotsky explained in his Terrorism and Communism (1920), the fundamental factor of the Bolshevik victory in the class war.
The cult of Lenin was defined as “Leninism.” But what was Leninism? Lenin himself had avoided promoting it by claiming that being a Marxist requires constant adaptation to the new circumstances. But his successors needed to define it, to explain what they proposed in his name. The rivals who disputed the succession of Lenin made speeches and wrote articles and pamphlets for this purpose during 1923 and 1924. Thus a new term emerged, the “Marxism-Leninism.” Trotsky, Zinoviev, Bukharin, Kamenev and Stalin announced their unconditional commitment to all the ideas associated with Lenin. All believed in the model of State led by a single party, in legalized arbitrariness and centralized administration and approved terror as a method to sustain the Bolshevik regime. Stalin considered that the party was the institutional pillar of the October Revolution. This was Lenin’s attitude in practice, but he had not expressed it that way in his theoretical works.
It was forbidden to exhibit the works of Kazimir Malevich from 1927 (he died in poverty in 1935). All science fell under the fire of new inquisitors: “The philosophical, natural and mathematical sciences have the same political character as the historical sciences,” stated the editorial of the journal Marxism and Natural Sciences.
Another aspect of the revolution in culture was the persecution of the clergy of the Orthodox Church. In 1932, in Russia there were four bishops of the 160 prerevolutionary era, and 4,200 parishes of the 54,000 that existed at the time. Christianity was replaced by the sacred dimension of communism reflected in the personality cult of Lenin and Stalin. The cult of personality, sustained during communism, was the repetition of the messianic archetype of the Tsar, called by the Russians “our father.” But while the Russian Tsar was the human representative on Earth of the great power of God, the Soviet leaders were God himself or the direct emanation of absolute truth, messiahs and saviors.
The third dimension of the Stalinist cultural revolution was the rapid promotion of workers to key positions in the administration and institutions of higher education. The promotion of workers, “the new plebeian bourgeoisie,” was at once the cause and consequence of the campaign against the bourgeoisie and the social purges of the bureaucracy.
The revolution in culture, defined by the Kremlin as “revolution from below” (where “low” meant three things: spontaneous actions of party and Komsomol officials, rebellion of young people and workers against professionals, and promotion of the proletariat) was nothing but anti-intellectualism and social radicalism in its purest form.

The Supreme Soviet elected a Presidium (new name for the Politburo), whose president fulfilled the role of president of the USSR, but had very little political power. The Supreme Soviet elected a Council of People’s Commissaries, whose president was equivalent to a prime minister (but also with little power). At the local level, governments were structured in a similar way, although there was only one Supreme Soviet.
The USSR did not boast of being a classless society. In 1917, the system of classes that existed was repealed, but it did not mean the end of the distinctions between classes. Except during communism of war, egalitarianism was rejected. In 1931, Stalin opposed equality by recognizing the differences between skilled (professional) and unskilled workers. The 1936 Constitution held that the old classes that fought among themselves were neutralized, and that there were only two classes: that of the workers and that of the peasants. Since, according to Stalin, these two classes were friendly, there was no need for a multi-party system, because the political parties represented the class struggle.

The intelligentsia was described as “stratum”, not as a class, and as an intelligentsia of the working class (non-bourgeois).
In fact, in the USSR of Stalin (and in the later one) there was an upper class, but according to the Marxist analysis it did not conceive of itself as a class, because it did not have private property. This class was the privileged communist class, which was considered culturally, politically and ideologically superior. He enjoyed state luxuries such as dachas (country houses), cars, domestic service and better education for their children. At the opposite pole were the bivshi ljudi (“ex-men” or “former people”), the victims of social purges that were gradually disappearing from society, migrating abroad or dying in forced labor camps.
The great campaign of terror began with the purges in the party through three public processes in which more than a thousand people were executed or sent to the Gulag (delegates of the Congress of the CPSU, members of the Central Committee and other institutions).
In August 1936, sixteen former “Left Opponents” debating industrialization, including Zinoviev and Kamenev, were publicly accused of organizing the terrorist group that killed Kirov, as well as preparing for the assassination of Stalin and other members of the organization. dome of the CPSU. All, except one, confessed their guilt and were executed.
The death of the “old Bolsheviks” such as Zinoviev or Kamenev shocked many comrades. In spite of this, in 1937 there was another wave of accusations against the members of “the opposition of the left” in a second public process that included Karl Radek and Gueorgui Piatakov, among others. They were seventeen in total, accused of conspiring with Germany and Japan to divide the USSR between these two powers. Piatakov was accused of sabotage, as a popular commissar of heavy industry, for not having complied with the industrialization program. Thirteen of the defendants were executed and four were deported to camps (none survived). Many other party members were arrested.
In 1938, Stalin’s Great Terror was stopped, and the dictator accused Nikolai Yezhov and his subordinates of exceeding their powers. The arrests decreased, but did not cease altogether until Stalin’s death in 1953. The NKVD itself lost 20,000 operations. The Gulag as a branch of the NKVD, which directed the penal system of forced labor camps, was dissolved on January 13, 1960.
The best-known testimonies of the time are the two novels by Aleksandr Solzhenitsyn – One day in the life of Ivan Denisovich, published for the first time in the time of Khrushchev, and the Gulag Archipelago; the memoirs of Nadezhda Mandelshtam (wife of the poet Ósip Mandelshtam) and Anna Lárina (wife of Bujarin) and Relatos de Kolimá, by Varlam Shalámov.
In January 1953, two months before Stalin’s death, the press announced the arrest of nine doctors who allegedly conspired to assassinate leaders of the CPSU leadership with toxic medical treatment. The reason for the accusation was anti-Semitism, which was accentuated after the end of the war, since most of the doctors were Jews. It constituted a first step of terror towards the Jews, to whom it had proposed to settle in Birobidzhan, in Siberia. But before it could develop, Stalin died on March 5, 1953. Even on the same day as his funeral, Stalin produced more deaths: 500 people were arrested and executed for “failing to guarantee effective security on the day of Comrade Stalin’s funeral” .
De-Stalinization is the process of revealing the abuses of power committed by the Stalin regime, a campaign against the cult of his personality, and a decrease in political repression and the power of the nomenclature.
On February 24, 1956, during the celebration of the 20th Congress of the CPSU, in an evening meeting not foreseen, Khrushchev delivered a four-hour closed-door speech on “the cult of personality and its consequences”. He accused Stalin of Kirov’s assassination in December 1934, of the defeats in the first phase of the war against the Nazis in 1941 and presented impressive statistics on the number of affiliates, delegates and leaders who suffered “the massive violations of socialist legality » Khrushchev stressed the difference between Stalin’s crimes and his successes (industrialization and victory in the Great Patriotic War). On June 15, 1956, the regime released 51,439 prisoners (including 26,155 politicians), and reduced sentences for another 19,093.

The socialism developed led to the apogee of the nomenclature. It is estimated that, in 1970, this elite had 700,000 individuals in the party posts, 300,000 members in the economic sector, and another 150,000 in research and science. In 1982, this group increased by 800,000 people and, together with their families, amounted to some three million (1.2% of the total Soviet population).
The “golden age” was not only for the nomenclature, but also for the general population. Salaries grew 50% between 1967 and 1977; the five-day workweek, the mandatory two-week vacation, was established, and the subsidy for the poor increased. The farmers’ salary was only 10% lower than that of the workers in the city.
Although “developed socialism” was intended to guarantee its citizens welfare, Soviet society showed signs of acute stress. One of them was hyperalcoholism. Only in the 1970s the sale of alcohol increased by 75%. Another worrying fact was the increase in the infant mortality rate: from 22.9 deaths per thousand births in 1971 to 31.6 in 1976.
The birth rate dropped from 2.9 children per family in 1970 to 2.4 in 1978 (in the regions of the Muslim population of Central Asia it was around six children per family). In the 1970s, life expectancy for men was sixty-three years (while in the United States it was sixty-nine years) and for women of seventy-four years (seventy-six in the United States).
The “democratic centralism” (the central role of the party) received constitutional recognition in article 6, which defined the role of the Communist Party of the USSR as “the one who leads and guides Soviet society and the core of its political system, its state organization and public organizations ». The Stalin Constitution of 1936 mentioned the authority of the party, and the USSR was always the one-party state, but article 6 of the 1977 Constitution was the most formal validation of this reality until then.
The new Constitution did not mention the Politburo. The constituent republics were not allowed to maintain their own armed forces, but their right to self-determination and secession was maintained. Guaranteed free health service, cheap houses and public participation of citizens in the decision-making process.
Despite the aura of freedom fighters, dissidents probably had little influence on most citizens. It is difficult, if not impossible, to make an assessment of this type. But there were other influences that represented some alternative to the regime, although they were not dissidents: Vladimir Sorokin and Valentin Rasputin wrote about the destruction of life in the villages by collectivization. The film directors Andréi Tarkovski and Tengiz Abuladze, the science fiction writers Arkady and Boris Strugatski, the composer Alfred Schnittke and the sculptor Ernest Neizvestny, offered in their works other criteria, more critical, to assess the Soviet reality.
Stories about the corruption practices of Brezhnev and his relatives, launched by Yuri Andropov (1914-1984) and his subordinates, circulated among the party elite. Andropov tried to create in the Politburo a climate contrary to Brezhnev, after his death, was succeeded by one of his closest collaborators. The last public appearance of Brezhnev was in Red Square on the occasion of the 65th anniversary of the October Revolution. He died on November 10, 1982, and buried his body outside the walls of the Kremlin. The developed socialism was the beginning of the final decline of Soviet communism.

The nuclear explosion of Chernobyl on April 30, 1986, as a consequence of misinformation, indiscipline and organizational manipulations, became the metaphor for the conditions of Soviet public life. The acute economic crisis and the image of the explosion at the Chernobyl plant highlighted that the USSR was no longer a superpower. Lenin had claimed that the Kronstadt rebellion in 1921 was the turning point to adopt the NEP. Although Gorbachev did not declare anything about Chernobyl, this was undoubtedly the turning point to accelerate the reforms and conserve the Soviet Union and the communist political system.
Mikhail Gorbachev was the most revolutionary leader of the USSR since Lenin. As general secretary of the CPSU, he launched a process so radical that it toppled the building of Soviet communism. He believed that Glásnost (glas in Russian means “voice”, glasnost would be “high voice”, but also connotes opening, doing something public, saying it out loud) and Perestroika (“reconstruction”), would democratize the communist system. The reforms were aimed at transforming the system and making it more efficient. La Glásnost was going to expose the abuses and the arbitrariness of the system, generate new ideas and destroy the obstacles to put them into practice. Perestroika was to rebuild state, social and economic institutions and introduce a democratization, understood as participatory democracy guided by the “partitocracy” (the bureaucracy of the Communist Party). These measures did not mean freedom of information, nor political liberalization, although they seemed very revolutionary for the communists of the time. Rather, they were measures to preserve the communist system.
The Glásnost was a measure against the main “pacific” instrument of communist power, the suppression of information and truth and the construction of lies and false data that sustained communist power. The communists were prepared to confront the counterrevolutionaries, but not to deal with the counterrevelation. The greatest opponents of Glásnost were historians, directors of state institutions and departments. Despite this, studies began to appear about the true history of the recent past, mostly centered on the Stalinist period.
One of the most important changes introduced by Glásnost was the television coverage of political debates and interviews with Western politicians. The Vzglyad (“View”) programs of Moscow television; 600 seconds, from Leningrad television, and Vremya (“Time”), from Russian television, were the most successful political content shows.
In June 1986 the decision was made to relax the rules of the press. Even Pravda, which was the Central Committee newspaper, changed its editorial policy a bit. Komsomolskaya Pravda, the newspaper of the Komsomol youth organization, became one of the best newspapers. But the novelty was Nezavisimaya Gazeta (“Independent Newspaper”), which was one of the most read. New weeklies and magazines were the first beneficiaries of the Glásnost. Moskovskie Novosti (“Muscovite News”), Ogonëk (“Bad Spark”) and Argumenty i Fakty (“Arguments and Facts”) became publications of investigative journalism.
Gorbachev wanted to preserve the Soviet Union as a one-party state, and thus to sanctify forever the October Revolution and Lenin. However, he did not understand that his actions and reforms were going to destabilize the communist system and, therefore, the Soviet Union.
Gorbachev had made several mistakes in his economic reforms, including the anti-alcohol campaign and excessive investment in the machinery industry in 1985 and 1986 (when technological development was already ahead of heavy machinery as a work tool). The state budget was in a chronic deficit. Foreign debt and inflation grew rapidly. The election of his collaborators, former allies of the Andropov era, was not right: Ryzhkov was a reformer, but he was not able to implement the reforms adopted as president of the Council of Ministers. Ligachov did not even agree with his reforms. The reorientation of the industrial sector towards the needs of consumers was an unattainable goal. Gorbachev had promised the Soviets economic improvement, but what he actually caused was further deterioration. In the winter of 1989 and 1990, commodities such as milk, tea, coffee, soap or meat were not sold in stores, not even in Moscow. The empty shops and the endless lines of people who expected to buy something are the symbol of the final years of the communist system.
The Ukrainian referendum may have been the pretext that Yeltsin sought to break the USSR. It is possible that he simply wanted to oust Gorbachev from Moscow, and assume absolute authority in Russia. Most likely he wanted both. For Gorbachev, the disappearance of the USSR and the non-creation of the CIE, which would have included all the former Soviet republics, meant the end of all its political functions and its withdrawal. He accepted it with dignity, predicting that the disintegration of the USSR could lead to military and political struggle and complete economic ruin. But he, at least, had fought to maintain the union. On December 25, in a short speech on television, he said: “I leave my post with fear, but also with hope and faith in you, in your wisdom and strength of spirit. We are heirs of a great civilization and now the burden falls on each one of us. We can be resurrected for a new and dignified life ». The Soviet Union was abolished on December 31, 1991, sixty-nine years after its creation, in 1922.

The Yeltsin regime was not able to create an effective administration system at the central or local level. The biggest problem of the administration was the collection of taxes. According to official data, only 16% of companies paid, most with delays. The arbitrariness in applying the laws, the widespread corruption and the excessive power of the bureaucracy reflected the degradation of the central government. Moscow gradually lost control of local governments, while the 85 subjects of the Federation (22 republics, 46 provinces, nine territories, five autonomous districts and three federal cities) increased theirs. The “regionalization” of power began in ethnic areas, such as Tatarstan, which refused to recognize central power in February 1994 and signed an agreement to carry out an independent foreign policy and to have control over its own economic resources.
Chechnya, in the Caucasus region, led by former Soviet general Dzhojar Dudayev, declared independence in 1994. While Yeltsin initially tolerated this type of self-determination (he did so with the Republic of Sakha in Eastern Siberia), he changed after a short time. opinion.
The countries of the former Warsaw Pact wanted to become members of the European Union and NATO, and to escape definitively from Russian influence. The economic decline, the internal political instability and the loss of superpower status produced much disillusion among the Russians about the new order.
The clearest sign of the collapse of central power was the inability of the state to collect taxes. Between 1989 and 1997, the money from collections fell from 41% to 31% of GDP. The collection turned into a civil war: in 1996, 26 collectors were killed and 18 were injured in bombings. In October 1997, Yeltsin decreed the creation of the Chrezvycháinaya Komíssiya (Extraordinary Commission, which had the same name as what was popularly known as the Cheka, the police organization created during the October Revolution) to develop a tax collection plan .

Russia, supposedly thanks to its authentic orthodox faith, has never stopped producing “geniuses and saints”, so it is destined to save the West from its decline. Apart from crazy, this idea is unoriginal. The idea that the Russians are predestined to save the West is from the Slavophiles of the 19th century.
In any case, it is a fact that the Russian Orthodox Church enjoys greater visibility in society and that it aspires to the re-Christianization of the Russian nation (although 70% of Russians declare themselves to be believers, only 4% take part in the liturgy ). While Europe (though not the United States) is embarking on a long process of secularization, Russia is one of the few countries in the world where religion is increasingly important in society. The Orthodox Church has recovered its historical role, that of being the main protagonist in the most tragic moments of Russian history (the invasion of the Mongols, the Polish-Lithuanian invasion, the Second World War) and emerges strengthened from the test.
Apparently, the regime of Vladimir Putin does not pursue a revolution of the world order. It acts more like a revisionist power that does not accept the international order created after the end of the Cold War. However, the “permanent revolution” of the Bolsheviks, which aspired to infect all of Europe with the communist virus, and the hybrid war, which is a “permanent war” by all means to ensure the influence of Russia and present it as a viable alternative to the decline of the West, have the same ultimate goal: to cause changes in global politics.
The coming international battles will not occur between democracy and communism as during the Cold War, but will have a geopolitical bias and will be fought, under the influence of two political models, between Western liberalism and Russian “iliberalism”.

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