Vive Más Y Mejor. Reduciendo Tóxicos Y Contaminantes Medioambientales — Miquel Porta / Live Longer And Better. Reducing Toxics And Environmental Pollutants by Miquel Porta (spanish book edition)

Excelente obra que creo que debería leerse obligatoriamente en los institutos y universidades. Tenemos que tomar conciencia del poder que tenemos como consumidores para mejorar nuestra salud, la de los demás y el medio ambiente en el que vivimos. Este libro abre los ojos a un tipo de vida mejor sin necedidad de grandes modificaciones.

Desde hace años y cada semana, los estudios científicos independientes ya están demostrando que numerosos contaminantes tóxicos están alterando nuestros sistemas endocrino, nervioso, inmunológico, cardiovascular o metabólico, y contribuyendo a causar infertilidad, diabetes o hipertensión, además de algunos cánceres y otras enfermedades y trastornos.
Nuestra exposición a los contaminantes ambientales suele empezar en el vientre materno, pues muchos de ellos cruzan la placenta; es habitual detectarlos en ella, la placenta, y en el líquido amniótico (el que rodea al embrión y luego al feto). A menudo las concentraciones, las dosis o los niveles son bajos, pero a veces son bastante altos.
Pero sobre todo en lo que comemos, bebemos y respiramos. Las principales vías de entrada en el organismo humano son los alimentos y sus envases, el aire y el agua. Los datos, las informaciones y los conocimientos están ahí, y no es correcto negarlo.

Tanto en Estados Unidos como en Japón o en España aún se puede hallar DDT (prohibido hace más de cuarenta años), generalmente a concentraciones bajas, en muchos productos lácteos (mantequillas, leches) y otros alimentos que contienen grasas de origen animal.
Buena parte de los contaminantes tóxicos persistentes (CTPs) se incorpora al organismo a través de la ingesta de alimentos, que se contaminan cuando se cultivan, crían (por el pienso que los animales comen), procesan, almacenan o preparan para su consumo. La vigilancia de la contaminación química de los alimentos es una vía fundamental —como la vigilancia de la contaminación humana— para conocer, valorar y controlar los riesgos a los que la población está sujeta.

Los principales contaminantes, uno a uno
• Aluminio
¿Dónde?: Agua del grifo, aditivos alimentarios y alimentos procesados.
¿Efectos sobre la salud?: El aluminio es un neurotóxico potente; es probable que aumente el de la enfermedad de alzhéimer, de la esclerosis lateral amiotrófica, de la enfermedad de párkinson y de algunas demencias.
– Arsénico
¿Dónde?: Agua del grifo, pescado, carne, tabaco y arroz (en algunos países).
¿Efectos sobre la salud?: Puede atravesar la placenta y, por lo tanto, las mujeres embarazadas expuestas a agua contaminada con arsénico tienen un mayor riesgo de sufrir aborto y parto prematuro.
• Cadmio
¿Dónde?: Comida, agua, aire. Tabaco; evitar la contaminación por disruptores endocrinos es otro buen motivo para no fumar. Cereales como
el arroz pueden acumular concentraciones altas de cadmio si se han cultivado en suelos contaminados con cadmio. También se encuentran en algunas especies de ostras, mejillones y crustáceos.
¿Efectos sobre la salud?: El cadmio se acumula principalmente en los riñones, pudiendo causar disfunción renal.
• Plomo
¿Dónde?: En la gasolina hasta su prohibición (y, por lo tanto, en el aire de muchas ciudades). La exposición prolongada a través de la comida también puede ser perjudicial. En acumuladores y otros dispositivos electrónicos. En materiales de construcción, forros para cables de electricidad, en los ambientes en los que se realizan trabajos de soldadura, minería, joyería.
• Mercurio
¿Dónde?: Pez espada, emperador, tiburón, atún rojo y otros peces de gran tamaño. Amalgamas dentales. Actividades mineras. Tabaco. Incineradoras, calefacciones, estaciones de carbón. Puede transmitirse a través de la leche materna durante la lactancia.
¿Efectos sobre la salud?: Los seres humanos somos más susceptibles a sus efectos desde el período fetal hasta la adolescencia. La exposición prenatal al metilmercurio puede afectar el desarrollo neuronal y alterar la arquitectura del cerebro. Los niños menores son especialmente vulnerables y son los más sensibles a una alteración en el neurodesarrollo. Posible disruptor endocrino. Provoca falta de coordinación muscular, temblores, pérdida de memoria, disfunción renal, déficits de aprendizaje y desarrollo neuroconductual de los niños.
• Parabenos
¿Dónde?: Cremas, geles, champús, desodorantes y otros productos de cosmética.
¿Efectos sobre la salud?: Los mencionados para otros disruptores endocrinos.
• PCBs (bifenilos policlorados o policlorobifenilos)
¿Dónde?: En plásticos, residuos electrónicos, retardantes de la llama, alfombras. Es habitual que contaminen las partes grasas de numerosos alimentos.
¿Efectos sobre la salud?: Cancerígenos, disruptores endocrinos (efectos sobre el toroides), clororoacné (los PCB parecidos a las dioxinas), efectos adversos sobre el neurodesarrollo.
• BPA (bisfenol A)
¿Dónde?: Es un componente o bloque (monómero) de muchos plásticos y aditivos plásticos. También se encuentra en pinturas, algunos tipos de latas, envoltorios de plástico, biberones (hasta su prohibición para este uso en 2010). Numerosos estudios de biomonitorización en muestras representativas de la población general lo han detectado en el 93% – 98% de las personas, a pesar de que se excreta; una tasa de detección tan alta en un compuesto no persistente indica que la exposición es cotidiana.
¿Efectos sobre la salud?: Efectos sobre los sistemas inmunológico y respiratorio. Diabetes tipo 2. Posible cancerígeno (quizá cáncer de mama y otros). Trastornos reproductivos como infertilidad. Enfermedades cardiovasculares, obesidad, pubertad precoz. La exposición a bisfenol A durante el embarazo también se ha relacionado con hiperactividad.

En nuestras sociedades circulan más de 140.000 sustancias químicas artificiales, de las que sólo unas 1.600 se han evaluado para saber si son cancerígenas, tóxicas para la reproducción o disruptores endocrinos. Sin embargo, nuestra inclinación natural, psicológica y cultural puede llevarnos a creer —a querer creer— que la inmensa mayoría de tales sustancias son inocuas, que no hacen ningún daño.
La obesidad es otro factor que parece contribuir a aumentar nuestra contaminación. Muchos compuestos persistentes se acumulan en las grasas y, por lo tanto, las personas que ingieren más grasas y están más obesas tienen, en general, niveles más altos. A su vez —y esto es bastante preocupante— algunos contaminantes parecen ser obesógenos, es decir, pueden contribuir a aumentar la obesidad.

Los genes desempeñan un papel como causas de las enfermedades más frecuentes en nuestras sociedades, las enfermedades que denominamos de causas complejas; pero ese papel es modesto y mucho más complicado de lo que suele decirse: una enfermedad frecuente y grave nunca es causada por una sola alteración en un solo gen, sino que lo es por diversas alteraciones en muchos genes, además de las alteraciones epigenéticas que ya se han comentado aquí, y de muchas otras alteraciones heredadas y adquiridas en otros componentes y otros procesos de la maquinaria genómica.

Para evitar la ingesta de dioxinas: Si puede coma menos productos de origen animal y animales, pues es probable que las contengan —habitualmente, a concentraciones bajas— carnes, pescados, lácteos y huevos. Sí, tristemente, es frecuente que las redes alimentarias animales y humanas estén contaminadas por dioxinas.
Para evitar la exposición a bisfenol A (BPA): Aliméntese con productos frescos en vez de enlatados, dado que, como ya hemos comentado, el recubrimiento interior de muchas latas contiene BPA. A menor escala (puesto que para la mayoría de las personas la exposición es mucho menor que por vía alimentaria), diga «no» a los recibos o tíquets de las tiendas, ya que mucho papel térmico está recubierto con BPA. En la medida de lo posible, evite los plásticos marcados con un PC (policarbonato).
Para evitar la exposición a ftalatos: Procure no usar recipientes de comida de plástico que los contengan, como tampoco algunos juguetes para niños (ciertos ftalatos ya están prohibidos en ellos). Evite envoltorios o films transparentes hechos con ellos o con PVC.
Evitar completamente la exposición a retardantes de la llama (PBDEs y similares) es hoy casi imposible, la verdad. Pero más vale menos contaminación que más. Para ello, ayudaría aplicar leyes que exigiesen analizar la toxicidad de los productos químicos en los bienes de consumo antes de que entren en el mercado. El margen de actuación que tenemos como individuos es real, existe, si bien a muchos les puede parecer poco práctico y hasta heroico; por ejemplo, utilizar una aspiradora con un filtro HEPA (high efficiency particulate air) para disminuir la cantidad de polvo doméstico que está cargado de tóxicos; no retapizar mobiliario que tenga espuma.

• EN EL HOGAR: Evitar en la medida de lo posible el uso de plaguicidas o insecticidas para ahuyentar pequeños insectos en casa o en las plantas domésticas, y ventilar la vivienda regularmente. En cuanto a los juguetes de los más pequeños, mejor que sean de madera, papel o metal que de plástico.
• EN LA COCINA: Algunos expertos recomiendan evitar las sartenes antiadherentes; las más comunes y conocidas son las de teflón y Silverstone, pero hay más tipos y marcas comerciales (véase el recuadro siguiente). Sin embargo, tampoco hay que alarmarse si se han usado anteriormente o se tienen en casa y se utilizan de vez en cuando, intentando que no se rallen. Asimismo, aconsejan evitar las paellas, cazuelas y bandejas de galletas de aluminio anodizado, y abogan por emplear cazuelas y sartenes de hierro y fundición esmaltada —de marcas como Le Creuset o Staub, entre otras—, como las de las abuelas de toda la vida, y también de acero inoxidable. Otra alternativa muy saludable es utilizar cacerolas, envases, táperes o moldes para tartas de vidrio, pírex o gres. Nunca hay que calentar los alimentos en envases (táperes) de plástico o en latas porque los contaminantes presentes en el envase
• EN EL ASEO Y EL CUIDADO PERSONAL: Evitar en lo posible champús, desodorantes, jabones, dentífricos y otros cosméticos que contengan ftalatos, parabenos, triclosán, sulfitos. Si la etiqueta del producto no detalla la composición de forma comprensible, quizá se puede pedir información al fabricante o consultar las guías de consumidores del apartado «Para saber más», que indican qué productos están libres de estos contaminantes. Reducir el uso de cremas de protección solar que contengan disruptores endocrinos a favor de camisetas, parasoles o sombreros. En algunos casos, hay que lavar la ropa recién comprada antes de estrenarla.

De entrada, parece obvio que tenemos o deberíamos tener derecho a saber qué compuestos tóxicos hay en nuestro cuerpo y a qué concentraciones. En el mundo anglosajón, por ejemplo, existe cierta tradición y legislaciones relativas al Right to know (el derecho a saber).
Pero: ese posible derecho debe tener un fundamento médico y sanitario sólido.
Y también: Hay que respetar el «Prefiero no saberlo». Sin duda, el derecho a saber no conlleva la obligación de saber; a nadie habría que imponerle análisis alguno. Respetar el «Prefiero no saberlo».

Creo que, como individuos, no deberíamos analizarnos los compuestos tóxicos que tenemos en el cuerpo. Existen varias posibles razones para ese «no», siete en concreto:
• Primera razón posible: ¿cómo saber si los resultados son normales? Para muchos compuestos no existen criterios de normalidad (DDT, DDE, HCB, HCHs, muchos PCBs y dioxinas…). Lo normal es cero. Al menos así ha sido durante muchos siglos.
• Segunda posible razón para el no: ¿con qué comparar los resultados? En contraste con muchos otros parámetros bioquímicos que se analizan constantemente en los centros sanitarios, los resultados sobre contaminantes no se pueden comparar fácilmente, pues para muchos de ellos apenas hay estudios poblacionales de referencia.
• Tercera posible razón para el no: ¿qué valor predictivo tienen los resultados sobre contaminación interna? Es decir, ¿conocer las concentraciones cuánto ayuda a obtener una buena predicción de la probabilidad de enfermar? El valor predictivo es escaso o en buena parte desconocido.
• Cuarta razón posible para el no (recordemos, para el «no hay que hacer análisis individuales»): ¿quién podría realizar los análisis? Hay pocos laboratorios con la tecnología necesaria, por lo menos con la compleja tecnología que utilizan los investigadores en química ambiental que realizan los análisis que venimos comentando: los límites de detección y cuantificación de contaminantes de un laboratorio de investigación son mejores (más bajos, más sensibles) que los de muchos laboratorios (excelentes) que trabajan en el mundo de la medicina asistencial o la seguridad alimentaria.
• Quinta razón posible: ¿quién pagaría los análisis? ¿El sistema público, las aseguradoras privadas, el bolsillo de cada cual?
• Sexta razón posible: ¿crearíamos más desigualdades sociales? Es muy probable. Pero no inevitable.
• Y séptima razón posible: ¿de qué serviría, qué efectos tendría hacer los análisis? ¿Provocaríamos más miedos, más daños que beneficios? Quizá no, quizá algunas personas se beneficiarían de tener sus resultado.

Como individuos, no debemos analizarnos los compuestos tóxicos que tenemos en el cuerpo (salvo, quizá, algunas excepciones). Lo que hay que vigilar o (bio)monitorizar es la evolución de las concentraciones de los contaminantes en muestras representativas de la sociedad y en los subgrupos más vulnerables de la población (niños, embarazadas, ancianos, trabajadores especialmente expuestos a contaminantes).

Excellent work that I think should be read compulsorily in the institutes and universities. We have to become aware of the power we have as consumers to improve our health, that of others and the environment in which we live. This book opens the eyes to a better kind of life without needing major modifications.

For years and every week, independent scientific studies are already showing that many toxic pollutants are altering our endocrine, nervous, immune, cardiovascular or metabolic systems, and contributing to cause infertility, diabetes or hypertension, in addition to some cancers and other diseases and disorders.
Our exposure to environmental pollutants usually begins in the mother’s womb, as many of them cross the placenta; it is common to detect them in the placenta, and in the amniotic fluid (the one that surrounds the embryo and then the fetus). Often the concentrations, doses or levels are low, but sometimes they are quite high.
But above all in what we eat, drink and breathe. The main routes of entry into the human body are food and its packaging, air and water. The data, the information and the knowledge are there, and it is not correct to deny it.

In the United States as well as in Japan or Spain, DDT can still be found (banned more than forty years ago), usually at low concentrations, in many dairy products (butters, milk) and other foods that contain animal fats.
Many of the persistent toxic pollutants (PTCs) are incorporated into the body through the intake of food, which are contaminated when they are grown, raised (by the feed that animals eat), processed, stored or prepared for consumption. The monitoring of chemical contamination of food is a fundamental way -such as the monitoring of human contamination- to know, assess and control the risks to which the population is subject.

The main pollutants, one by one
• Aluminum
Where ?: Tap water, food additives and processed foods.
Effects on health ?: Aluminum is a powerful neurotoxicant; it is likely to increase Alzheimer’s disease, amyotrophic lateral sclerosis, Parkinson’s disease and some dementias.
– Arsenic
Where ?: Tap water, fish, meat, tobacco and rice (in some countries).
Effects on health ?: It can cross the placenta and, therefore, pregnant women exposed to water contaminated with arsenic are at increased risk of miscarriage and premature delivery.
• Cadmium
Where ?: Food, water, air. Tobacco; Avoiding contamination by endocrine disruptors is another good reason not to smoke. Cereals like
rice can accumulate high concentrations of cadmium if they have been grown in soil contaminated with cadmium. They are also found in some species of oysters, mussels and crustaceans.
Effects on health? Cadmium accumulates mainly in the kidneys, which can cause kidney dysfunction.
• Lead
Where ?: In gasoline until its prohibition (and, therefore, in the air of many cities). Prolonged exposure through food can also be harmful. In accumulators and other electronic devices. In construction materials, linings for electricity cables, in the environments where welding, mining and jewelery are carried out.
• Mercury
Where ?: Swordfish, emperor, shark, bluefin tuna and other large fish. Dental amalgams Mining activities Tobacco. Incinerators, heating, coal stations. It can be transmitted through breast milk during breastfeeding.
Effects on health ?: Humans are more susceptible to its effects from the fetal period to adolescence. Prenatal exposure to methylmercury can affect neuronal development and alter brain architecture. Young children are especially vulnerable and are the most sensitive to an alteration in neurodevelopment. Possible endocrine disruptor. It causes lack of muscle coordination, tremors, memory loss, kidney dysfunction, learning deficits and neurobehavioral development of children.
• Parabens
Where ?: Creams, gels, shampoos, deodorants and other cosmetic products.
Effects on health ?: Those mentioned for other endocrine disruptors.
• PCBs (polychlorinated biphenyls or polychlorinated biphenyls)
Where ?: In plastics, electronic waste, flame retardants, carpets. It is common to contaminate the fatty parts of numerous foods.
Effects on health? Carcinogens, endocrine disruptors (effects on the toroid), chloroacne (PCBs similar to dioxins), adverse effects on neurodevelopment.
• BPA (bisphenol A)
Where ?: It is a component or block (monomer) of many plastics and plastic additives. It is also found in paints, some types of cans, plastic wrap, baby bottles (until its prohibition for this use in 2010). Numerous studies of biomonitoring in representative samples of the general population have detected it in 93% – 98% of people, although it is excreted; such a high detection rate in a non-persistent compound indicates that the exposure is daily.
Effects on health ?: Effects on the immune and respiratory systems. Type 2 diabetes. Possible carcinogenic (maybe breast cancer and others). Reproductive disorders such as infertility. Cardiovascular diseases, obesity, precocious puberty. Exposure to bisphenol A during pregnancy has also been linked to hyperactivity.

In our societies circulate more than 140,000 artificial chemicals, of which only about 1,600 have been evaluated to know if they are carcinogenic, toxic for reproduction or endocrine disruptors. However, our natural, psychological and cultural inclination can lead us to believe-to want to believe-that the vast majority of such substances are innocuous, that they do no harm.
Obesity is another factor that seems to contribute to increase our contamination. Many persistent compounds accumulate in fats and, therefore, people who ingest more fats and are more obese have, in general, higher levels. In turn – and this is quite worrying – some pollutants seem to be obesogenic, that is, they can contribute to increase obesity.

Genes play a role as causes of the most frequent diseases in our societies, the diseases we call complex causes; but that role is modest and much more complicated than it is often said: a frequent and serious disease is never caused by a single alteration in a single gene, but it is caused by various alterations in many genes, in addition to the epigenetic alterations that already have been discussed here, and many other alterations inherited and acquired in other components and other processes of the genomic machinery.

To avoid the intake of dioxins: If you can eat less products of animal and animal origin, as they are likely to contain – usually, at low concentrations – meats, fish, dairy and eggs. Yes, sadly, it is common for animal and human food webs to be contaminated by dioxins.
To avoid exposure to bisphenol A (BPA): Eat fresh products instead of canned ones, since, as we have already mentioned, the inner lining of many cans contains BPA. On a smaller scale (since for most people exposure is much less than food), say “no” to receipts or tickets from stores, since a lot of thermal paper is coated with BPA. As far as possible, avoid plastics marked with a PC (polycarbonate).
To avoid exposure to phthalates: Try not to use plastic food containers that contain them, as well as some children’s toys (certain phthalates are already prohibited in them). Avoid wrapping or transparent films made with them or with PVC.
To completely avoid exposure to flame retardants (PBDEs and the like) is now almost impossible, really. But better less pollution than more. To do this, it would help to apply laws that require analyzing the toxicity of chemical products in consumer goods before they enter the market. The margin of action that we have as individuals is real, it exists, although to many it may seem impractical and even heroic; for example, use a vacuum with a HEPA filter (high efficiency particulate air) to reduce the amount of household dust that is loaded with toxins; Do not reupholster furniture that has foam.

• IN THE HOME: Avoid as much as possible the use of pesticides or insecticides to scare away small insects at home or in domestic plants, and ventilate the house regularly. As for the toys of the little ones, better they are made of wood, paper or metal than plastic.
• IN THE KITCHEN: Some experts recommend avoiding non-stick pans; Teflon and Silverstone are the most common and well-known, but there are more types and trademarks (see the box below). However, it is not necessary to be alarmed if they have been used previously or they are kept at home and they are used from time to time, trying not to be scratched. They also advise avoiding paellas, casseroles and trays of anodized aluminum biscuits, and advocate using pots and pans made of iron and enameled cast iron – brands such as Le Creuset or Staub, among others – like those of the grandmothers of all life , and also stainless steel. Another very healthy alternative is to use pans, containers, tapers or molds for glass cakes, pírex or stoneware. Never heat food in plastic containers (tartares) or in cans because the contaminants present in the container
• IN THE ROOM AND PERSONAL CARE: Avoid as much as possible shampoos, deodorants, soaps, toothpastes and other cosmetics containing phthalates, parabens, triclosan, sulfites. If the label of the product does not detail the composition in a comprehensible way, perhaps you can ask the manufacturer for information or consult the consumer guides in the “To know more” section, which indicate which products are free of these contaminants. Reduce the use of sunscreen creams containing endocrine disruptors in favor of shirts, sun visors or hats. In some cases, you have to wash newly purchased clothes before releasing it.

From the outset, it seems obvious that we have or should have the right to know what toxic compounds are in our body and at what concentrations. In the Anglo-Saxon world, for example, there is a certain tradition and legislation regarding the Right to Know.
But: that possible right must have a solid medical and sanitary foundation.
And also: You have to respect the «I prefer not to know». Undoubtedly, the right to know does not entail the obligation to know; Nobody should be subjected to any analysis. Respect the «I prefer not to know».

I think that, as individuals, we should not analyze the toxic compounds that we have in the body. There are several possible reasons for that “no”, seven in particular:
• First possible reason: how to know if the results are normal? For many compounds there are no normality criteria (DDT, DDE, HCB, HCHs, many PCBs and dioxins …). The normal is zero. At least that’s the way it has been for many centuries.
• Second possible reason for the no: with what to compare the results? In contrast to many other biochemical parameters that are constantly analyzed in health centers, the results on contaminants can not be easily compared, since for many of them there are hardly any population studies of reference.
• Third possible reason for the no: what predictive value do the results have on internal contamination? That is, knowing the concentrations how much does it help to obtain a good prediction of the probability of getting sick? The predictive value is scarce or largely unknown.
• Fourth possible reason for the no (remember, for the «there is no need to do individual analyzes»): who could carry out the analyzes? There are few laboratories with the necessary technology, at least with the complex technology used by researchers in environmental chemistry who perform the analyzes we have been discussing: the limits of detection and quantification of contaminants in a research laboratory are better (lower, more sensitive) than those of many (excellent) laboratories working in the world of healthcare medicine or food safety.
• Fifth possible reason: who would pay for the analyzes? The public system, the private insurers, the pocket of each one?
• Sixth possible reason: would we create more social inequalities? It is very probable. But not inevitable.
• And seventh possible reason: what would be useful, what effects would the analysis have? Would we cause more fears, more harm than benefits? Maybe not, maybe some people would benefit from having their results.

As individuals, we should not analyze the toxic compounds that we have in the body (except, perhaps, some exceptions). What needs to be monitored or (bio) monitored is the evolution of pollutant concentrations in representative samples of society and in the most vulnerable subgroups of the population (children, pregnant women, the elderly, workers especially exposed to pollutants).

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