Periodistas. El Arte De Molestar Al Poder — Juan Tortosa / Journalists. The Art Of Being A Nuisance To Power That Be by Juan Tortosa (spanish book edition)

Es un libro interesante visto el periodismo desde dentro. El Grupo Zeta y sus publicaciones revolucionaron un panorama periodístico que había empezado a fermentar algunos años antes de la muerte del general Franco. A comienzos de la década de los setenta, muchas universidades y empresas contaban entre sus responsables con catedráticos y directivos que en la guerra civil aún eran niños, o que ni siquiera habían nacido. La mayoría eran hijos de papá, niños pijos, hijos de los vencedores, pero gente viajada y algunos de ellos militantes antifranquistas, con dinero y ganas de cambiar las cosas, de preparar el país para el momento en que muriera el dictador. Eso era lo máximo a lo que parecían dispuestos, pero algo era algo. Ni por asomo se les ocurriría hacer nada por acelerar el proceso, pero sí parecían tener claro que el franquismo debía acabar con la muerte de Franco y que había que ponerse a la tarea cuanto antes para que eso fuera factible. La mayoría de ellos eran de derechas, pero no fascistas, y tampoco querían que su país continuara siéndolo. Aspiraban a sobrevivir y a perpetuarse.
Jugando al ratón y al gato. Así estuvimos hasta la muerte de Franco en noviembre de 1975, y hasta bastante tiempo después. Durante los siete meses posteriores a la desaparición del dictador, no sucedió nada distinto a lo que habíamos vivido los cuarenta años previos. Mientras Juan Carlos I, el sucesor, acababa de entender que tenía que destituir a Arias Navarro como presidente si quería poner en marcha un proceso de cambio que lavara la cara al país ante Occidente y le permitiera continuar a él en el puesto, las clases medias se abrían camino en los quioscos con publicaciones que le comieron el terreno a la prensa de la dictadura. Ese fue el contexto en el que surgió la idea de fundar una revista llamada Interviú, tras las provechosas vacaciones de semana santa del 76 en Almería de tres jóvenes catalanes, Antonio Asensio, Jerónimo Terrés y José Ilario, a quienes poco más tarde se uniría Javier Salvadó, hombre vinculado a la familia Bruguera.

Como ocurrió en el plano político, en periodismo, la libertad se fue conquistando y enhebrando, a partir de 1976, con tejidos de costuras más bien endebles y poco definidas. Tan poco definidas que fue en ese convulso caldo de cultivo donde germinó el caos en que este país se encuentra desde entonces en materia de comunicación. Unos profesionales del periodismo salieron mejor parados que otros en la vida y en el oficio, pero, pasados los años, son muchos los que tienden aún a sentirse con la misma autoridad para continuar pontificando y sentando cátedra hoy que hace cuatro décadas. El tiempo ha pasado, las cosas han cambiado, pero ellos se resisten a dejar de predicar. El tabú aplicado a todo lo que rodeaba a la institución monárquica llegó un día en que empezó a saltar por los aires. Hubo un momento en que empezó a entenderse que la Constitución no es intocable y que plantear cambios en su articulado es factible. Sucedió que, tras mucho debate, nadie salvo el PP, y no todos ni siempre, parece discutir ya que las heridas de la guerra civil se cerraron en falso. En definitiva, las cosas han ido cambiando. Y, del mismo modo, el modo de entender la información en nuestro país exige una transformación a fondo que, cuarenta años más tarde, aún continúa pendiente.
El periodismo de los años de la Transición fue vibrante, sobre todo porque nos ayudó a escapar del ostracismo, el control y la censura. Sin embargo, no tardaría en toparse con sus límites: el amiguismo, la dependencia de la publicidad tanto comercial como institucional y la fortaleza que tuviera la empresa editorial en cuestión para resistir las presiones. Aun así, en aquel entonces, el oficio periodístico conseguía cumplir más bien que mal su cometido principal: la vigilancia del poder y la denuncia de sus abusos. El Abc era monárquico, como La Vanguardia, y la Iglesia contaba con el Ya, pero también en estos periódicos podían leerse columnas y editoriales de cariz progresista que a veces presentaban coincidencias con los planteamientos editoriales de El País, Diario16 y según qué revistas semanales. Podría decirse que, en materia de libertad de prensa, íbamos homologándonos a los países libres. A paso de tortuga, pero algo era algo. Ya no era imprescindible buscar la prensa extranjera para enterarnos de lo que pasaba en España, o escuchar Radio Pirenaica.

Informe Semanal era objeto de deseo de buena parte de la redacción de los informativos diarios de TVE. Obligados a resumir en minuto, o minuto y medio, cualquier noticia por densa y complicada que fuera, el programa en el que yo trabajaba era la aspiración inconfesable de todo aquel que soñaba contar sus historias con música y tiempo de sobra, pausas, respiros, transiciones y encadenados.
El reposo y la extensión que permitía Informe Semanal acercaba sus reportajes a la filosofía con la que se elaboran los documentales; pero con una diferencia fundamental: la inmediatez. En alguna ocasión nos pillaba el toro y teníamos que ir en el último minuto a la sala de edición, pegando planos a toda velocidad, mientras Mari Carmen García Vela, la presentadora, se encontraba a punto de dar paso a la pieza que tú aún no habías terminado de montar.
En Informe Semanal había reportajes especialmente atractivos con los que la mayoría de las veces resultaban agraciados los mismos redactores, pero, por lo general, ninguno de los miembros del equipo podíamos quejarnos ni sentirnos discriminados porque los temas que acabábamos tratando eran siempre interesantes y de primera página. Como ya hemos dicho, desde que llegó Enric Sopena todo había cambiado. «Yo no recibo instrucciones de la Moncloa», proclamaba Sopena a los cuatro vientos, visiblemente enfadado cuando alguien insinuaba lo contrario. Y probablemente era cierto, pero era porque no hacía falta. Algunos de sus centuriones recibían las instrucciones por él. Quienes sí lo llamaban eran los ministros cuando se cabreaban porque no les había gustado según qué información.

El banquero Emilio Botín murió el 10 de septiembre de 2014, una jornada más de vergüenza para el oficio periodístico debido a la cansina y bochornosa elevación a los altares del fallecido prócer, practicada por buena parte de los medios de comunicación españoles. Las primeras páginas del día siguiente quedarán para la historia del periodismo como un ejemplo que cualquier profesor de comunicación puede utilizar cuando quiera explicar de manera gráfica a sus alumnos el clima de desinformación, adulación y obscena sumisión en el que tantos años lleva moviéndose el mundo de la comunicación en España. Si a algún ingenuo le quedaba alguna duda sobre en manos de quién está la propiedad de un sustancioso porcentaje de los medios de este país, no tiene más que buscar las primeras páginas del día en que murió Emilio Botín. El diario Público las analizó y elaboró un pormenorizado repaso del sonrojante y granado ramillete de halagos que llegaron a prodigarle al fallecido banquero: «Emperador de la banca; Un gran innovador; Banquero prudente y empresario audaz; Un hombre comprometido…».
No solo aspirarán a asegurarse cierta publicidad sin tener que pagar nada por ella, sino que además querrán ganar dinero. Suelen ser ambiciosos y amorales, pero también algo despistados porque, al ir de listos por el mundo, se atreven a meter baza en un universo cuyo funcionamiento desconocen y en el que acaban siendo timados: creen que pueden manipular, mentir; creen que si ayudan al poder, el poder los ayudará a ellos. Luego descubren que los beneficios no llegan, que han de seguir inyectando liquidez si no quieren que el medio cierre. Es entonces cuando se suelen cabrear. Porque entienden, demasiado tarde por lo general, que un medio de comunicación no es una empresa como otra cualquiera.

Si El Corte Inglés y el Opus Dei no te hacen caso, es que no eres nadie. A un director de periódico que se precie nunca le puede faltar en su currículo al menos una visita de cortesía de los representantes de estas dos entidades. En efecto, me honraron sus representantes a los pocos días del nacimiento del diario. Tal tipo de encuentros solo tienen por objeto, afirman ellos, conocerte y cambiar impresiones, pero en realidad se trata de un festival de falsos halagos en el que acaban deseándote suerte siempre que «nos llevemos bien». Este nada sutil sistema de presión forma parte de la relación habitual entre los periodistas y los representantes de la llamada sociedad civil. Cuando el periodista tiene un cargo, se empeñan en quedar a comer contigo; en la comida, regada con el mejor vino que nunca te dejan pagar, al menos la primera vez, intentan elevar el grado de complicidad con rebuscada estrategia de manual: te cuentan su vida, te hablan de su mujer, sus hijos y sus aficiones y esperan que tú hagas lo mismo. El impagable valor de conocer la vida privada de alguien. Desde la aparición de Facebook, puede bastarles con mirar tu perfil, pero antes lo hacían así. Y así fue como conocí a los responsables de relaciones con la prensa en Málaga de El Corte Inglés y el Opus Dei, dos instituciones que nunca dan puntada sin hilo y cuya estrategia parece proporcionarles, en general, excelentes resultados.

El fichaje millonario de Pepe Navarro por Antena Tres, en el verano de 1997, fue uno de los últimos que realizó Antonio Asensio antes de vender sus acciones a Telefónica, presionado por el gobierno del PP y tras haber sido amenazado, según denunció públicamente él mismo, por el portavoz Miguel Ángel Rodríguez. Telefónica estaba presidida por Juan Villalonga desde que su entonces amigo José María Aznar se había convertido en inquilino principal del palacio de la Moncloa y decidió que las televisiones tenían que ser terreno conquistado. Manipular TVE le sabía a poco. La clave para incrementar su poder era el fútbol, pero los derechos de retransmisión los tenían Canal + y Antena Tres, que, junto con TV3, firmaron un pacto la nochebuena del 96 que dejó sin fútbol al universo audiovisual controlado por el gobierno. Aznar y su cohorte lo entendieron como una afrenta en toda regla y ahí empezaron los problemas para Asensio, quien, tras varios meses de acoso y amenazas, concluyó que lo más inteligente era abandonar la presidencia de la cadena.
Estábamos en plena época de guerras mediáticas y políticas. La clave, como siempre, era la televisión, ese maldito juguete al que ningún político en España ha estado dispuesto jamás a renunciar. Eran guerras agresivas y de muy mal rollo, tan malo que cada día que pasaba me ayudaba a confirmar la convicción de que, si alguna vez todo aquello había sido mi mundo, estaba empezando a dejar de serlo. Lo primero fue tomar el control de Antena Tres. Así, en el Partido Popular se aseguraban un canal amigo aunque perdieran las elecciones y la televisión pública volviera a estar de nuevo en manos de los socialistas. Ahora la disputa se centraba en las plataformas digitales. El PP no parecía dispuesto a consentir que la única plataforma que existía por entonces, Canal Satélite Digital, se encontrara en manos del Grupo Prisa, la mayoría de cuyos miembros eran considerados aún rojos peligrosos según la visión de muchos políticos del PP. Esa había sido la razón por la que Aznar y Miguel Ángel Rodríguez usaron el brazo armado de la Compañía Telefónica para impulsar un púlpito vía satélite al que llamarían Vía Digital.

En los primeros tiempos del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, allá por el 2004, una idea pareció abrirse camino entre los responsables de su política de comunicación: si los socialistas volvían a ser oposición, no caerían en los mismos errores que Felipe González cometió en su época cuando, tras perder las elecciones en el 96, descubrieron que apenas contaban con medios de comunicación «afines». Con Aznar en la Moncloa, el PP había disfrutado del apoyo tanto de las televisiones públicas como de las privadas, además de los periódicos y las radios que tradicionalmente le eran incondicionales. Ellos, pensaban los socialistas, solo tenían la SER y El País, y creían necesitar además televisiones privadas, y más radios y periódicos que contraatacaran la influencia de la derecha y ayudasen a equilibrar la balanza cuando se produjera otra alternancia en el poder.
Hablaban de balanza porque para los socialistas solo contaban el PP y ellos en el panorama político. A cambio de apostar por una televisión pública donde, en el futuro, el gobierno de turno pudiera meter menos las manos, diseñaron una ampliación del número de televisiones privadas existente. Fue así como se promovió el nacimiento de dos canales generalistas privados más: Cuatro y la Sexta. En realidad, se creaba solo uno, porque Cuatro fue el producto de la reconversión en abierto del codificado Canal+, que el grupo Prisa acabaría gestionando junto con CNN+. Para abaratar costes, apostaron por una única redacción.
La crisis de 2008, aquella que Zapatero negó tres veces antes de que cantara el gallo, acentuó el declive de los medios de comunicación en España. Ni regalando toallas, enciclopedias, DVD o cruasanes, los periódicos de papel han sido capaces de levantar cabeza. La publicidad que huía de la prensa escrita no acababa de recalar en los digitales, ni tampoco en las radios o las televisiones. Y por si faltaban argumentos que proporcionaran coartadas a las empresas para reducir plantillas y sueldos, ahí estaban la crisis y la revolución digital juntas dispuestas a reventar la manera en que el periodismo había venido funcionando hasta entonces. En España habíamos tenido la fortuna de contar durante décadas con tres empresarios de prensa que conocían su oficio y creían en su importancia. Pero los tres (Antonio Asensio, Juan Tomás de Salas y Jesús de Polanco) murieron y nadie ha recogido desde entonces su testigo. Nadie que, sin descuidar la cuenta de resultados, se preocupe por la importancia de la información de calidad.

Pablo Iglesias ha llegado a citar con nombre y apellidos a algunos periodistas de los que habitualmente cubren las informaciones de Podemos afirmando que escriben al dictado de sus jefes.180. ¿Dónde ha quedado la mesura de aquellos debates de La Tuerka en los que yo intervenía? Por muy cierto que pudiera ser lo que denuncia Iglesias, actuar así en el momento de precariedad laboral que vive el periodismo no ayuda a resolver los problemas de fondo y, en cambio, señala y compromete al periodista de a pie, el último y más frágil eslabón de la cadena.
El papel de los medios en según qué conjuras y el comportamiento que en ellas mantienen algunos profesionales del periodismo, por no hablar de cómo actúan ciertos tertulianos, pide a gritos la existencia de un tribunal ético. En Gran Bretaña, George Monbiot, periodista de The Guardian, fue condenado en 2013 a tres años de trabajo social por retuitear una calumnia. Afirmó que Alistair McAlpine, político conservador, había abusado sexualmente una docena de veces de un joven en los años setenta. La emisión en la BBC de un documental sobre el mismo falso asunto acabó costándole el puesto a su director; a la cadena le supuso una multa de 185.000 libras.
Como escribió Mariola Cubells: «Mentir, lo que se llama mentir, se hace a veces. Otras veces se omiten cosas. Otras se tergiversan. En otras se intenta confundir al espectador. Y así va pasando la vida en buena parte de las televisiones públicas. Y fundamentalmente en TVE». La independencia de los medios públicos debe ser innegociable. Y la decencia de los privados también. En la prensa, en la radio, en la tele, en los digitales, en las redes, donde sea. ¿Queda alguien que esté por la labor?.

El poder ha de entender que cada día que pase le resultará más difícil silenciar al mensajero. El periodismo decente es posible; el periodista libre también. Comportarse como un kamikaze es una estupidez, pero hacer la pelota es de miserables. Sin llegar a tales extremos, hay que moverse entre ellos e intentar volver a casa satisfechos cada final de jornada porque el trabajo que hicimos mereció la pena.

It is an interesting book seen journalism from within. The Zeta Group and its publications revolutionized a journalistic panorama that had begun to ferment some years before the death of General Franco. At the beginning of the seventies, many universities and companies had among their managers with professors and managers who in the civil war were still children, or who had not even been born. Most were father’s children, posh children, children of the victors, but people traveled and some of them anti-Franco militants, with money and desire to change things, to prepare the country for the moment when the dictator died. That was as much as they seemed willing, but something was something. Not for nothing would they think of doing anything to speed up the process, but they did seem to be clear that the Franco regime should end with the death of Franco and that we had to get down to work as soon as possible so that this would be feasible. Most of them were right-wing, but not fascist, and neither did they want their country to remain so. They aspired to survive and to perpetuate themselves.
Playing the mouse and the cat. That’s how we were until Franco’s death in November 1975, and until quite some time later. During the seven months after the disappearance of the dictator, nothing different happened to what we had lived the previous forty years. While Juan Carlos I, the successor, had just understood that he had to dismiss Arias Navarro as president if he wanted to start a process of change that would wash the country’s face against the West and allow him to continue on the job, the middle classes they made their way through newsstands with publications that took the land from the press of the dictatorship. That was the context in which the idea of ​​founding a magazine called Interviú arose, after the fruitful Easter holidays of 76 in Almeria of three young Catalans, Antonio Asensio, Jerónimo Terrés and José Ilario, who would be joined a little later by Javier. Salvadó, a man linked to the Bruguera family.

As it happened in the political plane, in journalism, the freedom was conquering and threading, from 1976, with weaves of seams rather flimsy and little defined. So little defined that it was in that turbulent breeding ground where the chaos that this country has since found in communication began to germinate. Some professionals of journalism were better off than others in life and in the trade, but, over the years, many still tend to feel with the same authority to continue pontificating and teaching today as they did four decades ago. Time has passed, things have changed, but they are reluctant to stop preaching. The taboo applied to everything that surrounded the monarchical institution came one day when it began to jump through the air. There was a moment when it began to be understood that the Constitution is not untouchable and that proposing changes in its articles is feasible. It happened that, after much debate, nobody but the PP, and not all or always, seems to be arguing because the wounds of the civil war were closed in false. In short, things have been changing. And, in the same way, the way of understanding information in our country requires a thorough transformation that, forty years later, is still pending.
The journalism of the years of the Transition was vibrant, especially because it helped us to escape from ostracism, control and censorship. However, it would not take long to run into its limits: the cronyism, the dependence on both commercial and institutional advertising and the strength of the publishing company in question to withstand the pressures. Even so, at that time, the journalistic office managed to fulfill its main task rather than evil: the monitoring of power and the denunciation of its abuses. The Abc was monarchical, like La Vanguardia, and the Church had the Ya, but also in these newspapers could be read columns and editorials of a progressive nature that sometimes presented coincidences with the editorial proposals of El País, Diario16 and according to which weekly magazines. It could be said that, in terms of freedom of the press, we were homologous to free countries. At a snail’s pace, but something was something. It was no longer necessary to search the foreign press to find out what was happening in Spain, or to listen to Radio Pirenaica.

Informe Semanal (spanish tv program) was the object of desire of a good part of the writing of TVE’s daily news. Obliged to summarize in minute, or minute and a half, any news, however dense and complicated, the program in which I worked was the unspeakable aspiration of all those who dreamed of telling their stories with music and time to spare, breaks, respites, transitions and chained.
The rest and the extension that allowed Weekly Report brought its reports closer to the philosophy with which the documentaries are made; but with one fundamental difference: immediacy. Once the bull caught us and we had to go at the last minute to the editing room, hitting shots at full speed, while Mari Carmen García Vela, the presenter, was about to give way to the piece that you still do not you had finished riding.
In Informe Semanal there were especially attractive reports with which the same editors were most often graced, but, in general, none of the members of the team could complain or feel discriminated because the issues we were discussing were always interesting and first-rate. page. As we have already said, since Enric Sopena arrived everything had changed. “I do not receive instructions from the Moncloa,” proclaimed Sopena to the four winds, visibly angry when someone hinted at the opposite. And it was probably true, but it was because it was not necessary. Some of his centurions received instructions for him. Those who did call him were the ministers when they got angry because they did not like it based on what information.

The banker Emilio Botín died on September 10, 2014, one more day of shame for the journalistic office due to the tiresome and embarrassing elevation to the altars of the deceased hero, practiced by a good part of the Spanish media. The first pages of the next day will be for the history of journalism as an example that any communication teacher can use when he wants to explain graphically to his students the climate of disinformation, adulation and obscene submission in which the world of communication in Spain. If any naive person had any doubt about who owns a substantial percentage of the media in this country, he only has to look for the first pages of the day that Emilio Botín died. The newspaper Público analyzed them and elaborated a detailed review of the blushing and granado bouquet of compliments that came to lavish the deceased banker: “Emperor of the bank; A great innovator; Prudent banker and fearless businessman; A committed man … ».
Not only will they aspire to secure certain publicity without having to pay anything for it, but they will also want to earn money. They tend to be ambitious and amoral, but also somewhat clueless because, by going smart around the world, they dare to put a trick in a universe whose functioning they do not know and in which they end up being scammed: they believe that they can manipulate, lie; They believe that if they help power, power will help them. Then they discover that the benefits do not come, that they must continue to inject liquidity if they do not want the medium to close. That’s when they get pissed. Because they understand, too late in general, that a means of communication is not a company like any other.

If El Corte Inglés and Opus Dei do not listen to you, it is that you are nobody. A self-respecting newspaper director can never miss a courtesy visit from the representatives of these two entities. In fact, their representatives honored me a few days after the birth of the newspaper. Such type of encounters are only intended, say them, to meet you and exchange impressions, but in reality it is a festival of false flattery in which they end up wishing you luck provided that “we get along”. This nothing subtle system of pressure is part of the usual relationship between journalists and representatives of so-called civil society. When the journalist has a charge, they insist on eating with you; in the food, washed down with the best wine that they never let you pay for, at least the first time, they try to raise the degree of complicity with a sophisticated manual strategy: they tell you their life, they talk about their wife, their children and their hobbies and They expect you to do the same. The invaluable value of knowing someone’s private life. Since the appearance of Facebook, it may be enough to look at your profile, but before they did it. And that’s how I met those responsible for relations with the press in Malaga of El Corte Inglés and Opus Dei, two institutions that never stitch without thread and whose strategy seems to provide, in general, excellent results.

The millionaire signing of Pepe Navarro for Antena Tres, in the summer of 1997, was one of the last that Antonio Asensio made before selling his shares to Telefonica, under pressure from the PP government and after being threatened, as he publicly denounced , by the spokesman Miguel Ángel Rodríguez. Telefonica was chaired by Juan Villalonga since his then friend José María Aznar had become a principal tenant of the Moncloa palace and decided that televisions had to be conquered territory. Manipulate TVE knew little. The key to increasing its power was football, but the rights of broadcasting were held by Canal + and Antena Tres, who, together with TV3, signed a pact on Christmas Eve of 1996 that left the audiovisual universe controlled by the government without football. Aznar and his cohort understood it as a full-blown affront and there began the problems for Asensio, who, after several months of harassment and threats, concluded that the most intelligent thing was to abandon the presidency of the chain.
We were in the middle of the media and political wars. The key, as always, was television, that damn toy that no politician in Spain has ever been willing to give up. They were aggressive wars and very bad, so bad that every day that passed helped me to confirm the conviction that, if this had ever been my world, I was beginning to stop being it. The first thing was to take control of Antena Tres. Thus, in the Popular Party they assured a friendly channel even if they lost the elections and public television was once again in the hands of the Socialists. Now the dispute centered on digital platforms. The PP did not seem willing to consent that the only platform that existed at that time, Canal Satélite Digital, was in the hands of Grupo Prisa, most of whose members were still considered dangerous red according to the vision of many PP politicians. That had been the reason why Aznar and Miguel Ángel Rodríguez used the armed arm of the Telephone Company to promote a pulpit via satellite that they would call Vía Digital.

In the early days of the government of José Luis Rodríguez Zapatero, back in 2004, an idea seemed to make its way among those responsible for its communication policy: if the Socialists were to be opposition, they would not fall into the same mistakes that Felipe González made in its time when, after losing the elections in 1996, they discovered that they had only “affinity” media. With Aznar in the Moncloa, the PP had enjoyed the support of both public and private television, in addition to newspapers and radio stations that traditionally were unconditional. They, the Socialists thought, only had the SER and El País, and they believed they also needed private televisions, and more radios and newspapers that counterattacked the influence of the right and helped to balance the balance when there was another alternation in power.
They spoke of balance because for the socialists they only counted the PP and they in the political panorama. In exchange for betting on a public television where, in the future, the current government could put less hands, designed an expansion of the number of private television channels. This is how the creation of two more private generalist channels was promoted: Cuatro and La Sexta. Actually, only one was created, because Cuatro was the product of the open conversion of the encoded Canal +, which the Prisa group would eventually manage together with CNN +. To reduce costs, they opted for a single wording.
The crisis of 2008, the one that Zapatero denied three times before the cock crowed, accentuated the decline of the media in Spain. Neither giving away towels, encyclopedias, DVDs or croissants, paper newspapers have been able to lift heads. The publicity that fled from the written press did not stop arriving at the digital ones, neither in the radios or the televisions. And in case there were missing arguments that would provide alibis to companies to reduce staff and salaries, there was the crisis and the digital revolution together willing to explode the way in which journalism had been working until then. In Spain we had the fortune of having for three decades with three press entrepreneurs who knew their trade and believed in its importance. But the three (Antonio Asensio, Juan Tomás de Salas and Jesús de Polanco) died and no one has since collected their witness. Nobody who, without neglecting the income statement, worries about the importance of quality information.

Pablo Iglesias has come to quote with name and surname some journalists who usually cover the information of Podemos affirming that they write at the dictation of their bosses.180. Where is the moderation of those debates in La Tuerka in which I intervened? However true that could be what Iglesias denounces, acting like this in the precariousness of the work that journalism is going through does not help to solve the underlying problems and, on the other hand, points out and commits the journalist on foot, the last and most fragile link of the chain.
The role of the media in according to what plots and the behavior that some journalism professionals maintain in them, not to mention how certain tertulianos act, cries out for the existence of an ethical tribunal. In Britain, George Monbiot, a journalist with The Guardian, was sentenced in 2013 to three years of social work for retweeting a slander. He claimed that Alistair McAlpine, a conservative politician, had sexually abused a young man a dozen times in the 1970s. The broadcast on the BBC of a documentary about the same false issue ended up costing the director its job; to the chain it supposed a fine to him of 185,000 pounds.
As Mariola Cubells wrote: “Lying, what is called lying, is sometimes done. Other times things are omitted. Others are misrepresented. In others, it tries to confuse the viewer. And that’s how life goes on in a good part of public television. And fundamentally in TVE ». The independence of public media must be non-negotiable. And the decency of the private ones too. In the press, on the radio, on TV, on the digital, on the networks, wherever. Is there anyone who is for the work ?.

The power must understand that each day that passes it will be more difficult to silence the messenger. Decent journalism is possible; the free journalist also. Behaving like a kamikaze is stupid, but making the ball is miserable. Without reaching such extremes, you have to move between them and try to return home satisfied each end of the day because the work we did was worth it.

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