Desenrollando Momias. Los Grandes Aventureros De La Arqueología — Nacho Ares / Unrolling Mummies. The Big Adventurers Of The Archaeology by Nacho Ares (spanish book edition)

Es un libro sobre los grandes aventureros de la arqueología, como bien dice el subtítulo. Pero lo que no nos dice en la portada es que la vida de estos personajes es contada de una manera distinta.
Y es que el recorrido biográfico por el que nos guía Nacho no son una retahíla de fechas y lugares de diversos personajes históricos. Nuestro viaje literario se centra en las alegrías y las penas de los grandes descubridores de las culturas antiguas de Egipto, Mesopotamia y Grecia.
Comenzamos la lectura con Vivant Denon y la campaña de Napoleón en Egipto, que da el pistoletazo de salida a la Egiptología como ciencia, y nos adentramos en la vida de otros personajes como Belzoni, Vyse, Lepsius, Mariette, Schliemann, Carter o Woolley entro otros. Nacho consigue trasmitir al lector la emoción de Champollion por el desciframiento de la escritura jeroglífica, la perseverancia de Layard por encontrar Nínive, Evans y su sueño mitológico en Cnosos… Unos sentimientos muy humanos (en los cuales más de un historiador nos podemos ver reflejados) que se muestran a través de quince personajes que cambiaron el rumbo de las investigaciones de las culturas antiguas.

Sin embargo, muchos de nuestros protagonistas son a veces son criticados por sus métodos en el campo arqueológico. Estamos hablando de un expolio masivo al mejor postor o uso de la pólvora para conseguir llegar al objetivo, por poner algún ejemplo. Unos hechos que son causa y consecuencia de la época en que vivieron nuestros protagonistas, factor que enfatiza de manera reiterada el autor.

Belzoni, consciente del sensacional descubrimiento que acaba de realizar, se cuida mucho de hacer acopio de toda la información necesaria sobre el templo. Tras dibujar Mangles un gran plano a escala de cada una de las cámaras, marca sobre el dibujo del santuario el lugar exacto de la totalidad de las piezas allí encontradas, a la sazón dos esfinges de tamaño natural con cuerpo de león y cabeza del dios halcón Horus, una pequeña estatua sedente sin cabeza y varios fragmentos de otras estatuas, así como trozos de cobre procedentes de las cerraduras de las puertas.
En un trabajo exhaustivo, Belzoni ejecutó una serie excepcional de acuarelas sobre el interior del templo que reconstruyen paso a paso todo su itinerario. Sin embargo, aparte del interés arqueológico que tenía aquel lugar, poco es lo que se podía sacar para el mercado de antigüedades. Pronto, y muy a pesar de los sentimientos del italiano, él y sus acompañantes partieron camino de Tebas en busca de piezas con las que poder comerciar.
El 17 de agosto de 1817, Belzoni vuelve a Biban el-Moluk, el Valle de los Reyes, en la orilla este de Luxor, lugar en donde había estado de paso con anterioridad a su marcha hacia Abu Simbel.
Vestido con ropas egipcias, fue recibido con todos los honores por los jefes de las tribus de la región de Benín, a donde había llegado gracias a la ayuda de un pequeño barco inglés que se dirigía hacia el África occidental.
Muy enfermo a causa de la disentería, el italiano no pudo vencer en su última batalla. A punto de alcanzar su objetivo, Giovanni Battista Belzoni falleció el 3 de diciembre de 1823 y fue enterrado en Gwato (Nigeria) bajo las raíces de un gran árbol, a más de dos metros de profundidad.

Para unos Howard Vyse pasó a la historia de la egiptología por ser el excavador de la Gran Pirámide y el descubridor de sus inscripciones, para otros no fue más que un mero falsificador cuya única pretensión era alcanzar la gloria al precio que fuese.
En los años sucesivos, se dedicó a visitar otros lugares, olvidado un poco del fascinante Egipto. El 8 de junio de 1853, cuando estaba a punto de cumplir los setenta y nueve años, Howard Vyse murió en Stoke Poges.

Nadie duda de que Rawlinson fue el descifrador último de la escritura cuneiforme babilónica, muchos investigadores siguen planteando serias dudas sobre la legitimidad de las circunstancias que rodearon su trabajo. Y es que, al contrario que Champollion, Rawlinson nunca llegó a explicar el camino que siguió para alcanzar su desciframiento. Por otra parte, una investigación reciente de sus cuadernos de notas ha demostrado que tomó más de un apunte de los estudios de su colega Edward Hincks, erudito clérigo irlandés, haciéndolos pasar por propios. Con todo, la aportación de este aventurero es trascendental para el comienzo de una nueva ciencia.
En su trabajo de 1846, el propio Rawlinson reconocía sus limitaciones y, si bien consideraba la escritura completamente descifrada, dejaba una puerta abierta a que pudiera haber elementos filológicos que a él se le escapaban: «Las traducciones pueden ser corregidas (reconociendo mis limitaciones en lo que se refiere al conocimiento perfecto de las sutilezas de la gramática zenda y sánscrita, las someto con humildad y respeto al juicio del público), pueden ser objeto de un examen crítico del texto, pues los materiales disponibles para su análisis o verificación no están, creo yo, agotados.

A Layard el mundo parecía quedársele pequeño. Sus aspiraciones fueron más allá de la arqueología. Al poco de regresar a Londres a principios de la década de 1850, su popularidad como escritor de libros de viaje y arqueología le permite abrir negocios e iniciar una carrera política. De su bolsillo nace la Compagnia Venezia Murano, cuya tienda en Oxford Street sigue siendo uno de los referentes más exquisitos del comercio londinense.
En el ámbito de la política obtuvo en 1852 un escaño en el Parlamento como representante de Aylesbury por el Partido Liberal, desempeñando durante unas semanas el cargo de subsecretario de Asuntos Exteriores. Su conocimiento del panorama internacional le permitió participar en años sucesivos en diferentes puestos vinculados a Crimea o India. Posteriormente, en 1869 fue enviado a Madrid, donde fue embajador hasta 1877, año en el que marcha a una ciudad mucho más cercana a su realidad, Constantinopla.

Desde un primer momento, al carácter de Carter hubo que sumar su entonces incomprendido deseo de que nadie pisara la tumba sin su permiso. Para evitar problemas, Carnarvon cedió la exclusividad periodística de la tumba a Arthur Merton, del diario The Times. El día 17 de febrero de 1923, con el fin de efectuar la «apertura oficial» de la cámara sepulcral, preparó una soberbia pantomima a las dos y cuarto de la tarde ante un grupo reducido de autoridades y egiptólogos. Para que el público no notara la clarísima marca de yeso reciente dejada en la puerta tras su furtiva entrada tres meses antes, Carter y Carnarvon taparon el hueco colocando ante la puerta una tarima que ocultaba tan comprometedora mancha; tarima que solamente servía para eso.
Los meses sucesivos fueron un auténtico tormento para Carter y su equipo. Al poco tiempo de reabrir la cámara sepulcral, el 5 de abril de 1923, Carnarvon fallecía en el lujoso hotel Continental Savoy de El Cairo. Según la explicación oficial, en un descuido, mientras se afeitaba, el lord inglés se cortó la hinchazón producida por la picadura de un mosquito. Tras una irreversible infección, Carnarvon murió entre delirios, mencionando fatigosamente el nombre de Tutankhamón. Fue precisamente esta circunstancia la que dio pie a que los aprensivos periodistas británicos dieran pábulo a las habladurías sobre la maldición del Faraón Niño, que más tarde tendrían una sospechosa continuidad.
Carter y Carnarvon siempre mantuvieron un trato muy cordial.
A pesar de todo, en 1932, diez años después de la apertura oficial, Carter dio por finalizado el trabajo de restauración de la tumba de Tutankhamón. Solamente publicó tres volúmenes —el primero junto con Arthur Cruttenden Mace— en los que se relataba la historia del descubrimiento.Prefirió dejar el resto de la investigación para las generaciones venideras, legando una amplísima documentación, la gran mayoría aún inédita. Muchas de sus anotaciones personales se conservan actualmente en el Griffith Institute de Oxford.
Después de abandonar definitivamente las excavaciones, comenzó a frecuentar las terrazas del hotel Winter Palace. Allí solía sentarse solo y dejar pasar el tiempo, observando la navegación de las embarcaciones sobre las aguas del Nilo.
Poco después, su debilidad física fue a peor, anunciando una enfermedad que en absoluto le pilló por sorpresa. Una vez que se le diagnosticó cáncer, Carter regresó a su Inglaterra natal.
Resulta inevitable hablar de la «maldición» siempre que se menciona el nombre de Tutankhamón. Las misteriosas muertes que se sucedieron desde el momento de apertura de la tumba del Faraón Niño han otorgado un desgraciado protagonismo a tan singular descubrimiento.
La supuesta aparición de una extraña tablilla en donde se podía leer «la muerte tocará con sus alas a todo aquel que intente perturbar el sueño eterno del faraón», que nadie ha visto nunca y que, según esta tradición, el propio Carter hizo desaparecer para evitar las supersticiones de sus obreros egipcios, fue el origen de tan singular leyenda. En las anotaciones de Alan Gardiner, sin embargo, de quien se dijo que también falleció por la maldición (¡en 1963!, más de cuarenta años después), no se hace ninguna mención al respecto.
Bien es cierto que nadie puede negar la realidad del fallecimiento en circunstancias poco claras de algunos de los asistentes a la apertura de la cámara del sarcófago en febrero de 1923, concretamente trece, o la muerte del propio Lord Carnarvon. También es cierto que ninguno de ellos, a excepción de este último, tuvo una relación directa con el descubrimiento y su posterior investigación. Más bien se trataba de visitantes esporádicos o, simplemente, que las circunstancias que rodearon a sus muertes fueron extrañas o llamativas.
Hay que aclarar, por ejemplo, que la gran mayoría de estas muertes tuvieron lugar dentro de una lógica solo conocida años más tarde. Modernas investigaciones achacan el fallecimiento de numerosos arqueólogos al poder mortífero de algunos hongos, desarrollados sobre la superficie de materiales muy antiguos gracias al ambiente enrarecido generado en el interior de la tumba durante miles de años.

El éxito de sus trabajos en el campo de la arqueología se reconoció con el nombramiento de sir en 1935. Dos años después, tras abandonar Ur, Woolley decide excavar en Turquía, en el yacimiento de la Edad del Bronce de Tel Atchana, la antigua Alalakh. Allí encontró los restos de un pequeño reino de origen hurrita y estratos de población que se remontaban al IV milenio a. C.
A lo largo de su vida, el sumeriólogo inglés publicó con entusiasmo todo lo que descubría. Lo había hecho antes con sus excavaciones en Ur, y lo haría ahora con los nuevos hallazgos en Turquía. Además de las publicaciones académicas, escribió en estos años numerosos libros de divulgación científica que se convirtieron en poco tiempo en obras de gran éxito y referencia sobre la arqueología para el gran público. Gracias a él y a las novelas de Agatha Christie ambientadas en esos lugares, Irak se convirtió en un referente cultural de la época para viajeros y apasionados por la historia antigua.
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, nuestro protagonista abandonó los trabajos arqueológicos. Durante el conflicto, Woolley y su esposa fueron miembros del Programa de Monumentos, Arte y Archivos con el que el bando aliado protegía el patrimonio cultural de los lugares en conflicto. Al poco de acabar la guerra, el 8 de noviembre de 1945, Katharine muere de esclerosis múltiple.
Wolley regresa en 1946 a Turquía, al yacimiento de Alalakh, donde continúa las excavaciones hasta el año 1949, fecha en la que decide retirarse.

It’s a book about the great adventurers of archeology, as the subtitle says. But what does not tell us on the cover is that the life of these characters is told in a different way.
And it is that the biographical journey through which Nacho guides us are not a string of dates and places of diverse historical personages. Our literary journey focuses on the joys and sorrows of the great discoverers of the ancient cultures of Egypt, Mesopotamia and Greece.
We began reading with Vivant Denon and Napoleon’s campaign in Egypt, which marks the beginning of Egyptology as a science, and we enter into the lives of other characters such as Belzoni, Vyse, Lepsius, Mariette, Schliemann, Carter or Woolley. others. Nacho manages to convey to the reader the emotion of Champollion for the decipherment of hieroglyphic writing, Layard’s perseverance to find Nineveh, Evans and his mythological dream at Knossos … Very human feelings (in which more than one historian we can see) that are shown through fifteen characters that changed the direction of the investigations of ancient cultures.

However, many of our protagonists are sometimes criticized for their methods in the archaeological field. We are talking about a massive expolio to the highest bidder or use of gunpowder to get to the goal, to give some example. Facts that are the cause and consequence of the time in which our protagonists lived, a factor that the author repeatedly emphasizes.

Belzoni, aware of the sensational discovery he has just made, takes great care to gather all the necessary information about the temple. After drawing Mangroves a large scale map of each of the chambers, mark on the drawing of the sanctuary the exact place of all the pieces found there, at the time two life-size sphinxes with the body of a lion and the head of the falcon god Horus, a small sitting statue without head and several fragments of other statues, as well as pieces of copper coming from the locks of the doors.
In an exhaustive work, Belzoni executed an exceptional series of watercolors on the interior of the temple that reconstruct step by step all his itinerary. However, apart from the archaeological interest that this place had, there is little that could be learned for the antique market. Soon, and despite the feelings of the Italian, he and his companions left for Thebes in search of pieces with which to trade.
On August 17, 1817, Belzoni returns to Biban el-Moluk, the Valley of the Kings, on the east bank of Luxor, where he had been passing before his departure to Abu Simbel.
Dressed in Egyptian clothes, he was received with all the honors by the chiefs of the tribes of the Benin region, where he had arrived thanks to the help of a small English ship that was heading towards West Africa.
Very ill because of dysentery, the Italian could not win in his last battle. On the verge of reaching his goal, Giovanni Battista Belzoni died on December 3, 1823 and was buried in Gwato (Nigeria) under the roots of a large tree, more than two meters deep.

For some Howard Vyse it happened to the history of the Egyptology to be the excavator of the Great Pyramid and the discoverer of its inscriptions, for others it was not more than a mere forger whose only pretension was to reach the glory to the price that was.
In the following years, he devoted himself to visit other places, forgotten a little of the fascinating Egypt. On June 8, 1853, when he was about to turn seventy-nine, Howard Vyse died in Stoke Poges.

Nobody doubts that Rawlinson was the ultimate decipher of the Babylonian cuneiform script, many researchers still raise serious doubts about the legitimacy of the circumstances surrounding his work. And it is that, unlike Champollion, Rawlinson never came to explain the path that followed to achieve its decipherment. On the other hand, a recent investigation of his notebooks has shown that he took more than one note from the studies of his colleague Edward Hincks, an erudite Irish clergyman, passing them off as his own. However, the contribution of this adventurer is transcendental for the beginning of a new science.
In his 1846 work, Rawlinson himself recognized his limitations and, while he considered writing completely deciphered, it left an open door to which there could be philological elements that escaped him: “Translations can be corrected (recognizing my limitations in what refers to the perfect knowledge of the subtleties of Zenda and Sanskrit grammar, I submit them with humility and respect to the judgment of the public), can be subject to a critical examination of the text, because the materials available for analysis or verification are not , I think, exhausted.

To Layard the world seemed to be small. Their aspirations went beyond archeology. Shortly after returning to London in the early 1850s, his popularity as a writer of travel books and archeology allows him to open businesses and start a political career. From his pocket came the Compagnia Venezia Murano, whose shop in Oxford Street is still one of the most exquisite references of the London trade.
In the field of politics, he obtained a seat in Parliament in 1852 as the representative of Aylesbury for the Liberal Party, serving for a few weeks as Undersecretary of Foreign Affairs. His knowledge of the international scene allowed him to participate in successive years in different positions linked to Crimea or India. Later, in 1869 he was sent to Madrid, where he was ambassador until 1877, year in which he marches to a city much closer to his reality, Constantinople.

From the first moment, the character of Carter had to add his then misunderstood desire that nobody step on the grave without his permission. To avoid problems, Carnarvon yielded the journalistic exclusivity of the tomb to Arthur Merton, of the newspaper The Times. On February 17, 1923, in order to effect the “official opening” of the sepulchral chamber, he prepared a superb pantomime at two-fifteen in the afternoon before a small group of authorities and Egyptologists. So that the public would not notice the very clear brand of recent plaster left on the door after their furtive entry three months before, Carter and Carnarvon blocked the gap by placing a platform on the door that hid such a compromising stain; platform that only served for that.
The successive months were a real torment for Carter and his team. Shortly after reopening the burial chamber on April 5, 1923, Carnarvon died at the luxurious Continental Savoy hotel in Cairo. According to the official explanation, in an oversight, while shaving, the English Lord cut the swelling produced by the bite of a mosquito. After an irreversible infection, Carnarvon died between delusions, painfully mentioning the name of Tutankhamun. It was precisely this circumstance that gave rise to the apprehensive British journalists to feed on the gossip about the curse of Pharaoh Nino, which later would have a suspicious continuity.
Carter and Carnarvon always maintained a very cordial treatment.
In spite of everything, in 1932, ten years after the official opening, Carter finished the work of restoring the tomb of Tutankhamun. He only published three volumes – the first together with Arthur Cruttenden Mace – in which the story of the discovery was recounted. He preferred to leave the rest of the research for future generations, bequeathing a vast documentation, the vast majority still unpublished. Many of his personal notes are currently kept at the Griffith Institute in Oxford.
After leaving the excavations definitively, he began to frequent the terraces of the Winter Palace hotel. There he used to sit alone and let time pass, observing the navigation of the boats over the waters of the Nile.
Soon after, his physical weakness worsened, announcing a disease that did not take him by surprise. Once he was diagnosed with cancer, Carter returned to his native England.
It is inevitable to speak of the “curse” whenever the name of Tutankhamun is mentioned. The mysterious deaths that occurred after the opening of the tomb of Pharaoh Nino have given unfortunate prominence to such a singular discovery.
The supposed appearance of a strange tablet where one could read “death will touch with its wings anyone who tries to disturb the eternal sleep of Pharaoh”, that nobody has ever seen and that, according to this tradition, Carter himself disappeared for avoid the superstitions of its Egyptian workers, was the origin of such a singular legend. In the annotations of Alan Gardiner, however, who was said to have also died of the curse (in 1963, more than forty years later), no mention is made of it.
It is true that no one can deny the reality of the death in unclear circumstances of some of those attending the opening of the sarcophagus chamber in February 1923, specifically thirteen, or the death of Lord Carnarvon himself. It is also true that none of them, with the exception of the latter, had a direct relationship with the discovery and its subsequent investigation. Rather, they were sporadic visitors or, simply, that the circumstances surrounding their deaths were strange or striking.
It is necessary to clarify, for example, that the great majority of these deaths took place within a logic only known years later. Modern investigations attribute the death of numerous archaeologists to the deadly power of some fungi, developed on the surface of very old materials thanks to the rarefied environment generated inside the tomb for thousands of years.

The success of his work in the field of archeology was recognized with the appointment of sir in 1935. Two years later, after leaving Ur, Woolley decided to dig in Turkey, in the site of the Bronze Age of Tel Atchana, the ancient Alalakh . There he found the remains of a small kingdom of Hurrian origin and strata of population that dated back to the 4th millennium BC. C.
Throughout his life, the English sumerologist enthusiastically published everything he discovered. He had done it before with his excavations in Ur, and he would do it now with the new finds in Turkey. In addition to academic publications, he wrote in these years numerous popular science books that soon became highly successful works and reference on archeology for the general public. Thanks to him and the Agatha Christie novels set in those places, Iraq became a cultural reference of the time for travelers and passionate about ancient history.
With the arrival of World War II, our protagonist abandoned the archaeological works. During the conflict, Woolley and his wife were members of the Monuments, Art and Archives Program with which the Allied side protected the cultural heritage of the places in conflict. Shortly after finishing the war, on November 8, 1945, Katharine dies of multiple sclerosis.
Wolley returns in 1946 to Turkey, to the site of Alalakh, where he continues the excavations until 1949, date in which he decides to retire.

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