El Muro Invisible. Las Dificultades De Ser Joven En España — Politikon / The Invisible Wall. The Difficulties Of Being A Youngster In Spain by Politikon (spanish book edition)

Interesante libro, los jóvenes se enfrentan a un muro que les impide construir su futuro. Los ladrillos que forman este muro son la precariedad, la falta de oportunidades, la ausencia de posibilidades para emanciparse y construir un hogar, y las deficiencias del sistema educativo. También la ignorancia, la falta de interés (en el mejor de los casos) o la corrupción (en el peor) de nuestros servidores públicos a la hora de buscar soluciones. Frente a la idea de que estos problemas desaparecerán cuando los jóvenes alcancen la madurez, este relato sugiere que este muro genera unos daños que se arrastran de por vida. El resultado es una generación que podría acabar viviendo peor que la de sus padres.
Ambos relatos tienen algo de cierto.
La realidad es más compleja. Durante los últimos años ha aparecido una gran brecha generacional: mayores y jóvenes votan cada vez a formaciones políticas más diferentes. También es cierto que los segundos participan menos en las elecciones, se movilizan de manera más esporádica y —quizá lo más importante— están formados por un número menor que las generaciones anteriores. Esto los hace cada vez menos decisivos en unas elecciones. Además, hay diferencias en niveles de actividad política: los jóvenes con mayor nivel educativo y de renta participan más que el resto. El resultado es que las demandas de los colectivos más vulnerables —y más perjudicados por la crisis— no han calado aún en el debate público.
Sin embargo, la democracia no consiste solo en votar. La urna es una de las arenas de participación política en un sistema pluralista, quizá la principal, pero en ningún caso la única. Los jóvenes en general son desafectos a las instituciones tradicionales de la democracia, aunque este sentimiento no es muy diferente al de sus mayores.

El riesgo de pobreza y exclusión creció más en España que en la mayoría de países europeos. Pero, además, la recuperación está siendo más lenta en nuestro país.[6] Entre 2012 y 2015 en España siguió aumentando el porcentaje de personas en riesgo de exclusión y el de personas sufriendo privaciones materiales, pero no en la Unión Europea.
El retraso de la maternidad está muy asociado a la inestabilidad laboral. En España esto nos resulta muy familiar. De hecho, España e Italia se cuentan entre los países con más jóvenes con trabajos inestables, y al mismo tiempo son los países donde más tarde se tienen hijos.
Ante tal dificultad de configurar una trayectoria vital (profesional y personal) sólida y con expectativas dentro de España, no es de extrañar que muchos jóvenes hayan optado por buscarla fuera. La emigración ha ocupado buena parte del debate sobre la juventud durante la última década, y es un fenómeno que merece atención.

Las empresas están empleando un contingente de trabajadores temporales como válvula de escape en lo que respecta a costes de personal. En tiempos de bonanza, el contingente aumenta. En tiempos de recesión, disminuye con rapidez. Cuando una empresa tiene que reducir costes en general tiene dos opciones: ajustar por cantidad de empleados o por salario. En nuestro país casi siempre se opta por la primera. Entre 2007 y 2010 España fue el país europeo que más empleo destruyó, según datos de Eurostat, pero el mecanismo de ajuste salarial apenas se modificó. De hecho, hasta 2010 los salarios siguieron aumentando por encima de la media europea.
El segundo indicio importante a favor de la hipótesis regulatoria es que la temporalidad en España es muy superior a la media europea en todo tipo de ocupaciones, no solo en las que uno podría esperar si la hipótesis del modelo productivo fuese válida. Por ejemplo, mientras que la media de temporalidad entre profesionales científicos en Europa es del 12 por ciento, en España es el doble, un 24.
Hay muchas personas que argumentan que la universidad no prepara bien para el mercado laboral, y llegan incluso a afirmar que hay demasiados licenciados. Aunque es cierto que existe mucha variación entre las competencias de los titulados (incluso entre los de la misma titulación) y que la población universitaria ha aumentado mucho (multiplicándose por tres en dos décadas), lo que nos diferencia de nuestros vecinos europeos es otra cosa: la cantidad de puestos ofertados a titulados universitarios no han crecido al mismo ritmo.
En resumen, en España hay diez millones de titulados superiores para seis millones de «puestos de titulados superiores».

La protección por despido incluida en los distintos tipos de contratos constituye la principal piedra de toque del modelo laboral español. A ella se suma en práctica igualdad de condiciones la capacidad del sistema de reducir los riesgos a los que se enfrentan aquellas personas que pierden su empleo. Así pues, es en esos dos puntos donde se deberá centrar la acción política. Hay un tercer frente, tanto o más importante: la reducción del desempleo estructural y otras políticas de demanda.
Un contrato único con «mochila austríaca» y un mejor seguro de desempleo no pueden aumentar por sí solos el alcance de las oportunidades educativas, ni construyen una pasarela más segura entre estas y un puesto de trabajo de alta cualificación. Tampoco cimentarán una red de protección y bienestar a lo largo de la vida. Son algunas piezas del rompecabezas, pero solo eso. Las otras son el sistema educativo y la estructura del Estado del Bienestar.

Parte de la solución a los problemas de abandono escolar del sistema español pasa necesariamente por la atención a la diversidad en las aulas. Transitar de la repetición a un sistema de promoción automática o casi automática no ayuda a nivelar a los estudiantes, tan solo evita perjudicarlos más. No obstante, para nivelar hace falta que tanto la identificación de los estudiantes que necesitan refuerzo como el refuerzo mismo se produzcan durante el año escolar, antes de que aquellos deban elegir entre dejar progresar a un estudiante muy rezagado y obligarle a repetir el curso entero.
Del menú de políticas a nuestra disposición, una de las más prometedoras para ayudar a los estudiantes rezagados son las clases de refuerzo individuales (o de tamaño reducido).

En España el paraguas no cubre a todos por igual. La crisis económica lo ha demostrado. Entre 2005 y 2015 la renta de los pensionistas se mantuvo particularmente estable gracias al papel asegurador del Estado. Dado que el umbral de pobreza depende de la renta mediana, al caer esta, la de los pensionistas pasó a estar por encima. No ocurrió lo mismo, ni mucho menos, con otros colectivos que tuvieron que absorber el golpe y fueron desplazados a la pobreza. Los datos que hemos visto muestran que el paraguas tiene agujeros, y las goteras caen principalmente sobre los niños y los jóvenes.
Nuestro Estado del Bienestar es una herencia del pasado. Está concebido para responder a problemas de un mundo distinto al de hoy. Tiende a proteger a los mayores —que fueron en verdad un colectivo vulnerable en el pasado— en buena medida a costa de los jóvenes. Detrás de eso se encuentran instituciones y dinámicas políticas enraizadas en el diseño de nuestra democracia. Los jóvenes además son cada vez un grupo menos numeroso y tienen que soportar una parte mayor del gasto en sanidad y pensiones, lo que amenaza la sostenibilidad del contrato social entre generaciones.
El sistema está en crisis porque ha dejado de funcionar y tiene efectos perversos. Pero eso no debe dar a entender que está condenado o que sea inevitable una sociedad sin Estado del Bienestar. La igualdad de oportunidades sigue siendo una aspiración legítima.
La combinación entre equidad y eficiencia, el equilibrio entre ganadores, perdedores y sostenibilidad a largo plazo, no son ni mucho menos asuntos exclusivos de la reforma del Estado del Bienestar, sino que afectan a cualquier reforma. También a las relacionadas con el sistema educativo, o con la estructura del mercado laboral, y la relación entre ambas. Todas las propuestas están sometidas a las limitaciones propias de un sistema democrático abierto.

El descontento con el sistema político es un tema generacional, pero la solución del mismo no tiene una sola solución en el espectro ideológico. Por lo tanto, si una de las ideas subyacentes detrás de la brecha generacional es que tal vez podría haber germinado algún patrón actitudinal común en los jóvenes, en el caso de la ideología al menos no está claro. No obstante, puede emerger en un futuro, sobre todo porque las actitudes ideológicas de los jóvenes están en formación y por lo tanto pueden ser más variables que los de cohortes de adultos. Sin embargo, la polarización actual no parece el mejor punto de partida. Ahora bien, es por eso que toca girarse hacia cómo las actitudes se entrelazan con la participación y, muy particularmente, hacia el rol fundamental que juegan los agentes políticos.
Primero: en la España que surge de 2015 ningún partido tiene a corto plazo la capacidad suficiente para atraer hacia sí coaliciones tan heterogéneas como en el pasado. Cuando esto sucedía, las disputas generacionales quedaban enmascaradas; ahora son explícitas. Y segundo: ningún partido tiene por sí solo la fuerza suficiente para gobernar en solitario. La combinación de estas dos situaciones novedosas puede abocar a que, dentro de poco, veamos gobiernos de coalición entre partidos viejos y partidos nuevos, y, si cada cual tiene un electorado de edades distintas, se vean forzados a buscar un punto de compromiso que reequilibre los costes generacionales de la crisis.
En cualquier proceso de cambio político el primer problema consiste en encontrar una hoja de ruta. Es difícil, pues el equilibrio previo siempre parece bloquear todas las vías posibles hacia un futuro distinto. No es, sin embargo, imposible. De hecho, eso mismo tuvieron que llevar a cabo aquellos que lucharon por crear las instituciones que hoy nos protegen, mal que bien, pero siempre mejor que hace cuarenta, cincuenta o sesenta años. Si ahora hace falta una ruta nueva para mejorar esas instituciones y adaptarlas a una nueva realidad, no estamos en la peor posición posible: al menos hemos empezado a andar el camino.

Interesting book, young people face a wall that prevents them from building their future. The bricks that make up this wall are precariousness, the lack of opportunities, the lack of possibilities to emancipate and build a home, and the deficiencies of the educational system. Also ignorance, lack of interest (in the best case) or corruption (at worst) of our public servants when it comes to finding solutions. Faced with the idea that these problems will disappear when young people reach maturity, this story suggests that this wall generates some damage that is dragged along for life. The result is a generation that could end up living worse than their parents.
Both stories have something true.
The reality is more complex. During the last few years, a large generational gap has appeared: older and younger people vote for different political formations each time. It is also true that the latter participate less in elections, mobilize more sporadically and – perhaps most importantly – are formed by a smaller number than previous generations. This makes them less and less decisive in an election. In addition, there are differences in levels of political activity: young people with higher education and income participate more than the rest. The result is that the demands of the most vulnerable groups – and more affected by the crisis – have not yet penetrated the public debate.
However, democracy is not just about voting. The urn is one of the arenas of political participation in a pluralist system, perhaps the main one, but in no case the only one. Young people in general are disaffected with the traditional institutions of democracy, although this feeling is not very different from that of their elders.

The risk of poverty and exclusion grew more in Spain than in most European countries. But, in addition, the recovery is being slower in our country. [6] Between 2012 and 2015 in Spain the percentage of people at risk of exclusion and of people suffering from material deprivation continued to rise, but not in the European Union.
The delay of motherhood is very associated with job instability. In Spain this is very familiar to us. In fact, Spain and Italy are among the countries with the youngest with unstable jobs, and at the same time they are the countries where they later have children.
Faced with such difficulty in configuring a solid career path (professional and personal) and with expectations within Spain, it is not surprising that many young people have chosen to seek it out. Emigration has occupied much of the debate on youth during the last decade, and it is a phenomenon that deserves attention.

The companies are employing a contingent of temporary workers as a safety valve in terms of personnel costs. In good times, the contingent increases. In times of recession, it decreases rapidly. When a company has to reduce costs in general, it has two options: adjust by number of employees or by salary. In our country almost always opts for the first. Between 2007 and 2010 Spain was the European country that destroyed most jobs, according to Eurostat data, but the salary adjustment mechanism was hardly modified. In fact, until 2010 wages continued to rise above the European average.
The second important indication in favor of the regulatory hypothesis is that the temporality in Spain is much higher than the European average in all types of occupations, not only in those that one could expect if the hypothesis of the productive model were valid. For example, while the average of temporality among scientific professionals in Europe is 12 percent, in Spain it is double, a 24.
There are many people who argue that the university does not prepare well for the job market, and even say that there are too many graduates. Although it is true that there is a lot of variation between the skills of graduates (even among those with the same degree) and that the university population has increased a lot (multiplying by three in two decades), what differentiates us from our European neighbors is something else : the number of positions offered to university graduates has not grown at the same rate.
In summary, there are ten million graduates in Spain for six million “positions of graduates”.

The protection for unemployment included in the different types of contracts constitutes the main touchstone of the Spanish labor model. In addition, the ability of the system to reduce the risks faced by those who lose their jobs is added to the equality of conditions. So, it is in those two points where the political action should be centered. There is a third front, equally or more important: the reduction of structural unemployment and other demand policies.
A single contract with an “Austrian knapsack” and better unemployment insurance can not by themselves increase the scope of educational opportunities, nor build a safer footbridge between them and a highly qualified job. Nor will they build a network of protection and welfare throughout life. They are some pieces of the puzzle, but only that. The others are the educational system and the structure of the Welfare State.

Part of the solution to the problems of dropping out of the Spanish system necessarily involves attention to diversity in the classroom. Moving from repetition to an automatic or almost automatic promotion system does not help to level the students, it just avoids harming them more. However, in order to equalize, both the identification of the students who need reinforcement and the reinforcement itself must take place during the school year, before those students have to choose between letting a very retarded student progress and forcing them to repeat the entire course.
From the policy menu at our disposal, one of the most promising to help lagging students are individual (or small-size) booster classes.

In Spain, the umbrella does not cover everyone equally. The economic crisis has shown it. Between 2005 and 2015 the income of pensioners remained particularly stable thanks to the insurance role of the State. Given that the poverty threshold depends on the median income, upon falling it, that of the pensioners happened to be above. The same did not happen, much less with other groups that had to absorb the blow and were displaced to poverty. The data we have seen show that the umbrella has holes, and the leaks fall mainly on children and young people.
Our Welfare State is an inheritance from the past. It is designed to respond to problems of a different world than today. It tends to protect the elderly – who were truly a vulnerable group in the past – largely at the expense of the young. Behind that are institutions and political dynamics rooted in the design of our democracy. Young people are also becoming a less numerous group and have to support a greater share of health and pension spending, which threatens the sustainability of the social contract between generations.
The system is in crisis because it has stopped working and has perverse effects. But that should not imply that a society without a welfare state is condemned or inevitable. Equal opportunities remains a legitimate aspiration.
The combination of equity and efficiency, the balance between winners, losers and long-term sustainability, are far from being exclusive issues of the Welfare State reform, but affect any reform. Also those related to the education system, or to the structure of the labor market, and the relationship between both. All proposals are subject to the limitations of an open democratic system.

Discontent with the political system is a generational issue, but the solution to it does not have a single solution in the ideological spectrum. Therefore, if one of the underlying ideas behind the generation gap is that perhaps some common attitudinal pattern may have germinated in young people, in the case of ideology at least it is not clear. However, it may emerge in the future, especially because the ideological attitudes of young people are in formation and therefore may be more variable than those of adult cohorts. However, the current polarization does not seem the best starting point. Now, that is why we have to turn to how attitudes are intertwined with participation and, very particularly, towards the fundamental role played by political agents.
First: in the Spain that emerged in 2015, no party has in the short term enough capacity to attract coalitions as heterogeneous as in the past. When this happened, the generational disputes were masked; Now they are explicit. And second: no party alone has enough strength to govern alone. The combination of these two novel situations may lead to, soon, we see coalition governments between old parties and new parties, and, if everyone has a different age electorate, they are forced to look for a compromise point that rebalances the generational costs of the crisis.
In any process of political change the first problem is to find a road map. It is difficult, because the previous balance always seems to block all possible ways towards a different future. It is not, however, impossible. In fact, that same thing had to be carried out by those who fought to create the institutions that today protect us, badly enough, but always better than forty, fifty or sixty years ago. If now a new route is needed to improve those institutions and adapt them to a new reality, we are not in the worst possible position: at least we have begun to walk the path.

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