Biografía De La Humanidad: Historia De La Evolución De Las Culturas — José Antonio Marina & Javier Rambaud / Biography Of The Humanity: History Of The Evolution Of The Cultures by José Antonio Marina & Javier Rambaud (spanish book edition)

Un libro interesante pero por momentos contiene demasiada información y debe ser leído pausadamente pero recomendable como compendio de la humanidad.

1. La ciencia de la evolución cultural revela la evolución de la inteligencia humana y nos permite comprender sus creaciones, enlazando la psicología con la historia. De esa manera nos permite descubrir la esencia del ser humano y recordar que pertenecemos a una única especie.
2. La ciencia de la evolución cultural puede ayudar a hacer compatible la lealtad local con la lealtad a toda la humanidad.
3. La ciencia de la evolución cultural puede conseguir que aprendamos de la historia y, en un momento en el que la tecnología nos lo permite, puede ayudarnos a tomar decisiones sobre cómo dirigir la evolución de la humanidad. Martha Nussbaum señala, con razón, la necesidad de «enseñar a pensar en función de problemas humanos comunes, de esferas de la vida en las que los seres humanos, sin importar dónde vivan, tienen que elegir. Comenzar a hacer una comparación intercultural de estos problemas comunes nos permitirá reconocer una humanidad compartida y, al mismo tiempo, reparar en las considerables diferencias en los modos en que las diferentes culturas e individuos han enfrentado esos problemas».
4. La ciencia de la evolución cultural permite comprobar que la historia no tiene un fin determinado, pero que los seres humanos actúan movidos por fines, lo que libera nuestra evolución del azar y nos permite descubrir algunos grandes guiones evolutivos: la población aumenta, a pesar de guerras y epidemias.
5. Por último, la ciencia de la evolución cultural permite enunciar una «ley del progreso ético de la humanidad», aunque a la vista de los horrores de la historia parezca falsa: «Cuando las sociedades se liberan de la pobreza extrema, de la ignorancia, del dogmatismo, del miedo y del odio al vecino y al diferente, evolucionan convergentemente hacia un modelo ético universal que se caracteriza por el respeto a los derechos individuales, el rechazo a las discriminaciones no justificadas, la confianza en la razón para resolver problemas, la participación en el poder político, las seguridades jurídicas y las políticas de ayuda». Pero esos logros son precarios, y pueden colapsar si desaparecen las condiciones previas. Nada nos asegura un final feliz.

Estudiar la evolución cultural de la humanidad sin perderse en generalidades parece un proyecto megalómano, condenado al fracaso. No hace falta ser historiador para comprender que la información de que disponemos es inmanejable.
Darwin descubrió un algoritmo evolutivo, es decir, un proceso que produjo la aparición de las especies. La naturaleza se modifica a lo largo del tiempo, y la realidad descarta las variaciones menos aptas para unas condiciones dadas. La teoría estuvo incompleta hasta que se descubrió el mecanismo que producía las variaciones: la mutación genética. En ese momento, el modelo fue más comprensible. La evolución de las culturas se rige por un mecanismo análogo. Hay una fuerza impulsora, que mueve y dirige la acción: las necesidades, deseos, expectativas y pasiones humanas; hay un mecanismo que proporciona soluciones a los problemas planteados por esos deseos; y hay un sistema de selección que elige una de las soluciones y rechaza las restantes.
La convergencia es una tendencia de la humanidad que se produce por acumulación de miríadas de decisiones individuales. Consiste, pues, en una especie de gigantesco plebiscito. En un primer nivel, no hay razón para encontrar un progreso moral en esa convergencia. Ian Morris selecciona cuatro parámetros para medir lo que llama desarrollo humano —aumento del consumo de energía, mayor potencia destructiva de las armas, organizaciones más complejas, medios de comunicación más potentes—, advirtiendo que no se puede decir que sean fenómenos buenos o malos.

Nuestros antepasados, como nuestros primos animales, estaban guiados por impulsos y sentimientos de dolor y placer. Estamos de acuerdo con los psicólogos evolucionistas, en especial Leda Cosmides y John Tooby, cuando afirman que la inteligencia humana se formó en el Pleistoceno y que entonces adquirió las estructuras básicas que le permitieron crear cultura e irse modificando con arreglo a sus propias creaciones. Asistimos, pues, a los cimientos de nuestra humanidad, a la emergencia de los «animales espirituales», de los «animales creadores». Al hablar de animales espirituales estamos haciendo una mera descripción. Un ser material ha creado grandes mundos simbólicos.
La eficacia del lenguaje, que hizo que se extendiera y perfeccionara, pone de manifiesto otra característica de los esquemas evolutivos culturales: su carácter expansivo y acelerador. Nos encontramos en un círculo ascendente de interacciones. El habla permitió el aprendizaje colectivo y facilitó la cooperación necesaria para emprender en común tareas como la caza de grandes animales. La cooperación permitió enfrentarse mejor a las tareas de la supervivencia.

Hace más de 1,7 millones de años, una especie humana abandonó por primera vez el continente africano. Tal expansión se debió de producir muy lentamente, al desplazarse los grupos más allá de sus zonas de caza para establecerse en nuevas zonas. Así penetrarían en Asia sudoccidental, y a lo largo de las generaciones alcanzaron Asia oriental hace aproximadamente 1,5 millones de años. Al homínido que habitó Asia se lo conoce como Homo erectus. También, más o menos en las mismas fechas, Homo ergaster penetra en Europa, como prueban los yacimientos de Georgia (de hace 1,7 millones de años) y de Atapuerca, España (1,2-0,8 millones de años). Homo erectus conoce y usa el fuego, es cazador, recolector y carroñero, y elabora herramientas de piedra (industrias olduvayense primero y luego achelense).
Recordaremos brevemente nuestro árbol genealógico, lleno aún de incógnitas. En África, Homo ergaster evolucionó (entre hace 1.000.000 y 600.000 años) hacia Homo heidelbergensis, presente tanto en África como en Europa, que será el antepasado común de los neandertales (que evolucionan en Europa y Asia occidental desde hace unos 400.000 años) y de los Homo sapiens modernos (que evolucionan en África desde hace unos 300.000 o 200.000 años).
Una rama de la familia oriental se dirigió hacia el sudeste. Atravesaron el mar, posiblemente en balsas de juncos. Las pruebas arqueológicas datan de hace unos 50.000 años. Los actuales aborígenes son descendientes directos de los primeros humanos que habitaron Australia, por lo que podrían considerarse como una de las pocas y más antiguas poblaciones estables a lo largo del tiempo en un mismo lugar.
Cuando los europeos llegaron a Australia en el siglo XVIII, vivían allí entre 200.000 y 700.000 aborígenes. Cazadoresrecolectores, divididos en medio millar de tribus, cada una de las cuales se dividía en distintas cuadrillas. Las tribus tenían su propio lenguaje, religión, normas y costumbres.

La palabra civilización procede del vocablo latino civis, «ciudad». Y la palabra política se relaciona con el término griego polis, que también significa «ciudad». Con la aparición de las urbes se da un salto en la historia: «Las ciudades han sido, desde su origen, el principal motor de la innovación humana».
En el cuarto milenio antes de Cristo, las distintas ramas de nuestra familia se habían ido asentando en pequeñas poblaciones, cerca de fuentes de aprovisionamiento fáciles y predecibles: alimentos y agua. Los asentamientos fueron creciendo. Los ríos Tigris, Éufrates, Nilo, Indo, acogieron grandes ciudades en sus orillas. Mil años más tarde sucedió lo mismo en las cercanías del río Amarillo, en China. En el África subsahariana, la primera ciudad ( Jenné-Jeno) se edificó junto al río Níger en el primer milenio antes de Cristo. En América también se edificaron ciudades, aunque no junto a los ríos; en los primeros siglos de nuestra era, Teotihuacán fue una de las mayores ciudades del mundo.
Una de las grandes creaciones mesopotámicas es la invención de una poderosa herramienta mental: la escritura. Es otro caso de invención paralela. Hay protoescritura (uso de símbolos mnemotécnicos) en China desde el séptimo milenio, en el valle del Indo (milenios cuarto-tercero) y en la cultura balcánica de Vinča (sexto milenio). La escritura cuneiforme se inventó en Mesopotamia alrededor de 3200 a.C. La escritura jeroglífica de Egipto, hacia el 3100 a.C.
Los sumerios escribieron en tablillas de arcilla, y las más antiguas pertenecen a finales del cuarto milenio. Pero se limitaban a representar un objeto por un signo, lo que se llama escritura pictográfica. Les interesaba sobre todo ampliar la memoria, dejar constancia de tratos, deudas, propiedades. Era, en su origen, un sistema de contabilidad. Fue un avance magnífico pero limitado. En este sentido, la referencia más antigua que se conserva sobre el templo de Salomón es una inscripción en un fragmento de arcilla del siglo VII a.C. ¿Es una plegaria o un himno? No. Es un recibo. Un individuo donó tres siclos de plata al templo y el donativo quedó debidamente registrado.
El número de objetos era enorme. Entonces tuvo lugar uno de esos fantásticos saltos inventivos. En Mesopotamia convivían dos lenguas, el sumerio (lengua no semítica) y el acadio (semítica). En vez de utilizar los signos para designar objetos, los utilizaron para simbolizar sonidos. Cada signo empezó a representar el sonido de la sílaba que más se parecía a la palabra sumeria, y luego se adaptó a otras lenguas, como el acadio. Uniendo varios signos, se podía escribir el sonido de una palabra.

La invención de la escritura despertó la pasión por escribir. Se conservan unas 500.000 tablillas y, sin duda, se han perdido muchas más. Fueron millares, decenas de millares, las que salían todos los días de las manos de los escribas durante los milenios tercero, segundo y primero. Conocemos los nombres de muchos de ellos, porque lo indicaban como señal de autenticidad. Rodeados de gran prestigio, se convirtieron en pieza clave de la administración y del gobierno. Shulgi, un rey sumerio, hacia el 2000 a.C. se jactaba: «De joven estudié el arte del escriba en la casa de las tablillas. Nadie de noble cuna puede escribir una tablilla como yo puedo».
Hacia 1750 a.C. se produjo la primera rebelión de siervos y campesinos, cansados de la brutal explotación en las pirámides y grandes construcciones. De dicha rebelión existen documentos egipcios en el Museo de Leyden, Holanda. Uno de ellos dice: «La capital del rey fue ocupada y el rey apresado por los pobres». En su Biblioteca Histórica Diodoro Sículo anota: «No es posible volver la vista a estos desdichados, los condenados a trabajos forzados en las minas de oro situadas entre Egipto, Etiopía y Arabia, que ni siquiera pueden tener sus cuerpos limpios. Allí no hay miramientos ni piedad para los enfermos. Todos tienen que trabajar, azotados por el látigo, hasta que la muerte viene a librarlos de sus tormentos».

Una religión universal, un derecho de todas las gentes, un esbozo de ética general basada en la religión y el imperio como organización de la diversidad fueron nuevas ideas unificadoras que llegaron para quedarse. Lo mismo sucedió con el dinero, un formidable sistema simbólico. El dinero fue creado muchas veces y en muchos lugares. Su desarrollo no necesitó grandes descubrimientos tecnológicos: fue una revolución puramente mental. Implicó la creación de la nueva realidad intersubjetiva que solo existe en la imaginación compartida de la gente. Las conchas blancas o cauris se utilizaron como moneda durante unos 4.000 años en África, el sudeste asiático, Asia oriental y Oceanía. «En el siglo XVII la trata de esclavos se hacía usando dos monedas: la plata y las conchas de cauri.» A principios del siglo XX, en la Uganda británica todavía podían pagarse los impuestos mediante cauris.
El dinero es una gran invención del pensamiento simbólico.
Desde que nació, el dinero tiene tres funciones principales:
a. Medio de cambio, o mejor aún, de intercambio. El trueque se simplificó cuando cada cosa pudo cambiarse por una tercera —el dinero— que se podía fraccionar. Introduce una fractura en la economía muy parecida a la que hemos visto en general entre realidad y ficción. Se rompe el intercambio basado en el valor, para duplicarse o ser sustituido por el intercambio basado en el precio. Esa fue una de las ideas centrales de Karl Marx.
b. Unidad de cuenta. Permite homogeneizar los precios. El precio de cualquier cosa puede medirse y calcularse en dinero. En el sistema de trueque era difícil calcular cuánto trigo costaba un azadón, y cuántos azadones costaba una vaca. ¿Cuánto costaría una gallina calculada en «vacas»? ¿Una pata? ¿Dos orejas? El dinero resolvió estas dificultades. Todo se podía traducir a una lengua universal. El dinero funcionó como un esperanto aritmético del trueque.
c. Reserva de valor. El dinero permite guardar nuestra capacidad de compra para emplearla cuando queramos. Es una fantástica ampliación de nuestras posibilidades porque nos permite aplazar las decisiones de compra o de inversión. En el sistema de trueque, el agricultor tenía que cambiar rápidamente sus productos por otras mercancías, las necesitara o no, para evitar que su cosecha se pudriera.
El invento del dinero fue, pues, brillantísimo. Ha sido el gran motor del progreso económico humano. Al ser un símbolo, entra en el juego fantástico de los símbolos, como el lenguaje, que nos sirve para entendernos o para engañarnos, para describir rigurosamente la realidad o para crear mundos imaginarios, para elaborar planes que después se pueden «realizar». Es una ficción que, como otras ficciones políticas o económicas, sirve para resolver problemas reales. El dinero permite la formación de «capital» con mucha facilidad. Si muchas personas aportan una pequeña cantidad para crear una empresa, se acumula el capital necesario, es decir, se aumentan las posibilidades de producir.
El dinero es una ficción que solo funciona cuando la gente confía en él. La confianza en las monedas de Roma fue tan grande que en el siglo I d.C. eran aceptadas en la India, aunque la legión romana más cercana estaba a miles de kilómetros. El nombre denario se convirtió en término genérico para nombrar las monedas. Los califas árabes arabizaron el nombre y acuñaron dinares…

La renovación del hinduismo pasa por el desarrollo de tradiciones orientadas hacia divinidades o grupos de estas: Shiva, Vishnú y sus encarnaciones, y la diosa madre Devi. Aunque estas tradiciones cuentan con sus propios textos y ritos, se mantienen dentro del hinduismo, pues comparten la teología védica. También surgen los movimientos de cultos populares (bhakti) que rechazan la ortodoxia brahmánica e introducen un monismo orientado a la salvación mediante la devoción a un dios personal. Su fervor místico y devocional será definitorio en el carácter del hinduismo.
Otro gran cambio en el mundo religioso del subcontinente viene dado por la desaparición del budismo indio, que declina a lo largo de los siglos medievales. Entre los motivos de su ocaso se han señalado diversos factores: las incursiones de los hunos (siglos V-VI), que destruyen las comunidades del Indo; la tolerancia del budismo con respecto a otras religiones; su carácter esencialmente monástico, que prestaba poca atención al mundo laico y dependía en exceso del patrocinio regio; la invasión musulmana, que saqueó muchos de los monasterios y, sobre todo, la revitalización de la tradición hinduista y la ola de movimientos devocionales, que adoptaron algunas de las necesidades que venía a cubrir el budismo, como la preocupación por la salvación personal. El budismo, una de las grandes creaciones indias, dejará de tener una presencia apreciable en su tierra de origen.

El siglo XVIII es el gozne sobre el que gira la segunda era axial. Ocurren cambios en el modo de pensar, en la organización política, en la ciencia. Muchas de las herramientas mentales inventadas en ese periodo siguen utilizándose, por eso podemos hablar de la llegada de la «modernidad». En Europa es una época satisfecha de sí misma, es el Siècle des Lumières, la era de la Aufklärum, del Illuminismo, del Enlightenment, de las Luces. Kant define la Ilustración como el momento en que la razón alcanza su mayoría de edad. «La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. Incapacidad significa imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Es culpable porque no está causada por falta de inteligencia, sino de decisión y valor para liberarse. Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración.»
En el siglo XVIII llegan a su plenitud movimientos ya iniciados en siglos anteriores. La reflexión sobre el conocimiento y sobre la política, la defensa de los derechos subjetivos, el deseo de limitar el poder, la búsqueda de la felicidad objetiva. Lo implícito se hizo explícito. El deseo de felicidad, que ha movido siempre al ser humano, entró en el campo político. Simplificando mucho, podríamos decir que la primera era axial se ocupó de la felicidad íntima, de la perfección individual; y la segunda, de la felicidad social, de la perfección social, como requisito para aquella. La «Declaración de los derechos del buen pueblo de Virginia» (1776) afirmaba que los hombres tienen por naturaleza el derecho a buscar y obtener la felicidad, y la «Declaración de Independencia» de Estados Unidos (1776) proclama que el fin del gobierno es alcanzar la seguridad y la felicidad.

El siglo XX puede servirnos como gigantesco resumen de la historia del ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor.
El comienzo de siglo fue optimista. Se llama Belle Époque al periodo comprendido entre la guerra franco-prusiana de 1871 y la Primera Guerra Mundial. Las exposiciones universales de 1889 y 1900, celebradas en París.
Las dos guerras mundiales produjeron un desolador escepticismo acerca del poder de la civilización para detener el horror. Vivíamos en «la hora veinticinco», aquella en la que ni siquiera un dios podría salvarnos. Ni las religiones, ni la ciencia, ni la técnica, ni el arte, ni la economía ni las ideologías políticas fueron capaces. El existencialismo extrajo las consecuencias: «El hombre es una pasión inútil». «El infierno son los otros.» Pero una vez más, el sapiens se rehízo, continuó su marcha en busca de la felicidad objetiva.

La globalización también es un fenómeno cultural. Según Peter Berger, la globalización cultural potencia la autonomía del individuo por encima de la colectividad y de sus tradiciones. Este cambio se ha percibido en muchas culturas como un modo de socavar la autoridad tradicional, y en cierto sentido es así. En realidad, se produce un complejo solapamiento, por el cual el proceso de modernización —urbanización, industrialización, creciente individualismo—, que renuncia a las tradiciones rurales, comunitarias y jerárquicas, se ve considerablemente acelerado por la globalización.
Por otra parte, el movimiento de liberación de la mujer o movimiento feminista supone una de las mutaciones más revolucionarias que vive el siglo XX. Una vez conseguido el voto, el movimiento feminista se centra en la lucha contra la discriminación, en la crítica de las estructuras sexistas de poder y en la concienciación ante las desigualdades en la familia y el trabajo. El cambio social logrado en el siglo XX en este aspecto es extraordinario y repercute en todos los órdenes de la vida y la cultura, desde la política y los derechos hasta el lenguaje, la religión, el trabajo o la educación. Su impacto no se limita al mundo occidental, sino que, como sucede con muchos otros fenómenos culturales desencadenados en Occidente, transciende sus fronteras culturales y afecta al resto del mundo.
Desde la década de los sesenta se inicia un proceso de liberación sexual en parte inducida por el desarrollo de los medios de comunicación de masas, en parte por los avances médicos (píldora anticonceptiva, control de la sífilis), e incluso también por la tensión causada por la guerra fría y el temor a la destrucción total, que generan diversas reacciones contraculturales en Occidente. Se inicia en las regiones más ricas de Europa occidental y Estados Unidos, para luego extenderse al resto del mundo occidental y afectar también a otras culturas del planeta. Este conjunto de procesos llega hasta nuestros días y supone transformaciones radicales en las costumbres y comportamientos sociales.
La «sociedad de consumo», que se presenta como una «utopía de baja intensidad», recibe sin embargo críticas desde diversas perspectivas. La primera, respecto de su sostenibilidad, porque se basa en un consumo masivo de recursos y energía. En segundo lugar, porque supone una visión del ser humano sometido a fuerzas meramente económicas, una especie de materialismo y hedonismo light, que ha fomentado la aparición de fundamentalismos religiosos, que aspiran a «reencantar el mundo». Los fundamentalistas parten de la convicción de que luchan por su fe en un mundo que mantiene una actitud sistemáticamente hostil a la religión. Libran una guerra contra la modernidad laica.

La dignidad de la especie humana se funda en su capacidad de definirse a sí misma como dotada de dignidad, y obrar en consecuencia. Es una afirmación performativa, constituyente y precaria. Como todas las ficciones pragmáticas, la ficción ética intenta resolver un problema. Para que sea eficaz, debemos comportarnos como si no fuera una ficción. Y esto supone vivir en permanente estado de precariedad, sin saber si la espléndida ficción salvadora que nos mantiene durará siempre.

La ciencia de la evolución de las culturas podría dar origen a un nuevo humanismo, capaz de comprender las aventuras y desventuras de nuestra familia humana.
No podemos saber a qué problemas nos enfrentaremos y menos todavía cuáles pueden ser las soluciones. Solo nos hemos atrevido a señalar a qué tipo de inteligencia nos gustaría encomendar el porvenir. Una inteligencia bien informada para poder comprender la complejidad de la situación, liberada de dogmatismos que impiden desarrollar un pensamiento crítico, a salvo de los miedos que dificultan el ejercicio de la libertad, y compasiva con el dolor. Nuestra familia humana se ha visto siempre desgarrada entre la grandeza de sus aspiraciones y la frecuente miseria de sus actos. Vivimos siempre en vilo en una frontera incierta.

An interesting book but at times contains too much information and should be read slowly but recommended as a compendium of humanity.

1. The science of cultural evolution reveals the evolution of human intelligence and allows us to understand its creations, linking psychology with history. In this way, it allows us to discover the essence of the human being and remember that we belong to a single species.
2. The science of cultural evolution can help make local loyalty compatible with loyalty to all humanity.
3. The science of cultural evolution can get us to learn from history and, at a time when technology allows, it can help us make decisions about how to direct the evolution of humanity. Martha Nussbaum rightly points out the need to “teach how to think in terms of common human problems, of spheres of life in which human beings, no matter where they live, have to choose. Starting to make an intercultural comparison of these common problems will allow us to recognize a shared humanity and, at the same time, notice the considerable differences in the ways in which different cultures and individuals have faced these problems. ”
4. The science of cultural evolution allows us to verify that history does not have a definite goal, but that human beings act moved by ends, which frees our evolution from chance and allows us to discover some great evolutionary scripts: the population increases, despite wars and epidemics.
5. Finally, the science of cultural evolution allows us to enunciate a “law of the ethical progress of humanity”, although in view of the horrors of history it seems false: “When societies are liberated from extreme poverty, from ignorance, dogmatism, fear and hatred of the neighbor and the different, converge towards a universal ethical model that is characterized by respect for individual rights, rejection of unjustified discriminations, trust in reason to solve problems. , participation in political power, legal assurances and aid policies ». But those achievements are precarious, and they can collapse if the preconditions disappear. Nothing assures us a happy ending.

Studying the cultural evolution of humanity without getting lost in generalities seems a megalomaniac project, doomed to failure. You do not have to be a historian to understand that the information we have is unmanageable.
Darwin discovered an evolutionary algorithm, that is, a process that produced the appearance of species. Nature changes over time, and reality discards the less suitable variations for given conditions. The theory was incomplete until the mechanism that produced the variations was discovered: the genetic mutation. At that time, the model was more understandable. The evolution of cultures is governed by an analogous mechanism. There is a driving force that moves and directs the action: human needs, desires, expectations and passions; there is a mechanism that provides solutions to the problems posed by those desires; and there is a selection system that chooses one of the solutions and rejects the others.
Convergence is a tendency of humanity that is produced by the accumulation of myriads of individual decisions. It consists, then, in a kind of gigantic plebiscite. At a first level, there is no reason to find moral progress in that convergence. Ian Morris selects four parameters to measure what he calls human development -the increase in energy consumption, the greater destructive power of weapons, more complex organizations, more powerful media-, warning that one can not say that they are good or bad phenomena.

Our ancestors, like our animal cousins, were guided by impulses and feelings of pain and pleasure. We agree with evolutionary psychologists, especially Leda Cosmides and John Tooby, when they assert that human intelligence was formed in the Pleistocene and that it then acquired the basic structures that allowed it to create culture and change according to its own creations. We are witnessing, then, the foundations of our humanity, the emergence of “spiritual animals”, of “creative animals”. When we talk about spiritual animals we are making a mere description. A material being has created great symbolic worlds.
The e fl icacy of language, which made it extend and perfect, shows another characteristic of cultural evolutionary schemes: its expansive and accelerating character. We are in an ascending circle of interactions. Speech allowed for collective learning and facilitated the necessary cooperation to undertake common tasks such as hunting large animals. The cooperation allowed to better face the tasks of survival.

More than 1.7 million years ago, a human species abandoned the African continent for the first time. Such expansion must have occurred very slowly, as the groups moved beyond their hunting areas to settle in new areas. Thus they would penetrate south-west Asia, and throughout the generations they reached East Asia about 1.5 million years ago. The hominid that inhabited Asia is known as Homo erectus. Also, around the same time, Homo ergaster penetrates into Europe, as evidenced by the deposits of Georgia (1.7 million years ago) and Atapuerca, Spain (1.2-0.8 million years). Homo erectus knows and uses fire, is hunter, gatherer and scavenger, and makes stone tools (industries first and then achelense Olduvayense).
We will remember briefly our family tree, still full of unknowns. In Africa, Homo ergaster evolved (between 1,000,000 and 600,000 years ago) towards Homo heidelbergensis, present both in Africa and in Europe, which will be the common ancestor of Neanderthals (who have evolved in Europe and Western Asia for about 400,000 years). and of the modern Homo sapiens (that evolve in Africa from about 300,000 or 200,000 years ago).
A branch of the Eastern family headed southeast. They crossed the sea, possibly in rafts of reeds. The archaeological evidence dates from about 50,000 years ago. The current aborigines are direct descendants of the first humans that inhabited Australia, so they could be considered as one of the few and oldest populations stable over time in one place.
When Europeans arrived in Australia in the 18th century, between 200,000 and 700,000 Aborigines lived there. Hunters collectors, divided into half a thousand tribes, each of which was divided into different gangs. The tribes had their own language, religion, norms and customs.

The word civilization comes from the Latin word civis, “city”. And the word politics is related to the Greek term polis, which also means “city.” With the appearance of cities there is a leap in history: “Cities have been, from their origin, the main engine of human innovation.”
In the fourth millennium BC, the different branches of our family had settled in small towns, near easy and predictable sources of supply: food and water. The settlements were growing. The rivers Tigris, Euphrates, Nile, Indo, hosted large cities on its banks. A thousand years later the same thing happened in the vicinity of the Yellow River in China. In sub-Saharan Africa, the first city (Jenné-Jeno) was built along the Niger River in the first millennium BC. In America cities were also built, although not along rivers; In the first centuries of our era, Teotihuacán was one of the largest cities in the world.
One of the great Mesopotamian creations is the invention of a powerful mental tool: writing. It is another case of parallel invention. There is proto-writing (use of mnemonic symbols) in China since the seventh millennium, in the Indus Valley (fourth-third millennia) and in the Balkan culture of Vinča (sixth millennium). The cuneiform writing was invented in Mesopotamia around 3200 a.C. The hieroglyphic writing of Egypt, towards 3100 a.C.
The Sumerians wrote on clay tablets, and the oldest belong to the end of the fourth millennium. But they limited themselves to representing an object by a sign, which is called pictographic writing. They were interested above all to expand the memory, to record the treatment, debts, properties. It was, in its origin, an accounting system. It was a magnificent but limited advance. In this sense, the oldest reference that is conserved on the temple of Salomón is an inscription in a fragment of clay of the VII century a.C. Is it a prayer or a hymn? No. It’s a receipt. One individual donated three silver shekels to the temple and the donation was duly registered.
The number of objects was enormous. Then one of those fantastic inventive jumps took place. In Mesopotamia two languages ​​coexisted, Sumerian (non-Semitic language) and Akkadian (Semitic). Instead of using the signs to designate objects, they used them to symbolize sounds. Each sign began to represent the sound of the syllable that most resembled the Sumerian word, and then adapted to other languages, such as Akkadian. By joining several signs, you could write the sound of a word.

The invention of writing awakened the passion for writing. About 500,000 tablets are preserved and, undoubtedly, many more have been lost. There were thousands, tens of thousands, who left every day from the hands of the scribes during the third, second and first millennia. We know the names of many of them, because they indicated it as a sign of authenticity. Surrounded by great prestige, they became a key part of the administration and government. Shulgi, a Sumerian king, around 2000 a.C. he boasted: “As a young man I studied the art of the scribe in the house of the tablets. Nobody of noble birth can write a tablet as I can ».
Towards 1750 a.C. the first rebellion of serfs and peasants took place, tired of the brutal exploitation in the pyramids and great constructions. From this rebellion there are Egyptian documents in the Museum of Leyden, Holland. One of them says: “The capital of the king was occupied and the king imprisoned by the poor.” In his Historical Library Diodoro Sículo notes: “It is not possible to look back at these unfortunates, those condemned to forced labor in the gold mines located between Egypt, Ethiopia and Arabia, who can not even have their bodies clean. There is no compassion or mercy for the sick. Everyone has to work, lashed by the whip, until death comes to free them from their torments. ”

A universal religion, a right of all peoples, an outline of general ethics based on religion and empire as an organization of diversity were new unifying ideas that came to stay. The same thing happened with money, a formidable symbolic system. Money was created many times and in many places. Its development did not need great technological discoveries: it was a purely mental revolution. It involved the creation of the new intersubjective reality that only exists in the shared imagination of people. The white shells or cauris were used as currency for about 4,000 years in Africa, Southeast Asia, East Asia and Oceania. “In the seventeenth century the slave trade was done using two coins: silver and cowrie shells.” In the early twentieth century, in British Uganda, taxes could still be paid by cauris.
Money is a great invention of symbolic thought.
Since he was born, money has three main functions:
to. Means of change, or better yet, exchange. Bartering was simplified when everything could be exchanged for a third-money-that could be divided. It introduces a fracture in the economy very similar to the one we have seen in general between reality and fi ction. The exchange is broken based on the value, to be duplicated or replaced by the exchange based on the price. That was one of the central ideas of Karl Marx.
b. Unit of account. It allows to homogenize the prices. The price of anything can be measured and calculated in money. In the barter system it was difficult to calculate how much wheat a hoe was, and how many hoes a cow cost. How much would a chicken calculated in “cows” cost? A leg? Two ears? Money solved these difficulties. Everything could be translated into a universal language. Money worked like an arithmetic Esperanto of barter.
c. Reservation of value. Money allows us to save our purchasing capacity to use it whenever we want. It is a fantastic extension of our possibilities because it allows us to postpone buying or investment decisions. In the barter system, the farmer had to quickly change his products for other goods, whether he needed them or not, to prevent his crop from rotting.
The invention of money was, therefore, very bright. It has been the great engine of human economic progress. Being a symbol, it enters into the fantastic game of symbols, such as language, which helps us to understand ourselves or to deceive ourselves, to rigorously describe reality or to create imaginary worlds, to elaborate plans that can later be “realized”. It is a fi ction that, like other political or economic fi ctions, serves to solve real problems. Money allows the formation of “capital” very easily. If many people contribute a small amount to create a company, the necessary capital is accumulated, that is, the possibilities of producing are increased.
Money is a fiction that only works when people trust him. Confidence in the coins of Rome was so great that in the first century AD. They were accepted in India, although the nearest Roman legion was thousands of kilometers away. The denarian name became a generic term to name the coins. The Arab caliphs Arabized the name and minted dinars …

The renewal of Hinduism goes through the development of traditions oriented towards divinities or groups of these: Shiva, Vishnu and their incarnations, and the mother goddess Devi. Although these traditions have their own texts and rites, they remain within Hinduism, for they share Vedic theology. Also arise the movements of popular cults (bhakti) that reject the brahmanical orthodoxy and introduce a monism oriented to salvation through devotion to a personal god. His mystical and devotional fervor will be de fi nitive in the character of Hinduism.
Another great change in the religious world of the subcontinent is given by the disappearance of Indian Buddhism, which declined throughout the medieval centuries. Among the reasons for its decline have been various factors: the incursions of the Huns (V-VI centuries), which destroy the Indus communities; the tolerance of Buddhism with respect to other religions; its essentially monastic character, which paid little attention to the secular world and depended too much on royal patronage; the Muslim invasion, which plundered many of the monasteries and, above all, the revitalization of the Hindu tradition and the wave of devotional movements, which adopted some of the needs that came to cover Buddhism, such as the concern for personal salvation. Buddhism, one of the great Indian creations, will no longer have an appreciable presence in its homeland.

The eighteenth century is the hinge on which the second axial era revolves. Changes occur in the way of thinking, in political organization, in science. Many of the mental tools invented in that period are still used, so we can talk about the arrival of “modernity”. In Europe it is a self-satisfied era, it is the Siècle des Lumières, the age of Aufklärum, of Illuminism, of Enlightenment, of Lights. Kant defines the Enlightenment as the moment when reason reaches its majority. «The illustration is the liberation of man from his guilty incapacity. Incapacity means that it is impossible to use your intelligence without the guidance of another. It is guilty because it is not caused by lack of intelligence, but by decision and courage to free itself. Sapere aude! Have the courage to serve yourself of your own reason !: here is the motto of the illustration.
In the 18th century, movements already begun in previous centuries reached their fullness. The re fl ection on knowledge and politics, the defense of subjective rights, the desire to limit power, the search for objective happiness. The implicit became explicit. The desire for happiness, which has always moved the human being, entered the political field. Simplifying a lot, we could say that the first was axial, concerned with intimate happiness, individual perfection; and the second, of social happiness, of social perfection, as a requisite for that. The “Declaration of the Rights of the Good People of Virginia” (1776) affirmed that men have by nature the right to seek and obtain happiness, and the “Declaration of Independence” of the United States (1776) proclaims that the end of government is to achieve safety and happiness.

The twentieth century can serve as a giant summary of the history of the human being, capable of the best and the worst.
The beginning of the century was optimistic. It is called Belle Époque to the period between the Franco-Prussian War of 1871 and the First World War. The universal exhibitions of 1889 and 1900, held in Paris.
The two world wars produced a desolate skepticism about the power of civilization to stop the horror. We lived in “the twenty-fifth hour,” the one in which not even a god could save us. Neither religions, nor science, nor technique, nor art, nor economics nor political ideologies were capable. Existentialism drew the consequences: “Man is a useless passion.” “The hell is the others.” But once again, the sapiens remade, continued his march in search of objective happiness.

Globalization is also a cultural phenomenon. According to Peter Berger, cultural globalization enhances the autonomy of the individual over the community and its traditions. This change has been perceived in many cultures as a way to undermine traditional authority, and in a certain sense it is so. In reality, there is a complex overlap, whereby the process of modernization – urbanization, industrialization, increasing individualism – that renounces rural, community and hierarchical traditions, is considerably accelerated by globalization.
On the other hand, the liberation movement of women or the feminist movement is one of the most revolutionary mutations of the twentieth century. Once the vote is achieved, the feminist movement focuses on the fight against discrimination, on the critique of sexist structures of power and on the awareness of inequalities in the family and work. The social change achieved in the twentieth century in this aspect is extraordinary and affects all the orders of life and culture, from politics and rights to language, religion, work or education. Its impact is not limited to the western world, but, as with many other cultural phenomena unleashed in the West, it transcends its cultural borders and affects the rest of the world.
Since the sixties, a process of sexual liberation has begun, partly induced by the development of the mass media, partly by medical advances (contraceptive pill, syphilis control), and also by the tension caused. by the Cold War and the fear of total destruction, which generate diverse counter-cultural reactions in the West. It starts in the richest regions of Western Europe and the United States, then extends to the rest of the Western world and also affect other cultures of the planet. This set of processes reaches our days and involves radical changes in social customs and behaviors.
The “consumer society”, which is presented as a “low intensity utopia”, nevertheless receives criticism from different perspectives. The first, regarding its sustainability, because it is based on a massive consumption of resources and energy. In the second place, because it supposes a vision of the human being subjected to merely economic forces, a kind of materialism and light hedonism, which has fostered the appearance of religious fundamentalisms, which aspire to “re-enchant the world”. The fundamentalists start from the conviction that they fight for their faith in a world that maintains a systematically hostile attitude to religion. They wage a war against secular modernity.

The dignity of the human species is based on its ability to define itself as endowed with dignity, and act accordingly. It is a performative, constituent and precarious affirmation. Like all pragmatic fi ctions, ethical fiction attempts to solve a problem. For it to be effective, we must behave as if it were not a fi ction. And this supposes to live in a permanent state of precariousness, without knowing if the splendid fi ction of salvation that keeps us will last forever.

The science of the evolution of cultures could give rise to a new humanism, capable of understanding the adventures and misadventures of our human family.
We can not know what problems we will face and even less what the solutions can be. We have only dared to indicate to what kind of intelligence we would like to entrust the future. A well-informed intelligence to understand the complexity of the situation, freed from dogmatisms that prevent the development of critical thinking, safe from the fears that hinder the exercise of freedom, and compassionate with pain. Our human family has always been torn between the greatness of its aspirations and the frequent misery of its actions. We live always in suspense in an uncertain border.

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4 pensamientos en “Biografía De La Humanidad: Historia De La Evolución De Las Culturas — José Antonio Marina & Javier Rambaud / Biography Of The Humanity: History Of The Evolution Of The Cultures by José Antonio Marina & Javier Rambaud (spanish book edition)

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