Peregrinación Al Kailasa — Raimon Panikkar & Milena Carrara / Pilgrimage to Kailasa by Raimon Panikkar & Milena Carrara (spanish book edition)

Un libro en busca de la espiritualidad, no soy gran lector de esta serie de libros pero tiene el interés de los retos en nosotros los mortales.
El Kailasa es un templo del Absoluto. A diferencia de cualquier mezquita, catedral o templo, no está hecho por la mano del hombre. El Kailasa simplemente existe, está allí. Ha sido descubierto como símbolo sagrado por la mayoría de las religiones del sur de Asia (bon-po, hindú, buddhista, jainista, sij, etc.). Pero ya estaba allí.
Nadie puede reclamar ningún derecho sobre el Kailasa. No es propiedad privada; no es siquiera una masa de materia cubierta de nieve y mucho menos un santuario histórico. Es un símbolo sagrado para todos aquellos que así lo reconocen y que, al reconocerlo, confieren a la montaña un nuevo grado de realidad.
Muchas peregrinaciones son arriesgadas, pero ésta lo es particularmente. Arriesgas tu vida, recorres una senda sin retorno. No dispones ni de los modernos servicios de socorro ni de los tradicionales, ya que en la larga ruta de la peregrinación desde Katmandú, Kodari, Nyalam, etc., prácticamente no hay peregrinos. Uno está solo y no hay ninguna posibilidad de escapar a la muerte si el corazón de uno se debilita. Hay que estar dispuesto a abandonar la historia y despedirse del tiempo.
El aspecto subjetivo de esta experiencia es que uno debe estar dispuesto a arriesgar la propia vida, especialmente si no se es joven y no se está entrenado para caminar a mucha altitud. Varias veces se llega casi a los 6.000 metros. Se puede estar dispuesto y preparado en teoría, pero cuando, efectivamente, llega la experiencia real, la seguridad desaparece y el coraje proléptico sirve de muy poco. La muerte deja de ser un concepto abstracto. Las palabras y pensamientos no son de ayuda y toda reflexión se desvanece.

Hay muchos espacios sagrados en el mundo, muchos lugares sagrados de peregrinación. La sacralidad del Kailasa y del Manasarovar nos ayudan a darnos cuenta de que cualquier espacio sagrado es único. Pero su carácter sagrado no está delimitado en un lugar: no hay altar, ni claustro, ni edificio. Es el espacio vacío lo que manifiesta su sacralidad, o sea, su realidad última. El aspecto maravilloso de la peregrinación es que el espacio vacío se hace visible, o mejor dicho, transparente: el vacío se llena de pura luz, el espacio está lleno de vacuidad. El Kailasa no es el límite, sino el centro.
Pero este espacio vacío está lleno de otra realidad. Está lleno de humanidad. «El Puruṣa lo llena todo.» El peregrino llena este espacio. Es un espacio humano, aquel espacio que le permite al hombre ser libre, moverse fuera de la camisa de fuerza del espacio e incluso de la historia.
El peregrino se da cuenta en el Kailasa de que todo el cosmos es uno sin confusión panteísta. Somos actores y espectadores en la aventura cósmica de nuestro destino, y en la profundidad de nuestro ser nos damos cuenta de una inmortalidad que no es propiedad privada de nuestro cuerpo o de nuestra alma, sino un don del Espíritu, el verdadero ātman, que no está tan sólo dentro de nosotros, sino también en el corazón de cada ser.

Si bien es verdad que la peregrinación es una metáfora de la vida, no es menos cierto que la vida no es una metáfora. «No podemos, por lo tanto, sino volar.» Eso es volver a posar los pies sobre la tierra con las manos vacías, ricos de una riqueza que no posee nada, volviendo al camino inagotable de la vida cotidiana.

A book in search of spirituality, I am not a great reader of this series of books but it has the interest of the challenges in us mortals.
The Kailasa is a temple of the Absolute. Unlike any mosque, cathedral or temple, it is not made by the hand of man. The Kailasa simply exists, it is there. It has been discovered as a sacred symbol by most of the religions of South Asia (bon-po, Hindu, Buddhist, Jain, Sikh, etc.). But it was already there.
No one can claim any right over the Kailasa. It is not private property; it is not even a mass of snow-covered material, let alone a historic sanctuary. It is a sacred symbol for all those who recognize it and who, recognizing it, give the mountain a new degree of reality.
Many pilgrimages are risky, but this is particularly so. You risk your life, you travel a path without return. You have neither the modern relief services nor the traditional ones, since in the long route of the pilgrimage from Kathmandu, Kodari, Nyalam, etc., there are practically no pilgrims. One is alone and there is no possibility of escaping death if one’s heart weakens. You have to be willing to abandon history and say goodbye to time.
The subjective aspect of this experience is that one must be willing to risk one’s life, especially if one is not young and one is not trained to walk at high altitude. Several times you reach almost 6,000 meters. It can be arranged and prepared in theory, but when, in fact, real experience arrives, security disappears and proleptic courage serves very little. Death ceases to be an abstract concept. Words and thoughts are not helpful and all reflection vanishes.

There are many sacred spaces in the world, many sacred places of pilgrimage. The sacredness of Kailasa and Manasarovar help us to realize that any sacred space is unique. But its sacred character is not delimited in one place: there is no altar, no cloister, no building. It is the empty space that manifests its sacredness, that is, its ultimate reality. The wonderful aspect of the pilgrimage is that the empty space becomes visible, or rather, transparent: the void is filled with pure light, the space is full of emptiness. The Kailasa is not the limit, but the center.
But this empty space is full of another reality. It is full of humanity. “The Puruṣa fills everything.” The pilgrim fills this space. It is a human space, that space that allows man to be free, to move out of the straitjacket of space and even of history.
The pilgrim realizes in the Kailasa that the entire cosmos is one without pantheistic confusion. We are actors and spectators in the cosmic adventure of our destiny, and in the depth of our being we realize an immortality that is not private property of our body or our soul, but a gift of the Spirit, the true ātman, that does not it is only within us, but also in the heart of every being.

While it is true that the pilgrimage is a metaphor for life, it is no less true that life is not a metaphor. “We can not, therefore, but fly.” That is to return to rest on the ground with empty hands, rich with a wealth that has nothing, returning to the inexhaustible path of everyday life.

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