Elogio Del Liberalismo — José María Ruíz Soroa / In Praise Of Liberalism by José María Ruíz Soroa (spanish book edition)

Sucede que el nombre “liberalismo” no surgió ni empezó a usarse hasta mediados del siglo xix, cuando de hecho el concepto y desarrollo de la cosa liberalismo político había tenido lugar en los dos siglos anteriores. Cuando apareció el vocablo, la cosa liberalismo estaba ya embutida en un ropaje más evolucionado, designado ahora por el vocablo “democracia”, con lo que el nomen liberalismo se quedó casi sin empleo y sueldo en política. Reducido a denotar a un hijo bastardo del liberalismo político, el económico o manchesteriano. Y a este aspecto, sobre todo económico (libre mercado, darwinismo social, competencia), quedó inevitablemente asociado en el uso corriente de la expresión.
Pero lo importante no es el nombre, sino el contenido. Y en eso los politólogos actuales están bastante de acuerdo (otra cosa es que les guste más o menos): el contenido estrictamente liberal de nuestras democracias modernas es mucho más importante o relevante que su contenido o parte democrática. Y no solo es más importante, sino que existe un orden secuencial obligado entre el liberalismo y la democracia, de manera que aquel es requisito previo para esta, tanto en la realidad histórica como en el desarrollo de los conceptos. El liberalismo tiene que ver sobre todo (digámoslo por ahora de forma vaga) con la libertad; la democracia, con la igualdad. Pues bien, de la libertad se puede transitar a la igualdad, esta es en parte un desarrollo obligado de aquella. Pero no funciona también a la inversa. Lo pri­­mero en el tiempo y en el pensamiento es la demoprotección, después viene la demoparticipación.

En definitiva, el individualismo no puede ni debe ser confundido con el egoísmo. Este último es un componente irradicable de la condición humana en todo tiempo y lugar; el individualismo es un fenómeno esencialmente moderno, la forma en que el individuo se adapta a las condiciones de la vida pública en las sociedades extensas.
El individualismo liberal tiene también otra consecuencia relevante: la de que lo político o, si se prefiere, el Estado, son instrumentales con respecto al fin último, que es el de garantizar la existencia libre de las personas. Lo político al servicio del individuo, no al revés. Y, no lo olvidemos, los individuos son distintos, tienen creencias e intereses diversos, son irremisiblemente plurales.
El populismo no es tanto una ideología o doctrina cuanto, más simplemente, un modo de hacer política, normalmente acompañado de un gran emocionalismo y movilización. Un modo que devalúa a la democracia liberal pero en nombre de esa misma democracia, hablando de una democracia mejor: si alcanza el poder, pone en riesgo fundamentalmente los mecanismos liberales de control del poder democrático (tiende al hiperliderazgo carismático y desdeña las instituciones de mediación entre ciudadanía y Gobierno, así como las de control judicial), e igualmente amenaza el pluralismo constitutivo de las sociedades modernas. En el fondo, más que a los concretos mecanismos de la democracia liberal, a lo que se opone y contra lo que reacciona el populismo es contra la limitación de la política, contra el confinamiento de esta en un sector de la vida, y reclama una vez más en la historia la competencia y capacidad universales de la política como actividad social.
El populista prefiere, en una época de crisis, desafiar esos límites y practicar una política de altos vuelos ideológicos sin más sostén que la voluntad de hacerlo. Es la forma degenerativa peculiar a la democracia liberal, igual que la demagogia fue la manera de degenerar de la democracia directa de los antiguos: en ambos casos se trata de reclamar el cumplimiento absoluto de la promesa democrática, justo lo con­­trario de lo que defiende la política liberal, que es limitarla.

La globalización no es sino la aplicación práctica de las ideas que Occidente ha defendido durante un par de siglos. Es decir, la extensión universal del proceso de racionalización y modernización que la Ilustración europea preconizó en germen allá por el siglo xviii. Sí, tenemos lo que hemos querido tener, lo que pasa es que ya no nos gusta.
En el tiempo que han tardado las ideas y los procesos en universalizarse, Europa se ha vuelto una sociedad avejentada y temerosa del futuro, a la que le gustaría retroceder a un momento concreto del proceso histórico y congelarlo allí. Que todo se quede como estaba en 1970, o en 1990, si en lugar de europeos norteños hablan los sureños.
Y, sin embargo, paremos mientes en ello, lo que afrontamos ahora no es algo sustancialmente diverso de lo que los liberales in nuce de tiempos pasados afrontaron hace siglos. Los problemas tienen una similitud básica, porque son en esencia los de encontrar o crear la instancia, la capacidad o la autoridad encargadas de sostener el sistema globalizado y de preocuparse por sus debilidades y sus deficiencias, así como por corregir sus inequidades. Igual que hace cientos de años se trataba de proteger al individuo de las bestias sin bridas de que habló Montesquieu.
La protección del ser humano empieza en la ley, no debemos olvidarlo. Hanna Arendt señalaba que la condición humana sería la de soportar pasiva e inexorablemente las consecuencias mecánicas y ciegas de sus propios actos si no fuera por un mecanismo que la puede salvar de ello: la capacidad que posee esa condición humana para atarse mediante promesas y, con ello, la posibilidad de crear islas de seguridad en el mar proceloso del futuro. Y no existe mejor isla que un sistema legal, por mínimo que sea.
Aunque tampoco está de más recordar otra máxima liberal: la humanidad no avanza mediante la concordia, sino a través del conflicto. Hay algo en el mundo que así lo ha querido.

Esto es un panfleto; un panfleto que elogia el liberalismo. Sé bien que suena mal en nuestra actualidad políticamente correcta autocalificar de panfleto una obra literaria, a pesar de que gran parte de lo que se escribe en su entorno político es definible como altamente panfletario. Para su condena. Y, sin embargo, entendido correctamente, el del panfleto es un género que se corresponde muy bien con la defensa honesta y firme de una posición política.

It so happens that the name “liberalism” did not emerge or begin to be used until the middle of the nineteenth century, when in fact the concept and development of the political liberalism thing had taken place in the previous two centuries. When the word appeared, the liberalism thing was already embedded in a more evolved garment, now designated by the word “democracy”, with which the nomen liberalism was left almost without a job and salary in politics. Reduced to denote a bastard son of political liberalism, the economic or Manchester. And this aspect, especially economic (free market, social Darwinism, competition), was inevitably associated in the current use of the expression.
But the important thing is not the name, but the content. And in that the current political scientists are quite in agreement (another thing is that they like it more or less): the strictly liberal content of our modern democracies is much more important or relevant than its content or democratic part. And not only is it more important, but there is an obligatory sequential order between liberalism and democracy, so that it is a prerequisite for it, both in historical reality and in the development of concepts. Liberalism has to do with everything (let’s say for now vaguely) with freedom; democracy, with equality. Well, from freedom you can move to equality, this is partly an obligatory development of that. But it also does not work the other way around. The first thing in time and in thought is the demoprotection, then comes the demo participation.

In short, individualism can not and should not be confused with selfishness. The latter is an irradicable component of the human condition at all times and places; Individualism is an essentially modern phenomenon, the way in which the individual adapts to the conditions of public life in extended societies.
Liberal individualism also has another relevant consequence: that the political or, if you prefer, the State, are instrumental with respect to the ultimate goal, which is to guarantee the free existence of people. The political at the service of the individual, not the other way around. And, let’s not forget, individuals are different, have different beliefs and interests, are irredeemably plural.
Populism is not so much an ideology or doctrine as, more simply, a way of doing politics, usually accompanied by great emotionalism and mobilization. A way that devalues ​​the liberal democracy but in the name of that same democracy, speaking of a better democracy: if it reaches power, fundamentally puts at risk the liberal mechanisms of control of democratic power (tends to charismatic hyper-leadership and disdains mediation institutions between citizenship and government, as well as those of judicial control), and also threatens the constitutive pluralism of modern societies. Basically, rather than the concrete mechanisms of liberal democracy, what it opposes and what populism reacts against is the limitation of politics, against the confinement of politics in a sector of life, and demands a once again in history, the universal competence and capacity of politics as a social activity.
The populist prefers, in a time of crisis, to defy those limits and practice a policy of high ideological flights with no support other than the will to do so. It is the degenerative form peculiar to liberal democracy, just as demagogy was the way to degenerate from the direct democracy of the ancients: in both cases it is about claiming absolute fulfillment of the democratic promise, just the opposite of what the democracy defends. liberal policy, which is to limit it.

Globalization is nothing but the practical application of the ideas that the West has defended for a couple of centuries. That is, the universal extension of the process of rationalization and modernization that the European Enlightenment advocated in the germ back in the eighteenth century. Yes, we have what we wanted to have, what happens is that we do not like it anymore.
In the time that ideas and processes have taken to become universal, Europe has become an aging and fearful society of the future, to which it would like to go back to a specific moment of the historical process and freeze it there. Let everything remain as it was in 1970, or in 1990, if Southerners speak instead of northern Europeans.
And yet, we are lying about it, what we face now is not something substantially different from what the liberals in nuce of past times faced centuries ago. The problems have a basic similarity, because they are in essence those of finding or creating the instance, the capacity or authority in charge of sustaining the globalized system and of worrying about their weaknesses and deficiencies, as well as correcting their inequities. Just as hundreds of years ago it was about protecting the individual from the beastless beasts that Montesquieu spoke of.
The protection of the human being begins in the law, we must not forget it. Hanna Arendt pointed out that the human condition would be to passively and inexorably bear the mechanical and blind consequences of its own actions if it were not for a mechanism that can save it from it: the ability of that human condition to bind itself by promises and, with this, the possibility of creating islands of safety in the stormy sea of ​​the future. And there is no better island than a legal system, however minimal.
Although it is also worth remembering another liberal maxim: humanity does not advance through concord, but through conflict. There is something in the world that has wanted it that way.

This is a pamphlet; a pamphlet that praises liberalism. I know well that it sounds wrong in our politically correct actuality to call a literary work a pamphlet, even though much of what is written in its political environment is definable as highly pamphleteering. For your condemnation. And yet, correctly understood, the pamphlet is a genre that corresponds very well with the honest and firm defense of a political position.

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