El Traidor Del Siglo — John Le Carré / The Good Soldier by John Le Carré

A partir de una historia real aparentemente anodina, un espía suizo de medio pelo, mejor dicho, un militar suizo de medio pelo, del que se aprovecha un espía soviético, Le Carré logra presentar un retrato implacable de la mediocridad de la guerra fría. Y lo hace a través de una larga entrevista con “el traidor del siglo” y gracias a su conocimiento de ese entorno, y a su maestría narrativa. Lo que da pena y dolor de todo (según el relato del autor) es que en un país como la Confederación Helvética, se cometan este tipo de equivocaciones; ya que, se suponía que era el país líder en libertad y justicia o es todo ficticio.

Jeanmaire no está hecho para ser un misterio y, mucho menos, un espía. Ni para ser suizo, porque los sentimientos se le leen en la cara, aunque él procure disimularlos. Sería el peor jugador de póquer del mundo. Tiene la cara ancha y, pese a su aparente agresividad, parece extrañamente vulnerable. Sus cejas de payaso enfadado se alzan, se juntan, se estremecen y se admiran al paso de las emociones. También su cuerpo parece estar en constante pugna consigo mismo, como si al mismo tiempo se adelantara hacia ti y se retrajera. Es bajo y, en tiempos, fue de complexión delicada, pero la lucha ha hecho de él un toro. Sus ademanes, breves y apasionados, parecen más vehementes al estar confinados a un espacio pequeño. Cualquiera que sea la época de su vida que te refiera —su infancia, el ejército, su matrimonio, la audiencia o la cárcel— adviertes en él y, a veces, hasta en ti mismo la necesidad de más espacio, más aire, más distancia.
—¡Yo no tenía acceso a información de máximo secreto! — susurra con un estremecimiento emotivo que su cuerpo apenas consigue contener—. ¿Cómo iba a revelar secretos que desconocía? ¡Lo único que hice fue dar a los rusos briznas de información inofensiva que indicaban que sería peligroso atacar a Suiza!.

Nada saben de las enormes inversiones anuales en tanques, aviones de combate y sistemas de alerta de fabricación norteamericana, ni de la defensa civil, los refugios subterráneos ni del ejército que es, proporcionalmente, después del de Israel, el mayor del mundo (con 625.000 hombres para una población de 6.500.000 habitantes) y que cuesta al contribuyente suizo el dieciocho por ciento (y ha llegado hasta el treinta por ciento) del presupuesto nacional, es decir, 5.900 millones de francos suizos.
Pero, entre todas aquellas humillaciones calculadas, lo que más le dolió, y sigue doliéndole esta noche, es que su amado ejército, también antes del juicio, le retirara la pensión «a perpetuidad». La razón, según un prestigioso periódico del momento, fue la Volkszorn, la indignación popular. «Nuestras oficinas eran objeto de la presión de ciudadanos indignados. Una avalancha de cartas exigía que no se pagara a Jeanmaire ni un céntimo más», explicó un portavoz del Fondo de Pensiones federal.

Si las razones del veredicto siguen siendo un secreto, la causa de la dura sentencia no lo es. El tribunal había hecho lo que se deseaba de él. Había convertido en espía grande a un espía pequeño. Tan enorme pena debía reflejar una enorme traición. La bruja estaba quemada, la filtración se había sellado y Estados Unidos ya no tendría que dar a Suiza trato de país comunista.
¿Existió realmente un espía importante? ¿Anda todavía por los pasillos de Berna, sabiendo que Jeanmaire pagó por él, o por ella, con doce años de cárcel? Jeanmaire no lo cree, pero en la prensa suiza abundan los rumores y, semana a semana, se suceden las teorías sobre la existencia de una conspiración. Una hipótesis que tiene mucho predicamento es la de que los rusos orquestaron toda la historia: existía un espía importante y ellos compraban su mercancía. Cuando se empezó a sospechar del espía, ellos dieron la información a la CIA y tomaron las medidas necesarias para que el pequeño espía Jeanmaire pagara los platos rotos.
Las mutuas acusaciones entre miembros del mundillo de los servicios secretos suizos son el pan de cada día: el que vendía secretos no era otro que el propio coronel Bachmann, dicen unos. No, no; era Weidenmann; era Gerber; era Santa Claus; eran todos y ninguno.
En el fondo del soldado y patriota que es Jean-Louis Jeanmaire, aunque él sería el último en reconocerlo, alentaba un hombre que estaba harto de ser suizo.

From a seemingly nondescript real story, a swiss spy and no special man, or rather a swiss military man with a medium hair, from whom a soviet spy takes advantage, Le Carré manages to present a relentless portrait of the mediocrity of the cold war. And he does it through a long interview with “the good soldier” and thanks to his knowledge of that environment, and his narrative expertise. What gives pain and pain of all (according to the author’s story) is that in a country like the Helvetic Confederation, this type of mistakes are made; since, it was supposed to be the leading country in freedom and justice or it is all fictitious.

Jeanmaire is not made to be a mystery and, much less, a spy. Nor to be Swiss, because the feelings are read in his face, although he tries to hide them. It would be the worst poker player in the world. He has a broad face and, despite his apparent aggressiveness, seems strangely vulnerable. His angry clown eyebrows rise, come together, shudder and admire the passage of emotions. Also, your body seems to be in constant conflict with itself, as if at the same time it was advancing towards you and retreating. He is short and, in times, was of delicate complexion, but the fight has made him a bull. His gestures, brief and passionate, seem more vehement to be confined to a small space. Whatever time of your life you refer-your childhood, your army, your marriage, your audience or your prison-you notice in him and, sometimes, even in yourself the need for more space, more air, more distance .
-I did not have access to top secret information! – whispers with an emotional shudder that his body can barely contain. How was he going to reveal secrets that he did not know? All I did was give the Russians bits of harmless information that indicated it would be dangerous to attack Switzerland!

They know nothing of the huge annual investments in tanks, warplanes and warning systems of North American manufacture, or civil defense, underground shelters or army that is, proportionately, after Israel, the largest in the world (with 625,000 men for a population of 6,500,000 inhabitants) and that it costs the Swiss taxpayer eighteen percent (and has reached thirty percent) of the national budget, that is, 5.9 billion Swiss francs.
But, among all those calculated humiliations, what hurt him the most, and continues to hurt him tonight, is that his beloved army, also before the trial, withdrew the pension “in perpetuity.” The reason, according to a prestigious newspaper of the moment, was the Volkszorn, the popular indignation. “Our offices were subject to the pressure of indignant citizens. An avalanche of letters demanded that Jeanmaire not be paid one cent more, “said a spokesman for the federal Pension Fund.

If the reasons for the verdict remain a secret, the cause of the harsh sentence is not. The court had done what was wanted of him. He had turned a small spy into a big spy. Such enormous grief must reflect an enormous betrayal. The witch was burned, the leak was sealed and the United States would no longer have to treat Switzerland as a communist country.
Was there really an important spy? Are you still walking through the corridors of Bern, knowing that Jeanmaire paid for him, or for her, with twelve years in jail? Jeanmaire does not believe it, but in the Swiss press rumors abound and, week after week, theories about the existence of a conspiracy follow one another. One hypothesis that has a lot of predicament is that the Russians orchestrated the whole story: there was an important spy and they bought their merchandise. When they began to suspect the spy, they gave the information to the CIA and took the necessary measures so that the little spy Jeanmaire paid for the broken dishes.
The mutual accusations between members of the Swiss secret services world are the daily bread: the one that sold secrets was none other than Colonel Bachmann himself, say some. No no; It was Weidenmann; it was Gerber; it was Santa Claus; They were all and none.
In the background of the soldier and patriot Jean-Louis Jeanmaire, although he would be the last to recognize him, encouraged a man who was tired of being swiss.

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