Un Mundo De Tres Ceros: La Economía De Pobreza Cero, Desempleo Cero Y Cero Emisiones Netas de Carbono — Muhammad Yunus / A World of Three Zeros: The New Economics of Zero Poverty, Zero Unemployment, and Zero Net Carbon Emissions by Muhammad Yunus

Pobreza, desempleo cero y cero emisiones de carbono logradas a través del emprendimiento social y la economía basada en motivos humanos reales en lugar de la avaricia egoísta que se supone que es nuestra única motivación por la economía dominante, neoclásica, capitalista. Y microcréditos a las mujeres pobres como una herramienta poderosa. Pero creo que sin otros dos “ceros”, cero crecimiento de la población y cero crecimiento económico mundial (lo que implica también una necesidad de redistribución), los tres objetivos de la pobreza, el desempleo y las emisiones de carbono seguirán siendo imposibles. Un vistazo rápido a los datos del banco mundial muestra que a pesar de que la fertilidad se redujo de 6.7 hijos / mujer a 2.1 (probablemente cerca del reemplazo), la población de Bangladesh todavía creció más rápidamente en 2015 (1.8 millones) que en 1960 (1.4 millones). La población creció de 48 millones en 1960 a 161 millones en 2015, y la superficie terrestre está disminuyendo debido al aumento del nivel del mar. Y las emisiones de CO2 por dólar del PIB se duplicaron en la última década al modernizarse Bangladesh. El libro menciona que un metro de aumento del nivel del mar desplazará a 18 millones en Bangladesh. El mundo tendrá que reducir la población humana y la producción económica para permanecer habitable. Entonces, los tres ceros son buenos, cinco ceros serían mejores y permitirían un camino viable para terminar con la pobreza y mantener el clima estable. La falla del libro es que continúa asumiendo que la empresa humana puede crecer en un planeta con una capacidad cada vez menor para apoyar a los humanos.

El nuevo trabajo del profesor Muhammad Yunus sobre pobreza, desempleo y sostenibilidad es convincente, inspirador y energizante. El libro comienza con información sobre las disfunciones en todo el mundo en la distribución de la riqueza creada por la falla de que la mayoría de los seres humanos son buscadores de trabajo, proporcionando trabajo para los pocos creadores de empleo. El audaz tratado de Yunus dice lo contrario; él cree que cada ser humano es capaz de convertirse en un empresario con infraestructuras, sistemas de apoyo y gobierno apropiados. En varios de sus otros trabajos, el profesor Yunus presenta el negocio social cuyo propósito es resolver un problema social mientras opera como un negocio.
El ganador del Premio Nobel de la Paz describe su viaje en la experimentación del sistema económico con el Banco Grameen, sus subsidiarias e industrias que produjeron un cambio sostenible en Bangladesh. Desde el éxito de la experiencia de Grameen, el cambio global ha evolucionado tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados.
Al citar evidencia de que los jóvenes rechazan el status quo del capitalismo, Yunus cree que los jóvenes serán uno de los tres “mega poderes” para transformar la sociedad. Los dos “mega poderes” restantes son tecnología y buen gobierno. Él dice apasionadamente,
“Quiero expandir el sistema al reemplazar el mundo de negocios sin opción de talla única de hoy con un mundo que ofrece dos tipos de negocios para que la gente elija … empresas tradicionales y empresas sociales y sociales que buscan maximizar los beneficios. creado para todos los seres humanos … y quiero ampliar nuestras opciones de carrera reconociendo que todos pueden ser empresarios que crean sus propias oportunidades de trabajo en lugar de confiar en otra persona … ”
En 261 páginas, Yunus presenta al capitalismo como defectuoso, pero no desesperado, con oportunidades para innovar y sostener un mejor lugar para vivir; discute la mano invisible de Adam Smith y alega que ha eludido a los pobres. Yunus cita dos veces en el libro que los ocho hombres más ricos del mundo poseen más de la mitad de la riqueza mundial. Al reestructurar la distribución de la riqueza global, utiliza el ejemplo de Mark Zuckerberg de regalar gran parte de su riqueza para contribuir a un mundo cambiado para su hija. En las páginas finales y finales del libro, Yunus discute cómo cada uno de nosotros puede ser autores y promotores del cambio. Ya sea que esté interesado en economía, emprendimiento o microfinanzas, el libro de Yunus es estimulante y una lectura obligatoria para aquellos interesados ​​en la pobreza y la redistribución de ingresos.

Los microcréditos posibilitaron que millones de personas salieran de la pobreza y esto ayudó a poner de manifiesto las deficiencias de un sistema bancario tradicional que negaba sus servicios a quienes más los necesitaban: las personas más pobres del mundo. Este es solo uno de los muchos problemas interrelacionados que sufren los pobres, como, por ejemplo, la falta de servicios institucionales, la falta de agua potable limpia y de instalaciones sanitarias, la carencia de asistencia sanitaria, la educación insuficiente, las viviendas precarias, la falta de acceso a la energía, el abandono en la vejez, entre muchos otros. Pero estos problemas no están restringidos a los países en vías de desarrollo.
La desigualdad es un tema candente en política desde hace mucho tiempo. En los últimos años han surgido poderosos movimientos políticos y sociales e iniciativas bastante ambiciosas que intentan abordar este problema. Se ha derramado también mucha sangre por causa de este asunto. Pero el problema está más lejos de resolverse que nunca. De hecho, son muchas las pruebas que demuestran que, en las últimas décadas, el problema de la brecha cada vez más pronunciada en la riqueza individual ha ido a peor. A medida que crece la economía, también lo hace la concentración de la riqueza. Esta tendencia ha continuado e incluso se ha acelerado pese a los efectos positivos que han tenido los programas de desarrollo nacional e internacional, las políticas de redistribución de la renta y otras iniciativas dirigidas a aliviar los problemas de las personas con ingresos bajos. Los microcréditos y otros programas de ayuda han permitido a mucha gente salir de la pobreza, pero al mismo tiempo los más ricos han seguido reclamando una proporción mayor de la riqueza mundial.
La tendencia hacia una concentración creciente de la riqueza resulta peligrosa, pues representa una amenaza para el progreso humano, para la cohesión social, para los derechos humanos y para la propia democracia. Un mundo en el que la riqueza se concentra en unas pocas manos es también un mundo en el que el poder político es controlado por unos cuantos, que lo utilizan en su propio beneficio.
Conforme aumenta la concentración de riqueza dentro de cada país, aumenta asimismo en unas naciones más que en otras.
Efectivamente, el capitalismo ha estimulado la innovación y el crecimiento económico. Pero en un mundo en el que se dispara la desigualdad, cada vez son más los que se preguntan si la mano invisible genera beneficios para la sociedad en su conjunto. La respuesta parece evidente. En cierto modo, la mano invisible ha de preferir a los más ricos, pues, de lo contrario, ¿cómo podría continuar aumentando la enorme concentración actual de la riqueza?
Muchos de nosotros fuimos educados en la creencia de que «el crecimiento económico es una marea creciente que levanta todos los barcos». Este dicho ignora la terrible situación de los millones de personas que se aferran a balsas con fugas o que no tienen barco alguno.

La mayoría de las tentativas de reducir el problema de la concentración de la riqueza se centran en la redistribución de los ingresos, cogiendo de los de arriba mediante una tributación progresiva y dándoles a los de abajo mediante diversos programas de transferencia monetaria.
Por desgracia, es prácticamente imposible que un Gobierno democrático logre un éxito significativo en esta materia mediante un programa de redistribución. Los más ricos, de quienes se supone que el Gobierno debe recaudar impuestos altos, son muy poderosos en términos políticos. Utilizan su desproporcionada influencia para impedir que el Gobierno dé pasos significativos en contra de sus intereses.
La verdadera solución consiste en abordar la causa, no el efecto. Hemos de rediseñar el marco económico de nuestra sociedad, pasando de un sistema regido puramente por el interés personal a un sistema en el que se reconozcan, promuevan y celebren tanto los intereses personales como los colectivos.

Uno de los mitos que alimentan el problema del desempleo es la idea de que algunas personas son incapaces de generar valor económico. Supuestamente estas personas tienen defectos o imperfecciones que las hacen inútiles y merecedoras de ser desechadas como simple basura. Conforme a esta visión, solo son aptas para recibir limosnas de las instituciones benéficas o de los Gobiernos.
Algunas personas necesitan ayuda para superar obstáculos que dificultan su acceso a trabajos que merezcan la pena. Otras tienen discapacidades físicas o psicológicas que requieren un cierto apoyo; por ejemplo, herramientas especiales o máquinas adaptadas a sus circunstancias, u horarios de trabajo adecuados a sus condiciones. Algunos trabajadores cuyos empleos han sido eliminados debido a la automatización necesitan una formación que los ayude a desarrollar nuevas destrezas. Jamás se debería haber permitido que problemas de esta índole crearan una clase amplia y permanente de desempleados como la que vemos en la mayoría de los países del mundo.
La verdad es que casi todos los seres humanos son perfectamente capaces de realizar trabajos dignos que aportan valor a la sociedad, al tiempo que les permiten ganarse la vida y mantener a sus familias.
Con el paso del tiempo, veo que habrá escasez de mano de obra, no exceso. Jóvenes, mayores, mujeres, personas con discapacidades, todos inundarán el mercado con su talento creativo y sus sorprendentes iniciativas emprendedoras. Las oficinas de empleo ya no se encargarán de buscar trabajo para la gente; en lugar de ello, se enfrentarán al reto de intentar convencer a la gente para que esté dispuesta a trabajar para otros.
Todo lo que necesitamos hacer es transformar el sistema económico, para lo cual hemos de empezar por cuestionar la ortodoxia que lo controla en la actualidad.

Cuando hablo de la necesidad de transformar el mundo y crear una nueva civilización capaz de albergar todos los valores humanos, y de resolver al mismo tiempo los principales problemas a los que se enfrenta la humanidad, a veces me encuentro con la resistencia de quienes creen que la tecnología resolverá todos nuestros problemas. Señalan los asombrosos avances científicos logrados en las últimas décadas y dicen: «Los expertos en tecnología serán capaces de solucionarlo todo. El calentamiento global, el hambre, la falta de asistencia sanitaria, los problemas educativos, la desigualdad de ingresos: todo se solucionará con los nuevos y asombros productos y servicios que desarrollarán los investigadores en los años venideros». Algunos predicen una era de abundancia en la que se colmará de riqueza a todos los habitantes del planeta. Podremos conseguir todo lo que deseemos, cuando y donde queramos, con solo tocar un botón. Supuestamente este será el resultado inevitable del increíble progreso de la ciencia que nos reportará el futuro.
Yo soy un gran entusiasta del potencial de las nuevas tecnologías. Atribuyo a la tecnología un puesto central en las masivas mejoras sociales y económicas logradas en el mundo. Pero no creo que la tecnología vaya a solucionarlo todo automáticamente. La tecnología puede obrar milagros; pero hemos de recordar que no tiene una mente propia. La tecnología es una herramienta diseñada con un propósito, y ese propósito ha sido concebido por los seres humanos. Nosotros decidimos los propósitos para los que diseñamos la tecnología, y nosotros decidimos cómo adaptarla a otros propósitos.
Vivimos en una época desafiante: unos tiempos en los que el crecimiento de la población, la desigualdad galopante, la degradación medioambiental y otros problemas están planteando serios desafíos al futuro de la especie humana. No obstante, es también una época en la que las capacidades humanas se están expandiendo como nunca antes, en buena medida gracias a los asombrosos desarrollos tecnológicos que la ciencia ha tornado accesibles en las últimas décadas. Si construimos el nuevo sistema económico y social necesario para canalizar estas tecnologías en las direcciones adecuadas, hay razones sobradas para creer que este megapoder extraordinario puede desempeñar un papel relevante a la hora de convertir el sueño de un mundo de tres ceros en una realidad maravillosa.
Un tercer megapoder que resultará crucial en la creación del nuevo sistema económico que los humanos necesitamos para sobrevivir y prosperar, es una estructura política y social que minimice los problemas de la corrupción, la injusticia y la tiranía potencial, y que respete los derechos de todas las personas.
Hay quien cree que el respeto de los derechos humanos y la necesidad de crecimiento y desarrollo económicos son dos asuntos no relacionados, o incluso que ambos imperativos entran de algún modo en conflicto. Se trata de un error que se cometió en la antigua Unión Soviética, donde las severas medidas de la represión política se justificaban algunas veces por la necesidad de hacer crecer enérgicamente la economía rusa, algo que sin duda le permitiría competir con Occidente. Ahora bien, el crecimiento económico construido mediante políticas gubernamentales despiadadas no es un crecimiento sostenible. La esencia del emprendimiento radica en la capacidad que tienen los individuos de desatar al máximo la creatividad humana. No puede germinar en un ambiente de represión y de severo control gubernamental.

La parte más ardua de la creación de un nuevo sistema económico consiste en la generación del impulso inicial para el cambio. Tal es nuestro empeño actual. La introducción de reformas en los sistemas legal y financiero forma parte de este esfuerzo. Cada reforma elimina alguna de las barreras que disuaden en la actualidad la experimentación creativa con el cambio económico.
En los años venideros, a medida que continúen multiplicándose y expandiéndose los éxitos de las empresas sociales, cada vez más gente irá uniéndose a nuestra causa. Al final nos preguntaremos por qué costó tanto tiempo que el mundo reconociera la demanda manifiesta de un sistema económico verdaderamente dedicado a la satisfacción de las necesidades humanas.
El mundo atraviesa una grave crisis. Como millones de personas, considero que el capitalismo es la causa primordial de esta crisis. Son muy pocos los que reclaman su abandono en favor de algún otro sistema, como el socialismo, pues casi todo el mundo está convencido de que, con todos sus defectos, el capitalismo continúa siendo el mejor sistema económico. No obstante, a la luz de la crisis actual, existe un apoyo decidido a la necesaria y profunda revisión de que ha de ser objeto el sistema.
Tenemos la fortuna de haber nacido en una época de grandes posibilidades, una época de tecnologías asombrosas, de enorme riqueza y de un potencial humano ilimitado. Hoy en día, las soluciones a muchos de nuestros apremiantes problemas mundiales —como el hambre, la pobreza y la enfermedad que asolan a la humanidad desde sus mismos orígenes— se encuentran a nuestro alcance. La mayoría de estas soluciones podrían acelerarse mediante un nuevo orden económico que incluya la poderosa herramienta de las empresas sociales.
En un mundo que parece estar generando noticias deprimentes cada día, podemos provocar una explosión de esperanza, demostrando que el indómito espíritu humano no tiene por qué ceder jamás a la frustración ni a la desesperación. El propósito de la vida humana en este planeta no es la mera supervivencia, sino la vida en él con gracia, belleza y felicidad. Nos corresponde a nosotros hacer que así sea. Podemos crear una nueva civilización que no se base en la codicia, sino en todo el repertorio de valores humanos. Pongámonos en marcha.

Zero poverty, zero unemployment and zero carbon emissions achieved via social entrepreneurship and economics based on real human motives instead of the selfish greed assumed to be our sole motivation by neoclassical, capitalist, mainstream economics. And microlending to poor women as a powerful tool. But I think without two more “zeros”, zero population growth and zero world economic growth (implying a need for redistribution as well), the three goals for poverty, unemployment and carbon emissions will remain impossible. A quick look at world bank data shows that despite fertility falling from 6.7 children/woman to 2.1 (probably close to replacement), Bangladesh’s population still grew faster in 2015 (1.8 million) than it did in 1960 (1.4 million). Population grew from 48 million in 1960 to 161 million in 2015, and land area is decreasing because of rising sea levels. And CO2 emissions per dollar of GDP doubled in the past decade as Bangladesh modernized. The book mentions that a meter of sea level rise will displace 18 million in Bangladesh. The world will have to downsize human population and economic output in order to remain habitable. So the three zeros are good, five zeros would be better and allow for a feasible path to ending poverty and keeping climate stable. The book’s failing is that it continues to assume the human enterprise can grow on a planet with shrinking ability to support humans.

Professor Muhammad Yunus new work on poverty, unemployment and sustainability is compelling, inspiring, and energizing. The book starts with facts on worldwide dysfunctions on the distribution of wealth created by the flaw that the majority of human beings are job seekers thus providing labor for the few job creators. Yunus’s bold treatise states the reverse; he believes every human being is capable of becoming an entrepreneur with appropriate infrastructures, support systems, and governance. In several of his other works, Professor Yunus introduces the social business which purpose is to solve a social problem while yet operating as a business.
The Nobel Peace Prize laureate describes his journey in economic system experimentation with the Grameen Bank, subsidiaries, and industries that produced sustainable change in Bangladesh. From the success of the Grameen experience, global change has evolved in both developing and developed countries.
While citing evidence that youth reject the status quo of capitalism, Yunus believes that the youth will be one of three “mega -powers” to transform society. The remaining two “mega powers” are technology and good governance. He passionately states,
“I want to expand the system by replacing today’s optionless one-size fits all business world with a world that provides two types of businesses for people to chose from. . . traditional, profit-maximizing businesses and social businesses that aim to maximize the benefits created for all human beings. . . and I want to expand our career options by recognizing that all can be entrepreneurs creating their own work opportunities rather than relying on someone else. . .”
In 261 pages Yunus presents capitalism as flawed — but not hopeless– with opportunities to innovate and sustain a better place to live; he discusses Adam Smith’s invisible hand and alleges that it has eluded the poor. Yunus cites twice in the book that the eight richest men in the world own more than half of the world’s wealth. On re-structuring the distribution of global wealth he uses Mark Zuckerberg’s example of gifting much of his wealth to contribute to a changed world for his daughter. In the final and concluding pages of the book, Yunus discusses how each of us can be authors and promoters of change. Whether you are interested in economics, entrepreneurship, or micro-finance, Yunus’s book is thought provoking and a must read for those interested in poverty and income redistribution.

The microcredits enabled millions of people to escape poverty and this helped to highlight the deficiencies of a traditional banking system that denied its services to those who needed it the most: the poorest people in the world. This is just one of the many interrelated problems that the poor suffer, such as, for example, the lack of institutional services, the lack of clean drinking water and sanitary facilities, the lack of health care, insufficient education, precarious housing, lack of access to energy, abandonment in old age, among many others. But these problems are not restricted to developing countries.
Inequality is a hot topic in politics for a long time. In recent years, powerful political and social movements and quite ambitious initiatives have emerged that attempt to address this problem. A lot of blood has been spilled because of this matter. But the problem is far from resolved as never before. In fact, there is much evidence to show that, in recent decades, the problem of the increasingly pronounced gap in individual wealth has worsened. As the economy grows, so does the concentration of wealth. This trend has continued and even accelerated despite the positive effects of national and international development programs, income redistribution policies and other initiatives aimed at alleviating the problems of low-income people. Microloans and other aid programs have allowed many people to escape poverty, but at the same time the richest have continued to claim a greater share of the world’s wealth.
The tendency towards a growing concentration of wealth is dangerous, as it represents a threat to human progress, to social cohesion, to human rights and to democracy itself. A world in which wealth is concentrated in a few hands is also a world in which political power is controlled by a few, who use it for their own benefit.
As the concentration of wealth increases within each country, it also increases in some nations more than in others.
Indeed, capitalism has stimulated innovation and economic growth. But in a world in which inequality is triggered, more and more people are asking themselves if the invisible hand generates benefits for society as a whole. The answer seems obvious. In a way, the invisible hand has to prefer the richest, because otherwise, how could the enormous current concentration of wealth continue to increase?
Many of us were educated in the belief that “economic growth is a rising tide that raises all ships.” This saying ignores the terrible situation of the millions of people who cling to rafts with leaks or do not have any boat.

Most attempts to reduce the problem of concentration of wealth focus on the redistribution of income, taking from the top by progressive taxation and giving the bottom by various monetary transfer programs.
Unfortunately, it is practically impossible for a democratic government to achieve significant success in this area through a redistribution program. The richest, of whom the government is supposed to raise high taxes, are very powerful in political terms. They use their disproportionate influence to prevent the Government from taking significant steps against their interests.
The real solution is to address the cause, not the effect. We have to redesign the economic framework of our society, moving from a system governed purely by personal interest to a system in which both personal and collective interests are recognized, promoted and celebrated.

One of the myths that fuel the problem of unemployment is the idea that some people are incapable of generating economic value. Supposedly these people have flaws or imperfections that make them useless and worthy of being discarded as simple garbage. According to this vision, they are only suitable to receive alms from charities or governments.
Some people need help to overcome obstacles that hinder their access to worthwhile jobs. Others have physical or psychological disabilities that require some support; for example, special tools or machines adapted to their circumstances, or work schedules appropriate to their conditions. Some workers whose jobs have been eliminated due to automation need training to help them develop new skills. Never should problems of this kind have been allowed to create a broad and permanent class of unemployed as we see in most countries of the world.
The truth is that almost all human beings are perfectly capable of doing decent jobs that add value to society, while allowing them to earn a living and support their families.
With the passage of time, I see that there will be a shortage of labor, not excess. Young people, seniors, women, people with disabilities, all will flood the market with their creative talent and their surprising entrepreneurial initiatives. The employment offices will no longer be in charge of looking for work for the people; instead, they will face the challenge of trying to convince people to be willing to work for others.
All we need to do is transform the economic system, for which we must begin by questioning the orthodoxy that controls it today.

When I speak of the need to transform the world and create a new civilization capable of harboring all human values, and of resolving at the same time the main problems facing humanity, I sometimes encounter the resistance of those who believe that Technology will solve all our problems. They point out the amazing scientific advances made in recent decades and say: “Technology experts will be able to solve everything. Global warming, hunger, lack of health care, educational problems, income inequality: everything will be solved with the new and amazing products and services that researchers will develop in the coming years ». Some predict an era of abundance in which all the inhabitants of the planet will be filled with wealth. We can get everything we want, when and where we want, at the touch of a button. Supposedly, this will be the inevitable result of the incredible progress of science that the future will bring us.
I am a great enthusiast of the potential of new technologies. I attribute technology to a central position in the massive social and economic improvements achieved in the world. But I do not think that technology will solve everything automatically. Technology can work miracles; but we must remember that he does not have a mind of his own. Technology is a tool designed with a purpose, and that purpose has been conceived by human beings. We decide the purposes for which we design the technology, and we decide how to adapt it for other purposes.
We live in a challenging time: a time when population growth, galloping inequality, environmental degradation and other problems are posing serious challenges to the future of the human species. However, it is also a time when human capabilities are expanding as never before, largely thanks to the amazing technological developments that science has become accessible in recent decades. If we build the new economic and social system needed to channel these technologies in the right directions, there is every reason to believe that this extraordinary megapower can play an important role in turning the dream of a three-zero world into a wonderful reality.
A third mega-power that will be crucial in creating the new economic system that we humans need to survive and prosper is a political and social structure that minimizes the problems of corruption, injustice and potential tyranny, and that respects the rights of all people.
Some believe that respect for human rights and the need for economic growth and development are two unrelated issues, or even that both imperatives are somehow in conflict. This is a mistake that was made in the former Soviet Union, where the severe measures of political repression were sometimes justified by the need to vigorously grow the Russian economy, something that would undoubtedly allow it to compete with the West. However, economic growth built through ruthless government policies is not sustainable growth. The essence of entrepreneurship lies in the ability of individuals to unleash human creativity to the maximum. It can not germinate in an environment of repression and severe government control.

The most arduous part of creating a new economic system consists in generating the initial impulse for change. Such is our current commitment. The introduction of reforms in the legal and financial systems is part of this effort. Each reform eliminates some of the barriers that currently deter creative experimentation with economic change.
In the years to come, as the successes of social enterprises continue to multiply and expand, more and more people will join our cause. In the end we will ask ourselves why it took so long for the world to recognize the manifest demand of an economic system truly dedicated to the satisfaction of human needs.
The world is going through a serious crisis. Like millions of people, I believe that capitalism is the primary cause of this crisis. There are very few who claim their abandonment in favor of some other system, such as socialism, because almost everyone is convinced that, with all its shortcomings, capitalism continues to be the best economic system. However, in light of the current crisis, there is strong support for the necessary and profound revision of what the system should be subject to.
We are fortunate to have been born in a time of great possibilities, a time of amazing technologies, enormous wealth and unlimited human potential. Today, the solutions to many of our pressing global problems – such as hunger, poverty and disease that plague humanity from their very origins – are within our reach. Most of these solutions could be accelerated by a new economic order that includes the powerful tool of social enterprises.
In a world that seems to be generating depressing news every day, we can cause an explosion of hope, demonstrating that the indomitable human spirit does not have to yield to frustration or despair. The purpose of human life on this planet is not mere survival, but life in it with grace, beauty and happiness. It is up to us to make it so. We can create a new civilization that is not based on greed, but on the whole repertoire of human values. Let’s get going.

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