Suspiros De España: El Nacionalismo Español 1808-2018 — Xosé M. Núñez Seixas / Sighs From Spain: Spanish Nationalism 1808-2018 by Xosé M. Núñez Seixas (spanish book edition)

Un interesante breve ensayo muy didáctico que sirve para seguir profundizando en el tema.
Los paradigmas interpretativos acerca del nacionalismo siguen moviéndose entre dos polos, situándose la mayoría de los enfoques historiográficos en una posición de mayor o menor cercanía a cada uno de ellos. En un extremo, se situarían las teorías primordialistas (o, según la clásica definición de Anthony Smith, geológicas), que vendrían a ser la visión modernizada del clásico concepto orgánico-historicista o esencialista de nación, procedente de la tradición cultural alemana de fines del siglo XVIII y principios del XIX. Según esa interpretación, las naciones serían realidades objetivas legitimadas por la existencia previa de factores diacríticos, entre ellos una cultura, un espíritu peculiar (Volksgeist), una historia o unas características de tipo étnico, de las que surgiría el nacionalismo como un fenómeno político derivado de la existencia previa de una nación. En el otro extremo, se sitúan las teorías constructivistas o modernistas (gastronómicas, según Smith), que a su vez se corresponden en buena parte con el concepto revolucionario de nación inaugurado por las revoluciones norteamericana y francesa a fines del setecientos: la nación sería la comunidad política integrada voluntariamente por aquellos ciudadanos que así lo eligen; y el nacionalismo, una construcción política que obedece a discursos e intereses en juego.

En consecuencia, consideramos que la nación es una realidad social que existe científicamente sólo en la medida en que sus integrantes están convencidos de su existencia. La aparición de la nación como fenómeno histórico se vincula plenamente a la irrupción de la Edad Contemporánea, en la fase durante la que los antiguos principios legitimadores de la soberanía y el poder (lealtades dinásticas y señoriales, identificación religiosa, criterios de vecindad jurídica…) entran en crisis desde finales del siglo XVIII y han de ser sustituidos por nuevos principios.
En la España contemporánea existen y han existido una serie de partidos, programas y cosmovisiones intelectuales que comparten una serie de postulados básicos que, a nuestro juicio, son suficientes para considerarlos nacionalistas españoles. Es decir: 1) la idea de que España es una nación y por tanto único sujeto soberano con derechos políticos colectivos; 2) el reconocimiento de que la condición nacional de España no deriva exclusivamente del pacto cívico expresado en una Constitución (sea la de 1812, la de 1837, la de 1931 o la de 1978), sino que España, como comunidad unida por lazos afectivos y vínculos culturales, por experiencias compartidas y por una lealtad mutua entre sus integrantes.
A principios del siglo XIX, España no era un Estado plurinacional, pero sí una comunidad política imperial y pluriétnica, como también lo eran Francia, el Reino Unido de Gran Bretaña y la gran mayoría de las monarquías europeas, con la probable excepción del Portugal continental. La diferencia respecto a otros Estados europeos a lo largo del siglo XIX radicó no tanto en la intensidad de la pervivencia de diversas identidades étnicas diferenciales en varios de sus territorios como en las lecturas políticas que se realizaron de la territorialización de la etnicidad y su alcance social. Lo que se debe poner en relación, aunque no de modo monocausal, con la incidencia social del proceso de construcción nacional española por parte del Estado mediante su acción político-institucional.
Tanto en los territorios ultramarinos de la monarquía como en la metrópoli el concepto de español fue adquiriendo rasgos específicos a lo largo del siglo XVII. En ello influía un elemento, como ha señalado Tamar Herzog: la vecindad. La condición de súbdito de la monarquía se podía adquirir mediante el arraigamiento en una comunidad y la aceptación del resto de los vecinos, y no necesariamente dependía del origen geográfico o del lugar de nacimiento.
En definitiva, existían desde la Edad Moderna diversas concepciones sobre el término «España» como comunidad política, y acerca de los «españoles» como colectivo (al igual que circulaban acepciones distintas de lo que eran los alemanes o italianos como colectivo, aunque no existiesen como Estados unificados).

Durante el primer tercio del siglo XX el nacionalismo español sufrió importantes cambios, condicionados tanto por la nueva posición de España en el concierto europeo y mundial, en tanto que potencia media, como por la conciencia creciente del atraso socioeconómico e intelectual español que aquejó a buena parte de las élites del país. A eso contribuyó además la consolidación paulatina de movimientos nacionalistas opuestos a la idea de nación española, primero en Cataluña desde 1901, en el País Vasco desde la segunda década del siglo, y en Galicia de modo más débil a partir de 1916. Aunque los partidos mayoritarios que enarbolaron las banderas de los nacionalismos alternativos eran en su mayoría autonomistas o federalistas, lo cierto es que su actuación condicionó sobremanera el desarrollo y las respuestas del pensamiento nacionalista español. Su principal adversario, tanto antes como después de la primera guerra mundial, en la que España permaneció neutral, pasaron a ser los enemigos internos.

La represión estatal fue percibida en algunos casos, y particularmente en Cataluña y el País Vasco, como una suerte de «ocupación española» consecuencia de la derrota militar en la guerra civil. Por esta razón, el régimen franquista contribuyó a reforzar la cohesión política y social de las comunidades nacionalistas periféricas, sobre todo de la vasca y catalana. La ecuación entre descentralización y democracia llevó desde la década de 1960 a una creciente ósmosis entre los postulados culturales de los nacionalismos subestatales con la izquierda de referente nacional español, huérfana de símbolos legitimados —olvidado el himno de Riego y reducida, en la práctica, la tricolor republicana a los núcleos exiliados— y alérgica a cualquier manifestación de identidad nacional española, contaminada por la hipertrofia retórica en que la envolvía la propaganda franquista. La reivindicación de la plena cooficialidad de los idiomas regionales se convirtió así en una bandera asumida, aunque al principio de forma más bien simbólica, por buena parte de la oposición antifranquista. Ello prefiguraba un cambio de actitud desde el nacionalismo español democrático: las lenguas no castellanas también eran un patrimonio de España, no en posición jerárquicamente inferior, y tampoco como concesión pragmática y «conllevante» a la realidad.

El nacionalismo español tras la muerte de Franco constituye un aparente caso de invisibilidad política. Prácticamente ninguno de los actores políticos que se identificaría con la idea de España como nación aceptaría esa etiqueta. Durante al menos dos décadas, incluso la adopción del término «patriotismo» era considerada problemática por parte de la mayoría de las fuerzas políticas del espectro democrático. España, en este caso, no es necesariamente una excepción: la mayoría de los discursos nacionalistas de Estado tienden a rechazar esa etiqueta, y a adoptar la más neutra y positiva de patriotismo.
a) La profunda deslegitimación del patriotismo español por su apropiación simbólica y discursiva por el régimen franquista. Una deslegitimación que afectó también a la continuidad de la tradición del nacionalismo español de impronta liberal-democrática que estaba presente desde el siglo XIX.
b) El aura de legitimidad paralela, devenida en una reivindicación que pasó a ser sinónimo de antifranquismo, que adquirieron los postulados políticos y culturales de los nacionalismos periféricos, a los que se acercaron, o en cuya asunción más o menos superficial y más o menos sincera coincidieron, buena parte de las izquierdas antifranquistas”
c) La ausencia de un elemento presente en otros nacionalismos de Estado tras 1945: un consenso antifascista que actuase de mito relegitimador, cuando no refundador, de la nueva comunidad nacional democrática.

La definición de España como nación de naciones, donde sólo una nación poseía la categoría de tal (España) y las otras, al ser desprovistas de soberanía, no eran naciones, sino comunidades culturales, fracasó en su objetivo de convertirse en un elemento conciliador de diversas lealtades territoriales. Tampoco el patriotismo constitucional operó como un paraguas teórico que podía integrar la amplia pluralidad de adscripciones e identidades nacionales y etnoterritoriales que coexistieron en la España democrática. Ambas fórmulas distaron además de provocar adhesiones emocionales en la totalidad del espectro político de la izquierda española. Por un lado, subsistieron posiciones que compartían rasgos reminiscentes de un jacobinismo tendencial, e incluso algunos atributos calificables de esencialistas. Según los partidarios de esta corriente, España, como realidad histórica y cultural consolidada como hecho objetivo a lo largo de siglos, y con mucha anterioridad al pacto constitucional y a los albores de la Edad Contemporánea, necesitaría de un fuerte patriotismo encarnado en su Estado central para acometer la regeneración y europeización definitiva de su cuerpo social.
La tricolor fue desempolvada por quienes reclamaban la proclamación de la Tercera República: en 2014, cuando la pérdida de legitimidad real condujo a la abdicación del monarca en favor de su hijo Felipe VI, pobló las calles de varias ciudades. Aunque el grueso de los españoles seguía apoyando la monarquía constitucional, los colores republicanos lucieron también en las movilizaciones por la regeneración o contra los recortes presupuestarios aplicados en plena depresión, e incluso en las revolucionarias o soberanistas del nacionalismo de izquierdas en Euskadi, Cataluña o Galicia.
Al mismo tiempo, el uso de la enseña constitucional se extendió de manera notable y desbordó las previsiones de la ley en contextos informales. Fuera de los territorios con una influencia decisiva de los nacionalismos alternativos, la rojigualda podía verse ya en los años noventa en diversas celebraciones, locales y hasta privadas. Pero fue a principios del nuevo siglo, con motivo de los abundantes éxitos del deporte español en competiciones internacionales, cuando se desató un gusto febril por exhibir enseñas bicolores en público, acompañadas por exégesis patrióticas que arrumbaban el pesimismo corriente hasta entonces.
Los años transcurridos desde 2003 contemplaron una exacerbación continua del enfrentamiento entre los nacionalismos subestatales y el español, un choque agudizado tras el regreso del PP al gobierno en 2011. Cada cual con sus símbolos, ahora contrapuestos y en buena medida excluyentes, tuvo lugar una escalada de la que los nacionalistas vascos se descolgaron pronto, y en la que los catalanistas llevaron ahora la voz cantante. Las masivas expansiones simbólicas se convirtieron en un elemento habitual.

Desde 1975 el discurso patriótico español ha aceptado, con mayor o menor entusiasmo, que el pluralismo cultural constituye una parte constitutiva de la esencia de España.
Por otro lado, los límites de aquel pluralismo, y en particular hacia la propia tolerancia práctica hacia la diversidad cultural y etnoterritorial dentro del territorio español, distan de estar fijados de manera unívoca y consensuada. Ahí surgen las diferencias. Para buena parte de los «patriotas» españoles, el plurilingüismo como realidad social y cultural institucionalizada es todavía dificil de aceptar, incluso dentro de los límites fijados por la Constitución de 1978.
¿Se ha radicalizado el nacionalismo español en el último decenio? Desde 2004, su tendencia conservadora ha experimentado sin duda una deriva progresiva hacia una lectura restrictiva, cuando no neocentralista, de la Constitución de 1978 y del sistema autonómico. Los antiguos ensayos teóricos acerca del «patriotismo constitucional» a la española en el partido conservador cayeron en el más absoluto de los olvidos. De ellos sólo quedó un motivo central: la invocación a la Constitución como un texto inmodificable —para lo que conviene—, como un lugar de memoria; pero no a los valores que esa Carta Magna reconoce y le sirven de fundamento, auténtica formulación original.
El nacionalismo español, por lo tanto, dista de haber encontrado una fórmula idónea para afrontar los retos que se le presentan en la segunda década del siglo XXI. Anclado en sus viejos dilemas heredados de la Transición, ha sido también incapaz desde hace varios lustros de dar respuestas teóricas imaginativas. Si algo parece imperar en las principales variantes del discurso patriótico español en la actualidad, es una búsqueda de un futuro en el pasado. Un futuro que, para unos, es el statu quo garantizado por la Constitución de 1978, un límite a la descentralización o evolución del Estado de las autonomías que refuerce las competencias del Estado central y corrija los «excesos» de aquél.
Ante este panorama, sorprende poco que algunas propuestas soberanistas desde la periferia hayan sido o sean más modernas, incidan de modo más convincente en la superación de los clichés clásicos del nacionalismo romántico, y por tanto sean más capaces de seducir a significativos sectores de población con discursos cívicos e inclusivos. Y aún sería menos sorprendente que, en una eventual España sin Cataluña, la reacción del nacionalismo español fuese la de postular la homogeneización cultural y simbólica de su territorio, y procediese a hacer tábula rasa de la descentralización. Una España más pequeña y homogénea, y por tanto menos plural.

Las identidades compartidas en el siglo XXI son aún mayoritarias en el territorio español, si bien con notorias desigualdades territoriales. Pero es un hecho evidente que la identidad nacional española a principios del siglo XXI todavía experimenta agudos problemas de legitimación simbólica. Ni la bandera bicolor ni el himno, la Marcha Real, han conseguido suscitar hasta fechas recientes una adhesión sentimental semejante a la que despiertan en otros países, si bien la recuperación del prestigio exterior y la autoestima de la identidad española ha sido un proceso igualmente constatable desde fines del siglo XX. Los símbolos informales, creados en parte por la sociedad de la información y la generalización de modelos de consumo cultural masivo, sí han sido capaces de extenderse y de trivializar la identidad nacional española, extendiéndola y convirtiéndola en un objeto de consumo.

An interesting short essay very didactic that serves to further deepen the subject.
Interpretive paradigms about nationalism continue to move between two poles, with most of the historiographical approaches in a position of greater or lesser proximity to each of them. At one extreme, the primordialist theories (or, according to the classic definition of Anthony Smith, geological) would be placed, which would become the modernized vision of the classic organic-historicist or essentialist concept of nation, coming from the German cultural tradition at the end of eighteenth century and early nineteenth. According to this interpretation, nations would be objective realities legitimized by the previous existence of diacritical factors, among them a culture, a peculiar spirit (Volksgeist), a history or characteristics of an ethnic type, from which nationalism would emerge as a derived political phenomenon. of the previous existence of a nation. At the other extreme, the constructivist or modernist theories (gastronomic, according to Smith), which in turn correspond largely to the revolutionary concept of nation inaugurated by the American and French revolutions at the end of the seventeenth century: the nation would be the political community voluntarily integrated by those citizens who so choose; and nationalism, a political construction that obeys speeches and interests at stake.

Consequently, we consider that the nation is a social reality that exists scientifically only insofar as its members are convinced of its existence. The emergence of the nation as a historical phenomenon is fully linked to the irruption of the Contemporary Age, in the phase during which the old legitimating principles of sovereignty and power (dynastic and stately loyalties, religious identification, legal neighborhood criteria .. .) are in crisis since the end of the eighteenth century and have to be replaced by new principles.
In contemporary Spain there exist and have existed a series of parties, programs and intellectual worldviews that share a series of basic postulates that, in our opinion, are sufficient to consider them Spanish nationalists. That is to say: 1) the idea that Spain is a nation and therefore a sole sovereign subject with collective political rights; 2) the recognition that the national condition of Spain does not derive exclusively from the civic pact expressed in a Constitution (be it 1812, 1837, 1931 or 1978), but that Spain, as a community united by affective ties and cultural links, shared experiences and mutual loyalty among its members.
At the beginning of the 19th century, Spain was not a plurinational State, but an imperial and multi-ethnic political community, as were France, the United Kingdom of Great Britain and the great majority of European monarchies, with the possible exception of mainland Portugal. . The difference with respect to other European states throughout the nineteenth century was rooted not so much in the intensity of the survival of different ethnic identities in various of their territories as in the political readings that were made of the territorialization of ethnicity and its social scope . What should be related, although not in a monocausal way, to the social impact of the Spanish national construction process by the State through its political-institutional action.
Both in the overseas territories of the monarchy and in the metropolis the concept of Spanish was acquiring specific features throughout the seventeenth century. This was influenced by an element, as Tamar Herzog pointed out: the neighborhood. The subject status of the monarchy could be acquired by rooting in a community and accepting the rest of the neighbors, and not necessarily depending on the geographical origin or place of birth.
In short, there were various conceptions of the term “Spain” as a political community, and of the “Spaniards” as a collective (as there were different meanings of what the Germans or Italians were as a collective, even though they did not exist as unified states).

During the first third of the 20th century Spanish nationalism underwent important changes, conditioned both by the new position of Spain in the European and world concert, as a medium power, as well as by the growing awareness of the Spanish socio-economic and intellectual backwardness that afflicted part of the country’s elites. This was also helped by the gradual consolidation of nationalist movements opposed to the idea of ​​a Spanish nation, first in Catalonia since 1901, in the Basque Country since the second decade of the century, and in Galicia weaker since 1916. Although the parties Majority that raised the flags of alternative nationalisms were mostly autonomists or federalists, the truth is that their performance greatly conditioned the development and responses of Spanish nationalist thought. Its main adversary, both before and after the First World War, in which Spain remained neutral, became internal enemies.

State repression was perceived in some cases, and particularly in Catalonia and the Basque Country, as a kind of “Spanish occupation” as a consequence of the military defeat in the civil war. For this reason, the Franco regime helped to strengthen the political and social cohesion of the peripheral nationalist communities, especially the Basque and Catalan. The equation between decentralization and democracy led from the 1960s to a growing osmosis between the cultural postulates of subnational nationalisms with the left of Spanish national referent, orphan of legitimized symbols – the hymn of Irrigation was forgotten and, in practice, the tricolor republican to the exiled nuclei- and allergic to any manifestation of Spanish national identity, contaminated by the rhetorical hypertrophy in which Franco’s propaganda enveloped it. The demand for full co-officiality of regional languages ​​thus became an assumed banner, although at the beginning in a rather symbolic way, for a good part of the anti-Francoist opposition. This foreshadowed a change of attitude from democratic Spanish nationalism: non-Castilian languages ​​were also a heritage of Spain, not in a hierarchically inferior position, nor as a pragmatic and “conniving” concession to reality.

Spanish nationalism after Franco’s death constitutes an apparent case of political invisibility. Virtually none of the political actors that would identify with the idea of ​​Spain as a nation would accept that label. For at least two decades, even the adoption of the term “patriotism” was considered problematic by most of the political forces on the democratic spectrum. Spain, in this case, is not necessarily an exception: most nationalist state discourses tend to reject that label, and to adopt the most neutral and positive of patriotism.
a) The profound delegitimization of Spanish patriotism for its symbolic and discursive appropriation by the Franco regime. A delegitimization that also affected the continuity of the Spanish nationalist tradition of liberal-democratic imprint that was present since the 19th century.
b) The aura of parallel legitimacy, turned into a claim that became synonymous with anti-Francoism, which acquired the political and cultural postulates of peripheral nationalisms, which they approached, or in whose assumption more or less superficial and more or less sincere they agreed, good part of the anti-Franco lefts ”
c) The absence of an element present in other State nationalisms after 1945: an antifascist consensus that acts as a relegitimating myth, if not a refoundering one, of the new democratic national community.

The definition of Spain as a nation of nations, where only one nation possessed the category of such (Spain) and the others, being devoid of sovereignty, were not nations, but cultural communities, failed in their goal of becoming a conciliatory element of various territorial loyalties. Nor did constitutional patriotism operate as a theoretical umbrella that could integrate the wide plurality of national and ethnoterritorial ascriptions and identities that coexisted in democratic Spain. Both formulas apart from causing emotional attachments in the entire political spectrum of the Spanish left. On the one hand, there were positions that shared features reminiscent of a tendency Jacobinism, and even some qualifying attributes of essentialists. According to the supporters of this current, Spain, as a historical and cultural reality consolidated as an objective fact over the centuries, and long before the constitutional pact and the dawn of the Contemporary Age, would need a strong patriotism embodied in its central State to undertake the regeneration and definitive Europeanization of its social body.
The tricolor was dusted off by those who claimed the proclamation of the Third Republic: in 2014, when the loss of real legitimacy led to the abdication of the monarch in favor of his son Philip VI, populated the streets of several cities. Although the bulk of the Spaniards continued to support the constitutional monarchy, the republican colors also showed in the mobilizations for regeneration or against budget cuts applied in full depression, and even in the revolutionary or sovereignty of left-wing nationalism in Euskadi, Catalonia or Galicia .
At the same time, the use of the constitutional banner extended significantly and exceeded the provisions of the law in informal contexts. Outside the territories with a decisive influence of alternative nationalisms, the red-colored one could already be seen in the nineties in various celebrations, local and even private. But it was at the beginning of the new century, on the occasion of the abundant successes of Spanish sport in international competitions, when a feverish taste was unleashed for exhibiting two-color banners in public, accompanied by patriotic exegesis that ruined the current pessimism.
The years since 2003 saw a continuous exacerbation of the confrontation between sub-national and Spanish nationalisms, a sharp shock after the return of the PP to the government in 2011. Each one with its symbols, now opposed and largely excluding, took place an escalation from which the Basque nationalists soon fell off, and in which the Catalanists now took the lead. The massive symbolic expansions became a habitual element.

Since 1975 the Spanish patriotic discourse has accepted, with greater or lesser enthusiasm, that cultural pluralism constitutes a constitutive part of the essence of Spain.
On the other hand, the limits of that pluralism, and in particular towards one’s own practical tolerance towards cultural and ethnoterritorial diversity within Spanish territory, are far from being established in a univocal and consensual manner. There the differences arise. For a large part of the Spanish “patriots,” plurilingualism as an institutionalized social and cultural reality is still difficult to accept, even within the limits set by the 1978 Constitution.
Has Spanish nationalism been radicalized in the last decade? Since 2004, its conservative tendency has undoubtedly experienced a progressive drift towards a restrictive, if not neo-centralist, reading of the 1978 Constitution and the autonomic system. The old theoretical essays about “constitutional patriotism” to the Spanish in the conservative party fell into the most absolute oblivion. Of them there remained only one central motive: the invocation of the Constitution as an unchangeable text-for what is convenient-as a place of memory; but not to the values ​​that this Magna Carta recognizes and serve as a foundation, an authentic original formulation.
Spanish nationalism, therefore, is far from having found a suitable formula to face the challenges presented to it in the second decade of the 21st century. Anchored in his old dilemmas inherited from the Transition, he has also been unable for decades to give imaginative theoretical answers. If something seems to prevail in the main variants of Spanish patriotic discourse today, it is a search for a future in the past. A future that, for some, is the status quo guaranteed by the 1978 Constitution, a limit to the decentralization or evolution of the State of autonomy that reinforces the powers of the central State and corrects the “excesses” of the former.
Given this panorama, it is little surprise that some sovereignty proposals from the periphery have been or are more modern, have a more convincing impact on overcoming the classic clichés of romantic nationalism, and therefore are more capable of seducing significant sectors of the population with civic and inclusive discourses. And it would be even less surprising that, in an eventual Spain without Catalonia, the reaction of Spanish nationalism was to postulate the cultural and symbolic homogenization of its territory, and proceeded to make a clean slate of decentralization. A smaller and more homogeneous Spain, and therefore less plural.

The identities shared in the 21st century are still majority in the Spanish territory, although with well-known territorial inequalities. But it is an obvious fact that Spanish national identity at the beginning of the 21st century still experiences acute problems of symbolic legitimation. Neither the bicolor flag nor the anthem, the Royal March, have managed to arouse until recently a sentimental adhesion similar to that awaken in other countries, although the recovery of external prestige and self-esteem of the Spanish identity has been an equally observable process since the late twentieth century. The informal symbols, created in part by the information society and the generalization of models of mass cultural consumption, have been able to spread and trivialize the Spanish national identity, extending it and converting it into an object of consumption.

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