La CIA Y El Culto Del Espionaje — Victor Marchetti & John D. Marks / The CIA And The Cult Of Intelligence by Victor Marchetti & John D. Marks

Victor Marchetti (nacido en 1930) es un ex asistente especial del Director Adjunto de la Agencia Central de Inteligencia y crítico prominente de la Comunidad de Inteligencia de los Estados Unidos y del lobby israelí en los Estados Unidos. Él renunció a la CIA en 1969, escribiendo una exposición de la CIA en The Rope Dancer (Danza de la soga). 168 pasajes de este libro de 1974 fueron censurados por el gobierno federal en los tribunales antes de su publicación. El editor conservó los espacios en blanco en el libro que indicaban los pasajes censurados, con letras en negrita para los pasajes que fueron cuestionados pero que luego fueron censurados.
Escribió en el Prefacio, “por lo tanto, decidí escribir un libro … expresando mis opiniones sobre la CIA y explicando las razones por las que creo que ha llegado el momento de que la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos sea revisada y reformada …” (pág. .xiii), luego agregado en la Introducción, “la divulgación de información ‘secreta … es un tónico que mejora la salud de nuestra nación”. (Pg. Xxiv)
Él opina desde el principio, “aprovechar a los operadores clandestinos de la agencia no es la solución completa, ni siquiera básica, al problema de la CIA. La clave … es controlar y exigir la rendición de cuentas de aquellos en la Casa Blanca y en otras partes del gobierno que dirigen o aprobar, y luego esconderse, la CIA y sus operaciones encubiertas “. (Pág. 20) Afirma que hay un “conflicto de intereses incorporado en el sistema”, porque “la CIA es la única agencia con el conocimiento específico para evaluar los méritos” o un plan propuesto, y “la CIA es El brazo de acción que lleva a cabo los planes una vez aprobados. ” (Pg. 39)
Señala que “hasta donde se conoce públicamente, ningún oficial de carrera de la CIA ha demostrado ser un espía enemigo”. (Pg. 217) Comenta que “Los conspiradores de Watergate … no cuestionaron la legalidad ni la moralidad de sus métodos; tampoco lo hacen la mayoría de los operadores de la CIA”. (Pg. 250) Observa con sequedad que “La inclinación por el secreto a veces adquiere un aire de ridiculez. Se otorgan medallas secretas por un rendimiento sobresaliente, pero no se pueden usar ni mostrar fuera de la agencia”. (Pg. 273) Son “bastante tolerantes a la cohesión sexual entre sus empleados” y “Muchos funcionarios de agencias son conocidos por su consumo excesivo de alcohol”. (Pg. 285-286)
Sugiere significativamente que “la crisis de los misiles cubanos ilustró las limitaciones inherentes de la inteligencia, entre las que destaca que ciertos eventos simplemente no pueden predecirse con exactitud o confianza”. (Pg. 311) Concluye que “la CIA no está defendiendo nuestra seguridad nacional. Busca más bien mantener el status quo, frenar el reloj cultural, en áreas que tienen poca o ninguna importancia para el pueblo estadounidense”. (Pg. 373) Añade: “En cuanto a las tareas paramilitares de la CIA, no tienen lugar en una agencia de inteligencia, ni lugar en una sociedad democrática”. (Pg. 377)
Si bien tienen más de 35 años, es interesante cómo algunas de las críticas de Marchetti todavía se pueden hacer hoy.

Existe en nuestro país actualmente una secta secreta, peligrosa y poderosa: la secta del espionaje.
Sus oficiantes son los profesionales clandestinos de la «Central Intelligence Agency». Sus patronos y protectores, los funcionarios de mayor rango del Gobierno federal. Entre sus fieles, que no sólo se hallan en los círculos gubernamentales, se cuentan personas situadas en los centros decisorios de la industria, el comercio, las finanzas y los sindicatos. Tiene amigos numerosos en campos de gran influencia pública… el mundo universitario y los medios de comunicación social. La secta del espionaje es una cofradía secreta de la aristocracia política norteamericana.
El fin de esta secta es la promoción de la política exterior del Gobierno de los Estados Unidos utilizando medios encubiertos y a menudo ilegales, esforzándose al mismo tiempo en contener la expansión de su enemigo declarado, el comunismo.
La CIA constituye a la vez el centro y el instrumento principal de la secta del espionaje. Se dedica al espionaje y al contraespionaje, a la propaganda y a la intoxicación informativa (o sea, la propagación deliberada de falsas noticias), a la guerra psicológica y a actividades paramilitares. Se infiltra en instituciones privadas, a las que manipula, y cuando lo considera necesario crea sus propias organizaciones (que llama «propiedades»). Recluta agentes y mercenarios; soborna a funcionarios extranjeros o les somete a chantaje para obligarles a llevar a cabo los trabajos más desagradables. Hace todo lo necesario para alcanzar lo que se propone, sin ninguna consideración ética, sin tener en cuenta las consecuencias morales que puedan acarrear sus acciones. En su calidad de instrumento para la acción secreta de la política exterior norteamericana, el arma más poderosa de la CIA es la intervención encubierta en los asuntos internos de aquellos países que el Gobierno de los Estados Unidos desea controlar o sobre los que quiere influir.
La justificación del «derecho a mentir» es que ese secreto en las operaciones encubiertas es necesario para impedir que la política y las acciones de los Estados Unidos atraigan la atención del «enemigo» (o, en la jerigonza de los profesionales de la clandestinidad, la «oposición»). Si la oposición no está enterada de las operaciones de la CIA, dicen, entonces no puede contrarrestarlas y las actividades de la agencia tienen más probabilidades de éxito. De todos modos, en muchos casos la oposición conoce exactamente cuáles son las operaciones ocultas dirigidas contra ella y adopta las medidas adecuadas para contrarrestarlas cuando es posible. Los vuelos de los U-2 y, posteriormente, los de los satélites fotográficos eran y son tan bien conocidos por los soviéticos y los chinos como lo son por la CIA los reconocimientos soviéticos sobre los Estados Unidos; cuando se emprenden operaciones de tal magnitud, no hay ningún procedimiento que permita mantenerlas en secreto para la oposición.

Desde 1964, el sentimiento antinorteamericano había crecido en Chile y ello se debía, en parte, al resentimiento producido por la interferencia de los Estados Unidos en los asuntos internos chilenos. La prensa izquierdista de aquel país había acusado repetidas veces a la CIA de haber intervenido en las elecciones de 1964, y estas informaciones no habían dejado de surtir efecto entre el electorado. Además, en 1965, la revelación de la existencia del imprudente «proyecto Camelot», del Pentágono, había contribuido también a perjudicar la reputación del Gobierno de los Estados Unidos. Lo curioso del caso es que Chile no constituía en absoluto uno de los objetivos principales de dicho proyecto, consistente en un estudio sociológico (valorado en varios millones de dólares) destinado a investigar las posibles técnicas para combatir las sublevaciones en América Latina. Pero la existencia del proyecto Camelot había salido a la luz pública por primera vez en Chile y la prensa chilena de todas las tendencias políticas censuró el estudio, acusándolo de «intervencionismo» e «imperialismo».
Incluso suponiendo que la CIA no interviniera directamente en el putsch, lo cierto es que el Gobierno de los Estados Unidos como tal tomó una serie de medidas destinadas a socavar el régimen de Allende. Henry Kissinger marcó la pauta de la posición oficial de los Estados Unidos en una conferencia de prensa improvisada celebrada en septiembre de 1970, al declarar que el régimen marxista de Allende contaminaría a la Argentina, Bolivia y Perú… esfuerzo de imaginación política que recuerda la teoría del dominó sobre el Sudeste de Asia. Otro ejemplo de la actitud adoptada por la Casa Blanca —así como de los métodos que estaba dispuesta a utilizar— fue el robo con escalo de la embajada chilena en Washington, cometido en mayo de 1972.

En su charla pronunciada ante el Consejo de Relaciones Exteriores, Bissell enumeró ocho tipos de acción encubierta, ocho maneras distintas que tiene la CIA de intervenir en los asuntos internos de otros países:
1) consejos y asesoramiento políticos; 2) subsidios individuales; 3) ayuda económica y «asistencia técnica» a partidos políticos; 4) apoyo a organizaciones privadas, como sindicatos, firmas comerciales, cooperativas, etc.; 5) propaganda encubierta; 6) entrenamiento «privado» individual e intercambio de personas; 7) operaciones económicas; 8) operaciones de acción política [o] paramilitar destinadas a derrocar o apoyar un régimen (como la expedición a la bahía de los Cochinos y el programa realizado en Laos). Estas operaciones pueden clasificarse según diversos criterios: por el grado y el tipo de secreto que requieren, por su legalidad y, quizá también, por su carácter hostil o amistoso.
Las categorías quinta y octava de Bissell —la propaganda encubierta y las operaciones paramilitares— son muy importantes.

La CIA es grande, enorme. Oficialmente, su plantilla es de 16.500 empleados y su presupuesto de 750 millones de dólares… e incluso estas cifras se ocultan celosamente y por lo general sólo se facilitan al Congreso. Pues bien, a pesar de que éstos son su tamaño y su coste oficiales, la agencia es mucho mayor y más rica de lo que indican esas cifras.
Incluso la propia CIA ignora cuánta gente trabaja para ella. En la cifra de 16.500 no se incluyen las decenas de millares de personas contratadas (mercenarios, agentes, asesores, etc.) o las que trabajan para las compañías propiedad de la agencia.
Una unidad de información militar que estaba estacionada en Bangkok, trataba aún en 1971 de engatusar a los oficiales de la KGB soviética, reclutaba espías entre la población e incluso intentaba infiltrar agentes propios en China a través de Hong Kong. De gran parte de esta actividad, o quizá de toda ella, no se daba cuenta a la CIA.
Ni la CIA es el eje ni su director el jefe del vasto conjunto que forman las organizaciones de información de los Estados Unidos. La agencia, fascinante a veces y siempre tozudamente clandestina, es sólo una parte de una federación interministerial mucho mayor, dominada por el Pentágono; y el Director Central de Información, aunque sea designado nominalmente por cada Presidente que llega al poder como principal consejero gubernamental en cuestiones de espionaje, queda eclipsado, en la realidad política de Washington, tanto por el secretario de Defensa como por el asistente presidencial para las cuestiones de seguridad nacional, amén de por otros personajes de menos categoría, como el presidente de la junta de jefes de Estado Mayor. A pesar de todo, los directores de la agencia y la propia CIA han conseguido sobrevivir —y a veces incluso prosperar— en la impenetrable selva burocrática debido al carácter especializado de su contribución al esfuerzo común de los servicios de información nacionales. La misión principal de la CIA no es la coordinación de todas las actividades de información de los Estados Unidos, ni siquiera la producción de material secreto elaborado para los altos dirigentes políticos del país. Su trabajo consiste, para bien o para mal, en ejecutar la política exterior encubierta dictada por el Gobierno.

La acción encubierta —o sea, la intervención en los asuntos internos de otros países— es la más discutida de las funciones clandestinas de la CIA. Es el medio invariable para lograr los más variados fines. Es la base de la mentalidad clandestina. Pues bien, la forma más directa y más burda de acción encubierta es lo que recibe la denominación de «operaciones especiales».
Estas actividades, generalmente de carácter paramilitar o bélico, no participan gran cosa del refinamiento y de la sutilidad de la acción política (penetración y manipulación) o de la propaganda y la intoxicación informativa. Dichas operaciones, aunque preparadas por profesionales de la CIA, son ejecutadas en gran parte por elementos contratados o por mercenarios a sueldo de la agencia, tanto norteamericanos como extranjeros. Dentro de los Servicios Clandestinos de la CIA, las «operaciones especiales» (special ops).
Las operaciones de la CIA en el Sudeste de Asia tuvieron un carácter masivo y constituyeron un factor importante en el esfuerzo bélico norteamericano. Muchas de esas operaciones se hallan descritas con detalle en los documentos oficiales del Gobierno de los Estados Unidos publicados en los «papeles del Pentágono». De todos modos, hay unas cuantas operaciones no mencionadas en la citada publicación que merecen una explicación aparte.
En una de ellas intervinieron los nungs, minoría nacional formada por montañeses chinos que habían luchado al lado de los franceses durante la primera guerra del Vietnam y que después de 1954 se trasladaron en gran número al Sur del país. Los nungs tenían fama de ser combatientes sumamente feroces y se convirtieron en los elementos favoritos de la CIA en sus operaciones en el Vietnam del Sur.
Durante años, Doole y sus colegas de los Servicios Clandestinos han trabajado sin descanso para montar las compañías de aviación y «acumular» otros «activos» con vistas a las acciones paramilitares. Sus sucesores lucharán enérgicamente para conservar estos medios de acción —tanto porque desean preservar su propio imperio secreto como porque creen en la justicia de las intervenciones clandestinas de la CIA en los asuntos internos de otros países. Saben perfectamente que si la CIA no interviniera nunca, su propia existencia como profesionales no estaría demasiado justificada.

El FBI tiene en marcha un programa de intervención de los teléfonos de numerosas embajadas extranjeras en Washington que, como algunas de las operaciones de intercepción de la NSA, también proporciona ciertas informaciones referentes a súbditos norteamericanos. En cooperación con la Chesapeake and Potomac Telephone Company (filial de la compañía Bell), los agentes del FBI escuchan sistemáticamente las conversaciones de los teléfonos instalados en las oficinas de las representaciones oficiales de los países comunistas; los teléfonos de las embajadas de algunos países no comunistas son intervenidos en ciertas ocasiones, especialmente cuando los Gobiernos respectivos están celebrando negociaciones con los Estados Unidos o cuando en aquellos países tienen efecto acontecimientos importantes.
La CIA siempre ha realizado operaciones clandestinas dentro de los Estados Unidos, aunque en la mayor parte de las ocasiones dichas operaciones han estado relacionadas con las actividades de la agencia en el extranjero o han servido para apoyarlas. Fue con este fin por lo que, hace ya varios años, la CIA creó una sección especial de sus Servicios Clandestinos, la llamada división de Operaciones Interiores. Pero la separación entre las operaciones encubiertas orientadas hacia el extranjero y las que tienen una consideración básicamente interior acostumbra a ser poco clara y bastante confusa. No es de extrañar, pues, que hayan sido constantes los roces burocráticos entre la CIA y el FBI, organización a la cual compete, en principio, la seguridad interior. Debido a ello, ha sido necesario establecer una serie de acuerdos prácticos que otorgan a la CIA cierta libertad de acción en las operaciones.
Se puede argüir también que cualquier «fuente de información extranjera» localizada en los Estados Unidos, sea de la emigración extranjera o no, queda dentro de la jurisdicción de la CIA. Entonces, se incluyen en esta categoría, sin ninguna duda, los ciudadanos norteamericanos que viajan por el extranjero; los investigadores que trabajan en las universidades; y, a fin de cuentas, todo el mundo, siempre que la agencia pueda aducir una justificación —como, por ejemplo, la amenaza de la «influencia extranjera» sobre la política norteamericana—. Por otra parte, el hecho de pertenecer a esta amplia categoría no significa solamente tener el honor de que la CIA le consulte a uno, le seduzca y le subvencione; quiere decir también que uno tiene el privilegio de sufrir las investigaciones, las tentativas de soborno o lo que les plazca a los agentes clandestinos de la organización.

Una de las principales funciones de Colby era el reforzamiento de la economía vietnamita con el fin de que mejorase la suerte de los campesinos del país, debilitando con ello la atracción que ejercía el Vietcong sobre las masas rurales y fomentando al mismo tiempo su lealtad hacia el Gobierno de Thieu. Colby estaba firmemente convencido de que, para ganarse la voluntad de los campesinos, era necesario poner coto a la corrupción que reinaba en las esferas gubernamentales. En un momento dado incluso llegó a proponer la realización de una campaña sistemática —el programa llamado «Honrad a la Nación, destinada a atacar las prácticas ilegales que florecían a todos los niveles de la sociedad vietnamita. Colby era perfectamente consciente de que en aquellos momentos el mercado negro de divisas era una de las fuentes de corrupción más importantes del Vietnam. Todo el personal norteamericano destinado en el país tenía órdenes estrictas de no comprar piastras vietnamitas en el mercado negro.
Durante los veinticinco últimos años, la política exterior norteamericana ha estado dominada por la obsesión de contener el comunismo; casi siempre, los medios empleados en la defensa de la «seguridad nacional» se han justificado por aquel fin. Puesto que se aceptaba que el «mundo libre» se hallaba sometido a los ataques de un enemigo decidido, muchos hombres sinceros que ocupaban altos cargos gubernamentales creían —y siguen creyendo— que su país sólo podría sobrevivir recurriendo a los mismos métodos desagradables que empleaba el otro bando. Durante los años recientes, la intensidad de este enfrentamiento ha disminuido.
La sede central de la CIA es la cafetería. Está dividida en una sección secreta y una sección abierta; la parte más importante está reservada a los empleados de la CIA, que para entrar en ella tienen que mostrar sus insignias a unos guardias armados; el resto está destinado a los visitantes y a la gente que trabaja en la agencia. Aunque las únicas personas de fuera que entran en esta última sección son funcionarios de otros organismos gubernamentales norteamericanos, representantes de algunos países amigos y familiares de los empleados de la casa, esta división en dos asegura que
ningún visitante podrá ver la cara de un funcionario de operaciones clandestinas mientras esté almorzando.
Uno de los procedimientos de enseñanza que se utilizan en «La Granja» consiste en la proyección ante los alumnos de películas de espías producidas en Hollywood; después, éstos han de comentar y criticar colectivamente las técnicas usadas en las películas.

El secreto absoluto con que trabaja la CIA aumenta las posibilidades de que un Presidente la haga entrar en acción. El primer magistrado sabe que no tiene que dar explicaciones sobre las actividades de la agencia ni al Congreso, ni a la prensa, ni al pueblo norteamericano; así pues, si no se produce una indiscreción prematura, no existe ninguna fuerza institucional en los Estados Unidos capaz de impedir que el Presidente haga lo que quiera. Además, el secreto de las operaciones de la CIA permite que un Presidente autorice unas acciones contra otros países que, si fueran ejecutadas abiertamente, colocarían a los Estados Unidos fuera de la ley internacional. La carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional prohíben, inequívocamente, que un país se interfiera en los asuntos internos de otro, pero si la interferencia la comete una agencia clandestina el rastro de cuyas operaciones, hasta los Estados Unidos, es difícil de seguir, entonces el Presidente dispone de mucha mayor libertad de acción.
El Congreso ha tenido, en todo momento, el privilegio legal para exigir a la CIA y a los demás servicios secretos que compartan con él la información referente al poderío militar soviético… o a cualquier otro tema, por supuesto. En cambio, hasta la fecha, el Congreso como a tal se ha negado siempre a ejercer este privilegio, a pesar de las vigorosas protestas de una activa minoría. Por otra parte, la renuncia por parte del poder legislativo a tomar cualquier medida, por modesta que fuera, destinada a informarse mejor sobre los datos utilizados para justificar los gastos militares es sintomática de un fallo mucho más grave del Congreso: su negativa a ejercer un control apreciable sobre las actividades de los servicios secretos norteamericanos.
El fracaso de la bahía de los Cochinos le costó el puesto al director de la CIA a Dulles, quien fue sustituido en noviembre de 1961 por John McCone. Este no hizo gran cosa para cambiar la política de la agencia en sus relaciones con la prensa, aunque era evidente que daba gran importancia a estas cuestiones, como se demostró cuando reprendió a su encargado de prensa, a quien luego trasladó a otro puesto, porque opinaba que se había mostrado demasiado complaciente con cierto periodista. Durante las primeras semanas posteriores a la toma de posesión de McCone, el «New York Times» se enteró de que la CIA estaba entrenando a unos tibetanos en diversas técnicas paramilitares.
El estallido del escándalo del Watergate ha expuesto también a la agencia a investigaciones cada vez más serias. La prensa ha hurgado profundamente en el asunto de la ayuda prestada por la CIA a los «fontaneros» de la Casa Blanca y en los intentos para complicar a la agencia en el encubrimiento del Watergate. Quizá lo más importante de todo sea que la prensa ha rechazado en general el recurso de la Casa Blanca a la «seguridad nacional» como una excusa para su actuación. En el peor de los casos, el pueblo norteamericano puede tener confianza en conocer a través de los medios informativos lo que hace su Gobierno, incluyendo los organismos más secretos. Ya que el Congreso renuncia a su responsabilidad y el Presidente abusa de ella, no podemos recurrir a nadie más.

La CIA ha tenido mucho más éxito infiltrándose en los Gobiernos de los países del Tercer Mundo y de algunos aliados de los Estados Unidos, la información conseguida en estas operaciones no tiene excesiva importancia y puede obtenerse hasta cierto punto a través de fuentes diplomáticas libremente accesibles. Aunque puede ser interesante conocer el funcionamiento interno de los Gobiernos de ciertos países latinoamericanos, asiáticos o africanos, este tipo de información no sirve para gran cosa si la CIA no tiene la intención de manipular la estructura política del país.
Las funciones de contraespionaje de los Servicios Clandestinos habrían de pasar al FBI; a fin de cuentas, una de las misiones del buró, en teoría, es la protección del país contra los espías extranjeros. De este modo, si la CIA no se encontrara complicada en sus propias operaciones encubiertas, el incesante juego de provocaciones, engaños y agentes dobles a que se entrega con los servicios secretos extranjeros se convertiría rápidamente en una reliquia del pasado. Jugar al ajedrez contra la KGB constituye, sin duda, un ejercicio fascinante para los funcionarios de los servicios secretos, sobre todo si paga el gasto el contribuyente norteamericano; pero de este juego puede encargarse perfectamente la agencia de seguridad interior de los Estados Unidos, es decir, el FBI.
En cuanto a las actividades paramilitares de la CIA, no hay lugar para ellas en una agencia de información secreta ni, por lo demás, en una sociedad democrática. Según la Constitución, solamente el Congreso tiene competencia para declarar la guerra, y los Estados Unidos no se han de encontrar nunca más comprometidos en un conflicto armado sin la plena aprobación del Congreso y sin el conocimiento del público. Si se necesitan «consejeros norteamericanos» para ayudar legítimamente a otro país, el Pentágono puede proporcionarlos. Las demás formas de acción encubierta —propaganda, subversión, manipulación de Gobiernos— deben cesar, pura y simplemente; la mayor parte de las veces son contraproducentes y, aun cuando tienen éxito, contrarias a los ideales básicos de los Estados Unidos. Las compañías propiedad de la CIA deberían ser disueltas o vendidas. La agencia no tendría necesidad de poseer una de las compañías de aviación más importantes del mundo si no interviniera constantemente en los países extranjeros. En ningún caso se debiera permitir que continuaran en funcionamiento unas compañías caracterizadas por la irregularidad de los beneficios económicos que obtienen, por los conflictos de intereses que pueden provocar en cualquier momento y por las prácticas comerciales incorrectas a que se dedican.
Los restantes países del mundo tienen el derecho fundamental a esperar que ninguna potencia exterior se interfiera en sus asuntos internos. Los Estados Unidos, que se comprometieron solemnemente a proteger este derecho cuando ratificaron la cana de las Naciones Unidas, debieran hacer honor a su promesa. Los mecanismos utilizados para intervenir en el extranjero no tienen en cuenta, y socavan, los procesos constitucionales norteamericanos, además de representar una amenaza para nuestro sistema democrático. No cabe duda de que los Estados Unidos atesoran las energías nacionales suficientes para salir de la alcantarilla y llevar su política exterior de acuerdo con los ideales que constituyen los cimientos del país.

Victor Marchetti (born 1930) is a former special assistant to the Deputy Director of the Central Intelligence Agency and a prominent critic of the United States Intelligence Community and the Israel lobby in the United States. He resigned from the CIA in 1969, writing an exposé of the CIA in The Rope Dancer. 168 passages of this 1974 book were censored by the federal government in court before it was published. The publisher retained blanks in the book indicating the censored passages, with boldface type for passages that were challenged but later uncensored.
He wrote in the Preface, “I therefore decided to write a book… expressing my views on the CIA and explaining the reasons why I believe the time has come for the U.S. intelligence community to be reviewed and reformed…” (pg. xiii), then added in the Introduction, “disclosure of ‘secret’ information… is a tonic that improves our nation’s health.” (Pg. xxiv)
He opines early on, “harnessing the agency’s clandestine operators is not the full, or even basic, solution to the CIA problem. The key… is controlling and requiring accountability of those in the White House and elsewhere in the government who direct or approve, then hide behind, the CIA and its covert operations.” (Pg. 20) He asserts that there is a “built-in conflict of interest in the system,” because “the CIA is the only agency with the specific knowledge to evaluate the merits” or a proposed plan, and “the CIA is the action arm which carries out the plans once they are approved.” (Pg. 39)
He notes that “as far as is publicly known, no career officer of the CIA has ever been proved to be an enemy spy.” (Pg. 217) He comments that “The Watergate conspirators… did not question the legality or the morality of their methods; nor do most CIA operators.” (Pg. 250) He dryly observes that “The penchant for secrecy sometimes takes on an air of ludicrousness. Secret medals are awarded for outstanding performance, but they cannot be worn or shown outside the agency.” (Pg. 273) They are “quite tolerant of sexual dalliance among its employees,” and “Many agency officials are known for their heavy drinking.” (Pg. 285-286)
He significantly suggests that “The Cuban missile crisis illustrated the inherent limitations of intelligence, among the most important of which is that certain events simply cannot be predicted with accuracy or confidence.” (Pg. 311) He concludes that “The CIA is not defending our national security. It seeks rather to maintain the status quo, to hold back the cultural clock, in areas that are of little or no significance to the American people.” (Pg. 373) He adds, “As for the CIA’s paramilitary tasks, they have no place in an intelligence agency, no place in a democratic society.” (Pg. 377)
While more than 35 years old, it is interesting how some of Marchetti’s criticisms can still be made today.

There is currently a secret, dangerous and powerful sect in our country: the sect of espionage.
Its officiants are the clandestine professionals of the «Central Intelligence Agency». Its patrons and protectors, the highest ranking officials of the federal Government. Among its faithful, who are not only in government circles, there are people in the decision-making centers of industry, commerce, finance and trade unions. He has numerous friends in fields of great public influence … the university world and the social media. The sect of espionage is a secret brotherhood of the North American political aristocracy.
The aim of this sect is the promotion of the foreign policy of the United States Government using covert and often illegal means, striving at the same time to contain the expansion of its declared enemy, communism.
The CIA is both the center and the main instrument of the espionage sect. It is dedicated to espionage and counterintelligence, to propaganda and to information intoxication (that is, the deliberate spread of false news), to psychological warfare and to paramilitary activities. He infiltrates private institutions, which he manipulates, and when he considers it necessary, he creates his own organizations (which he calls “properties”). Recruits agents and mercenaries; bribes foreign officials or subjects them to blackmail to force them to carry out the most unpleasant jobs. It does everything necessary to achieve what is proposed, without any ethical consideration, without taking into account the moral consequences that may result from their actions. As an instrument for the secret action of US foreign policy, the most powerful weapon of the CIA is the covert intervention in the internal affairs of those countries that the United States Government wishes to control or on which it wishes to influence.
The justification for the “right to lie” is that this secret in covert operations is necessary to prevent the politics and actions of the United States from attracting the attention of the “enemy” (or, in the jargon of underground professionals, the opposition”). If the opposition is not aware of CIA operations, they say, then it can not counteract them and the agency’s activities are more likely to succeed. Anyway, in many cases the opposition knows exactly what are the hidden operations directed against it and adopts the appropriate measures to counteract them when possible. The flights of the U-2 and, later, those of the photographic satellites were and are as well known by the Soviets and the Chinese as are the Soviet reconnaissance of the United States by the CIA; when operations of such magnitude are undertaken, there is no procedure to keep them secret for the opposition.

Since 1964, anti-American sentiment had grown in Chile and this was due, in part, to the resentment produced by the interference of the United States in Chilean domestic affairs. The leftist press in that country had repeatedly accused the CIA of having intervened in the 1964 elections, and this information had not ceased to have effect among the electorate. Moreover, in 1965, the revelation of the existence of the Pentagon’s reckless “Camelot project” had also contributed to damaging the reputation of the United States Government. The curious thing is that Chile was not at all one of the main objectives of this project, consisting of a sociological study (valued at several million dollars) aimed at investigating the possible techniques to combat the uprisings in Latin America. But the existence of the Camelot project had come to public attention for the first time in Chile and the Chilean press of all political tendencies censored the study, accusing it of “interventionism” and “imperialism.”
Even assuming that the CIA did not intervene directly in the putsch, the truth is that the United States Government as such took a series of measures aimed at undermining the Allende regime. Henry Kissinger set the tone for the official position of the United States at an impromptu press conference held in September 1970, declaring that the Marxist regime of Allende would contaminate Argentina, Bolivia and Peru … effort of political imagination that recalls the theory of the domino over Southeast Asia. Another example of the attitude adopted by the White House -as well as the methods that it was willing to use- was the robbery with escalo of the Chilean embassy in Washington, committed in May 1972.

In his speech before the Council on Foreign Relations, Bissell enumerated eight types of covert action, eight different ways the CIA has to intervene in the internal affairs of other countries:
1) political advice and advice; 2) individual subsidies; 3) economic aid and “technical assistance” to political parties; 4) support to private organizations, such as unions, commercial firms, cooperatives, etc .; 5) disguised propaganda; 6) individual “private” training and exchange of people; 7) economic operations; 8) paramilitary political action operations aimed at overthrowing or supporting a regime (such as the expedition to the Bay of Pigs and the program carried out in Laos). These operations can be classified according to various criteria: by the degree and type of secrecy they require, by their legality and, perhaps also, by their hostile or friendly nature.
The fifth and eighth categories of Bissell – covert propaganda and paramilitary operations – are very important.

The CIA is big, huge. Officially, its staff is 16,500 employees and its budget of 750 million dollars … and even these figures are hidden jealously and usually only provided to Congress. Well, even though these are their official size and cost, the agency is much larger and richer than those figures indicate.
Even the CIA itself does not know how many people work for it. The figure of 16,500 does not include the tens of thousands of people hired (mercenaries, agents, consultants, etc.) or those who work for the companies owned by the agency.
A military intelligence unit stationed in Bangkok was still trying in 1971 to cajole the Soviet KGB officers, recruiting spies among the population and even trying to infiltrate their own agents in China through Hong Kong. Much of this activity, or perhaps of all of it, did not notice the CIA.
Neither the CIA is the axis nor its director the head of the vast ensemble formed by the information organizations of the United States. The agency, fascinating at times and always stubbornly clandestine, is only one part of a much larger interministerial federation, dominated by the Pentagon; and the Central Information Director, although nominally appointed by each President who comes to power as the chief government adviser on matters of espionage, is eclipsed, in the political reality of Washington, by both the Secretary of Defense and the presidential assistant issues of national security, in addition to other lesser figures, such as the chairman of the board of chiefs of staff. In spite of everything, the directors of the agency and the CIA itself have managed to survive – and sometimes even prosper – in the impenetrable bureaucratic jungle due to the specialized nature of their contribution to the common effort of the national information services. The main mission of the CIA is not the coordination of all information activities in the United States, not even the production of secret material prepared for the country’s top political leaders. His work consists, for better or for worse, in executing the covert foreign policy dictated by the Government.

Covert action – that is, intervention in the internal affairs of other countries – is the most discussed of the clandestine functions of the CIA. It is the invariable means to achieve the most varied ends. It is the basis of clandestine mentality. Well, the most direct and coarsest form of covert action is what is called “special operations”.
These activities, generally of a paramilitary or warlike nature, do not participate much in the refinement and subtlety of political action (penetration and manipulation) or propaganda and information intoxication. These operations, although prepared by CIA professionals, are largely executed by contracted elements or mercenaries hired by the agency, both American and foreign. Within the CIA’s Clandestine Services, the “special operations” (special ops).
The operations of the CIA in Southeast Asia had a massive character and constituted an important factor in the American war effort. Many of these operations are described in detail in the official documents of the United States Government published in the “Pentagon Papers”. Anyway, there are a few operations not mentioned in the aforementioned publication that deserve a separate explanation.
One of them involved the Nungs, a national minority formed by Chinese mountaineers who had fought alongside the French during the first Vietnam War and who after 1954 moved in large numbers to the South of the country. The Nungs were reputed to be extremely ferocious fighters and became the favorite elements of the CIA in their operations in South Vietnam.
For years, Doole and his colleagues in the Clandestine Services have worked tirelessly to assemble the aviation companies and “accumulate” other “assets” for paramilitary actions. His successors will fight energetically to preserve these means of action – both because they want to preserve their own secret empire and because they believe in the justice of the clandestine interventions of the CIA in the internal affairs of other countries. They know perfectly well that if the CIA never intervened, their very existence as professionals would not be too justified.

The FBI has a telephone intervention program in place for numerous foreign embassies in Washington that, like some of the NSA intercept operations, also provide certain information about US subjects. In cooperation with the Chesapeake and Potomac Telephone Company (subsidiary of the Bell company), the FBI agents systematically listen to telephone conversations installed in the offices of the official representations of the communist countries; The telephone numbers of the embassies of some non-communist countries are intervened on certain occasions, especially when the respective governments are conducting negotiations with the United States or when important events take place in those countries.
The CIA has always conducted clandestine operations within the United States, although in most cases these operations have been related to the activities of the agency abroad or have served to support them. It was for this purpose that, several years ago, the CIA created a special section of its Clandestine Services, the so-called Internal Operations division. But the separation between covert operations oriented abroad and those that have a basically internal consideration is usually unclear and quite confusing. It is not surprising, then, that the bureaucratic friction between the CIA and the FBI has been constant, an organization which, in principle, is responsible for internal security. Due to this, it has been necessary to establish a series of practical agreements that grant the CIA a certain freedom of action in operations.
It can also be argued that any “foreign source of information” located in the United States, whether of foreign emigration or not, is within the jurisdiction of the CIA. Then, US citizens who travel abroad are included in this category, without any doubt; the researchers who work in the universities; and, at the end of the day, everyone, as long as the agency can adduce a justification – as, for example, the threat of “foreign influence” on US policy. On the other hand, the fact of belonging to this broad category does not mean only having the honor of the CIA consulting you, seducing you and subsidizing you; it also means that one has the privilege of undergoing investigations, bribery attempts or whatever the clandestine agents of the organization may like.

One of the main functions of Colby was the strengthening of the Vietnamese economy in order to improve the lot of the country’s peasants, thus weakening the Vietcong’s attraction to the rural masses and at the same time fostering their loyalty to the Vietnamese. Government of Thieu. Colby was firmly convinced that, in order to win the will of the peasants, it was necessary to put an end to the corruption that reigned in the governmental spheres. At one point he even proposed to carry out a systematic campaign – the program called “Honor the Nation,” aimed at attacking the illegal practices that flourished at all levels of Vietnamese society. Colby was well aware that at that time the black currency market was one of the most important sources of corruption in Vietnam. All the American personnel assigned to the country had strict orders not to buy Vietnamese piasters on the black market.
During the last twenty-five years, US foreign policy has been dominated by the obsession to contain communism; almost always, the means employed in the defense of “national security” have been justified for that purpose. Since it was accepted that the “free world” was subject to the attacks of a determined enemy, many sincere men in high government positions believed – and continue to believe – that their country could only survive by resorting to the same unpleasant methods used by the government. another side. During recent years, the intensity of this confrontation has diminished.
The headquarters of the CIA is the cafeteria. It is divided into a secret section and an open section; the most important part is reserved for CIA employees, who must show their badges to armed guards to enter it; the rest is for visitors and people who work in the agency. Although the only outsiders who enter this last section are officials from other North American government agencies, representatives of some friendly countries and relatives of the employees of the house, this division in two ensures that
No visitor can see the face of a clandestine operations officer while he is having lunch.
One of the teaching methods used in “La Granja” is the screening of spy films produced in Hollywood before the students; then, they have to comment and collectively criticize the techniques used in the films.

The absolute secrecy with which the CIA works increases the chances of a President bringing it into action. The first magistrate knows that he does not have to give explanations about the activities of the agency or the Congress, nor the press, nor the American people; thus, if there is no premature indiscretion, there is no institutional force in the United States capable of preventing the President from doing what he wants. In addition, the secrecy of CIA operations allows a President to authorize actions against other countries that, if openly executed, would place the United States outside international law. The Charter of the United Nations and International Law unequivocally prohibit one country from interfering in the internal affairs of another, but if the interference is committed by a clandestine agency the trace of whose operations, even the United States, is difficult to follow , then the President has much greater freedom of action.
The Congress has had, at all times, the legal privilege to demand from the CIA and the other secret services that share with him the information regarding the Soviet military power … or any other subject, of course. On the other hand, to date, Congress as such has always refused to exercise this privilege, despite the vigorous protests of an active minority. On the other hand, the resignation by the legislature to take any measure, however modest, aimed at learning more about the data used to justify military spending is symptomatic of a much more serious congressional ruling: its refusal to exercise appreciable control over the activities of the North American secret services.
The failure of the Bay of Pigs cost the CIA director to Dulles, who was replaced in November 1961 by John McCone. This did not do much to change the policy of the agency in its relations with the press, although it was evident that he attached great importance to these issues, as was shown when he rebuked his press officer, whom he later transferred to another post, because He felt that he had been too complacent with a certain journalist. During the first weeks after McCone’s inauguration, the New York Times learned that the CIA was training Tibetans in various paramilitary techniques.
The outbreak of the Watergate scandal has also exposed the agency to more and more serious investigations. The press has delved deeply into the issue of the help provided by the CIA to the “plumbers” of the White House and in attempts to complicate the agency in the cover-up of the Watergate. Perhaps most important of all, the press has generally rejected the White House’s recourse to “national security” as an excuse for its action. In the worst case, the American people can have confidence in knowing through the media what their government does, including the most secret organizations. Since Congress renounces its responsibility and the President abuses it, we can not turn to anyone else.

The CIA has been much more successful infiltrating the governments of Third World countries and some allies of the United States, the information obtained in these operations is not excessive and can be obtained to some extent through freely accessible diplomatic sources. Although it may be interesting to know the inner workings of the governments of certain Latin American, Asian or African countries, this type of information does not serve much if the CIA does not intend to manipulate the political structure of the country.
The counterintelligence functions of the Clandestine Services would have to pass to the FBI; After all, one of the missions of the bureau, in theory, is the protection of the country against foreign spies. In this way, if the CIA were not involved in its own covert operations, the incessant game of provocations, deceits and double agents to be delivered with foreign secret services would quickly become a relic of the past. Playing chess against the KGB is, without a doubt, a fascinating exercise for the officials of the secret services, especially if the American taxpayer pays the expense; but from this game the internal security agency of the United States, that is, the FBI, can be perfectly commissioned.
As for the paramilitary activities of the CIA, there is no place for them in a secret information agency or, in any case, in a democratic society. According to the Constitution, only Congress has the competence to declare war, and the United States must never again be involved in an armed conflict without the full approval of Congress and without the public’s knowledge. If “American counselors” are needed to legitimately help another country, the Pentagon can provide them. The other forms of covert action -propaganda, subversion, manipulation of governments- must cease, purely and simply; most of the time they are counterproductive and, even when successful, contrary to the basic ideals of the United States. Companies owned by the CIA should be dissolved or sold. The agency would not need to own one of the most important aviation companies in the world if it did not intervene constantly in foreign countries. Under no circumstances should companies that are characterized by the irregularity of the economic benefits obtained, due to the conflicts of interest they may cause at any time and due to the incorrect commercial practices to which they are engaged be allowed to continue operating.
The other countries of the world have the fundamental right to expect that no outside power will interfere in their internal affairs. The United States, which pledged solemnly to protect this right when they ratified the United Nations, should live up to its promise. The mechanisms used to intervene abroad do not take into account, and undermine, the American constitutional processes, in addition to representing a threat to our democratic system. There is no doubt that the United States treasures enough national energy to get out of the sewer and carry its foreign policy in accordance with the ideals that constitute the foundations of the country.

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