Borges Y Los Clásicos — Carlos Gamerro / Borges And The Classics by Carlos Gamerro (spanish book edition)

Un muy interesante libro que se basa en una serie de conferencias del autor. En primer lugar, un gran lector es quien logra transformar nuestra experiencia de los libros que ha leído y que nosotros leemos después de él. Es bastante evidente, a esta altura del partido, que Borges ha cambiado la manera en que nosotros podemos leer a Homero, a Dante, a Shakespeare o a Cervantes, para mencionar solamente a cuatro de los autores que trataremos. Pero en el caso de Borges ese ‘nosotros’ va más allá de los argentinos o sudamericanos.
Un gran lector no se agota en los placeres de la lectura solitaria; debe comunicar sus lecturas. Y esto es algo que hace de diversas maneras: escribiéndolas, sea en ensayos críticos, sea en la creación literaria; enseñándolas, como puede hacer un profesor, o traduciéndolas. Borges descolló en todos estos campos.
Un gran lector no solo cambia nuestra manera de leer y de entender a los clásicos ya establecidos; también reorganiza y reestructura el canon literario.

Borges nos recuerda que los libros no nacen clásicos, sino que se convierten en clásicos, y esto es algo que les sucede al cabo de los siglos. En su ensayo “Sobre los clásicos” (de Discusión) propone:
Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término.
Borges, lejos de lamentarse de su desconocimiento del griego, lo celebra; es para él ocasión de felicidad. Gracias a él, siempre estará leyendo la Ilíada y la Odisea en nuevas y diferentes versiones.
Borges ha logrado convencernos de que la traducción no tiene por qué ser inferior al original, pero todavía queda la cuestión de cómo decidir cuál es la mejor traducción, y qué criterios debemos seguir para determinar si algunas traducciones son mejores que otras. Lo importante no es traducir la letra sino el espíritu’. Suena muy lindo, pero ¿qué cosa es, exactamente, ‘el espíritu’? ¿Dónde está? ¿Cómo se observa?. La ceguera es algo que le sucede a un Borges ya poeta; en el caso de Homero, la ceguera es lo que lo convierte en poeta. Borges imagina al Homero vidente como alguien que vive plenamente inmerso en la inmediatez del mundo sensible, del puro presente, hasta que tiene lugar la calamidad.
Odiseo, retenido durante siete años en su isla por la ninfa Calipso, que lo ha tomado como amante, llora por su tierra natal. Los dioses han decidido que es hora de que se le permita volver a casa, y entonces Calipso le propone quedarse con ella, a cambio de recibir el don de la inmortalidad. Odiseo lo rechaza: prefiere volver a su isla, ver a su esposa Penélope, a su hijo Telémaco, a su padre Laertes antes de morir, que vivir para siempre.

Una vez más Borges da vida al poeta distante a partir de alguna circunstancia propia o cercana: imagina a Dante contemplando a un leopardo cautivo, como tantas veces él mismo contempló a sus tigres enjaulados; este será el leopardo u onza que aparece en el primer canto del Infierno, cuando Dante “en medio del camino de la vida” se halla perdido “en una selva oscura, / porque la recta vía había perdido”.
“El Aleph” termina con una nueva evocación de Beatriz:
Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

Quizás estemos más cerca de ver el universo si nos limitamos a uno de sus ínfimos y preciosos rincones: la flor de Tennyson, los rasgos de Beatriz; solo aprendiendo a mirarlos, y amarlos, podremos luego elevar los ojos a la totalidad. Lo que vale para Beatriz vale para el Aleph y viceversa: Daneri los poseyó a ambos, pero es incapaz de valorarlos, y por lo tanto de escribir sobre ellos; la infinita veneración y la infinita lástima son privativas de Borges. En “La última sonrisa de Beatriz” (de Nueve ensayos dantescos) Borges arriesga:
Yo sospecho que Dante edificó el mejor libro que la literatura ha alcanzado para intercalar algunos encuentros con la irrecuperable Beatriz. Mejor dicho, los círculos del castigo y el Purgatorio austral y los nueve círculos concéntricos y Francesca y la sirena y el Grifo y Bertrand de Born son intercalaciones; una sonrisa y una voz, que él sabe perdidas, son lo fundamental.
Dante pudo describir el universo no porque se propuso, como Daneri, describir el universo, sino porque quería vencer a la la muerte y reencontrarse con Beatriz, y para creer en ese reencuentro, debió erigir un universo entero para ofrecerle una casa a la cual volver.

La figura de Shakespeare pareciera ofrecer la imagen opuesta o complementaria a la de Cervantes. Un hombre que, por lo que sabemos, tuvo una vida bastante tranquila. Creció como chico de pueblo, tuvo un encuentro amoroso temprano con una mujer ocho años mayor que derivó en embarazo y casamiento de apuro; después se marchó a Londres, donde trabajó de actor, luego escribió obras de teatro, se hizo empresario y después volvió a su pueblo y se murió. El lector que procure encontrar en la vida de Shakespeare el origen de las obras de Shakespeare está condenado al fracaso. Como resume Borges en “La memoria de Shakespeare”:
“El azar o el destino dieron a Shakespeare las triviales cosas terribles que todo hombre conoce; él supo transmutarlas en fábulas, en personajes mucho más vívidos que el hombre gris que los soñó.”

¿Qué quiere decir Borges, o mejor dicho Menard, cuando dice que el Quijote es innecesario o contingente (aunque aclare que se trata de una apreciación personal)? No podemos pensar, aunque la frase lo sugiera, que Borges esté poniendo en duda el valor literario o histórico del Quijote. Podría argüirse que es Menard quien lo dice, y no Borges, pero no creo que en este punto sus juicios difieran: Borges admiraba tanto al Quijote que no se atrevería a poner en duda su valor literario ni siquiera a través de un personaje. Por otra parte, los juicios literarios de Menard, a diferencia de aquellos de su narrador y amigo, no son objeto de burla o de menoscabo por parte de Borges: la ironía y la parodia afectan a los dichos de este, no a los de aquel. Lo que está en juego en esta apreciación no es el valor del Quijote, sino más bien dónde y en qué radica ese valor innegable.
Para adentrarnos en esta peliaguda cuestión recurriremos a un ensayo anterior de Borges, “La supersticiosa ética del lector” (de Discusión). Allí Borges se hace una de las preguntas centrales de la crítica y también de la práctica literaria: ¿qué hace que un texto sea bueno o malo, sea valioso o prescindible; qué hace, en última instancia, que perdure? Las respuestas más frecuentes suelen centrarse en el estilo, en las características formales del texto.
El interés de Borges en la obra de los cuatro autores que estamos tratando, Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, inevitablemente deriva en un interés en los autores mismos, en sus personas y sus vidas. Pero su manera de acercarse a ellos, de intuirlos y habitarlos, no es el de la biografía o la documentación, sino el de la ficción: los convierte en personajes de sus cuentos y poemas.

Lo que Borges más admiraba, parece ser, era la misma ambición y magnitud de le empresa joyceana. Borges vivió y escribió hechizado por el espejismo del libro total, un libro capaz de incorporar la totalidad de lo real sin disminución ni simplificación, de proveernos una imagen completa del mundo o del universo. Las imaginaciones de Borges sobre esta totalidad textual existen en dos formas básicas: una es la del libro infinito, cuya cada página se divide en dos, y esta en dos, infinitamente. Este es el libro de arena. La otra es la Biblioteca de Babel, un universo paralelo hecho enteramente de anaqueles y libros que agotan todas las posibilidades combinatorias de las letras que incluyen; que dicen, por lo tanto, todo lo que es dado decir, en todos los idiomas existentes y también los no existentes pero posibles: tal biblioteca, han probado quienes calcularon su tamaño, sería más grande que el universo conocido; habría muchos más libros en ella que átomos en el universo actual.
Es evidente, entonces, que a Borges le gustaban los objetos literarios de gran tamaño, y jugó con la idea de un libro que pudiera ser un espejo del universo tal como lo conocemos. Pero ese libro ya existe, al menos en forma aproximada: se trata de la enciclopedia.
La Dublín de tinta y papel de su novela es tan vívida que después de leerla la de piedras y ladrillos puede antojársenos algo fantasmal; fue lo que me pasó en mi primera visita: cada vez que me señalaban algún edificio o rincón de la ciudad, lo único que me interesaba saber era si estaba o no en Ulises. Si me decían que no, seguía mi marcha sin detenerme, casi indignado podría decirse, como si hubieran tratado de estafarme.
Tanto como la enciclopedia en sí misma, Borges se fascinaba con la idea de una obra de ficción, un poema o una novela que pudiera ser también una enciclopedia. En la historia, este libro total o ‘poema ilimitado’ ha sido ensayado muchas veces.
¿Qué hay de las similitudes? ¿Qué era lo que tenían en común? Podemos empezar por pensarlos desde sus respectivas literaturas nacionales que, si no alcanzaron a contenerlos (Joyce es más grande que la literatura irlandesa, así como Borges es más grande que la argentina), les sirvieron de punto de partida:
Ambos son escritores que hicieron entrar a sus respectivas literaturas en el siglo XX. Ambos tuvieron que habérselas con literaturas que miraban hacia atrás, a un idílico pasado rural más o menos inventado: el “revival céltico” en el caso de Joyce, la gauchesca en el caso de Borges. La función de estas pastorales redivivas no fue la misma en ambas culturas: en Irlanda fue una manera de forjarse la ilusión de una identidad nacional libre de influencias foráneas, de celebrar una Arcadia celta que la invasión inglesa habría arrasado, de postular la superioridad del espíritu celta por sobre el materialismo anglosajón, de dar la espalda a la revolución industrial y a la modernización de las que el dominio inglés había privado a Irlanda, un poco como la zorra da la espalda a las uvas. En la Argentina la amenaza era la modernización en curso, representada en primer lugar por el masivo influjo inmigratorio que amenazaba anegar una identidad nacional por la que nadie se había preocupado demasiado hasta ese momento.
Otra similitud es que tanto Joyce como Borges decidieron que esta literatura del siglo XX sería urbana, antes que rural, como había sido la del siglo XIX en ambas culturas. Esta, dicho sea de paso, es una diferencia significativa entre la literatura argentina y la del resto de Latinoamérica, donde el campo y el pueblo chico siguieron siendo, en el siglo XX, los territorios privilegiados de la literatura; y es una de las razones de la influencia de Joyce, y en especial de su Ulises.
El compromiso de Joyce con la ciudad fue más radical que el de Borges. Borges era más afecto a tender puentes: su Buenos Aires no es la del centro ni el puerto, dínamos de modernización, sino la más tranquila de los suburbios u orillas, que todavía conservaban un aire rural y decimonónico. Borges se consideraba un escritor de las orillas o márgenes del mundo occidental, y no veía en esto una limitación, sino un punto de vista ideal para leer la cultura occidental.

Si el Aleph es el “punto donde convergen todos los puntos” del universo, el día de Ulises es el día donde convergen todos los días del tiempo, y en su soneto “James Joyce” (de Elogio de la sombra) Borges nos insta, como hace Joyce, a vivir cada día como si fuese el único de nuestras vidas:

En un día del hombre están los días
del tiempo, desde aquel inconcebible
día inicial del tiempo, […]
hasta aquel otro en que el ubicuo río
del tiempo terrenal torne a su fuente. […]
Entre el alba y la noche está la historia
universal. Desde la noche veo
a mis pies los caminos del hebreo,
Cartago aniquilada, Infierno y Gloria.
Dame, Señor, coraje y alegría
para escalar la cumbre de este día.

A very interesting book that is based on a series of lectures by the author. In the first place, a great reader is the one who manages to transform our experience from the books that he has read and that we read after him. It is quite evident, at this point in the game, that Borges has changed the way we can read Homer, Dante, Shakespeare or Cervantes, to mention only four of the authors we will deal with. But in the case of Borges that ‘we’ goes beyond the Argentines or South Americans.
A great reader is not exhausted in the pleasures of solitary reading; You must communicate your readings. And this is something he does in different ways: writing them, be it in critical essays, or in literary creation; teaching them, how a teacher can do it, or translating them. Borges excelled in all these fields.
A great reader not only changes our way of reading and understanding established classics; it also reorganizes and restructures the literary canon.

Borges reminds us that books are not born classics, but become classics, and this is something that happens to them after the centuries. In his essay “On the Classics” (from Talk) he proposes:
Classic is that book that a nation or a group of nations or the long time have decided to read as if in its pages everything was deliberate, fatal, profound as the cosmos and capable of endless interpretations.
Borges, far from lamenting his ignorance of the Greek, celebrates it; it is an occasion for happiness. Thanks to him, he will always be reading the Iliad and the Odyssey in new and different versions.
Borges has managed to convince us that the translation does not have to be inferior to the original, but there is still the question of how to decide which is the best translation, and what criteria we must follow to determine if some translations are better than others. The important thing is not to translate the letter but the spirit. ‘ It sounds very nice, but what is it, exactly, ‘the spirit’? Where is? As observed?. Blindness is something that happens to a Borges and a poet; in the case of Homer, blindness is what makes him a poet. Borges imagines the seer Homer as someone who lives fully immersed in the immediacy of the sensible world, of the pure present, until the calamity takes place.
Odysseus, retained for seven years on his island by the nymph Calipso, who has taken him as a lover, cries for his homeland. The gods have decided that it is time to be allowed to return home, and then Calipso proposes to stay with her, in exchange for receiving the gift of immortality. Odysseus rejects him: he prefers to return to his island, to see his wife Penelope, his son Telemachus, his father Laertes before he dies, to live forever.

Once again Borges gives life to the distant poet from some circumstance of his own or near: imagine Dante contemplating a captive leopard, as so many times he himself contemplated his caged tigers; this will be the leopard or ounce that appears in the first song of Hell, when Dante “in the middle of the path of life” is lost “in a dark jungle, / because the straight line had lost”.
“El Aleph” ends with a new evocation of Beatriz:
Our mind is porous for oblivion; I myself am falsifying and losing, under the tragic erosion of the years, the traits of Beatriz.

Perhaps we are closer to seeing the universe if we limit ourselves to one of its tiny and precious corners: the flower of Tennyson, the features of Beatriz; only by learning to look at them, and to love them, can we then raise our eyes to the totality. What is worth for Beatriz is for the Aleph and vice versa: Daneri possessed them both, but is unable to value them, and therefore to write about them; the infinite veneration and infinite pity are Borges’s own. In “The Last Smile of Beatriz” (from Nine Dantesque Essays) Borges risks:
I suspect that Dante built the best book that literature has reached to intersperse some encounters with the unrecoverable Beatriz. Rather, the circles of punishment and the southern Purgatory and the nine concentric circles and Francesca and the mermaid and the Grifo and Bertrand de Born are interspersed; a smile and a voice, which he knows lost, are fundamental.
Dante could describe the universe not because he proposed, like Daneri, to describe the universe, but because he wanted to overcome death and reunite with Beatriz, and to believe in that reunion, he had to erect an entire universe to offer him a house to which to return.

The figure of Shakespeare seems to offer the opposite or complementary image to that of Cervantes. A man who, for all we know, had a fairly quiet life. He grew up as a village boy, had an early love affair with a woman eight years older that resulted in pregnancy and trouble marriage; then he went to London, where he worked as an actor, then wrote plays, became an entrepreneur and then returned to his village and died. The reader who tries to find in the life of Shakespeare the origin of the works of Shakespeare is doomed to failure. As Borges summarizes in “The Memory of Shakespeare”:
“Chance or fate gave Shakespeare the trivial terrible things that every man knows; he knew how to transmute them into fables, into characters much more vivid than the gray man who dreamed them. ”

What does Borges mean, or rather Menard, when he says that Quixote is unnecessary or contingent (although he clarifies that it is a personal appreciation)? We can not think, even if the phrase suggests it, that Borges is questioning the literary or historical value of Don Quixote. It could be argued that it is Menard who says it, and not Borges, but I do not believe that at this point his judgments differ: Borges admired Don Quixote so much that he would not dare to question his literary value even through a character. On the other hand, Menard’s literary judgments, unlike those of his narrator and friend, are not mocked or demeaned by Borges: irony and parody affect the sayings of this, not those of that . What is at stake in this assessment is not the value of Don Quixote, but rather where and in what lies that undeniable value.
To get into this tricky question, we will turn to an earlier essay by Borges, “The superstitious ethic of the reader” (of Discussion). There Borges becomes one of the central questions of criticism and also of literary practice: what makes a text good or bad, valuable or dispensable; What does it ultimately do to last? The most frequent answers tend to focus on the style, on the formal characteristics of the text.
Borges’ interest in the work of the four authors we are dealing with, Homer, Dante, Shakespeare, Cervantes, inevitably results in an interest in the authors themselves, in their people and their lives. But his way of approaching them, of intuiting them and inhabiting them, is not that of biography or documentation, but that of fiction: he turns them into characters of his stories and poems.

What Borges most admired, it seems, was the ambition and magnitude of Joyce’s company. Borges lived and wrote enchanted by the mirage of the total book, a book capable of incorporating the totality of the real without diminution or simplification, of providing us with a complete picture of the world or the universe. Borges’s imaginations about this textual totality exist in two basic forms: one is that of the infinite book, whose each page is divided into two, and is in two, infinitely. This is the sand book. The other is the Library of Babel, a parallel universe made entirely of shelves and books that exhaust all the combinatorial possibilities of the letters they include; who say, therefore, all that is said, in all the existing languages ​​and also the non-existent but possible ones: such a library, those who calculated its size have proved, would be larger than the known universe; there would be many more books in it than atoms in the current universe.
It is evident, then, that Borges liked large literary objects, and played with the idea of ​​a book that could be a mirror of the universe as we know it. But that book already exists, at least roughly: it is the encyclopedia.
The Dublin of ink and paper of his novel is so vivid that after reading it the stones and bricks may seem ghostly; It was what happened to me on my first visit: every time I was pointed out to a building or corner of the city, the only thing that interested me was whether or not it was in Ulysses. If they told me no, I continued my march without stopping, almost indignant could be said, as if they had tried to swindle me.
As much as the encyclopedia itself, Borges was fascinated with the idea of ​​a work of fiction, a poem or a novel that could also be an encyclopedia. In history, this total book or ‘unlimited poem’ has been rehearsed many times.
What about the similarities? What was it they had in common? We can start by thinking them from their respective national literatures that, if they did not manage to contain them (Joyce is bigger than Irish literature, as Borges is bigger than Argentina), they served as starting point:
Both are writers who entered their respective literatures in the twentieth century. Both had to deal with literatures that looked back, to an idyllic rural past more or less invented: the “Celtic revival” in the case of Joyce, the gaucho in the case of Borges. The function of these revived pastorals was not the same in both cultures: in Ireland it was a way of forging the illusion of a national identity free of foreign influences, of celebrating a Celtic Arcadia that the English invasion would have destroyed, of postulating the superiority of the spirit Celtic over Anglo-Saxon materialism, to turn its back on the industrial revolution and the modernization of which English rule had deprived Ireland, a bit like the fox turns its back on the grapes. In Argentina the threat was ongoing modernization, represented in the first place by the massive influx of immigrants that threatened to flood a national identity that no one had cared so much about until that moment.
Another similarity is that both Joyce and Borges decided that this literature of the 20th century would be urban, rather than rural, as it had been in the nineteenth century in both cultures. This, incidentally, is a significant difference between Argentine literature and that of the rest of Latin America, where the countryside and the small town continued to be, in the 20th century, the privileged territories of literature; and it is one of the reasons for the influence of Joyce, and especially of his Ulysses.
Joyce’s commitment to the city was more radical than Borges’s. Borges was more fond of building bridges: his Buenos Aires is not the center or the port, dynamos of modernization, but the quieter of the suburbs or shores, which still retained a rural and nineteenth-century air. Borges considered himself a writer on the shores or margins of the Western world, and saw no limitation in this, but rather an ideal point of view to read Western culture.

If the Aleph is the “point where all the points converge” of the universe, the day of Ulysses is the day where all the days of time converge, and in his sonnet “James Joyce” (of Elogio de la sombra) Borges urges us, as Joyce does, to live each day as if it were the only one of our lives:

The days
of time, from that inconceivable
initial day of time, […]
until that one in which the ubiquitous river
of earthly time turn to its source. […]
History is between dawn and night
universal. From the night I see
at my feet the paths of the Hebrew,
Carthage annihilated, Hell and Glory.
Give me, Lord, courage and joy
to climb the summit of this day.

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