Manual De Supervivencia — Pedro Sánchez Castejón / Survival Guide by Pedro Sánchez Castejón (spanish book edition)

El libro lo ha escrito, al parecer, Irene Lozano, que tampoco debería tener tiempo que perder en estas lides porque es nada menos que Secretaria de Estado. Quitando la garrafal errata de Fray Luis de León y el cambio de colchón a la llegada a la Moncloa, creo que es algo narcisista y no se si realmente morirá en plan narciso pero siendo muy astuto deja muchas cosas sin contar quizás para tener más apoyo de los varones socialistas, sin duda desde luego es un animal con un instinto de supervivencia feroz.
Lo más jugoso del personaje no se cuenta en el libro, porque algunas de sus historias han sido clasificadas como secreto de Estado. En fin, un libro que abarca aspectos más banales pero que no entra en el meollo de la cuestión el presidente del gobierno español. Además se destaca su empeño europeízante, no se si siguiendo las directrices de Bilderberg y además cita a Kissinger.

El caso del Aquarius ha cambiado la política europea. Durante el verano tuvimos dos nuevos Aquarius y una misma respuesta por parte del Gobierno italiano, lo que exigió a distintos países, entre los que se encontraba España, articular un mecanismo solidario de acogida de los migrantes. Así lo hicimos. Estoy convencido de que, más pronto que tarde, este mecanismo se institucionalizará a nivel comunitario con el apoyo entusiasta de la Comisión Europea.
Somos un país que, cuando quiere, hace muchas cosas, y yo tengo la ambición de que España lidere en la UE e internacionalmente las causas que defiende la sociedad española. Fuimos el primer país en aprobar una ley integral contra la violencia de género e, incluso, España planteó una directiva a nivel europeo sobre violencia de género, que al final no pudo materializarse. Me enorgullece pertenecer a un país cuya sociedad pide estar a la vanguardia en la ampliación de derechos y libertades, como lo estuvo al aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Los gobernantes europeos debemos ser muy rigurosos con la migración. Se trata de un fenómeno que hemos de manejar desde la convicción de hacer valer el derecho internacional, los derechos a la protección de que gozan las personas, y eso es preciso hacerlo acompasado con nuestro derecho como país a regular los flujos migratorios, combatir a las mafias que trafican con seres humanos y controlar las fronteras. El auge del nacionalismo y el autoritarismo que estamos experimentando en Europa se alimenta del miedo a la migración.

La moción de censura que llevó al Partido Socialista al Gobierno supuso un cambio de época en la política española. En primer lugar, se puso fin al combate por la hegemonía dentro de la izquierda: esta cuestión quedó zanjada, veremos si es verdad. A cambio, comenzó la pugna dentro de la derecha por esa misma preponderancia ideológica y, en el momento de escribir estas líneas, en 2018, no está ni mucho menos decidido quién va a ganar esa batalla que, a su vez, puede tener consecuencias muy relevantes dado el auge de cierta ultraderecha en Europa.

La historia de esos tres años, mi historia, es, en realidad, la del triunfo de la democracia dentro del PSOE. Comenzó en aquellas primarias de 2014 en las que fui elegido secretario general por primera vez, por el voto de la militancia. Se ha escrito mucho sobre aquellas primarias. Entonces empezó todo, pero lo cierto es que nada ocurrió según estaba previsto, ni por mí ni por nadie. Y al mismo tiempo, casi podría decirse que todo lo que ocurrió era previsible, pues cuando los mecanismos democráticos se desencadenan —sea en una organización o en un país—, cobran vida propia y siguen su curso al margen de las decisiones de nadie, ni siquiera de quienes los desencadenaron. Esa es la magia de la democracia: su fuerza imparable arrolla a quien no cree en ella o la utiliza como coartada para ejercer el poder. Yo creo en ella, y en aquellas primarias de 2014 creía que era imprescindible más democracia para nuestro país, pero también para nuestro partido.
En aquel momento la comunicación política estaba de moda: después de mucho tiempo de distanciamiento entre los políticos y la gente, había necesidad de acercarlos. Los ciudadanos veían a los políticos muy lejos, en sus instituciones, ahí arriba en la tribuna del Congreso, pero nunca en primer plano, por así decirlo. Por tanto, había una necesidad de la gente de tenerlos cerca, casi de agarrarlos de las solapas, acercarlos y charlar con ellos de tú a tú. Esto es imposible en un país de 46 millones de habitantes, y quizá lo más parecido que podemos hacer los políticos es participar en programas de televisión que ven millones de personas. Todos esos millones, en aquel momento, necesitaban humanizar al político, necesitaban ver que detrás había una persona de carne y hueso. Eso lo hicimos bien y en poco tiempo mucha gente me conoció y logramos empatizar con muchos ciudadanos. No era fácil hacerlo desde un partido tradicional; de hecho, también sufrí críticas de algunos compañeros del partido, que pensaban que el político tiene que mantenerse en ese lugar elevado, distante y casi inmaculado. Son dos concepciones distintas de la figura del político. La mía, desde luego, es cercana.
La reforma del artículo 135 del año 2011 había causado una enorme convulsión entre los socialistas. No hubo un Comité Federal que lo aprobara, ni tan siquiera una Ejecutiva federal. No hubo debate. El partido tenía esa espina clavada y la discusión pendiente. En la Conferencia Política de 2013 se sustanció ese debate. Yo participé en él, como miembro de las ponencias, y se habló de modificar el artículo 135 —no de suprimirlo— para incorporar un suelo mínimo de gasto social. Por supuesto que éramos, y somos, partidarios de la estabilidad presupuestaria: es un principio socialdemócrata porque esa estabilidad es la que hace que las cuentas cuadren y asegura la atención de las prestaciones, de la sanidad, de la educación y de las pensiones.
Nosotros somos los primeros en defender la estabilidad presupuestaria.

Siempre he creído que la bandera y los símbolos constitucionales son de todos, que no pertenecen a ninguna ideología, pues representan nuestros derechos y libertades. El error de la izquierda española es no haber lucido esos símbolos como sí lo ha hecho la derecha. Además, se da otra paradoja y es que, como partido autonomista que también somos, los candidatos socialistas sí presentan sus candidaturas luciendo las banderas de sus autonomías. Sin embargo, se trataba de algo que nunca habíamos hecho a nivel nacional. Decidí acabar con esa mala costumbre.
La del 20-D fue una campaña marcada por la certeza de que el mapa político iba a cambiar radicalmente y, por ello, se dio una coalición de intereses atípica. Por un lado, estaban los poderes de trazas conservadoras, que habían dejado de defender al PP porque se habían dado cuenta de que el lastre de la corrupción lo hacía indefendible. Por tanto, y puesto que Cs estaba demasiado verde, en aquel momento solo tenían una opción, que consistía en atacar la alternativa, es decir a nosotros, el PSOE.
Al PP le venía bien debilitarnos porque estaba claro que iba a perder millones de votos. Su cálculo era: mientras Podemos le reste votos al PSOE, seguimos en el poder. En ese coqueteo que mantuvo el PP con Podemos, aspiraban a lograr dos por el precio de uno: primero, pasar, de un sistema bipartidista, no a uno pluripartidista, sino al monopartidismo. Y segundo, eliminar la alternativa al Gobierno del PP, que somos los socialistas, como los hechos han demostrado con la moción de censura de junio de 2018.

Lo único bueno que tuvo aquella presión de las encuestas fue que los resultados del 26-J resultaron un alivio. Se vio con claridad que Podemos entraba en un momento de declive y el temido sorpasso no se daba. A pesar de haber sumado a IU había perdido un millón de votos respecto a los resultados que obtuvieron por separado. Su bloqueo les pasó factura. No habían sido útiles para el cambio y los ciudadanos lo percibieron con claridad. Podemos cayó en el error histórico de dividir a la izquierda, por un lado, y por otro, de creer que puedes hacer descansar la gobernabilidad del país en partidos que quieren romper ese país.
Lo paradójico de aquel resultado es que, aunque mejoramos ligeramente, pues subimos un 0,6 % en voto popular, este se tradujo en un menor número de escaños, cinco menos que los noventa del 20-D de 2015. Esta circunstancia se aprovechó por parte de algunas personas para debilitarme internamente. La situación orgánica cada vez se complicaba más.

La propaganda de la derecha mediática fue enorme: el bulo del Gobierno Frankenstein me hizo mucho daño. De pronto fui consciente de que me imputaban una serie de hechos y decisiones, todas supuestas, sin ninguna base. Los presuntamente partícipes lo negaban, desde Miquel Iceta hasta Joan Tardà, pasando por portavoces del PNV. Pero los bulos han tenido mucha fuerza a lo largo de la historia, y los damnificados por ellos no podemos más que sentirnos desprotegidos: equivale a luchar contra un fantasma. Nadie sale a decir que tiene algún hecho, alguna prueba, algún documento, que demuestre la afirmación, pero con cada información se van sembrando las insidias, van creciendo las dudas y las sospechas… Usaban argumentos ridículos, como que ayudábamos a ERC a formar grupo en el Senado, y pretendían que eso demostrara algo, cuando era lo que habíamos hecho toda la vida. Además, se usaban dos varas de medir: cuando Rajoy pactó la formación de la mesa del Congreso con CDC nadie le criticó. Sin embargo, si yo defendía que ERC tuviera grupo en el Senado, entonces se me echaban encima para llamarme separatista y no sé cuántas cosas más. No tenía ningún sentido. Si hasta en mis reuniones con Pablo Iglesias trataba de convencerle de que aparcara lo del referéndum. Le decía que cómo iba a llegar a presidente de un país si no reconocía la existencia de ese país. En fin, trataba de hacerle reflexionar, nunca me planteé otra cosa.
El bulo fue tremendamente injusto por tres razones: uno, nunca hubo nada y quienes daban alas a las mentiras lo sabían; dos, yo no había sido presidente del Gobierno en marzo por negarme a aceptar un referéndum de autodeterminación; y tres, aun después de dimitir como secretario general, lo siguieron utilizando para desprestigiarme.
El verdadero Gobierno Frankenstein era el de Rajoy. Y estaba a punto de conseguir formarlo.

Fuera de nuestro país se veía con toda claridad. Así me lo transmitió Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, con un mensaje: la socialdemocracia se juega mucho en todo esto. El socialismo español no es cualquier cosa, sino uno de los pilares de la socialdemocracia europea.
Lo mismo pensaba António Costa, con quien me reuní de nuevo, esta vez en una visita privada. Begoña tenía un viaje de trabajo a Lisboa y aproveché para ir con ella y charlar con António. Habla español a la perfección y lo cierto es que hemos hecho muy buenas migas en los últimos años. Fuimos elegidos secretarios generales de nuestros respectivos partidos casi al mismo tiempo, y en las reuniones previas a los consejos europeos siempre íbamos juntos. Él es uno de los que ha comprendido la situación de la izquierda y ha actuado para unirla. Siempre discreto, además de muy hospitalario, me preguntó qué iba a hacer y me mostró su simpatía hacia la posición que había defendido hasta el final en el Congreso.
El reto de la socialdemocracia hoy es saber entenderse con otras fuerzas progresistas. El mejor ejemplo de esto es Portugal. Hay que salir del exclusivismo, y esa es la gran lección que nos han dado nuestros vecinos: las izquierdas se pueden entender, con la socialdemocracia como gran vector. Un punto de vista interesante de António Costa es su convicción de que el socialismo debe recuperar a través de las instituciones mucho del crédito perdido. La nueva política hoy son más hechos que dichos: hacer y no decir. ¿Cómo demuestras que hay diferencias entre que gobierne la socialdemocracia o la derecha? Desde el Gobierno. Con políticas reales es como la gente ve que sus gobernantes apuestan por la sanidad, por la educación… y no diciéndolo. Una de las cosas en que nos hemos equivocado es cuando no hemos cumplido en el Gobierno lo que decíamos en la oposición.

El tema de la soberanía, en efecto, es uno de los grandes desafíos que tenemos no solo en España, sino en Europa. La ciudadanía ve que su poder en la toma de decisiones cada vez es más restringido. La democracia sirve, entre otras muchas cosas, para que las preferencias de la ciudadanía se vean materializadas en la acción del Gobierno. Eso cada vez es más difuso en el ámbito estatal, y en el supranacional que es Europa no se vislumbra porque la democracia cristiana hace tiempo que dejó de lado el Estado de bienestar y la socialdemocracia no encuentra en la izquierda radical el compañero de viaje idóneo para seguir construyendo y no destruir.
Faltan ideas e instituciones para desenvolvernos en el territorio ignoto de la globalización. Ahora con enormes desafíos nuevos, como el de la inteligencia artificial, con su impacto sobre el empleo y las pensiones, e incluso la cultura; el surgimiento de la economía colaborativa, más el desarrollo tecnológico, que crece con las start-ups y las apps que se crean, y que está generando situaciones de auténtica explotación laboral; el cambio climático, y sobre todo, la desigualdad, el principal problema. La Revolución Industrial del siglo XVIII fue una revolución que ayudó a los trabajadores manuales en los procesos de automatización y de sistematización, porque introdujo maquinaria para llevar a cabo los menos cualificados. Los directivos de entonces no tenían IBM, ordenadores, Excel y demás herramientas. En definitiva, se aumentó la productividad de los trabajadores menos capacitados.

Hubo un momento en que me di cuenta de que íbamos a ganar. Era muy evidente que nuestro mensaje crecía como una bola de nieve, una bola enorme que no paraba de sumar adhesiones. Había que unir al partido, pero a esas alturas estaba claro que la ruptura se había dado entre los dirigentes y la militancia, y que, por tanto, quien podían sellar eso de nuevo era nuestra candidatura, puesto que yo era el dirigente que se había marchado por defender lo mismo que los militantes y la mayoría de los votantes. Las estructuras tradicionales del partido, sus dirigentes históricos, estaban tocados, estaban siendo cuestionados, de modo que apoyarse en ellos para hacer campaña no era muy inteligente y demostraba que no se había cobrado conciencia del cisma interno.
No resultaba fácil colegir, a partir de los distintos planteamientos de campaña de cada candidato, qué tipo de partido queríamos e íbamos a diseñar. Nuestra militancia estaba madura hacía tiempo para otro tipo de organización, porosa, participativa, y en cuanto se abrió la espita no dudaron en demostrarlo.

Lo más maravilloso de la política es cómo los cambios generan cambios alrededor. Iglesias dio un giro claro a su discurso hacia el nuevo PSOE y abrazó por fin las tesis relativas a la necesidad de unir fuerzas desde la izquierda. Desde ese momento se plantea una interlocución fluida que, durante los dos años y dos meses de mi primer mandato como secretario general, no había sido posible. Estábamos imbuidos en un proceso electoral tras otro y no habíamos podido hablar ni conocernos. Frente al nuevo PSOE él se da cuenta de que no puede seguir manteniendo el grado de hostilidad demostrado anteriormente, y que de hecho fue censurado por muchos de sus votantes. Yo lo califiqué de socio preferente y él no tuvo más remedio que incorporarse. Desde luego, hay mucho que pulir entre dos organizaciones cuya relación estaba marcada por los tintes competitivos, e incluso de hostilidad abierta, pero para mí es crucial que se haya abierto esa interlocución.
En septiembre, Cataluña ocupaba ya todas nuestras conversaciones. Los riesgos que corría Unidos Podemos respecto al independentismo resultaban obvios para mí, y se lo dije a Iglesias en una nueva reunión: «Tened cuidado, porque esta gente va a declarar la independencia y al final te vas a ver involucrado». El problema del que le advertí es que, al considerar el 1-O simplemente como una movilización, legitimaban la consulta, con todas las consecuencias que eso acarreaba, como se vio después. Si alguien legitima políticamente una consulta que se utiliza como coartada para definirla como el «mandato» popular que obliga a los dirigentes independentistas a declarar la independencia, es obvio que eso te va a salpicar políticamente. Para esas fechas, nadie podía ya ser ingenuo respecto al camino que había enfilado el independentismo.
Había cambiado el PSOE y eso empezaba a generar transformaciones a nuestro alrededor, porque el cambio crea dinámicas contagiosas. Tuve la sensación de que se recuperaba el orden natural de las cosas. Habíamos recobrado nuestra capacidad de iniciativa, además de empezar a ejercer como lo que éramos de forma inequívoca: líderes de la oposición y alternativa de Gobierno al Partido Popular. Una oposición leal y con vocación de Gobierno, pero oposición sin ningún género de dudas. El desafío independentista en Cataluña nos aguardaba a la vuelta de la esquina para tensar todas las costuras del Estado.

Mientras me dirigía a la Moncloa, en julio de 2017, para reunirme con Rajoy, me vino a la memoria nuestra primera reunión tres años antes, tras mi primera elección como secretario general del PSOE en 2014. Aquella conversación también versó sobre la crisis catalana. La anomalía resultaba evidente: en tres años numerosos aspectos habían cambiado en la política española y, sin embargo, Cataluña se encontraba casi en el mismo punto. El conflicto independentista nos ha hecho entrar en un bucle de más de cinco años. Los más perjudicados por él serán los ciudadanos catalanes.
A mí me preocupaba sobre todo que hasta entonces, después de casi cinco años de Gobierno de Rajoy, no se hubiera formalizado ningún espacio de diálogo: la comisión bilateral Generalitat-Gobierno no funcionaba. Se había intentado aquella «operación diálogo» con la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría a la cabeza, pero había fracasado estrepitosamente y no existía ninguna dinámica formal de intercambio.
Se echaba en falta la interlocución bilateral entre instituciones, tanto como un diálogo dentro del Congreso de los Diputados. Resultaba fundamental porque dejaría en evidencia la actitud del independentismo y su utilización del Parlamento catalán —una institución de todos— para su propia estrategia. Los días 6 y 7 de septiembre de 2017 culminó ese proceso de imposición de su perspectiva a las fuerzas parlamentarias constitucionalistas. En contraste con eso, le sugerí a Rajoy, el Congreso se mostraría como una institución plural, que cumple con su función de lugar de diálogo inclusivo de todas las partes.
La crisis en Cataluña es, sin duda, mucho más complicada. Pero en agosto de 2017 Rajoy todavía pensaba en la posibilidad de reconducir el debate político después del 1-O. No sé cómo, pero se aferraba a eso, que a mí me parecía una ilusión. Ni él me planteó entonces aplicar el 155 ni yo le vi con ninguna gana de hacerlo. Acordamos que actuaríamos de forma coordinada y él se comprometió a consultarnos los pasos que diera el Gobierno.
Se estableció una coordinación muy fluida entre el Gobierno y el Partido Socialista. Al mismo tiempo yo sistematicé una interlocución diaria con Miquel Iceta como primer secretario del PSC. Esa conversación mía en las dos direcciones resultó muy útil después: el Gobierno no tenía prácticamente información sobre el terreno porque apenas hay alcaldes del PP en Cataluña y esa escasa representación lo dejaba ciego ante lo que sucedía, como le ocurría a Ciudadanos. El impulso se realizaba a través del grueso de la información, que procedía del PSC, de ahí el extraordinario papel que desempeñó en toda la crisis.

El discurso televisado del rey el 3 de octubre también revistió una enorme importancia institucional. Un par de días antes me llamaron de su gabinete, me explicaron cómo lo iba a abordar y me preguntaron mi opinión al respecto; lo normal en estos casos. Fue una actitud prudente y respetuosa por su parte compartir una intervención cargada política y emocionalmente. Hay que recordar aquellos días, cómo vivimos todos aquella tensión hasta en lo más cotidiano de nuestras vidas.
Siempre le he dado al rey mi opinión sobre cómo abordar esta Cristiano. Hemos de ser conscientes de que no vamos a resolver en un mes lo que lleva diez años larvándose. Urge normalizar el debate, ante todo entre los propios catalanes, para volver a encontrar lo común, dentro de la sociedad catalana y con el resto de España. Los independentistas conocen el marco legal, son conscientes de que hablar de cualquier idea es absolutamente legítimo en nuestro sistema. Pero no pueden cometer delitos, como no lo puede hacer ningún ciudadano en un sistema en el que nadie está por encima de la ley. Siempre he visto al rey muy empático con Cataluña. El independentismo le está tratando injustamente, porque se ha expresado con frecuencia en catalán cuando ha ido allí. Él aprecia la lengua y la cultura catalanas. Ha estado allí en momentos difíciles, como los atentados de Barcelona.
Es más, la supuesta defensa que hace el independentismo del sistema republicano no deja de ser nada más que eso, una supuesta, por falsa, defensa de tal régimen. En realidad, el independentismo catalán ya en la Segunda República cuestionó la integridad territorial y el orden constitucional republicano de igual forma que lo hace ahora con la monarquía parlamentaria. No es un cuestionamiento al tipo de sistema que nos gobierna, sino al ser de España lo que subyace en sus ataques hoy a la Corona como lo fue ayer a la Segunda República.
Su discurso fue el propio de un jefe del Estado, por eso defendió la integridad del Estado. Ha habido críticas desde el mundo independentista pero la pregunta es: ¿qué pensaban ustedes que iba a hacer el rey? ¿Santificar la ruptura del país? Es absurdo. Con el rey mantenemos una magnífica relación y eso ayuda a la fluidez institucional, qué duda cabe.

Ante cualquier problema grave, los políticos tienen dos opciones. Una es anticiparse a los problemas y resolverlos antes de que se produzca la crisis. La otra es dejar estar las cosas hasta que estalle la crisis. Kissinger plantea muy bien ese dilema, porque él ve que anticiparse es siempre lo más complicado. Un gobernante dispone de mucha información, pero los ciudadanos no van a entender ciertas decisiones —quizá drásticas— cuando no ha ocurrido nada.
Gobernar significa muy a menudo elegir la opción menos mala. Y en octubre de 2017 cualquier iniciativa era ya tardía. Pero la obligación de un presidente es estar dispuesto a asumir un coste, tanto al elegir entre esos distintos males como al anticiparse. Soy consciente de que yo mismo me he enfrentado a tales disyuntivas: el independentismo es una, pero apoyar a Rajoy y a un PP asediado por los escándalos de corrupción también podría ser mal interpretado. Creo que los ciudadanos comprendieron que nuestro apoyo era al Estado y al país, no al Gobierno. El presidente era quien podía y debía vehicular la respuesta, tanto la política como la legal.
El 155 fue como un bálsamo para la sociedad catalana. La intervención y la reconstrucción del Gobierno sentaron bien a la sociedad catalana en su conjunto, a la economía, a las empresas y a la política. La sociedad catalana vio que no sobrevenía ninguna hecatombe, como le habían dicho de forma interesada. La particularidad de este conflicto es que quienes estaban al frente de las instituciones fueron los que quebraron las instituciones. Generalmente, la amenaza para las instituciones suele venir de fuera, pero esto venía desde dentro, por eso resultó especialmente grave. A la ciudadanía le resultó tranquilizador tener ante sí un horizonte electoral que, en el fondo, marcaba el retorno a la normalidad que había quedado interrumpida desde el 1-O. También permitió a todos los actores políticos ubicarse. Fue una decisión que encauzó los acontecimientos. Se trató de la primera vez que se activaba el artículo 155 de la Constitución y se hizo de manera inteligente. Es un artículo homologable a los que tienen otros países europeos, cuya pertinencia queda acreditada para el futuro porque ha demostrado ser proporcional a la envergadura del desafío.
Sin embargo, también hemos de ser conscientes de que hay una dinámica de bloques y una profunda división política de la sociedad catalana que nos revela que, al menos durante algún tiempo y pase lo que pase, las cartas van a estar echadas.
La imagen de España ha salido dañada, quizá no tanto como se podía prever. España no es un país al que le guste explicarse, y estamos ausentes en muchos foros internacionales donde deberíamos tener presencia. El independentismo ha quedado muy tocado en el plano internacional, no solo porque políticamente cualquier nueva frontera es antieuropea, sino porque la gente ha visto, y nosotros nos encargamos de difundirlo también, que no hay ningún pueblo oprimido, sino una sociedad rota. Son ellos quienes la han partido en dos. Puigdemont tenía la mala costumbre, heredada por Joaquim Torra, de dirigirse solo a la mitad de la sociedad, la que los apoya, fingiendo que la otra mitad no existe.
A veces se dice que hay un déficit de representación del Estado en Cataluña, pero es un juicio erróneo: el Estado está presente en todos los ayuntamientos y en la Generalitat: la Generalitat es Estado, no lo olvidemos. Esto es algo que no reconocieron los independentistas cuando obligaron antes del 1-O a todos los ayuntamientos a ceder espacios para la consulta. Las instituciones públicas son de todos y la única manera de defender las instituciones públicas en beneficio de todos, tanto los que votaron al PSOE como quienes lo hicieron por los independentistas, es cumplir con la ley. Los alcaldes socialistas cumplieron con su deber, porque estaban defendiendo al Estado, al que ellos representan también en Cataluña.
La regeneración para que el conjunto de la sociedad, si desde la política ponemos en el centro la regeneración democrática y la justicia social, podríamos empezar a ganar mucho del espacio perdido ante el independentismo en Cataluña y, en general, de la desafección con la política. Por poner un solo ejemplo: Cataluña es la comunidad autónoma donde más se ha recortado desde el año 2005 en sanidad pública. Se está privatizando la sanidad pública en la atención primaria, cada vez hay más enfermedades crónicas o mortales. ¿Qué soluciones ofrece la política a esto? El independentismo no está gobernando para los catalanes. Al contrario, están ocultando toda su ineficacia y su abandono tras la bandera, para afirmar que es culpa de Madrid. Pero ellos han gobernado y han administrado la sanidad pública. Si no funciona, tendrán que asumir su cuota de responsabilidad.

Si España reformara su Constitución, sería el primer país europeo que lo hiciera en el siglo XXI para adaptarla a Europa y daríamos un ejemplo de impulso y de convicción en los valores europeos. Por otro lado, dentro de España también tendría un efecto muy poderoso. Aquí Europa siempre nos ha hecho dar lo mejor de nosotros mismos, nos ha inspirado ideales de mejora del país, más democrático, más abierto. Nuestras ambiciones nacionales en el siglo XX han estado ligadas a la Unión Europea: primero fue ingresar y después cumplir los criterios de Maastricht para estar en el euro. No se trata de ningún experimento, sino de continuar la historia de España. Encontrándonos con Europa de nuevo, volveremos a encontrarnos con nosotros mismos.

The book has been written, apparently by Irene Lozano, who should also have no time to waste in these cases because she is nothing less than Secretary of State. Removing the blunder of Fray Luis de León and the change of mattress on arrival at the Moncloa, I think it is something narcissistic and I do not know if it really will die in narcissistic plan but being very clever leaves many things without telling perhaps to have more support from the socialist powers that be in the socialist party, without a doubt of course it is an animal with a fierce survival instinct.
The most juicy of the character is not counted in the book, because some of his stories have been classified as a state secret. In short, a book that covers more banal aspects but that does not go into the heart of the matter the president of the Spanish government. Also emphasizes its European commitment , I do not know if following the guidelines of Bilderberg and also quotes Kissinger.

The Aquarius case has changed European policy. During the summer we had two new Aquarius and the same response from the Italian Government, which required different countries, including Spain, to articulate a solidarity mechanism for the reception of migrants. That’s what we did. I am convinced that, sooner rather than later, this mechanism will be institutionalized at Community level with the enthusiastic support of the European Commission.
We are a country that, when it wants, does many things, and I have the ambition that Spain leads in the EU and internationally the causes defended by Spanish society. We were the first country to pass a comprehensive law against gender violence and, even, Spain raised a directive at European level on gender violence, which ultimately could not materialize. I am proud to belong to a country whose society asks to be at the forefront in the expansion of rights and freedoms, as it was when approving marriage between people of the same sex.
European leaders must be very rigorous with migration. This is a phenomenon that we have to manage from the conviction of enforcing international law, the rights to protection that people enjoy, and that is what must be done with our right as a country to regulate migratory flows, fight against mafias that traffic with human beings and control borders. The rise of nationalism and authoritarianism that we are experiencing in Europe is fueled by the fear of migration.

The motion of censure that led the Socialist Party to the government meant a change of era in Spanish politics. In the first place, the fight for hegemony within the left was ended: this question was settled, we will see if it is true. In return, the struggle began within the right for that same ideological preponderance and, at the time of writing these lines, in 2018, it is not much less decided who will win that battle, which, in turn, can have very serious consequences. relevant given the rise of a certain extreme right in Europe.

The history of those three years, my history, is, in reality, the triumph of democracy within the PSOE. It began in those 2014 primaries in which I was elected general secretary for the first time, by the vote of the militancy. A lot has been written about those primaries. Then everything started, but the truth is that nothing happened as expected, neither by me nor by anyone. And at the same time, it could almost be said that everything that happened was predictable, because when democratic mechanisms are unleashed – be it in an organization or in a country – they take on a life of their own and run their course regardless of anyone’s decisions, nor even from those who unleashed them. That is the magic of democracy: its unstoppable force overwhelms those who do not believe in it or use it as an alibi to exercise power. I believe in it, and in those primaries of 2014 I believed that more democracy was essential for our country, but also for our party.
At that time political communication was fashionable: after a long time of distance between politicians and people, there was a need to bring them closer together. Citizens saw politicians far away, in their institutions, up there in the tribune of Congress, but never in the foreground, so to speak. Therefore, there was a need for people to have them close, almost to grab them by the lapels, bring them closer and chat with them one on one. This is impossible in a country of 46 million inhabitants, and perhaps the closest thing that politicians can do is participate in television programs that millions of people see. All those millions, in that moment, needed to humanize the politician, they needed to see that behind there was a person of flesh and blood. That we did well and in a short time many people met me and we managed to empathize with many citizens. It was not easy to do it from a traditional party; In fact, I also suffered criticism from some of the party’s comrades, who thought that the politician has to stay in that high, distant and almost immaculate place. They are two different conceptions of the figure of the politician. Mine, of course, is close.
The reform of Article 135 of the year 2011 had caused a huge upheaval among the Socialists. There was no Federal Committee to approve it, not even a federal Executive. There was no debate. The party had that thorn stuck and the discussion pending. At the 2013 Political Conference that debate was substantiated. I participated in it, as a member of the presentations, and there was talk of modifying article 135 – not deleting it – to incorporate a minimum floor of social expenditure. Of course we were, and we are, supporters of budget stability: it is a social democratic principle because that stability is what makes the accounts square and ensures the attention of benefits, health, education and pensions.
We are the first to defend budget stability.

I have always believed that the flag and the constitutional symbols belong to everyone, that they do not belong to any ideology, because they represent our rights and freedoms. The error of the Spanish left is not having worn those symbols as the right has. In addition, there is another paradox and that, as an autonomous party that we are also, the socialist candidates do present their candidacies wearing the flags of their autonomies. However, it was something we had never done at the national level. I decided to put an end to this bad habit.
That of 20-D was a campaign marked by the certainty that the political map was going to change radically and, therefore, there was an atypical coalition of interests. On the one hand, there were the powers of conservative traces, which had stopped defending the PP because they had realized that the burden of corruption made it indefensible. Therefore, and since Cs (Ciudadanos Party) was too green, at that time they only had one option, which was to attack the alternative, that is to say, us, the PSOE.
It was good for the PP (right party) to weaken us because it was clear that I was going to lose millions of votes. His calculation was: while we can subtract votes to the PSOE, we remain in power. In that flirtation that the PP maintained with Podemos, they aspired to achieve two for the price of one: first, to move from a bipartisan system, not to a multi-party system, but to one-party system. And second, eliminate the alternative to the Government of the PP, which we are the Socialists, as the facts have shown with the motion of censure of June 2018.

The only good thing about the pressure of the polls was that the results of the 26-J were a relief. It was clear that Podemos was entering a moment of decline and the dreaded sorpasso did not occur. Despite having joined IU, he had lost a million votes with respect to the results obtained separately. Their blockade took their toll. They had not been useful for change and citizens clearly perceived it. We may have fallen into the historic mistake of dividing the left, on the one hand, and on the other, of believing that you can rest the country’s governability in parties that want to break that country.
The paradox of that result is that, although we improved slightly, because we raised 0.6% in popular vote, this translated into a smaller number of seats, five less than the nineties of 20-D of 2015. This circumstance was taken advantage of by part of some people to weaken me internally. The organic situation became more and more complicated.

The propaganda of the media right was huge: the hoax of the Frankenstein Government hurt me a lot. Suddenly I was aware that they were imputing to me a series of facts and decisions, all supposedly, without any basis. The alleged participants denied it, from Miquel Iceta to Joan Tardà, passing through spokesmen of the PNV. But the hooligans have had a lot of force throughout history, and those affected by them can only feel unprotected: it is like fighting a ghost. Nobody goes out to say that they have some fact, some proof, some document, that demonstrates the affirmation, but with every information they are sowing the snares, doubts and suspicions are growing … They used ridiculous arguments, like that we helped ERC to form a group in the Senate, and they wanted that to prove something, when it was what we had done all our lives. In addition, two yardsticks were used: when Rajoy agreed to the formation of the Congress table with CDC, nobody criticized him. However, if I defended that ERC had a group in the Senate, then they would jump on me to call me a separatist and I do not know how many more things. It did not make any sense. If even in my meetings with Pablo Iglesias I tried to convince him to park the referendum. He told him how he would become president of a country if he did not recognize the existence of that country. Anyway, I tried to make him reflect, I never thought about anything else.
The hoax was tremendously unfair for three reasons: one, there was never anything and those who gave wings to the lies knew; two, I had not been president of the government in March for refusing to accept a referendum on self-determination; and three, even after resigning as secretary general, they continued to use it to discredit me.
The real Frankenstein Government was that of Rajoy. And I was about to get trained.

Outside of our country, it was clear. This was conveyed to me by Anne Hidalgo, the mayor of Paris, with a message: social democracy plays a big role in all this. Spanish socialism is not anything, but one of the pillars of European social democracy.
The same thought António Costa, with whom I met again, this time on a private visit. Begoña had a work trip to Lisbon and I took advantage to go with her and chat with António. He speaks Spanish perfectly and the truth is that we have done very well in recent years. We were elected secretary generals of our respective parties almost at the same time, and in the meetings prior to the European councils we always went together. He is one of those who has understood the situation of the left and has acted to unite it. Always discreet, as well as very hospitable, he asked me what I was going to do and he showed me his sympathy towards the position he had defended until the end in Congress.
The challenge of social democracy today is to be able to understand with other progressive forces. The best example of this is Portugal. We have to get out of exclusivism, and that is the great lesson that our neighbors have given us: the left can be understood, with social democracy as a great vector. An interesting point of view of António Costa is his conviction that socialism must recover through the institutions much of the lost credit. The new policy today are more facts than said: do and not say. How do you show that there are differences between governing the social democracy or the right? From the Government. With real policies, it is how people see that their rulers are betting on health, education … and not saying it. One of the things we have been wrong about is when we have not fulfilled in the Government what we said in the opposition.

The issue of sovereignty, in effect, is one of the great challenges we have not only in Spain, but in Europe. Citizens see that their power in decision making is increasingly restricted. Democracy serves, among many other things, so that the preferences of the citizenry are materialized in the action of the Government. That is becoming more diffuse in the state, and in the supranational that is Europe is not glimpsed because the Christian democracy has long since left aside the welfare state and the social democracy does not find in the radical left the ideal travel companion for keep building and not destroy.
We lack ideas and institutions to develop in the unknown territory of globalization. Now with enormous new challenges, such as artificial intelligence, with its impact on employment and pensions, and even culture; the emergence of the collaborative economy, plus technological development, which grows with the start-ups and the apps that are created, and which is generating situations of real labor exploitation; climate change, and above all, inequality, the main problem. The Industrial Revolution of the 18th century was a revolution that helped manual workers in the automation and systematization processes, because it introduced machinery to carry out the less qualified. The managers at the time did not have IBM, computers, Excel and other tools. In short, the productivity of the less skilled workers was increased.

There was a moment when I realized that we were going to win. It was very evident that our message grew like a snowball, a huge ball that did not stop adding adhesions. It was necessary to unite the party, but at that point it was clear that the rupture had occurred between the leaders and the militancy, and that, therefore, whoever could seal that again was our candidacy, since I was the leader who had marched to defend the same as the militants and the majority of the voters. The traditional structures of the party, its historical leaders, were touched, they were being questioned, so that leaning on them to campaign was not very intelligent and showed that they had not become aware of the internal schism.
It was not easy to collect, from the different campaign approaches of each candidate, what type of party we wanted and we were going to design. Our militancy was mature for a long time for another type of organization, porous, participatory, and as soon as the spigot was opened, they did not hesitate to demonstrate it.

The most wonderful thing about politics is how changes generate changes around. Churches gave a clear turn to his speech towards the new PSOE and finally embraced the thesis regarding the need to join forces from the left. From that moment on, a fluid dialogue arose that, during the two years and two months of my first mandate as secretary general, had not been possible. We were imbued in one electoral process after another and we had not been able to speak or know each other. Against the new PSOE he realizes that he can not continue to maintain the degree of hostility shown above, and that he was in fact censored by many of his voters. I qualified him as a preferred partner and he had no choice but to join. Of course, there is much to polish between two organizations whose relationship was marked by competitive dyes, and even open hostility, but for me it is crucial that this dialogue has opened.
In September, Catalonia already occupied all our conversations. The risks that United We ran against the independence movement were obvious to me, and I told Iglesias at a new meeting: “Be careful, because these people are going to declare independence and in the end you will be involved.” The problem I warned you about is that, by considering the 1-O simply as a mobilization, they legitimized the consultation, with all the consequences that entailed, as it turned out. If someone legitimates politically a query that is used as an alibi to define it as the popular “mandate” that forces the independence leaders to declare independence, it is obvious that it will splash politically. By that time, no one could be naive about the path taken by the independence movement.
The PSOE had changed and that was beginning to generate transformations around us, because change creates contagious dynamics. I had the feeling that the natural order of things was recovering. We had regained our capacity for initiative, in addition to starting to exercise as we were unequivocally: leaders of the opposition and government alternative to the Popular Party. A loyal opposition and with vocation of Government, but opposition without any kind of doubts. The independence challenge in Catalonia awaited us around the corner to tighten all the seams of the State.

While I was going to the Moncloa, in July of 2017, to meet with Rajoy, my first meeting came to mind three years before, after my first election as general secretary of the PSOE in 2014. That conversation also dealt with the Catalan crisis. The anomaly was evident: in three years many aspects had changed in Spanish politics and, nevertheless, Catalonia was almost at the same point. The independence conflict has made us enter a loop of more than five years. The most affected by it will be Catalan citizens.
I was worried above all that until then, after almost five years of Rajoy’s government, no space for dialogue had been formalized: the bilateral Government-Government commission did not work. The “dialogue operation” had been tried with Vice President Soraya Sáenz de Santamaría at the head, but it had failed miserably and there was no formal exchange dynamic.
There was a lack of bilateral dialogue between institutions, as well as a dialogue within the Congress of Deputies. It was fundamental because it would leave in evidence the attitude of the independence movement and its use of the Catalan Parliament – an institution of all – for its own strategy. On September 6 and 7, 2017, the process of imposing its perspective on the constitutionalist parliamentary forces was completed. In contrast to that, I suggested to Rajoy, the Congress would show itself as a plural institution that fulfills its role as a place of inclusive dialogue for all parties.
The crisis in Catalonia is, without doubt, much more complicated. But in August of 2017 Rajoy still thought about the possibility of redirecting the political debate after 1-O. I do not know how, but he clung to that, which seemed like an illusion to me. Neither he asked me then to apply 155 nor did I see him with any desire to do so. We agreed that we would act in a coordinated manner and he undertook to consult with us on the steps taken by the Government.
A very fluid coordination was established between the Government and the Socialist Party. At the same time I systematized a daily dialogue with Miquel Iceta as the first secretary of the PSC. That conversation of mine in both directions was very useful later: the Government had virtually no information on the ground because there are hardly any mayors of the PP in Catalonia and that little representation left him blind to what was happening, as it happened to Ciudadanos. The impulse was made through the bulk of the information, which came from the PSC, hence the extraordinary role it played throughout the crisis.

The king’s (Philip VI) televised speech on October 3 also had enormous institutional importance. A couple of days before they called me from his office, they explained to me how I was going to approach him and they asked me my opinion about it; normal in these cases. It was a prudent and respectful attitude on their part to share a politically and emotionally charged intervention. We must remember those days, how we all live that tension even in the most everyday of our lives.
I have always given the king my opinion on how to deal with this crisis. We must be aware that we are not going to solve in a month what has been going on for ten years. It is urgent to normalize the debate, above all among the Catalans themselves, in order to rediscover the common, within Catalan society and with the rest of Spain. Independents know the legal framework, they are aware that talking about any idea is absolutely legitimate in our system. But they can not commit crimes, as no citizen can do in a system in which no one is above the law. I have always seen the king very empathic with Catalonia. The independence movement is treating him unfairly, because he has frequently expressed himself in Catalan when he has gone there. He appreciates the Catalan language and culture. He has been there in difficult times, like the Barcelona bombings.
Moreover, the alleged defense of the independence movement of the republican system is nothing more than that, a supposed, false, defense of such a regime. In fact, the Catalan independence movement already in the Second Republic questioned the territorial integrity and the republican constitutional order in the same way as it does now with the parliamentary monarchy. It is not a questioning of the type of system that governs us, but rather of being of Spain what underlies its attacks today on the Crown as it was yesterday on the Second Republic.
His speech was that of a head of state, that is why he defended the integrity of the State. There have been criticisms from the pro-independence world but the question is: what did you think the king was going to do? Sanctify the rupture of the country? It’s stupid. With the king we maintain a magnificent relationship and that helps the institutional fluidity, no doubt.

Faced with any serious problem, politicians have two options. One is to anticipate problems and solve them before the crisis occurs. The other is to let things stay until the crisis erupts. Kissinger raises that dilemma very well, because he sees that anticipating is always the most complicated. A ruler has a lot of information, but citizens will not understand certain decisions – perhaps drastic – when nothing has happened.
Governing very often means choosing the least bad option. And in October of 2017 any initiative was already late. But the obligation of a president is to be willing to assume a cost, both when choosing between those different evils and when anticipating. I am aware that I myself have faced such dilemmas: the independence movement is one, but supporting Rajoy and a PP besieged by corruption scandals could also be misinterpreted. I think the citizens understood that our support was to the State and the country, not the Government. The president was the one who could and should convey the response, both political and legal.
The 155 was like a balm for the Catalan society. The intervention and the reconstruction of the Government were good for Catalan society as a whole, for the economy, for business and for politics. The Catalan society saw that no hecatomb ensued, as they had said in an interested way. The particularity of this conflict is that those who were in charge of the institutions were those who broke the institutions. Generally, the threat to institutions usually comes from outside, but this came from within, which is why it was especially serious. The citizenship was reassuring to have before it an electoral horizon that, in the end, marked the return to normality that had been interrupted since 1-O. It also allowed all political actors to locate themselves. It was a decision that channeled the events. It was the first time that article 155 of the Constitution was activated and was done intelligently. It is an article comparable to those of other European countries, whose relevance is accredited for the future because it has proven to be proportional to the scale of the challenge.
However, we must also be aware that there is a dynamic of blocks and a deep political division of Catalan society that reveals that, at least for some time and whatever happens, the letters are going to be thrown out.
The image of Spain has been damaged, perhaps not as much as could be expected. Spain is not a country that likes to explain itself, and we are absent in many international forums where we should have a presence. The independence movement has been very touched at the international level, not only because any new frontier is politically anti-European, but because people have seen, and we’ll also spread that no oppressed people, but a broken society. They are the ones who have split it in two. Puigdemont (the man in exile, Waterloo, Belgium) had the bad habit, inherited by Joaquim Torra, from addressing only half of society, which supports them, pretending that the other half does not exist.
It is sometimes said that there is a lack of representation of the State in Catalonia, but a misjudgment: the state is present in all municipalities and the Generalitat: the Generalitat is State, lest we forget. This is something that independentistas did not recognize when they forced before the 1-O to all the city councils to yield spaces for the consultation. Public institutions belong to everyone and the only way to defend public institutions for the benefit of all, both those who voted for the PSOE and those who voted for the separatists, is to comply with the law. The socialist mayors fulfilled their duty, because they were defending the State, which they also represent in Catalonia.
Regeneration for society as a whole, if from politics we place democratic regeneration and social justice at the center, we could begin to gain much of the space lost to the independence movement in Catalonia and, in general, of disaffection with politics. To give just one example: Catalonia is the autonomous community where most has been cut since 2005 in public health. Public health is being privatized in primary care, there are more and more chronic or fatal diseases. What solutions does the policy offer to this? The independence movement is not ruling for the Catalans. On the contrary, they are hiding all their inefficiency and their abandonment behind the flag, to affirm that it is the fault of Madrid. But they have governed and administered public health. If it does not work, they will have to assume their share of responsibility.

If Spain reformed its Constitution, it would be the first European country to do so in the 21st century to adapt it to Europe and we would give an example of momentum and conviction in European values. On the other hand, within Spain it would also have a very powerful effect. Here Europe has always made us give the best of ourselves, has inspired us ideals of improving the country, more democratic, more open. Our national ambitions in the twentieth century have been linked to the European Union: first was to enter and then meet the criteria of Maastricht to be in the euro. It is not about any experiment, but about continuing the history of Spain. Meeting Europe again, we will meet with ourselves again.

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