Historia De La India — Barbara D. Metcalf & Thomas R. Metcalf / A Concise History of Modern India, 3rd Edition by Barbara D. Metcalf & Thomas R. Metcalf

Como un recién llegado a la historia de la India, encontré esto como una introducción decente a los problemas y enfoques que han dado forma a la vida política india moderna. Los dos temas centrales que surgen son primero, la naturaleza del gobierno colonial (bajo Gran Bretaña, por supuesto, el término nunca se usa de amos musulmanes, ni es “imperialismo”) y el proceso de separación de él, y segundo, los problemas involucrado en las relaciones intercomunales y entre las castas en el contexto de la posterior democracia india.
Había estado buscando en particular una idea de cómo transcurre la conversación entre musulmanes e hindúes sobre el pasado de la India, si se puede decir que existe una “conversación” sobre el tema: cómo los musulmanes justifican su (s) período (s) de gobierno a su anterior ¿asignaturas? ¿Cómo los hindúes como hindúes dan sentido a su pasado como sujetos del gobierno musulmán? Las posiciones extremas en ambos lados se descubren fácilmente, pero estos extremos no se encuentran realmente en la conversación.
Sin embargo, me decepcionó a este respecto: los Metcalfs no transmiten tanto un sentido del curso de esta conversación como la toma de un lado. Es como si concibieran su historia como una especie de terapia contra la desconfianza hindú del Islam: en este tratamiento, el Islam no cambió nada, nunca se involucró como actor, nunca fue ajeno a la India, una influencia del “exterior”. Los problemas comienzan solo cuando los británicos y más tarde, los hindúes, intentan conceptualizar la estructura comunal del subcontinente en términos demasiado rígidos. Mughals y otras dinastías musulmanas nunca, aparentemente, intentaron conceptualizar nada (¡y mucho menos por medio de categorías islámicas!), O si lo hicieron, mantuvieron sus categorías flexibles y flexibles (características bien conocidas del pensamiento islámico, por supuesto), por ningún motivo. Se muestra que los efectos negativos siguen, para cualquiera excepto, quizás, para unas pocas dinastías rivales hindúes, de siglos de dominio musulmán.
¡Pero esos desgraciados británicos! El libro contiene página tras página de términos en inglés abrazados por citas irónicas de miedo – resultados tristes de intentos patéticos coloniales para dar sentido a las características políticas y religiosas de la India. Nuevamente, el conocimiento irónico de los autores se dirige solo a los esfuerzos británicos e hindúes para comprender y manipular, nunca a los musulmanes.
Al final, uno se siente más bien manipulado.

Es extremadamente bien escrito y sorprendentemente atractivo. Los autores representan la historia de la India desde una perspectiva académica y ponen los eventos en un contexto global, lo que permite al lector comprender la nación y su entorno sociopolítico actual.
Supongo que hay algunos prejuicios que surgen porque los autores son académicos occidentales, pero no puedo decir que discrepé con demasiada frecuencia.
En última instancia, presenté nuevas ideas, aunque no teorías completas, sobre cómo cada una de ellas es cierta y por qué.

La India septentrional está separada de la peninsular, conocida como Decán, por cadenas de colinas bajas, junglas de maleza y ríos que van hacia el oeste. Si bien no son una barrera tan imponente como el alto Himalaya, los montes de la India central permitieron que los pueblos asentados del sur, con lenguas derivadas de la familia dravídica, desarrollaran características culturales diferenciadas. Además, a diferencia de las extensas llanuras del valle del Ganges, la tierra del sur, con sus valles fluviales separados unos de otros por colinas, junto con las cordilleras costeras llamadas «ghats», contribuyó a que estos pueblos desarrollaran sus propios estados e incluso sus propios idiomas. A pesar de toda esta diversidad, sin embargo, en la Edad Media llegaron a la mayoría de las zonas del subcontinente elementos unificadores de lo que podemos llamar civilización índica.

La población mogola, en el año 1700, era quizá de 100 millones de personas, cinco veces más que la de los otomanos y casi 20 veces más que la de los safávidas. Dada la trayectoria de crecimiento seguida por los mogoles en el siglo XVII, el viajero del tiempo, a comienzos del XVIII, podría haber pensado, con toda razón, que el futuro de aquellos sería tan glorioso como había sido su pasado.
El emperador mogol, aunque todavía un soberano simbólico, se hallaba confinado en una pequeña zona de los alrededores de Delhi, sometido a las presiones de los afganos, los marathas que vivían en la parte occidental de Decán, y en 1803 bajo el dominio de la mencionada compañía inglesa, que al comienzo del siglo había concebido la idea de crear un imperio ella misma.
Las interpretaciones más familiares de la época mogola de la historia de la India fueron inventadas en el marco creado por los británicos, que igualmente se forjaron una historia nacional para su propia nación emergente. Fue fundamental para su imagen de sí mismos, y también para su imagen de la que habían llegado a considerar como una nación atrasada pero incipiente, lo que el historiador David Arnold ha denominado el «tríptico» orientalista de la historia de la India. En esta visión, los antiguos «hindúes» habían creado antaño una gran civilización. Con el advenimiento de los gobernantes islámicos a principios del siglo XIII, la cultura india se volvió rígida, la vida política dejó paso al despotismo y el abismo entre los gobernantes extranjeros «musulmanes» y la población nativa «hindú» contribuyó de forma irremediable a crear una estructura frágil.
Hoy en día, los historiadores de los siglos anteriores a la época británica rechazan las precedentes descripciones del periodo de las dinastías musulmanas. Asimismo argumentan, cosa tal vez sorprendente, en relación con el siglo XVIII que este fue la culminación de unas transiciones a largo plazo en el comercio, la economía, la cultura y la sociedad, que ofrecieron a los ingleses los mismos recursos que necesitaban para llevar a cabo sus propias y notables innovaciones en materia de economía, organización y tecnología militar y naval. Este capítulo presenta la zona intermedia del «tríptico», la cual abarca aproximadamente entre 1206 y 1707, año en que se fijaron las pautas que ayudan a explicar la visión de nuestro viajero en su avance y retroceso en el tiempo.
La imagen que se tiene habitualmente del pasado de la India se ha visto profundamente influida por dos percepciones erróneas relacionadas entre sí: en primer lugar, que los textos clásicos de los brahmanes describían una sociedad que existía en la realidad; en segundo lugar, que, dado que la India era «intemporal», la organización de aldeas y castas de la India colonial e incluso contemporánea eran una guía para su pasado histórico. De hecho, los periodos del sultanato y el gobierno mogol aceleraron los modelos de cambio ya existentes. Estos siglos presenciaron la expansión de la frontera agrícola, la extensión de las redes comerciales, un cambio tecnológico gradual y el desarrollo de instituciones políticas y religiosas. Estos cambios, y no una sociedad estancada, constituyen el preludio de la era colonial. Tampoco los soberanos musulmanes, podríamos añadir, encajaban en la caricatura que se hizo de ellos.
La vida espiritual y filosófica de los musulmanes en la India se desarrolló junto a la vida religiosa de los no musulmanes. Unos y otros respondían a un contexto común y al mismo tiempo se influían mutuamente en las expresiones de sus respectivas tradiciones. Ningún modelo cultural de la época del sultanato fue más duradero para la población musulmana que el devocionalismo sufí. De hecho, una de las características determinantes del islam en el ámbito índico en toda su larga historia es la omnipresencia del discurso y las instituciones de tradición sufí. Como los ulemas asociados con las cortes, los santones sufíes se adhirieron por lo general a la sharia, pero también insistieron en la conciencia interna de la presencia divina, en la práctica de disciplinas morales y físicas y en la necesidad de someterse a la autoridad de las cadenas carismáticas de la autoridad santa. Aunque sirvieron a los gobernantes en diversos grados, trataron de mostrarse ajenos a la corrupción del gobierno terrenal. Chishti, Suhrawardi, Qadiri y Naqshbandi, fundadores de los linajes más importantes del sufismo, eran originarios del Asia central y occidental; sin embargo prosperaron en el subcontinente. Las enseñanzas sufíes fueron enriquecidas y estimuladas por la presencia y competencia de otros santones de las tradiciones bhakti índicas de devoción, disciplinas espirituales y refinadas filosofías monistas. La devoción y el culto bhakti también prosperaron a su vez.
A pesar de la aparición de divisiones políticas y culturas autóctonas diferenciadas, los tres primeros siglos de dominio musulmán fomentaron cambios duraderos en las redes mercantiles, la vida social y las instituciones religiosas así como en las estrategias políticas, que contribuyeron a la continuidad en una amplia zona geográfica. En el norte de la India, el siglo XV y los comienzos del XVI prefiguraron en algunos aspectos los reinos regionales que sucedieron al Imperio mogol en el XVIII. Ambas fueron épocas caracterizadas por grandes semejanzas y relaciones, a pesar de las divisiones políticas, así como por una creativa expresión cultural en el ámbito local y autóctono.
Entre los líderes del movimiento bhakti de esa época, cuyas enseñanzas y cultos continúan hasta hoy, figuran Kabir (1440-1518), el gurú Nanak (1469-1539), Mirabai (ca. 1498-ca. 1550), Dadu (1544-1603), Tukaram (1608-1649) y Chaitanya (1486-1533). Como los sufíes, los maestros bhakti pusieron de relieve la devoción del propio individuo a lo divino. Una corriente menor, representada por Kabir y Nanak, subrayó el culto a un dios personal sin forma. Al hacerlo se distanciaron de los símbolos hindúes y musulmanes distintivos.

El Estado maratha de las décadas centrales del siglo XVIII constituye el mejor ejemplo de eficacia burocrática en este periodo. Los principales arquitectos de esta organización forman parte de una línea hereditaria de primeros ministros, los brahamanes chitpaván, el primero de los cuales fue Balaji Vishvanath (r. 1713-1720). A pesar de las rivalidades entre facciones, el poder militar maratha, sobre todo bajo el mando del peshwa o primer ministro Baji Rao (r. 1720-1740), extendió el Estado hasta Gujarat y Malwa, con incursiones hasta Delhi en la década de 1730 y a Bengala una década después. Al mismo tiempo, el Estado impuso un firme control sobre los jefes rurales, aventureros militares y otros, que se convirtieron en intermediarios para la entrega de la parte de los ingresos que correspondía al Estado. En las provincias marathas, como en todas las demás, un rasgo destacado del siglo XVIII fue la desaparición a nivel local de unas líneas separadas de autoridad civil y militar en favor de la figura única del recaudador de impuestos o contratista. El recaudador licitaba para obtener el derecho a pagar al tesoro del Estado cierta cantidad acordada por una determinada extensión de tierra durante un plazo determinado.
Las tradiciones islámicas también hallaron nueva expresión en ámbitos regionales. Poetas como Shah Abdul Latif Bhitai (1689-1752) en lengua sindhi, y Bulhe Shah (1680-1758) y Waris Shah (ca. 1730) en lengua punjabí, produjeron obras maestras de poesía mística en dialecto que reinterpretaban las historias folclóricas de la zona. Abdul Latif utilizó la historia de amor de la región de Kutch que narraba la búsqueda de Sasui de su amante Baluch para hablar del alma humana, simbolizada por una mujer en busca de lo divino, al igual que la poesía y la pintura bhakti de la época.
Tras el hundimiento de la autoridad en el norte de la India, la batalla culminante en la lucha por el dominio tuvo lugar en 1761, cuando los marathas y los afganos formaron sus ejércitos en el histórico campo de Panipat, donde había nacido el Imperio mogol. La batalla definió los límites del poder de ambos. Los afganos prevalecieron en el campo de batalla pero fueron incapaces de mantener un imperio tan lejos de Afganistán, de modo que se retiraron. El poder maratha, desde su base en Puna, se había extendido en las décadas anteriores hacia el norte y el este. Después de su derrota en Panipat su expansión se vio limitada y los marathas se dividieron en cuatro estados cada vez más separados. Cada uno de ellos estaba dominado por una de las principales familias militares maratha y cada uno, aunque vagamente vinculado a los peshwa de Puna, tenía su propia base geográfica: los gaekwad en Baroda, los sindhia en Gwalior, los holkar en Indore y los bhonsle en Nagpur.

No obstante ¿por qué la Compañía inglesa de las Indias Orientales tuvo un éxito tan espectacular en la India mientras que otros, tanto europeos como indios, fracasaron? Buena parte de la respuesta está en Europa. Al ser una nación isleña, para la cual era vital el comercio de ultramar, Gran Bretaña estaba obligada a asegurar sus intereses indios a toda costa. En una época en la que el comercio de exportación producía los mayores beneficios, el dominio de los mares dio a Gran Bretaña ventaja sobre sus rivales. Obsérvese el «East Indiaman» (el barco) en la pintura de Roma. Por lo que se refiere a la India, el siglo XVIII ofrece un espectacular contraste con el orden agrario mogol del XVII, época en la que el comercio ultramarino tenía una importancia secundaria. Además, aunque la Revolución industrial no había empezado todavía, la economía británica estaba ya impregnada de una dinámica ética comercial apoyada por un seguro derecho a la propiedad privada. En la India, los británicos pudieron prometer a las clases mercantiles indígenas, primero en las capitales presidenciales y luego en el campo, la atrayente perspectiva de la libertad respecto de exacciones arbitrarias, cosa que no podían hacer los gobernantes locales. Parte del éxito británico radica también en el hecho de que después de 1757, tras su conquista de Bengala, la Compañía de las Indias Orientales se hizo con el dominio de la provincia más rica de la India. Esto les proporcionó los recursos necesarios para dominar a los demás actores del permanente enfrentamiento entre los estados regionales de la India. Con una base de ingresos más amplia, la Compañía podía poner en campaña un ejército más grande que el de sus rivales indios y organizar una estructura del Estado más eficaz. Como consecuencia, aun cuando el estado británico de Bengala fue creado principalmente por los mismos elementos del «fiscalismo militar» que otros estados del subcontinente, con el paso del tiempo fue capaz de someterlos a todos uno tras otro.

La vida colonial de los primeros tiempos, sobre todo en las capitales presidenciales, separó de igual forma a británicos e indios pero al mismo tiempo los reunió en una común intimidad. Tanto en Calcuta como en Madrás, el fuerte –un recuerdo de que el dominio colonial dependía de los fusiles– era el núcleo desde el cual la ciudad se expandía hacia el exterior. Madrás tenía una «Ciudad Negra» claramente delimitada, dedicada al comercio y residencia indios. Los británicos, cuando empezaron a salir de los límites de las fortalezas a partir de 1770, desarrollaron suburbios ajardinados y salpicados de amplias mansiones paladianas. Al igual que el fuerte, este estilo de asentamiento hizo visible el nacimiento de un nuevo orden colonial. Calcuta, una población de unos 200.000 habitantes en la década de 1780, entre ellos más de 3.000 residentes europeos, a fines del siglo estaba marcadamente dividida entre las mansiones europeas con pilares y pórticos de Chowringhee y los sectores indios, densamente poblados, al norte de la ciudad.
Aunque los residentes ingleses de estas ciudades, a menudo ricos nabobs, se crearon un estilo de vida lujoso, la falta de resistencia a las enfermedades tropicales les envió a muchos de ellos prematuramente a la tumba. En lugares como el cementerio de la Park Street, en Calcuta, erigieron imponentes monumentos como anuncio de sus pretensiones de inmortalidad.
En años recientes, los historiadores han intentado minimizar el alcance de los cambios acarreados por la imposición del dominio colonial a la India del siglo XVIII. Entre el estado de la Compañía en Bengala y otros poderes posmogoles «del país», se dice, había poco que elegir. Sin duda persistían muchas cosas del pasado. Los británicos habían insistido durante mucho tiempo, a través de los escritos de hombres como Alexander Dow, en que el despotismo o voluntad sin limitaciones del gobernante era definitorio del sistema político indiomogol. A pesar de su rechazo del gobierno despótico, los británicos se hallaron desde el principio atrapados en él.
Estas diversas «tradiciones» de jerarquía y diferenciación ritual no fueron con toda certeza inventadas por los británicos. Pero ahora estos empezaron a presionar a la sociedad india de una manera rígida e inhabitual. Un nuevo compromiso con las reformas habría de esperar hasta la llegada, en 1849, de un gobernador general más enérgico y, una década más tarde, del gobierno de la Corona.

El valor de la India para Gran Bretaña iba más allá de estas ventajas económicas directas. A comienzos del siglo, la India hacía en muchos aspectos las veces de centro mismo del sistema imperial global de Gran Bretaña. Uno de los más importantes era como fuente de mano de obra contratada para las colonias tropicales de Gran Bretaña. La contratación había empezado como una manera de sustituir a la mano de obra negra de los campos de caña de azúcar tras la abolición de la esclavitud a fines de la década de 1830, pero aumentó con la creciente demanda de azúcar en Gran Bretaña. Ante la fragmentación de las fincas y la incertidumbre agrícola desde los años setenta, los aldeanos de la India estaban cada vez más dispuestos a aceptar un periodo de trabajo en el extranjero. Los indios contratados fueron a Jamaica y Trinidad, la Guayana británica, Mauricio y Fiyi, Natal y Malasia. Otros fueron a Birmania, a Ceilán y a la costa de África oriental: Kenia, Zanzíbar y Uganda.
A pesar de la virtual retirada de las tropas británicas de la India, no hubo actividades terroristas tan dramáticas como las que se habían visto antes de la guerra, como el ataque con bombas contra el virrey lord Hardinge en 1912, cuando inauguraba la nueva capital imperial en Delhi. En el extranjero, los acontecimientos más notables destacados fueron los que tuvieron lugar en la costa oeste de Norteamérica. Allí, con una base de unos 15.000 inmigrantes, en su mayoría punjabíes, los activistas sijs del movimiento Ghadr (Revolución) intentaron provocar un levantamiento dentro de la India. Al comienzo de la guerra, muchos miembros del Ghadr regresaron a la India, esperando unirse a los conspiradores de Bengala, pero casi todos fueron internados y el plan se hundió. Los británicos también temían una conspiración panislámica en estos años. Maulana Mahmud al-Hasan (1851-1920), un destacado deobandí, intentó establecer contactos con los turcos en el Hiyaz, pero fue entregado a los británicos e internado en Malta desde 1917 hasta 1920.

Gandhi nunca afirmó que hablara en nombre del hinduismo, ni quiso una India reconocidamente hindú. En realidad, la no violencia que predicaba nunca ha sido un valor fundamental en la tradición hindú. A diferencia de los nacionalistas hindúes posteriores, Gandhi quería una India basada en una coalición de comunidades religiosas, no dominada por los hindúes. Sin embargo, todo en su actitud, su atavío y su vocabulario estaba impregnado de hinduismo. La religión, en su opinión, era la amalgama de la nación. Hasta cuando tendía la mano a otras comunidades, este «mahatma» personificaba inevitablemente
una profunda sensibilidad hindú. Con el paso del tiempo la convirtió astutamente en una ventaja política. El coste, sin embargo, fue considerable.
La personalidad de Gandhi no puede explicar por sí sola su ascenso al liderazgo del movimiento nacional indio. En una sociedad mayoritariamente prealfabetizada, gran parte de su atractivo se debe al simbolismo visual que proyectaba, viajando por el país como el campesino corriente, en vagones de ferrocarril de tercera, con el taparrabos del santón hindú (sannyasin). Cada vez que se detenía, aparecía para dirigirse a una enorme congregación. Estas imágenes eran luego extendidas por nuevos reportajes y fotografías y por el nuevo medio de los noticiarios cinematográficos. Gandhi ofreció a la elite política de la India, además, una convincente estrategia de acción política. Mientras que algunos moderados seguían adhiriéndose a la protesta constitucionalista, el fracaso de tal estrategia, después de la matanza de Amritsar, era evidente. Tampoco la política populista de la «calle» era ya útil. Desde los tiempos de la campaña para la protección de las vacas en 1892, las erupciones de sentimiento popular atestiguaban una animosidad duradera y profunda hacia el colonialismo británico en la India.
A los británicos, el giro de Gandhi hacia la no cooperación les planteó un dilema aparentemente irresoluble. Con el paso de los años, los británicos habían ideado estrategias cada vez más eficaces para hacer frente a los nacionalistas. A los moderados se les podía conciliar o incluso ignorar; a los terroristas revolucionarios se les podía meter en la cárcel durante años. Pero la no cooperación de Gandhi era una novedad desconcertante y los británicos, en un principio, no supieron cómo responder. Los conservadores de la metrópoli, junto con los militares en la India, propugnaron una franca represión. Pero el gobierno indio, poco dispuesto a enfrentarse con más matanzas como la de Amritsar y ansioso de conseguir apoyo para la nueva constitución diárquica, sobre todo entre los amplios colectivos de opinión no favorables a Gandhi, no quiso arriesgarse a seguir una política que le granjearían aún más la enemistad de los indios. Además, se dieron cuenta de que apalear y encarcelar a gran número de manifestantes pacíficos haría que el gobierno, si no a los británicos en su totalidad, apareciese como unos matones a los ojos del resto del mundo e incluso ante sí mismos.

En 1950 la India ya había sobrevivido a una década extraordinaria, quizá diferente de todas las anteriores, una década que había sido testigo del triunfo de la independencia, acompañada de las tragedias de la guerra, la partición y una violencia civil sin parangón. Muchas cosas, no obstante, habían resistido los traumas de aquella década y, por tanto, continuaron con pocos cambios. El Congreso, como encarnación del nacionalismo indio, había salido reforzado y preparado para las contiendas electorales que habían de seguir. Incluso había negociado sin conflicto un cambio en su dirección, el primero en 25 años, cuando Gandhi la entregó a Nehru. Sobre todo, las estructuras del Estado, con sus disciplinados servicios civil y militar, sobrevivieron intactas, pasando de manos de Gran Bretaña a las de los gobiernos sucesores. La inauguración de una nueva Constitución, el 26 de enero de 1950, significó para la India la llegada de una nueva era: una era de construcción nacional y desarrollo económico.

Una manera útil de evaluar las perspectivas de la India en el mundo del siglo XXI, que sin duda dominará el continente asiático, es compararlo con su «gran potencia» rival, China. En muchos frentes, la superioridad de China es, actualmente, tangible. Según el parámetro que todo el mundo prefiere para la medición del progreso –el crecimiento del PIB–, la ventaja de China, con más del 10 por 100 anual frente al 8 por 100 de la India, ha sido constante pero decreciente. La India bien podría empatar dentro de unos años. Pero los índices que reflejan aspectos más amplios de la calidad de vida y los avances en los niveles de vida son menos halagüeños. En 2010, la esperanza de vida en China era de 73,5 años; en la India, solo de 64,4 años. La tasa de mortalidad de los niños de menos de cinco años –un indicador fundamental del bienestar social– era del 50 por 1.000 en la India frente al 19 por 1.000 de China, y la proporción de los supervivientes que están subalimentados es mucho mayor en la India que en la China. Algunos cálculos sitúan la cifra de la India en el 43 por 100 frente al 7 por 100 de China. El promedio de años de escolarización en la India se han calculado en 4,4 años frente a los 7,5 años de China; no sorprende que la tasa de alfabetización de los adultos sea del 94 por 100 en China frente al 74 por 100 de la India. Los gastos del gobierno nacional chino en atención sanitaria, casi el 2 por 100 del PIB, casi duplica el de la India.
Para ponerse a la altura, la India tiene sin duda un largo camino por recorrer en cuanto a inversión en recursos humanos. Pero no todos los índices favorecen a China. La India tiene una población mucho más joven.
La vía india a la prosperidad nunca será la misma que la china. Sobre todo, la India ofrece a su pueblo una sociedad libre y abierta, con profesionales angloparlantes muy cualificados en todos los campos y ligados al mercado global de ideas. Es imposible calcular la amplitud de la creatividad y la innovación que producirá la India en los años por venir. Y luego está el simple hecho de una democracia muy apreciada. Como Amartya Sen escribió en la evaluación que en mayo de 2011 realizó de la «calidad de vida» de la India comparada con China: «Los indios están en su mayoría sumamente satisfechos con la estructura democrática del país, incluidos sus muchos partidos políticos, sistemáticas elecciones libres, medios de comunicación sin censuras, libertad de expresión y sistema judicial independiente, entre otras características de una democracia viva». La libertad de expresión, concluye Sen, es algo muy querido y apreciado por la gente. El bienestar de una sociedad no lo miden solamente los índices sociales tradicionales. Aunque queda mucho por hacer, especialmente en lo que se refiere a la erradicación de la pobreza y la obtención de estructuras eficaces de gobierno, los logros de la India desde la independencia en el mantenimiento de la libertad y la democracia no tienen parangón entre las nuevas naciones del mundo.

As a relative newcomer to the history of India, I found this a decent introduction to the issues and approaches to them that have shaped modern Indian political life. The two central themes that emerge are first, the nature of colonial rule (under Britain, of course–the term is never used of Muslim masters, nor is “imperialism”) and the process of separation from it, and second, the problems involved in intercommunal and inter-caste relationships in the context of subsequent Indian democracy.
I had been looking in particular for a sense of how the conversation between Muslims and Hindus about India’s past goes, if a “conversation” can be said to exist on the subject: how do Muslims justify their period(s) of rule to their former subjects? How do Hindus as Hindus make sense of their past as subjects of Muslim rule? The extreme positions on both sides are easily discovered, but these extremes don’t really meet in conversation.
I was disappointed, though, in this respect: the Metcalfs do not so much convey a sense of the course of this conversation as take one side of it. It is as though they conceive of their history as a kind of therapy against Hindu distrust of Islam: in this treatment, Islam changed nothing, was never involved as an actor, was never alien to India, an influence from “outside.” The problems begin only when the Brits and later, Hindus, attempt to conceptualize the communal structure of the subcontinent in too-rigid terms. Mughals and other Muslim dynasties never, apparently, tried to conceptualize anything (let alone by means of Islamic categories!), or if they did, kept their categories loose and supple (well-known characteristics of Islamic thought, of course), for no ill effects are shown to follow, for anybody except, perhaps, for a few rival Hindu dynasties, from centuries of Muslim rule.
But those hapless Brits! The book contains page after page of English terms hugged by ironic scare quotes–sad results of pathetic colonial attempts to make sense of religious and political characteristics of India. Again, the authors’ ironic knowingness is directed only at British and Hindu efforts to comprehend and manipulate, never at Muslim ones.
In the end, one feels rather manipulated oneself.

It’s extremely well-written and surprisingly engaging. The authors depict India’s history from an academic perspective and put events in a global context, enabling the reader to understand the nation and its current sociopolitical environment.
There are some biases that I assume arise from the the authors being Western academics, but I can’t say I disagreed too often.
Ultimately, I came out with new ideas – though not complete theories – on how each of those is true to an extent and why.

Northern India is separated from the peninsular India, known as Deccan, by low-lying chains of hills, jungles of brush and rivers that go to the west. While not as imposing a barrier as the high Himalayas, the mountains of central India allowed the settled southern peoples, with languages ​​derived from the Dravidian family, to develop differentiated cultural characteristics. In addition, unlike the extensive plains of the Ganges valley, the land of the south, with its river valleys separated from each other by hills, together with the coastal mountain ranges called “ghats”, contributed to these people developing their own states and even your own languages In spite of all this diversity, however, in the Middle Ages, unifying elements of what we can call Indic civilization reached most areas of the subcontinent.

The Mongol population, in the year 1700, was perhaps 100 million people, five times more than the Ottomans and almost 20 times more than the Safavids. Given the growth trajectory followed by the Mughals in the seventeenth century, the time traveler, at the beginning of the eighteenth century, could have thought, with good reason, that their future would be as glorious as their past had been.
The Mughal emperor, although still a symbolic ruler, was confined to a small area around Delhi, under the pressure of Afghans, the Marathas who lived in the western part of Deccan, and in 1803 under the rule of mentioned English company, that at the beginning of the century had conceived the idea of ​​creating an empire itself.
The most familiar interpretations of the Mughal era in the history of India were invented in the framework created by the British, who likewise forged a national history for their own emerging nation. It was fundamental to their image of themselves, and also to their image of what they had come to consider as a backward but incipient nation, what the historian David Arnold has called the orientalist “triptych” of Indian history. In this vision, the ancient “Hindus” had once created a great civilization. With the advent of Islamic rulers at the beginning of the thirteenth century, Indian culture became rigid, political life gave way to despotism, and the chasm between the “Muslim” foreign rulers and the native “Hindu” population contributed irremediably to creating a fragile structure.
Today, the historians of the centuries before the British era reject the previous descriptions of the period of the Muslim dynasties. They also argue, perhaps surprisingly, in relation to the eighteenth century that this was the culmination of long-term transitions in trade, economy, culture and society, which offered the English the same resources they needed to carry out their own and remarkable innovations in economy, organization and military and naval technology. This chapter presents the intermediate zone of the “triptych”, which covers approximately between 1206 and 1707, the year in which the guidelines that help explain the vision of our traveler in their advance and retreat in time were set.
The usual picture of India’s past has been profoundly influenced by two erroneous perceptions related to each other: first, that the classical texts of the Brahmins described a society that existed in reality; secondly, that since India was “timeless”, the colonial and even contemporary organization of villages and castes were a guide to its historical past. In fact, the periods of the sultanate and the Mughal government accelerated the already existing models of change. These centuries saw the expansion of the agricultural frontier, the extension of commercial networks, a gradual technological change and the development of political and religious institutions. These changes, and not a stagnant society, are the prelude to the colonial era. Neither Muslim sovereigns, we might add, fit in with the caricature that was made of them.
The spiritual and philosophical life of the Muslims in India developed along with the religious life of non-Muslims. Both responded to a common context and at the same time mutually influenced each other’s expressions of their respective traditions. No cultural model from the Sultanate era was more durable for the Muslim population than Sufi devotionalism. In fact, one of the determining characteristics of Islam in the Indian sphere throughout its long history is the omnipresence of discourse and institutions of Sufi tradition. Like the ulema associated with the courts, Sufi holy men generally adhered to sharia, but they also insisted on the inner awareness of the divine presence, the practice of moral and physical disciplines, and the need to submit to the authority of the charismatic chains of holy authority. Although they served the rulers in varying degrees, they tried to be oblivious to the corruption of the earthly government. Chishti, Suhrawardi, Qadiri and Naqshbandi, founders of the most important lineages of Sufism, originated in Central and Western Asia; nevertheless they prospered in the subcontinent. The Sufi teachings were enriched and stimulated by the presence and competence of other holy men of the Bhakti Indic traditions of devotion, spiritual disciplines and refined monistic philosophies. Devotion and bhakti worship also thrived in turn.
Despite the emergence of differentiated political divisions and indigenous cultures, the first three centuries of Muslim rule fostered lasting changes in commercial networks, social life and religious institutions as well as in political strategies, which contributed to continuity in a broad geographical area. In northern India, the fifteenth and early sixteenth centuries prefigured the regional kingdoms that succeeded the Mughal Empire in the 18th century. Both were periods characterized by great similarities and relationships, in spite of political divisions, as well as by a creative cultural expression in the local and autochthonous environment.
Among the leaders of the Bhakti movement of that time, whose teachings and cults continue to this day, include Kabir (1440-1518), Guru Nanak (1469-1539), Mirabai (ca. 1498-ca. 1550), Dadu (1544- 1603), Tukaram (1608-1649) and Chaitanya (1486-1533). Like the Sufis, the bhakti masters emphasized the devotion of the individual to the divine. A minor current, represented by Kabir and Nanak, underlined the cult of a personal god without form. In doing so they distanced themselves from the distinctive Hindu and Muslim symbols.

The Maratha State of the middle decades of the eighteenth century is the best example of bureaucratic efficiency in this period. The main architects of this organization are part of a hereditary line of prime ministers, the Chitpavan Brahmins, the first of whom was Balaji Vishvanath (r.1713-1720). Despite factional rivalries, the Maratha military power, especially under the command of the Peshwa or Prime Minister Baji Rao (1720-1740), extended the state to Gujarat and Malwa, with incursions to Delhi in the 1730s and Bengal a decade later. At the same time, the State imposed a firm control over the rural chiefs, military adventurers and others, who became intermediaries for the delivery of the part of the income that corresponded to the State. In the Maratha provinces, as in all the others, a prominent feature of the eighteenth century was the disappearance at the local level of separate lines of civil and military authority in favor of the single figure of the tax collector or contractor. The collector tendered to obtain the right to pay to the treasury of the State a certain amount agreed for a certain extension of land for a certain period.
Islamic traditions also found new expression in regional spheres. Poets such as Shah Abdul Latif Bhitai (1689-1752) in the Sindhi language, and Bulhe Shah (1680-1758) and Waris Shah (ca. 1730) in the Punjabi language, produced masterpieces of mystical poetry in dialect that reinterpreted the folkloric histories of the zone. Abdul Latif used the love story of the Kutch region that narrated Sasui’s search for his lover Baluch to talk about the human soul, symbolized by a woman in search of the divine, as well as the poetry and bhakti painting of the time .
After the collapse of authority in northern India, the climactic battle in the struggle for dominance took place in 1761, when the Marathas and Afghans formed their armies in the historic Panipat camp, where the Mughal Empire had been born. The battle defined the limits of the power of both. The Afghans prevailed on the battlefield but were unable to maintain an empire so far from Afghanistan, so they withdrew. Maratha power, from its base in Puna, had spread in the previous decades to the north and east. After their defeat at Panipat their expansion was limited and the Marathas were divided into four increasingly separate states. Each of them was dominated by one of the main Maratha military families and each, though loosely linked to the Puna peshwa, had its own geographical base: the gaekwad in Baroda, the sindhia in Gwalior, the holkar in Indore and the bhonsle in Nagpur.

However, why did the English East India Company succeed so spectacularly in India while others, both European and Indian, failed? Much of the answer is in Europe. Being an island nation, for which overseas trade was vital, Great Britain was obliged to secure its Indian interests at all costs. At a time when export trade produced the greatest benefits, the dominance of the seas gave Great Britain an advantage over its rivals. Observe the “East Indiaman” (the ship) in the painting of Rome. As far as India is concerned, the eighteenth century offers a dramatic contrast to the Mughal agrarian order of the seventeenth, when the overseas trade was of secondary importance. Furthermore, although the Industrial Revolution had not yet begun, the British economy was already imbued with an ethical business dynamic supported by a secure right to private property. In India, the British were able to promise the indigenous mercantile classes, first in the presidential capitals and then in the countryside, the attractive prospect of freedom from arbitrary exactions, which local rulers could not do. Part of the British success lies also in the fact that after 1757, after its conquest of Bengal, the East India Company took control of the richest province in India. This provided them with the necessary resources to dominate the other actors of the permanent confrontation between the regional states of India. With a broader base of income, the Company could launch an army larger than that of its Indian rivals and organize a more effective State structure. As a consequence, even though the British state of Bengal was created primarily by the same elements of “military fiscalism” as other states of the subcontinent, over time it was able to subdue them all one after the other.

The colonial life of the early times, especially in the presidential capitals, separated equally the British and Indians but at the same time brought them together in a common intimacy. In both Calcutta and Madras, the fort-a reminder that colonial rule depended on guns-was the nucleus from which the city expanded outward. Madras had a clearly defined “Black City,” dedicated to Indian commerce and residence. The British, when they began to leave the boundaries of the fortresses after 1770, developed landscaped suburbs dotted with broad Palladian mansions. Like the fort, this style of settlement made visible the birth of a new colonial order. Calcutta, a population of about 200,000 in the 1780s, including more than 3,000 European residents, was markedly divided at the turn of the century between European mansions with Chowringhee pillars and porticoes and densely populated Indian sectors north of the city.
Although the English residents of these cities, often rich nabobs, created a luxurious lifestyle, the lack of resistance to tropical diseases sent many of them prematurely to the grave. In places like the cemetery of Park Street, in Calcutta, they erected imposing monuments as an announcement of their pretensions of immortality.
In recent years, historians have tried to minimize the scope of the changes brought about by the imposition of colonial rule on eighteenth-century India. Between the state of the Company in Bengal and other postmodern powers “of the country”, it is said, there was little to choose from. No doubt many things of the past persisted. The British had insisted for a long time, through the writings of men like Alexander Dow, that the despotism or unrestricted will of the ruler was defining the Indiomogol political system. Despite their rejection of the despotic government, the British were caught up in it from the start.
These various “traditions” of hierarchy and ritual differentiation were not certainly invented by the British. But now these began to put pressure on Indian society in a rigid and unusual way. A new commitment to reforms would have to wait until the arrival, in 1849, of a more energetic governor general and, a decade later, of the Crown government.

The value of India for Britain went beyond these direct economic advantages. At the beginning of the century, India in many ways served as the very center of Britain’s global imperial system. One of the most important was as a source of labor contracted for the tropical colonies of Great Britain. Recruitment had begun as a way to replace the black labor force in the sugarcane fields after the abolition of slavery in the late 1830s, but it increased with the growing demand for sugar in Britain. Faced with the fragmentation of farms and agricultural uncertainty since the 1970s, villagers in India were increasingly willing to accept a period of work abroad. Indians hired went to Jamaica and Trinidad, British Guiana, Mauritius and Fiji, Natal and Malaysia. Others went to Burma, to Ceylon and to the East African coast: Kenya, Zanzibar and Uganda.
Despite the virtual withdrawal of British troops from India, there were no terrorist activities as dramatic as those that had been seen before the war, such as the bombing of the Viceroy Lord Hardinge in 1912, when he inaugurated the new imperial capital in Delhi. Abroad, the most notable events were those that took place on the west coast of North America. There, with a base of some 15,000 immigrants, mostly Punjabi, the Sikh activists of the Ghadr (Revolution) movement attempted to provoke an uprising inside India. At the beginning of the war, many members of the Ghadr returned to India, hoping to join the conspirators of Bengal, but almost all were interned and the plan collapsed. The British also feared a pan-Islamic conspiracy in these years. Maulana Mahmud al-Hasan (1851-1920), a prominent Deobandi, tried to establish contacts with the Turks in the Hijaz, but was handed over to the British and interned in Malta from 1917 to 1920.

Gandhi never claimed that he spoke in the name of Hinduism, nor did he want an admittedly Hindu India. In fact, the non-violence that he preached has never been a fundamental value in the Hindu tradition. Unlike later Hindu nationalists, Gandhi wanted an India based on a coalition of religious communities, not dominated by Hindus. However, everything in his attitude, his dress and his vocabulary was impregnated with Hinduism. Religion, in his opinion, was the amalgam of the nation. Until when he reached out to other communities, this “mahatma” inevitably personified
a deep Hindu sensibility. With the passage of time he astutely turned it into a political advantage. The cost, however, was considerable.
Gandhi’s personality alone can not explain his rise to the leadership of the Indian national movement. In a predominantly pre-literate society, much of its appeal is due to the visual symbolism that it projected, traveling through the country like the ordinary peasant, in third-class railway cars, with the loincloth of the Hindu sandal (sannyasin). Each time he stopped, he appeared to address a huge congregation. These images were then extended by new reports and photographs and by the new media of the newsreels. Gandhi also offered the political elite of India a convincing strategy for political action. While some moderates continued to adhere to the constitutionalist protest, the failure of such a strategy, after the Amritsar massacre, was evident. Nor was the populist politics of the “street” already useful. From the time of the campaign for the protection of the cows in 1892, the eruptions of popular feeling witnessed a lasting and deep animosity towards British colonialism in India.
To the British, Gandhi’s turn towards non-cooperation posed a seemingly intractable dilemma. Over the years, the British had devised increasingly effective strategies to deal with the nationalists. Moderates could be reconciled or even ignored; revolutionary terrorists could be put in jail for years. But the non-cooperation of Gandhi was a disconcerting novelty and the British, at first, did not know how to respond. The conservatives of the metropolis, together with the military in India, advocated outright repression. But the Indian government, unwilling to face more killings like that of Amritsar and anxious to get support for the new legal constitution, especially among large groups of opinion not favorable to Gandhi, did not want to risk pursuing a policy that would earn him even more the enmity of the Indians. In addition, they realized that beating and imprisoning large numbers of peaceful protesters would make the government, if not the British as a whole, appear like thugs in the eyes of the rest of the world and even to themselves.

By 1950 India had already survived an extraordinary decade, perhaps different from all previous ones, a decade that had witnessed the triumph of independence, accompanied by the tragedies of war, partition and unparalleled civil violence. Many things, however, had withstood the traumas of that decade and, therefore, continued with few changes. The Congress, as an incarnation of Indian nationalism, had emerged reinforced and prepared for the electoral contests that were to follow. He had even negotiated without conflict a change in his address, the first in 25 years, when Gandhi handed it over to Nehru. Above all, the structures of the State, with their disciplined civil and military services, survived intact, passing from the hands of Great Britain to those of the successor governments. The inauguration of a new Constitution on January 26, 1950, meant for India the arrival of a new era: an era of national construction and economic development.

A useful way to assess India’s prospects in the 21st century world, which will undoubtedly dominate the Asian continent, is to compare it with its rival “great power”, China. On many fronts, China’s superiority is currently tangible. According to the parameter that everyone prefers for the measurement of progress – GDP growth – the advantage of China, with more than 10 per cent per year compared to 8 per cent for India, has been constant but decreasing. India could well tie in a few years. But the indices that reflect broader aspects of quality of life and advances in living standards are less promising. In 2010, life expectancy in China was 73.5 years; in India, only 64.4 years. The mortality rate of children under five years of age – a fundamental indicator of social welfare – was 50 per 1,000 in India compared to 19 per 1,000 in China, and the proportion of survivors who are undernourished is much higher in the population. India than in China. Some calculations put India’s figure at 43 percent compared to 7 percent for China. The average years of schooling in India have been estimated at 4.4 years compared to 7.5 years in China; It is not surprising that the adult literacy rate is 94 percent in China versus 74 percent in India. Expenditures by the Chinese national government on health care, almost 2 percent of GDP, almost double that of India.
To catch up, India undoubtedly has a long way to go in terms of investing in human resources. But not all indices favor China. India has a much younger population.
The Indian way to prosperity will never be the same as the Chinese one. Above all, India offers its people a free and open society, with highly qualified English-speaking professionals in all fields and linked to the global market of ideas. It is impossible to calculate the breadth of creativity and innovation that India will produce in the years to come. And then there is the simple fact of a very appreciated democracy. As Amartya Sen wrote in his evaluation of India’s “quality of life” compared to China in May 2011: “The Indians are mostly very satisfied with the democratic structure of the country, including its many political, systematic parties. free elections, media without censorship, freedom of expression and independent judicial system, among other characteristics of a living democracy ». Freedom of expression, concludes Sen, is something very dear and appreciated by the people. The welfare of a society is not measured only by traditional social indices. Although much remains to be done, especially in terms of eradicating poverty and obtaining effective governance structures, India’s achievements since independence in maintaining freedom and democracy are unparalleled among the new Nations of the world.

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