La Joven Guardia — Alexandr Fadéiev / The Young Guard by Alexander Fadeyev

Es un libro que puede ser leído tanto en dos volúmenes como en uno y es una obra extensa.
Este libro, basado en hechos reales, trata sobre un grupo partisano (The Young Guard) que se resiste a la ocupación nazi de Ucrania en 1942 y principios de 1943. Incluye una gran cantidad de propaganda comunista soviética. Fadeyev afirma que la Unión Soviética era una sociedad libre y hay muchos elogios por el progreso logrado en los Planes quinquenales: no es sorprendente que no haya críticas al gobierno. El escritor sostiene que los ejércitos rusos, que se derrumbaron por el ataque alemán en los veranos de 1941 y 1942, tenían soldados superiores, equipo y teoría militar. Del mismo modo, el argumento es que la mayoría de los ucranianos (con la excepción de unos pocos idiotas que son traidores) aman el sistema soviético. Estos son los ucranianos que lanzaron flores a los tanques alemanes y los recibieron como libertadores, hasta que descubrieron que los nazis eran peores que los comunistas.
El libro no es una lectura fácil. Hay muchos personajes y lugares y es bastante difícil seguirlos. Fadeyev escribe, en detalle, sobre la historia, educación, experiencia, vidas, etc. de muchas personas. Hay una cantidad considerable de descripción y conversación. Todo esto parece estar incluido para que el lector logre una mejor comprensión de la verdadera tragedia humana y la pérdida que ocurrió durante la ocupación. Sin embargo, el autor puede ser demasiado generoso con la historia. Los ocupantes alemanes son retratados como gordos, sudorosos, cetrinos y malolientes, con mala complexión, que solo pueden seguir órdenes. Por el contrario, los soviéticos son fuertes, bronceados, ágiles, atractivos e inteligentes. Es improbable que los jóvenes maldijeran a sus atormentadores ya que fueron horriblemente torturados y luego cantaban canciones patrióticas cuando eran devueltos a sus celdas. Muy pocos pueden soportar la tortura prolongada sin romperse, por no hablar de un grupo juvenil completo (un débil conversador). Fadeyev es prolífico en su acusación de los males del nazismo y su interpretación de los jóvenes patriotas que hacen el máximo sacrificio por su país. El amor de la madre Rusia, el compañerismo de la juventud, la determinación de expulsar al invasor de la tierra y las esperanzas y los sueños del joven se representan vívidamente. Al lector se le muestra cómo era vivir en este terrible momento de la historia.

En julio de 1942 las tropas hitlerianas ocuparon Krasnodón, ciudad de Ucrania. Inmediatamente se pusieron a detener y fusilar gente. Pero un grupo de comunistas que se había quedado en la ciudad para trabajar en la clandestinidad frustraba, con la ayuda activa de la población , los planes de los fascistas y les impedía implantar allí el nuevo orden hitleriano. La juventud también participaba en la lucha contra los invasores. Unos cien komsomoles, muchachos y muchachas, formaron la organización clandestina Joven Guardia, cuya hazaña pronto conoció el mundo. El escritor soviético Alexandr Fadéiv fue a Krasnodón en cuanto la ciudad quedó liberada. Estudiando documentos de los sucesos recién ocurridos, creó este libro, monumento al valor, la audacia y el heroísmo sin igual de los jóvenes soviéticos.

Por dura y terrible que sea una guerra, por graves que sean las pérdidas y los sufrimientos que acarree, los jóvenes, con su salud y su alegría de vivir, con su ingenuo egoísmo sin malicia, su amor y sus sueños de porvenir, no quieren ni son capaces de ver el peligro que ellos corren ni el sufrimiento que les amenaza, tras el peligro y el sufrimiento de todos, hasta que no estallan y alteran su marcha feliz.
Ulia Grómova, Valia Filátova, Sasha Bóndareva y las demás muchachas habían terminado aquella primavera sus estudios en la escuela secundaria de la mina de Pervomaisk.
Todo el verano último, cuando estalló la guerra, los alumnos de los grados superiores —niñas y niños, como todos seguían llamándoles— habían estado trabajando en los koljoses y los sovjoses próximos a la ciudad de Krasnodón, en las minas, en la Fábrica de Locomotoras de Vorochilovgrado; algunos llegaron incluso hasta la Fábrica de Tractores de Stalingrado1, que ahora producía tanques.
En el otoño, los alemanes irrumpieron en la cuenca del Donetz, ocuparon Taganrog y Rostov del Don. De toda Ucrania, sólo la región de Vorochilovgrado quedaba libre de alemanes, y a la ciudad de Vorochilovgrado se trasladaron, al retirarse con las unidades del ejército, las autoridades de Kíev. En cuanto a las instituciones regionales de Vorochilovgrado y de Stálino2, la antigua Yúzovka, estaban ahora en Krasnodón.
Los fugitivos seguían pasando por Krasnodón, y nubes de polvo flotaban sobre la ciudad, cubriéndolo todo —la ropa, las flores, las hojas de la bardana y de las calabazas— de una capa sucia, entre negra y rojiza.
Tras el parque maniobraba con un ruido sordo un tren, que iba recogiendo de pozo en pozo el material que aún podía ser evacuado. Oíase el resoplar y los silbidos de la locomotora, las señales del guardagujas. Del paso a nivel llegaban excitadas voces humanas, el rumor de multitud de pasos por el polvo, el bramido de los motores y el estrépito de las piezas de artillería al pasar por la plataforma: eran unidades militares que seguían retirándose. De detrás de las colinas llegaba a intervalos, desde diversas direcciones, el lejano y bronco tronar de los cañones, como si, más allá de aquellos cerros, alguien hiciese rodar por la estepa infinita un enorme tonel vacío que llegara hasta el cielo.

Estaba tan sucio que el agua caía completamente negra de sus brazos y de su rostro a la palangana. Sin embargo, a Liuba le era agradable ver sus brazos fuertes y nervudos que Serguéi enjabonaba con enérgicos y masculinos movimientos y aclaraba luego, presentando al chorro de agua el cuenco de las manos. Tenía el cuello tostado por el sol, las orejas grandes y bien dibujadas, un corte de labios hermoso y varonil; sus cejas no formaban una línea compacta, sino que se espesaban hacia e! arranque de la nariz, donde incluso crecían algunos pelos, para enarcarse después ligeramente, más finas y menos pobladas. Y a Liuba le era agradable ver cómo se enjuagaba Serguéi el rostro con sus manos grandes y anchas, lanzándole a veces, de abajo arriba, una mirada y una sonrisa.

A finales de septiembre, la “Joven Guardia” de la mina de Pervomaisk, con las Ocho Casitas y los barrios de la mina N° 1 bis, era ya uno de los mayores grupos clandestinos de la juventud. Los adolescentes más activos que cursaban los últimos grados de la escuela de Pervomaisk, trabajaban para la organización.
Los jóvenes de Pervomaisk habían instalado su propio receptor de radio y publicaban, además de los partes del Buró de Información Soviético, octavillas que escribían con tinta china en páginas de cuadernos escolares.
¡Cuántas emociones no les depararía aquel aparato de radio! Habían descubierto en diferentes casas receptores baratos y estropeados que no funcionaban hacía tiempo y los recogieron.
Así como Oleg Koshevói e Iván Turkénicvh eran el alma de toda la “Joven Guardia” y Kolia Sumskói y Antonina Eliséienko lo eran de la organización del poblado de Krasnodón, el alma de la organización de Pervomaisk eran Ulia Grómova y Anatoli Popov.
Anatoli Popov había sido designado por el Estado Mayor jefe del grupo de Pervomaisk, y con su experiencia de organizador, adquirida en el Komsomol, y su carácter serio infundió a todo lo que hacía la juventud de Pervomaisk un espíritu de disciplina, de responsabilidad y de audacia, respaldado por un trabajo extraordinariamente preciso y coordinado.
En cuanto a Ulia Grómova, era la iniciadora de todas las empresas y la autora de la mayoría de las proclamas y octavillas del grupo. Sólo ahora podía verse la enorme autoridad moral que había logrado entre sus amigas y sus camaradas aquella esbelta y alta muchacha de espesas trenzas negras…

Cuanto más netos aparecían los éxitos del Ejército Rojo, no ya sólo en la zona de Stalingrado y en el Don, sino también en el Norte del Cáucaso y en el distrito de Velíkie Luki, mayor amplitud y mayor brío cobraba la actividad de la “Joyen Guardia”.
La “Joven Guardia” era ya una organización grande, ramificada por todo el distrito, que contaba con más de cien miembros y no dejaba de ampliarse. Y todavía mayor era el número de sus auxiliares.
La organización crecía, y no podía por menos de crecer, puesto que desarrollaba su actividad. En fin de cuentas, eso estaba llamada a hacer. Desde luego, los muchachos percibían que ahora no pasaban ya tan inadvertidos como en la época en que comenzaran su actividad. Pero, ¿qué se le iba a hacer? Aquello era, en cierta medida, inevitable.
Ahora bien, cuanta mayor amplitud adquiría la actividad de la “Joven Guardia”: más se estrechaba a su alrededor la red arrojada por la Gestapo y la policía.
Entremezclados, los servicios de retaguardia de las unidades alemanas se arrastraban hacia el Oeste y el Sudoeste por caminos de atajo, ya que todos los innúmeros caminos vecinales encontrábanse en poder de Protsenko. Como ocurre siempre que se sufre una gran derrota, cuando el vencedor avanza impetuosamente, todas las fuerzas alemanas capaces todavía de resistir se hallaban dedicadas a rechazar aquel terrible peligro, el principal. ¡No estaban para ocuparse de los guerrilleros!
Había guarniciones alemanas en los poblados grandes y pequeños, sobre todo a lo largo de los ríos Kamíshnaia, Derkul y Evsug, tributarios del Donetz Septentrional, donde habían sido construidas de antemano sólidas fortificaciones y otras eran levantadas ahora a toda prisa.

Los fusiles ametralladores batían desde tres puntos, como desde los tres vértices de un triángulo, aquella hondonada, sumida entre dos lomas igual que el sillín de un camello. Las balas chapoteaban en el lodazal de nieve y de barro y silbaban en su vuelo: “Yu-u… yu-u…” Pero Serguéi había atravesado ya la hondonada. Unas manos fuertes, agarrándole por las muñecas, le metieron en la trinchera.
—¿No te da vergüenza? —gritó un pequeño sargento de ojos grandes con el más puro acento de Kursk—. ¡Qué cosas se ven! ¡Pensar que un muchacho ruso…! ¿Te han metido miedo, o te han prometido algo?
—Pero si soy de los nuestros, de los nuestros… —replicaba Serguéi, riendo nerviosamente—. Llevo los documentos cosidos en el forro del chaquetón. Necesito ver al jefe. ¡Tengo algo importante que comunicarle!
El jefe del Estado Mayor de la división y Serguéi estaban de pie ante el general en la única casa que quedaba intacta en el caserío, cerca de la línea férrea. En tiempos, el caserío había estado cubierto de acacias, ahora taladas por la aviación y la artillería. Como en aquel sitio hallábase el puesto de mando de la división, por allí no pasaban las unidades y, además, había sido prohibido el tráfico de automóviles. Debido a ello, en el caserío y en la casa reinaba un profundo silencio, que no turbaba más que el incesante fragor de la batalla al Sur, detrás de las colinas.

El 15 de febrero, los tanques soviéticos irrumpieron en Krasnodón, e inmediatamente tras ellos el Poder soviético volvió a la ciudad.
Durante largos días, ante una inmensa multitud, los mineros estuvieron sacando del pozo de la mina N° 5 los cuerpos de los bolcheviques y de los muchachos de la “Joven Guardia” que habían sido arrojados allí. Y en el transcurso de esos días, las madres y las mujeres de los muertos no se apartaron de la bocamina para recoger en sus brazos los cuerpos mutilados de sus hijos y de sus maridos.
Elena Nikoláievna fue a Róvenki cuando Oleg vivía aún. Pero no pudo hacer nada por su hijo, y Oleg no supo que su madre estaba cerca de él.
Ahora, en presencia de la madre de Oleg y de todos sus familiares, los vecinos de Róvenki sacaron de las fosas los cadáveres de Oleg y de Liuba Shevtsova.
Era difícil reconocer a Elena Nikoláievna en aquella mujer pequeña y envejecida, de mejillas hundidas y oscuras y ojos que expresaban ese profundo sufrimiento que alcanza con fuerza particular a los caracteres enteros.
Protsenko y Katia fueron a Krasnodón para honrar la memoria de los bolcheviques y de los miembros de la “Joven Guardia” asesinados por los alemanes.
Además, Protsenko tenía otros asuntos allí: había que reorganizar el trabajo del trust hullero de Krasnodón, había que reparar las minas. Por otra parte, quería conocer personalmente los detalles de la muerte de los luchadores clandestinos adultos y de los muchachos de la “Joven Guardia” y lo que había sido de sus verdugos.
Statsenko y Solikovski habían logrado huir con los alemanes, pero el juez de instrucción Kuleshov fue descubierto por los vecinos, detenido y entregado a la justicia soviética. Por él se conocieron las declaraciones de Stajóvich y el papel que habían desempeñado Vírikova y Liádskaia en el descubrimiento de la “Joven Guardia”.
Ante las tumbas de los bolcheviques y de los miembros de la “Joven Guardia”, los camaradas suyos que habían quedado con vida juraron vengar a sus amigos. Sobre las sepulturas habían sido erigidos unos monumentos provisionales: simples obeliscos de madera. En el que se levantaba sobre la tumba de los luchadores clandestinos adultos estaban escritos sus nombres, empezando por Filipp Petróvich Liútikov y Barákov y en el obelisco de la “Joven Guardia” figuraban todos los nombres de sus combatientes muertos por la patria.
He aquí esos nombres:
Oleg Koshevói, Iván Zemnujov, Uliana Grómova, Serguéi Tiulenin, Liubov Shevtsova, Anatoli Popov, Nikolai Sumskoi, Vládimir Osmujin, Anatoli Orlov, Serguéi Levashov, Stepán Safónov, Víktor Petrov, Antonina Eliéienko, Víktor Lukiánchenko, Klavdia Kovaliova, Maya Peglivánova, Alexandra Bóndareva, Vasili Bóndarev, Alexandra Dubróvina, Lidia Andrósova, Antonina Máschenko, Evgueni Moshkov, Lilia Ivaníjina, Antonina Ivaníjina, Borís Glován, Vladímir Rogozin, Evgueni Shepehov, Anna Sópova, Vladímir Zhdánov, Vasili Pirozhok, Semión Ostápenko, Guennadi Lukashov, Anguelina Samóshina, Nina Mináeva, Leonid Dádisltev, Alexandr Shischenko, Anatoli Nikoláev, Demián Fomín, Nina Guerásimova, Gueorgui Scherbakov, Nina Stártseva, Nadiezhda Petliá, Vladímir Kulikov, Evguenia Kíkova, Nikolái Zhúkov, Yladímir Zagoruiko, Yuri Vitsenovski, Mijaíl Grigóriev, Vasili Borísov, Nina Kézikova, Antonina Diachenko, Nikolái Mirónov, Vasili Tkachov, Pável Palaguta, Dimitri Ogurtsov, Víktor Subbotin.

The book could be read in two book as one book in the spanish edition.
This book, based on true events, is about a partisan group (The Young Guard) who resist the Nazi occupation of the Ukraine in 1942 and early 1943. It includes a great deal of Soviet Communist propaganda. Fadeyev states the Soviet Union was a free society and there is much praise for the progress made under the Five Year Plans: not surprisingly, there is no criticism of the government. The writer argues that the Russian armies, which collapsed from the German onslaught in the summers of 1941& 1942, had superior soldiers, equipment and military theory. Likewise, the contention is most Ukrainians (with the exception of a few weak louts, who are traitors) love the Soviet system. These are the Ukrainians who threw flowers at German tanks and welcomed them as liberators, until they learned the Nazi were worse than the Communists.
The book is not an easy read. There are many characters and places and it is quite difficult to keep track of them. Fadeyev writes, at length, about many individual’s history, education, experience, lives, etc. There is a considerable amount of description and conversation. All this appears to be included so the reader achieves a better understanding of the true human tragedy and loss that occurred during the occupation. Yet, the author can be too lavish with the story. The German occupiers are portrayed as fat, sweaty, sallow and smelly, with bad complexions, who can only follow orders. Conversely, the Soviets are strong, tanned, lithe, attractive and smart. It is improbable the young people would curse their tormentors as they were horribly tortured and then sing patriotic songs when thrown back in their cells. Very few can endure prolonged torture without breaking, let alone an entire youth group (one weakling talked). Fadeyev is prolific in his indictment of the evils of Nazism and his portrayal of the young patriotic people who make the ultimate sacrifice for their country. The love of mother Russia, the comradery of youth, the determination to drive the invader from the land and the youngster’s hopes and dreams are vividly portrayed. The reader is shown what it was like to live in this terrible time in history.

In July 1942, Hitler’s troops occupied Krasnodon, a city in Ukraine. They immediately started arresting and shooting people. But a group of communists who had remained in the city to work in hiding frustrated, with the active help of the population, the plans of the fascists and prevented them from implanting the new Hitler order there. The youth also participated in the fight against the invaders. About a hundred Komsomols, boys and girls, formed the clandestine organization Young Guard, whose exploit soon saw the world. The Soviet writer Alexandr Fadéiv went to Krasnodon as soon as the city was liberated. Studying documents of recent events, he created this book, a monument to the courage, audacity and heroism of the young Soviets.

No matter how harsh and terrible a war may be, no matter how serious the losses and sufferings it may be, young people, with their health and joy of living, with their naive selfishness without malice, their love and their dreams of future, do not want nor are they able to see the danger they run or the suffering that threatens them, after the danger and suffering of all, until they do not explode and alter their happy march.
Ulia Gromova, Valia Filátova, Sasha Bóndareva and the other girls had finished their studies at the secondary school in the Pervomaisk mine that spring.
All last summer, when the war broke out, the students of the upper grades-girls and boys, as they all continued to call them-had been working in the kolkhozes and the sovkhozes near the city of Krasnodon, in the mines, in the Factory of Locomotives of Vorochilovgrado; some even went as far as the Stalingrad Tractor Factory1, which now produced tanks.
In the autumn, the Germans broke into the Donetz basin, occupied Taganrog and Rostov-on-Don. Of all the Ukraine, only the region of Vorochilovgrado was free of Germans, and to the city of Vorochilovgrado they moved, when retiring with the units of the army, the authorities of Kiev. As for the regional institutions of Vorochilovgrad and Stálino2, the ancient Yúzovka, they were now in Krasnodon.
The fugitives continued to pass through Krasnodon, and clouds of dust floated over the city, covering everything – the clothes, the flowers, the leaves of the burdock and the gourds – of a dirty layer, between black and reddish.
Behind the park, a train was maneuvering with a thud, picking up material that could still be evacuated from well to well. The snorting and whistling of the locomotive, the switchman signals. From the level crossing came excited human voices, the sound of a multitude of footsteps in the dust, the roar of the engines and the clatter of the artillery pieces as they passed through the platform: they were military units that kept retreating. From behind the hills came at intervals, from different directions, the distant and bronzed thunder of the cannons, as if, beyond those hills, someone were rolling down the infinite steppe a huge empty barrel that reached the sky.

It was so dirty that the water fell completely black from his arms and from his face to the basin. However, Liuba was pleased to see his strong and sinewy arms that Sergei lathered with energetic and masculine movements and then clarified, presenting the bowl of water to the stream of his hands. His neck was tanned by the sun, his ears big and well drawn, a handsome and manly cut of lips; His eyebrows did not form a compact line, but thickened towards him. nose start, where even some hairs grew, to later be slightly raised, thinner and less populated. And it was pleasant for Liuba to see how Sergei rinsed his face with his large, broad hands, sometimes throwing a glance and a smile from bottom to top.

At the end of September, the “Young Guard” of the Pervomaisk mine, with the Eight Casitas and the neighborhoods of the N ° 1a mine, was already one of the largest clandestine groups of youth. The most active adolescents who attended the last grades of the Pervomaisk school worked for the organization.
The young people of Pervomaisk had installed their own radio receiver and published, in addition to the parts of the Soviet Information Bureau, leaflets that they wrote in Chinese ink on pages of school notebooks.
How many emotions that radio device would not have! They had discovered in different houses cheap and damaged receivers that did not work long ago and picked them up.
As Oleg Koshevói and Ivan Turkénicvh were the soul of the whole “Young Guard” and Kolia Sumskói and Antonina Eliséienko were from the organization of the Krasnodon town, the soul of the Pervomaisk organization was Ulia Gromova and Anatoli Popov.
Anatoli Popov had been appointed by the Chief Staff of the Pervomaisk group, and with his experience as an organizer, acquired in the Komsomol, and his serious nature infused everything that made the youth of Pervomaisk a spirit of discipline, responsibility and Audacity, backed by an extraordinarily precise and coordinated work.
As for Ulia Gromova, she was the initiator of all the companies and the author of most of the group’s proclamations and leaflets. Only now could she see the enormous moral authority she had achieved among her friends and her comrades that slender, tall girl with thick black braids …

The more net successes of the Red Army appeared, not only in the area of ​​Stalingrad and the Don, but also in the North Caucasus and in the district of Velíkie Luki, greater amplitude and greater spirit took the activity of the “Joyen Guard”.
The “Young Guard” was already a large organization, branched throughout the district, which had more than one hundred members and was constantly expanding. And even greater was the number of his auxiliaries.
The organization grew, and could not help but grow, since it developed its activity. In the end, that was called to do. Of course, the boys perceived that now they did not pass as inadvertently as in the time when they began their activity. But what was he going to do? That was, to some extent, inevitable.
However, the greater the amplitude of the activity of the “Young Guard”, the more the network thrown by the Gestapo and the police narrowed around them.
Intermingled, the rearguard services of the German units crept westward and southwest along shortcut roads, as all the innumerable local roads were in the possession of Protsenko. As always happens when a great defeat is suffered, when the victor advances impetuously, all the German forces still able to resist were dedicated to reject that terrible danger, the main one. They were not there to take care of the guerrillas!
There were German garrisons in large and small settlements, especially along the Kamishna, Derkul, and Evsug rivers, tributaries of the Northern Donetz, where strong fortifications had been built in advance and others were now being hastily erected.

The machine guns beat from three points, as from the three vertices of a triangle, that hollow, submerged between two hills like the saddle of a camel. The bullets splashed in the mud and snow quagmire and whistled in their flight: “Yu-u … yu-u …” But Sergei had already crossed the hollow. Strong hands, grabbing him by the wrists, put him in the trench.
-Gives you no shame? Shouted a small sergeant with large eyes in the purest Kursk accent. What things are seen! To think that a Russian boy …! Have they scared you, or have they promised you something?
-But I am one of ours, of ours … -said Sergey, laughing nervously. I have the documents sewn into the lining of the coat. I need to see the boss. I have something important to tell you!
The chief of staff of the division and Sergei were standing before the general in the only house that remained intact in the village, near the railway line. In times, the village had been covered with acacias, now cut by aviation and artillery. Since the command post of the division was in that place, the units did not pass through there and, furthermore, the traffic of automobiles had been forbidden. Due to this, in the hamlet and in the house there was a profound silence, which did not disturb more than the incessant clash of the battle to the South, behind the hills.

On February 15, Soviet tanks stormed Krasnodon, and immediately after them Soviet power returned to the city.
For long days, before an immense crowd, the miners were removing from the well of the No. 5 mine the bodies of the Bolsheviks and the boys of the “Young Guard” who had been thrown there. And in the course of those days, the mothers and the women of the dead did not leave the entrance to pick up in their arms the mutilated bodies of their children and their husbands.
Elena Nikoláievna went to Róvenki when Oleg was still alive. But he could not do anything for his son, and Oleg did not know that his mother was close to him.
Now, in the presence of Oleg’s mother and all her relatives, the residents of Róvenki removed the bodies of Oleg and Liuba Shevtsova from the graves.
It was difficult to recognize Elena Nikoláievna in that small, aging woman with sunken, dark cheeks and eyes that expressed that deep suffering that reaches the entire characters with particular strength.
Protsenko and Katia went to Krasnodon to honor the memory of the Bolsheviks and members of the “Young Guard” killed by the Germans.
In addition, Protsenko had other matters there: the work of the Krasnod coal trust had to be reorganized, the mines had to be repaired. On the other hand, I wanted to know personally the details of the death of the adult underground fighters and the boys of the “Young Guard” and what had happened to their executioners.
Statsenko and Solikovski had managed to flee with the Germans, but the investigating judge Kuleshov was discovered by the neighbors, arrested and handed over to Soviet justice. Stajovich’s statements and the role played by Vírikova and Liádskaia in the discovery of the “Young Guard” were known to him.
Before the tombs of the Bolsheviks and the members of the “Young Guard”, the comrades who had remained alive swore to avenge their friends. Temporary monuments had been erected on the graves: simple wooden obelisks. The names of their fighters, written by Filipp Petróvich Liútikov and Barákov, were written on the grave of the adult underground fighters, and on the obelisk of the “Young Guard” were all the names of their fighters killed for their country.
Here are those names:
Oleg Koshevoi, Ivan Zemnujov, Uliana Gromova, Sergei Tiulenin, Liubov Shevtsova, Anatoli Popov, Nikolai Sumskoi, Vladimir Osmujin, Anatoli Orlov, Sergei Levashov, Stepan Safonov, Victor Petrov, Antonina Elienko, Viktor Lukianchenko, Klavdia Kovaliova, Maya Peglivanova, Alexandra Bonova , Vasili Bóndarev, Alexandra Dubróvina, Lydia Androssova, Antonina Maschenko, Evgeny Moshkov, Lilia Ivanyina, Antonina Ivanyina, Boris Glovan, Vladimir Rogozin, Evgeny Shepehov, Anna Sopova, Vladimir Zhdanov, Vasili Pirozhok, Semyon Ostbapenko, Gennady Lukashov, Anguelina Samoshina, Nina Minéeva, Leonid Dádisltev, Alexandr Shischenko, Anatoli Nikolaev, Demián Fomín, Nina Guerásimova, Gueorgui Scherbakov, Nina Stártseva, Nadiezhda Petliá, Vladímir Kulikov, Evguenia Kíkova, Nikolai Zhukov, Yladimir Zagoruiko, Yuri Vitsenovski, Mikhail Grigoriev, Vasili Borisov, Nina Kézikova, Antonina Diachenko, Nikolái Mirónov, Vasili Tkachov, Pável Palaguta, Dimitr i Ogurtsov, Víktor Subbotin.

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