Historia Silenciada de EE.UU. — Oliver Stone & Peter Kuznick / The Untold History of the United States by Oliver Stone & Peter Kuznick

Denso. Muy documentado. Difícil para alguien que no es experto en estas materias por la gran cantidad de nombres expuestos, pero en cualquier caso, merece la pena para cuestionar todo aquello que hemos aprendido como verdadera Historia y puede que solo sea una interpretación de la misma. Recomendable para gente que le gusta la Historia y mirarla desde otro ángulo.
“Profusión de datos pero……..” y lo hago porque el libro es claramente parcial y con la la clara intención de propiciar un estado de opinión del lector. Toda la información que se facilita, y es mucha, tiene por objeto evidenciar que los EE.UU. son algo así como el imperio del mal. Como consecuencia se omite cualquier información que pudiera justificar o atenuar las decisiones tomadas. Llegando a parecer los alemanes, japoneses y soviéticos como poco mas que unas Hermanitas de la Caridad. Son muchos los datos que se suministran, pero desde luego no son todos exactos. Por ejemplo se dice que las renta per capita de los EE.UU. llegó a superar los 150.000 dólares para caer a la mitad por culpa de los sucesivos gobiernos. Rigurosamente falso, los EE.UU. nunca superaron una renta per capita de 50.000 dólares. En otro momento se habla del extraordinario crecimiento de la inversion en infraestructuras en China comparandolo con EE.UU, para pronunciarse sobre la bondad de las decisiones de la economia en China. Obviamente omite que una es una economía con una renta per capita de 5.600 $ frente a la de los EE.UU. que es de 50.000$. y que por tanto en esta ultima la necesidad de inversión en infraestructuras es sustancialmente inferior. El libro en cualquier caso se lee con interés y suministra datos nada desdeñables. Esta es la razon por la que no es perfecto. Recomiendo no obstante leerlo con espíritu crítico sin olvidar cual es la tendencia política del autor, que hace poco no vacilaba en fotografiarse en la “democrática” Venezuela chavista. Recomendado por tanto a los menos entusiastas de la política de los EE.UU.

Si reúnes a un historiador profesional con un director de cine, uno no debería sorprenderse si el libro que escriben a veces se inclina hacia lo dramático. Si estos dos individuos tienen una agenda política, uno no debe sorprenderse si el libro que escriben está sesgado hacia esa agenda. Pero también se debe tener en cuenta que tal libro, incluso si la intención de los autores es propagar una cosmovisión particular, puede contener información valiosa que no se puede encontrar en las escuelas primarias, intermedias y secundarias de los Estados Unidos. Tanto las escuelas públicas como las privadas en los Estados Unidos parecen actuar a veces como filtros de información y tienen poco ancho de banda para las ideas y los hechos históricos que interfieren con su agenda, ya sea que esta agenda sea consciente o no. Uno no debe confundir la intención con la presentación de hechos desnudos, pero la verificación de estos hechos puede implicar una cantidad considerable de tiempo, tal vez más tiempo del que los lectores tienen disponible.
Si los lectores pueden superar algunos de los sesgos descarados que se exhiben en este libro y el estilo obvio de lo dramático, encontrarán un tomo interesante y útil sobre parte de la historia de los Estados Unidos que no se encuentra en los libros de texto típicos. Los lectores ávidos de la cruda verdad desnuda detrás de la política exterior de los Estados Unidos encontrarán algunas pepitas de oro entre las portadas de este libro, pero también encontrarán interpretaciones de hechos y comentarios sobre tendencias históricas que, en el mejor de los casos, están poco justificadas. Para tales lectores, se requiere una actitud aún más fuerte de escepticismo debido a esta escasez de justificación. Este escepticismo debe ser parte del aire que respiran los estadounidenses para parafrasear los comentarios de los autores en el prólogo de este libro.
Particularmente interesante es la afirmación de los autores de que la Unión Soviética hizo el mayor esfuerzo para ganar el frente europeo en la Segunda Guerra Mundial, y citan algunas pruebas interesantes de esta afirmación. No son los primeros en afirmar esto, y como los documentos resultantes de la apertura de la antigua Unión Soviética ahora pueden leerse y estudiarse, ahora se puede dar mucha credibilidad a la reclamación. El hecho de que los estadounidenses y los británicos se esfuercen por dejar atrás a los rusos cuando se trata de los europeos puede ser desagradable para algunos lectores, pero los hechos son hechos, a pesar de los mensajes patrioteros / propagandísticos de las películas de Hollywood que ponen el Día D Como la estrategia más importante en la segunda guerra mundial de Europa. Dicho esto, los autores no dudan en poner de manifiesto las actividades asesinas de Joseph Stalin antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En este mismo contexto, se presentan pruebas sólidas de la afirmación de que Estados Unidos inició la Guerra Fría con la Unión Soviética, y que el uso de bombas atómicas en Japón fue una estrategia para esta agenda de la Guerra Fría, en lugar de salvar vidas estadounidenses en Estados Unidos. Una invasión japonesa.
Como ejemplos que ilustran el sesgo de los autores:
– Se refieren a los miembros del Tea Party como “xenófobos” sin dar evidencia de que tal sea el caso. ¿Han realizado los autores una encuesta estadística en profundidad del grupo Tea Party?
– La afirmación de que se usaron 5,000 tropas de los Estados Unidos para reprimir la Rebelión Boxer. ¿De dónde sacaron este número? No se citan referencias.
– La afirmación de que United Fruit Company tomó 1.9 millones de acres de tierra para la producción de azúcar a 20 centavos por acre de Cuba después de la guerra hispanoamericana. ¿Dónde están las referencias para este reclamo?
– Comentarios sobre las actitudes del historiador Guy Stanton Ford, quien es descrito como “uniéndose a la causa” de la Primera Guerra Mundial. ¿Cómo conocen los autores los intentos de este individuo? ¿Cómo pueden ellos entender sus motivaciones estrictamente por un estudio de sus acciones? Tales afirmaciones sobre los estados mentales de muchos individuos ocurren con bastante frecuencia en este libro.
– Con demasiada frecuencia, los autores dependen de los artículos escritos en la prensa de los Estados Unidos para que sirvan como evidencia. Como ejemplo, citan un artículo del New York Times en el que el Arsenal de Edgewood en Maryland era la “fábrica de gas venenoso más grande del mundo” y que producía “tres a cuatro veces más producción que los británicos, franceses y alemanes combinados” . ¿Fue este el caso? ¿Qué datos tienen los autores para apoyar esta afirmación? Los artículos periodísticos no son suficientes como evidencia objetiva de esta afirmación o de cualquier otra.
– No se citan referencias a las afirmaciones hechas sobre las capacidades de producción de los Estados Unidos después del ataque a Pearl Harbor al comienzo del Capítulo 4.
– No se citan referencias para la afirmación de que Jack Reed de Sandia Laboratory quería explotar un arma nuclear junto con el ojo de un huracán.
– No se han presentado pruebas de la afirmación de que el Banco Mundial detuvo la asistencia económica y los préstamos a Chile antes de la instalación de Pinochet. No se han presentado pruebas de la afirmación de que los intereses comerciales de los Estados Unidos ayudaron en la desestabilización de Chile durante este mismo período.
Hay muchas más afirmaciones sin fundamento en el libro, pero en general el libro tiene mérito en ofrecer una alternativa a la actitud prístina de que “Estados Unidos no puede hacer nada malo” ha permeado el discurso moderno sobre la historia de los Estados Unidos.

Los autores entienden la historia oculta de los Estados Unidos, pero su análisis de la economía y el sistema político de los Estados Unidos es erróneo. En su intento de defender una solución “socialista” progresiva, no se dan cuenta de que el problema es el propio estado. Son aquellos que capturan y usan el estado para su propio engrandecimiento y el de sus grupos corporativistas de clientes es lo que ha causado la distorsión en la historia de los Estados Unidos. Su análisis del capitalismo es defectuoso, porque por lo que existía en los Estados Unidos no era cierto el capitalismo lassiez faire. Lo que realmente sucedió después de la guerra civil fue el triunfo del sistema Hamiltonian-Whig que favoreció los subsidios del gobierno a la industria. Los industriales utilizaron el estado y su capacidad para manipular la regulación impuesta por el estado para eliminar la competencia. Además, utilizaron el estado para proteger sus intereses extranjeros a expensas del contribuyente estadounidense. En otras palabras, las grandes empresas amaban la regulación porque eliminaba la competencia. Esto no es considerado por estos autores y muestra una falta de erudición, sesgo político o ambos, pero Kolko y Rothbard, entre otros, han expuesto bien la idea. Por ejemplo, durante la Primera Guerra Mundial, a los grandes empresarios les encantaron la guerra y la junta de industrias de guerra porque el “socialismo de guerra” de Wilson garantizaba ganancias. Otro ejemplo de cómo su análisis es defectuoso es que el New Deal falló. Para estimular la economía después de la recesión de 1937, FDR se volvió hacia el gasto de guerra en 1938 y 1940 (proyectos de ley navales) para estimular la industria inactiva de Estados Unidos. Las grandes empresas, que se mostraron renuentes a cooperar después del giro del Segundo New Deal hacia el bienestar y los sindicatos (aunque les gustó el salario y la fijación de precios de la Administración de Recuperación Nacional de Frist New Deal), se volvieron más favorables para FDR cuando comenzó a garantizar las ganancias del gasto de guerra. En 1939 fue una bendición, al igual que en 1914. Luego, FDR intentó sortear las leyes de neutralidad de los Estados Unidos para lograr que Estados Unidos participara en la guerra en nombre de los británicos, quienes en marzo de 1941 los EE. UU. Se agotaron económicamente. Finalmente, los Estados Unidos compraron el imperio británico debido a su insistencia en librar una guerra que no podrían ganar sin la ayuda de los Estados Unidos, sobre Polonia que no pudieron defender, solo para quebrar, perder el imperio y entregar la mitad de Europa a los soviéticos eliminando al mismo tiempo una fuerza contraria a la URSS. En 19401-41wCuando FDR y los intereses de Morgan / Rothschild no obtuvieron su guerra en Europa debido al hecho de que el 80% de los EE. UU. Se opusieron a la guerra europea que se remonta a Versalles en 1919, se dirigieron hacia la puerta de atrás hacia la guerra con Japón, que intereses Rockefeller adecuados en Asia. El resultado de la política de FDR fue la creación de un complejo industrial militar. El New Deal de antes de la guerra benefició a las grandes empresas a través de los privilegios del gobierno y la concentración del poder económico. El resultado más significativo de la economía de guerra fue la mayor concentración del poder económico que las grandes empresas derivaban de los contratos del gobierno y el establecimiento de una relación estrecha entre las grandes empresas y los militares. El interés propio impulsó el complejo militar-industrial después de la guerra para mejorar la amenaza del comunismo y la Rusia comunista. Debido a la reversión de FDR y New Deal de lo que había sido la plataforma tradicional del Partido Demócrata de gobierno limitado, antiguos liberales (liberales de lassiez-faire clásicas de Jefferson Jackson y los demócratas de Borbón, una vez más los autores parecen no entender los 5 sistemas de partidos de Estados Unidos, aunque el cambio en el Partido Demócrata comenzó con la Reserva Federal y Woodrow Wilson adoptó una política exterior “conservadora” de intervencionismo con un nuevo dogma que hizo de la primacía del comunismo el enemigo de la humanidad. Como resultado, “los New Dealers adoptaron un nacionalismo militante e intervencionista, disfrazado de internacionalismo idealista”. Excepto en los países de habla inglesa que se benefician del status quo angloamericano al final de la Segunda Guerra Mundial, los partidos de oposición y los movimientos revolucionarios se levantaron contra el privilegio, el feudalismo y el imperialismo. La resistencia a la liberación nacional por la intervención militar inglesa apoyada por la ayuda estadounidense, hizo que los movimientos revolucionarios buscaran la orientación diplomática y la ayuda material de la Unión Soviética. Como resultado, los EE. UU. Se convirtieron en la “ciudadela de la reacción”, apoyando a través del ejército estadounidense y la ayuda extranjera, la explotación de los pueblos del mundo por los terratenientes feudales, los monopolistas y los señores de la guerra.

En principio, la Guerra Fría estalló por el choque entre dos concepciones diametralmente opuestas del papel de Estados Unidos en el mundo: la perspectiva hegemónica de Henry Luce, que imaginaba el siglo xx como «el siglo americano»; y la visión utópica de Henry Wallace, que soñaba con que el xx fuera «el siglo del hombre corriente». Era mucho lo que había en juego.
El 2 de septiembre de 1945, la Segunda Guerra Mundial terminó de forma oficial. Aunque en todo el mundo los norteamericanos celebraron la noticia con júbilo, sobre la nación pendía una extraña sensación de amenaza: todos temían que el futuro fuera un reflejo de las abrasadas ruinas de Hiroshima y Nagasaki. El 12 de agosto, Edward R. Murrow, célebre presentador de noticias de la cadena CBS, observó: «Muy raramente, si es que ha llegado a ocurrir alguna vez, ha terminado una guerra dejando en los vencedores semejante sensación de incertidumbre y miedo, al comprender que les aguarda un futuro sombrío y que la supervivencia no está asegurada». Los comentarios de la opinión pública estaban trufados de presagios apocalípticos.
Solo Estados Unidos escapó a la devastación. La economía norteamericana estaba en estado de ebullición. Las exportaciones y el PIB duplicaban o más los niveles previos a la guerra. La producción industrial se disparó durante el conflicto a un ritmo récord: el 15 por ciento anual. Estados Unidos poseía dos terceras partes de las reservas de oro del mundo y concentraba tres cuartas partes de las inversiones de capital. Producía un fabuloso 50 por ciento de los productos y servicios del planeta. Pero los empresarios y políticos estaban preocupados: el fin de la contienda y de los gastos bélicos auguraban un regreso a las condiciones previas a la guerra, a la Depresión. Temían particularmente las consecuencias de que Europa se decantara por esferas de actividad económica cerradas a la inversión y el comercio norteamericanos.
Con Franklin Roosevelt al timón, Estados Unidos se había situado hábilmente entre Gran Bretaña y la Unión Soviética. La mayoría de los norteamericanos observaba con recelo el imperialismo británico y desaprobaba las represivas políticas británicas en Grecia y la India, y en todas partes. Muchos desconfiaban también del socialismo soviético y censuraban la política de mano dura en Europa del Este.
Es crucial diferenciar cuáles eran los objetivos de la Unión Soviética en la posguerra. Moscú no solo carecía de proyecto para sovietizar Europa del Este, sino que esperaba mantener relaciones de amistad y colaboración con sus aliados de la guerra. Además, lo último que quería era una confrontación con Occidente. Como luego explicaron los historiadores Vladislav Zubok y Constantin Pleshakov, «el Kremlin no tenía ningún plan maestro y las ambiciones de Stalin siempre se vieron muy limitadas por la terrible devastación que asoló la URSS en la Segunda Guerra Mundial y porque los norteamericanos monopolizaran el arma atómica».
Parte del dinero del Plan Marshall fue a parar a la guerrilla de Ucrania, «Ruiseñor», que la Wehrmacht había creado en la primavera de 1941 con ayuda de Stephan Bandera, jefe de la OUN-B, ala más radical de la Organización Nacional Ucraniana. Al año siguiente, Mikola Lebed fundó el brazo terrorista de la organización, el Ejército Insurgente de Ucrania. Estaba compuesto por ultranacionalistas y colaboracionistas (nazis) que habían causado estragos en la región: llevaron a cabo el asesinato de miles de judíos, soviéticos y polacos directamente o ayudaron a que se produjeran, y más tarde se enfrentaron a los alemanes, que se oponían al plan de OUN-B de creación de un estado ucraniano independiente. En 1944 Lebed participó en la formación del Consejo Supremo para la Liberación de Ucrania, CSLU, sección política del Ejército Insurgente.
Al terminar la guerra, Lebed huyó a Roma y se puso en contacto con los Aliados. El Counterintelligence Corps [Unidad de Contraespionaje] del Ejército norteamericano empezó a trabajar con él en 1947 y lo introdujo de forma clandestina en Múnich, donde empezó a colaborar con la CIA al año siguiente. En junio de 1949, la CIA se lo llevó a Estados Unidos.
La democracia tampoco importó demasiado cuando la CIA asumió la responsabilidad de que el ejército controlase la Organización Gehlen alemana. El general Reinhard Gehlen, un nazi que había dirigido los servicios de inteligencia de Hitler en Europa Oriental y la Unión Soviética, reclutó una red de criminales de guerra nazis que en su mayoría habían sido agentes de la Sicherheitsdienst (SD), la Gestapo y las Waffen-SS. La Gehlen Org, como solían llamarla, ofreció abundante información sobre Europa Oriental, pintando el peor cuadro posible de las iniciativas y amenazas soviéticas. Un oficial retirado de la CIA reconocería: «La agencia estaba encantada con Gehlen, porque nos daba lo que queríamos. Nos valíamos de su material constantemente y se lo transmitíamos a todo el mundo: al Pentágono, a la Casa Blanca, a la prensa. Y también estaban encantados. Pero no eran más que exageraciones, basura sobre el monstruo ruso que le hizo mucho daño a este país».
El 1 de enero de 1950, el mundo dijo felizmente adiós a los años cuarenta. Para Estados Unidos, la década terminó con una nota amarga con el triunfo comunista en China y la primera prueba atómica rusa. A pesar de su inmenso poder, se sentía sitiado por enemigos en el interior y en el exterior. En pocos años, el optimismo del final de la guerra había dado paso a un nuevo miedo y a una nueva angustia.

Las petroleras norteamericanas también estaban muy agradecidas. Del crudo iraní, cuya producción se había congelado previamente, cinco de ellas recibieron el 40 por ciento del nuevo consorcio del sector. Estados Unidos, además, abrió sus arcas al sah: a las dos semanas del golpe, le ofreció un fondo de ayuda de sesenta y ocho millones al que pronto se sumarían otros cien. Washington había conseguido un aliado y el acceso a inmensos recursos petrolíferos, pero, a cambio, había soliviantado a los ciudadanos de una nación orgullosa que años después vengaría la expulsión de un primer ministro muy popular y la imposición de un régimen opresor. El sah gobernó más de cinco lustros con el firme apoyo de Estados Unidos. Entretanto, amañó elecciones y confió en la máquina represora del SAVAK, su nuevo servicio de inteligencia.
La CIA, que había sido capaz de derrocar el anterior gobierno, creía ahora también posible erradicar otras amenazas, y lo intentaría en años sucesivos. Los soviéticos veían por tanto que, en lugar de suavizar su política tras la muerte de Stalin, los norteamericanos imponían un nuevo gobierno títere en un país con el que ellos compartían mil kilómetros de frontera. Les parecía un nuevo paso dentro de una estrategia general que se proponía cercarlos.
Al poco de su «éxito» en Irán, el gobierno de Eisenhower puso el punto de mira en la pequeña y pobre nación guatemalteca. Guatemala había sufrido la brutal dictadura de Jorge Ubico, también apoyado por Washington, a quien habían echado del poder en 1944. Antes de que el gobierno reformista llegara a la presidencia, el 2 por ciento de la población poseía el 60 por ciento de la tierra y el 50 tenía que conformarse con el 3. La mitad india de la población sobrevivía a duras penas con cincuenta céntimos de dólar al día. En 1950 los guatemaltecos eligieron al apuesto y carismático coronel Jacobo Árbenz Guzmán, de treinta y ocho años, en un proceso caracterizado por su limpieza.
Los intereses de la United Fruit reforzaron el arraigado anticomunismo de la administración de Eisenhower. En agosto de 1953 se decidió acabar con el gobierno de Árbenz por medio de una operación encubierta. Un alto cargo, sin embargo, advirtió: «Si llegara a saberse que Estados Unidos intenta convertir a Guatemala en una especie de Checoslovaquia, las consecuencias en nuestras relaciones en este hemisferio, y probablemente en todo el mundo […], serían desastrosas».

En 1962 lo último que los soviéticos querían era una confrontación militar directa con los norteamericanos. Con poco más de diez misiles intercontinentales con fiabilidad suficiente para alcanzar Estados Unidos y entre trescientas y quinientas cabezas nucleares, no tendrían la menor oportunidad frente a los bombarderos, las cinco mil bombas nucleares y los casi dos mil misiles intercontinentales de Norteamérica. Temiendo que Washington diera el primer golpe, los soviéticos jugaron la carta de los misiles de Cuba con la doble intención de evitar un ataque a la URSS y de, al mismo tiempo, proteger Cuba de la invasión que auguraban. A Kruschev, además, le parecía una manera barata de aplacar a los halcones del Kremlin. Tras engañar a Kennedy con la repetida promesa de que no instalaría misiles en Cuba, aseguró que deseaba darles a los norteamericanos «un poquito de su propia medicina» y demostrarles que había pasado mucho tiempo desde que podían «darles unas bofetaditas como a un niño pequeño» y que ahora podían «darles a ellos un buen azote en el culo». Kruschev equiparaba los misiles de Cuba con los que Estados Unidos tenía en Turquía y Europa Occidental, cerca en ambos casos de la frontera de la Unión Soviética. Tenía intención de anunciar su instalación el 7 de noviembre en el cuadragésimo quinto aniversario de la Revolución bolchevique.
Kennedy tenía la esperanza de detener a los soviéticos antes de que completaran la instalación de los misiles. Se reunió con sus asesores para sopesar las opciones. El 19 de octubre convocó al Estado Mayor Conjunto. La mayoría de jefes, con LeMay a la cabeza, estaban a favor de una incursión aérea para destruir los misiles. LeMay advirtió: «El oso ruso siempre ha querido plantar sus garras en las aguas de Latinoamérica. Y ha caído en la trampa. Arranquémosle la pierna hasta los testículos. Aunque, pensándolo bien, vamos a arrancarle también los testículos».
Estados Unidos había estado a punto de invadir Cuba. Finalmente resultó que los mandatarios norteamericanos apenas tenían idea de lo que en tal caso se habrían encontrado. Los aviones de reconocimiento habían logrado fotografiar solo treinta y tres de cuarenta y dos misiles balísticos de alcance medio SS-4 y no encontraron cabezas nucleares, aunque también había. Tampoco habían localizado misiles de alcance intermedio SS-5, con una autonomía de más de tres mil kilómetros y capacidad para caer en casi todo el territorio continental de Estados Unidos. El Gobierno norteamericano ignoraba por completo el hecho de que los soviéticos habían emplazado aproximadamente cien armas nucleares tácticas en Cuba para repeler un posible desembarco.
Kruschev cometió un error de proporciones épicas al no divulgar el hecho de que las cabezas nucleares estaban ya en Cuba antes del bloqueo y más tarde, y lo que es todavía más desconcertante, al no anunciar que también había desplegado misiles balísticos y tácticos de crucero. Al mantener en secreto estos hechos, había despreciado el efecto disuasorio de las armas nucleares. Si los dirigentes norteamericanos hubieran sabido que los misiles balísticos ya estaban equipados con su cabeza nuclear, habrían dudado si atacar y poner en marcha una operación disuasoria. De igual modo, de haber sabido que los cubanos disponían de misiles nucleares tácticos para utilizarlos contra los soldados desembarcados, es probable que hubieran renunciado a la invasión. De hecho, el Kremlin dio en un principio a los comandantes soviéticos de campo autoridad para lanzar los misiles tácticos según su criterio en caso de desembarco. Más tarde retiró esa autorización, pero eso no evitó el riesgo de un lanzamiento no autorizado.

Los soviéticos cosecharon frutos políticos imprevistos de sus victorias espaciales. El 12 de abril de 1961, cinco días antes de la invasión de la bahía de Cochinos, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer humano en orbitar alrededor de la Tierra. Al pasar sobre África mandó un saludo a los nativos que luchaban contra el colonialismo. El vuelo suborbital de Alan Shepard tres semanas después pareció un logro menor en comparación. Después de ambas misiones, el 40 por ciento de los ciudadanos de Europa Occidental creían que los soviéticos iban por delante de los estadounidenses en avances científicos y potencial militar. Preocupado por el prestigio norteamericano, Kennedy convocó una sesión conjunta de ambas cámaras, cosa que era muy rara, y anunció: «Para ganar la batalla […] entre la libertad y la tiranía […], esta nación debería comprometerse a alcanzar, antes del final de esta década, el objetivo de hacer llegar un hombre a la Luna y lograr que vuelva a la Tierra sano y salvo». Prácticamente un año después, en febrero de 1962, John Glenn se convirtió en el primer norteamericano en orbitar alrededor de la Tierra.
Kennedy tenía muchos enemigos que deploraban el cambio y el progreso tanto como quienes impidieron el ascenso de Henry Wallace en 1944 en un momento en que intentaba liderar a Estados Unidos y al mundo por un sendero de paz y prosperidad. Kennedy desafió con valentía las poderosas fuerzas que habrían empujado a Estados Unidos a una guerra con la Unión Soviética. Kruschev, por su parte, tuvo tanto o más valor que él. Las generaciones futuras deben mucho, quizá su propia existencia, al hecho de que aquellos dos hombres se asomasen al abismo y, al verlo, dieran un paso atrás. Y tienen una deuda muy especial con el desconocido capitán de un submarino soviético que solo y sin ayuda impidió una guerra nuclear. En su discurso de investidura, Kennedy dijo que la antorcha estaba en manos de una nueva generación. Con su muerte, la antorcha volvió a manos de la vieja generación: la de Johnson, Nixon, Ford y Reagan, dirigentes que, aunque no mucho mayores que Kennedy, destruirían sistemáticamente sus prometedores años de gobierno y devolverían a Estados Unidos a la guerra y la represión.

Johnson, terco, vanidoso, basto y estrecho de miras, sacrificó su sueño de reformar Estados Unidos en aras de su obsesión anticomunista, escenificada en Vietnam, Indonesia y el resto del mundo.
Cuando las circunstancias le obligaron, Johnson tomó su decisión… y las consecuencias siempre definirán su legado y mancillarán a la nación cuyas tropas comandaba. «Perder la Gran Sociedad —se lamentaba— es un pensamiento horrible, pero no tan horrible como la idea de ser responsable de que Estados Unidos pierda una guerra contra los comunistas. No puede haber nada peor».
Algunos dirían que Estados Unidos vendió su alma en las junglas de Vietnam. Y al hacerlo pagó un doble precio. La guerra, que Estados Unidos perdería ignominiosamente pese a los esfuerzos de Johnson, también supuso el principio del fin del último periodo de reformas sociales y políticas importantes de que Estados Unidos haya sido testigo. Estados Unidos prometió cañones y mantequilla, y solo llegaron los cañones. La prosperidad de la posguerra primero aminoró el paso y luego se paró en seco.

Richard Nixon y Henry Kissinger dominaron su época como pocos hombres lo han hecho. Sus audaces iniciativas acercaron al mundo a la paz. Pero, asimismo, impulsaron políticas crueles y vengativas que empañaron cuanto habían logrado. Constituían una pareja tan improbable como se haya visto jamás entre altos mandatarios de cualquier país. A Kissinger Nixon le parecía «un hombre muy raro […], desagradable […], nervioso […], artificial […]. Y aborrece conocer gente nueva». Le extrañaba que alguien tan solitario se hubiera hecho político: «La gente no le gusta», concluyó. El jefe de gabinete de su gobierno, Bob Haldeman, que compartió muchas horas con él, dijo: «Nixon nunca me vio como persona. No me veía […] como ser humano […].
Kissinger y Nixon en el fondo se despreciaban. Se peleaban sin cesar por ver quién se llevaría el mayor mérito. Kissinger menospreciaba a Nixon, lo llamaba «ese loco», «nuestro borracho amigo» y «cabeza de albóndiga». Pero en su presencia le lisonjeaba. Nixon llamaba a Kissinger su «chico judío» y «psicópata». Pero el loco y el psicópata compartían la misma idea de Estados Unidos como líder del mundo. Woodrow Wilson había sido para Nixon «el mayor presidente del siglo» por tener «la visión más grandiosa del papel de Estados Unidos en la política internacional». Wilson proclamó que Estados Unidos habría de ser el salvador del mundo. Kissinger dijo: «La experiencia nos demuestra que tanto nosotros mismos como lo que hemos hecho tenemos una importancia universal, una relevancia que va más allá de las fronteras y abarca el bienestar de toda la humanidad. Estados Unidos no sería el mismo si no tuviera significado más allá de sí mismo. Por eso los norteamericanos siempre han visto su papel en el mundo como la manifestación externa de un estado de gracia interno». Sin embargo, ni Kissinger ni Nixon comprendieron que el ejercicio del poder de Estados Unidos debía basarse en la honradez.
Nixon fue trasladando el peso de la lucha de las tropas del Ejército estadounidense, que contaban con quinientos cuarenta y tres mil hombres, a los soldados vietnamitas entrenados y equipados por los norteamericanos, si bien dejó claro a Hanói que eso no significaba que tuviera menos interés en la victoria. Primero intensificó los bombardeos de Vietnam del Sur y Laos, y luego, en marzo de 1969, empezó a bombardear campamentos norvietnamitas en Camboya. Era la manera de anunciar que no se detendría ante límites establecidos y que podía actuar de modo irracional en caso de ser provocado. Al explicarle la «teoría del loco» a Bob Haldeman en 1968, destacó la importancia de la amenaza nuclear.
Tampoco está claro que solo fuera un farol. J. Robert Oppenheimer se entrevistó con Nixon siendo este vicepresidente de Eisenhower y al poco tiempo le dijo a un amigo: «Acabo de tener una reunión con el hombre más peligroso que he conocido en mi vida». Nixon, de hecho, apoyó el empleo de bombas atómicas para ayudar a los franceses en Dien Bien Phu.
Kissinger pudo impedir la Operación Condor y, por supuesto, los asesinatos de Orlando Letelier y Ronni Moffitt. El 30 de agosto de 1976, Shlaudeman le envió un informe que decía: «Lo que nos proponemos es una serie de asesinatos de figuras de la política internacional que podrían causar graves perjuicios al estatus internacional y la reputación de los países implicados». Kissinger ya había aprobado el envío de cartas de protesta a los Gobiernos de Chile, Argentina y Uruguay para expresar su «profunda preocupación», por los «planes de asesinato de subversivos y de figuras de la sociedad y la política dentro y fuera de las fronteras nacionales de ciertas naciones del Cono Sur». Pero nunca las mandó. El 16 de septiembre canceló el envío y en su lugar telegrafió a Shlaudeman dándole instrucciones de que no emprendiera «más acciones en dicho sentido».
Bajo la Operación Condor varios escuadrones de la muerte siguieron la pista y mataron a más de trece mil disidentes fuera de sus países y centenares de miles de personas acabaron en campos de concentración.
Aunque Nixon y Kissinger fueron justamente condenados por su perversa política en Vietnam, Laos, Camboya y Chile, también podrían haberse jactado de relajar la tensión internacional en otras áreas. La normalización de las relaciones con China fue su éxito más relevante.
Tras su triunfal visita a China en febrero de 1972, Nixon visitó la URSS en el mes de mayo. Recelosos de la reciente amistad de los norteamericanos con China, los soviéticos le brindaron una bienvenida muy calurosa. En Moscú firmó con Leónidas Breznev, secretario general del PCUS, el Strategic Arms Limitation Treaty, SALT [Tratado de Limitación de Armas Estratégicas], primer acuerdo sobre armas nucleares estratégicas que restringía a ambos bandos a sus sistemas de defensa antimisiles balísticos y reducía el número de misiles intercontinentales y submarinos. Ese tratado, sin embargo, no consiguió aminorar la producción de cabezas nucleares porque no puso límites a los multiple independently targetable reentry vehicles (MIRV)-
Entre 1965 y 1973, Estados Unidos lanzó 2.756.941 toneladas de bombas en 230.516 misiones sobre 113.716 objetivos.
La llanura de las Jarras, controlada por el Pathet Lao, movimiento nacionalista y comunista, fue una de las zonas más castigadas. La mayoría de los jóvenes dejaban los pueblos para unirse a ese grupo. Los soldados meo, aliados de Estados Unidos, llegaban y se llevaban al resto de habitantes. En septiembre de 1969, la llanura se había quedado mayormente despoblada.
Gerald Ford anunció: «La larga pesadilla de esta nación ha terminado»; más tarde concedió al «loco» Nixon un perdón controvertido. Cuarenta altos cargos del gobierno de Nixon y de su comité de reelección fueron condenados por delitos graves. Entre los sentenciados a penas de cárcel se encontraban colaboradores del expresidente como John Dean, John Mitchell, Bob Haldeman y John Ehrlichman, ayudantes como Charles Colson, Egil Krogh y Jeb Stuart Magruder, y su abogado, Herbert Kalmbach. David Frye, imitador de Nixon, tuvo una buena salida: «Watergate tiene un lado bueno: mi gobierno ha sacado la delincuencia de las calles y la ha metido toda en la Casa Blanca, para que yo pueda tenerla controlada».
Kissinger, el «psicópata», salió ileso del caso Watergate. En octubre de 1973 recibió junto con Le Duc Tho, representante de Vietnam del Norte en los Acuerdos de Paz de París, el Nobel de la Paz. Tom Lehrer, el caricaturista político más brillante de Estados Unidos, anunció que el galardón dejaba, de un plumazo, caduca la caricatura política y no volvió a dibujar. A diferencia de Kissinger, y sabiendo que todavía no se había conseguido la paz, Le Duc Tho tuvo la dignidad de rechazar el premio.
La historiadora Carolyn Eisenberg señaló muy acertadamente: «Richard Nixon ha sido el único presidente de la historia de Estados Unidos que, sin el beneplácito popular, ni de la prensa, ni de los burócratas del gobierno, ni de los principales actores de la comunidad internacional, ha llevado a cabo acciones militares continuadas contra tres países distintos».

Jimmy Carter ha sido un expresidente maravilloso. Quizá, como él mismo ha dicho, el mejor de la historia —aunque John Quincy Adams, que volvió al Congreso para librar un combate tenaz contra la esclavitud, podría perfectamente disputarle ese honor—, y puede aducir en su favor un buen puñado de argumentos. En 1982 fundó el Carter Center, con el que ha fomentado la democracia en todo el mundo, mejorado la atención sanitaria en países subdesarrollados, ayudado a poner en libertad a presos políticos, contribuido a devolver a su cargo a Jean-Bertrand Aristide —presidente electo de Haití— e instado desde la televisión cubana a Washington a levantar el embargo sobre Cuba y a Castro, a ampliar las libertades civiles. En 1994 negoció un pacto nuclear con Kim Il Sung que redujo significativamente el ritmo de crecimiento del arsenal nuclear de Corea del Norte. En 2004, en el marco de su labor de supervisión de procesos electorales en todo el mundo, desautorizó las denuncias de fraude de la oposición y sancionó la victoria en las urnas de Hugo Chávez. Además, ha tratado de aportar juicio al largo y enconado conflicto árabe-israelí —y, como consecuencia, se ha ganado la antipatía de todos los contendientes, incluidos los israelíes—, rechazó la invasión de Irak de George W. Bush, defendió el cierre de la prisión de Guantánamo y declaró que el gobierno Bush-Cheney era «el peor de la historia» También ha pedido la abolición de las armas nucleares y sigue siendo el único presidente de Estados Unidos que ha visitado Hiroshima. Por sus valientes opiniones y su influencia en todo el mundo fue recompensado con el premio Nobel de la Paz en 2002.
Pero Carter, cuyo ejercicio de la expresidencia ha sido tan ejemplar, fue un inepto en la presidencia; porque decepcionó a sus partidarios, traicionó sus convicciones y abandonó el cargo con la aprobación de un escaso 34 por ciento del electorado. Su legado más perdurable como presidente no fue su prolongada e hipócrita campaña en pro de los derechos humanos, sino el hecho de haber abierto la puerta al lado oscuro y, con ello, haber legitimado la política a menudo brutal de su sucesor, Ronald Reagan, que resucitó la Guerra Fría y dejó un reguero de víctimas inocentes que va de Guatemala a Afganistán, pasando por las Torres Gemelas.
Anunció que Kissinger seguiría siendo consejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado. Kissinger, por su parte, se daba cuenta de que Estados Unidos hacía frente a difíciles retos en política y economía. Tras setenta años con la balanza comercial en positivo, en 1971 el país entró en déficit. Y ese déficit creció. Los países exportadores de petróleo, que habían constituido la OPEP, decidieron castigar a Estados Unidos, Europa Occidental y Japón por su apoyo a Israel en la guerra árabe-israelí de 1973. En 1974 el precio del crudo se cuadruplicó. Estados Unidos, que en la década de 1950 producía todo el que necesitaba, importaba ahora una tercera parte de lo que consumía y era, por tanto, muy vulnerable a las presiones. Además, puesto que el dinero y el poder se inclinaban hacia Oriente Próximo, varios de sus aliados se decantaron por mejorar sus relaciones con los árabes, algo que Kissinger tachó de «despreciable». Él, junto con otros altos cargos, contemplaba otro tipo de respuesta. Consideraba, por ejemplo, la posibilidad de invadir Arabia Saudí.
A pesar de su inexperiencia, sus contactos con la Comisión Trilateral y tendencia hacia el centro, Carter asumió la presidencia con una idea moderadamente progresista del futuro Estados Unidos. En campaña había denunciado la hipocresía imperante en las armas atómicas: «Al exigir a países soberanos que renuncien a las armas nucleares, pedimos una forma de negación que nosotros no hemos sido capaces de aceptar». Con su rechazo del doble rasero que normalmente las naciones poderosas imponen a las más débiles, Carter reconocía que Estados Unidos no tenía derecho a pedir a los demás que renunciasen a esas armas a no ser que tomase medidas para eliminar su propio arsenal nuclear.
Carter no solo incumplió su promesa de reducir drásticamente los gastos de defensa, sino que los incrementó de modo muy significativo: su primer presupuesto fue de ciento quince mil millones de dólares, el último, de ciento ochenta mil millones.
Estados Unidos siguió vendiendo armas a Irán a través de Israel, con frecuencia mediante traficantes particulares. Entretanto, el Gobierno norteamericano desperdició la oferta de poner fin al conflicto que Sadam planteó a cambio de mantener el control del canal de Shatt al Arab y de la promesa de Irán de no intervenir en sus asuntos. Así, con la ayuda de Estados Unidos, la guerra de Irán e Irak se prolongó otros ocho años. Según algunos cálculos, costó más de un billón de dólares y la vida a más de un millón de personas.

Cuando Reagan abandonó la presidencia era un hombre aturdido que aseguraba no tener conocimiento pleno de cosas que ocurrían delante de sus narices, pero muchos lo aclamaban como a alguien que había restaurado la fe de Estados Unidos en sí mismo tras las fallidas presidencias de Johnson, Nixon, Ford y Carter. Ya antes de su segunda legislatura, los conservadores aseguraban que era uno de los más grandes presidentes de la historia. En 1984 un documento electoral interno de los republicanos decía: «Describe a Reagan como la personificación de todo lo heroico de América. Que cualquier ataque que pueda lanzarle Mondale equivalga a un ataque a la imagen idealizada de América».
Pero ¿cuál fue su legado en realidad? Ronald Reagan fue uno de los presidentes peor informados y menos trabajadores de la historia de Estados Unidos. Facilitó el resurgimiento de la derecha y de un anticomunismo de línea dura que sirvió para militarizar la política exterior y reavivó la Guerra Fría. Prestó un flaco favor a la democracia al apoyar y armar dictaduras represivas. Convirtió conflictos locales y regionales en Oriente Próximo y Latinoamérica en campos de batalla de la Guerra Fría y permitió que en ese segundo territorio se desatara en una oleada de terror que suprimió los movimientos populares. Destinó al ejército ingentes sumas de dinero al tiempo que recortó los programas sociales para los más pobres. Redujo drásticamente los impuestos a los más ricos y triplicó la deuda, a raíz de lo cual Estados Unidos pasó de ser el primer acreedor mundial en 1981 a ser el mayor deudor en 1985. En octubre de 1987 fue testigo de la peor caída del mercado de valores desde la Gran Depresión. Por no querer renunciar a una fantasía infantil, dejó que se le escurriera entre los dedos la oportunidad de librar al mundo de las armas nucleares y, en cuanto a su muy cacareado papel en el final de la Guerra Fría, la mayor parte del mérito, debería corresponderle a su homólogo soviético: Mijaíl Gorbachov.

Durante la presidencia de Bush, los cargos de la administración y sus aliados de Wall Street, así como grupos conservadores como el American Enterprise Institute, cantaban las alabanzas de un mercado financiero no regulado, que, en su opinión, generaría una abundancia general y grandes fortunas. Preferían mirar para otro lado ante diversos chanchullos financieros y una especulación desatada mientras que la deuda nacional se disparaba de los 5,7 billones de dólares al término de la presidencia de Clinton a más de diez billones al final de la de Bush.
La situación económica empeoró precipitadamente con la crisis que empezó en diciembre de 2007. Los niveles de renta y riqueza cayeron en picado y la pobreza aumentó de forma drástica. Lawrence Katz, economista de Harvard, expresó lo que ocurría de manera sucinta: «Para la familia norteamericana media, la década del 2000 ha sido una catástrofe». Incluso antes del derrumbamiento de 2008, los años de Bush se habían saldado con el menor incremento del empleo y de la renta desde la posguerra.
A finales de 2009, más de cuarenta millones de norteamericanos vivían en la pobreza.
Estados Unidos se había convertido en una plutocracia en la que casi una cuarta parte de la renta iba a parar al 1 por ciento de la población y el 10 por ciento más rico de ese 1 por ciento tenía tantos ingresos como los ciento veinte millones de norteamericanos más pobres. Robert Reich, exsecretario de Trabajo, identificó a los nuevos plutócratas: «Con la excepción de unos pocos empresarios como Bill Gates, se trata de altos ejecutivos de las grandes corporaciones y de Wall Street, de gestores de fondos de inversión y de empresas de capital riesgo».
En noviembre de 2008 ya estaba claro para la mayoría de estadounidenses que la política interior y exterior de la pareja Bush-Cheney había sido un desastre sin paliativos. Según un sondeo de The New York Times y CBS News, al final de su segunda legislatura, solo un 22 por ciento de norteamericanos aprobaban la gestión de Bush, cuando tras los atentados del 11 de septiembre el presidente contaba con el apoyo del 90 por ciento de la población. El índice de aprobación de Cheney había descendido a un exiguo 13 por ciento.
Los norteamericanos tenían hambre de cambio. Estaban hartos de guerras, cansados de un presupuesto de defensa disparatado, preocupados por diversas violaciones de los derechos constitucionales, enfadados por políticas que favorecían a los más ricos e inquietos ante una crisis económica cada día más acuciante. Pero pocos comprendían lo poderosos que habían llegado a ser los beneficiarios del complejo militar-industrial y de un estado volcado en la seguridad, y de que plantarían ferozmente cara a cualquiera que pusiera en peligro su posición. Pronto se darían cuenta. De la manera más dura.

Obama dio la bienvenida a las tropas que volvían a casa en Fort Bragg. Pero en lugar de referirse a la guerra de Irak como el desastre sin paliativos que había sido, de extraer las lecciones pertinentes y de dar las gracias a los soldados por sus sacrificios, el presidente se sintió impelido a adornar el fin del conflicto con una retórica patriotera que recordaba las evocadoras palabras de Rudyard Kipling, antiguo defensor del imperio que en la Primera Guerra Mundial convenció a su hijo para que se alistase solo para verle morir en su primer día de combate. En su poema «Epitafios de la guerra», Kipling escribió: «Si algunos os preguntan por qué morimos / decidles: porque nuestros padres mintieron». Las mentiras de Obama eran igual de insidiosas. «Dejamos atrás un Irak soberano, estable y que confía en sí mismo, con un gobierno representativo elegido por el pueblo», dijo, elogiando la «extraordinaria hazaña» de las tropas. La «lección más importante —prosiguió— […] tiene que ver con nuestro carácter como nación […]. Porque no hay nada que nosotros, los americanos, no podamos hacer cuando actuamos unidos […]. Por eso el Ejército de Estados Unidos es la institución más respetada de este país».
Las guerras de Irak y Afganistán fueron un desastre sin paliativos. Hasta Robert Gates reconoció que, al menos hasta cierto punto, el hecho de haber invadido otro país resultaba indefendible. En febrero de 2011 declaró ante los cadetes de West Point: «En mi opinión, si en el futuro otros secretarios de Defensa aconsejasen al presidente el envío de un gran ejército de tierra americano a Asia o a Oriente Próximo, o a África, habría, como tan delicadamente dijo al general MacArthur, que “examinarle la cabeza”».
Las consecuencias de años de políticas erradas o miopes maduraban como fruta amarga en todo el planeta. Pero en ningún sitio era esto más evidente que en Oriente Próximo, donde Estados Unidos se veía relegado al papel de observador de la extraordinaria sublevación democrática que fue la Primavera Árabe, que transformó desde la base una región que Washington tanto se había esforzado en cambiar. Tras décadas de apoyo sin sentido crítico a Israel al tiempo que armaba, formaba y apuntalaba a un dictador árabe detrás de otro, amén de aprovechar, tras los atentados de las Torres Gemelas y el Pentágono, a egipcios, sirios y otros como torturadores vicarios, Estados Unidos carecía de autoridad moral.
Estados Unidos se aisló todavía más cuando Obama asistió a la Cumbre de las Américas en abril de 2012. En la ciudad de Cartagena de Indias, los dirigentes políticos del hemisferio occidental, envalentonados tras la reunión de Caracas, desafiaron abiertamente a Estados Unidos de una forma estimulante y sin precedentes. El debate se centró en dos asuntos fundamentales para las relaciones interamericanas: la exclusión de Cuba y la guerra a los carteles de la droga auspiciada por Estados Unidos. Si Washington había marcado la agenda de anteriores cumbres y dictado el marco de diálogo, ahora ya no era así. El presidente Calderón dijo que el cambio —la franqueza con que esta vez se habló de todos los temas— era «radical e impensable».
Estados Unidos se enfrentaba a un dilema. Ahora que había terminado la Guerra Fría, el mundo se negaba a jugar de acuerdo a sus reglas. Ni su superioridad militar sin precedentes ni su abrumador poder económico se traducían en capacidad para inclinar la historia en el sentido deseado. El mundo parecía escapar cada vez más de su control. Nada simboliza mejor esta circunstancia que el auge de China, con mil trescientos millones de habitantes, una economía floreciente (casi el 40 por ciento de la cual seguía en manos del Estado) y un sistema político controlado por su autoritario Partido Comunista. El crecimiento económico de China, extraordinario bajo cualquier punto de vista, se hacía aún más evidente al compararlo con el estancamiento y el declive de la economía norteamericana. En 2011 la renta per cápita de China, aunque equivalía a solo el 9 por ciento de la de Estados Unidos, era el doble que cuatro años antes. El Gobierno chino, además, preveía que volvería a duplicarse en otros cuatro años. China había sustituido ya a Japón como segunda mayor economía del mundo, cuando en 2003 solo ocupaba el séptimo lugar.
Hay problemas monumentales que exigen atención. El calentamiento global amenaza el futuro de la vida en el planeta como solo la guerra nuclear había hecho hasta ahora. Derrite ya los casquetes polares del Ártico y el Antártico, eleva el nivel de los océanos, provoca sequías e inundaciones, amplía el alcance geográfico de enfermedades mortales y arruina fuentes de agua y de alimento en todo el planeta. Estados Unidos mismo se tambalea bajo los efectos de temperaturas desconocidas, huracanes devastadores, inundaciones, incendios forestales y sequías que rivalizan con las que ya lo asolaron en el pasado. La amenaza nuclear, por otro lado, todavía no se puede descartar. El peligro del aumento de armas atómicas, y hasta de su proliferación anárquica, no ha desaparecido. Los arsenales nucleares siguen superando los megatones que los expertos consideran suficientes para llevarnos al invierno nuclear que extinguiría toda vida en la Tierra. Y, a pesar del declarado compromiso de Obama, las perspectivas de una reducción sustancial, por no hablar de una abolición total, de las emisiones tóxicas se antojan escasas.

Las verdaderas esperanzas de cambio de Estados Unidos —para que recupere su alma democrática, igualitaria y revolucionaria— residen en que los ciudadanos norteamericanos se unan a las masas rebeldes del planeta y nos recuerden a todos las lecciones de la historia, de su historia, de la historia del pueblo, que ahora sí ha sido contada, y exijan la creación de un mundo que represente los intereses de la abrumadora mayoría y no de los más ricos y codiciosos, de los más poderosos. En la consolidación de ese movimiento se cifra también la única esperanza de salvar la democracia norteamericana de las garras de un estado dominado y sofocado por el imperativo de la seguridad nacional. En una tiranía semejante estribaba la amenaza que los antiguos líderes revolucionarios de Norteamérica supieron ver. En 1787 una mujer preguntó a Benjamin Franklin a la salida de la convención constituyente: «Y bien, doctor, ¿qué ha sido? ¿Monarquía o república?». Franklin respondió con unas palabras tan oportunas hoy como entonces: «República, señora, y que sea usted capaz de conservarla».

Dense. Very documented Difficult for someone who is not an expert in these matters because of the large number of names exposed, but in any case, it is worthwhile to question everything that we have learned as true History and it may just be an interpretation of it. Recommended for people who like history and look at it from another angle.
“Profusion of data but ……..” and I do it because the book is clearly partial and with the clear intention of promoting a state of opinion of the reader. All the information that is provided, and is great, is intended to show that the US they are something like the evil empire. As a result, any information that could justify or mitigate the decisions made is omitted. Germans, Japanese and Soviets seem to be little more than Little Sisters of Charity. There are many data that are supplied, but of course they are not all accurate. For example, it is said that per capita income in the US It came to exceed $ 150,000 to fall by half because of the successive governments. Rigorously false, the US they never exceeded a per capita income of $ 50,000. At another time, we talk about the extraordinary growth of investment in infrastructure in China, comparing it with the US, to pronounce on the goodness of the decisions of the economy in China. Obviously, he omits that one is an economy with a per capita income of $ 5,600 compared to that of the United States. which is $ 50,000. and that therefore in the latter the need for investment in infrastructure is substantially lower. The book in any case is read with interest and provides not insignificant data. This is the reason why To my way of thinking no perfect book. I recommend, however, to read it critically without forgetting the political tendency of the author, who recently did not hesitate to photograph himself in the “democratic” Chavez Venezuela. Recommended therefore to the less enthusiastic of the policy of the USA.

If you put a professional historian together with a movie director then one should not be surprised if the book they write is sometimes biased towards the dramatic. If both of these individuals have a political agenda, one should not be surprised if the book they write is biased towards that agenda. But one should also keep in mind that such a book, even if the intent of the authors is to propagate a particular worldview, may contain valuable information that one cannot find in the elementary, middle, and high schools of the United States. Both public and private schools in the United States seem to act sometimes as information filters, and have low bandwidth for ideas and historical facts that interfere with their agenda, whether this agenda is conscious or not. One should not conflate intent with the presentation of bare facts, but the checking of these facts may involve a considerable amount of time, perhaps more time than readers have available.
If readers can step beyond some of the blatant bias exhibited in this book, and obvious flair for the dramatic, they will find an interesting and helpful tome on some of the history of the United States that is not found in typical textbooks. Readers hungry for the raw naked truth behind United States foreign policy will find some gold nuggets in between the covers of this book, but they will also find interpretations of facts and commentary on historical trends that are at best weakly justified. For such readers, an even stronger attitude of skepticism is required because of this paucity of justification. Such skepticism should be part of the air that Americans breathe, to paraphrase the authors’ comments in the foreword to this book.
Particularly interesting is the authors’ claim that the Soviet Union did the most to win the European front in World War II, and they cite some interesting evidence for this claim. They are not the first to assert this, and as documents resulting from the opening of the former Soviet Union can now be read and studied, much credence can now be given to the claim. That the efforts of the Americans and the British are to take a back seat to the Russians when it comes to the Europeans may be unpalatable to some readers, but facts are facts, despite the jingoistic/propagandistic messages of Hollywood movies that put D-Day as the most important strategy in World War II Europe. That being said, the authors do not hesitate to bring out the murderous activities of Joseph Stalin before, during, and after World War II. In this same context, strong evidence is given for the assertion that the United States initiated the Cold War with the Soviet Union, and that the use of atomic bombs in Japan was a strategy for this Cold War agenda, rather than to save American lives in a Japanese invasion.
As examples that illustrate the authors bias:
– They refer to Tea Party members as “xenophobes” without giving evidence that such is the case. Have the authors done an in-depth statistical survey of the Tea Party group?
– The assertion that 5,000 U.S. troops were used to suppress the Boxer Rebellion. Where did they get this number? No references are cited.
– The claim that United Fruit Company took 1.9 million acres of land for sugar production at 20 cents per acre from Cuba after the Spanish-American war. Where are the references for this claim?
– Comments on the attitudes of the historian Guy Stanton Ford, who is described as “rallying to the cause” of World War I. How do the authors know the intents of this individual? How indeed can they understand his motivations strictly by a study of his actions? Such claims on the mental states of many individuals occur quite frequently in this book.
– Too often the authors depend on articles written in the U.S. press to make a point of serve as evidence. As an example, they quote an article by the New York Times that the Edgewood Arsenal in Maryland was the “largest poison gas factory on earth” and that it produced “three to four times as much output as the British, French and Germans combined”. Was this indeed the case? What data do the authors have to support this claim? Newspaper articles do not suffice as objective evidence for this claim or any other.
– No references are cited for the claims made on U.S. production capabilities after the attack on Pearl Harbor at the beginning of Chapter 4.
– No references are cited for the claim that Jack Reed of Sandia Laboratory wanted to explode a nuclear weapon alongside the eye of a hurricane.
– No evidence given for the claim that the World Bank stopped economic assistance and loans to Chile before Pinochet was installed. No evidence given for the claim that U.S. business interests assisted in the destabilization of Chile during this same time period.
There are many more such unsubstantiated claims in the book, but as a whole the book does have merit in offering an alternative to the pristine “America can do no wrong” attitude that has permeated modern discourse on U.S. history.

The authors understand the hidden history of the United States, but their analysis of economics and the United States political system is flawed. In their attempt to argue for a progressive “socialist” solution, they fail to realize that the problem is the state itself. It is those who capture and use the state for their own aggrandizement and that of their corporatist client groups is what has caused the distortion in U.S. history. Their analysis of capitalism is flawed, because for what existed in the USA was not true lassiez faire capitalism. What really happened after the civil war was the triumph of the Hamiltonian-Whig system which favored government subsidies to industry. Industrialists used the state and their ability manipulate state enforced regulation to eliminate competition. Moreover, they used the state to protect their foreign interests at the expense of the American taxpayer. In other words, big-business loved regulation because it eliminated competition. This is not considered by these authors and shows a lack of erudition, political bias or both, but the idea has been well put forward by Kolko and Rothbard among others. For example during World War I big business loved the war and the war industries board because Wilson’s “war socialism” guaranteed profits. Another is example of where their analysis is flawed is that the New Deal failed. To stimulate the economy after the Recession of 1937, FDR turned towards war spending in 1938 and 1940 (naval bills) to stimulate America’s dormant industry. Big-business which was reluctant to cooperate after the Second New Deal’s turn towards welfare and unions (albeit they liked the Frist New Deal’s National Recovery Administration’s wage and price fixing), became more favorable to FDR as he started to guarantee profits from war spending. By 1939 it was a boon, just like in 1914. FDR then sought to get around America’s neutrality laws to get America in the war on behalf of the British who by March of 1941 the U.S. economically drained dry. Ultimately, the U.S. then bought up the British empire owing to their insistence on fighting a war they could not win without U.S. aid, over Poland which they could not defend, only to go bankrupt, lose the empire, and turn over half of Europe to the Soviets while eliminating the one counterforce to USSR. By 19401-41wWhen FDR and the Morgan/Rothschild interests did not get their war in Europe owing to the fact that 80% of the USA opposed the European War dating back to Versailles in 1919, they turned towards the backdoor way to war with Japan which suited Rockefeller interests in Asia. The result of FDR’s policy was the creation of a military industrial complex. The pre-war New Deal benefited big-business through government privileges and the concentration of economic power. The most significant result of the war economy was the increased concentration of economic power which big business derived from government contracts, and the establishment of a close relationship between big business and the military. Self-interest drove the military-industrial complex after the war to upgrade the menace of communism and communist Russia. Because of FDR and New Deal’s reversal of what had been the traditional Democratic Party platform of limited government, former liberals (classical lassiez-faire liberals of Jefferson Jackson and the Bourbon Democrats – again the authors seem not to understand America’s 5 party systems – albeit the change in the Democratic Party started with the Federal Reserve and Woodrow Wilson) adopted a “conservative” foreign policy of interventionism with a new dogma which made the primacy of communism as the enemy of mankind. As a result, “New Dealers adopted a militant, interventionist nationalism, masquerading as idealistic internationalism.” Except in English-speaking countries benefiting from the Anglo-American status quo at the end of World War II, opposition parties and revolutionary movements arose against privilege, feudalism, and imperialism. Resistance to national liberation by English military intervention supported by American aid, caused revolutionary movements to seek the diplomatic guidance and material aid of the Soviet Union. As a result, the USA became the ‘citadel of reaction,’ supporting through American military and foreign aid, the exploitation of the world’s peoples by the feudal landlords, monopolists, and war lords.

In principle, the Cold War broke out because of the clash between two diametrically opposed conceptions of the role of the United States in the world: the hegemonic perspective of Henry Luce, who imagined the twentieth century as “the American century”; and the utopian vision of Henry Wallace, who dreamed that the XX was “the century of the ordinary man.” There was a lot at stake.
On September 2, 1945, World War II ended officially. Although the Americans celebrated the news with jubilation throughout the world, a strange sense of threat hung over the nation: everyone feared that the future would be a reflection of the scorched ruins of Hiroshima and Nagasaki. On August 12, Edward R. Murrow, a well-known CBS news anchor, observed: “Very rarely, if it has ever happened, a war has ended, leaving the victors with such a sense of uncertainty and fear, Understanding that a bleak future awaits them and that survival is not assured. ” The comments of the public were full of apocalyptic omens.
Only the United States escaped the devastation. The North American economy was in a state of boiling. Exports and GDP doubled or more than prewar levels. Industrial production soared during the conflict at a record pace: 15 percent per year. The United States owned two thirds of the world’s gold reserves and concentrated three quarters of the capital investments. It produced a fabulous 50 percent of the planet’s products and services. But the businessmen and politicians were worried: the end of the war and the war expenses predicted a return to the pre-war conditions, to the Depression. They particularly feared the consequences of Europe opting for areas of economic activity closed to American investment and trade.
With Franklin Roosevelt at the helm, the United States had placed itself skillfully between Great Britain and the Soviet Union. The majority of Americans viewed British imperialism with suspicion and disapproved of repressive British policies in Greece and India, and everywhere else. Many also distrusted Soviet socialism and censored hard-line politics in Eastern Europe.
It is crucial to differentiate what the objectives of the Soviet Union were in the post-war period. Moscow not only lacked a project to Sovietize Eastern Europe, but hoped to maintain friendly relations and collaboration with its allies of the war. Besides, the last thing he wanted was a confrontation with the West. As historians Vladislav Zubok and Constantin Pleshakov later explained, “the Kremlin had no master plan and Stalin’s ambitions were always severely limited by the terrible devastation that ravaged the USSR in World War II and because the Americans monopolized the atomic weapon »
Part of the Marshall Plan money went to the Ukrainian guerrilla, “Nightingale”, which the Wehrmacht had created in the spring of 1941 with the help of Stephan Bandera, head of the OUN-B, most radical wing of the Ukrainian National Organization . The following year, Mikola Lebed founded the terrorist arm of the organization, the Insurgent Army of Ukraine. It was composed of ultra-nationalists and collaborationists (Nazis) who had wreaked havoc in the region: they carried out the murder of thousands of Jews, Soviets and Poles directly or helped to produce them, and later they confronted the Germans, who opposed to the OUN-B plan for the creation of an independent Ukrainian state. In 1944 Lebed participated in the formation of the Supreme Council for the Liberation of Ukraine, CSLU, political section of the Insurgent Army.
After the war, Lebed fled to Rome and made contact with the Allies. The Counterintelligence Corps of the US Army began working with him in 1947 and introduced him clandestinely in Munich, where he began to collaborate with the CIA the following year. In June of 1949, the CIA took it to the United States.
Democracy did not matter too much when the CIA assumed responsibility for the army controlling the German Gehlen Organization. General Reinhard Gehlen, a Nazi who had led Hitler’s intelligence services in Eastern Europe and the Soviet Union, recruited a network of Nazi war criminals who had mostly been agents of the Sicherheitsdienst (SD), the Gestapo, and the Waffen-SS. The Gehlen Org, as they used to call it, offered abundant information about Eastern Europe, painting the worst possible picture of Soviet initiatives and threats. A retired CIA officer would admit: “The agency was very pleased with Gehlen, because she gave us what we wanted. We used their material constantly and we transmitted it to everyone: to the Pentagon, to the White House, to the press. And they were also happy. But they were just exaggerations, rubbish about the Russian monster that did a lot of damage to this country ».
On January 1, 1950, the world happily said goodbye to the forties. For the United States, the decade ended on a bitter note with the communist triumph in China and the first Russian atomic test. Despite his immense power, he felt besieged by enemies inside and outside. In a few years, the optimism of the end of the war had given way to a new fear and a new anguish.

The North American oil companies were also very grateful. Of the Iranian crude, whose production had been frozen previously, five of them received 40 percent of the new consortium of the sector. The United States, moreover, opened its coffers to the sah: two weeks after the coup, it offered an aid fund of sixty-eight million to which another hundred would soon be added. Washington had secured an ally and access to vast oil resources, but in return it had stirred up the citizens of a proud nation that years later would avenge the expulsion of a very popular prime minister and the imposition of an oppressive regime. The sah governed more than five decades with the firm support of the United States. In the meantime, he rigged elections and relied on the repressive machine of SAVAK, his new intelligence service.
The CIA, which had been able to overthrow the previous government, now believed it was also possible to eradicate other threats, and would try in successive years. The Soviets saw that, instead of softening their policy after Stalin’s death, the Americans imposed a new puppet government in a country with which they shared a thousand kilometers of border. It seemed to them a new step within a general strategy that was intended to surround them.
Shortly after his “success” in Iran, the Eisenhower government put the spotlight on the small and poor Guatemalan nation. Guatemala had suffered the brutal dictatorship of Jorge Ubico, also supported by Washington, who had been ousted from power in 1944. Before the reformist government came to power, 2 percent of the population owned 60 percent of the land and the 50 had to settle for 3. The Indian half of the population survived with scarcely fifty cents a day. In 1950 the Guatemalan elected the handsome and charismatic Colonel Jacobo Árbenz Guzmán, thirty-eight years old, in a process characterized by cleanliness.
The interests of United Fruit reinforced the entrenched anti-communism of the Eisenhower administration. In August 1953 it was decided to put an end to the Arbenz government through a covert operation. A senior official, however, warned: “If it were to be known that the United States is trying to turn Guatemala into a kind of Czechoslovakia, the consequences in our relations in this hemisphere, and probably in the entire world […], would be disastrous».

In 1962 the last thing the Soviets wanted was a direct military confrontation with the Americans. With just over ten intercontinental missiles with enough reliability to reach the United States and between three hundred and five hundred warheads, they would have no chance against the bombers, the five thousand nuclear bombs and the nearly two thousand intercontinental missiles in North America. Fearing that Washington would strike the first blow, the Soviets played the missile card of Cuba with the double intention of avoiding an attack on the USSR and, at the same time, protecting Cuba from the invasion that they augured. Khrushchev, too, thought it was a cheap way to placate the Kremlin’s hawks. After tricking Kennedy with the repeated promise that he would not install missiles in Cuba, he said he wished to give the Americans “a little bit of their own medicine” and show them that it had been a long time since they could “smack them like a small child. »And that now they could« give them a good spanking in the ass ». Khrushchev equated the missiles of Cuba with those that the United States had in Turkey and Western Europe, close in both cases to the border of the Soviet Union. He intended to announce his installation on November 7 on the forty-fifth anniversary of the Bolshevik Revolution.
Kennedy hoped to stop the Soviets before they completed the installation of the missiles. He met with his advisors to weigh the options. On October 19, he convened the Joint Chiefs of Staff. Most chiefs, with LeMay at the helm, were in favor of an air raid to destroy the missiles. LeMay warned: “The Russian bear has always wanted to plant its claws in the waters of Latin America. And he has fallen into the trap. Let’s pull the leg up to the testicles. Although, on second thought, we will also tear the testicles.
The United States had been about to invade Cuba. Finally, it turned out that the American leaders had little idea what they would have found in that case. The reconnaissance aircraft had managed to photograph only thirty-three of forty-two SS-4 medium-range ballistic missiles and found no nuclear warheads, although there were also. Nor had they located SS-5 intermediate range missiles, with an autonomy of more than three thousand kilometers and capacity to fall in almost the entire continental United States. The American government completely ignored the fact that the Soviets had deployed approximately one hundred tactical nuclear weapons in Cuba to repel a possible landing.
Khrushchev made a mistake of epic proportions by not disclosing the fact that the warheads were already in Cuba before the blockade and later, and what is even more disconcerting, by not announcing that he had also deployed ballistic and tactical cruise missiles. By keeping these facts secret, he had disregarded the deterrent effect of nuclear weapons. If the American leaders had known that the ballistic missiles were already equipped with their nuclear warhead, they would have hesitated to attack and start a deterrent operation. Similarly, had they known that the Cubans had tactical nuclear missiles to use against the disembarked soldiers, it is likely that they had renounced the invasion. In fact, the Kremlin initially gave the Soviet field commanders authority to launch tactical missiles at their discretion in case of landing. Later it withdrew that authorization, but that did not avoid the risk of an unauthorized release.

The Soviets reaped unforeseen political fruits of their space victories. On April 12, 1961, five days before the invasion of the Bay of Pigs, Soviet cosmonaut Yuri Gagarin became the first human to orbit around the Earth. When passing over Africa he sent a greeting to the natives who fought against colonialism. Alan Shepard’s suborbital flight three weeks later seemed a minor achievement in comparison. After both missions, 40 percent of Western European citizens believed that the Soviets were ahead of the Americans in scientific advances and military potential. Concerned about the American prestige, Kennedy convened a joint session of both houses, which was very rare, and announced: “To win the battle […] between freedom and tyranny […], this nation should commit itself to reach, before the end of this decade, the goal of getting a man to the Moon and get him back to Earth safe and sound. ” Almost a year later, in February 1962, John Glenn became the first American to orbit around the Earth.
Kennedy had many enemies who deplored change and progress as much as those who impeded the rise of Henry Wallace in 1944 at a time when he was trying to lead the United States and the world on a path of peace and prosperity. Kennedy bravely challenged the powerful forces that would have pushed the United States into a war with the Soviet Union. Khrushchev, on the other hand, had as much or more value than he did. Future generations owe much, perhaps their very existence, to the fact that those two men looked into the abyss and, on seeing it, took a step back. And they have a very special debt to the unknown captain of a Soviet submarine who alone and without help prevented a nuclear war. In his inaugural speech, Kennedy said that the torch was in the hands of a new generation. With his death, the torch returned to the old generation: that of Johnson, Nixon, Ford and Reagan, leaders who, although not much older than Kennedy, would systematically destroy their promising years of government and return the United States to war and the repression.

Johnson, stubborn, vain, coarse and narrow, sacrificed his dream of reforming the United States for the sake of his anti-communist obsession, staged in Vietnam, Indonesia and the rest of the world.
When the circumstances forced him, Johnson made his decision … and the consequences will always define his legacy and defile the nation whose troops he commanded. “Losing the Great Society,” he lamented, “is a horrible thought, but not as horrible as the idea of ​​being responsible for the United States losing a war against the Communists. There can not be anything worse».
Some would say that the United States sold its soul in the jungles of Vietnam. And in doing so he paid a double price. The war, which the United States would ignominiously lose despite Johnson’s efforts, also marked the beginning of the end of the last period of important social and political reforms that the United States has witnessed. The United States promised cannons and butter, and only the cannons arrived. The post-war prosperity first slowed down and then stopped short.

Richard Nixon and Henry Kissinger dominated their time as few men have. His bold initiatives brought the world to peace. But, likewise, they promoted cruel and vengeful policies that tarnished what they had achieved. They were a couple as unlikely as ever between top leaders of any country. Kissinger Nixon seemed “a very strange man […], unpleasant […], nervous […], artificial […]. And he hates meeting new people. ” He was surprised that someone so lonely had become a politician: “People do not like it,” he concluded. The cabinet chief of his government, Bob Haldeman, who shared many hours with him, said: “Nixon never saw me as a person. I did not see […] myself as a human being […].
Kissinger and Nixon in the background despised each other. They fought incessantly to see who would take the greatest merit. Kissinger belittled Nixon, called him “that crazy man,” “our drunken friend” and “meatball head.” But in his presence he flattered her. Nixon called Kissinger his “Jewish boy” and “psychopath.” But the madman and the psychopath shared the same idea of ​​the United States as the leader of the world. Woodrow Wilson had been for Nixon “the greatest president of the century” for having “the greatest vision of the role of the United States in international politics.” Wilson proclaimed that the United States should be the savior of the world. Kissinger said: “Experience shows us that both ourselves and what we have done have a universal significance, a relevance that goes beyond borders and encompasses the well-being of all humanity. The United States would not be the same if it had no meaning beyond itself. That is why Americans have always seen their role in the world as the external manifestation of a state of internal grace. ” However, neither Kissinger nor Nixon understood that the exercise of US power should be based on honesty.
Nixon was moving the weight of the struggle of US Army troops, who had five hundred forty-three thousand men, to the Vietnamese soldiers trained and equipped by the Americans, although he made it clear to Hanoi that this did not mean that he had less interest in the victory. First intensified the bombings of South Vietnam and Laos, and then, in March 1969, began bombing North Vietnamese camps in Cambodia. It was a way of announcing that he would not stop before established limits and that he could act irrationally if provoked. In explaining the “crazy theory” to Bob Haldeman in 1968, he stressed the importance of the nuclear threat.
It is also not clear that it was just a bluff. J. Robert Oppenheimer met with Nixon as this vice president of Eisenhower and soon after said to a friend: “I just had a meeting with the most dangerous man I have ever met in my life.” Nixon, in fact, supported the use of atomic bombs to help the French in Dien Bien Phu.
Kissinger was able to prevent Operation Condor and, of course, the murders of Orlando Letelier and Ronni Moffitt. On August 30, 1976, Shlaudeman sent him a report that said: “What we are proposing is a series of assassinations of figures of international politics that could cause serious damage to the international status and reputation of the countries involved.” Kissinger had already approved the sending of letters of protest to the governments of Chile, Argentina and Uruguay to express their “deep concern” for the “plans of assassination of subversives and of figures of society and politics inside and outside the borders. nationals of certain nations of the Southern Cone ». But he never sent them. On September 16, he canceled the shipment and instead telegraphed Shlaudeman, instructing him not to “take further action in that sense.”
Under Operation Condor several death squads followed the trail and killed more than thirteen thousand dissidents outside their countries and hundreds of thousands of people ended up in concentration camps.
Although Nixon and Kissinger were rightly condemned for their perverse politics in Vietnam, Laos, Cambodia and Chile, they could also have boasted of relaxing international tension in other areas. The normalization of relations with China was its most relevant success.
After his triumphant visit to China in February 1972, Nixon visited the USSR in May. Suspicious of the recent friendship of the Americans with China, the Soviets gave him a very warm welcome. In Moscow he signed with Leonidas Breznev, secretary general of the CPSU, the Strategic Arms Limitation Treaty, SALT [Strategic Arms Limitation Treaty], the first strategic nuclear weapons agreement that restricted both sides to their ballistic missile defense systems and reduced the number of intercontinental and submarine missiles. That treaty, however, did not reduce the production of nuclear warheads because it did not put limits to multiple independently targetable reentry vehicles (MIRV)-
Between 1965 and 1973, the United States launched 2,756,941 tons of bombs in 230,516 missions over 113,716 targets.
The Plain of the Jars, controlled by the Pathet Lao, nationalist and communist movement, was one of the most punished areas. Most of the young people left the villages to join that group. The meo soldiers, allies of the United States, arrived and took away the rest of the inhabitants. In September 1969, the plain had been largely depopulated.
Gerald Ford announced: “The long nightmare of this nation is over”; later he gave the “crazy” Nixon a controversial pardon. Forty high-level Nixon government officials and his reelection committee were convicted of felonies. Among those sentenced to prison terms were collaborators of former president John Dean, John Mitchell, Bob Haldeman and John Ehrlichman, assistants such as Charles Colson, Egil Krogh and Jeb Stuart Magruder, and his lawyer, Herbert Kalmbach. David Frye, Nixon’s imitator, had a good start: “Watergate has a good side: my government has taken crime out of the streets and put it all in the White House, so I can control it.”
Kissinger, the “psychopath,” was unharmed from the Watergate case. In October 1973 he received, along with Le Duc Tho, representative of North Vietnam in the Peace Accords of Paris, the Nobel Peace Prize. Tom Lehrer, the brightest political cartoonist in the United States, announced that the award left, at one stroke, the political caricature expires and did not redraw. Unlike Kissinger, and knowing that peace had not yet been achieved, Le Duc Tho had the dignity to reject the prize.
The historian Carolyn Eisenberg rightly pointed out: “Richard Nixon has been the only president in the history of the United States who, without popular approval, or the press, or government bureaucrats, or the main actors of the international community , has carried out continuous military actions against three different countries».

Jimmy Carter has been a wonderful former president. Perhaps, as he himself has said, the best ever though John Quincy Adams, who returned to Congress to wage a tough fight against slavery, might well dispute this honor-and can argue in his favor a bunch of arguments . In 1982 he founded the Carter Center, with which it has promoted democracy around the world, improved health care in underdeveloped countries, helped to release political prisoners, contributed to return to his post Jean-Bertrand Aristide, president-elect of Haiti – and urged from Cuban television to Washington to lift the embargo on Cuba and Castro, to expand civil liberties. In 1994, he negotiated a nuclear pact with Kim Il Sung that significantly reduced the growth rate of North Korea’s nuclear arsenal. In 2004, as part of its work to supervise electoral processes throughout the world, it disowned the accusations of fraud by the opposition and sanctioned the victory at the polls of Hugo Chávez. He has also tried to bring judgment to the long festering Arab-Israeli conflict-and, as a result, has earned the antipathy of all contenders, including Israelis, rejected the invasion of Iraq George W. Bush defended the closure of the Guantanamo prison and declared that the Bush-Cheney government was “the worst in history”. He has also called for the abolition of nuclear weapons and remains the only US president to have visited Hiroshima. For his courageous opinions and influence throughout the world he was rewarded with the Nobel Peace Prize in 2002.
But Carter, whose exercise of the exhortation has been so exemplary, was an inept presidency; because he disappointed his supporters, betrayed his convictions and left office with the approval of a scant 34 percent of the electorate. His most enduring legacy as president was not his prolonged and hypocritical campaign for human rights, but the fact of having opened the door to the dark side and, thereby, legitimizing the often brutal policy of his successor, Ronald Reagan, that resurrected the Cold War and left a trail of innocent victims that goes from Guatemala to Afghanistan, passing through the Twin Towers.
He announced that Kissinger would remain a National Security Adviser and Secretary of State. Kissinger, on the other hand, realized that the United States was facing difficult challenges in politics and economics. After seventy years with the trade balance in positive, in 1971 the country went into deficit. And that deficit grew. The oil-exporting countries, which had formed OPEC, decided to punish the United States, Western Europe and Japan for their support of Israel in the Arab-Israeli War of 1973. In 1974 the price of crude oil quadrupled. The United States, which in the 1950s produced everything it needed, now imported a third of what it consumed and was, therefore, very vulnerable to pressure. In addition, since money and power leaned towards the Middle East, several of its allies opted to improve their relations with the Arabs, something that Kissinger called “despicable.” He, along with other senior officials, contemplated another type of response. He considered, for example, the possibility of invading Saudi Arabia.
In spite of his inexperience, his contacts with the Trilateral Commission and tendency towards the center, Carter assumed the presidency with a moderately progressive idea of ​​the future United States. In the campaign he had denounced the prevailing hypocrisy in atomic weapons: “By demanding sovereign countries to renounce nuclear weapons, we demand a form of denial that we have not been able to accept.” With his rejection of the double standard that powerful nations normally impose on the weakest, Carter recognized that the United States had no right to ask others to renounce those weapons unless they took steps to eliminate their own nuclear arsenal.
Carter not only failed to fulfill his promise to drastically reduce defense spending, but he increased it significantly: his first budget was one hundred and fifteen billion dollars, the last one of one hundred and eighty billion.
The United States continued to sell arms to Iran through Israel, often through private smugglers. Meanwhile, the US government squandered the offer to end the conflict that Saddam raised in exchange for maintaining control of the Shatt al Arab canal and Iran’s promise not to intervene in its affairs. Thus, with the help of the United States, the war in Iran and Iraq lasted another eight years. According to some calculations, it cost more than a trillion dollars and the lives of more than one million people.

When Reagan left the presidency he was a stunned man who claimed he had no full knowledge of things that were happening right under their noses, but many hailed him as someone who had restored America’s faith in himself after the failed presidencies of Johnson, Nixon , Ford and Carter. Already before his second term, the conservatives claimed that he was one of the greatest presidents in history. In 1984 an internal electoral document of the Republicans read: “Describes Reagan as the personification of all the heroic of America. That any attack that Mondale might launch would amount to an attack on the idealized image of America. ”
But what was his legacy really? Ronald Reagan was one of the least informed and least hardworking presidents in the history of the United States. It facilitated the resurgence of the right and a hard-line anti-Communism that served to militarize foreign policy and reignited the Cold War. It lent a disservice to democracy by supporting and building repressive dictatorships. It turned local and regional conflicts in the Middle East and Latin America into battlefields of the Cold War and allowed that in that second territory to unleash a wave of terror that suppressed popular movements. He allocated huge sums of money to the army while cutting social programs for the poorest. It drastically reduced taxes on the wealthiest and tripled the debt, as a result of which the United States went from being the first global creditor in 1981 to being the largest debtor in 1985. In October 1987, it witnessed the worst fall in the market values ​​since the Great Depression. By not wanting to give up a childish fantasy, he let slip through his fingers the opportunity to rid the world of nuclear weapons and, as for his much vaunted role at the end of the Cold War, most of the merit, it should correspond to his Soviet counterpart: Mikhail Gorbachev.

During the Bush presidency, the administration and its Wall Street allies, as well as conservative groups such as the American Enterprise Institute, sang the praises of an unregulated financial market, which, in their opinion, would generate a general and large abundance. fortunes They preferred to look the other way before various financial scams and speculation unleashed while the national debt soared from the $ 5.7 trillion at the end of the Clinton presidency to more than ten trillion dollars at the end of Bush’s.
The economic situation worsened precipitously with the crisis that began in December 2007. Income and wealth levels plummeted and poverty increased dramatically. Lawrence Katz, a Harvard economist, expressed what happened succinctly: “For the average American family, the 2000s have been a catastrophe.” Even before the collapse of 2008, the Bush years had seen the smallest increase in employment and income since the postwar period.
At the end of 2009, more than forty million Americans lived in poverty.
The United States had become a plutocracy in which almost a quarter of the income went to 1 percent of the population and the richest 10 percent of that 1 percent had as much income as the one hundred and twenty million Americans poorest. Robert Reich, former Secretary of Labor, identified the new plutocrats: “With the exception of a few businessmen like Bill Gates, these are senior executives of the big corporations and Wall Street, managers of investment funds and capital companies. risk”.
By November 2008 it was already clear to most Americans that the domestic and foreign policy of the Bush-Cheney couple had been an unmitigated disaster. According to a poll by The New York Times and CBS News, at the end of his second term, only 22 percent of Americans approved Bush’s administration, when after the September 11 attacks the president had the support of 90 percent of the population. Cheney’s approval rating had dropped to a scant 13 percent.
The Americans were hungry for change. They were tired of wars, tired of a crazy defense budget, worried about various violations of constitutional rights, angry about policies that favored the richest and restless in the face of an increasingly pressing economic crisis. But few understood how powerful the beneficiaries of the military-industrial complex and of a security-minded state had become, and that they would fiercely face anyone who would endanger their position. Soon they would realize. In the hardest way.

Obama welcomed the troops returning home to Fort Bragg. But instead of referring to the war in Iraq as the unmitigated disaster that had been, to draw the relevant lessons and to thank the soldiers for their sacrifices, the president felt impelled to adorn the end of the conflict with a rhetoric patriot who recalled the evocative words of Rudyard Kipling, former defender of the empire who in World War I convinced his son to enlist only to see him die on his first day of combat. In his poem “Epitafios de la guerra,” Kipling wrote: “If some ask you why we die / say: because our parents lied.” Obama’s lies were just as insidious. “We leave behind a sovereign, stable and trusting Iraq with a representative government elected by the people,” he said, praising the “extraordinary feat” of the troops. The “most important lesson – he continued – […] has to do with our character as a nation […]. Because there is nothing that we, the Americans, can not do when we act together […]. That is why the United States Army is the most respected institution in this country. ”
The wars in Iraq and Afghanistan were an unmitigated disaster. Even Robert Gates acknowledged that, at least to some extent, the fact of having invaded another country was indefensible. In February 2011, he told the West Point cadets: “In my opinion, if in the future other secretaries of defense advised the president to send a large army of American land to Asia or the Middle East, or to Africa, there would be, as He delicately told General MacArthur, “to examine his head.”
The consequences of years of mistaken or myopic policies matured as bitter fruit throughout the planet. But nowhere was this more evident than in the Middle East, where the United States was relegated to the role of observer of the extraordinary democratic uprising that was the Arab Spring, which transformed from the base a region that Washington had worked so hard to change. After decades of uncritical support for Israel while arming, forming and propping up one Arab dictator after another, in addition to taking advantage, after the attacks of the Twin Towers and the Pentagon, Egyptians, Syrians and others as vicarious torturers, The United States lacked moral authority.
The United States became even more isolated when Obama attended the Summit of the Americas in April 2012. In the city of Cartagena de Indias, the political leaders of the Western Hemisphere, emboldened after the meeting in Caracas, openly challenged the United States in a way stimulating and unprecedented. The debate focused on two fundamental issues for inter-American relations: the exclusion of Cuba and the war against drug cartels sponsored by the United States. If Washington had marked the agenda of previous summits and dictated the framework for dialogue, now it was not like that. President Calderón said that the change-the frankness with which this time all issues were talked about-was “radical and unthinkable.”
The United States was faced with a dilemma. Now that the Cold War was over, the world refused to play according to its rules. Neither its unprecedented military superiority nor its overwhelming economic power resulted in the ability to tilt history in the desired direction. The world seemed to escape more and more from its control. Nothing better symbolizes this circumstance than the rise of China, with one thousand three hundred million inhabitants, a flourishing economy (almost 40 percent of which remained in the hands of the State) and a political system controlled by its authoritarian Communist Party. The economic growth of China, extraordinary by any point of view, became even more evident when compared to the stagnation and decline of the American economy. In 2011, the per capita income of China, although equivalent to only 9 percent of that of the United States, was double that of four years earlier. The Chinese government also predicted that it would double again in another four years. China had already replaced Japan as the second largest economy in the world, when in 2003 it was only seventh.
There are big problems that demand attention. Global warming threatens the future of life on the planet as only nuclear warfare has done so far. It already melts the polar ice caps of the Arctic and the Antarctic, raises the level of the oceans, causes droughts and floods, widens the geographical scope of deadly diseases and ruins sources of water and food throughout the planet. The United States itself staggers under the effects of unknown temperatures, devastating hurricanes, floods, forest fires and droughts that rival those that have already plagued it in the past. The nuclear threat, on the other hand, still can not be ruled out. The danger of the increase of atomic weapons, and even of their anarchic proliferation, has not disappeared. The nuclear arsenals continue to surpass the megatons that the experts consider sufficient to take us to the nuclear winter that would extinguish all life on Earth. And, despite Obama’s declared commitment, prospects for a substantial reduction, not to mention total abolition, of toxic emissions seem slim.

The true hope of change of the United States – to recover its democratic, egalitarian and revolutionary soul – lies in the fact that American citizens join the rebellious masses of the planet and remind us of all the lessons of history, of its history, of the history of the people, which has now been told, and demand the creation of a world that represents the interests of the overwhelming majority and not of the richest and most greedy, of the most powerful. The consolidation of that movement also includes the only hope of saving American democracy from the grip of a state dominated and suffocated by the imperative of national security. In such a tyranny was the threat that the former revolutionary leaders of America knew how to see. In 1787 a woman asked Benjamin Franklin at the end of the constituent convention: “Well, doctor, what has it been? Monarchy or republic? ». Franklin responded with such timely words today as then: “Republic, madam, and may you be able to keep it”.

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