Lugares Fuera De Sitio. Viaje A Las Fronteras Insólitas De España — Sergio Del Molino / Places Off Site. Trip to the Unusual Borders of Spain by Sergio Del Molino (spanish book edition)

Este libro fue agraciado con el premio Espasa 2018. El libro te transporta por algunos territorios fronterizos y olvidados de España, con curiosidad y empatía hacia los lugares, las personas y las idiosincrasias particulares. El autor no sólo describe con detalle y muy bien documentado la historia más o menos reciente de esos territorios, citando lecturas y entrevistándose con personajes que por diversas razones tienen un protagonismo en ese colectivo, sino que también aporta sus propias reflexiones personales. Una lectura deliciosa y junto a “La España Vacía”, comentado en mi blog, los dos mejores libros del autor y un libro necesario de ser leído como arriesgado.

España, como antiguo imperio devenido nación sin terminar de definir del todo, y percibida como problema todavía en el siglo XXI, cuando hace tiempo que los ideólogos de la globalización celebraron el mundo posnacional, tiene unos cuantos ejemplos de estos territorios-frontera. No se distingue por ello del resto de Europa, donde el feudalismo se ha hecho fuerte en enclaves y ciudades anacrónicas como Mónaco, Liechtenstein, Malta, San Marino, el Vaticano o incluso Luxemburgo, o en lugares que no tienen categoría de estado, pero sí de excepcionalidad, como Alsacia y Lorena, las islas británicas del Canal y sus lords, el Tirol italiano o Kaliningrado, el enclave ruso en Polonia, que es la antigua Königsberg.
Contra la visión de los nacionalismos de periferia —catalán, vasco, gallego, etcétera—, España no sería en esta historia una madrastrona empeñada en retener a sus hijos contra su voluntad, sin dejarles ser libres e independientes, sino una madre descuidada y desdeñosa que no presta atención a unos hijos que desean ser parte de la casa y encontrar un sitio en ella. Mientras eso no suceda, seguirán hibernando, como las tumbas de obras de arte del cementerio de Morille delimitadas por las garitas de la antigua frontera portuguesa, en un territorio que no es ni dentro ni fuera, que se define por su indefinición, y que ha hecho de la molestia y la incomodidad unas señas de pertenencia.

La frontera es una invención muy reciente que todavía está en un proceso de perfeccionamiento. Las de España con Francia y Portugal, que pasan por ser de las más antiguas del mundo, no se amojonaron hasta el siglo XIX, y hasta la década de 1990 sufrieron modificaciones menores. El tópico ecuménico e ilustrado las supone herencias de un pasado violento y sin civilizar, pero los datos dicen que, cuanto más se retrocede en el tiempo, más inconcretas, débiles o inexistentes son. Desde la comodidad del espacio Schengen puede darse la percepción contraria, pero, para un ciudadano de Malí o de Bolivia que intenta llegar a la Unión Europea, las fronteras son una actualidad hipertecnológica, cada vez más avanzada y opresiva.
Se superponen dos tendencias. Los estados homogéneos, ricos e interconectados tienden a eliminar cualquier barrera entre ellos, al considerarlas ineficientes y un incordio para la economía y la vida cotidiana. Así se formaron los países modernos. España, Francia y, más recientemente, Alemania e Italia, son el resultado de la supresión de aduanas y barreras interiores medievales. Los europeos miramos con desprecio y superioridad a individuos como Donald Trump, pero llevamos tiempo construyendo muros mucho más altos y sofisticados que el que el presidente de Estados Unidos planea en el límite con México. En esa materia, le sacamos muchos años de ventaja, y es probable que Trump se aproveche de la tecnología desarrollada en Europa, que se ha ido implantando sin que casi nadie se haya escandalizado.
Las fronteras modernas son un sector económico del que viven miles de trabajadores, no necesariamente militares o policías, pues muchos países contratan a empresas especializadas para gestionar los pasos. Indra, S. A. es una firma española con sede en Alcobendas (Madrid) que ha construido un imperio delimitando imperios (entre otros negocios, que incluyen la gestión de infraestructuras de transporte o el recuento de elecciones).
Lo que hemos perdido es mucho más que un puñado de lenguas o una docena de civilizaciones. Hemos perdido una forma supranacional de entender la convivencia, que se expresaba en lo difuminado de los límites. Frente al mundo compartimentado, con las fronteras fijadas y claras, ampliamente legisladas y con toda una industria millonaria que se lucra con los mecanismos para controlar el paso de las personas, existía otro mundo, donde, a pesar del clasismo y los resortes estamentales, nadie sabía muy bien dónde empezaban y terminaban las cosas.

Es casi místico que fuera en Cádiz donde se sancionó legalmente esta idea de la España que se estira, porque es en los alrededores de esta ciudad (fronteriza sin remedio, dado que tuvo el monopolio del comercio con las Indias y estuvo mucho más conectada con los puertos de ultramar que con el interior de la península) donde más vestigios toponímicos quedan. Son los pueblos de la frontera: Vejer, Jerez, Arcos, Conil, Jimena, Chiclana y Castellar llevan el apellido «de la Frontera». También en las provincias de Málaga, Córdoba y Sevilla (Cortes, Aguilar o Morón), y en la de Huelva, donde el puerto más fronterizo, el que inaugura la historia trasatlántica europea y donde se pueden ver réplicas de la Pinta, la Niña y la Santa María, se llama Palos de la Frontera. Como cualquiera puede suponer sin saber mucho de historia, se apellidan así porque formaban parte de la frontera, que no era una línea ni una barrera ni una aduana, sino un territorio de la Corona de Castilla con una jurisdicción especial, gobernado por un adelantado mayor. Era la franja que rodeaba el reino nazarí de Granada, y tenía un régimen fiscal muy conveniente para atraer a colonos cristianos. De aquellos incentivos surgieron las grandes fortunas de la nobleza, los Medina-Sidonia, los Alba y demás, dueños, todavía hoy, de muchas de aquellas tierras. No sólo se formó allí la mística nacional, sino la tragedia del hambre que parirá por igual las obras de Lorca y los levantamientos anarquistas.
Las fronteras de los países y los países mismos nacen en guerras, pero suelen ser tribales: luchan contra el vecino o expulsan a un invasor o se rebelan contra una metrópoli en cuya patria ya no se reconocen. Sin embargo, Hispania empezó a dibujarse desde la guerra civil, y su mapa interior, y todas sus dobleces y algunos de sus bordes, son en parte fruto de batallas y conflictos olvidados. Algunos, muy presentes, como alquitrán pegajoso. El Tratado de Utrecht en Gibraltar, por ejemplo. Otros, fósiles absolutos, inofensivos más allá de la anécdota, traumas de los que son cicatrices indoloras y casi invisibles, como la Paz de los Pirineos en Llívia o el Tratado de Badajoz en Olivenza. Algunas, aunque su origen se pierda en lo más negro de la historia, son fuente de problemas y tensiones contemporáneas que se deben a su mera posición geográfica, como Ceuta y Melilla. Otras se contentarían con aparecer alguna vez en las prioridades políticas del país, como el Rincón de Ademuz o el Condado de Treviño. Unas están en boca de los patriotas cada día. Otras no las nombra nadie para nada.

Paseando por Gibraltar me doy cuenta de que un país no es más que una cuestión de diseño. No es una lengua, ni un carácter, ni una organización social, ni una ley, ni una cultura. Ni siquiera es un territorio. Un país son sus buzones, sus papeleras, sus tipografías de carteles, sus señales de tráfico y su forma de pintar las calles. Lo contaba el novelista Ignacio Martínez de Pisón en La buena reputación, una novela ambientada en la independencia de Marruecos.
Gibraltar es casi un territorio independiente, con su propia constitución y su parlamento. Salvo en defensa y exteriores, los gibraltareños son soberanos en todo (muchísimo más que los escoceses o norirlandeses), pero decoran sus calles con motivos imperiales. «De los que conozco, es el pueblo que más quiere a sus banderas», escribió Leguineche.
Yo lamentaría mucho que el conflicto se resolviera a favor de España y que este lugar dejase de ser el parque temático del Imperio Británico. Sé que es una frivolidad caprichosa, que hablo como el viajero que devora curiosidades históricas y no tiene en cuenta el contexto ni la vida cotidiana del lugar que visita, pero acabo de pedir the check en el restaurante del Rock Hotel y todo lo que alcanzo a ver es un ayer que funde a negro. Seguramente llegará el día en que Gibraltar abandone su identidad anacrónica y se convierta en un lugar anodino, una ciudad como cualquier otra. Ningún imperio es eterno. Pero, mientras se desvanece, es hermoso entrecerrar los ojos y sentir cómo la historia cruje y se reacomoda en un espacio tan breve.

A diferencia de la mayoría de las ciudades españolas de su tamaño, Melilla está sin retocar. Le falta ese acabado urbanístico peatonal y lujoso que unifica las calles y las hace intercambiables: ese no-lugar comercial que lleva al paseante a no saber si está en Oviedo o en Sevilla. En un mundo homogéneo, Melilla es única. El asfalto cuarteado, las pinturas agrietadas, los edificios modernistas sin restaurar y los comercios añosos hablan de una ciudad poco preocupada por la cosmética y, sin embargo, bella, de una belleza casi natural. Extrañísimamente natural, pues nada hay más artificial que un paisaje urbano. Los taxis son mercedes anticuados como los de Marruecos.
Melilla, la España africana, dice el lema turístico, como si se hubieran integrado lo africano y lo europeo y ya no viviesen en conflicto, como si lo europeo no se esforzase por contener lo africano y dejarlo en el ámbito de lo cultural y lo costumbrista, donde no hace daño, donde no caben lecturas ideológicas o economicistas. Jahfar Hassan Yahia y otros que luchan por el reconocimiento de la lengua amazigh como propia de Melilla saben que su ciudad no abandonará del todo la lógica colonial hasta que ambos idiomas convivan en todos los ámbitos, y no haya una lengua pública y otra privada. Para eso, tal vez las estatuas tienen que oxidarse y erosionarse más, hasta quedar irreconocibles, hasta que sólo sean trozos de metal y de piedra informes que no recuerden a nada ni a nadie.
Tal vez Ceuta no sea más que una molestia para España, una humillación para Marruecos, la avanzadilla de la represión migratoria europea o un despojo imperialista insignificante. Pero en ella crece una vida original capaz de desarrollar su propio pensamiento mágico. Un lugar indefinible que no se puede alterar sin causar un daño gravísimo a un montón de personas. Aunque sea un pueblo que no puede competir con Tánger, es una de las esquinas del mapa con más dobleces, capas y nudos de todas las que he visitado, resistente a toda metáfora, desmintiéndose a sí misma en varios discursos cruzados, con un imaginario hecho de piezas pequeñas que se parecen —ahora me lo parecen— al mosaico del trencadís que adorna el paseo de la Marina Española y la plaza donde se levanta Hércules.

Olivenza sigue pareciéndome una postal demasiado fabricada, demasiado retocada, demasiado coqueta, pero a la vez pienso que puede ser un modelo para una España democrática. Aquí todos rinden cuentas, como quería Wiesenthal, del negocio común de la historia. Se podrá oponer que Olivenza es una esquina ínfima, poco más de diez mil habitantes que han dejado atrás la miseria de sus antepasados y se han entregado a la prosperidad modesta y sesteante de los pueblos blancos. No se puede exportar su éxito a lugares más grandes y peleones, dirán. Esto no sirve para Cataluña. Y seguramente tengan cierta razón, pero por algo se empieza: también la democracia nació en una placita de Atenas y ahora la practica más de medio mundo. Todo es cuestión de insistir.
Rihonor/Rio de Onor representaba para Torga el ideal ibérico, la supresión de esa frontera peninsular que sentía como un insulto, la fusión de lenguas y vidas. Era un pueblo que estaba dentro y fuera a la vez. Aislado y abierto, como una extensión de sus propias contradicciones en el paisaje.
Cuentan que algunos de los mejores diálogos de sordos de la Cataluña contemporánea se han celebrado en Llívia. Banqueros que echan la bronca a presidentes de la Generalitat. Planes de independencia y cálculos de estrategias diseñados en las sobremesas de los restaurantes. En el Ambassade, en el Cal Ventura o en La Formatgeria, que queda en la frontera, en la carretera de Gorguja (que es uno de los otros dos núcleos que componen el municipio de Llívia; el otro es Cereja). Es un ambiente ideal para la conspiración, lejos de todo y con las setas y los embutidos ceretanos bien colocados sobre los manteles junto al pa amb tomaquet, en cenas que lubrican cualquier desencuentro.
Cada domingo por la tarde, los vecinos de toda la vida ven marchar los coches de los barceloneses ricos, y les despiden deseando, tal vez, que nunca resuelvan sus discusiones y que no se solucione jamás su rareza geográfica. Que no se cumplan los sueños de los catalanistas más insurrectos y que puedan seguir presumiendo de pica y barbacana.

Treviño parece, una reserva contrarreformista. Un poco parca y severa, como todo lo vasco, pero de una religiosidad pétrea y sentida.
No puedo demorar más la explicación de qué es el Condado de Treviño, que he dado por supuesta durante demasiadas páginas. Es un enclave de poco más de doscientos kilómetros cuadrados que ocupa el centro de la provincia de Álava pero pertenece a la de Burgos. Ubicado entre la llanura de la Rioja Alavesa y la capital, en realidad forma parte del hinterland de Vitoria, ciudad de la que le separan unos veinte kilómetros. Por eso es difícil saber cuánta gente vive aquí, ya que muchos residentes en realidad son vitorianos que compraron su residencia en el valle un poco por ahorrar y otro poco por disfrutar de un entorno campestre. Entre dos mil y tres mil personas habitan estas soledades compuestas por dos municipios, Treviño y La Puebla de Arganzón, que engloban multitud de aldeas pedáneas y no pocos lugares abandonados. El más famoso de estos últimos es sin duda Ochate, que tiene una enorme reputación de pueblo encantado y maldito, frecuentado los fines de semana por los aficionados a lo paranormal y los cazadores de psicofonías.
El Condado de Treviño pertenece a Burgos por una mala lectura de los documentos jurídicos, pero ha seguido perteneciendo a ella por empecinamiento nacionalista. Como otros territorios vascos, los señores de Treviño eran vasallos de los reyes de Castilla, que les concedieron un fuero, y fue ese documento legal el que utilizó Javier de Burgos para justificar su incorporación a Burgos y al partido de Miranda de Ebro.
A las autoridades de Castilla y León nunca les han hecho mucha gracia estas intromisiones, pero de un tiempo a esta parte se han rendido a la evidencia de que es absurdo boicotear e ignorar todas las iniciativas vascas, y hace poco se firmó una especie de paz tácita. La Diputación de Álava colabora con la de Burgos en muchos ámbitos —como la promoción turística— y el euskera cada vez ocupa más espacio público e institucional. Toda la señalización y el nomenclátor de La Puebla de Arganzón es bilingüe. En esa parte del enclave, los vándalos del espray han ganado. Sólo les quedan las señales que hay desde Treviño hacia el este, que están convenientemente corregidas.
Nadie parece estar a favor de mantener el condado en Castilla y León, y eso me hace sospechar que quienes opinan así tienen miedo de expresarse en un sitio tan pequeño y tan politizado.

(Rincón de Ademuz) Tal vez no merezcan atención, pero lo que tampoco merecen es el desprecio del que han sido víctimas. Los carteles oficiales en valenciano y las menciones al Racó d’Ademús recuerdan esa «dualidad» insoportable de Joan Fuster y parecen subrayar la excepcionalidad del enclave. El valencianismo más catalanista sigue sin entender qué pinta esa comarca aragonesa en su corpus político, pero ya no sueña con segregarla o endosársela a los castellanos. Diría que todo se acepta como es y como viene, y pienso que eso está bien, que ojalá España entera se aceptase como es y como viene.
Petilla de Aragón es una aldea en extinción, pero no produce desasosiego ni arrebatos redentores en quien la visita. Es uno de tantos pueblos limpios, aseados, humildes y silenciosos que motean Aragón, indistinguible de muchos otros de no ser por la presencia agobiante de su hijo ilustrísimo. Santiago Ramón y Cajal se ha convertido en la identidad de Petilla. Una de las dos calles del pueblo, la que no es Mayor, se llama Ramón y Cajal. El único hostal y restaurante se llama Ramón y Cajal. Pero lo mejor es que la fachada de la casa donde nació (que sigue en pie y alberga una pequeña exposición sobre su figura, que se puede ver concertando una cita) tiene dos placas que anuncian que tras sus muros vino al mundo un genio universal. Me parece muy significativo que una de las mentes más audaces y geniales de la historia de España naciese en una esquina del mapa tan recóndita y olvidada. Lo que esto indica es que la accidentalidad no fue su nacimiento, sino su formación y su talla científica. En un país tan ingrato, con unas instituciones académicas e intelectuales tan endebles, con un analfabetismo y una miseria tan abundantes, la emergencia de una figura como la de Ramón y Cajal sólo puede atribuirse a un accidente.
Tal vez, nacer en Petilla de Aragón fue importante. Tal vez, las esquinas dobladas de los mapas sean importantes para quebrar inercias nacionales. La infancia ambulante, pueblerina y ultraperiférica de Ramón y Cajal le hizo alguien atento a los márgenes y los huecos, detallista, curioso, muy alejado del burgués acomodaticio y fanfarrón. Tal vez aún necesitemos estos respiraderos geográficos para ventilar el moho de la corte.

«Los mapas no siempre dicen la verdad, y a menudo son tan subjetivos como cualquier narración», escribió Robert D. Kaplan, uno de los gurús mundiales sobre política internacional.
El GPS ya no sitúa una nación o una cultura en el centro del mundo, sino a cada individuo, alcanzando una especie de antropocentrismo radical. Para cada usuario de Google Maps, el mundo gira en torno a él. Nuestro punto de observación es nuestro propio cuerpo, y el mapa se despliega hacia los cuatro puntos cardinales desde nosotros. Cuando nos movemos, el mapa cambia. Por mucho que avancemos, siempre estaremos en el centro, somos la referencia. Esto tiene consecuencias filosóficas y antropológicas muy graves que algunos pensadores, como Daniel Krukowski, ya están explorando.
Este es un país inacabado que pide una narración mucho más abierta y una convivencia que no recurra a etnicismos del siglo XIX, donde ser español sea, en términos políticos y jurídicos, una mera cuestión administrativa y donde no quepan españolidades de varias divisiones o velocidades. El tiempo de los cristianos viejos acabó hace mucho. Quienes creemos que a los nacionalismos disgregadores y etnicistas como el vasco y el catalán se puede oponer una idea de nación abierta y fuerte fundada en el principio liberal de igualdad, debemos esforzarnos por eliminar cualquier forma de marginalidad y cualquier sentimiento de exclusión. Sólo así lograremos convencer de que una España dentro de Europa es la mejor forma de reconciliarnos con una historia ingrata y cruel —como la de todas las naciones— y de enfrentar un futuro libre y democrático.

This book was awarded with the Espasa 2018 prize. The book transports you through some border and forgotten territories of Spain, with curiosity and empathy towards places, people and particular idiosyncrasies. The author not only describes in detail and very well documented the more or less recent history of those territories, citing readings and interviewing characters who for various reasons have a role in that group, but also brings their own personal reflections. A delicious reading and with “Empty Spain, Travel Through a Country That It Never Was”, commented on my blog, the two best books of the author and a book necessary to be read as risky.

Spain, as an old empire that has become a nation yet has not been fully defined, and still perceived as a problem in the 21st century, when the ideologues of globalization celebrated the post-national world for a long time, has a few examples of these border territories. It is therefore not distinguished from the rest of Europe, where feudalism has become strong in enclaves and anachronistic cities such as Monaco, Liechtenstein, Malta, San Marino, the Vatican or even Luxembourg, or in places that do not have state status, but of exceptionality, such as Alsace and Lorraine, the British Channel Islands and their lords, the Italian Tyrol or Kaliningrad, the Russian enclave in Poland, which is the former Königsberg.
Against the vision of the periphery nationalisms -catalán, vasco, gallego, etc.-, Spain would not be in this story a madrastrona determined to retain her children against her will, without letting them be free and independent, but a careless and disdainful mother who does not pay attention to children who want to be part of the house and find a place in it. While this does not happen, they will continue to hibernate, like the tombs of works of art in the Morille cemetery delimited by the booths of the old Portuguese border, in a territory that is neither inside nor outside, defined by its lack of definition, and that has fact of discomfort and discomfort signs of belonging.

The border is a very recent invention that is still in a process of improvement. Those of Spain with France and Portugal, which happen to be the oldest in the world, were not demarcated until the 19th century, and until the 1990s they underwent minor modifications. The ecumenical and illustrated topic assumes inheritance from a violent and uncivilized past, but the data say that the more one goes back in time, the more vague, weak or nonexistent they are. From the comfort of the Schengen space there may be the opposite perception, but for a Malian or Bolivian citizen who is trying to reach the European Union, borders are a hipertechnological actuality, increasingly advanced and oppressive.
Two trends overlap. Homogeneous, rich and interconnected states tend to eliminate any barrier between them, considering them inefficient and a nuisance to the economy and everyday life. This is how modern countries were formed. Spain, France and, more recently, Germany and Italy, are the result of the abolition of customs and medieval interior barriers. We Europeans look with contempt and superiority on individuals like Donald Trump, but we have been building walls that are much higher and more sophisticated than the one the president of the United States plans on the border with Mexico. In this matter, we take many years of advantage, and it is likely that Trump takes advantage of the technology developed in Europe, which has been implemented without almost anyone has been scandalized.
Modern borders are an economic sector that thousands of workers live in, not necessarily military or police, as many countries hire specialized companies to manage the steps. Indra, S.A. is a Spanish firm based in Alcobendas (Madrid) that has built an empire delimiting empires (among other businesses, which include the management of transport infrastructure or the counting of elections).
What we have lost is much more than a handful of languages ​​or a dozen civilizations. We have lost a supranational way of understanding coexistence, expressed in the blurring of limits. Faced with the compartmentalized world, with fixed and clear borders, widely legislated and with a whole millionaire industry that profits from the mechanisms to control the passage of people, there was another world, where, despite the classism and the estates, nobody I knew very well where things started and ended.

It is almost mystical that it was in Cadiz where this idea of ​​stretching Spain was legally sanctioned, because it is in the vicinity of this city (borderless without remedy, since it had a monopoly of trade with the Indies and was much more connected to the ports of overseas that with the interior of the peninsula) where more toponymic vestiges remain. They are the towns of the border: Vejer, Jerez, Arcos, Conil, Jimena, Chiclana and Castellar carry the surname «de la Frontera». Also in the provinces of Malaga, Cordoba and Seville (Cortes, Aguilar or Morón), and in the province of Huelva, where the most border port, which inaugurates the European transatlantic history and where you can see replicas of the Pinta, La Niña and the Santa Maria, is called Palos de la Frontera. As anyone can suppose without knowing much of history, they are called this way because they were part of the border, which was neither a line nor a barrier nor a customs, but a territory of the Crown of Castile with a special jurisdiction, governed by a major advance . It was the strip that surrounded the Nasrid kingdom of Granada, and had a very convenient tax regime to attract Christian settlers. From those incentives arose the great fortunes of the nobility, the Medina-Sidonia, the Alba and others, owners, even today, of many of those lands. Not only the national mysticism was formed there, but also the tragedy of hunger that will bring about the works of Lorca and the anarchist uprisings.
The borders of the countries and the countries themselves are born in wars, but they are usually tribal: they fight against the neighbor or expel an invader or rebel against a metropolis in whose homeland they no longer recognize themselves. However, Hispania began to draw from the civil war, and its interior map, and all its folds and some of its edges, are partly the result of battles and forgotten conflicts. Some, very present, like sticky tar. The Treaty of Utrecht in Gibraltar, for example. Others, absolute fossils, harmless beyond the anecdote, traumas of which are painless and almost invisible scars, such as the Peace of the Pyrenees in Llívia or the Treaty of Badajoz in Olivenza. Some, although their origin is lost in the darkest of history, are a source of contemporary problems and tensions that are due to their mere geographical position, such as Ceuta and Melilla. Others would content themselves with appearing at times in the political priorities of the country, such as Rincón de Ademuz or Treviño County. Some are in the mouths of patriots every day. Others are not named by anyone at all.

Walking through Gibraltar I realize that a country is nothing more than a design issue. It is not a language, nor a character, nor a social organization, nor a law, nor a culture. It is not even a territory. A country is their mailboxes, their bins, their type of posters, their traffic signs and their way of painting the streets. It was told by the novelist Ignacio Martínez de Pisón in The Good Reputation, a novel set in the independence of Morocco.
Gibraltar is almost an independent territory, with its own constitution and its parliament. Except in defense and exterior, the Gibraltarians are sovereign in everything (much more than the Scottish or Northern Irish), but decorate their streets with imperial motifs. “Of those I know, it is the people who most love their flags,” Leguineche wrote.
I would very much regret that the conflict was resolved in favor of Spain and that this place ceased to be the theme park of the British Empire. I know it is a capricious frivolity, I speak like the traveler who devours historical curiosities and does not take into account the context or the daily life of the place he visits, but I just ordered the check in the restaurant of the Rock Hotel and everything I reach see is a yesterday that melts black. Surely the day will come when Gibraltar abandons its anachronistic identity and becomes a nondescript place, a city like any other. No empire is eternal. But, as it fades away, it is beautiful to squint and feel the story creak and rearrange in such a short space.

Unlike most Spanish cities of its size, Melilla is untouched. It lacks that pedestrian and luxurious urban finishing that unifies the streets and makes them interchangeable: that non-commercial place that takes the walker to not know if it is in Oviedo or Seville. In a homogeneous world, Melilla is unique. The cracked asphalt, the cracked paints, the modernist buildings without restoring and the old shops speak of a city little worried about the cosmetics and, nevertheless, beautiful, of an almost natural beauty. Strangely natural, because nothing is more artificial than an urban landscape. Taxis are antiquated Mercedes like those in Morocco.
Melilla, African Spain, says the tourist motto, as if they had integrated the African and European and no longer lived in conflict, as if the European did not strive to contain the African and leave it in the field of culture and customs , where it does not hurt, where ideological or economistic readings do not fit. Jahfar Hassan Yahia and others who fight for the recognition of the Amazigh language as their own Melilla know that their city will not completely abandon the colonial logic until both languages ​​coexist in all areas, and there is no public and private language. For that, maybe the statues have to rust and erode more, until they are unrecognizable, until they are only pieces of metal and stone reports that do not remember anything or anyone.
Maybe Ceuta is nothing more than an annoyance for Spain, a humiliation for Morocco, the outpost of European migratory repression or an insignificant imperialist dispossession. But an original life grows in her capable of developing her own magical thinking. An indefinable place that can not be altered without causing serious damage to a lot of people. Although it is a town that can not compete with Tangier, it is one of the corners of the map with more folds, layers and knots of all that I have visited, resistant to all metaphors, denying itself in several crossed discourses, with an imaginary fact of small pieces that look -now they look like it- to the mosaic of the trencadís that adorns the Paseo de la Marina Española and the square where Hercules rises.

Olivenza continues to look like a postcard too manufactured, too retouched, too flirtatious, but at the same time I think it can be a model for a democratic Spain. Here everyone is accountable, as Wiesenthal wanted, of the common business of history. It may be argued that Olivenza is a tiny corner, little more than ten thousand inhabitants who have left behind the misery of their ancestors and have surrendered to the modest and sluggish prosperity of white villages. You can not export your success to bigger, more squabbling places, they’ll say. This does not work for Catalonia. And surely they have some reason, but something starts: democracy was also born in a little square in Athens and now practiced more than half the world. Everything is a matter of insisting.
Rihonor / Rio de Onor represented for Torga the Iberian ideal, the suppression of that peninsular border that felt like an insult, the fusion of languages ​​and lives. It was a town that was both inside and outside at the same time. Isolated and open, as an extension of their own contradictions in the landscape.
They say that some of the best dialogues of the deaf of contemporary Catalonia have been held in Llívia. Bankers who take the row to presidents of the Generalitat. Independence plans and calculations of strategies designed in the restaurant tables. In the Ambassade, in Cal Ventura or in La Formatgeria, which is on the border, on the road to Gorguja (which is one of the other two nuclei that make up the municipality of Llívia, the other is Cereja). It is an ideal environment for conspiracy, far from everything and with mushrooms and ceretanian sausages well placed on the tablecloths next to the pa amb tomaquet, in dinners that lubricate any disagreement.
Every Sunday afternoon, the neighbors of all life see the cars of the rich people of Barcelona, ​​and they say goodbye to them, wishing, perhaps, that they never resolve their discussions and that their geographical rarity is never solved. That the dreams of the most insurgent Catalans are not fulfilled and that they can continue to boast of pica and barbican.

Treviño seems, a counter-reformist reserve. A little grim and severe, like everything Basque, but of a stony and heartfelt religiosity.
I can not delay the explanation of what Treviño County is, which I have taken for granted for too many pages. It is an enclave of little more than two hundred square kilometers that occupies the center of the province of Álava but belongs to that of Burgos. Located between the Rioja Alavesa plain and the capital, it is actually part of the hinterland of Vitoria, a city that separates it some twenty kilometers. That is why it is difficult to know how many people live here, since many residents are actually residents of Vitoria who bought their residence in the valley a bit to save and another little to enjoy a country setting. Between two thousand and three thousand people inhabit these solitudes composed of two municipalities, Treviño and La Puebla de Arganzón, which encompass a multitude of pediatric villages and not a few abandoned places. The most famous of the latter is undoubtedly Ochate, which has a huge reputation as an enchanted and cursed town, frequented on weekends by paranormal and psychophonics hunters.
Treviño County belongs to Burgos due to a poor reading of legal documents, but it has continued to belong to it due to nationalist stubbornness. Like other Basque territories, the lords of Treviño were vassals of the kings of Castile, who granted them a charter, and it was that legal document that Javier de Burgos used to justify his incorporation to Burgos and the Miranda de Ebro party.
The authorities of Castilla y León have never been very amused by these intrusions, but for a time now they have surrendered to the evidence that it is absurd to boycott and ignore all Basque initiatives, and a kind of peace was recently signed small cup. The Diputación de Álava collaborates with that of Burgos in many areas – such as tourism promotion – and the Basque language increasingly occupies more public and institutional space. All the signage and the gazetteer of La Puebla de Arganzón is bilingual. In that part of the enclave, the spray vandals have won. They only have the signs from Treviño to the east, which are properly corrected.
Nobody seems to be in favor of maintaining the county in Castilla y León, and that makes me suspect that those who think like this are afraid to express themselves in such a small and politicized place.

(Rincón de Ademuz) Perhaps they do not deserve attention, but what they do not deserve is the contempt they have been victims of. The official posters in Valencian and the mentions to the Racó d’Ademús recall that unbearable “duality” of Joan Fuster and seem to underline the exceptional nature of the enclave. The more Catalanist Valencianism still does not understand what that Aragonese region looks like in its political corpus, but it no longer dreams of segregating it or endorsing it to the Castilians. I would say that everything is accepted as it is and as it comes, and I think that’s fine, that I wish Spain would accept itself as it is and as it comes.
Petilla de Aragón is a village in extinction, but it does not produce restlessness or redeeming outbursts in those who visit it. It is one of many clean, neat, humble and silent villages that dot Aragón, indistinguishable from many others but for the overwhelming presence of his illustrious son. Santiago Ramón y Cajal has become the identity of Petilla. One of the two streets of the town, the one that is not Major, is called Ramón y Cajal. The only hostel and restaurant is called Ramón y Cajal. But the best thing is that the facade of the house where he was born (which still stands and houses a small exhibition on his figure, which can be seen arranging a date) has two plaques that announce that behind its walls a universal genius came to the world. It seems to me very significant that one of the most audacious and brilliant minds of the history of Spain was born in a corner of the map so recondite and forgotten. What this indicates is that the accident was not his birth, but his training and his scientific stature. In such an ungrateful country, with such weak academic and intellectual institutions, with such abundant illiteracy and misery, the emergence of a figure like Ramón y Cajal can only be attributed to an accident.
Maybe, being born in Petilla de Aragón was important. Perhaps, the bent corners of the maps are important to break national inertias. Ramón y Cajal’s itinerant, small-town and out-of-town childhood made him attentive to margins and gaps, inquisitive, curious, far removed from the bourgeois, accommodating and braggart. Maybe we still need these geographic vents to ventilate the mold of the court.

“Maps do not always tell the truth, and are often as subjective as any narrative”, wrote Robert D. Kaplan, one of the world’s gurus on international politics.
The GPS no longer places a nation or a culture in the center of the world, but rather to each individual, reaching a kind of radical anthropocentrism. For each Google Maps user, the world revolves around him. Our point of observation is our own body, and the map unfolds towards the four cardinal points from us. When we move, the map changes. However much we advance, we will always be in the center, we are the reference. This has very serious philosophical and anthropological consequences that some thinkers, like Daniel Krukowski, are already exploring.
This is an unfinished country that asks for a much more open narrative and a coexistence that does not resort to nineteenth-century ethnicities, where being Spanish is, in political and legal terms, a mere administrative issue and where Spaniards of various divisions or speeds do not fit. The time of the old Christians ended long ago. Those of us who believe that disintegrating and ethnicist nationalisms such as Basque and Catalan can oppose the idea of ​​an open and strong nation based on the liberal principle of equality, we must strive to eliminate any form of marginality and any feeling of exclusion. Only in this way will we be able to convince that a Spain within Europe is the best way to reconcile us with an ungrateful and cruel history – like that of all nations – and to face a free and democratic future.

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