Fantasmas De Hielo. La Épica Búsqueda De La Expedición Franklin — Paul Watson / Ice Ghosts: The Epic Hunt for the Lost Franklin Expedition by Paul Watson

Esta fue una historia potencialmente fascinante, pero me pareció poco dramática debido al estilo del autor de abordar la trama constantemente a lo largo del libro. Además, los eventos no se describen de manera lineal en el tiempo, sino que hay muchos saltos con muchas referencias avanzadas que crean confusión además de disminuir el drama. Por otro lado, el lenguaje del autor es vívido al describir el entorno ártico, la cultura inuit y los eventos y personajes históricos, que me parecieron interesantes. En general, me alegro de haber leído el libro a pesar de alguna decepción para mí.

Este NO es un buen formato, ya que el mapa de características geográficas proporcionado es demasiado pequeño para ser legible y, en cualquier caso, es muy inaccesible con la incómoda navegación de Kindle. Además, me resultó difícil obtener un mapa del Ártico adecuadamente detallado que enumera todas las características mencionadas, ya sea en la web o en uno de mis atlas.
En 1845, Sir John Franklin, un explorador británico que se aproximaba al final de su carrera, se puso al mando de dos barcos para descubrir el Paso del Noroeste: una ruta náutica entre Canadá y el Ártico que conectaría los océanos Atlántico y Pacífico. La búsqueda del pasaje había durado décadas, y la pérdida acumulada de vidas y barcos en su búsqueda se consideraba en gran parte parte del costo de asegurar el dominio de los mares en Gran Bretaña. Franklin estaba decidido a ser el que finalmente encontrara el pasaje y garantizar la inmortalidad de su legado. Partiendo del profético Erebus y Terror, Franklin y su tripulación de 128 hombres desaparecieron en el gran desierto blanco del Círculo Polar Ártico. La búsqueda de la tripulación y de los barcos abarcaría más de un siglo y costaría millones de dólares; La viuda de Franklin gastaría la fortuna familiar en una vana búsqueda de respuestas. El misterio de la Expedición Franklin capturaría la imaginación de los gobiernos, los académicos y el público. Franklin logró su sueño de un legado inmortal de la manera más desafortunada posible.
Watson explora la historia desde finales de la década de 1840 hasta el presente. Desde los primeros intentos de rescate (retrasados ​​por la postura burocrática dentro de la Royal Navy), hasta las cazas de alta tecnología del siglo XXI. Quizás la parte más intrigante de esta historia involucra a las tribus inuit locales, cuyas historias orales parecen apuntar a la suerte de la Expedición Franklin, pero fueron ignoradas casi universalmente por los buscadores europeos, canadienses y estadounidenses.
Watson ha escrito una historia interesante y fascinante. La saga de la Expedición Franklin es uno de esos cuentos históricos épicos que parece más una historia de aventuras. Watson ha hecho un trabajo maravilloso al capturar el suspenso y el drama que acompañó a la expedición perdida a través de las décadas. Su uso de múltiples fuentes primarias y su énfasis en las historias orales inuit hacen que este libro se destaque del resto sin llegar a ser perfecto.

Por extraño que nos parezca hoy, cuando cualquiera con conexión a internet obtiene una vista detallada de los casquetes polares de la Tierra, los expertos más destacados del siglo XIX estaban convencidos de que los exploradores hallarían aguas abiertas en lo más alto del mundo. Tal vez se tratara de un error de cálculo basado en una larga experiencia en Spitsbergen, donde la corriente del Atlántico Norte canaliza aguas más cálidas procedentes del golfo de México hasta las templadas costas árticas noruegas. Quienes defendían la idea de un mar polar abierto creían que si los exploradores encontraban una vía a través del hielo en lo que actualmente es el archipiélago Ártico canadiense, ante sus ojos aparecería el otro lado del mundo. El problema era que las corrientes templadas no llegaban hasta allí. Pero para comprenderlo harían falta mucho tiempo, muchas adversidades y muchas muertes.
Entre los expertos del Ártico de principios del siglo XIX, los empiristas llevaban la voz cantante. Insistían en que bastaba con realizar suficientes observaciones basadas en la experiencia directa para que la verdad se revelara por sí sola.
Franklin se alineaba con él en sus dudas sobre la existencia de un mar polar abierto. El capitán James Fitzjames informaba a bordo del Erebus, el buque insignia de la expedición bautizado con el nombre de la región más baja y oscura del infierno, en una carta a su familia escrita antes de acostarse la noche del 6 de junio de 1845: «Hoy, durante el almuerzo, sir John nos ha referido un relato entretenido según el cual es posible cruzar el hielo por la costa de América y ha expresado su incredulidad ante la idea de que exista un mar polar abierto al norte». Pero las órdenes del comandante de la expedición procedían de sir John Barrow, máxima autoridad civil del Almirantazgo y principal artífice de la búsqueda renovada del paso del Noroeste. Él era un creyente.
Los inviernos que acabaron con la vida de Franklin y sus 128 hombres fueron tan severos que llegaron a formar parte de las leyendas de los inuits, quienes, durante largo tiempo, culparon a los qalunaaq, los hombres blancos, por desatar espíritus malignos sobre la isla.

Saber cuándo renunciar puede suponer la salvación de un héroe. Sir John Franklin no supo retirarse a tiempo. Franklin creía que necesitaba un último intento en el paso del Noroeste para limpiar una reputación gravemente maltrecha a causa de la política colonial. La mujer a la que amaba, su esposa Jane, lo convenció para que lo arriesgara todo en el mismo lugar en que se había convertido en un héroe. Jugó mal sus cartas, que no eran buenas, y eso lo mató, como mató a los 128 hombres que lo siguieron al Ártico superior. De todos modos, durante un tiempo la historia ha sido relativamente amable con él. Los escépticos han cuestionado si el Almirantazgo hizo bien colocando a un hombre de su avanzada edad y menguantes capacidades al mando de la expedición de 1845. Otros, más duros, lo han calificado de incompetente. Hay quien ha hecho hincapié en factores que quedaban fuera de su control, como el envenenamiento por plomo o el botulismo causado por unas conservas mal enlatadas, que consideraban los verdaderos culpables del peor desastre en la larga historia de las exploraciones polares de la Royal Navy. Cabe encontrar una explicación más probable en la naturaleza cambiante del propio Ártico, tierra que aún hoy se resiste a la conquista. Como los inuits han comprendido desde antiguo, la supervivencia en lo más alto del mundo es imposible sin el respeto y cooperación debidos. Como muchos hombres de la Royal Navy antes que él, Franklin y su tripulación dieron por sentado que podrían vencer al Ártico solos, y desdeñaron a los inuits por considerarlos salvajes irrelevantes e impíos. Hasta que fue demasiado tarde.
Sin duda, unos barcos que habían derrotado a los mares de ambos polos podrían volver a hacerlo. El Erebus era el más grande de los dos; pesaba 372 toneladas y tenía algo más de 31 metros de eslora. El Terror, ligeramente más pequeño, tenía 325 toneladas y 31 metros de largo. Cada uno contaba con tres mástiles que se alzaban el equivalente a varias plantas y las más altas penetraban más de treinta metros en el cielo. Con las velas desplegadas en el Ártico superior, parecían espíritus a ojos de los inuits. Recién blindados para resistir los embates del hielo, con motores de trenes para propulsarlos, los barcos de Franklin eran poderosos por sí mismos. Habían sobrevivido a guerras, a tempestades antárticas y a témpanos, y se habían mantenido a flote para hacerlo todo de nuevo.

Los supervivientes de la expedición, cada vez menos, seguían luchando contra el invierno ártico cuando emprendieron su viaje final en abril de 1848. En la primera etapa arrastraron botes, al menos un bote salvavidas de más de ocho metros de eslora modificado para navegar en aguas poco profundas y atado a un pesado trineo. Iba cargado con suministros y equipo, y a lo largo de los 24 kilómetros que
tenía el estrecho de Victoria cubierto de hielo, los miembros de la tripulación tiraron de él por turnos. Después lo dejaron cerca del lugar en que primero habían recalado los marineros, justo por encima de la marca de la marea alta, en la isla del Rey Guillermo. Cuando fue descubierto más de una década después, había dos esqueletos incompletos en el interior del bote, que estaba encarado hacia el punto en que el Erebus y el Terror se habían rendido al hielo marino. Allí habían quedado también ocho pares de botas, junto con numerosos artículos abandonados, entre ellos jabón, toallas, tabaco y pañuelos de seda. Dos rifles de doble cañón, cargados y con el gatillo retirado, estaban apoyados en un lateral del bote.
Patinando, resbalando sobre el hielo y la nieve dura con botas marineras de suela fina, los supervivientes debieron encogerse contra los vientos huracanados y las tempestades.

En el otoño de 1849, cuando el público seguía con pasión el misterio cada vez mayor de la expedición Franklin, los expertos continuaban señalando que el canal de Wellington era el lugar más probable para encontrar el Erebus y el Terror. Un día de octubre, Harriet Smith, tía de los hijos de Coppin, le pidió a Ann, hija de este, que preguntara a Weesy si tenía alguna idea sobre el asunto, y cuando esta lo hizo, el espíritu se desvaneció. Casi inmediatamente, Ann tuvo una visión del Ártico en el suelo de la casa, donde aparecían dos barcos rodeados de hielo, casi cubiertos de nieve, al fondo de un canal. Y entonces otra pregunta: ¿cómo se podía llegar hasta John Franklin? En un instante, sobre la pared contraria aparecieron unas palabras escritas en letras grandes y redondas de unos siete centímetros de altura: Erebus y Terror, estrecho de Lancaster, ensenada del Príncipe Regente, punta Victoria y canal de Victoria. La muchacha que actuaba como médium tiritaba, como tocada por el frío del Ártico, y se aferraba al vestido de su tía.
Como mediadora del fantasma de su hermana, Ann dibujó un mapa para que su tía viera…
Dos años después de que las tripulaciones del Erebus y el Terror vaciaran los barcos y partieran a pie, la Royal Navy se rindió a la presión y organizó el intento más ambicioso de encontrar la expedición Franklin. En el verano de 1850 había trece barcos, agrupados en siete expediciones británicas y norteamericanas, atravesando el archipiélago Ártico en busca de algún rastro de los hombres desaparecidos. La presión constante de lady Franklin y su campaña publicitaria no solo habían mantenido vivas las exigencias de una gran búsqueda, sino que también habían alentado una nueva oleada de exploraciones que habrían de ampliar de manera significativa el conocimiento del Ártico superior. Ella también había incrementado los riesgos políticos: en los seis años transcurridos desde que lady Franklin había ofrecido la primera recompensa a los balleneros, el coste total para encontrar a sir John y a sus hombres acabaría ascendiendo a más de 760.000 libras, algo así como 60 millones de euros de hoy. La mayor parte de ese dinero era público, y los políticos debían garantizar a los contribuyentes que estaba bien invertido.
Los expertos recomendaban llevar a cabo otra búsqueda del Erebus y el Terror en el verano de 1852, que debía incluir un esfuerzo por encontrar la señal de hojalata que, según Ross, Beck había dejado caer en la nieve. Pero las siguientes expediciones que partieran en busca de Franklin y sus hombres deberían concentrarse en la parte superior de canal de Wellington, «intentando en la medida de lo posible ir más allá del punto alcanzado por Penny en el paso del Noroeste», proponía el informe final del comité.
Tras la exposición de todos los argumentos y acusaciones, tras un estudio serio y consejos ponderados, la comunidad de exploradores estaba decidida a continuar buscando en el sitio equivocado.

Hasta el final de sus días, lady Franklin siguió intentando recuperar las palabras perdidas de su esposo. A principios de 1875, ya frágil de salud a sus ochenta y tres años, recordó a los balleneros una vez más que ofrecía una recompensa de 2.000 libras a quien encontrara documentos del Erebus o el Terror. La prensa estadounidense se hizo eco de la noticia, que llegó a aparecer incluso en el New York Herald. Su editor, James Gordon Bennett Jr., cooperó con Jane para financiar una expedición al Ártico a cargo de Allen Young en busca de los documentos de la expedición Franklin. Young, que había servido a las órdenes de McClintock a bordo del Fox, zarpó con el Pandora, una bombarda de la Royal Navy reconvertido, pero la gran extensión de hielo en el estrecho de Peel lo bloqueó y le obligó a dar media vuelta. Cuando regresó a Inglaterra, lady Jane Franklin ya había muerto.
A 39 grados bajo cero en un día de principios de febrero, en Gjoa Haven (con una entumecedora sensación térmica de 56 grados bajo cero por efecto del viento aullador), el aire seco del Ártico es tu peor enemigo. En cuestión de minutos puede amenazar tu vida. La oficina meteorológica ha emitido un aviso por frío extremo, y para que aquí salten las alarmas tiene que hacer mucho frío. La alerta afecta a todo el que se aventure al exterior, aunque solo sea durante unos minutos, e insta a prestar atención a síntomas como la falta de aire, irregularidades en el ritmo cardíaco o dolores en el pecho, así como al cambio de color de la piel y el entumecimiento o hinchazón de los músculos. En la quietud del Ártico, son alarmas estridentes: «Vuelvan al interior de los edificios. Escapen de un frío que puede matarlos».
En poco más de cuatro minutos, el aire ártico puede hacer que la piel expuesta pase del sonrosado a mostrar manchas de una palidez blanquecina, que se hiela rápidamente y adopta un amarillo grisáceo a medida que los fluidos corporales empiezan a congelarse y en las células se forman cristales de hielo. Para entonces, esas células ya han empezado a morir a gran velocidad. Ya es demasiado tarde. Llegados a este punto, calentar la piel solo sirve para que salgan ampollas rojas, hinchadas. Las partes sometidas a congelación se hinchan como globos de un rojo oscuro. Las ampollas, muy dolorosas, acaban por desinflarse, pero si se instala la última etapa de la congelación, la piel dañada se endurece y se ennegrece tanto que parece alquitrán. Sin tratamiento urgente, puede producirse una infección. Lo que ha comenzado como un estremecimiento ya es gangrena: el frío ha ganado. La mayor esperanza es probablemente la amputación.
Sin embargo, en esos primeros pasos por el exterior, la sensación es insuperable. El corazón late con fuerza con la emoción de estar en el Ártico, con el entusiasmo que nace de un silencio cristalino, la pura belleza y el frescor vigorizante de un aire que, si quisiera, podría quitarte la vida.
Tras años de búsqueda, Kamookak llegó a la conclusión de que el encuentro de Hummahuk había tenido lugar aproximadamente dos décadas después de que los hombres de la expedición Franklin llegaran a la costa norte de la isla del Rey Guillermo. Antes, el historiador creía que se había producido en la ensenada de Collinson, que se adentra profundamente en la costa noroeste de la isla, en la misma ruta por la que Francis Crozier había llevado hacia el sur a los supervivientes. Sin embargo, tras investigar algo más se dio cuenta de que el lugar al que Hummahuk se refería en su historia era en realidad la bahía de Erebus, donde los arqueólogos hallaron varios objetos de Franklin, entre ellos un cepillo de dientes de hueso y botones de marineros.
Ya no había duda: los objetos que su bisabuela le había descrito procedían del Erebus y el Terror. Debían de haber llegado hasta allí con el marinero cuyo cuerpo yacía enterrado bajo las rocas, junto a la playa, donde Hummahuk había visto tantas balas de mosquetón y otras cosas esparcidas junto a un gran montículo.

No existe otra cadena de islas en la Tierra más traicionera que la que conforma el archipiélago Ártico. Como una hilera de dientes alineados en unas mandíbulas enormes, las aproximadamente 94 islas grandes y las 36.469 más pequeñas se extienden por un territorio que ocupa la mitad de la extensión de Estados Unidos. Son capaces de hundir y tragarse barcos enteros. Los primeros y más esperanzados rastreadores, que cartografiaron grandes secciones del archipiélago en su búsqueda del Erebus y el Terror y sus tripulaciones, ya sabían que haría falta un milagro para encontrar a alguien en aquellas inmensas fauces. Unos grandes barcos de vela de la Royal Navy, impulsados por vientos favorables, podían avanzar rápidamente gracias a una corriente que fluye del este al oeste, para encontrarse de pronto con otra de sentido contrario, o bien tener que luchar para mantener el rumbo contra fuertes remolinos mientras se adentraban en la miríada de canales del archipiélago.
Con el transcurso de las décadas, el conflicto se había enquistado tanto en la búsqueda de Franklin que ni el éxito espectacular que supuso el hallazgo del Erebus puso fin a las disputas. Nunavut se negó a tramitar permisos arqueológicos a los submarinistas de Parks Canada que trabajaban en el yacimiento a menos que el Gobierno canadiense cediera su autoridad sobre cualquier objeto que los arqueólogos quisieran sacar del lecho marino. El Gobierno federal transigió, pues temía que la Policía Montada acabara por detener a los arqueólogos, pero acto seguido reafirmó su autoridad declarando el barco hundido y las aguas circundantes patrimonio histórico nacional. Los inuits, por su parte, invocando un acuerdo sobre reclamaciones territoriales, presionaban para iniciar unas negociaciones que permitieran dirimir de quién era la propiedad y el control de los más de cincuenta objetos de la expedición Franklin que los arqueólogos marinos habían sacado del fondo del mar; y defendían que aquellas piezas recuperadas debían exponerse en sus comunidades para potenciar el turismo.
En 2016, el rompehielos de la Guardia Costera Sir Wilfrid Laurier, el buque de investigación Martin Bergmann, de la Arctic Research Foundation, y el Shawinigan, de la Royal Navy canadiense, partieron en busca de los restos del naufragio del Terror. Pero con solo nueve días reservados para la búsqueda, las esperanzas no eran muchas.

La épica búsqueda de la expedición Franklin desaparecida fue una guerra entre unos expertos oficiales convencidos de sus conocimientos y otros que, desde fuera, seguían un impulso inexplicable, una voz interior, una hipótesis fundamentada. Balleneros con generaciones de experiencia ártica enfrentados a miembros respetados de la Royal Navy que veían con desdén a los marinos mercantes; funcionarios serios molestos con las distracciones que suponían las visiones de unas pitonisas… Lady Franklin tuvo que pelear con uñas y dientes con el Almirantazgo antes de que la expedición privada de 1859 que organizó localizara las primeras pruebas escritas de lo que les había ocurrido a sir John y a sus hombres. Los inuits, por su parte, eran muchas veces despreciados como salvajes poco fiables.
Los interminables cálculos políticos del establishment, su preocupación por las apariencias y sus disputas condenaron a la muerte a unos valerosos marineros a mediados del siglo XIX. Y, a principios del siglo XXI, esas mismas razones amenazan su legado.
El Gobierno de Gran Bretaña cedió el control de los barcos de la Royal Navy y su contenido a Canadá en un acuerdo firmado en 1997. Canadá se comprometió a conservar los restos sacados a la superficie desde los yacimientos y a mantenerlos accesibles para su exhibición y para la investigación, también en Gran Bretaña. Cualquier oro encontrado, salvo las monedas de propiedad privada, debían compartirlo los dos países, tras deducir la porción que según la ley correspondiera a terceras partes. Pero la prioridad era asegurar que los yacimientos arqueológicos se manejaran correctamente una vez descubiertos.
El acuerdo quedó establecido en el primer punto del Memorándum de Entendimiento, en el que se declaraba que: «La investigación y la divulgación prevalecerán sobre intereses de beneficio económico y cobertura mediática». Los críticos con la manera de abordar los descubrimientos del Erebus y el Terror por parte del anterior primer ministro Stephen Harper, cuestionaban si su Gobierno respetaría dicho acuerdo.
Louie Kamookak llevó a cabo otra búsqueda de pistas de Franklin en el verano de 2016. En un viaje que realizó a finales de julio con dos jóvenes aprendices inuits, Jamie Takkiruq y Michael Eleehetook, el historiador y su equipo partieron en vehículos todoterreno para visitar los lugares que aparecían en las historias de Hummahuk.
Una vez más, Kamookak enfermó de gravedad tras partir en busca de pistas sobre la muerte de sir John Franklin. Y, una vez más, los cirujanos tuvieron que salvarle la vida, en esa ocasión en el hospital de Yellowknife, capital de los Territorios del Noroeste canadienses. Lo que Kamookak había llamado «un misterio dentro de otro misterio» no hacía sino crecer.
Un espíritu sin sosiego, atrapado en la tierra de los vivos, «hace todo lo que puede por perseguir a los culpables de que su vida después de la muerte haya quedado destrozada —escribió Knud Rasmussen—. Solo los más grandes chamanes son a veces lo bastante afortunados como para matar a esos malos espíritus».
Kamookak preferiría apaciguar el espíritu de John Franklin devolviéndolo al lugar al que pertenece.

This was a potentially fascinating story, but I found it to be less than dramatic due to the author’s style of giving away the plot constantly throughout the book. Further, the events are not described in time-linear fashion, but rather there is a lot of jumping around with plenty of forward referencing that creates confusion in addition to decreasing drama. On the other hand, the author’s language is vivid in describing the arctic environment, Inuit culture, and historical events and characters, which I did find interesting. Overall, I’m glad to have read the book despite its disappointments for me.

This is NOT a good format, since the provided map of geographic features is too small to be legible and in any case is very inaccessible with awkward Kindle navigation. In addition, I found it difficult to get an appropriately detailed map of the Arctic that lists all of features referred to, either on the web or in one of my atlases.
In 1845, Sir John Franklin, a British explorer nearing the end of his career, set out in command of two ships to discover the Northwest Passage: a nautical route between Canada and the arctic that would connect the Atlantic and Pacific Oceans. The hunt for the passage had taken up decades, and the accumulated loss of lives and ships in its pursuit was largely considered part of the cost of ensuring Britain’s continuing dominance of the seas. Franklin was determined to be the one to finally find the passage, and to ensure the immortality of his legacy. Setting off with the prophetically named Erebus and Terror, Franklin and his crew of 128 men disappeared into the great white desert of the Arctic Circle. The search for the crew and for the ships would span more than a century, and cost millions of dollars; Franklin’s widow would spend the family fortune in a vain search for answers. The mystery of the Franklin Expedition would capture the imagination of governments, academics, and the public. Franklin achieved his dream of an immortal legacy in the most unfortunate way possible.
Watson explores the story from the late 1840s through to the present day. From the first rescue attempts (delayed by bureaucratic posturing within the Royal Navy), through to the high-tech hunts of the 21st century. Perhaps the most intriguing part of this story involves the local Inuit tribes, whose oral histories seemed to point to the fate of the Franklin Expedition, but were nearly universally disregarded by the European, Canadian, and American searchers.
Watson has written an engaging and fascinating history. The saga of the Franklin Expedition is one of those epic historical tales that seems more like an adventure story. Watson has done a marvelous job of capturing the suspense and drama that accompanied the lost expedition across the decades. His use of multiple primary sources, and his emphasis on the Inuit oral histories make this book stand out from the pack unfortunately no perfect book.

As strange as it may seem to us today, when anyone with an Internet connection gets a detailed view of the Earth’s polar ice caps, the leading experts of the 19th century were convinced that explorers would find open waters at the top of the world. Perhaps it was a miscalculation based on long experience in Spitsbergen, where the North Atlantic current channels warmer waters from the Gulf of Mexico to the temperate Norwegian Arctic coasts. Those who defended the idea of ​​an open polar sea believed that if explorers found a path through the ice in what is now the Canadian Arctic archipelago, before their eyes would appear on the other side of the world. The problem was that the temperate currents did not reach there. But to understand it, it would take a long time, many adversities and many deaths.
Among the experts of the Arctic of the early nineteenth century, the empiricists took the lead. They insisted that it was enough to make enough observations based on direct experience for the truth to reveal itself.
Franklin was aligned with him in his doubts about the existence of an open polar sea. Captain James Fitzjames reported aboard the Erebus, the flagship of the expedition named after the lowest and darkest region of hell, in a letter to his family written before going to bed on the night of June 6, 1845: Today, during lunch, Sir John has told us an entertaining story according to which it is possible to cross the ice by the coast of America and has expressed his disbelief at the idea of ​​a polar sea open to the north. But the orders of the commander of the expedition came from Sir John Barrow, maximum civil authority of the Admiralty and principal architect of the renewed search of the Northwest Passage. He was a believer.
The winters that ended the life of Franklin and his 128 men were so severe that they became part of the legends of the Inuits, who, for a long time, blamed the Qalunaaq, the white men, for unleashing evil spirits on the island.

Knowing when to resign can mean the salvation of a hero. Sir John Franklin did not know how to retire in time. Franklin believed he needed a last attempt at the Northwest Passage to cleanse a badly damaged reputation because of colonial policy. The woman he loved, his wife Jane, convinced him to risk everything in the same place where he had become a hero. He misplayed his cards, which were not good, and that killed him, as he killed the 128 men who followed him to the Upper Arctic. Anyway, for a while history has been relatively kind to him. Skeptics have questioned whether the Admiralty did well by placing a man of advanced age and dwindling capabilities in command of the expedition of 1845. Others, harder, have described it as incompetent. Some people have emphasized factors beyond their control, such as lead poisoning or botulism caused by canned canned foods, which they considered to be the real culprits of the worst disaster in the long history of polar explorations in the Royal Navy. A more probable explanation can be found in the changing nature of the Arctic itself, a land that still resists conquest today. As the Inuits have understood since ancient times, survival in the highest part of the world is impossible without due respect and cooperation. Like many men of the Royal Navy before him, Franklin and his crew assumed that they could defeat the Arctic alone, and disdained the Inuits as irrelevant and impious savages. Until it was too late.
Undoubtedly, ships that had defeated the seas of both poles could do it again. The Erebus was the larger of the two; It weighed 372 tons and had something more than 31 meters in length. The Terror, slightly smaller, had 325 tons and 31 meters long. Each one had three masts that rose the equivalent of several plants and the highest ones penetrated more than thirty meters into the sky. With the sails deployed in the upper Arctic, they looked like spirits in the eyes of the Inuits. Freshly shielded to withstand the onslaught of ice, with train engines propelling them, Franklin’s ships were powerful by themselves. They had survived wars, Antarctic storms and icebergs, and had kept afloat to do it all over again.

The survivors of the expedition, less and less, continued fighting against the Arctic winter when they undertook their final voyage in April 1848. In the first stage they dragged boats, at least one lifeboat more than eight meters long modified to sail in waters Shallow and tied to a heavy sled. It was loaded with supplies and equipment, and along the 24 kilometers that
it had the Victoria Strait covered in ice, the crew members pulled him in turns. Then they left it near the place where the sailors had first landed, just above the high tide mark on the island of King William. When it was discovered more than a decade later, there were two incomplete skeletons inside the boat, which was facing the point where the Erebus and the Terror had surrendered to sea ice. There were also eight pairs of boots, along with numerous abandoned items, including soap, towels, tobacco and silk handkerchiefs. Two double-barreled rifles, loaded and with the trigger removed, were leaning on the side of the boat.
Skating, sliding on ice and hard snow with thin-soled sailor boots, the survivors had to shrink against the hurricane winds and storms.

In the autumn of 1849, when the public followed with passion the growing mystery of the Franklin expedition, experts continued to point out that the Wellington Canal was the most likely place to find the Erebus and the Terror. One day in October, Harriet Smith, an aunt of the children of Coppin, asked Ann, his daughter, to ask Weesy if he had any idea about the matter, and when it did, the spirit vanished. Almost immediately, Ann had a vision of the Arctic on the floor of the house, where two ships appeared, surrounded by ice, almost covered in snow, at the bottom of a canal. And then another question: how could you get to John Franklin? In an instant, on the opposite wall appeared words written in large, round letters about seven centimeters high: Erebus and Terror, Strait of Lancaster, inlet of the Prince Regent, Victoria Point and Victoria Channel. The girl who acted as a medium shivered, as if touched by the cold of the Arctic, and clung to her aunt’s dress.
As mediator of her sister’s ghost, Ann drew a map for her aunt to see …
Two years after the Erebus and Terror crews emptied the ships and left on foot, the Royal Navy surrendered to pressure and organized the most ambitious attempt to find the Franklin expedition. In the summer of 1850 there were thirteen ships, grouped into seven British and American expeditions, traversing the Arctic archipelago in search of some trace of the missing men. The constant pressure of Lady Franklin and her advertising campaign had not only kept alive the demands of a great search, but had also encouraged a new wave of explorations that would significantly expand knowledge of the Upper Arctic. She had also increased the political risks: in the six years since Lady Franklin had offered the first reward to the whalers, the total cost to find Sir John and his men would eventually amount to more than 760,000 pounds, something like 60 million pounds. of euros today. Most of that money was public, and politicians had to guarantee taxpayers that it was well spent.
The experts recommended to carry out another search of the Erebus and the Terror in the summer of 1852, that had to include an effort to find the tin signal that, according to Ross, Beck had dropped in the snow. But the following expeditions that started in search of Franklin and his men should concentrate on the upper channel of Wellington, “trying as far as possible to go beyond the point reached by Penny in the Northwest Passage”, proposed the report end of the committee.
After the exposition of all the arguments and accusations, after a serious study and weighted advice, the community of explorers was determined to continue searching in the wrong place.

Until the end of her days, Lady Franklin continued to try to recover the lost words of her husband. Early in 1875, already frail in health at eighty-three, he reminded the whalers once again that he offered a 2,000-pound reward to anyone who found Erebus or Terror documents. The American press echoed the news, which even appeared in the New York Herald. Its editor, James Gordon Bennett Jr., cooperated with Jane to fund an expedition to the Arctic by Allen Young in search of Franklin expedition documents. Young, who had served under McClintock on board the Fox, sailed with the Pandora, a converted Royal Navy bombardment, but the large expanse of ice in the Peel Strait blocked him and forced him to turn around. When he returned to England, Lady Jane Franklin had already died.
At 39 degrees below zero on a day in early February, at Gjoa Haven (with a numbing sensation of 56 degrees below zero as a result of the howling wind), the dry air of the Arctic is your worst enemy. In a matter of minutes it can threaten your life. The meteorological office has issued a warning for extreme cold, and for the alarms to jump here it has to be very cold. The warning affects everyone who ventures outside, even if only for a few minutes, and urges attention to symptoms such as shortness of breath, irregular heartbeat or chest pains, as well as a change in color. the skin and the numbness or swelling of the muscles. In the stillness of the Arctic, they are shrill alarms: “Go back inside the buildings. Escape from a cold that can kill them ».
In just over four minutes, arctic air can cause the exposed skin to pass from the pink to show patches of whitish pallor, which quickly freezes and turns a grayish yellow as the body fluids begin to freeze and in the cells they form ice crystals. By then, those cells have already begun to die at high speed. It’s too late. At this point, heating the skin only serves to produce red, swollen blisters. The parts subject to freezing swell like globes of a dark red. The blisters, very painful, end up deflating, but if the last stage of freezing is installed, the damaged skin hardens and blackens so much that it looks like tar. Without urgent treatment, an infection may occur. What has started as a shudder is gangrene: the cold has won. The best hope is probably amputation.
However, in those first steps on the outside, the sensation is insurmountable. The heart beats strongly with the excitement of being in the Arctic, with the enthusiasm that comes from a crystalline silence, the pure beauty and the invigorating freshness of an air that, if I wanted, could take your life.
After years of searching, Kamookak concluded that the Hummahuk meeting had taken place about two decades after the men of the Franklin expedition arrived on the north coast of King William Island. Previously, the historian believed that it had occurred in the Collinson inlet, which goes deep into the northwest coast of the island, on the same route by which Francis Crozier had taken the survivors south. However, after investigating something else, he realized that the place that Hummahuk referred to in his story was actually Erebus Bay, where archaeologists found several Franklin objects, including a toothbrush and buttons. sailors
There was no longer any doubt: the objects that his great-grandmother had described to him came from Erebus and Terror. They must have gotten there with the sailor whose body lay buried under the rocks, by the beach, where Hummahuk had seen so many carabiner bullets and other things scattered next to a large mound.

There is no other chain of islands on Earth that is more treacherous than the one that makes up the Arctic archipelago. Like a row of teeth aligned in huge jaws, the approximately 94 large islands and the 36,469 smaller ones extend across a territory that occupies half the size of the United States. They are capable of sinking and swallowing whole boats. The first and most hopeful trackers, who mapped large sections of the archipelago in their search for Erebus and Terror and their crews, already knew that it would take a miracle to find someone in those immense jaws. A large sailing ship of the Royal Navy, driven by favorable winds, could advance quickly thanks to a current flowing from east to west, to suddenly find another of the opposite direction, or have to fight to stay the course against strong swirls as they entered the myriad channels of the archipelago.
Over the decades, the conflict had become so entrenched in Franklin’s quest that even the spectacular success of the Erebus finding did not end the disputes. Nunavut refused to process archaeological permits to Parks Canada divers working at the site unless the Canadian government gave up its authority on any object that archaeologists wanted to remove from the seabed. The federal government compromised, fearing that the Mounted Police would end up arresting archaeologists, but immediately reaffirmed their authority by declaring the sunken ship and the surrounding waters national historical heritage. The Inuits, on the other hand, invoking an agreement on territorial claims, pressed to initiate negotiations that allowed to settle who owned and controlled the more than fifty objects of the Franklin expedition that marine archaeologists had taken from the seabed. ; and they defended that those recovered pieces had to expose themselves in their communities to promote tourism.
In 2016, the icebreaker of the Coast Guard Sir Wilfrid Laurier, the research vessel Martin Bergmann, of the Arctic Research Foundation, and the Shawinigan, of the Royal Navy of Canada, set off in search of the wreckage of the Terror. But with only nine days reserved for the search, the hopes were not many.

The epic search for the missing Franklin expedition was a war between official experts convinced of their knowledge and others who, from the outside, followed an inexplicable impulse, an inner voice, a well-founded hypothesis. Whalers with generations of Arctic experience confronting respected members of the Royal Navy who looked with disdain on merchant sailors; Serious officials annoyed with the distractions that the visions of some pythonesses entailed … Lady Franklin had to fight tooth and nail with the Admiralty before the private expedition of 1859 that she organized located the first written tests of what had happened to them. Sir John and his men. The Inuits, on the other hand, were often despised as unreliable savages.
The endless political calculations of the establishment, its preoccupation with appearances and its disputes condemned the death of courageous sailors in the mid-nineteenth century. And, at the beginning of the 21st century, those same reasons threaten their legacy.
The Government of Great Britain ceded control of the Royal Navy ships and their contents to Canada in an agreement signed in 1997. Canada undertook to conserve the remains brought to the surface from the sites and to keep them accessible for exhibition and research, also in Great Britain. Any gold found, except for privately owned coins, should be shared by the two countries, after deducting the portion that according to the law corresponded to third parties. But the priority was to ensure that archaeological sites were properly managed once discovered.
The agreement was established in the first point of the Memorandum of Understanding, which stated that: “Research and disclosure will prevail over interests of economic benefit and media coverage.” The critics with the way to approach the discoveries of the Erebus and the Terror on the part of the previous prime minister Stephen Harper, questioned if their Government would respect that agreement.
Louie Kamookak conducted another search for Franklin tracks in the summer of 2016. On a trip he made at the end of July with two young Inuit apprentices, Jamie Takkiruq and Michael Eleehetook, the historian and his team left in off-road vehicles to visit the places that appeared in the Hummahuk stories.
Once again, Kamookak became seriously ill after leaving in search of clues about the death of Sir John Franklin. And, once again, the surgeons had to save his life, this time at the hospital in Yellowknife, capital of the Canadian Northwest Territories. What Kamookak had called “a mystery within another mystery” only grew.
A spirit without rest, trapped in the land of the living, “does everything he can to persecute the guilty that his life after death has been destroyed,” wrote Knud Rasmussen. Only the greatest shamans are sometimes fortunate enough to kill these evil spirits. ”
Kamookak would prefer to appease the spirit of John Franklin by returning him to the place where he belongs.

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