El Violento Siglo Americano: Guerras E Intervenciones Desde El Fin De La II Guerra Mundial — John W Dower / The Violent American Century: War and Terror Since World War II by John W Dower

Un libro conciso y muy interesante, John Dower tiene una gran legibilidad y fue capaz de empacar medio siglo de historia geopolítica y desarrollo en un libro pequeño y poner la información en el contexto adecuado; no odiar a los norteamericanos ni a los norteamericanos una dichosa ignorancia patriótica, sino una mirada honesta a cómo se ha comportado la máquina militar norteamericana, con su naturaleza huberista y volátil, y su posición en el mundo.
Lleno de detalles de las acciones norteamericanas contra los derechos humanos y la autodeterminación. Cada página es una mina de información.

Pese a la abundante retórica sobre la Pax Americana popularizada durante las décadas de la posguerra, Estados Unidos nunca ejerció nada parecido a la hegemonía global. La guerra fría, desde 1945 hasta 1991, presenció una alarmante confrontación entre las potencias estadounidense y soviética —‌o, en términos generales, entre dos «campos» o «bloques», el capitalista y el comunista—, e incluso esta clasificación bipolar era una gran simplificación de un mundo fracturado y turbulento.
Aparte de ello, pese a la disolución de la Unión Soviética en 1991 y la consiguiente aparición de Estados Unidos como la «única superpotencia» mundial, el siglo XXI ha sido testigo de innumerables razones para desestimar la hipótesis de un siglo americano.
Así pues, nos enfrentamos a una imagen contradictoria de Estados Unidos como una nación rica y espectacularmente armada con una gran retórica, un enorme poder, una soberbia abrumadora, una paranoia profunda y arraigados defectos y patologías. Pese a todo, la acuñación del término «siglo americano» sigue pareciéndome útil. Para bien o para mal, Estados Unidos domina el globo y sin tener una verdadera competencia. Su economía no tiene rival. Su prosperidad y los ideales que profesa siguen siendo una inspiración para muchos. Al margen de cómo valoremos su éxito en sus actividades bélicas (o en el mantenimiento de la paz), su magnitud sigue siendo impresionante. El mundo nunca ha albergado un Estado con tantas bases militares en tantos países remotos: más de ochocientas en la segunda década del siglo XXI, guarnecidas por ciento cincuenta mil soldados en unas setenta naciones. El gasto militar anual estadounidense supera el total del gasto de gran parte del resto del mundo. Y en cuanto al constante mantenimiento y actualización de los instrumentos de destrucción más sofisticados que podamos imaginar —‌incitando de ese modo a aliados y potenciales antagonistas a intentar mantener la paz— Estados Unidos, sin duda, no tiene rival.

Los daños que la guerra, el conflicto, la militarización y el miedo puramente existencial infligen a la sociedad civil y a la práctica democrática. Esto sucede en todas partes, pero es más patente en Estados Unidos desde que Washington emprendió su «guerra global contra el terror» como respuesta a los ataques de Al Qaeda al World Trade Center y al Pentágono el 11 de septiembre de 2001.
Aquí las cifras resultan perversamente provocativas, puesto que las vidas que se han cobrado los atentados terroristas en el siglo XXI pueden interpretarse como una confirmación del argumento que defiende el declive de la violencia. Desde 2000 hasta 2014, según el sumamente citado Global Terrorism Index, «se han registrado más de 61.000 actos terroristas que han causado más de 140.000 muertes…
¿Por qué Estados Unidos reacciona convirtiéndose en un «Estado de seguridad nacional» cada vez más militarizado, hermético, irresponsable e intervencionista? ¿Es realmente posible que un mosaico de adversarios no estatales que no tienen una gran capacidad armamentística ni siguen las reglas de combate tradicionales —‌como en 2013 declaró el presidente del Estado Mayor Conjunto— haya hecho que el mundo sea más amenazador que nunca?
Para quienes no crean que este sea el caso, las posibles explicaciones de la aceleración de la militarización en Estados Unidos proceden de varias direcciones. La paranoia puede estar inscrita en el ADN de los estadounidenses o en el de la especie humana. O quizá simplemente la histeria anticomunista de la guerra fría ha experimentado una metástasis, convirtiéndose en un miedo patológico al terrorismo después del 11 de septiembre.
La concepción bélica tradicional estadounidense ha tendido a centrarse en las «tres D» (derrotar, destruir, devastar). Desde 1996, la misión declarada del Pentágono es mantener un «dominio de espectro completo» en todos los ámbitos (tierra, mar, aire, espacio e información), y, en la práctica, en todas las partes del mundo accesibles.
La reducción del número de armas nucleares no ha eliminado los medios para destruir la Tierra, tal como la conocemos, varias veces. Tal destrucción puede producirse de manera indirecta o directa, incluso con un relativamente «modesto» intercambio nuclear entre, por ejemplo, India y Pakistán, lo que desencadenaría el cataclismo de un cambio climático —‌un «invierno nuclear»— que podría acabar en hambruna y muerte a nivel global. Tampoco el hecho de que actualmente otras naciones posean armas nucleares (y que además de ellas se considere que otros cuarenta países tienen «capacidad armamentística nuclear»), significa que se haya reforzado la «disuasión». El uso futuro de armas nucleares, bien sea fruto de una decisión deliberada o de un accidente, sigue siendo una posibilidad espeluznante.
La hegemonía de EE.UU., por muy deshilachados que estén sus bordes, sigue dándose por supuesta en los círculos gubernamentales, y no solo en Washington. Y los estrategas del Pentágono siguen defendiendo enfáticamente su misión como un dominio de espectro completo a nivel global. El compromiso de Washington en la modernización de su arsenal nuclear en vez de centrarse en lograr la abolición total de las armas nucleares se ha mostrado inamovible. Lo mismo sucede con la casi religiosa devoción del país por liderar el desarrollo y el despliegue de armas convencionales de destrucción masiva aún más «inteligentes» y sofisticadas.
Como declaró el presidente Obama en su último discurso sobre el estado de la Unión, no hay nadie que se acerque. Nadie que se acerque. Sin duda, para los potenciales adversarios, esto es una provocación.

Todas las grandes naciones reunieron recursos materiales y humanos para la guerra, pero ninguna lo hizo con tanta eficiencia como Estados Unidos. Y solo Estados Unidos —‌favorecido por su poder, pero también por su segura situación geográfica— salió ileso del conflicto, aparte de las bajas de guerra. Nunca se insistirá demasiado en la importancia de este legado en concreto. La segunda guerra mundial no solo sacó a Estados Unidos de la depresión global que se remontaba hasta 1929, sino que hizo que se situase como la nación más próspera del mundo y como la potencia militar más avanzada. Las expectativas del país eran óptimas, y su confianza y pretensión de superioridad moral fueron insuperables.
El número de «naciones con armas nucleares» había aumentado, y entre ellas se contaban países considerados menos estables organizativamente que Estados Unidos.

Un desgraciadamente famoso proyecto de la CIA cuyo nombre en clave era MKUltra, que estuvo en activo desde principios de la década de 1950 hasta 1973, involucró a numerosas instituciones estadounidenses, como universidades y hospitales, en unos experimentos secretos de «control mental» para mejorar las torturas y los interrogatorios. Otros proyectos también conocidos, como la denominada «Operación CAOS», se centraron en la disidencia interna en EE. UU. sobre todo, aunque no exclusivamente, durante la guerra de Vietnam, en las décadas de 1960 y 1970. En este último caso, la justificación era que esos movimientos de protesta reflejaban la influencia extranjera.
En 1987, una organización fundada por varios antiguos funcionarios decepcionados de la CIA, hizo pública una declaración denunciando «las operaciones encubiertas llevadas a cabo por Estados Unidos que mataron, hirieron y aterrorizaron a millones de personas cuyos países no estaban en guerra con el país, ni poseían la capacidad de hacer ningún daño físico de consideración a EE. UU., que no albergaban ninguna mala intención contra el país y eran totalmente ajenos a los asuntos del “comunismo” o del “capitalismo”». Sin ofrecer detalles concretos, estos antiguos operativos arrepentidos afirmaron que «al menos seis millones de personas murieron a consecuencia de las operaciones encubiertas llevadas a cabo por Estados Unidos desde la segunda guerra mundial».
La guerra fría en América Central presenció casi trescientos mil asesinatos en una población de treinta millones de personas, más un millón de refugiados que huyeron de la zona dirigiéndose principalmente Estados Unidos. Basándose en los materiales publicados por la CIA y el Departamento de Estado, así como en otros informes poco empáticos con los regímenes comunistas, este estudioso llegó a la siguiente conclusión: «Entre 1960, cuando los soviéticos ya habían desmantelado los gulag de Stalin, y el desmoronamiento soviético en 1990, las cantidades de presos políticos, víctimas de la tortura, y ejecuciones de disidentes políticos no violentos en América Latina superaron ampliamente las cifras de la Unión Soviética y de sus satélites en la Europa del Este. En otras palabras, entre 1960 y 1990, el bloque soviético en su conjunto fue menos represivo, en términos de vidas humanas, que muchos países latinoamericanos».
Esto no empequeñece los múltiples horrores de la violencia y la opresión soviéticas, pero ayuda a ponerlos en perspectiva.

Lo que sucedió, en las postrimerías del siglo XX, fue el solapamiento explosivo de una serie de acontecimientos. La fijación en el petróleo de Oriente Medio, las visiones apocalípticas del caos en los litorales, la expansión de las bases militares en el extranjero, la aceleración de las intervenciones militares, el pensamiento desiderativo que daba por supuesto que el monopolio de un poder militar sofisticado podía asegurar el dominio de espectro completo o un rápido fait accompli, todo ello hizo que Estados Unidos se adentrase aún más en una región turbulenta que, por sí sola, hacía mucho tiempo que estaba infestada de luchas.
Entre los principales conflictos en el gran Oriente Medio en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial se contaban cuatro guerras entre Pakistán y la India (1947, 1965, 1971 y 1999); la incesante hostilidad y las confrontaciones abiertas entre Israel y las naciones cercanas árabes y musulmanas, así como con los palestinos sin estado (incluyendo las guerras en 1948-1949, 1956, 1967-1970 y 1982); la guerra de la Independencia de Argelia (1954-1962); la guerra civil en Yemen del Sur (desde 1962) y Líbano (desde 1975); la guerra Irán-Irak (1980-1988); el conflicto endémico entre Turquía y los kurdos (especialmente intenso desde 1984 en adelante); y un Afganistán postsoviético aún devastado por los conflictos internos.
Por debajo de estos conflictos que acaparaban los titulares discurría un profundo trasfondo de animosidad tribal, étnica y de identidad religiosa. A los planificadores del Pentágono les atormentaban estas turbulencias, pero el caso fue que quienes formulaban las políticas al máximo nivel no se las tomaron demasiado en serio.
Todo ello preparó el terreno para una nueva época de violencia tras el 11 de septiembre y la declaración estadounidense de una «guerra global contra el terror».

La administración Obama, bajo la cual proliferaron las operaciones especiales, también priorizó una iniciativa de contraterrorismo «quirúrgico» que provocó gran controversia: la de los asesinatos selectivos mediante drones. Hasta la nomenclatura de estas operaciones era siniestra. Las dos «aeronaves teledirigidas» (RPA)* implicadas recibieron el nombre de Predator [predador], y Reaper [segador]; transportaban misiles Hellfire [fuego del infierno], y los objetivos fueron seleccionados en la Casa Blanca a partir de una «lista de objetivos a eliminar».
Las operaciones militares en aproximadamente tres cuartos de todos los estados soberanos del mundo, junto a los asesinatos con alta tecnología incluso en países con los que EE. UU. no estaba en guerra, dieron a entender que el metafórico arco de inestabilidad se había transformado en algo más. ¿Pero en qué? ¿En un océano de inestabilidad? ¿En un desplazamiento de las placas tectónicas geopolíticas que amenazaba con desestabilizar cada confín del mundo?
A mediados de 2014, el Wall Street Journal anunciaba que Estados Unidos se enfrentaba a una «oleada de inestabilidad global» no vista «desde finales de la década de 1970 […] cuando la Unión Soviética invadió Afganistán, los revolucionarios islamistas tomaron el poder en Irán y el sudeste asiático se tambaleaba a consecuencia de la retirada estadounidense de Vietnam». Inicialmente, la formulación del «arco de inestabilidad» minimizaba la posibilidad de conflictos potenciales entre las grandes potencias y se centraba básicamente en zonas de Oriente Medio, África y Asia. Ahora, el miedo al terrorismo islamista, sumado a los «estados fallidos» y a los problemáticos «estados canallas», se complementaba con las perspectivas de amenazas de grandes potencias de una China en ascenso, de una Rusia enérgica y, hasta 2015, un Irán casi nuclearizado.
Esta ansiedad exacerbada se intensificó aún más por el resurgimiento, bajo una nueva apariencia, de un viejo temor tecnológico, nada menos que el fantasma de un «arco de inestabilidad atómico».
En la primera década del siglo XXI, cuarenta y seis países ya poseían uranio para fabricar armas y otras trece naciones, plutonio idóneo para el mismo fin. Según un cálculo muy general, este material fisionable disperso y apto para usos bélicos bastaba para fabricar «más de 200.000 armas nucleares». Añadamos a ello el intento de los terroristas suicidas de comprar, robar o construir una pequeña arma e introducirla ilegalmente (como las drogas), en un país designado y el nuevo equilibro del terror nuclear era, de esta manera retorcida, tan delicado y terrorífico como el viejo.

No hay ninguna razón para imaginar que, al observar toda esta violencia y sufrimiento —‌y todo el caos y el derramamiento de sangre después de 1945 que les precedió— la fe en Estados Unidos como la última y mejor esperanza del mundo se hubiera debilitado. Es fácil imaginarle uniéndose al coro de observadores indiferentes que sostienen que la violencia ha disminuido en comparación con los horrores de la segunda guerra mundial y otras épocas pretéritas y que incluso la muerte, el dolor y la agonía que hemos visto desde el 11-S en realidad reflejan, por parte de Estados Unidos, un encomiable giro tecnológico y psicológico en favor de la precisión, la moderación y la preocupación por evitar víctimas civiles.
En la mística de la virtud excepcional no ha lugar para pensar seriamente en la irresponsabilidad, la provocación, la embriaguez con la fuerza bruta, la paranoia, la soberbia, las acciones temerarias y criminales, y ni siquiera en la negligencia criminal.

A brief and interested book, John Dower has great readability and was able to pack half a century of geopolitical history and development in a small book and put the information in proper context; not American hating nor Americans blissful patriotic ignorance, but an honest look at how the American military machine has been behaving, with its huberistic and volatile nature, and its position in the world.

Despite the abundant rhetoric about Pax Americana popularized during the postwar decades, the United States never exercised anything resembling global hegemony. The Cold War, from 1945 to 1991, witnessed an alarming confrontation between the US and Soviet powers – or, in general terms, between two “camps” or “blocs”, the capitalist and the communist – and even this bipolar classification was a great simplification of a fractured and turbulent world.
Apart from that, despite the dissolution of the Soviet Union in 1991 and the consequent emergence of the United States as the world’s “only superpower,” the 21st century has witnessed innumerable reasons to dismiss the hypothesis of an American century.
Thus, we face a contradictory image of the United States as a rich and spectacularly armed nation with great rhetoric, enormous power, overwhelming arrogance, deep paranoia and deep-rooted defects and pathologies. In spite of everything, the coining of the term “American century” still seems useful to me. For better or for worse, the United States dominates the globe and without having real competition. Its economy has no rival. His prosperity and the ideals he professes are still an inspiration to many. Regardless of how we value its success in its war activities (or in peacekeeping), its magnitude is still impressive. The world has never harbored a state with so many military bases in so many remote countries: more than eight hundred in the second decade of the 21st century, garrisoned by one hundred and fifty thousand soldiers in some seventy nations. The annual US military spending exceeds the total spending of much of the rest of the world. And with regard to the constant maintenance and updating of the most sophisticated instruments of destruction that we can imagine -including in this way allies and potential antagonists to try to maintain peace- the United States, without a doubt, has no rival.

The damages that war, conflict, militarization and purely existential fear inflict on civil society and on democratic practice. This is happening everywhere, but it is most evident in the United States since Washington launched its “global war on terror” in response to the attacks by Al Qaeda on the World Trade Center and the Pentagon on September 11, 2001.
Here the figures are perversely provocative, since the lives that have claimed the terrorist attacks in the 21st century can be interpreted as a confirmation of the argument that defends the decline of violence. From 2000 to 2014, according to the highly cited Global Terrorism Index, “there have been more than 61,000 terrorist acts that have caused more than 140,000 deaths …
Why does the United States react by becoming a “State of national security” increasingly militarized, hermetic, irresponsible and interventionist? Is it really possible that a mosaic of non-state adversaries that do not have a great armament capacity or follow the traditional rules of combat – as in 2013 declared the president of the Joint Chiefs of Staff – has made the world more threatening than ever?
For those who do not believe that this is the case, the possible explanations for the acceleration of militarization in the United States come from several directions. Paranoia can be inscribed in the DNA of Americans or in that of the human species. Or maybe the anti-Communist hysteria of the Cold War has metastasized, becoming a pathological fear of terrorism after September 11.
The traditional American war concept has tended to focus on the “three D’s” (defeat, destroy, devastate). Since 1996, the declared mission of the Pentagon is to maintain a “full spectrum domain” in all areas (land, sea, air, space and information), and, in practice, in all parts of the world accessible.
The reduction of the number of nuclear weapons has not eliminated the means to destroy the Earth, as we know it, several times. Such destruction can occur indirectly or directly, even with a relatively “modest” nuclear exchange between, say, India and Pakistan, which would unleash the cataclysm of a climate change – a “nuclear winter” – that could end in famine and death globally. Nor does the fact that other nations possess nuclear weapons (and that in addition to them other forty countries have “nuclear weapons capabilities”) mean that “deterrence” has been reinforced. The future use of nuclear weapons, whether as a result of a deliberate decision or an accident, remains a frightening possibility.
The hegemony of The United States, no matter how frayed their edges are, continues to be taken for granted in government circles, and not only in Washington. And Pentagon strategists continue to emphatically defend their mission as a full spectrum domain globally. Washington’s commitment to modernizing its nuclear arsenal instead of focusing on achieving the total abolition of nuclear weapons has been immovable. The same is true of the almost religious devotion of the country to lead the development and deployment of conventional weapons of mass destruction even more “intelligent” and sophisticated.
As President Obama declared in his last speech on the state of the Union, there is no one who comes close. Nobody who approaches. No doubt, for potential adversaries, this is a provocation.

All the great nations gathered material and human resources for war, but none did it as efficiently as the United States. And only the United States – favored by its power, but also by its safe geographical situation – emerged unscathed from the conflict, apart from the war casualties. The importance of this legacy in particular can not be overemphasized. The Second World War not only brought the United States out of the global depression that went back to 1929, but also made it the most prosperous nation in the world and the most advanced military power. The expectations of the country were optimal, and their confidence and pretense of moral superiority were insurmountable.
The number of “nations with nuclear weapons” had increased, and among them were countries considered less stable organisationally than the United States.

An unfortunately famous CIA project whose code name was MKUltra, which was active from the early 1950s to 1973, involved numerous US institutions, such as universities and hospitals, in secret “mind control” experiments to improve the tortures and the interrogations. Other well-known projects, such as the so-called “Operation CHAOS”, focused on internal dissidence in the USA. UU especially, though not exclusively, during the Vietnam War, in the 1960s and 1970s. In the latter case, the justification was that these protest movements reflected foreign influence.
In 1987, an organization founded by several deceased former CIA officials issued a statement denouncing “the covert operations carried out by the United States that killed, wounded and terrorized millions of people whose countries were not at war with the country, nor did they possess the ability to do any serious physical harm to EE. UU., Who did not harbor any bad intentions against the country and were totally oblivious to the issues of “communism” or “capitalism.” Without offering concrete details, these former repentant operatives claimed that “at least six million people died as a result of the covert operations carried out by the United States since the Second World War.”
The cold war in Central America witnessed almost three hundred thousand murders in a population of thirty million people, plus a million refugees who fled the area, mainly targeting the United States. Based on the materials published by the CIA and the Department of State, as well as in other inept reports with the communist regimes, this scholar came to the following conclusion: “Between 1960, when the Soviets had already dismantled Stalin’s gulag, and the Soviet collapse in 1990, the numbers of political prisoners, victims of torture, and executions of non-violent political dissidents in Latin America far exceeded the figures of the Soviet Union and its satellites in Eastern Europe. In other words, between 1960 and 1990, the Soviet bloc as a whole was less repressive, in terms of human lives, than many Latin American countries. ”
This does not dwarf the multiple horrors of Soviet violence and oppression, but it helps put them in perspective.

What happened, in the late twentieth century, was the explosive overlap of a series of events. The fixation on the oil of the Middle East, the apocalyptic visions of coastal chaos, the expansion of military bases abroad, the acceleration of military interventions, the desiderative thinking that assumed the monopoly of a sophisticated military power it could ensure complete spectrum control or a quick fait accompli, all this made the United States go further into a turbulent region that, by itself, had been infested with fighting for a long time.
Among the major conflicts in the great Middle East in the decades following the Second World War there were four wars between Pakistan and India (1947, 1965, 1971 and 1999); the incessant hostility and open confrontations between Israel and the nearby Arab and Muslim nations, as well as with the stateless Palestinians (including the wars in 1948-1949, 1956, 1967-1970 and 1982); the War of Independence of Algeria (1954-1962); the civil war in South Yemen (since 1962) and Lebanon (since 1975); the Iran-Iraq war (1980-1988); the endemic conflict between Turkey and the Kurds (especially intense from 1984 onwards); and a post-Soviet Afghanistan still devastated by internal conflicts.
Underneath these conflicts that hoarded the headlines ran a deep background of tribal, ethnic and religious identity animosity. Pentagon planners were tormented by these turbulences, but the fact was that those who formulated the policies at the highest level did not take them too seriously.
All this paved the way for a new era of violence after September 11 and the US declaration of a “global war on terror.”

The Obama administration, under which the special operations proliferated, also prioritized a “surgical” counterterrorism initiative that provoked great controversy: that of selective assassinations by drones. Even the nomenclature of these operations was sinister. The two “remotely piloted aircraft” (RPA) * involved were called Predator [predator], and Reaper [reaper]; They were carrying Hellfire missiles, and the targets were selected in the White House from a “list of targets to be eliminated.”
The military operations in approximately three quarters of all the sovereign states of the world, together with the murders with high technology even in countries with which EE. UU He was not at war, they implied that the metaphorical arc of instability had been transformed into something else. But in what? In an ocean of instability? In a displacement of geopolitical tectonic plates that threatened to destabilize every corner of the world?
In mid-2014, the Wall Street Journal announced that the United States was facing an “unseen wave of global instability” since the late 1970s […] when the Soviet Union invaded Afghanistan, the Islamist revolutionaries took the power in Iran and Southeast Asia was reeling as a result of the US withdrawal from Vietnam ». Initially, the formulation of the “arc of instability” minimized the possibility of potential conflicts between the great powers and focused basically on areas of the Middle East, Africa and Asia. Now, the fear of Islamist terrorism, added to the “failed states” and the problematic “rogue states”, was complemented by the threat perspectives of great powers of a rising China, an energetic Russia and, until 2015, an Iran almost nuclearized.
This exacerbated anxiety was further intensified by the resurgence, under a new appearance, of an old technological fear, nothing less than the ghost of an “arch of atomic instability.”
In the first decade of the 21st century, forty-six countries already possessed uranium to make weapons and another thirteen nations, plutonium suitable for the same purpose. According to a very general calculation, this fissile material dispersed and apt for warlike uses was enough to make “more than 200,000 nuclear weapons”. Add to that the attempt of suicide bombers to buy, steal or build a small weapon and introduce it illegally (like drugs), in a designated country and the new balance of nuclear terror was, in this twisted way, as delicate and terrifying as the old.

There is no reason to imagine that, observing all this violence and suffering – and all the chaos and bloodshed after 1945 that preceded them – faith in the United States as the last and best hope in the world would have weakened. It is easy to imagine joining the chorus of indifferent observers who maintain that the violence has diminished in comparison with the horrors of the Second World War and other past ages and that even the death, pain and agony that we have seen since 9/11 in reality reflect, on the part of the United States, a laudable technological and psychological turn in favor of precision, moderation and concern to avoid civilian victims.
In the mystique of exceptional virtue there is no place to think seriously about irresponsibility, provocation, drunkenness with brute force, paranoia, pride, reckless and criminal actions, and not even in criminal negligence.

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