Crítica De La Víctima — Daniele Giglioli / Critica Della Vittima. Un Esperimento Con L’Etica (Criticism of the Victim) by Daniele Giglioli

Un ensayo lúcido y necesario en tiempos de tensión entre la corrección política y el contragolpe reaccionario. Una crítica en lenguaje postmoderno a las imposturas del pensamiento político postmoderno.
Muy recomendado por un amigo italiano, autor de un importante ensayo sobre la inmadurez como una enfermedad de nuestro tiempo, me pareció realmente esencial comprender los aspectos cruciales y eludidos del presente: “reina la transformación de la imaginación de la víctima en instrumento, y el estigma de impotencia e irresponsabilidad que impacta sobre los dominados “, como explica el autor desde las primeras páginas.

La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable, o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deseo de ser. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos perder, lo que nos han quitado.
La crítica de la víctima no puede hacerse desde el exterior. El resentimiento, la humillación, la debilidad y el chantaje son unos datos primarios de la experiencia general.
La memoria, la obsesión por la memoria; el deber incluso de la memoria, término que en nuestro espíritu público aspira a desbancar, como ha notado Enzo Traverso, a su gemelo/antagonista: la historia. Con respecto a la historia, la memoria es subjetiva, íntima, vivida, no negociable, auténtica –por no decir también verdadera–, amén de absoluta precisamente porque es relativa. Configura una relación con el pasado de tipo inevitablemente propietario: mi pasado, nuestro pasado. La memoria no se escribe sin pronombres ni adjetivos personales. En su centro está el testigo; y el testigo por excelencia es hoy quien lleva inscrito en sí, en el cuerpo antes que en la mente, el peso de los procesos por los que se ha visto afectado: la víctima, pues.
El hecho de estar estructuralmente abiertos a la violencia del otro no es un accidente, sino precisamente eso que nos interpela y constituye como sujetos: «Esta vulnerabilidad identifica al sujeto en cuanto ser susceptible de abuso». Y solo en la aceptación de este dato originario se dibuja y traza el reducido ancho de vía de nuestro poder-hacer so pena del solipsismo ético y de la paranoia por la seguridad, lo que pone radicalmente en discusión la oportunidad misma de poder reaccionar a la violencia con la violencia.

El crítico interpreta síntomas, pero no es un médico que diagnostique ni un cirujano que ampute; es una cobaya que refleja, sobre todo, lo que experimenta en sí mismo. La crítica que no conoce la empatía es brillante pero estéril.
En conclusión, no hay ninguna receta, sino más bien una duda. Hasta aquí llega la crítica. La palabra pasa después a la praxis, y la praxis no se decide ni teóricamente ni por uno mismo.
Louis Althusser, autor de la idea de que la historia es un proceso sin sujeto, regido solo por la geometría variable del nexo entre fuerzas productivas y las relaciones de producción, reconocía que la praxis humana no puede darse en ausencia de ideología, si se entiende por esta la conciencia necesariamente imaginaria de la posición que cada cual ocupa en la realidad. Pero ¿qué verdad se puede edificar sobre lo imaginario?. Está claro que aún nos encontramos en los inicios.

A lucid and necessary trial in times of tension between political correctness and reactionary counter-coup. A criticism in postmodern language to the imposture of postmodern political thought.
Highly recommended by an Italian friend, author of an important essay on immaturity as a disease of our time, I thought it really essential to understand the crucial and eluded aspects of the present: “the transformation of the imagination of the victim into an instrument prevails, and the stigma of impotence and irresponsibility that impacts on the dominated “, as the author explains from the first pages.

The victim is the hero of our time. Being a victim gives prestige, demands listening, promises and fosters recognition, activates a powerful generator of identity, of right, of self-esteem. Immunizes against any criticism, guarantees innocence beyond reasonable doubt. How could the victim be guilty, or responsible for something? The victim has not done, they have done it; it does not act, it suffers. In the victim articulate lack and vindication, weakness and pretension, desire to have and desire to be. We are not what we do, but what we have suffered, what we can lose, what they have taken from us.
Criticism of the victim can not be made from the outside. Resentment, humiliation, weakness and blackmail are primary data of the general experience.
Memory, obsession with memory; the duty even of memory, a term that in our public spirit aspires to unseat, as Enzo Traverso has noted, his twin / antagonist: history. With regard to history, memory is subjective, intimate, lived, non-negotiable, authentic – not to say true -, in addition to absolute precisely because it is relative. Set up a relationship with the past of inevitably owner type: my past, our past. Memory is not written without pronouns or personal adjectives. In its center is the witness; and the witness par excellence is today who has inscribed in himself, in the body before in the mind, the weight of the processes for which he has been affected: the victim, then.
The fact of being structurally open to the violence of the other is not an accident, but precisely that which challenges us and constitutes them as subjects: «This vulnerability identifies the subject as being susceptible to abuse». And only in the acceptance of this original data is drawn and traced the narrow gauge of our power-to do under penalty of ethical solipsism and paranoia for security, which radically puts into discussion the very opportunity to react to the violence with violence.

The critic interprets symptoms, but it is not a doctor who diagnoses or a surgeon who amputates; It is a guinea pig that reflects, above all, what it experiences in itself. Criticism that does not know empathy is brilliant but sterile.
In conclusion, there is no recipe, but rather a doubt. Up to here comes the criticism. The word then passes to praxis, and praxis is decided neither theoretically nor by oneself.
Louis Althusser, author of the idea that history is a process without a subject, ruled only by the variable geometry of the nexus between productive forces and relations of production, recognized that human praxis can not occur in the absence of ideology, if it is understood for this necessarily imaginary awareness of the position that each occupies in reality. But what truth can be built on the imaginary? It is clear that we are still in the beginning.

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