Hambruna Roja. La Guerra De Stalin Contra Ucrania — Anne Applebaum / Red Famine: Stalin’s War on Ukraine by Anne Applebaum

Las señales de advertencia eran abundantes. A principios de la primavera de 1932, los campesinos de Ucrania comenzaron a pasar hambre. Informes de la policía secreta y cartas escritas desde regiones productoras de cereal de toda la Unión Soviética —el Cáucaso septentrional, la región del Volga, Siberia occidental— mencionaban a niños con el estómago hinchado por el hambre, familias que comían hierba y bellotas o campesinos que abandonaban sus hogares en busca de comida. En marzo, una comisión médica encontró cadáveres en las calles de una aldea situada cerca de Odesa. Nadie tenía la fuerza suficiente para enterrarlos. En otra aldea, las autoridades locales trataban de ocultarles la mortandad a los forasteros. Negaban lo que estaba ocurriendo, aunque estuviese sucediendo ante los ojos de los propios visitantes.
Pero la hambruna no la había urdido la burguesía. La desastrosa decisión de la Unión Soviética de obligar a los campesinos a abandonar sus tierras para unirse a las granjas colectivas, el desalojo de los kulaks (los campesinos más ricos) de sus hogares y el caos consiguiente constituyeron políticas, en última instancia responsabilidad de Iósif Stalin, el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), que dejaron a las zonas rurales al borde de la inanición. Durante la primavera y el verano de 1932, muchos colaboradores de Stalin le enviaron mensajes urgentes desde toda la URSS en los que describían la crisis. Los líderes del Partido Comunista de Ucrania estaban especialmente desesperados, y fueron varios los que le escribieron largas cartas para suplicarle ayuda.

Esta es una historia seria y muy rigurosa de los aspectos ucranianos de la hambruna de principios de la década de 1930 en la Unión Soviética.
Anne Applebaum se remonta a la revolución de 1917; la prolongada guerra civil que siguió; El infame papel de Stalin en Tsaritsyn (Stalingrado / Volgogrado) en la adquisición de grano para alimentar a Moscú y otras ciudades del norte; una grave hambruna de 1921 (para la cual se solicitó y recibió ayuda internacional); y la Nueva Política Económica de 1922-28, todas relevantes.
El programa de colectivización de fincas que comenzó en 1928 y la “liquidación” simultánea de los kulaks (campesinos suficientemente prósperos para emplear mano de obra) generalmente se acreditan por haber llevado a la hambruna. Applebaum revisa exhaustivamente los antecedentes de ambos, y agrega de manera absolutamente correcta la consideración de los granos y otros productos agrícolas que fueron requisados ​​no solo para alimentar a las ciudades de rápido crecimiento, sino también para que las exportaciones ganen divisas. Esas exportaciones continuaron durante los años de hambruna.
El hambre en sí está, por supuesto, bien cubierto. Entonces, para gran crédito del libro, son las consecuencias de la hambruna, hasta el presente. La sugerencia de Applebaum de que el impacto de la hambruna en la demografía y el pensamiento político sigue siendo importante hoy en día tanto en Rusia como en Ucrania es probable que se considere como uno de los aspectos más controvertidos del libro, pero su caso está bien documentado.
A diferencia de la hambruna de 1921, la hambruna de la década de 1930, que alcanzó su punto máximo en 1932-33, fue negada sistemáticamente por la Unión Soviética en el escenario internacional. A lo sumo, hubo “escasez aguda de alimentos”, “severidad de los alimentos”, “déficit de alimentos” y “enfermedades debidas a la desnutrición”. El hecho de la hambruna ahora es ampliamente aceptado, y las cifras que murieron en su mayoría fueron sujetas únicamente a pequeñas disputas (Applebaum presenta una estimación de alrededor de 5 millones de ciudadanos soviéticos, de los cuales más de 3,9 millones eran ucranianos), pero la hambruna o no fue dirigido específicamente a la nacionalidad y cultura ucraniana o, alternativamente, a los campesinos como grupo socioeconómico, sigue siendo controvertido y quizás nunca se resuelva.
Una de las razones de la controversia es que si el grupo ucraniano o el grupo campesino fueron atacados específicamente, el cargo de genocidio puede ser puesto en la puerta de Stalin. La evidencia es contradictoria, sin embargo. Ucrania estaba lejos de ser la única república soviética sometida a colectivización de granjas y no fue la única que sufrió una grave escasez de alimentos, ni siquiera una tasa de muerte catastrófica.
Por otro lado, la ‘lista negra’ de fincas, aldeas y distritos enteros de 1932, que cerró todo el comercio, de manera que los habitantes no podían crecer, prepararse ni comprar nada para comer, se aplicó antes, de manera más amplia y rigurosa en Ucrania. En enero de 1933 se cerraron las fronteras de la república, impidiendo el movimiento de los hambrientos fuera de Ucrania; y en febrero se implementó solo en Ucrania una prohibición incondicional de la emisión de cualquier documento de viaje, para que ningún campesino pudiera abandonar su aldea.
Applebaum no adivina dónde se encuentran sus simpatías con respecto a lo que ella ve como un continuo de agresión imperialista de Rusia hacia Ucrania, pero sin embargo hace un trabajo competente y esencialmente imparcial al exponer su historia. Los lectores que aún no están familiarizados con al menos los hechos desnudos de los años de hambruna probablemente estarán profundamente conmocionados. Podemos discutir sobre el genocidio, tal como se define en una resolución de las Naciones Unidas, y a qué grupo, si corresponde, se atacó la hambruna, pero no cabe duda de que hubo una sucesión de crímenes de lesa humanidad y que la responsabilidad última fue de Stalin. .

Anne Applebaum afirma que al menos 5 millones de víctimas murieron de Hambre en toda la Unión Soviética entre 1931 y 1934 entre los 3.9 ucranianos durante el Holodomor o como académicos les gusta llamarlo la Gran Hambruna de 1932-33. Las personas más cercanas al Holodomor, los perpetradores como Stalin y el testigo Walter Duranty del New York Times reclaman 10 millones de víctimas del Holodomor.
Una conferencia celebrada el 4 de octubre de 2016 en la Universidad Nacional de Kiev Taras Shevchenko.
La conferencia certificó y estableció el número de muertes causadas por el Holodomor 1932-1933:
• En la RSS de Ucrania, al menos 7 millones de personas.
• Fuera de las fronteras de UkrSSR: al menos 3 millones, en Kuban, la región de la Tierra Negra Central, la región del Volga y Kazajstán (mi comentario es que la hambruna se produjo principalmente en los territorios etnográficos ucranianos).
Esta conferencia, “Holodomor 1932-1933: pérdidas de la nación ucraniana”, fue organizada por:
• el museo nacional “Memorial de Víctimas de Holodomor”,
• el Instituto de Bellas Artes Maksym Rylsky,
• Folklore y etnología de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania,
• el Instituto Ucraniano de Arqueología y Estudios de Fuentes de Mykhailo Hrushevsky de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania,
• el Comité Público para la Conmemoración de las Víctimas del Genocidio de Holodomor
1932-1933 en Ucrania,
• la Asociación de Investigadores de la Hambruna de Ucrania,
• el “Memorial” de la sociedad ucraniana Vasyl Stus All, y
• La Fundación Ucraniana de Hambre de Genocidio (Chicago, EE. UU.)
Otros testigos creíbles:
• ¡Stalin le dijo a Churchill que 10 millones de personas murieron de hambre en Ucrania!
• En 1934, Walter Duranty, un reportero del New York Times, informó en privado a la embajada británica en Moscú que hasta 10 millones de personas podrían haber muerto, directa o indirectamente, de la hambruna en la Unión Soviética (predominantemente regiones etnográficas ucranianas) en el año anterior.
• Nikita Khrushchev en sus memorias “Khrushchev Remembers” escribe, cita “… No puedo dar una cifra exacta porque nadie contaba. Todo lo que sabíamos era que la gente se estaba muriendo en cantidades enormes. “.
Khrushchev conoce los números. Tuvo relaciones íntimas con Lazar Kaganovich, el Gerente de Proyecto del Proyecto Holodomor; deben haberlo discutido sobre horilka y salo (vodka y fatback). Khrushchev conoció a Lazar Kaganovich tan pronto como en 1917 y cuando en 1925, Kaganovich se convirtió en jefe del Partido en Ucrania, Khrushchev, cayó bajo su patrocinio y, posteriormente, ascendió rápidamente a través de las filas del Partido. Es por eso que tener vínculos estrechos con Kaganovich, Khrushchev y Stalin tenía figuras confiables de Holodomor Famine. Kaganovich sobrevivió con una excelente pensión estatal hasta la buena edad de 97 años. Murió en Moscú en 1991.

Una nueva historia del régimen opresivo de Stalin, que llevó a la muerte por inanición de casi 4 millones de ucranianos entre 1931 y 1934.
A partir de una considerable cantidad de fuentes de archivo, la autora, Applebaum, ganadora del Premio Pulitzer, ofrece una crónica escalofriante, dramática y bien documentada de una hambruna devastadora. Argumenta persuasivamente que la falta de alimentos resultó de una combinación de causas políticas, en lugar de naturales: colectivización forzada, confiscación de alimentos, listas negras duras impuestas en granjas y aldeas, restricciones comerciales. Ucrania era especialmente vulnerable a la opresión: el desdén por la idea misma de un estado ucraniano había sido una parte integral del pensamiento bolchevique incluso antes de la revolución de 1917; Todos los partidos políticos rusos, escribe Applebaum, “compartieron este desprecio” y temieron cualquier señal de un movimiento nacional ucraniano. El hambre también fue un flagelo en la década de 1920; Después del estallido de la Primera Guerra Mundial, un sistema nacionalizado de distribución de alimentos creó caos y escasez. Esa situación empeoró bajo la política de Stalin conocida como “Comunismo de guerra”: “tomar el control del grano, a punta de pistola, y luego redistribuirlo a los soldados, obreros de las fábricas, miembros del partido y otros considerados esenciales por el estado”, y por supuesto para financiar la compra de armas y maquinaria. La colectivización, que obligaba a los agricultores a entregar sus tierras al estado comunista, “destruyó la estructura ética del campo y el orden económico”. Cuando los agricultores se resistieron a entregar sus tierras y propiedades, las brigadas de colectivización “recurrieron a la intimidación y la tortura”. ”Cuando los agricultores se negaron a entregar el grano, fueron castigados como disidentes políticos. Las políticas draconianas de Stalin incluían la eliminación de los eruditos, escritores y líderes políticos de Ucrania y la “destrucción sistemática de la cultura y la memoria de Ucrania”. El hambre era otra forma de represión.

La ausencia de fronteras naturales ayuda a explicar por qué hasta finales del siglo XX los ucranianos fallaron en la labor de establecer un Estado soberano. A finales de la Edad Media ya existía un idioma ucraniano diferenciado, de raíces eslavas, vinculado tanto con el polaco como con el ruso pero distinto de ellos, del mismo modo en que el italiano guarda relación con el español o el francés pero es diferente de ellos. Los ucranianos tenían su propia comida, sus costumbres y sus tradiciones locales, sus propios villanos, héroes y leyendas. Al igual que otras naciones europeas, el sentido de identidad ucraniano se agudizó durante los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, durante la mayor parte de su historia el territorio que hoy en día conocemos como Ucrania fue, al igual que Irlanda o Eslovaquia, una colonia que formaba parte de otros imperios europeos.
Ucrania —el nombre significa «frontera» en ruso y en polaco— perteneció al Imperio ruso entre los siglos XVIII y XX. Con anterioridad, las mismas tierras pertenecieron a Polonia, o más bien a la Mancomunidad de Polonia-Lituania, que en 1569 las heredó del Gran Ducado de Lituania. Aún antes, el territorio ucraniano se encontraba en el corazón del Rus de Kiev, el Estado medieval del siglo IX formado por tribus eslavas y nobles vikingos, y en la región es recordado como un reino casi mítico que los rusos, los bielorrusos y los ucranianos consideran su predecesor.
Para evitar que el movimiento nacional ucraniano creciese, el Estado ruso prohibió a su vez que las organizaciones ucranianas formasen parte de «la sociedad civil y el cuerpo político […] como una garantía contra la inestabilidad política». En 1876, el zar Alejandro II promulgó un decreto que ilegalizaba los libros y las publicaciones ucranianos y que vetaba el uso del ucraniano en los teatros, incluso en los libretos musicales. Además, desincentivó o prohibió las nuevas organizaciones de voluntarios y, en cambio, concedió ayudas a los periódicos y las organizaciones favorables a Rusia.

Hrushevski no fue en modo alguno el único intelectual cuya producción literaria y cultural promovió la soberanía de Ucrania. Heorhi Nárbut, un artista gráfico, también regresó a Kiev en 1917. Ayudó a fundar la Academia de Bellas Artes de Ucrania y diseñó un escudo de armas, billetes y sellos de Ucrania. Volodímir Vinichenko, otro miembro de la Rada Central, era novelista y poeta además de una figura política. Sin soberanía —y sin un auténtico Estado que pudiese apoyar a los políticos y burócratas—, los sentimientos patrióticos solo podían encauzarse a través de la literatura y el arte. Dicha situación se daba en toda Europa; poetas, artistas y escritores habían desempeñado un papel importante en la creación de las identidades nacionales de Polonia, Italia y Alemania antes de que alcanzasen la categoría de estados. Dentro del Imperio ruso, los dos estados bálticos que consiguieron la independencia en 1918, y Georgia y Armenia, que no la alcanzaron, vivieron resurgimientos nacionales parecidos.
La relación entre la comida y el poder era algo que los bolcheviques también entendían perfectamente. Antes, durante y después de la revolución, todos los bandos se dieron cuenta de que la constante escasez de alimentos hacía de la comida una herramienta política de enorme importancia. Quien tuviese pan tenía seguidores, soldados y amigos fieles. Quien no pudiese abastecer a su gente pronto perdería todo apoyo. En 1921, mientras una misión estadounidense de ayuda negociaba su entrada en la Unión Soviética, uno de sus representantes le dijo al mediador soviético Maxim Litvínov (que luego sería ministro de Asuntos Exteriores) que «no venimos a luchar contra Rusia, venimos a alimentar al pueblo». Según un periodista de la misma nacionalidad, Litvínov respondió muy brevemente en inglés: «Sí, pero la comida es un arma…».

La revuelta de los campesinos ucranianos devastó las zonas rurales y creó divisiones que jamás acabarían de cicatrizar. También alteró en profundidad la percepción que los bolcheviques tenían de Ucrania. Si antes habían tendido a menospreciarla como la «Rusia del sudoeste», una provincia sin ningún interés verdadero aparte de sus ricas tierras y su abundante comida, las vivencias de 1919 hicieron que la considerasen como potencialmente peligrosa y volátil, y a los campesinos e intelectuales ucranianos como una amenaza al poder soviético.
El levantamiento también les enseñó a ver a Ucrania como una fuente de futuras amenazas militares, puesto que el caos ahí fue la razón de que la última campaña de Denikin estuviera a punto de triunfar. En agosto, tras el sangriento verano de 1919, Denikin se apoderó de Kiev. Tomó Kursk el 20 de septiembre y Orel el 13 de octubre. Llegó a doscientos kilómetros de Moscú, tan cerca que habría podido ocupar la ciudad. Si Denikin hubiese sellado una alianza con las fuerzas nacionales ucranianas, habría podido derrocar al régimen bolchevique incluso antes de que este hubiera empezado su andadura. Sin embargo, sus políticas agrarias, tan poco populares, su oposición a las instituciones ucranianas y las tácticas brutales de sus oficiales hicieron que los guerrilleros ucranianos atacasen sus líneas de abastecimiento. Su dominio del territorio ucraniano se debilitó con rapidez y acabó retirándose.

La música folclórica inspiraba un apego emocional a Ucrania y traía a la mente recuerdos de la vida rural. No es de extrañar que el Estado soviético quisiera destruirlos.
El ataque conjunto contra los rituales de las iglesias y de las aldeas tenía una justificación ideológica. Los bolcheviques eran ateos comprometidos que creían que las iglesias eran una parte fundamental del antiguo régimen. También eran revolucionarios que querían destruir incuso el recuerdo de otro tipo de sociedad. Las iglesias —donde los aldeanos se habían congregado durante infinidad de décadas o siglos— seguían siendo un poderoso símbolo del vínculo entre el presente y el pasado. En la mayoría de las ciudades rusas y ucranianas, los bolcheviques habían saqueado las iglesias de inmediato; entre 1918 y 1930 cerraron más de diez mil en toda la Unión Soviética, convirtiéndolas en almacenes, cines, museos o garajes. A principios de la década de 1930 quedaban pocas iglesias que funcionasen como lugares de culto. El hecho de que aún siguiesen existiendo en tantas aldeas era una de las razones de que los campesinos pareciesen sospechosos a los ojos de los habitantes de la ciudad, y especialmente a los ojos de los agitadores que se dirigían a las aldeas para encargarse de la colectivización.
Las iglesias también tenían una función social, sobre todo en las aldeas más pobres que apenas contaban con otras instituciones sociales. Ofrecían un lugar de reunión que el Estado no controlaba.
Por sí misma, la colectivización no tendría por qué haber causado una hambruna del calibre de la acontecida en 1932 y 1933, pero los métodos empleados para colectivizar a los campesinos destruyeron tanto la estructura ética de las zonas rurales como su orden económico. Los valores tradicionales —el respeto por la propiedad, la dignidad y la vida humana— desaparecieron. En su lugar, los bolcheviques les inculcaron los rudimentos de una ideología que estaba a punto de volverse letal.

Durante el invierno de 1929 a 1930, en tan solo unos pocos meses, el Estado soviético llevó a cabo una segunda revolución en las zonas rurales, que para muchos fue más profunda y más sorprendente que la propia Revolución de Octubre. Se destituyó, expropió, arrestó o deportó a líderes locales, granjeros competentes, sacerdotes y ancianos de las aldeas de toda la Unión Soviética. En algunas localidades toda la población se vio obligada a renunciar a sus tierras, su ganado y a veces sus hogares para unirse a las granjas colectivas. Destrozaron las iglesias, hicieron pedazos los iconos y rompieron las campanas.
El resultado fue una resistencia rápida, masiva, en ocasiones caótica y a menudo violenta. Pero, a decir verdad, no sería correcto afirmar que la resistencia siguió a la colectivización, ya que varios tipos de resistencia acompañaron a cada una de las fases de la deskulaquización y la colectivización, desde las confiscaciones de cereal de 1928 hasta las deportaciones de 1930 y también en 1931 y 1932, hasta que el hambre y la represión hicieron finalmente que oponer más resistencia fuese imposible.
La rebelión adoptó diferentes formas en sus diferentes fases. La negativa inicial de unirse a las granjas colectivas también fue una forma de resistencia. Numerosos campesinos ucranianos desconfiaban del Estado soviético contra el que habían luchado hacía tan solo diez años. Algunas partes de Ucrania aún se estaban recuperando de la hambruna y la escasez de alimentos de 1929, y como compartir la propiedad de las tierras no era lo tradicional, los campesinos tenían una buena razón para creer que los forasteros empeorarían las cosas en vez de mejorarlas. Los campesinos de toda la Unión Soviética sentían apego por sus vacas, sus caballos y sus aperos, que no querían entregar a una entidad que desconocían. Incluso en Rusia, donde las tierras de labranza comunales sí que formaban parte de la tradición, los campesinos recelaban de las granjas colectivas, pues tenían un futuro incierto y una organización desconocida. El Estado soviético ya había propuesto con anterioridad cambios de políticas acelerados, y en ocasiones los había anulado con la misma rapidez. Algunos recordaban que la desorganización de la guerra civil había llevado a la Nueva Política Económica, que había sido más «razonable», y supusieron que la colectivización no era más que otra moda soviética efímera que pronto caería en el olvido.

Se mire por donde se mire, la cifra de víctimas fue muy elevada; en el transcurso de dos años, 1932 y 1933 —los de la hambruna—, la misma policía secreta soviética encargada de supervisar la hambruna en las zonas rurales arrestó a casi doscientas mil personas en toda la república de Ucrania. Pero, por muy alta que sea esta cifra, subestima el impacto catastrófico de esta purga dirigida a unas instituciones y unos sectores específicos de la sociedad, sobre todo en el ámbito de la enseñanza, la cultura, la religión y la industria editorial. Básicamente, esos doscientos mil representaban una generación entera de ucranianos cultos y patrióticos. En el contexto ucraniano, la escala de esta purga de 1932 y 1933 fue similar a la del «Gran Terror» de 1937 y 1938, que aniquiló a la mayor parte de la cúpula dirigente soviética y que también se llevó por delante a numerosos ucranianos.
Durante los decisivos años de 1932 y 1933 se cerraron instituciones enteras —el instituto pedagógico de Polonia, una escuela secundaria alemana— o se limpiaron íntegramente las plantillas de profesorado y personal. Se cerraron facultades y editoriales, y se despidió a cuarenta empleados de la Biblioteca Nacional de Ucrania por «saboteadores nacional-fascistas».
En 1939, cuando Nikita Jrushchov se convirtió en el primer secretario del partido de Ucrania, las cosas se estabilizaron un poco. Pero para entonces los expertos estaban encarcelados o muertos; ninguno de sus libros ni las gramáticas que habían redactado con tanto esmero volvieron a salir a la luz en la Ucrania soviética.

Mientras que en 1921 el Gobierno soviético había hablado de los campesinos famélicos como víctimas, en 1933 Stalin cambió el vocabulario. Los que se morían de hambre no eran víctimas, sino perpetradores. No eran damnificados, sino los responsables de su horrible destino. Ellos habían causado la hambruna, y por lo tanto merecían morir. Esa valoración traía consigo una conclusión lógica: el Estado tenía motivos para negarse a ayudarlos a mantenerse con vida.
Ese fue el argumento que Stalin defendió durante el resto de su vida. Jamás negó, ni a Shólojov ni a nadie, que los campesinos hubiesen muerto por la hambruna causada por la política estatal de 1933, y desde luego jamás se disculpó por ello. No cabe duda de que leyó las misivas de Shólojov y de que se las tomó lo suficientemente en serio como para responder. Pero nunca admitió que algún elemento importante de su política —ni la colectivización, ni la expropiación de cereal, ni los registros y las extorsiones que habían agravado la hambruna de Ucrania— pudiese haber sido un error.
En el mundo soviético oficial la hambruna ucraniana, al igual que la hambruna soviética más general, no existía. No existía en los periódicos ni en los discursos públicos. Tampoco la mencionaban los líderes nacionales ni los locales, y jamás llegaron a hacerlo. Mientras que la reacción ante la hambruna de 1921 había sido una petición de ayuda internacional que recibió una buena respuesta, la reacción a la de 1933 fue una negación absoluta, tanto en la Unión Soviética como en el extranjero, de la existencia de ninguna escasez de alimentos seria. El objetivo era hacer desaparecer la hambruna, como si nada hubiese ocurrido. En la época anterior a la televisión y a internet, anterior a las fronteras abiertas y a la libertad de movimientos, eso se podía conseguir con mayor facilidad que en el siglo XXI. Pero incluso en 1933 el encubrimiento requirió de un esfuerzo extraordinario por parte de muchísimas personas durante varios años.
La negación organizada de la hambruna empezó temprano, antes incluso de que hubiese comenzado la peor parte. Los promotores tuvieron desde el principio una serie de objetivos diferentes. Dentro de la Unión Soviética el objetivo del encubrimiento era en parte engañar al público soviético, o al menos a quienes desconocían de primera mano la existencia de la hambruna, aunque es probable que en ese aspecto no tuviese éxito.

El sexagésimo aniversario de la hambruna, en el otoño de 1993, fue diferente de todos los anteriores. Dos años antes, Ucrania había elegido a su primer presidente y había votado de manera casi unánime a favor de la independencia; la posterior negativa del Gobierno a firmar un nuevo tratado de unión había precipitado la disolución de la Unión Soviética. El Partido Comunista de Ucrania, en uno de sus últimos actos inolvidables antes de abandonar el poder, había aprobado una resolución que culpaba de la hambruna de 1932 y 1933 al «rumbo criminal seguido por Stalin y su séquito más cercano». Drach y Olínik se habían unido a otros intelectuales para fundar Ruj, un partido político independiente y la primera manifestación legal del movimiento nacional desde la represión de principios de la década de 1930. Por primera vez en la historia, Ucrania era un Estado soberano y la mayor parte del mundo lo reconocía como tal.
En el otoño de 1993 Ucrania ya era libre, como Estado soberano, de debatir sobre su propia historia y conmemorarla.
Iván Drach, el líder de Ruj, pidió que la importancia de la hambruna recibiese un mayor reconocimiento; exigió que los rusos «se mostrasen arrepentidos» y que siguiesen el ejemplo de los alemanes a la hora de reconocer su culpa. Mencionó directamente el Holocausto, señalando que los judíos habían «obligado al mundo entero a admitir su culpa ante ellos». A pesar de que no afirmó que todos los ucranianos hubiesen sido víctimas —«en Ucrania, los saqueadores bolcheviques también movilizaron a vecinos ucranianos»—, sí que utilizó un tinte nacionalista. «La primera lección que se está convirtiendo en una parte integral de la conciencia ucraniana es que a Rusia nunca le ha interesado ni nunca le interesará Ucrania para nada más que la destrucción absoluta de la nación ucraniana».
La hambruna se había reconocido y recordado públicamente. Es más: tras siglos de colonización imperial rusa y décadas de represión soviética, el reconocimiento y la conmemoración se habían producido en una Ucrania soberana. Para bien o para mal, la historia de la hambruna se había convertido en parte de la política y de la cultura contemporánea del país. Los niños la estudiarían en la escuela y los investigadores reconstruirían el relato completo en archivos. Se erigirían monumentos y se escribirían libros. El largo proceso de comprensión, interpretación, perdón, debate y luto estaba a punto de empezar.
Además de tragedias, la historia también ofrece esperanza. Al final Ucrania no fue destruida. Su idioma no desapareció, como tampoco lo hicieron su deseo de independencia y de democracia o de una sociedad más justa, o de un Estado ucraniano que representase de verdad a sus ciudadanos. En cuanto les fue posible, los ucranianos manifestaron esos deseos. Cuando se les permitió hacerlo, en 1991, votaron casi de forma unánime a favor de la independencia. Ucrania, como proclama su himno nacional, no murió.
La hambruna y sus consecuencias dejaron una terrible huella. Pero, a pesar de que las heridas siguen ahí, millones de ucranianos están tratando de curarlas por primera vez desde 1933. Como nación, los ucranianos saben lo que ocurrió en el siglo XX, y ese conocimiento puede ayudar a construir su futuro.

Al libro lo acompaña un anexo de fotografías, muy recomendable.

The warning signs were plentiful. In the early spring of 1932, Ukrainian peasants began to go hungry. Reports from the secret police and letters written from cereal producing regions throughout the Soviet Union – the northern Caucasus, the Volga region, western Siberia – mentioned children with stomachs swollen from hunger, families eating grass and acorns or peasants who left their homes in search of food. In March, a medical commission found corpses in the streets of a village near Odessa. Nobody had the strength to bury them. In another village, local authorities tried to hide the death toll to outsiders. They denied what was happening, even if it was happening in the eyes of the visitors themselves.
But the famine had not been concocted by the bourgeoisie. The disastrous decision of the Soviet Union to force the peasants to abandon their land to join the collective farms, the eviction of the kulaks (the richest peasants) from their homes and the consequent chaos constituted policies, ultimately responsible for Joseph Stalin, the general secretary of the Communist Party of the Soviet Union (CPSU), who left rural areas on the verge of starvation. During the spring and summer of 1932, many of Stalin’s collaborators sent him urgent messages from all over the USSR describing the crisis. The leaders of the Communist Party of Ukraine were especially desperate, and several wrote long letters to beg him for help.

This is a serious, very fully-researched history of Ukrainian aspects of the early 1930s famine in the Soviet Union.
Anne Applebaum looks back to the 1917 revolution; the protracted civil war that followed; Stalin’s infamous role in Tsaritsyn (Stalingrad/Volgograd) in the procurement of grain to feed Moscow and other northern cities; a serious famine of 1921 (for which international relief was requested and received); and the New Economic Policy of 1922-28, all of which are relevant.
The farm collectivization program that began in 1928 and the simultaneous ‘liquidation’ of the kulaks (peasants sufficiently prosperous to employ labor) are generally credited with having led to the famine. Applebaum thoroughly reviews the background to both of those – and absolutely correctly adds the consideration of grain and other farm products having been requisitioned not only to feed the fast-growing cities, but for export to earn hard currency. Those exports continued throughout the famine years.
The famine itself is of course well covered. So, to the book’s great credit, is the famine’s aftermath – right through to the present. Applebaum’s suggestion that the famine’s impact on demography and political thinking remains of significance today in both Russia and Ukraine is likely to be regarded as among the more controversial aspects of the book, but her case is well made.
Unlike the 1921 famine, the 1930s famine – it peaked in 1932-33 – was consistently denied by the Soviet Union on the international stage. At most, there was ‘acute food shortage’, ‘food stringency’, ‘food deficit’ and ‘diseases due to malnutrition’. The fact of the famine is now widely accepted, and the numbers who died mostly subject to only minor quibbles (Applebaum presents an estimate of around 5 million Soviet citizens, of whom rather more than 3.9 million were Ukrainians), but whether or not the famine was specifically targeted at the Ukrainian nationality and culture or, alternatively, at peasants as a socio-economic group, remains controversial, and will perhaps never be resolved.
One reason for the controversy is that if either the Ukrainian or the peasant group were specifically targeted, the charge of genocide can be laid at Stalin’s door. The evidence is contradictory, however. Ukraine was far from being the only Soviet republic subjected to farm collectivization and it was not the only one to suffer severe shortage of food, or even a catastrophic death rate.
On the other hand, the late 1932 ‘blacklisting’ of farms, villages and whole districts, shutting down all trade, such that the inhabitants could not grow, prepare or purchase anything at all to eat, was applied earlier, more widely and most rigorously in Ukraine. In January 1933 the republic’s borders were closed, preventing movement of the starving out of Ukraine; and in February an unconditional ban on the issue of any travel document, so that no peasants could leave their village, was implemented in Ukraine alone.
Applebaum makes no riddle of where her sympathies lie with respect to what she sees as a continuum of imperialist aggression by Russia towards Ukraine, but she nevertheless does a competent and essentially even-handed job of setting out her story. Readers not already familiar with at least the bare facts of the famine years are likely to be deeply shocked. We can argue about genocide – as defined by a United Nations resolution – and at which group, if any, the famine was targeted, but there can be no question about there having been a succession of crimes against humanity and that the ultimate responsibility was Stalin’s.

Anne Applebaum claims at least 5 million victims perished of Hunger across the Soviet Union between 1931 and 1934 among then 3.9 Ukrainians during the Holodomor or as academics like to call it the Great Famine of 1932-33. The people closest to the Holodomor, the perpetrators such as Stalin and the witness Walter Duranty of the New York Times all claim 10 million victims of the Holodomor.
A conference held on October 4, 2016 in Taras Shevchenko National University of Kyiv.
The conference certified and established the number of deaths caused by the Holodomor 1932-1933:
• In the Ukrainian SSR, at least 7 million people.
• Outside the borders of UkrSSR –at least 3 million, in Kuban, the Central Black Earth region, the Volga region and Kazakhstan (my comment, the famine was in predominantly Ukrainian ethnographic territories).
This conference, “Holodomor 1932-1933: losses of the Ukrainian nation”, was organized by:
• the National museum “Holodomor Victims Memorial”,
• the Maksym Rylsky Institute of Fine Arts,
• Folklore and Ethnology of the National Academy of Sciences of Ukraine,
• the Mykhailo Hrushevsky Ukrainian Institute of Archaeology and Source Studies of the National Academy of Sciences of Ukraine,
• the Public Committee for the Commemoration of the Victims of Holodomor Genocide
1932-1933 in Ukraine,
• the Association of Famine Researchers of Ukraine,
• the Vasyl Stus All Ukrainian Society “Memorial”, and
• the Ukrainian Genocide Famine Foundation (Chicago, USA)
Other credible witnesses:
• Stalin told Churchill that 10 million starved to death in Ukraine!
• In 1934 Walter Duranty, a reporter for the New York Times, privately reported to the British embassy in Moscow that as many as 10 million people may have died, directly or indirectly, from the famine in the Soviet Union (predominantly Ukrainian ethnographic regions) in the previous year.
• Nikita Khrushchev in his memoirs “Khrushchev Remembers” writes, quote“…I can’t give an exact figure because no one was keeping count. All we knew was that people were dying in enormous numbers. ”.
Khrushchev knows the numbers. He had intimate dealings with Lazar Kaganovich, the Project Manager of the Holodomor Project; they must have discussed it over horilka and salo (vodka and fatback). Khrushchev met Lazar Kaganovich as early as 1917 and when in 1925, Kaganovich became Party head in Ukraine, Khrushchev, fell under his patronage and thereafter rose rapidly through the Party ranks. That is why having close links to Kaganovich, Khrushchev as well as Stalin had reliable Holodomor Famine figures. Kaganovich survived on a excellent state pension to the good old age of 97. He died in Moscow in 1991.

A new history of the oppressive regime of Stalin, which led to the death by starvation of almost 4 million Ukrainians between 1931 and 1934.
From a considerable amount of archive sources, the author, Applebaum, winner of the Pulitzer Prize, offers a chilling, dramatic and well-documented chronicle of a devastating famine. He persuasively argues that the lack of food resulted from a combination of political rather than natural causes: forced collectivization, confiscation of food, hard black lists imposed on farms and villages, trade restrictions. Ukraine was especially vulnerable to oppression: disdain for the very idea of ​​a Ukrainian state had been an integral part of Bolshevik thought even before the revolution of 1917; All Russian political parties, writes Applebaum, “shared this contempt” and feared any sign of a Ukrainian national movement. Hunger was also a scourge in the 1920s; After the outbreak of World War I, a nationalized system of food distribution created chaos and scarcity. That situation worsened under Stalin’s policy known as “War Communism”: “take control of the grain, at gunpoint, and then redistribute it to the soldiers, factory workers, party members and others considered essential by the state. “, and of course to finance the purchase of weapons and machinery, collectivization, which forced farmers to give their lands to the communist state,” destroyed the ethical structure of the countryside and the economic order. “When farmers resisted To surrender their land and property, the collectivization brigades “resorted to intimidation and torture.” “When the farmers refused to deliver the grain, they were punished as political dissidents. Stalin’s draconian policies included the elimination of Ukrainian scholars, writers and political leaders and the “systematic destruction of Ukraine’s culture and memory.” Hunger was another form of repression.

The absence of natural borders helps explain why, until the end of the 20th century, Ukrainians failed to establish a sovereign state. At the end of the Middle Ages there was already a differentiated Ukrainian language, with Slavic roots, linked to both Polish and Russian but different from them, in the same way that Italian is related to Spanish or French but is different from they. The Ukrainians had their own food, their customs and local traditions, their own villains, heroes and legends. Like other European nations, the sense of Ukrainian identity was sharpened during the eighteenth and nineteenth centuries. However, for most of its history the territory that we now know as Ukraine was, like Ireland or Slovakia, a colony that was part of other European empires.
Ukraine – the name means “frontier” in Russian and Polish – belonged to the Russian Empire between the eighteenth and twentieth centuries. Previously, the same lands belonged to Poland, or rather to the Commonwealth of Poland-Lithuania, which in 1569 inherited them from the Grand Duchy of Lithuania. Even before, the Ukrainian territory was in the heart of Kievan Rus, the medieval state of the ninth century formed by Slavic tribes and noble Vikings, and in the region is remembered as an almost mythical kingdom that the Russians, Belarusians and Ukrainians consider their predecessor.
To prevent the Ukrainian national movement from growing, the Russian state in turn forbade the Ukrainian organizations to be part of “civil society and the body politic […] as a guarantee against political instability”. In 1876, Tsar Alexander II issued a decree that outlawed Ukrainian books and publications and vetoed the use of Ukrainian in theaters, even in musical scripts. In addition, it discouraged or banned new volunteer organizations and, in turn, granted aid to newspapers and organizations favorable to Russia.

Hrushevski was by no means the only intellectual whose literary and cultural production promoted the sovereignty of Ukraine. Heorhi Nárbut, a graphic artist, also returned to Kiev in 1917. He helped found the Academy of Fine Arts of Ukraine and designed a coat of arms, banknotes and stamps of Ukraine. Volodímir Vinichenko, another member of the Central Rada, was a novelist and poet as well as a political figure. Without sovereignty-and without an authentic state that could support politicians and bureaucrats-patriotic sentiments could only be channeled through literature and art. This situation occurred throughout Europe; poets, artists and writers had played an important role in the creation of the national identities of Poland, Italy and Germany before they reached the category of states. Within the Russian Empire, the two Baltic states that achieved independence in 1918, and Georgia and Armenia, which did not achieve it, experienced similar national revivals.
The relationship between food and power was something that the Bolsheviks also understood perfectly. Before, during and after the revolution, all sides realized that the constant scarcity of food made food a political tool of enormous importance. Whoever had bread had followers, soldiers and faithful friends. Whoever could not supply his people would soon lose all support. In 1921, while a US aid mission negotiated its entry into the Soviet Union, one of its representatives told the Soviet mediator Maxim Litvínov (who would later be foreign minister) that “we did not come to fight against Russia, we came to feed the village”. According to a journalist of the same nationality, Litvínov answered very briefly in English: “Yes, but food is a weapon …”.

The revolt of the Ukrainian peasants devastated rural areas and created divisions that would never end up healing. It also profoundly altered the perception that the Bolsheviks had of Ukraine. If before they had tended to despise it as the “southwestern Russia”, a province without any real interest other than its rich lands and abundant food, the experiences of 1919 made them consider it as potentially dangerous and volatile, and to the Ukrainian peasants and intellectuals. as a threat to the Soviet power.
The uprising also taught them to see Ukraine as a source of future military threats, since the chaos there was the reason that Denikin’s last campaign was about to triumph. In August, after the bloody summer of 1919, Denikin seized Kiev. He took Kursk on September 20 and Orel on October 13. He came two hundred kilometers from Moscow, so close that he could have occupied the city. If Denikin had sealed an alliance with the Ukrainian national forces, he would have been able to overthrow the Bolshevik regime even before it had begun its journey. However, his unpopular agrarian policies, his opposition to the Ukrainian institutions and the brutal tactics of his officers caused the Ukrainian guerrillas to attack their supply lines. His domination of the Ukrainian territory quickly weakened and he eventually retreated.

Folk music inspired an emotional attachment to Ukraine and brought to mind memories of rural life. It is not surprising that the Soviet state wanted to destroy them.
The joint attack on the rituals of churches and villages had an ideological justification. The Bolsheviks were committed atheists who believed that churches were a fundamental part of the old regime. They were also revolutionaries who wanted to destroy even the memory of another type of society. The churches-where the villagers had congregated for countless decades or centuries-remained a powerful symbol of the link between the present and the past. In most Russian and Ukrainian cities, the Bolsheviks had looted the churches immediately; between 1918 and 1930 they closed more than ten thousand in the whole Soviet Union, turning them into stores, cinemas, museums or garages. At the beginning of the 1930s there were few churches that functioned as places of worship. The fact that they still existed in so many villages was one of the reasons that the peasants seemed suspicious to the eyes of the inhabitants of the city, and especially in the eyes of the agitators who went to the villages to take charge of the collectivization .
The churches also had a social function, especially in the poorest villages that hardly had other social institutions. They offered a meeting place that the State did not control.
By itself, collectivization would not have caused a famine of the caliber of the events of 1932 and 1933, but the methods used to collectivize the peasants destroyed both the ethical structure of rural areas and their economic order. Traditional values ​​- respect for property, dignity and human life – disappeared. Instead, the Bolsheviks instilled in them the rudiments of an ideology that was about to become lethal.

During the winter of 1929 to 1930, in just a few months, the Soviet State carried out a second revolution in rural areas, which for many was deeper and more surprising than the October Revolution itself. He was removed, expropriated, arrested or deported local leaders, competent farmers, priests and village elders throughout the Soviet Union. In some localities the entire population was forced to give up their land, their livestock and sometimes their homes to join the collective farms. They destroyed the churches, smashed the icons and broke the bells.
The result was rapid, massive resistance, sometimes chaotic and often violent. But, to tell the truth, it would not be correct to affirm that the resistance followed collectivization, since several types of resistance accompanied each of the phases of the deskewization and collectivization, from the confiscations of grain from 1928 to the deportations of 1930 and also in 1931 and 1932, until hunger and repression finally made opposing more resistance impossible.
The rebellion took different forms in its different phases. The initial refusal to join the collective farms was also a form of resistance. Numerous Ukrainian peasants distrusted the Soviet state against which they had fought only ten years ago. Some parts of Ukraine were still recovering from the famine and food shortages of 1929, and as sharing land ownership was not traditional, peasants had good reason to believe that outsiders would make things worse rather than better. . The peasants of the entire Soviet Union felt attachment for their cows, their horses and their implements, which they did not want to give to an entity they did not know. Even in Russia, where the communal farmlands were part of the tradition, the peasants were suspicious of the collective farms, as they had an uncertain future and an unknown organization. The Soviet state had previously proposed changes in accelerated policies, and had sometimes canceled them as quickly. Some recalled that the disorganization of the civil war had led to the New Economic Policy, which had been more “reasonable,” and assumed that collectivization was just another ephemeral Soviet fad that would soon fall into oblivion.

Whichever way you look at it, the number of victims was very high; In the course of two years, 1932 and 1933 – those of famine – the same Soviet secret police in charge of supervising the famine in rural areas arrested almost two hundred thousand people throughout the Republic of Ukraine. However, however high this figure may be, it underestimates the catastrophic impact of this purge aimed at institutions and specific sectors of society, especially in the field of education, culture, religion and the publishing industry. Basically, those two hundred thousand represented a whole generation of educated and patriotic Ukrainians. In the Ukrainian context, the scale of this purge of 1932 and 1933 was similar to that of the “Great Terror” of 1937 and 1938, which annihilated most of the leading Soviet leadership and also took away many Ukrainians.
During the decisive years of 1932 and 1933, entire institutions were closed – the Polish pedagogical institute, a German secondary school – or the faculty and staff staff were completely cleaned up. Faculties and editorials were closed, and forty employees of the National Library of Ukraine were fired for “national-fascist saboteurs”.
In 1939, when Nikita Khrushchev became the first secretary of the Ukrainian party, things stabilized a bit. But by then the experts were imprisoned or dead; none of his books or the grammars they had written so carefully returned to light in Soviet Ukraine.

Whereas in 1921 the Soviet government had spoken of famished peasants as victims, in 1933 Stalin changed the vocabulary. Those who died of hunger were not victims, but perpetrators. They were not harmed, but responsible for their horrible fate. They had caused the famine, and therefore deserved to die. That valuation brought with it a logical conclusion: the State had reasons to refuse to help them stay alive.
That was the argument that Stalin defended for the rest of his life. He never denied, either to Sholokhov or anyone, that the peasants had died from the famine caused by the state policy of 1933, and he certainly never apologized for it. There is no doubt that he read Sholokhov’s letters and that he took them seriously enough to respond. But he never admitted that some important element of his policy-not collectivization, not the expropriation of grain, or the records and extortion that had aggravated the famine in Ukraine-could have been a mistake.
In the official Soviet world the Ukrainian famine, like the more general Soviet famine, did not exist. It did not exist in newspapers or public speeches. Neither did the national or local leaders mention it, and they never did. While the reaction to the famine of 1921 had been a request for international aid that received a good response, the reaction to the 1933 was an outright denial, both in the Soviet Union and abroad, of the existence of any shortage of aid. Serious food. The goal was to make the famine disappear, as if nothing had happened. In the era before television and the Internet, before open borders and freedom of movement, this could be achieved more easily than in the 21st century. But even in 1933 the cover-up required an extraordinary effort on the part of many people for several years.
The organized denial of the famine began early, even before the worst part had begun. The promoters had a series of different objectives from the beginning. Within the Soviet Union the objective of concealment was partly to deceive the Soviet public, or at least those who did not know first-hand the existence of the famine, although it is probable that in that aspect it did not succeed.

The sixtieth anniversary of the famine, in the fall of 1993, was different from all previous ones. Two years earlier, Ukraine had elected its first president and had voted almost unanimously in favor of independence; The subsequent refusal of the Government to sign a new union treaty had precipitated the dissolution of the Soviet Union. The Communist Party of Ukraine, in one of its last unforgettable acts before leaving power, had passed a resolution blaming the famine of 1932 and 1933 on the “criminal course followed by Stalin and his closest entourage.” Drach and Olínik had joined other intellectuals to found Ruj, an independent political party and the first legal manifestation of the national movement since the repression of the early 1930s. For the first time in history, Ukraine was a sovereign state and the most of the world recognized it as such.
In the fall of 1993, Ukraine was already free, as a sovereign State, to debate its own history and commemorate it.
Ivan Drach, Ruj’s leader, asked that the importance of the famine receive greater recognition; he demanded that the Russians “be repentant” and that they follow the example of the Germans when it comes to recognizing their guilt. He directly mentioned the Holocaust, noting that the Jews had “forced the entire world to admit their guilt to them.” Although he did not claim that all Ukrainians had been victims – “in Ukraine, the Bolshevik looters also mobilized Ukrainian neighbors” – he did use a nationalist tinge. “The first lesson that is becoming an integral part of the Ukrainian conscience is that Russia has never been interested or will never be interested in Ukraine for anything other than the absolute destruction of the Ukrainian nation.”
The famine had been publicly acknowledged and remembered. What’s more, after centuries of Russian imperial colonization and decades of Soviet repression, recognition and commemoration had taken place in a sovereign Ukraine. For better or for worse, the history of famine had become part of the politics and contemporary culture of the country. The children would study it in school and the researchers would reconstruct the whole story in archives. Monuments would be erected and books would be written. The long process of understanding, interpretation, forgiveness, debate and mourning was about to begin.
In addition to tragedies, history also offers hope. In the end, Ukraine was not destroyed. Their language did not disappear, nor did their desire for independence and democracy or a more just society, or of a Ukrainian State that truly represented its citizens. As soon as possible, the Ukrainians expressed their wishes. When they were allowed to do so, in 1991, they voted almost unanimously in favor of independence. Ukraine, as proclaimed its national anthem, did not die.
The famine and its consequences left a terrible mark. But, despite the fact that the wounds are still there, millions of Ukrainians are trying to cure them for the first time since 1933. As a nation, Ukrainians know what happened in the 20th century, and that knowledge can help build their future.

The book is accompanied by an annex of photographs, highly recommended.

Un pensamiento en “Hambruna Roja. La Guerra De Stalin Contra Ucrania — Anne Applebaum / Red Famine: Stalin’s War on Ukraine by Anne Applebaum

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