Gulag: Historia De Los Campos De Concentración Soviéticos — Anne Applebaum / Gulag: A History by Anne Applebaum

Una magnífica obra, el trabajo es a la vez masivo y completo, que trata no solo de las formas en que el Gulag surgió y luego prosperó bajo el patrocinio activo de Lenin y Stalin, sino también de una gran cantidad de aspectos de la vida dentro del Gulag, que van desde sus leyes. , costumbres, folklore y moralidad por un lado a su jerga, costumbres sexuales y cocina por el otro. Ella observa a los prisioneros y cómo interactuaron entre sí con las relaciones entre los prisioneros y los muchos tipos de guardias y carceleros que los mantuvieron encarcelados. Porque lo que obligó al Gulag a convertirse en un elemento más o menos permanente dentro del sistema soviético fue su valor económico en la producción de bienes y servicios comercializables tanto dentro de la economía soviética en general como en el comercio internacional. Como lo hace hoy en China, el trabajo forzoso dentro del Gulag para los soviéticos representó un elemento clave en la expansión de los mercados para productos de fabricación soviética que van desde lámparas hasta esos sombreros de piel prototípicamente rusos.
El Gulag surgió como resultado del ardiente deseo de las elites comunistas de purgar los vestigios de los aspectos de la burguesía de la cultura soviética, y su consecuente necesidad de un agujero oscuro y profundo para meter a los ofensores culturales desafortunados y eliminarlos de forma semipermanente del frente de la sociedad soviética. Stalin encontró útil expandir los usos del sistema de campamentos para mejorar el crecimiento industrial, y los campamentos se inundaron con millones de soviéticos a los que les faltaba en términos de su idoneidad definitiva para la vida cotidiana en el paraíso de los trabajadores. Así, el Gulag floreció a lo largo de los años 1920 y 1930 e incluso durante los años de la Segunda Guerra Mundial, cuando el trabajo esclavo proporcionó una ayuda invaluable en la producción de suficientes bienes de guerra para ayudar a derrotar a los poderes del Eje. En los años cumbre de la cultura Gulag en la década de 1950, el archipiélago se extendía hasta las doce zonas horarias de la Unión Soviética, aunque estaba concentrado en gran medida en los aspectos más septentrionales y menos habitables de las vastas áreas geográficas del país.
Uno de los aspectos más interesantes y ciertamente más controvertidos del libro se puede encontrar en su consideración de la relativa oscuridad con la que se ha tratado hasta la fecha la existencia y los horrores asociados con el Gulag. En comparación con la población judía del Holocausto de Europa, mucho más ampliamente investigada y discutida, perpetrada por el Tercer Reich nazi durante un período de doce años, casi no se sabe nada acerca del casi setenta reinado del Gulag. Dada la desaparición bastante reciente del estado soviético y la disponibilidad creciente de datos que revelan los detalles de la existencia del sistema soviético de encarcelamiento político, campos de trabajos forzados y ejecuciones sumarias, se espera que esté documentado de forma masiva, con detalles exhaustivos y escritos de manera memorable. el trabajo servirá como el estándar en el campo durante las próximas décadas. Este es un excelente libro, y se lo recomiendo a cualquier estudiante serio de la historia del siglo XX.

1. Está muy bien investigado. Desde la primera hasta la última página, se puede ver de inmediato que Anne Applebaum trabajó extremadamente duro para recopilar la información que entrega al buscar en los archivos soviéticos antiguos, pero también en todo tipo de recuerdos publicados de los sobrevivientes de Gulag. Anne Applebaum no es una escritora muy prolífica, ya que publicó hasta ahora solo tres libros (uno en 1996, uno en 2003 y otro en 2012), porque claramente se da tiempo para trabajar su documentación y el tema de manera amplia y exhaustiva. ¡Y eso nos muestra!
2. Está lleno de información concreta, datos e historias reales. La autora se reunió mucho durante su investigación, y luego se la devolvió a sus lectores. En 624 páginas densamente impresas en edición de tapa dura, este es un libro enorme, pero aquí no hay relleno. Este libro proporciona al lector información completa, datos reales y pruebas sólidas, no retóricas y búsquedas del alma.
3. Está bien organizado y bien escrito. “Gulag” es una historia y, por lo tanto, sigue la línea de tiempo de la esclavitud en la Unión Soviética y el sistema de campos de concentración que se creó para gestionarla. Esta estructura clara, combinada con una escritura muy hábil, hace que este libro sea mucho más fácil de leer que uno podría esperar. Una vez más, si Anne Applebaum publica sus libros con poca frecuencia, es evidente que pule el producto final hasta que alcanza el nivel de calidad más alto. ¡Y eso nos muestra!
4. Deja mucho lugar a los recuerdos de los sobrevivientes. Una de las cosas sorprendentes que descubrí en este libro fue el gran número de testimonios de sobrevivientes del gulag que de alguna manera se enviaron desde la URSS y se publicaron en inglés en los años 20 y 30, por lo que la verdad sobre la naturaleza profunda del sistema soviético y el hecho que la esclavitud fue restablecida por el gobierno soviético para algunas categorías de población que ya se conocía incluso antes del Gran Terror en 1937-38, pero a nadie en las potencias occidentales (y especialmente entre los intelectuales) les importaba o les importaba y, por lo tanto, esas palabras de verdad fallaron para hacer cualquier impacto !! Bueno, aquí al menos el autor hace que las voces de las víctimas sean escuchadas, demasiado tarde, pero al menos es mejor que nada.
5. Se respeta a todos aquellos que resistieron, se rebelaron y / o escaparon de la esclavitud comunista. La mayoría de esas historias reales terminaron mal, muy mal, pero esta es solo una razón más por la que se deben recordar esos respiraderos.
6. Es despiadado al describir los horribles sufrimientos de los esclavos y las alucinantes dimensiones de la cifra de muertos de la esclavitud soviética, PERO también es de tono moderado, evitando cuidadosamente la exageración. Y este es un bien precioso.
7. Entrega información que antes era desconocida o, al menos, no publicada en inglés. Entre los nuevos hechos más importantes está la descripción de las reformas de Beria, que introdujo inmediatamente después de la muerte de Stalin. Fue para mí una revelación completa que este hombre monstruoso, a quien Stalin llamó “Nuestro Himmler” y que se conocía entre otras cosas por secuestrar y violar a mujeres por diversión, ¡se convirtió en 1953 en un reformador incluso más radical que Gorbatchev en los años 80! Y muestra a Khrushchev y Malenkov golpeando a Beria bajo una luz completamente diferente …
8. Ofrece un capítulo de cierre muy interesante, que te dejaré descubrir principalmente por ti mismo, pero que también incluye una observación muy poderosa: ¡el Gulag todavía EXISTE HOY! Ya no en Rusia, gracias a Dios, sino en China (el “laogai”) y especialmente en Corea del Norte, que en realidad se puede describir como un país entero convertido en un gigantesco campo de concentración … Y, lamentablemente, es tan cierto hoy en día, en agosto de 2013 como lo fue en 2003 cuando se publicó este libro.
Incluso si ya leí hace mucho tiempo “El archipiélago Gulag” de Aleksandr Solzhenitsyn y “Un mundo aparte” de Gustaw Herling-Grudzinski (dos mejores libros sobre Gulags) Todavía aprendí mucho de esto Libro, que es más estructurado y más preciso que el trabajo de Solzhenitsyn y más completo que los recuerdos de Herling-Grudzinski. Anne Applebaum también tuvo acceso a más datos que los dos autores, y por lo tanto estaba en una posición mucho mejor para escribir una historia real sobre cómo Lenin y Trotsky restablecieron la esclavitud inmediatamente después de la Revolución, cómo Stalin expandió la esclavitud oficial durante todo el año. su reinado y cómo sus sucesores lo dejaron marchitar y morir lentamente, ya que su ineficiencia económica se demostró con total claridad.

En pocas palabras, este es un libro poderoso, extremadamente precioso, para comprar, leer, guardar y pasar a sus hijos. No puedo desear que lo disfrutes, porque describe una pesadilla abominable y es desgarrador, pero leerlo te marcará para siempre y te hará pensar en demasía.

Gulag, es decir, una historia de la amplia red de campos de trabajo que en su día estuvieron desperdigados a lo largo y ancho de la Unión Soviética: desde las islas del mar Blanco hasta las orillas del mar Negro, desde el Círculo Polar Ártico hasta las planicies de Asia central, desde Múrmansk y Vorkutá hasta Kazajstán, desde el centro de Moscú hasta los suburbios de Leningrado. Literalmente Gulag es el acrónimo de Glávnoe Upravlenie Lagueréi, o Dirección General de los Campos. Con el tiempo, la palabra «Gulag» ha llegado a designar no solo la dirección de los campos de concentración, sino también el propio sistema soviético de trabajo esclavo en todas sus formas y variedades: campos de trabajo, campos de castigo, campos para delincuentes comunes y para presos políticos, campos para mujeres, campos para niños, campos de tránsito. Aún con más amplitud, Gulag ha acabado por designar el propio sistema represivo soviético, el conjunto de procedimientos que los prisioneros solían llamar la «trituradora de carne».
Los campos tenían un gran movimiento. Aunque los arrestos eran constantes, también lo eran las liberaciones. Los prisioneros eran puestos en libertad por diferentes motivos: porque cumplían su sentencia, porque ingresaban en el Ejército Rojo, porque eran inválidos, porque se trataba de mujeres con niños pequeños, o porque habían sido ascendidos a guardias. Por consiguiente, el número total de prisioneros en los campos generalmente rondaba los dos millones, pero el número total de ciudadanos soviéticos que habían tenido alguna experiencia en los campos, como presos políticos o comunes, era bastante más elevado. Desde 1929, cuando comenzó la gran expansión del Gulag, hasta 1953, año en que murió Stalin, las estimaciones más precisas indican que unos 18 000 000 de personas pasaron por este sistema masivo. Cerca de 6 000 000 fueron enviadas al exilio, deportadas a los desiertos de Kasaj o a los bosques siberianos.
Como el Gulag, el sistema de destierro de los zares no fue creado exclusivamente como una forma de castigo. Los gobernantes de Rusia también deseaban que los desterrados, tanto comunes como políticos, resolvieran un problema económico que los había mortificado durante siglos: la falta de población del extremo oriente y el norte boreal de territorio ruso, y el consiguiente fracaso del imperio ruso en explotar sus recursos naturales. Con esto en mente, el Estado ruso comenzó ya en el siglo XVIII a condenar a algunos de sus prisioneros a trabajos forzados —una forma de pena que comenzó a llamarse
la katorga (de la palabra griega kateirgon, forzar). La katorga tiene una larga tradición rusa. A comienzos del siglo XVIII, Pedro I había empleado convictos y siervos para construir caminos, fortificaciones, fábricas, embarcaciones y la propia ciudad de San Petersburgo. En 1722 dio una directriz que enviaba al destierro a los delincuentes, junto con sus esposas e hijos, a las cercanías de las minas de Daurya, en Siberia oriental.

Si el Gulag es parte integral de la historia rusa y soviética, es inseparable de la historia europea: la Unión Soviética no fue el único país europeo del siglo XX en desarrollar un orden social totalitario ni en construir un sistema de campos de concentración.
El primer campo de concentración moderno no se estableció en Alemania o en Rusia, sino en la Cuba colonial, en 1895. En ese año, en un intento por acabar con una serie de levantamientos locales, la España imperial comenzó a organizar la política de «reconcentración», con el fin de erradicar a los campesinos cubanos de sus tierras y «reconcentrarlos» en campos, con lo cual los insurgentes se verían desprovistos de alimento, refugio y apoyo. Hacia 1900, el término «reconcentración» había sido traducido al inglés, y era empleado para describir un proyecto británico similar, iniciado por razones parecidas, durante la guerra de los bóers en Suráfrica: los civiles bóers eran «concentrados» en campos, para privar a los combatientes bóers de refugio y apoyo.
La existencia de dos categorías de presos: políticos y comunes, tuvo un efecto profundo en la formación del sistema penal soviético. La división surgió de manera espontánea, en reacción al caos del sistema penitenciario existente. En los primeros días de la revolución, todos los prisioneros estaban confinados bajo la jurisdicción de los ministerios judiciales «tradicionales», primero el Comisariado de Justicia, después el Comisariado del Interior, y ubicados en el sistema penal «ordinario». Esto es, arrojados a las sucias y sombrías prisiones de piedra, reliquias del sistema zarista, que por lo general ocupaban un lugar céntrico en toda ciudad importante.
Cuando los bolcheviques se hicieron cargo de ellas, las pocas prisiones que quedaban en funcionamiento eran inadecuadas y estaban atestadas. Solo semanas después de la revolución, el propio Lenin exigió «medidas extremas para la mejora inmediata de la provisión de alimentos de las cárceles de Petrogrado».
Ni siquiera en sus campos de destino especial la Checa podía controlar a sus prisioneros de destino especial. Tampoco podía impedir que las noticias sobre ellos llegaran al mundo exterior. Resultaba evidente que era necesaria otra solución, tanto para ellos como para otros díscolos contrarrevolucionarios congregados en el sistema penitenciario especial. Hacia la primavera de 1923 se había encontrado una solución: Solovki.
Solovki significaba algo peor que la incomodidad y la enfermedad. En las islas, los prisioneros estaban sometidos al tipo de sadismo y tortura sin objeto que rara vez se encontraría en el Gulag en años posteriores, cuando —como dice Solzhenitsin— «la esclavitud se había convertido en un sistema planificado». Aunque muchas memorias describen estos hechos, el catálogo más completo se encuentra en el informe de una comisión investigadora enviada desde Moscú a finales de la década. Durante el curso de sus investigaciones, los horrorizados funcionarios moscovitas descubrieron que en el invierno los guardias de Solovki solían dejar prisioneros desnudos en los campanarios de la vieja catedral a la intemperie, atándoles las manos y los pies a la espalda con una sola cuerda. A veces también ponían a los prisioneros «en el banco», es decir, eran obligados a sentarse en una estaca hasta dieciocho horas sin moverse, a veces con pesos atados a las piernas, pero sin que los pies tocaran el suelo, una postura que garantizaba que quedarían lisiados. En ocasiones hacían ir a los presos desnudos a los baños, a unos dos kilómetros de distancia, en un clima gélido. O a sabiendas les daban carne podrida.
El interés de Stalin por los campos de concentración no necesariamente tenía un fundamento racional: quizá su interés obsesivo por los grandes proyectos de construcción y los equipos de tareas de trabajadores forzados estaba de algún modo vinculado con su peculiar megalomanía.
Cualquiera que fuera su inspiración, política, histórica o psicológica, está claro que desde los primeros días del Gulag, Stalin mostró un profundo interés personal en los campos y ejerció una enorme influencia en su desarrollo. La decisión crucial de transferir todos los campos y las prisiones de la Unión Soviética de la justicia ordinaria a las manos de la OGPU, por ejemplo, fue casi con seguridad realizada por orden de Stalin. Esta decisión de entregar los campos a la OGPU determinó su carácter en el futuro. Los sustrajo al escrutinio judicial ordinario, y los colocó firmemente en las manos de una burocracia policial secreta, cuyos orígenes estaban en el mundo misterioso y extralegal de la Checa.
Aunque hay pocas pruebas fehacientes para respaldar la teoría, también es posible que el énfasis en la necesidad de construir «campos al estilo de Solovki» proviniera de Stalin. Como se ha mencionado antes, los campos de Solovki nunca fueron rentables, ni en 1929 ni después.

Sin embargo, después de la expansión de los campos en 1929-1930, el interés extranjero por ellos se modificó; dejó de lado el destino de los presos socialistas y se centró en la amenaza económica que los campos parecían representar para los intereses empresariales occidentales. Las compañías y los sindicatos amenazados comenzaron a organizarse. Aumentó la presión, principalmente en Gran Bretaña y Estados Unidos, para boicotear los productos soviéticos más baratos producidos presuntamente con mano de obra forzada. Paradójicamente, el movimiento en pro de un boicot ocultó el verdadero problema a la izquierda occidental que todavía apoyaba la revolución rusa, en especial en Europa, aunque muchos de sus dirigentes se sentían molestos con el destino de sus hermanos socialistas. El Partido Laborista británico, por ejemplo, se opuso a la prohibición de los productos soviéticos porque desconfiaba de los motivos de las empresas que lo promovían.
Como muchos rusos sabían, el canal representaba el cumplimiento de un sueño muy antiguo. Los primeros planos para la construcción de ese canal se habían trazado en el siglo XVIII, cuando los mercaderes del zar buscaban un modo de hacer que los barcos llevaran madera y minerales de las frías aguas del mar Blanco a los puertos mercantes del Báltico sin hacer un viaje de 370 millas por el océano Glacial Ártico a lo largo de la costa de Noruega.
Era un proyecto de una extrema y temeraria ambición, quizá por eso nadie lo había intentado antes. El canal se extendía 227 kilómetros y necesitaba cinco diques y diecinueve compuertas. Los planificadores soviéticos deseaban construirlo utilizando el mínimo posible de tecnología en una región boreal y preindustrial que nunca había sido adecuadamente explorada y que, según Máximo Gorki, era «terra incognita desde el punto de vista hidrológico».
Stalin fue el primer impulsor del canal del mar Blanco y deseaba específicamente que fuera construido con trabajo penitenciario. Su influencia puede apreciarse en la celeridad con que comenzó la construcción. La decisión de abrir el canal fue tomada en febrero de 1931 y después de apenas siete meses de trabajo de ingeniería y prospección preparatoria, en septiembre empezaron las obras.
Administrativa, física y aun psicológicamente, los primeros campos de prisioneros asociados con el mar Blanco fueron una prolongación de SLON. Los campos del canal se organizaron según el modelo de SLON, y emplearon sus equipos y sus cuadros. Tan pronto como se inició, los jefes del canal transfirieron inmediatamente muchos reclusos de los campos continentales.
La construcción del canal del mar Blanco fue notable en muchos sentidos: por el caos abrumador, por la precipitación y por su importancia para Stalin. Pero la retórica utilizada para referirse al proyecto fue única: el canal del mar Blanco era el primero, el último y el único proyecto del Gulag que se expuso a la luz de la propaganda soviética tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Y el hombre escogido para explicar, promover y justificar el canal ante la Unión Soviética y el resto del mundo no fue otro que Máximo Gorki.
Aunque era atípico entre los nuevos proyectos del Gulag, el canal del mar Blanco fue el más importante de su época, pero no fue el primero ni el más grande. En realidad, antes de que la construcción del canal comenzara, con menos alharaca y propaganda, la OGPU ya había comenzado a enviar trabajadores prisioneros por todo el país. A mediados de los años treinta, el sistema del Gulag tenía 300 000 reclusos a su disposición, distribuidos en aproximadamente una decena de campos.
A medida que se expandían los campos, cambió el carácter de la OGPU.
En 1934, la expansión del Gulag en Kolimá, en Komi y en Siberia, en Kazajstán, y en otras partes de la URSS, había seguido el mismo patrón que Solovki. En los primeros días, la negligencia, el caos y el desorden causaron muchas muertes innecesarias. Incluso sin un sadismo declarado, la irreflexiva crueldad de los guardias, que trataban a los presos como animales domésticos, causó muchas penalidades.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, el sistema parecía acomodarse a tropezones: la tasa de mortalidad descendió respecto al récord de 1933 cuando disminuyó la hambruna en todo el país y los campos se organizaron mejor. Hacia 1934, se mantenía en un 4% (según la estadística oficial). Ujtpechlag estaba produciendo petróleo, Kolimá, oro; los campos en la región de Arjánguelsk producían madera.
Lo más importante es que los campos habían evolucionado. No eran ya centros de trabajo gestionados de modo idiosincrásico, sino «complejos industriales de campos», con sus normas internas y sus prácticas habituales, sus sistemas especiales de distribución y sus jerarquías. Una vasta burocracia, también con su propia cultura particular, regía desde Moscú el remoto imperio del Gulag.

Si el método soviético de arresto parece haber sido bastante caprichoso a veces, los rituales que seguían al arresto eran, hacia los años cuarenta, virtualmente inmutables. Cuando un prisionero traspasaba el umbral de la prisión local, una vez en su interior los hechos seguían un curso muy previsible. Por regla general, los prisioneros eran fichados, fotografiados y se les tomaban las huellas dactilares mucho antes de decirles por qué habían sido detenidos, o cuál sería su destino. Durante las primeras horas o a veces durante los primeros días, no encontraban a nadie de autoridad superior a la de los celadores comunes, a quienes su suerte les era por completo indiferente, ni tenían idea de sus presuntos delitos, y solían responder a sus preguntas encogiéndose de hombros con displicencia.
Había trenes de dos tipos. Los primeros eran los Stolypinki (o «vagones Stolypin»), así llamados irónicamente en alusión al nombre de un primer ministro zarista —uno de los más enérgicos y un gran promotor de reformas— de principios del siglo XX, quien los habría introducido. Eran vagones ordinarios que habían sido remodelados para los presos. Podían ser unidos formando un enorme vehículo o enganchados a los trenes normales uno o dos cada vez. Un antiguo pasajero los describió así:
Un Stolypinka se parece a un vagón ruso de tercera clase normal excepto en que tiene muchas más barras de hierro y rejillas. Las ventanas, por supuesto, llevan barras. Los compartimientos individuales están separados por tela metálica en lugar de paredes, como jaulas, y una larga valla de hierro separa los compartimientos del corredor. Esta disposición permite a los guardias vigilar constantemente a todos los prisioneros del vagón.
Pero el verdadero tormento no era el hacinamiento ni los retretes o la vergüenza, sino la falta de alimento, especialmente la falta de agua. Por lo común, la «ración seca» del prisionero consistía en pan, que podía ser distribuido en pequeños trozos de 300 gramos diarios, o en grandes cantidades (dos kilos más o menos) que debía durar los 34 días del viaje. Junto con el pan, los prisioneros recibían habitualmente pescado salado, el cual les provocaba una sed excesiva.
Según la estadística más exacta hasta la fecha, entre 1929 y 1953 había bajo el dominio del Gulag 476 complejos formados por campos. Pero esta cifra es equívoca. En la práctica, cada uno de estos complejos podía contener decenas o incluso centenares de campos más pequeños. Estas unidades inferiores —lagpunkts— no han sido contabilizadas, y probablemente no pueden serlo, puesto que algunas eran temporales, otras permanentes, y algunas técnicamente pertenecieron a diferentes campos en distintos momentos. Tampoco puede decirse mucho sobre las costumbres y las prácticas de los lagpunkts que se pueda aplicar con seguridad a todos y cada uno de ellos. Incluso durante el dominio de Beria sobre el sistema (que en efecto duró desde 1939 hasta la muerte de Stalin en 1953), las condiciones de vida y de trabajo en el Gulag continuarían variando enormemente, tanto de un año a otro como de un lugar a otro, e incluso dentro de un mismo complejo de campos.
Debido a la falta de alimentos frescos, los prisioneros sufrían casi siempre de deficiencia vitamínica, aun cuando no estuvieran realmente famélicos, un problema que los funcionarios del campo tomaban más o menos con seriedad. A falta de tabletas de vitaminas, muchos prisioneros fueron obligados a beber joya, un brebaje nauseabundo hecho de agujas de pino de dudosa eficacia.[80] A modo de comparación, la asignación para los «oficiales de las fuerzas armadas» estipulaba expresamente vitamina C y frutos secos para compensar la falta de vitaminas en las raciones habituales. Los generales y los almirantes, además, oficialmente podían recibir queso, caviar, conservas de pescado y huevos.

Nadie obligaba a los jefes de campo a dejar morir a los enfermos, ni a los jefes del Gulag en Moscú a soslayar las consecuencias de los informes de los inspectores. Pero tales decisiones eran tomadas cada día abiertamente por guardias y funcionarios, convencidos al parecer de que tenían derecho a tomarlas. Tampoco la ideología de la esclavitud estatal era exclusiva de los que gobernaban el Gulag. Los prisioneros también fueron alentados a cooperar, y algunos lo hicieron.
Pese a los esfuerzos de los prisioneros, muchísimas muertes quedaron sin ser anotadas, ni recordadas ni documentadas. No se llenaron los formularios; ni se notificó a los familiares; los hitos de madera se desintegraron. Al caminar por los antiguos campos en el extremo norte, uno ve las huellas de las fosas comunes: el terreno desigual y con manchas, los pinos jóvenes, la larga hierba que cubre las fosas después de medio siglo. A veces, un grupo de vecinos ha levantado un monumento. Con más frecuencia, no hay ninguna marca. Los nombres, las vidas, las historias personales, las relaciones familiares, la historia, todo se ha perdido.

La novela de Solzhenitsin estaba siendo considerada para el premio Lenin, el más importante galardón literario de la Unión Soviética, los insultos arreciaron. Al final, utilizando tácticas que serían repetidas en los años posteriores, la clase dirigente recurrió a los insultos personales. En la reunión del comité del premio Lenin, el jefe del Komsomol, Serguéi Pávlov, se levantó y acusó a Solzhenitsin de haberse rendido a los alemanes en la guerra, y de haber sido reo de delitos comunes después. Tvardovski hizo que Solzhenitsin mostrara su certificado de rehabilitación, pero era tarde. El premio Lenin fue dado a La esquila, un libro del que lo mejor que se puede decir es que está olvidado, y la carrera literaria oficial de Solzhenitsin llegó a su fin.
Siguió escribiendo, pero ninguna de sus novelas posteriores fue publicada (al menos no legalmente) hasta 1989. En 1974 fue expulsado de la Unión Soviética, y finalmente se estableció en Vermont. Hasta la época de Gorbachov, solo un reducido grupo de ciudadanos soviéticos, aquellos que tenían acceso a ejemplares clandestinos mecanografiados o pasados de contrabando, habían leído Archipiélago Gulag, su historia del sistema de campos. Pero Solzhenitsin no fue la única víctima de esta reacción conservadora.
El proceso de rehabilitación también volvió al primer plano. Entre 1964 y 1987, solo veinticuatro personas habían sido rehabilitadas. Ahora, en parte en respuesta a las espontáneas revelaciones de la prensa, el proceso comenzó de nuevo. Esta vez, aquellos que habían sido olvidados en el pasado fueron incluidos: Bujarin, junto con diecinueve dirigentes bolcheviques condenados en los procesos de la purga de 1938, estuvo entre los primeros. «Los hechos habían sido falsificados», anunció solemnemente el portavoz del gobierno.
La nueva literatura fue concomitante a las nuevas revelaciones de los archivos soviéticos, que provenían de historiadores soviéticos que (según afirmaban) habían tomado conciencia de la verdad, así como de la Sociedad Memoria, fundada por un grupo de jóvenes historiadores, algunos de los cuales habían estado compilando relatos orales de los supervivientes de los campos durante muchos años. Entre ellos estaba Arseni Roginski, fundador de la revista Pamiat (Memoria), que primero comenzó a aparecer en la samizdat y después en la emigración, ya en los años setenta. El grupo formado en torno a Roginski había comenzado a crear una base de datos de los reprimidos.

A veces, parece como si las grandes emociones y pasiones suscitadas por las amplias discusiones de la época de Gorbachov simplemente se hubieran desvanecido, junto con la propia Unión Soviética. El encendido debate sobre la justicia para las víctimas desapareció abruptamente. Aunque se habló mucho a finales de los ochenta, el gobierno ruso nunca investigó ni procesó a los acusados de torturas o asesinatos en masa, ni siquiera a los que eran identificables. A comienzos de los años noventa, uno de los hombres que participó en la masacre de Katín todavía vivía. Antes de morir, el KGB le hizo una entrevista, pidiéndole que explicara desde el punto de vista técnico cómo se realizó el asesinato. En un gesto de buena voluntad, una grabación de la entrevista fue enviada al agregado cultural de Polonia en Moscú. Nadie sugirió entonces que el hombre fuera juzgado en Moscú, en Varsovia o en algún otro lugar.
Medio siglo después del fin de la guerra, los alemanes todavía mantienen debates públicos sobre la compensación de las víctimas, sobre los monumentos conmemorativos, sobre las nuevas interpretaciones de la historia nazi, como si la nueva generación de alemanes debiera llevar el peso de la culpa de los crímenes de los nazis. Medio siglo después de la muerte de Stalin, no hay debates equivalentes en Rusia, porque la memoria del pasado no es una parte viviente del discurso público.
El proceso de rehabilitación prosiguió, muy silenciosamente, durante los años noventa. A finales de 2001, unos 4 500 000 presos políticos habían sido rehabilitados en Rusia, y la comisión nacional de rehabilitación calculaba que tenía unos 500 000 casos que examinar. Esas víctimas, cientos de miles, quizá millones más, que nunca fueron sentenciadas serán por supuesto exceptuadas del proceso.
En Occidente nuestro fracaso en comprender la magnitud de lo que ocurrió en la Unión Soviética y Europa central no tiene las mismas implicaciones profundas para nuestro modo de vida. Nuestra tolerancia hacia el que niega el Gulag en nuestras universidades no destruirá el tejido moral de nuestra sociedad. La guerra fría ha terminado después de todo, y no hay una verdadera fuerza política ni intelectual en los partidos comunistas de Occidente.
Cuanto más capaces seamos de comprender cuán diferentes sociedades han transformado a sus vecinos y ciudadanos en objetos, tanto más sabremos de las específicas circunstancias que llevan a cada episodio de tortura y asesinato masivos, y mejor comprenderemos el lado oscuro de la naturaleza humana.

A magnificent as reference book, the work is both massive and comprehensive, dealing not only with the ways in which the Gulag came into existence and then thrived under the active sponsorship of Lenin and Stalin, but also with a plethora of aspects of life within the Gulag, ranging from its laws, customs, folklore, and morality on the one hand to its slang, sexual mores, and cuisine on the other. She looks at the prisoners themselves and how they interacted with each other to the relationships between the prisoners and the many sorts of guards and jailers that kept them imprisoned. For what forced the Gulag into becoming a more or less permanent fixture within the Soviet system was its value economically in producing goods and services that were marketable both within the larger Soviet economy as well as in international trade. As it does in China today, forced labor within the Gulag for the Soviets represented a key element in expanding markets for Soviet-made goods ranging from lamps to those prototypically Russian fur hats.
The Gulag came into being as a result of the Communist elite’s burning desire for purges of remaining vestiges of bourgeoisie aspects of Soviet culture, and its consequent need for some deep dark hole to stick unlucky cultural offenders into to remove them semi-permanently from the forefront of the Soviet society. Stalin found it useful to expand the uses of the camp system to enhance industrial growth, and the camps became flooded with millions of Soviets found wanting in terms of their ultimate suitability for everyday life in the workers’ paradise. Thus, the Gulag flourished throughout the 1920s and 1930s and even through the years of WWII, when slave labor provided an invaluable aid in producing enough war goods to help defeat the Axis powers. By the peak years of Gulag culture in the 1950s, the archipelago stretched into all twelve of the U.S. S. R.’s time zones, although it was largely concentrated in the northernmost and least livable aspects of the country’s vast geographical areas.
One of the most interesting and certainly more controversial aspects of the book can be found in its consideration of the relative obscurity with which both the existence and horrors associated with the Gulag has been treated to date. Compared to the much more extensively researched and discussed Holocaust of Europe’s Jewish population perpetrated by the Nazi Third Reich over a twelve year period, almost nothing is known about the nearly seventy reign of the Gulag. Given the fairly recent demise of the Soviet state, and the dawning availability of data revealing the particulars of the existence of the Soviet system of political imprisonment, forced labor camps, and summary executions, one expects this massively documented, exhaustively detailed, and memorably written work will serve as the standard in the field for decades to come. This is a terrific book, and one I can heartily recommend to any serious student of 20th century history

1. It is extremely well researched. From the first to the last page you can immediately see that Anne Applebaum worked extremely hard to gather the information she delivers by searching old Soviet archives but also all kind of published memories of Gulag survivors. Anne Applebaum is not a very prolific author as she published until now only three books (one in 1996, one in 2003 and one in 2012), because she clearly gives herself time to work her documentation and the subject extensively and comprehensively. And it shows!
2. It is full of concrete information, data and real stories. Author gathered a lot during her research – and then she gave it back to her readers. At 624 densely printed pages in hardcover edition this is a huge book – but there is no filler here. This book gives to the reader comprehensive information, real data and hard evidence, not some weak@ss rhetorics and soul searching.
3. It is well organized and well written. “Gulag” is a history and therefore it follows the timeline of slavery in Soviet Union and the concentration camps system which was created to manage it. This clear structure, combined with very skillful writing, make this book much easier to read that one could expect. Once again, if Anne Applebaum publishes her books in a low frequency way, it is clearly because she polishes the final product until it reaches the top level of quality. And it shows!
4. It leaves a great deal of place to the memories of survivors. One of surprising things I discovered in this book was the great number of testimonies of gulag survivors which were somehow send out of USSR and published in English already in the 20s and 30s, so the full truth about the deep nature of Soviet system and the fact that slavery was re-established by Soviet government for some categories of population was already known even before the Great Terror in 1937-38 – but nobody in Western powers (and especially amongst intelligentsia) cared or gave a damn and therefore those words of truth failed to make any impact!! Well, here at least author makes the victims voices heard – much too late, but at least it is better than nothing.
5. It pays respect to all those who resisted, rebelled and/or escaped communist slavery. Most of those real stories ended badly, very badly indeed – but this is just one more reason why those vents should be remembered.
6. It is merciless in describing the horrific sufferings of slaves and mind-blowing dimensions of death toll of Soviet slavery – BUT it is also moderate in tone, carefully avoiding exaggeration. And this is a precious asset.
7. It delivers information which was previously unknown or at least unpublished in English. Amongst the most important new facts is the description of Beria’s reforms, which he introduced immediately after Stalin’s death. It was for me a complete revelation that this monstrous man, whom Stalin called “Our Himmler” and who was known amongst other things for abducting and raping women for fun, turned in 1953 in a reformer even more radical than Gorbatchev in the 80s! And it shows Khrushchev and Malenkov coup against Beria in a whole different light…
8. It offers a very interesting closing chapter, which I will let you discover mostly by yourself, but which includes also one very powerful remark: the Gulag still EXISTS TODAY! Not in Russia anymore, thanks God, but in China (the “laogai”) and especially in North Korea, which actually can be described as a whole country turned into one giant concentration camp… And sadly, it is as true today, in August 2013 as it was in 2003 when this book was published.
Even if I already read long time ago “The Gulag Archipelago” by Aleksandr Solzhenitsyn and “A world apart” by Gustaw Herling-Grudzinski (two best books about Gulag) I still learned a LOT from this book, which is more structured and more precise than the work of Solzhenitsyn and more comprehensive than Herling-Grudzinski memories. Anne Applebaum also had access to more data than those both authors – and therefore she was in a much better position to write a real history about how Lenin and Trotsky re-established the slavery immediately after the Revolution, how Stalin expanded the official slavery during all his reign and how his successors slowly let it wither and die, as its economic inefficiency was shown with total clarity.

Bottom line, this is a powerful, extremely precious book, to buy, read, keep and pass to your children. I can not wish you to enjoy it, because it describes an abominable nightmare and is heartbreaking – but reading it will mark you forever and make you think. A lot.

Gulag, that is, a history of the wide network of labor camps that once were scattered throughout the Soviet Union: from the White Sea islands to the shores of the Black Sea, from the Arctic Circle to the plains of central Asia, from Murmansk and Vorkuta to Kazakhstan, from the center of Moscow to the suburbs of Leningrad. Literally Gulag is the acronym of Glávnoe Upravlenie Lagueréi, or General Directorate of Fields. Over time, the word “Gulag” has come to designate not only the direction of concentration camps, but also the Soviet system of slave labor in all its forms and varieties: labor camps, punishment camps, camps for criminals common and for political prisoners, fields for women, fields for children, transit camps. Even more broadly, Gulag has come to designate the Soviet repressive system itself, the set of procedures that prisoners used to call the “meat grinder.”
The fields had a great movement. Although the arrests were constant, so were the releases. Prisoners were released for different reasons: because they were serving their sentence, because they were entering the Red Army, because they were disabled, because they were women with small children, or because they had been promoted to guards. Consequently, the total number of prisoners in the camps was generally around two million, but the total number of Soviet citizens who had had some experience in the camps, such as political or common prisoners, was much higher. Since 1929, when the great expansion of the Gulag began, until 1953, the year in which Stalin died, the most accurate estimates indicate that some 18,000,000 people passed through this massive system. Nearly 6,000,000 were sent into exile, deported to the deserts of Kasaj or the Siberian forests.
Like the Gulag, the exile system of the Tsars was not created exclusively as a form of punishment. The rulers of Russia also wanted the exiles, both ordinary and political, to solve an economic problem that had mortified them for centuries: the lack of population of the Far East and northern boreal Russian territory, and the consequent failure of the Russian empire to exploit its natural resources. With this in mind, the Russian state began already in the eighteenth century to condemn some of its prisoners to forced labor – a form of punishment that began to be called
the katorga (from the Greek word kateirgon, to force). The katorga has a long Russian tradition. At the beginning of the eighteenth century, Peter I had employed convicts and serfs to build roads, fortifications, factories, boats and the city of St. Petersburg itself. In 1722 he gave a directive that sent the delinquents, together with their wives and children, to the outskirts of the Daurya mines in eastern Siberia.

If the Gulag is an integral part of Russian and Soviet history, it is inseparable from European history: the Soviet Union was not the only European country of the twentieth century to develop a totalitarian social order or build a system of concentration camps.
The first modern concentration camp was not established in Germany or Russia, but in colonial Cuba in 1895. In that year, in an attempt to end a series of local uprisings, imperial Spain began to organize the policy of « reconcentration “, in order to eradicate the Cuban peasants from their lands and” reconcentrate “them in camps, with which the insurgents would be deprived of food, shelter and support. By 1900, the term “reconcentration” had been translated into English, and was used to describe a similar British project, initiated for similar reasons, during the Boer War in South Africa: Boer civilians were “concentrated” in fields, to deprive to the Boer fighters of refuge and support.
The existence of two categories of prisoners: political and common, had a profound effect on the formation of the Soviet penal system. The division arose spontaneously, in reaction to the chaos of the existing prison system. In the first days of the revolution, all the prisoners were confined under the jurisdiction of the “traditional” judicial ministries, first the Commissariat of Justice, then the Commissariat of the Interior, and located in the “ordinary” penal system. That is, thrown into the dirty and grimy stone prisons, relics of the tsarist system, which usually occupied a central place in every important city.
When the Bolsheviks took charge of them, the few remaining prisons were inadequate and crowded. Only weeks after the revolution, Lenin himself demanded “extreme measures for the immediate improvement of the food supply of the Petrograd prisons.”
Even in its special destination camps the Czech could not control its prisoners of special destiny. Nor could it prevent the news about them from reaching the outside world. It was evident that another solution was necessary, both for them and for other counterrevolutionary rebels gathered in the special penitentiary system. By the spring of 1923 a solution had been found: Solovki.
Solovki meant something worse than discomfort and illness. On the islands, the prisoners were subjected to the kind of aimless sadism and torture that would rarely be found in the Gulag in later years, when – as Solzhenitsyn says – “slavery had become a planned system.” Although many reports describe these events, the most complete catalog is found in the report of a commission of inquiry sent from Moscow at the end of the decade. During the course of their investigations, the horrified Muscovite officials discovered that in the winter the Solovki guards used to leave naked prisoners in the steeples of the old cathedral outdoors, tying their hands and feet behind their backs with a single rope. Sometimes they also put the prisoners “on the bench”, that is, they were forced to sit on a stake for eighteen hours without moving, sometimes with weights tied to their legs, but without their feet touching the ground, a position that guaranteed that they would be crippled. Sometimes they made the naked prisoners go to the baths, about two kilometers away, in a freezing weather. Or they knowingly gave them rotten meat.
Stalin’s interest in the concentration camps did not necessarily have a rational basis: perhaps his obsessive interest in large construction projects and forced labor task forces was in some way linked to his peculiar megalomania.
Whatever his inspiration, political, historical or psychological, it is clear that since the early days of the Gulag, Stalin showed a deep personal interest in the fields and exerted an enormous influence on their development. The crucial decision to transfer all camps and prisons of the Soviet Union from ordinary justice into the hands of the OGPU, for example, was almost certainly carried out by order of Stalin. This decision to deliver the fields to the OGPU determined its character in the future. He subtracted them from ordinary judicial scrutiny, and placed them firmly in the hands of a secret police bureaucracy whose origins were in the mysterious and extralegal world of the Czech.
Although there is little reliable evidence to support the theory, it is also possible that the emphasis on the need to build “Solovki-style fields” came from Stalin. As mentioned before, the Solovki fields were never profitable, either in 1929 or later.

However, after the expansion of the camps in 1929-1930, foreign interest in them was modified; He put aside the fate of socialist prisoners and focused on the economic threat that the camps seemed to represent for Western business interests. The threatened companies and unions began to organize themselves. Pressure increased, mainly in Britain and the United States, to boycott the cheaper Soviet products allegedly produced by forced labor. Paradoxically, the movement in favor of a boycott concealed the real problem from the western left that still supported the Russian revolution, especially in Europe, although many of its leaders were annoyed with the fate of their socialist brothers. The British Labor Party, for example, opposed the ban on Soviet products because it distrusted the motives of the companies that promoted it.
As many Russians knew, the channel represented the fulfillment of a very old dream. The first plans for the construction of this canal had been drawn up in the eighteenth century, when the tsar’s merchants were looking for a way to make ships carry wood and minerals from the cold waters of the White Sea to the Baltic merchant ports without making a 370-mile trip through the Arctic Glacial Ocean along the Norwegian coast.
It was a project of extreme and reckless ambition, maybe that’s why nobody had tried before. The canal extended 227 kilometers and needed five dams and nineteen gates. Soviet planners wanted to build it using the least possible technology in a boreal and pre-industrial region that had never been adequately explored and which, according to Maxim Gorky, was “terra incognita from the hydrological point of view”.
Stalin was the first promoter of the White Sea channel and specifically wanted it to be built with prison labor. Its influence can be seen in the speed with which construction began. The decision to open the canal was taken in February 1931 and after just seven months of engineering and preparatory work, the works began in September.
Administrative, physical and even psychologically, the first prison camps associated with the White Sea were an extension of SLON. The fields of the channel were organized according to the model of SLON, and they used their equipment and their tables. As soon as it started, the heads of the canal immediately transferred many inmates from the mainland.
The construction of the channel of the White Sea was remarkable in many ways: by the overwhelming chaos, by the precipitation and by its importance for Stalin. But the rhetoric used to refer to the project was unique: the channel of the White Sea was the first, the last and the only project of the Gulag that was exposed in the light of Soviet propaganda both nationally and internationally. And the man chosen to explain, promote and justify the channel before the Soviet Union and the rest of the world was none other than Maxim Gorky.
Although it was atypical among the new projects of the Gulag, the White Sea channel was the most important of its time, but it was not the first or the largest. In fact, before the construction of the canal began, with less fuss and propaganda, the OGPU had already begun sending prisoner workers throughout the country. By the mid-1930s, the Gulag system had 300,000 inmates at its disposal, distributed in approximately ten camps.
As the fields expanded, the character of the OGPU changed.
In 1934, the expansion of the Gulag in Kolimá, in Komi and in Siberia, in Kazakhstan, and in other parts of the USSR, had followed the same pattern as Solovki. In the first days, negligence, chaos and disorder caused many unnecessary deaths. Even without avowed sadism, the unthinking cruelty of the guards, who treated the prisoners as domestic animals, caused many hardships.
However, as time went on, the system seemed to be stumbling: the mortality rate fell from the record of 1933 when the famine subsided throughout the country and the camps were better organized. By 1934, it remained at 4% (according to official statistics). Ujtpechlag was producing oil, Kolima, gold; the fields in the region of Arjánguelsk produced wood.
The most important thing is that the fields had evolved. They were no longer idiosyncratically managed work centers, but “industrial complexes of fields”, with their internal norms and their usual practices, their special distribution systems and their hierarchies. A vast bureaucracy, also with its own particular culture, ruled from Moscow the remote empire of the Gulag.

If the Soviet method of arrest seems to have been quite capricious at times, the rituals that followed the arrest were, by the 1940s, virtually immutable. When a prisoner passed the threshold of the local prison, once inside the facts followed a very predictable course. As a rule, prisoners were booked, photographed and fingerprinted long before they were told why they had been arrested, or what their fate would be. During the first hours or sometimes during the first days, they did not find anyone of superior authority to that of the common guards, to whom their fate was completely indifferent, they had no idea of ​​their alleged crimes, and they used to answer their questions by shrinking of shoulders with indifference.
There were trains of two types. The first were the Stolypinki (or “Stolypin wagons”), so ironically referred to the name of a Tsarist prime minister-one of the most energetic and a great promoter of reforms-of the early twentieth century, who would have introduced them. They were ordinary wagons that had been remodeled for the prisoners. They could be united by forming a huge vehicle or hooked up to normal trains one or two at a time. A former passenger described them this way:
A Stolypinka looks like a normal third-class Russian wagon except that it has many more iron bars and grids. The windows, of course, carry bars. The individual compartments are separated by wire mesh instead of walls, like cages, and a long iron fence separates the corridor compartments. This provision allows the guards to constantly monitor all the prisoners in the car.
But the real torment was not overcrowding or toilets or shame, but lack of food, especially lack of water. Usually, the prisoner’s “dry ration” consisted of bread, which could be distributed in small pieces of 300 grams per day, or in large quantities (two kilos or so) that should last 34 days of travel. Along with the bread, the prisoners usually received salted fish, which caused them excessive thirst.
According to the most accurate statistics to date, between 1929 and 1953 there were under the control of the Gulag 476 complexes formed by fields. But this figure is equivocal. In practice, each of these complexes could contain dozens or even hundreds of smaller fields. These lower units -lagpunkts- have not been accounted for, and probably can not be, since some were temporary, others permanent, and some technically belonged to different fields at different times. Nor can much be said about the customs and practices of lagpunkts that can be applied safely to each and every one of them. Even during Beria’s rule over the system (which in effect lasted from 1939 until Stalin’s death in 1953), living and working conditions in the Gulag would continue to vary greatly, both from year to year and from one place to another. another, and even within the same complex of fields.
Due to the lack of fresh food, the prisoners almost always suffered from vitamin deficiency, even when they were not really famished, a problem that the field officials took more or less seriously. In the absence of vitamin tablets, many prisoners were forced to drink jewel, a nauseating brew made of pine needles of dubious efficacy. [80] By way of comparison, the assignment for “officers of the armed forces” expressly stipulated vitamin C and nuts to compensate for the lack of vitamins in the usual rations. The generals and admirals, in addition, could officially receive cheese, caviar, fish preserves and eggs.

No one forced the camp chiefs to let the sick die, or the heads of the Gulag in Moscow to ignore the consequences of the inspectors’ reports. But such decisions were made every day openly by guards and officials, apparently convinced that they had the right to take them. Nor was the ideology of state slavery exclusive of those who ruled the Gulag. The prisoners were also encouraged to cooperate, and some did.
Despite the efforts of the prisoners, many deaths were not recorded, nor remembered nor documented. The forms were not filled; nor were relatives notified; the wooden landmarks disintegrated. Walking through the ancient fields in the far north, one sees the traces of the common graves: uneven and spotted terrain, young pines, the long grass that covers the pits after half a century. Sometimes, a group of neighbors has erected a monument. More often, there is no brand. Names, lives, personal histories, family relationships, history, everything has been lost.

Solzhenitsyn’s novel was being considered for the Lenin Prize, the most important literary award of the Soviet Union, the insults intensified. In the end, using tactics that would be repeated in later years, the ruling class resorted to personal insults. At the meeting of the Lenin prize committee, the head of the Komsomol, Sergei Pavlov, stood up and accused Solzhenitsyn of surrendering to the Germans in the war, and of having been convicted of common crimes afterwards. Tvardovski had Solzhenitsin show his rehabilitation certificate, but it was late. The Lenin prize was given to The Shearing, a book of which the best that can be said is that it is forgotten, and the official literary career of Solzhenitsin came to an end.
He continued writing, but none of his later novels was published (at least not legally) until 1989. In 1974 he was expelled from the Soviet Union, and finally settled in Vermont. Until the time of Gorbachev, only a small group of Soviet citizens, those who had access to clandestine specimens typed or smuggled, had read the Gulag Archipelago, its history of the field system. But Solzhenitsyn was not the only victim of this conservative reaction.
The rehabilitation process also came back to the foreground. Between 1964 and 1987, only twenty-four people had been rehabilitated. Now, partly in response to the spontaneous revelations of the press, the process began again. This time, those who had been forgotten in the past were included: Bukharin, along with nineteen Bolshevik leaders convicted in the 1938 purge trials, was among the first. “The facts had been falsified,” the government spokesman announced solemnly.
The new literature was concomitant with the new revelations of the Soviet archives, which came from Soviet historians who (they claimed) had become aware of the truth, as well as the Memory Society, founded by a group of young historians, some of whom they had been compiling oral accounts of the survivors of the camps for many years. Among them was Arseni Roginski, founder of the magazine Pamiat (Memory), which first began to appear in the samizdat and later in the emigration, already in the seventies. The group formed around Roginski had begun to create a database of the repressed.

Sometimes, it seems as if the great emotions and passions aroused by the wide-ranging discussions of Gorbachev’s time have simply vanished, along with the Soviet Union itself. The heated debate about justice for victims disappeared abruptly. Although there was much talk in the late 1980s, the Russian government never investigated or prosecuted those accused of torture or mass murder, even those who were identifiable. In the early 1990s, one of the men who participated in the Katín massacre was still alive. Before dying, the KGB interviewed him, asking him to explain from the technical point of view how the murder was carried out. In a gesture of goodwill, a recording of the interview was sent to the Polish cultural attaché in Moscow. No one then suggested that the man be tried in Moscow, in Warsaw or elsewhere.
Half a century after the end of the war, the Germans still hold public debates on the compensation of the victims, on the commemorative monuments, on the new interpretations of the Nazi history, as if the new generation of Germans should bear the weight of the blame of the crimes of the Nazis. Half a century after Stalin’s death, there are no equivalent debates in Russia, because the memory of the past is not a living part of public discourse.
The rehabilitation process continued, very quietly, during the 1990s. By the end of 2001, some 4,500,000 political prisoners had been rehabilitated in Russia, and the national rehabilitation commission estimated that it had about 500,000 cases to examine. Those victims, hundreds of thousands, perhaps millions more, who were never sentenced will of course be exempt from the process.
In the West our failure to understand the magnitude of what happened in the Soviet Union and central Europe does not have the same profound implications for our way of life. Our tolerance towards the one who denies the Gulag in our universities will not destroy the moral fabric of our society. The cold war is over after all, and there is no real political or intellectual force in the communist parties of the West.
The more we are able to understand how different societies have transformed their neighbors and citizens into objects, the more we will know about the specific circumstances that lead to each episode of mass torture and murder, and we will better understand the dark side of human nature.

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